Tú serás mi cuchillo

David Grossman · Capítulo 1 de 5 · parte 9/11

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Tú serás mi cuchillo

Yair

Este capítulo es largo, así que está dividido en 11 partes.

Me ha parecido muy raro (aunque raro no es la palabra)...

Ha sido muy emocionante volverme a encontrar con mi padre, en el sueño. Hace ya mucho tiempo que no lo veo. Sus andares, su cara. Había algo turbador, una especie de desamparo, en su forma de estar allí de pie ante mí.

 

27 de septiembre

Hola, querida Ana.

Nunca nos hemos visto, pero me da la impresión de que me puedo dirigir a ti como si fuéramos viejos conocidos.

Cuando empecé a cartearme con Miriam, ella me preguntó un día, con una sonrisa, si ya había oído «todas las historias que cuentan sobre ella» y me pidió que le prometiera que solo escucharía lo que ella misma contara sobre su persona. Que no hubiera nada entre nosotros que se convirtiera en chismorreo.

Entonces me parecía tan inocente y casera (y decididamente lo es, ya lo sé, también es todo eso), que el solo hecho de pensar que había tenido alguna «historia» me conmocionó.

Pero ahora ha pasado algo. Ayer por la tarde, después de que echara la carta diaria en el buzón del instituto, me vi obligado a llevar a alguien en autoestop. Digo que me vi «obligado», porque deseaba estar solo después de esa carta en concreto, pero no tuve elección: se trataba de una señora menuda, enérgica y decidida, que trabaja en el instituto y a la que conozco de una manera superficial (tenemos a nuestro hijos en la misma guardería). Nos vimos atrapados en los embotellamientos normales y ella, naturalmente, se moría de ganas de hablar, hasta el punto de que por un momento tuve una rara sensación, como si ella quisiera llevar la conversación en una dirección muy concreta, porque sin llegar a comprender cómo había sucedido nombró a Miriam y a Amos, y entonces, claro está, también salió a relucir tu nombre y todo el asunto.

Para ser más exactos, supe que «toda Jerusalén había hablado de vosotros» y que se había tratado de «un escándalo de los gordos» (acompañaba las palabras de una expresiva gesticulación y de unas muecas elocuentes). También me enteré de que algunos padres y alguien del Ministerio de Educación habían exigido que Miriam fuera despedida a causa del «altercado» y que fueron solo las airadas protestas del alumnado y de otros padres lo que le permitió regresar al trabajo.

Te puedes imaginar cómo me sentía yo. Apenas podía seguir conduciendo. No sabía nada de todo eso. Hace medio año que me escribo con Miriam y no me lo había contado. Puede que tuviera miedo de que no llegara a entenderlo. O de que de repente tuviera miedo de ella (¿?).

Querida Ana, cuando era pequeño y mis padres empezaban a ponerse nerviosos conmigo, yo tenía un truco. Me encerraba por dentro y empezaba a contarme un cuento. Siempre el mismo. Acerca de un ser llamado Malaji al que solo yo podía dar vida dirigiendo el reloj de muñeca hacia el sol (o hacia cualquier otra fuente de luz). Entonces tomaba forma con el aspecto de una manchita redonda que bailoteaba en la pared. Fuera, en el exterior, caían rayos y truenos a mi alrededor, mientras que yo llevaba a escondidas a Malaji por las paredes y le hablaba en mi interior, paseaba con él por delante de las caras deformadas de ellos y por sus cuerpos y frentes, estableciendo en ellos enclaves de luz, y todo el tiempo, en mi interior, le hablaba con unas hermosas y grandilocuentes palabras que me proporcionaban una sensación de superioridad en aquel ambiente de riña.

Ayer volvió. Así, sin más, como un rayo llegó para salvarme. Me paseé con él por el techo del coche, por el vestido de la señora, y por su cara de necia. Ella hablaba y hablaba mientras yo concentraba todo mi entendimiento para contarle a Malaji de ti, Ana, que viviste con Amos y que lo amaste con un amor absoluto, y que él también te amó. Cómo puede uno no amar a Ana, ha dicho Miriam en más de una ocasión. Malaji se paseaba, pequeño resplandor luminoso. Puede que hiciera ya veinte años que no nos encontrábamos así, porque he cambiado ya tantas veces de reloj desde entonces, mientras que él está exactamente igual a como era. Le conté que en un determinado momento, si es que se puede medir algo así en momentos, sucedió que tu querido Amos y tu querida Miriam se enamoraron.

Quizá sucedió cuando Miriam fue a París para salvar a ese tal Yehoshua que tan querido le era. Ya sabes que a ella a veces le gusta sentirse como un caballero andante, pero una vez allí se dio cuenta de que él no necesitaba que lo salvaran de nada, sino todo lo contrario, que estaba encantado de vivir la vida salvajemente. Ella, como es natural, se vino abajo, y entonces fue cuando Amos, enviado por ti, salió en busca de ella para volver a traerla a Israel.

¿Puede que sucediera cuando tú conociste al oficial holandés de la ONU, que tomaba libros prestados de la biblioteca del consulado británico, y con el que viviste durante medio año en un barracón junto al monasterio de Cremisan (lo ves como estoy completamente al corriente de todo) mientras que Amos se quedó solo en vuestra casa de Jerusalén?

Aunque yo prefiero creer que sucedió en el momento más cotidiano posible, en una verdulería. O estando con vosotros en casa, como de costumbre. Durante una cena, por ejemplo. Tú estarías preparando unas fresas con nata, y ellos cortando la ensalada; entonces Miriam habría contado algo que había sucedido en clase o habría hecho una descripción entusiasta de cómo caía la luz sobre el sauce. O se habría quedado quieta, completamente ensimismada. En ese momento Amos la habría mirado y habría notado que el corazón se le ensanchaba y a la vez se le fundía.

Cuando mi autoestopista bajó del coche, me encontraba bañado en sudor. Tan grande había sido el esfuerzo por permanecer exclusivamente con Malaji.

El triángulo es justamente una figura estable, me había dicho Miriam una vez, y hasta satisfactoria y enriquecedora. Con la condición de que todos los lados sepan que son eso, los lados de ese triángulo, añadió.

