Tierra de Dragones

James A. Owen · Capítulo 17 de 28

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Tierra de Dragones

Fuego y huida

Recordad qué queréis conseguir, y luego hacedlo. Encontraréis al que llamáis Rey del Invierno en la Isla del Fin del Mundo.

Fuego y huida

Mientras los camaradas descendían la escalera, la torre creció otras tres veces.

–Andad más de prisa -advirtió Bert-. El descenso va a ser literalmente más largo que la subida.

Sin embargo, sorprendentemente, tardaron un tiempo bastante menor en bajar.

–Igual que ir en trineo -comentó Charles-. Es la larga ascensión lo que hace divertido el descenso.

Al contrario que durante la ascensión, que habían realizado en silencio, los camaradas no pudieron resistir comentar las peculiaridades del Cartógrafo mientras descendían.

–Creo que fue una gran pérdida de tiempo -dijo Aven, que se había puesto en cabeza junto con Jack-. Incluso de haber tenido la Geographica, quedó claro que no la habría destruido.

–Pero podríamos haberla dejado con él -indicó John, pensativo-. Para que la mantuviera a salvo.

–Sí -añadió Bert-, dudo que el Rey del Invierno hubiese hecho el esfuerzo de subir hasta lo más alto.

–Sin mencionar que no habría conseguido entrar -dijo Charles, dirigiendo una sonrisa de complicidad a Artús-. No sin sangre real.

–O sin la Geographica -intercaló Aven-, que ahora sí tiene.

–Al menos sabemos que tampoco él la puede destruir -indicó John.

–¿No era eso lo que queríamos? – inquirió Aven, deteniéndose.

–Ya no -respondió John-. No, ahora que sabemos lo que realmente está en juego.

–Y ¿eso qué significa?

–Significa que tiene intención de usar tanto el Anillo del Poder como la invocación que hay en la Geographica para intentar llamar a los dragones -

dijo John-, y no creo que eso sea todo lo que necesita. Fijaos en lo que sucedió ahí arriba; Artús abrió la puerta cerrada con llave con un simple roce, porque es el auténtico heredero. ¿No creéis que podrían ser necesarias las mismas condiciones para invocar a los dragones también?

–Ésa es una deducción excelente, John -dijo Charles.

–Estoy de acuerdo -indicó Bert.

–No hay presión -dijo Jack a Artús.

Al pie de la escalera (donde Artús cerró subrepticiamente cierta puerta), los camaradas rieron aliviados y agradecidos…, sonidos alegres que cesaron en cuanto abandonaron el Alcázar.

Allí, recortándose en el sol naciente, vieron una nave tan grande como la suya propia atracada junto al Dragón Blanco. Era el Dragón Negro; parecía que el Rey del Invierno sí los había estado buscando.

Aven lanzó una maldición y dirigió una mirada ponzoñosa a John.

Todas las notas que éste había escrito en la Geographica estaban en sencillo inglés moderno…; hasta un niño habría podido localizar la isla.

Conduciendo al Rey del Invierno y a varias docenas de botes que transportaban Espectros hasta la playa estaba Magwich. El senescal aferraba la Imaginarium Geographica contra el pecho. E incluso desde tan lejos, pudieron ver que el Rey del Invierno llevaba puesto el anillo.

–Tiene lo que quería -dijo Jack-. No hay razón para que venga a buscarnos aquí.

–A menos que haya llegado a la misma conclusión que nosotros -indicó Charles-. Magwich oyó la misma historia que nosotros de labios de Ordo Maas, ¿recordáis? El Rey del Invierno sabe ahora quién es Artús exactamente.

–¿Echamos a correr? – preguntó John-. Nos ha cortado cualquier posibilidad de retroceder al Dragón Blanco.

–Rápido -dijo Charles a sus compañeros-, regresemos a la escalera.

–¿Eres idiota? – le increpó Aven-. Estaremos atrapados.

–No -respondió Charles-, no creo que lo estemos.

Sin decir ni una palabra más, empezó a subir los peldaños a la carrera.

Jack y John intercambiaron miradas de desconcierto.

–Nos hizo falta la mitad de la noche para llegar a lo alto -dijo Jack-.

Estoy agotado. No podemos repetir eso otra vez, ni siquiera aunque nos persigan.

Aven los agarró a ambos y los impulsó hacia la escalera, donde Bert y Artús pisaban ya los talones a Charles.

–No hay tiempo para quejas -dijo la joven-. Es la única opción que tenemos.

Aunque pudiera parecer raro, los esbirros del Rey del Invierno no parecieron perseguirles, sino que permanecieron por el contrario al pie de la escalera.

Se encontraban ya a cierta altura cuando Jack se detuvo, olfateando el aire, y a continuación miró por el hueco de la escalera.

–Humo -gritó-. ¡Han incendiado el Alcázar! ¡Hemos de regresar!

Charles se detuvo a su vez y miró a Jack. El joven respiraba con dificultad, más por miedo que por el esfuerzo.

–Jack -dijo-, a lo largo de toda esta aventura, te has metido voluntariamente en todas las refriegas. Has aceptado cada maravilla e irregularidad fantástica con las que nos hemos tropezado como si no sucediera nada. Y todo el tiempo, yo apenas he hecho otra cosa que poner en duda la realidad de lo que hemos visto.

–Por eso no comprendo lo que haces ahora -replicó Jack-. Carece de todo sentido. No es lógico seguir ascendiendo por una torre que acaban de incendiar.

–Es precisamente a lo que voy -repuso Charles mientras reanudaba la ascensión-. Realmente no es lógico. Pero de todos modos, nada en esta torre lo es. Al contrario, acabo de ver a mi amigo John entrar en una habitación y hablar con alguien que sabemos que está muerto, y salir cambiado de ella por haberlo hecho. Y creo que sucedió. De modo que si estoy dispuesto a creer eso, me parece que puedo creer en otra cosa… ¡así que cállate y sigúeme!

