Tierra de Dragones
Un relato extraordinario
Tras un breve silencio anonadado, John recuperó la compostura.
–Ése soy yo -indicó, poniéndose en pie al tiempo que le tendía la mano.
La aparición la tomó a su vez, estrechándola efusivamente.
–¡Por fin, por fin! – exclamó-. Me alegro tanto de conocerte, John, mi queridísimo muchacho. ¿Y qué mejor lugar que aquí en la segunda morada de sir Arthur, verdad? Es espléndido, espléndido. Sí…
Jack y Charles intercambiaron miradas escépticas, y Jack se llevó un dedo a la sien y lo hizo girar.
El hombrecillo siguió hablando impertérrito.
–Confío en que puedas continuar a partir de aquí, ¿verdad? – dijo, tendiendo a John el paquete envuelto en tela impermeable-. Ya sabes lo que hay que hacer. Sin duda el profesor te habrá preparado para esto.
–No tengo la menor idea de a qué se refiere -respondió John, apartando a un lado el paquete-. Acabamos de regresar de la casa del profesor, y apenas hace un día que me he enterado de su muerte.
–Ya comprendo. Bien, pues, si tus aprendices me ayudan a desenvolver la Geographica, nos pondremos a trabajar de inmediato.
–¿Ayudantes? – inquirió Charles-. Yo no soy…, nosotros no somos…, perdona, Jack…, sus ayudantes…, aprendices -balbució-. Soy editor de…
–Sí, estoy seguro de que lo eres, y uno muy bueno, además -interrumpió el hombrecillo-. Pero eso sólo puede significar…, John, dime, ¿eres…, eras… el único alumno del profesor? ¿Había otros?
John negó con la cabeza.
–No en plena guerra. Sólo para reunimos teníamos que efectuar los preparativos con suma antelación. No creo que tuviera tiempo para mantener mucha correspondencia o dar clases particulares a nadie más.
–Interesante -comentó Charles-. ¿Cómo llegasteis a un arreglo tan inusual?
–No sabría decirlo muy bien, en realidad -respondió John-. Dio con unos cuantos relatos que había escrito…, nimiedades, en realidad…, y le gustaron. Averiguó que me habían acantonado en Great Haywood a mi regreso de Francia y fue a verme para ofrecerse a ser mi tutor.
El hombrecillo no respondió a aquello, limitándose a asentir sin dejar de observarle.
–Es una pérdida terrible para ti, estoy seguro -dijo Charles-. Ahora lamento aún más no haber tenido la oportunidad de conocerle. Parece un hombre extraordinario.
–Lo era -repuso el extraño visitante.
–Vinimos aquí esta noche simplemente porque Charles es miembro del club -explicó Jack-, pero usted vino específicamente buscando a John.
¿Cómo es eso?
–Un circunstancia puramente fortuita. Doblé por la calle equivocada y os vi entrar. Ya no consigo organizar estas calles. Siempre me pierdo. Pero incluso eso resulta providencial, porque de haber encontrado el puerto antes, cuando se suponía que debía hacerlo, jamás os habría encontrado a vosotros.
–¿Qué hay en el puerto? – preguntó Charles.
–Mi barco está anclado allí. Ahora, debemos…
–Un momento -intervino John-; por lo que sabemos, él podría ser el asesino. Conocía al profesor Sigurdsson lo suficiente como para conocer mi existencia, pero nosotros no sabemos nada de él.
En respuesta, el hombrecillo hurgó en el interior de su raída capa unos instantes antes de localizar una nota arrugada, que ofreció a John. Era, aparte de por la persona a la que iba dirigida, idéntica a la que el joven había recibido del profesor.
–Confío en que esto sea suficiente como prueba -dijo-. Llegué de mis viajes por el extranjero justo ayer y retiré la Geographica de la casa para ponerla a buen recaudo. El profesor insistió en permanecer allí para esperar tu llegada. Debíamos reunimos en su biblioteca, esta tarde.
–Entonces ¿esto es la Geographica? – inquirió Jack, señalando con un ademán el paquete.
–Lo es.