Ana, necesito que me ayudes. No tengo ni idea de cómo sucedió de verdad. Si vivíais juntos, los tres, o si Amos vivía un tiempo contigo y otro con ella. Y qué es lo que sabes y qué no, cuándo te lo contaron, qué sentiste entonces y si no hubo en ti ni el más mínimo rastro de celos hacia tu mejor amiga.

Miriam me ha dicho que si no creo que pueda darse en el mundo la posibilidad de una «geometría poética» como esa (el nombre se lo di yo), nunca podré llegar a sentir todo lo que sería capaz de sentir. No me hablaba de un caso en concreto, sino que se rebeló ante algo que dije acerca de «las inexorables leyes» que rigen las relaciones hombre mujer.

Ahora me doy cuenta de cuántas cosas tengo que contarte, explicarte y traducirte, incluso siendo como eres alguien tan próximo a mí, para que comprendas qué es lo que exactamente dijimos, Miriam y yo.

También me espetó —ya la conoces, rayos y truenos pueden salir de ella en ocasiones—, que me envalentono con la palabra pero que luego soy un cobarde para la vida, y que a sus ojos, el valor consiste en ceder ante lo que te pide el alma.

Y que Amos es un hombre muy valiente, el más valiente e íntegro que haya conocido nunca.

Han pasado ya un día entero y la mitad de la noche, desde que me he enterado. Mucho café ha corrido por mis venas. Y es que tengo que saberlo, ¿qué es lo que realmente sentiste? Porque tuviste que darte cuenta de lo que estaba brotando ante tus ojos entre las dos personas que más amabas. ¿Qué se hace con ese tipo de agravio, de ofensa? ¿Y cómo puede seguirse amándolos a los dos sin morir cien veces al día de dolor y de celos? Sé muy bien lo que Miriam me contestaría, que al contrario, que a pesar del inevitable dolor, los amabas a los dos todavía más.

Pero ¿cómo va a ser eso posible?

Es posible. (Créelo. Créelo. Créelo.)

No sé si ella te lo ha contado, pero tengo establecido con ella un pacto pequeño y doloroso: por cada palabra que ella me enseña, yo tengo que renunciar a una palabra de mi lengua materna. Quiere explicarme una historia, sabes, y para hacerlo tiene esas palabras. Dice que se trata de la historia que yo más necesidad tengo de oír, la historia de la salida absoluta hacia el interior de otra persona. ¿Tú qué opinas, Ana, es eso posible? ¿Podré?

1 de octubre

En este momento estás ahí, en tu terraza frente al bosque de Jerusalén, a la sombra de la buganvilla. Detrás de ti, la casa prácticamente vacía. Estás sentada vuelta hacia la belleza. Adentras la mirada en el atardecer, a esta hora tan amada por ti, la más dura también y, sin embargo, la más amada. Dentro de nada volverá Yojai y tú serás aspirada por él hasta que las pastillas lo duerman. A veces, cuando estoy solo en casa y acuesto a Ido, fantaseo que los dos, tú y yo, acostamos juntos a los niños, en medio de una intimidad hogareña y sosegada, habitual.

 

Pienso mucho en ti y en Amos. Por lo que pasáis cada día y también en vuestra profunda amistad. Ese lugar que es solo vuestro, y que nadie excepto vosotros puede llegar a entender el idioma que en él se habla. Yo me siento como un desconocido, y un poco niño, junto a vuestra intimidad.

No existe mucho parecido entre vuestra manera de estar juntos y la nuestra, la de Maya y la mía. Me da la impresión de que existe mucha más vida y mucho más deseo entre nosotros que entre vosotros, aunque quién sabe. Puede que vosotros tengáis algo que yo no soy capaz de imaginar.

Casi cada hora he mirado hoy la luz a través de la piedra azul que me has mandado. De verdad que es extraordinaria. Con la luz que hay ahora, por ejemplo, la del crepúsculo, se puede ver en ella a dos muchachas tocando el piano a cuatro manos frente a una partitura. Vuestras manos revolotean. En la piedra azul estáis llenas de vida.

Durante la última semana he adoptado la pequeña costumbre de tenerlo ya todo hecho cuando llega esta hora, como en este momento, para estar contigo un rato tranquilamente (hace tiempo que me he dado cuenta de que cualquier momento que tengo para estar conmigo mismo, al instante asomas tú para plantarte junto a mí). Aproximadamente después de mi tercera carta me preguntaste cómo íbamos a lograr encontrarnos alguna vez, no en un lugar sino en un tiempo concreto, ya que yo soy tan movido e impaciente (lo de atolondrado te lo ahorraste); tenías tus dudas de si yo iba a ser capaz de estar ahí de verdad, ni tan solo un segundo, en el tiempo de otra persona. Si no iba a tener claustrofobia en el interior del tiempo de otro.

Ya ves que me entreno.

Descubro, por ejemplo, que a esta hora los olores de todo el día irrumpen todos a una. Como si durante el resto de las horas hubieran sido forzados a ocultarse, a llegar a un acuerdo entre ellos, a ceder, porque si no siempre habría un solo olor vencedor y dominante. Mientras que ahora hablan al unísono, el césped, la tierra, el asfalto y el aroma de la ropa tendida. Detecto ya también el jazmín y la madreselva, todos juntos, y cada uno por separado. Solo a esta hora.

Y cada hoja tiene, por lo menos, dos sombras. Estoy empezando a escribir como tú...

Has dicho que cuando yo «decido» o «sé», esas dos palabras hablan en mi garganta de un modo que notas que han sido acuñadas en mí por la fuerza y con violencia. Y que soy inteligente, pero sobre todo en cosas que no sé.

Pues mira, en este momento no sé muy bien el placer del crepúsculo que nos envuelve a ti y a mí.

Oh, Miriam...

YO

 

2 de octubre La noticia acaba de llegar en este momento... Me he marchado de casa.