–¿Vas a regresar con el Cartógrafo? – preguntó Jack, jadeando-. Está más atrapado que nosotros, ¿recuerdas?

–No voy a llegar tan alto -dijo Charles por encima del hombre-. No tanto.

Bert sonrió de oreja a oreja.

–Creo que sé lo que tiene en mente. Rápido, ahora haced lo que dice.

El grupo siguió con su huida escaleras arriba mientras los secuaces del Rey del Invierno empezaban a llenar las aberturas de la base de la torre y el humo ascendía tras ellos, como si se tratara de un depredador en persecución de su presa.

La evaluación de Charles de que la torre no jugaba limpio con las leyes del espacio y el tiempo parecía ser correcta: en una fracción del tiempo que habían tardado en su primer ascenso, llegaron a los niveles superiores del Alcázar. El humo del fuego que ardía abajo, si bien seguía estando allí, ya no era la nube que sofocaba el aire que había sido poco antes, y los sonidos de la persecución se habían apagado.

–¿Por qué no habrían de seguirnos? – preguntó Jack.

–Creo que lo hacen -indicó Bert-. Los Espectros no temerían al fuego; pero tal vez la torre crece para ellos mientras que se ha estado encogiendo para nosotros.

–Es la misma marmita -dijo Charles-. Para ellos, todavía no ha empezado a hervir… mientras que para nosotros ya hierve, aunque se trata de la misma cantidad de tiempo.

–Estamos casi en lo alto -observó John-. Hemos dejado atrás la puerta que conducía a Londres, de modo que no iremos a la semana pasada. Y el Cartógrafo no nos puede ayudar. Así que ¿adonde vamos, Charles?

–Había una puerta más antes de la del Cartógrafo, ¿recordáis? –

contestó él-. Si la que hay abajo es el pasado reciente, y la de arriba el presente, entonces la situada en medio podría ser justo lo que necesitamos.

–¿Y qué sucede si da entrada a la Mongolia Exterior? – quiso saber Jack.

–No lo hará -respondió Charles.

–¿Cómo lo sabes?

–No lo sé -dijo su compañero con una amplia sonrisa-. Pero tengo fe.

–Eso no es muy lógico -indicó Bert, intentando dominar una amplia sonrisa.

–No, no lo es -coincidió Charles mientras llegaban al penúltimo rellano-, pero tampoco era lógico que John abriera una puerta que daba a un estudio en Londres. Era simplemente lo que él necesitaba que fuera.

–Y ¿tú qué necesitas que sea? – preguntó Bert mientras Charles alargaba una mano para tocar la puerta.

–La base del Alcázar, justo después de que entráramos -respondió Charles.

La puerta se abrió de par en par a un montículo cubierto de maleza que descendía suavemente hasta el lugar donde estaba anclado el Dragón Blanco. La luna seguía justo en lo alto del cielo; no era la mañana, sino medianoche. Y no había ni rastro del Dragón Negro ni del Rey del Invierno.

–Espera un momento -dijo Jack-. Si nosotros salimos del Alcázar justo un momento después de entrar, ¿entonces no estamos todavía en el interior en alguna parte? ¿Y no seguiremos… seguirán… atrapados igualmente cuando el Rey del Invierno llegue?

–No lo creo -respondió Charles-; creo que harán exactamente lo que acabamos de hacer, y escaparán ilesos como estamos a punto de hacer nosotros.

–¿Qué sucederá si eligen un camino distinto? – quiso saber Jack-. ¿Qué pasa si los «nosotros» que están en el Alcázar ahora no te escuchan?

–No funciona de ese modo -les aseguró Bert-. Confiad en mí…, he hecho averiguaciones. Es lo que tiene el viajar en el tiempo…, siempre avanzas, incluso cuando regresas.

Sanos y salvos a bordo del Dragón Blanco, se alejaron de la costa y describieron un círculo hacia el otro lado de la isla antes de desenrollar el mapa del Cartógrafo.

–Es una ruta más simple de lo que parecía -comentó John-. Hemos de ir un poco más al norte, pero luego, es todo en dirección oeste. Al oeste, al borde mismo del mundo.

–Será mejor que tengas cuidado de que la nave no caiga por él, ¿eh, Aven? – bromeó Charles.

–De acuerdo -respondió ella, cruzando los brazos-. Es una buena idea, Charles.

–Ah, bueno, gracias -tartamudeó él-. No lo decía en serio, ya sabes.

–Pues deberías -dijo Aven-. He oído hablar de este lugar; Nemo dice que todos lo demás marineros hablan sobre él en susurros apagados cuando han bebido demasiada cerveza. Realmente es el final del mundo, y si no tenemos cuidado, es posible que caigamos por el precipicio. Pero no te preocupes -añadió con fingida dulzura-, tengo entendido que el vacío al que da, no tiene fin, de modo que jamás chocaríamos con el fondo.

–Bueno, eso está bien, ¿no? – dijo Artús.

–No -respondió Bert-; significa que no haríamos más que caer, y caer, y caer, durante toda la eternidad.

–Ah -dijo Artús.

–Si partimos inmediatamente -indicó John-, tenemos toda la noche para obtener una buena ventaja sobre el Rey del Invierno. Recordad…, vendrá aquí, a buscarnos.

–Todavía no comprendo por qué no conseguirá encontrarnos -indicó Jack-. Esa cosa del tiempo me produce dolor de cabeza.

–Confiad en mí -repitió Bert-. Le llevamos ventaja en más de un sentido.