–¿Qué es? – preguntó John.
El hombrecillo parpadeó y enarcó una ceja.
–Es el mundo, muchacho -dijo-. Todo el mundo, en tinta y sangre, vitela y pergamino, cuero y piel. Es el mundo, y es tuyo para que lo salves o lo pierdas.
Sin aguardar a que le respondieran, el hombre alzó penosamente el enorme paquete hasta depositarlo sobre una mesa y procedió a retirar las capas de tela impermeable.
–Parece un libro -comentó Jack.
–Ya veo que eres el listo del grupo -dijo el hombrecillo.
–Gracias -respondió Jack con una radiante sonrisa-. Soy Jack.
–Encantado de conocerte, Jack -repuso él-. Llámame Bert.
–De acuerdo, Bert -respondió éste, adelantándose para ayudar a desenvolver el paquete.
Debajo de la tela impermeable había un tomo bastante grande encuadernado en piel, desgastado por el uso… o debido a su gran antigüedad. En el lado abierto estaba atado con tiras de tela, y grabadas en bajo relieve en la tapa, con unas letras que mostraban aún restos relucientes de adornos dorados, estaban las palabras Imaginarium Geographica.
–Mum. Geografía de la imaginación, ¿no es eso? – dijo Charles-.
Interesante.
–Se le aproxima -respondió Bert-. Aunque una traducción mejor sería menos literal: Geografía imaginaria.
–¿Imaginaria? – inquirió John, mirando con curiosidad el enorme libro-.
¿De qué sirve un atlas de geografías imaginarias?
La veloz sonrisa casi ocultó la expresión sombría que apareció por un instante en las facciones de Bert antes de responder.
–Vaya, sin duda te burlas de nosotros, joven John. Sirve exactamente para lo que parece: para guiarnos a, desde y a través de tierras imaginarias.
Todas las tierras que han existido jamás en mitos y leyendas, fábulas y cuentos de hadas -prosiguió Bert-. Ouroboros, Schlaraffenland y Poictesme, Liliput y Mongo e Islandia y Thule, Pellucidar y Prydain; todas están ahí.
»En conjunto, el lugar en el que existen estas tierras recibe el nombre de Archipiélago de los Sueños…, y fue por este libro, por esta guía del Archipiélago, por lo que mataron al profesor.
–Esto parece griego -observó Jack, con la nariz a un centímetro de la doble página desplegada del primer mapa.
–Eres un chico listo, Jack -declaró Bert-. Hay una serie de tales mapas al principio, pero como podréis ver, varios tienen anotaciones en otros idiomas, incluido el inglés; aunque la mayoría siguen sin traducir aún -
finalizó, dando un codazo a John-. Por suerte te tenemos aquí, ¿eh, muchacho?
–Espera un momento, espera -dijo el aludido, retrocediendo-. No comprendo qué tiene esto que ver conmigo, ni cómo supiste quién era yo, además.
–Supe quien eras, John, porque fui yo quien primero leyó tus escritos.
Fui yo quien te buscó e informó al profesor de que eras el hombre ideal para convertirse en su sucesor. Fui yo quien vio en tu interior el potencial para
convertirte en el mejor Custodio de todos. Había dado por supuesto que tus compañeros eran a su vez tus aprendices… Sin ánimo de ofender, Charles…, pero es que siempre ha habido tres.
–¿Tres? ¿Tres qué? – inquirió Jack.
–Custodios de la Geographica -dijo Bert-. Bien, no tenemos tiempo para entretenernos -prosiguió-. La carrera se ha iniciado ya.
–¿Qué carrera? – quiso saber Charles.
–La carrera -respondió el hombrecillo- para impedir la catástrofe, muchacho; con toda la humanidad en juego. Sólo podemos esperar que la educación que has recibido hasta el momento haya sido suficiente…
–¿Mi educación? – dijo John, incrédulo-. Pero por qué es…
Antes de que pudiera proseguir, el prolongado aullido de un podenco hendió el aire nocturno. Sonó grave y fuerte, hasta desvanecerse finalmente en un profundo silencio. Luego el aullido volvió a dejarse oír, acompañado por otro, y otro.