Calma, solo por una semana, algo inesperado, pero quisiera anunciarte el cambio de dirección postal temporal y los posibles problemas con las cartas, un asunto un poco complicado, que si no fuera porque es cómico, resultaría trágico (y al revés). Se trata, en pocas palabras, de salvar una vida. Para ser más preciso: de un asunto de vida o muerte rutinario. ¿Tienes un minuto para mí?

La verdad es que se trata de algo que me tiene un poco angustiado. Ese «algo» ha empezado esta mañana, alrededor de las diez, cuando más agobiado estoy en el trabajo, rodeado de gente y de teléfonos sonando, cuando a cada instante se me acerca alguien a preguntar, a pedir consejo, a confesarse o a contarme su historia más íntima con un nudo en la garganta y a veces hasta entre lágrimas, y en medio de todo ese alboroto me cae una llamada de teléfono: la cuidadora de Ido pide que acuda inmediatamente a la guardería a recogerlo. Tiene una fiebre muy alta y una visible hinchazón detrás de la oreja. La rueda a mi alrededor se va deteniendo lentamente. Me siento y me sujeto la cabeza entre las manos, ya está, lo que me temía, y ahora qué hago. Maya está en Safed, es su día de laboratorio en Safed. En un abrir y cerrar de ojos me hago con un plan de ataque premeditado: voy a huir, no iré a recogerlo, que se quede en la guardería hasta que le crezca la barba o hasta que vuelva Maya, ella ya las ha tenido y en las mujeres no es tan peligroso. Recuerdo con espanto la ampolla con la vacuna que compré hace dos años durante una de las epidemias anteriores, que le prometí a Maya cogerla y llevársela a la enfermera para que me la inyectara y que se quedó en la nevera hasta que poco a poco fue empujada hacia atrás, hacia esa zona dudosa donde se encuentra la mostaza...

Está bien: le doy las últimas instrucciones a mi equipo de empleados, me desgañito temiendo por el negocio que dejo en sus manos, tengo que irme ya mismo, el niño arde de fiebre, mi niñito está incubando unos microbios que quizá ya me ha inoculado, de repente me parece que justamente desde ayer por la noche ha estado pegado a mí con cierta intencionalidad, el beso esta mañana al entrar en la guardería, el abrazo salvaje de ayer cuando lo acosté. Quién sabe si no estará actuando en él un instinto artero que intenta eliminar a otros herederos competidores, posibles devoradores de testamentos. Por suerte tenemos ya un hijo, de manera que le he devuelto a la sufriente humanidad mi deuda genética para con ella, pero ¿qué será del resto de mis humildes alegrías?

Así es como ha empezado este día y quién sabe qué va a ser capaz de engendrar, todavía (porque él, por lo menos, sí va a engendrar algo). Maya ha escuchado en silencio, haciendo oídos sordos a mis aullidos de pánico en el teléfono, para enseguida tomar la iniciativa de cómo actuar: me ha ordenado que lo lleve al médico. Ella, por su parte, anulará todo lo que tenía programado para la jornada y regresará con el primer autobús, y hasta entonces menudas tres horas me esperan con el pequeño envenenador de pozos, ¿captas la gravedad de mi situación?

Me dejo caer en la silla y me encojo sobre la zona destinada a sufrir el desastre. Ami S., que trabaja para mí, me da ánimos diciéndome que si me he contagiado, ese será el método anticonceptivo más efectivo posible...

¡Que reviente Ami S.! ¡Que lo capen! Él tiene cuatro hijos, niños y niñas, y las paperas las pasó cuando tenía tres años, como todos los niños normales, menos yo, y toda la vida me la he pasado en guardia esperando exactamente esta noticia, y en honor a la amarga verdad (sí, amarga, aunque tú te empeñes en decir que no toda verdad es amarga), esta es la enfermedad que escogí para mí con todo cuidado ya desde los tres años, cuando era el único de todos los niños de la guardería que logró convencer a los microbios de las paperas que se convirtieran en los de la escarlatina, y desde entonces he vivido en la larga espera de que el filo de la hoja caiga sobre la fuente de mi felicidad: no existe artículo médico sobre el tema que yo no haya leído, como no existe pediatra al que no haya atosigado con todo tipo de interrogatorios sobre los peligros que acechan a quien no enfermó de eso a su debido tiempo, durante la infancia, ni médico al que no haya obligado a reconocer que todos sus colegas me han engañado porque el porcentaje de adultos que se contagia y que sale, no solamente de la órbita de la fecundidad sino sobre todo de una A.S.N. (actividad sexual normal) es muchísimo más alto de lo que cuentan los charlatanes del New England Journal of Medicine...

¿Crees que me estoy burlando? ¿O que esto es una sonrisa? Lo que es es una mueca de terror helado. Las tripas sencillamente se me revuelven cuando pienso en lo que sucederá si...

Para cuando lo leas, ya estaré en Tel Aviv (solo he pasado por el trabajo para apretar algún último tornillo y escribirte, pero enseguida saldré huyendo de esta ciudad apestada). Allí me espera una habitación nada mala en un pequeño y casero hotel familiar a orillas del mar. Una vez al año, durante una semana, me instalo en él, así que ya están acostumbrados a mi presencia; tiene algunos aspectos buenos este terror a las paperas que tan bien interpreto y que, como puedes ver, aprovecho inteligentemente. En resumen, que todo lo más arriba recordado es para decirte que aunque me escribas esta semana, no lo voy a recibir, sino que tendré que esperar hasta mi vuelta y sentirme devorado por la curiosidad de qué sería lo que no me pudiste contar en la última carta (me ha parecido entender que tiene que ver con Yojai, pero ¿qué será? ¿Qué ha pasado? ¿Y por qué, de repente, pareces tan deprimida y lo ves todo tan complicado? Cuéntalo ya y déjate de dar largas), pero te prometo que si me queda allí un rato libre procuraré garabatearte un saludo apasionado desde la ciudad del pecado.

Ya está, voy a salir de camino, pero como es la primera vez que me he sentado tranquilamente en lo que va de día, ahora sencillamente me cuesta levantarme, porque además disfruto escribiéndote y riéndome un poco de mí y de este enloquecido día (y hay algo más, un sentimiento nuevo que no tengo muy claro, de libertad, de volver a ser yo mismo, algo que está en el ambiente).

Maya ha llegado a las dos. Lo ha encontrado berreando de dolor y a mí respirando a través de un montón de algodón embebido en una loción de afeitar muy fuerte a modo de desinfectante. Estoy seguro de que ha pensado en la ampolla con la vacuna que se está enmoheciendo poco a poco en la nevera. El primer mantra de la vida matrimonial («¡te lo dije!») cruza sus ojos, pero si yo ya le había explicado en su día, que a veces —aunque es muy infrecuente, aunque la infrecuencia no es que me sea desconocida, precisamente—, la misma vacuna puede provocar el contagio, y nadie que esté en su sano juicio iría por voluntad propia al médico para que le inyectara los microbios de la impotencia, que aunque debilitados, vete tú a saber a partir de quien está fijado el estándar.

Maya no ha sonreído. Maya, normalmente, ya no sonríe ante mis bromas (pero tampoco tú es que te retuerzas ahora de risa, ¿a que no? ¿Por qué las mujeres siempre se quedan lívidas en cuanto me divierto un poco?), y hace ya mucho que perdí la carrera por sujetar la cuerda de la comisura de los labios de Maya contra la fuerza de la gravedad de la Tierra. Dónde quedó mi chica alegre y risueña.

¿Dónde estábamos?

Estoy pensando en que ojalá pudiera enviarle esta carta a ella.

 

Se ha sentado en la cocina, con Ido encima, y me ha preguntado adónde me pienso marchar. Le he dicho que como de costumbre, a mi hotel de Tel Aviv, porque en Jerusalén no me quedo mientras él siga contagiando. Ha suspirado profundamente y me ha preguntado cuánto tiempo voy a estar fuera de casa, a lo que le he respondido que lo que de costumbre, por lo menos hasta que la hinchazón de la oreja baje, unos cuatro o cinco días, una semana, como siempre.

Por algún motivo esta es una costumbre que ya se ha establecido entre nosotros, mis vacaciones anuales por separado. No se hacen demasiadas preguntas. Solo la mirada se empaña un poco ante mí.

A pesar de todo me ha ayudado a hacer la maleta, y hasta me ha recordado cosas que debo llevar, y junto a la puerta ya nos hemos ablandado hasta ponernos tiernos, ella me ha abrazado preguntándome si no va a ser muy duro para mí estar allí solo y si estoy seguro de tener que huir tan lejos, porque si no me he contagiado durante todos esos años puede que esté inmunizado de forma natural (lo cual, decididamente, es muy posible), y yo le he dicho que me resultará muy duro estar solo, con mucho énfasis en ese «muy», que he pronunciado cuidándome muy mucho de recalcarlo, y es que soy una verdadera mierda, y nos hemos vuelto a abrazar hasta sentir por fin verdadera tristeza e incluso una pizca de angustia porque quién sabe, puede haber complicaciones, toda la vida he tenido un miedo mortal de las complicaciones esas hasta el punto de que he conseguido contagiar de ese miedo incluso a Maya, con toda su cultura inmunológica y aun a sabiendas de que las complicaciones se encuentran, en todo caso, principalmente en mi cabeza, aunque por otro lado este año es la primera vez que Ido ha enfermado de eso de verdad, y esta es ya una novedad interesante.

Le he dicho, venga, no le des más importancia de la que tiene, ni que me fuera para siempre (y es que toda despedida entre nosotros, incluso la más cotidiana, siempre nos parece la despedida definitiva), y le he recordado que dentro de unos días volveré a estar aquí (y todo reencuentro entre nosotros conlleva la turbación de todo primer encuentro); por un momento casi me he quedado, pero no, he salido, me he marchado decidido, y en lo más hondo del corazón he notado que no regresaré tal y como soy, que algo va a pasar, y también Maya lo ha notado, Maya enseguida se da cuenta cuando inflo las velas de la virilidad (si una sola vez dijera que lo sabe, que me conoce, que ni siquiera hay que hablar de eso, que lo único que hay que hacer es empezarlo todo de nuevo, una página nueva, y darnos el uno al otro todo lo que no podemos darnos hoy, porque somos ya tan mayores)...

Bueno, por lo que veo no voy a tener ningún problema en escribir y escribir y pasarme así la semana entera. Puede que no sea tan mala idea.

 

Un momento antes de salir volando: acabo de arreglarlo para que de todas formas me pasen las cartas del apartado de correos a mi hotel en el destierro (solo que ahora no escribas tu nombre en el sobre), así que, por favor, ¡no abandones al repudiado!

 

(Las cuatro de la tarde. ¡Ya en el paseo marítimo!)

Pero...

Antes incluso de ir al hotel he bajado al paseo marítimo, me he dejado caer en una silla blanca y he cerrado los ojos hacia el sol; he empezado a meditar qué haría un hombre en mi situación durante una última semana como esta. ¿De quién se despedirá con un triste suspiro de desconsuelo, y con quién se encontrará con un ronco rugido de fiera en celo? Podría subir en un abrir y cerrar de ojos a un avión supersónico y volar a Frankfurt, ¡sí, eso es, a la pervertida Frankfurt! ¿Y quién iba a saber que se había marchado? Una semana maravillosa, una hornacina secreta en el tiempo. Hay allí un hotel gigantesco en el aeropuerto, para los viajeros que desean partir en dos un viaje largo pasando allí la noche. Allí podría un hombre en mi situación vivir durante una semana entera de incógnito como exiliado sexual: todas las noches bajaría al animado bar para tontear con alguna viajera según un plan fijo y preestablecido: el primer día, una señora que tenga que despegar al día siguiente para América; el segundo día, digamos que una profesora bien maciza de la universidad de Melbourne. El tercero se desmadraría con una israelí que fuera a regresar al día siguiente a su tierra patria. Y al otro día, con una negra escultural de Costa de Marfil. Y así, noche tras noche, y si fuera posible, también por las mañanas, porque a no ser que quiera descuidar el subcontinente indio, por ejemplo, o América Latina (o la Atlántida), tendrá que vagar tu siervo con su bastón leñoso por la curvatura del blando globo hasta que haya diseminado su simiente por todos los continentes y entre todas las razas y pueda por fin reposar en paz con sus antepasados.