Y otro.
Pero en aquella ocasión sonó más próximo. Mucho más próximo.
Tras la horrible melodía de los aullidos se escuchaba un quedo sonido entrecortado: los gritos de hombres furiosos, que buscaban. Los sonidos de una turba.
Por vez primera desde que entrara en el 221B de Baker Street, el rostro de Bert adoptó una expresión tensa y lúgubre, e impregnada de temor.
–Se acabó, chicos. Tenemos que irnos.
–¿Tenemos? – farfulló Charles-. ¡No pienso salir con la que está cayendo! ¡Especialmente si hay alguna especie de… de bestias corriendo sueltas por las calles!
–No tenéis elección, me temo -respondió Bert-. Vienen a buscarnos a John y a mí, de modo que debemos marcharnos; pero si llegan aquí y se encuentran con que no estamos, vosotros saldríais aún peor parados.
–¿Vienen a buscarme? – inquirió John-. ¿Por qué?
–¿Pensabas que se detendrían con el profesor? – preguntó Bert-. No pueden…, no lo harán. No han conseguido lo que buscan…, esto -dijo, asestando una palmada sobre la Imaginarium Geographica-. Y como ahora es tuya, estoy seguro de que no tendrán el menor inconveniente en acabar contigo con la misma facilidad con que acabaron con él.
Bert empezó a envolver el atlas en la tela encerada, y Jack se acercó para ayudarle.
–Démonos prisa -indicó a los tres jóvenes-. Hay que salir volando.
–¿Volando adonde? – quiso saber Charles.
–Al puerto, desde luego. Al barco. Mi tripulación nos espera ya, y sin duda deben de empezar a estar preocupados.
Charles hizo amago de protestar, pero Bert le atajó.
–No son alborotadores los que vienen a por nosotros. No son soldados.
Ni siquiera son hombres tal y como vosotros los conocéis. Pero tanto si creéis mi advertencia como si no, tanto si creéis que tengo un barco que nos aguarda en el puerto, o que cualquier cosa de las que os he contado esta noche es cierta como si pensáis que miento, creed esto: si permanecemos aquí un minuto más, todos moriremos.
Por si la súplica de Bert no resultaba lo bastante convincente, las sombras que aparecieron en la esquina del otro lado de la calle sirvieron para motivar de inmediato a los tres camaradas.
La banda que los perseguía blandía espadas y lanzas de una manufactura fuera de lo corriente; pero más extraño aún era el que todos parecían andar a cuatro patas, con las zarpas tintineando en los adoquines, irguiéndose sólo de vez en cuando para olisquear el aire antes de rasgar la noche con más aullidos atronadores.
–Wendigos -murmuró Bert para sí-. Está haciendo uso de todos los recursos posibles… y esto sólo puede empeorar. Charles -preguntó, volviéndose con rapidez-, ¿tenía sir Arthur una salida trasera en este lugar?
–Sí -respondió él-, por aquí. Rápido.
Bert, Jack y John siguieron a Charles por un laberinto de habitaciones pequeñas hasta una puerta situada en el otro extremo del piso.
–Aquí -indicó Charles-. Hicieron una ampliación en el piso contiguo, y tiene una puerta que da a un callejón.
Cuando entraban en el pasillo, se escuchó un estrépito de madera astillada procedente del vestíbulo situado a su espalda.
–¡Rápido, muchachos! – exclamó Bert-. ¡Rápido!
Tras localizar la salida, los cuatro camaradas penetraron rápidamente pero con cautela en el callejón, que estaba vacío. Mientras se encaminaban hacia la calle que lo cortaba transversalmente, sus pasos se tornaron más y
más apresurados, al comprender que sería sólo una cuestión de tiempo que…
Cuando se encontraban a una manzana de distancia, los aullidos furiosos de sus perseguidores les indicaron que habían descubierto el camino seguido para abandonar el club. La cacería había finalizado. Ahora se trataba de una carrera.
En unos instantes los cuatro corrían a toda velocidad en dirección al puerto.