Mientras me sumerjo en estos pensamientos, un tropel de mujeres desvergonzadas surgen de las olas y me golpean con los puños mis párpados cerrados, ¡ábrelos para nosotras, ábrelos! Y yo, parapetado detrás de esos párpados cerrados, me río de ellas: ¿qué prisa hay? Pero ¡si acabo de llegar! Hoy todavía no he empezado con el reparto de Yair...

Escucha, veo que me cuesta quedarme sentado por más de un cuarto de hora seguido. Estoy acelerado. Va a ser una semana bastante difícil. ¿Tú qué dices? Me parece que en lugar de irme ya para el hotel —no me apetece nada encerrarme entre cuatro paredes—, voy a llevar este retoño a la estafeta de Correos de aquí en la que alguien ha escrito con unas letras gigantescas, ¡Siván, dígnate a escribir! Y si me prometes estarte conmigo sin molestar, acortaré por aquí para llegar directo a...

18.30

¡La calle Dizengoff! (¿Adónde, si no, va a dirigirse un turista jerosolimitano como yo?) Dizengoff, que me ha acogido haciéndome pasar un rato lleno de magia y me ha resultado excepcionalmente entrañable, desbordante de luz crepuscular, y lo que resulta más extraño, Miriam: allí no había hombres, solamente yo y mil mujeres, hasta el punto de que he ido avanzando medio ebrio, mareado, y a cada momento sumergido en el perfume de la mujer que pasaba, porque hay perfumes que al instante me vuelven loco y que me plantan ante los ojos toda una vida de sexo. Estoy convencido, además, de que todas ellas han oído a la perfección el golpear de tambor de mi corazón en esa fracción de segundo, ya sabes, que pasa desde el momento en que ves a una mujer y su olor, entre el relámpago y el trueno, tendrías que haberme visto, allí, rezumando mis humores entre ellas como una unidad móvil de un banco de semen, espero que no te enfades por esta pequeña explosión entusiasta, porque no veo en eso nada que vaya contra ti o que tenga que ver contigo de ninguna manera, ha sido solamente por tomarme un respiro de mí mismo, puede también que de los dos, una pausa ante el enorme peso que se ha ido acumulando durante estos meses. Lo único que quiero es que no te enfades (¡y no me devuelvas esta carta cerrada!), concédeme esta semana, porque también tú te marchaste una vez a Galilea, como bien recordarás.

Ya estamos, la relación empieza a empañarse. De nuevo las discusiones estas que yo albergaba la esperanza de haber superado ya. Estaba disfrutando tanto (hasta este momento). Me vuelvo al paseo marítimo, para repostar con un poco de luz de atardecer, de olor a mar y pieles resplandecientes. Si lo deseas, ven.

3 de octubre

Hola, Miriam:

No sé si has recibido ya lo que te he enviado desde aquí. En honor a la (amarga) verdad, incluso espero que no lo hayas recibido. Que, por alguna razón, el trío de ayer se haya evaporado por el camino entre Tel Aviv y Jerusalén.

De todos modos, ayer todo parecía más fascinante. El caso es que una vez al año, cuando aparece en Ido la posibilidad de la sospecha, yo salgo huyendo a un hotel fijo junto al mar, ya te lo he contado, un hotel pequeño que pertenece a una pareja de ancianos vieneses que lo regentan con un gran orden y mucha limpieza, como se estilaba en tiempos del emperador...

Está bien, te lo contaré por orden. En cuanto entré aquí ayer por la noche, me di cuenta de que algo había cambiado mucho. En lugar de la señora Mayer, se encontraba detrás del mostrador de la recepción un tipo enjuto y musculoso, con ojos de ladrón y pelo engominado peinado hacia atrás. Con solo echarle una mirada entendí que mi pequeño oasis marino había cambiado de dueños y, por lo visto, también de vocación (disculpa por utilizar la palabra en este contexto).

Ya quería darme la vuelta y marchar, sin siquiera tocar la puerta, cuando me oigo a mí mismo decir, de acuerdo, la tomo por una semana, y veo los ojos del ladrón riéndose, para luego preguntarme, ¿una semana? ¿Y qué vas a hacer aquí una semana? Yo, como un idiota, me he sentido ofendido y ya muy encendido le he dicho, ¿pasa algo, o es que solo es por horas? Él ha asentido lentamente y me ha observado como si de los dos fuera yo el sospechoso, o como si fuera menor de edad, o algo parecido, y después ha dicho, ¿queremos pagar por horas, doctor? Como he visto que la cosa se estaba complicando, he querido salvar mi honor me he puesto a regatear con él ofreciéndole que le pagaría solo por días, para que supiera, por lo menos, que no me chupo el dedo ni soy el hazmerreír de nadie, a lo que él ha contestado, vaya, vaya, con que por días, y enseguida ha sacado una calculadora, ha echado sus cuentas redondeando al alza y ha querido que le pague todo por adelantado, y yo le he dicho, pero ¿qué te pasa, crees que me voy a escapar sin pagar? Él ha sonreído y ha continuado, en el mar hay toda clase de peces, y yo, justamente por esa asquerosa sonrisa he sacado la cartera y he contado sobre su mano el equivalente al salario mínimo interprofesional y encima le he explicado, con una especie de demencial convencimiento interior: «¿Adónde voy yo ahora a por otra habitación?» Él me ha mirado con sorna y como siempre que sé que alguien me ha engañado, me he entregado todavía más a él, porque el hecho de dejarme enredar me produce un suave y hediondo deleite, ¿no conoces tú ese placer? (Porque a la gente le encanta tener un payaso del que poderse reír, ¿no te parece?)

Pero bueno, dejémoslo, que agua pasada no etcétera. Subí a la habitación para descubrir que es pequeña y angustiosa y que en lugar de una vista marina mira al patio trasero de una sala de billar y que solo tiene un armario pequeño y una cama gigantesca que ocupa casi toda la habitación, una puerta que no cierra del todo y que tiene una rendija a través de la cual se ve el pasillo. Debo de haber estado muy cansado, porque me he acurrucado y he dormido tres horas seguidas, como cuando en el ejército me enviaban a alguna base remota y lo primero que hacía era agenciarme una cama en la que acurrucarme para dormir. Eso me recuerda que también Ido era exactamente igual cuando nació y lo llevamos a casa del hospital. Era como un pequeño ovillo enrollado en un lugar extraño. Dormía con una especie de desespero, de obstinación y de soledad...

Mira, aquí me estoy ahogando, y la luz es mortecina. Salgo a respirar.

Diez horas seguidas he andado hoy, o quizá más. Desde las cinco y media de la mañana. Solo por no volver allí. Desde los campamentos en la mili no había vuelto a andar tanto. Por las calles próximas al mar, por la playa y por el rompeolas. He caminado despacio, sin rumbo, bajando a la orilla, volviendo a subir, como flotando. He entrado en algún café y alguna pizzería para repostar un poco de frío sintético antes de volver a salir.

Estos sirocos últimos del otoño son espantosos. El sol se concentra en mí con una lupa. Y el viento no deja de soplar. La gente camina inclinada hacia delante frente a este viento. Resulta difícil tragar y respirar, y la garganta se resiente rasposa. La arena vuela como granos de cristal contra la cara.

No tengo gran cosa que contar. Es que he visto un buzón y he pensado, ¿por qué no?

Anoche fue terrible. Me creía más fuerte. No sé si seré capaz de pasar otra noche así, sobre todo por los ruidos (cada vez que conseguía quedarme dormido, me despertaba un grito. Como si estuvieran esperando que me durmiera para gritar). Es extraño que en un sitio así haya más gritos de dolor que de placer.

¿Qué más...? ¿Cómo estás? ¿Has tenido ya la reunión esa? ¿Lograste discutir con la directora sin que te temblara la voz?

La verdad es que no le veo sentido a enviarte este papel como no sea solo por mantener el contacto. Puede que mañana te vuelva a escribir. Cuídate.

 

No hay novedades impactantes. Desde hace dos horas aquí no ha cambiado nada, excepto que he ido al hotel a coger las gafas de sol y el recepcionista ha saltado de detrás del mostrador y literalmente me ha cortado el paso con la excusa de que «ahora están limpiando», ¡así que al instante me he dado cuenta de que mientras yo estoy fuera todavía aumenta su negocio a mi costa! He pensado en ponerme a gritar, pero me he quedado callado. No he querido discutir. Es que sencillamente me ha parecido que ante semejante tipo ordinario me rebajaría y llegaría a sentirme muy débil. Como un niño. Sin pronunciar una sola palabra he girado los talones y me he vuelto a la calle. Puede que me tenga que buscar un hotel nuevo (pero el caso es que él no me va a devolver el dinero). De cualquier modo tampoco es que me quede tanto tiempo aquí. He decidido que me lo voy a tomar como quien vive una aventura. Por lo menos tendré algo que contarle a los niños (si es que voy a tener más) cuando sea viejo.

Estoy convencido de que incluso en este momento ha vuelto a alquilar mi cama, así que mejor será que no regrese hasta la noche. Y eso que con lo que le he pagado podría haber alquilado toda la cadena del Hilton.

Hoy es el día que te toca ir a Abu-Gosh, ¿verdad? ¿Querrás tomarte allí un café a mí salud?

 

He terminado de dar la vuelta. Una hora y diez minutos. Hay un buzoncito simpático frente al que me gusta situarme en el café que hay aquí.

Si supieras de lo que me he acordado antes, así, sin más. En la carta de «la asistenta que duró un solo día». ¿Te acuerdas? Me estabas contando lo del embarazo de Ana, con todos sus temores, el miedo a que su cuerpo no lo aguantara, mientras aquella chica no hacía más que entrar a preguntar dónde estaba la lejía y dónde el limpiacristales y tu carta se iba haciendo más torturada y demencial, porque no querías estropear la carta levantándote para atenderla y encima ya te había comunicado que no le gustaba planchar. Pues ¿qué es lo que le gusta, entonces, fregar el suelo? ¡Tampoco es que en una casa todo sea suelo!

Yo, apartado en un rincón, leía tu carta metiéndome contigo todo entero en ese embarazo, una carta sorprendente, como si tuvieras la necesidad de vivir de nuevo, por escrito, cada una de las fases de su embarazo, las sensaciones más mínimas que tuviera, recuerdo que pensé que nunca había leído en ningún libro una descripción tan interiorizada y emocionante de un embarazo, pero tampoco podía evitar sonreírme ante la escena que se desarrollaba en paralelo con la asistenta, aunque tú me habías advertido furiosa que ni se me ocurriera reírme: ¿De qué te ríes? ¡Qué entenderás tú! ¡Le pago una fortuna para poder disponer de un poco de tiempo y dedicárselo a las cosas verdaderamente importantes para mí! Entonces fue como si de golpe hubieras soltado todo el aire, como si se te hubiera acabado el estabilizador que hasta ese momento te permitía seguir aparentando, y te me apareciste tan real, tan sin rumbo, tan hundida, y me preguntaste que cuándo creía yo que ibas finalmente a madurar, cuándo ibas a aprender a darle órdenes a tu asistenta sin tener remordimientos de conciencia, o vergüenza, sin sentirte disfrazada de madre y de ama de casa, de mujer... Al instante apareció tu madre que no iba a perderse la ocasión de colarse por esa fisura...

 

¿Te asombra mi magnífica memoria? ¿Sospechas que estoy desobedeciendo órdenes y que he dejado de destruir las pruebas?

Ya ves que todo espía tiene su momento de debilidad (¿cómo lo dijiste? Que guardas mis cartas en contra de la más elemental «norma de seguridad de la relación» porque eso te ayuda a encontrar un poco de seguridad en la relación). Ahora, el momento más emocionante para mí fue antes de eso, cuando me contaste lo del reloj que Yojai te había destrozado, un reloj transparente que te había regalado Ana, y me preguntaste, con lágrimas en los ojos, qué reloj tengo yo, y como yo me reí contestándote que ese detalle no tiene ninguna importancia, enseguida me escribiste diciéndome, todo tiene importancia, ¿cómo es que todavía no entiendes que todo lo que tú me cuentas me resulta importante y querido, absolutamente todos «tus detalles»...?

Entonces me dije que si yo era capaz de romper tus cartas con tantos «tus detalles», me despreciaría a mí mismo.

Una vez tomada esa decisión empezaron a surgir de entre las tinieblas de todo tipo de escondites de lo más peregrinos, hasta el punto de que te hubiera hecho gracia y hubieras sentido hasta piedad de mí, si no asco, más y más cuartillas tuyas de antes, tantas que ni siquiera yo me imaginaba cuántas y que sencillamente me veía incapaz de romper.

Gracias a eso tengo ahora aquí una selección de textos escogidos. Bastantes. Muchos, en realidad. Decenas, puede que cientos de cuartillas tuyas. Ropa apenas si he traído, pero sí una cartera llena de tus cartas, dobladas, arrugadas y sobadas. Todas tienden hacia un tono azulado, por el bolsillo trasero de mis vaqueros.

Con muchos de tus tan bien amados detalles: el café que os tomasteis juntas, la chica aquella y tú, después de que discutierais por el asunto del planchado y de que hubierais hecho las paces, porque habíais llegado a la conclusión de que no encajabais pero que os separaríais quedando tan amigas; tu regreso a mí, agotada después de dos horas fregando el suelo y limpiando cristales, los pantalones arremangados hasta los muslos y un pañuelo rojo en la cabeza, para contarme que cuando se le preguntaba a Ana veinte años antes cuál era su sueño, ella contestaba, «Ser un ama de casa frustrada, ¡faltaría más!». Y mira por dónde estoy ahora yo haciendo realidad su sueño...

Estoy empezando a ponerme tierno, ¿verdad? A relamerme con cada una de tus palabras. Venga, salgamos y echémonos al hombro este día.

En la playa, después del delfinario, hay un pequeño reguero de aguas de cloaca. Camino a lo largo de él y veo, sobre el agua turbia, una especie de cordón blanco muy extraño, flotando en la corriente, y de pronto me parece estar viendo el espermatozoide de un hombre. Navega despacio mientras cambia de forma por efecto de la corriente, con el soplar del viento, hasta que por un momento parece un pájaro alargado en pleno vuelo, y luego un signo de interrogación, el rostro de una mujer de perfil, una espada... Lo he acompañado por todas las revueltas del riachuelo hasta el mar, y ni por un momento ha dejado de cambiar de forma.

 

Me han robado la cartera. No entiendo muy bien cómo, porque nadie me ha tocado desde que llegué aquí. Se me lo han llevado todo, los muy hijos de puta, la documentación, el permiso de conducir, el dinero, la tarjeta de crédito (pero no han tocado tu carta, la que ha estado de guardia conmigo durante toda la mañana, la carta en la que me hablaste de Yojai, ¡qué suerte!) me he pasado dos horas llamando a todas las autoridades y he anulado los posos oficiales de mi existencia.

Solo con Maya no he hablado desde que llegué. Son nuestros pequeños juegos de venganza. Porque también podría ella llamarme a mí, ¿no?

La cuestión es que a causa del pago anticipado del hotel me he quedado con...

Setenta y un siclos y cuarenta céntimos (si te lo pidiera, ¿me mandarías dinero?). No sé por qué me divierte tanto la situación. A veces, en las películas se ven estas cosas, alguien da un paso en falso, gira en una esquina y no en otra, le abre la puerta a la persona equivocada, y al instante se encuentra succionado por una auténtica pesadilla.

En estos momentos juego a imaginarme que yo soy ese tipo de personaje pobre y solitario.

(Además, siempre al final hay una mujer hermosa que acude en su ayuda.)

 

No puedes hacerte idea de la cantidad de alusiones a ti que hay en el mundo.

«Momentos mágicos» que oigo aquí, a las dos de la tarde de los altavoces de los restaurantes de la playa (Io sono il vento, de Aurelio Fiero, ha sonado ahora y me hace pensar en tu padre cantando a pleno pulmón en su taxi ante los sorprendidos pasajeros). O tu lunar oculto que ha saltado muy alegre e insolente al hombro de una niña, al escote de una soldado, a la mejilla de una anciana.

 

O sencillamente un quiosco de la lotería. Me acerco y compro un número con mi depauperado capital. La vendedora tiene un rostro inexpresivo, pétreo, y yo la miro directamente a los ojos y te cito: «¡Estás muy equivocada, no es que uno tenga o no tenga suerte, como mucho puede que le favorezca la casualidad, porque Fortuna no es más que la otra cara del mismísimo Kremlin, así que no tengo ninguna intención de aceptar de ti esa mitad de tu suerte!».

La mujer, sin embargo, no mueve un músculo, sino que se limita a decirme con voz hueca: «¿Otro número?». Saco unos cuantos siclos más y me compro el derecho a murmurar en voz alta, con toda libertad: «Porque a mí se me tiene por gafe, mira mi vida y opina por ti mismo, mírame con los ojos de mi madre y enseguida lo sabrás, y sin embargo yo me considero a mí misma una persona con suerte que te la ofrece toda entera...».

(Siempre gano en las fruslerías.)

A veces, en unos pocos minutos, paso contigo por muchas de tus estaciones, como si alguien se empañara en resaltarte, para que yo te vea, del paisaje y de la gente, como ese juego de los niños en el que hay que unir unos puntos con una línea para obtener una forma: en el escaparate de una floristería hay un girasol inmenso, altivo, que derrama su gracia y luminosidad sobre las otras flores aunque con una pizca de afectación... Y un momento después, ¿cómo lo dices tú?, también la realidad tiene a veces la angostura de un sueño, en la calle Ben-Yehuda, una mujer encorvada, casi calva, empuja la silla de ruedas de un hombre viejo. Él va murmurando sin cesar con la cara crispada, como si la estuviera maldiciendo en su interior. Ella se muerde los labios, se detiene de cuando en cuando para acariciarle pacientemente la nuca y la cabeza, y lo mira con compasión. Tres años se sentó a tu lado la otra Miriam, la de las piernas muertas y las gruesas muletas, y desde cuarto hasta sexto te estuvo torturando sin que tú dijeras nada, mientras ocultabas las marcas de los moretones que te hacía.

Al escribirlo adivino algo más, y es que también tú tienes negocios clandestinos con la suerte, porque quizá notaste que su parálisis te conmovía a través de los pellizcos, y sabías que eras tan fuerte que podías aguantarlos sin sentirte realmente ofendida, ¿verdad?

Háblame, que te escucho.

No sé si ya has empezado a recibir mis cartas desde aquí. Ni sé si me has respondido. Tenía la esperanza de que me llegara algo de ti. No me haría ningún mal. Las cartas que me traje, ya me las he aprendido de memoria. Casi te las podría escribir.

Ayer estuve dando vueltas por ahí fuera durante unas cuantas horas, también por la noche. Simplemente huí, porque la cabeza me estalla en el hotel (me van a estropear para siempre mi buen dormir). Alrededor de las tres de la madrugada me encontraba junto a un semáforo por la zona de la estación central de autobuses, cuando llamé con los nudillos a la ventanilla de un coche para preguntar por dónde volver porque me había perdido, y un hombre muy elegante y acicalado abrió la ventanilla, hizo una mueca avinagrada y me dio un siclo. Del interior de un edificio en obras salió un chico tembloroso y tambaleante y empezó a gritarme que aquél era su terreno. Pero yo no quise renunciar al dinero que tan honestamente me había ganado. Él, entonces, empezó a insultarme y a empujarme, así que al momento nos estábamos pegando. Pero no golpes de verdad, porque apenas nos tocábamos, sino un montón de patadas y manotazos al aire y la mayoría de los arañazos que ahora tengo son del asfalto y de mí mismo. Tenía unas manos más blandas que la mantequilla y yo de segundo en segundo me fui debilitando con él. ¿Qué fue lo que pasó? Pude haberle propinado una verdadera paliza porque estaba completamente drogado. Llevo toda la vida soñando con partirle los huesos a alguien como él y cuando llega la ocasión me veo arrastrado por su propia debilidad.

Así seguíamos los dos, pegándonos sin tocarnos, cayéndonos por nuestro propio impulso, desentendiéndonos poco a poco el uno del otro pero sin dejar de dar golpes al aire. Apenas si pasaban coches o gente. Un niño, de unos diez años, quizá, se había plantado a nuestro lado y nos miraba entusiasmado mientras fumaba. La cara del drogado la vi todo el rato con la intermitencia amarilla del semáforo, deformada y sin apenas abrir los ojos. Luchaba realmente a vida o muerte contra mí, vete tú a saber quién se creía que yo era. Hasta que le di, por lo visto, en una herida, porque dejó escapar un espantoso grito de dolor parecido al aullido de un cachorro. Nunca antes había oído yo un grito igual proveniente de un adulto. Después se cayó, doblado por el dolor. Yo salí huyendo, y en el patio de una casa vomité el hígado. Después me he pasado la noche temiendo que haya muerto o que le haya pasado algo.

Esta mañana he vuelto allí, enseguida después del amanecer, pero él ya no estaba. He esperado un momento. Me he visto a mí mismo como un gato olisqueando el lugar por donde ha pisado otro gato.

Miriam...

Nada.

 

También hay con lo que consolarse: esta mañana, en la calle Ben-Yehuda, una mujer joven corría tras el autobús. Tuvo el tiempo justo para saltar dentro por la puerta trasera, y el conductor cerró, pero uno de sus zapatos cayó a la calle... Un chico que pasaba por allí lo recogió, y sin dudarlo un segundo echó a correr todo lo que lo llevaban sus piernas detrás del autobús. Yo me quedé mirando, mareado solo con verlo, pero al momento me repuse, paré un taxi (ni tan siquiera pensé en el dinero que apenas me queda) y le pedí a gritos al taxista que siguiera al chico, que todo hay que decirlo, corría como un gamo, como quien está luchando por su propia vida, y eso que había muchísima gente, pero él atravesaba la muchedumbre siempre con el zapato en la mano y bien levantado, hacia arriba, un zapato negro, brillante, y fue solo después de unos largos minutos cuando logramos alcanzarlo y le pude decir, también a gritos, que subiera. Enseguida lo entendió, se lanzó dentro con el taxi en marcha y volamos juntos durante unos cuantos minutos más en pos del autobús. Sentado allí a mi lado ni me miraba, porque la sola presencia del zapato llenaba el taxi, y también el taxista representaba su papel poniéndonos en peligro de muerte en cada curva, una persecución que ni en las películas, hasta que junto a la plaza Atarim el autobús se detuvo en su parada y conseguimos adelantarlo. El chico saltó del taxi, entró corriendo en el autobús y todavía pude verlo pasando entre los pasajeros y tendiéndole el zapato a la mujer antes de que el autobús arrancara de nuevo.

 

Después de haberlo oído decenas de veces, ya no me inmuto al oír a la gente follar a un metro de mí. Al principio sí, involuntariamente. Solo con oír los jadeos. Aquí es que me llegan de todas direcciones y las veinticuatro horas del día. A veces me parece seguir oyéndolos cuando la gente hace ya rato que se ha callado. (Los gritos de llanto que daba Ido cuando lo dejaba en la guardería, seguía después oyéndolos durante todo el día.)

Pero ya está. Ahora parece que me he acostumbrado. Intento obligarme a pensar en positivo: hace ya dos días y medio que vivo en una gigantesca sala de máquinas, con el ruido y el ritmo fijo de los chirridos cada vez más potentes de los pistones y los escapes de vapor rutinarios. Al cabo de un momento todo vuelve a comenzar en otra habitación, tanto que en ocasiones me parece que todas las habitaciones que tengo encima y a los lados se menean juntas, todo tiembla, y las camas crujen, los hombres gruñen y las chicas dejan escapar cuando les toca su falso grito...

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