Tú serás mi cuchillo

David Grossman · Capítulo 1 de 5 · parte 2/11

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Tú serás mi cuchillo

Yair

Este capítulo es largo, así que está dividido en 11 partes.

Leo estas definiciones categóricas y pienso: me analiza como si nunca se hubiera conmovido conmigo, y se emociona como si no tuviera ninguna capacidad de análisis. ¿Quién es ella, entonces?

 

Por mi parte, no tengo ninguna intención de telefonearte a tu casa, no, gracias, además de que me ha sorprendido bastante que hasta tal punto te haya irritado mi inocente propuesta de la semana pasada de que llames a tus seres queridos por los nombres que quieras, porque tienen nombres verdaderos (eso ya lo sé), y tú no tienes ninguna intención de ponerles otros por darme gusto a mí (por supuesto que no), y me reprochas también el hecho de que no sea capaz de admitir que existe la posibilidad de que dos personas mantengan una relación sencilla y abierta. Ya estaba seguro de que después de esta tormenta ibas a darme con la carta en las narices para siempre jamás, ¡cuando vas y me haces llegar el número de teléfono de tu casa!

Pero no te voy a llamar, tanto por la sencilla razón de que deseo preservar la «seguridad de la relación» (podría haber alguien en casa y oírlo todo), como sobre todo porque incluso la voz resulta demasiado real para la fantasía que yo quiero mantener contigo, un ensueño que solo tiene que estar hecho de palabras escritas, de manera que la voz podría perforarlo y entonces la realidad entera se le colaría dentro, los detalles, las cifras, las pequeñas y manoseadas interferencias de la vida, las «evidencias» ligadas de raíz a la «esclavitud», de manera que en un abrir y cerrar de ojos toda esa chusma penetraría como un poderoso torrente para apagar hasta el último rescoldo. ¿Por qué te empecinas en no entenderlo?

Por lo menos no eres capaz de disimular ni tan siquiera durante cinco líneas seguidas: te atrincheras detrás de unas objeciones y argumentaciones muy lógicas, a saber, que mientras yo siga con estos juegos infantiles de espías o con la delirante idea de la «guillotina» que caerá sobre nosotros dentro de unos meses, no vas a estar dispuesta a creerte de corazón ni siquiera las cosas más «sinceras e íntimas» que yo te cuente y, por otro lado, tampoco soportas el rincón al que has sido empujada poco a poco por mis tretas, el rincón de alguien cerrado, crítico y frío, y así has estado lanzándome por lo menos otros tres ridículos «no estoy dispuesta a», con la voz de una maestra de moño relamido, hasta que de repente te han temblado los labios y se te ha escapado un pequeño y traicionero «no estoy dispuesta a»: «Ya habrás podido darte cuenta de que no estoy dispuesta a que creas que me da miedo la verdadera pasión en una relación, ni los sentimientos, sino todo lo contrario, todo lo contrario...».

Mira cómo cada vez que llego a ese «no estoy dispuesta a» me vuelve a brincar el corazón de puro alborozo (como si te hubieras puesto para mí unas medias de seda).

Pero dime enseguida, con sinceridad: ¿me he confundido? ¿Acaso te he confundido con otra? Ahora, por ejemplo, otra vez me invade un oleaje oscuro que me embiste el estómago y que viene a decirme que puede que sí me haya confundido de persona, que lo que en realidad estoy haciendo es torturarte, porque está claro que quien no esté afinado como la delicada cuerda que te he ofrecido, no oirá más que disonancias, el rechinar del latón de mi buzón o la pequeña burocracia del adulterio que te he revelado más arriba, una relación segura que sin lugar a dudas te habrá provocado náuseas.

Está claro que he dudado si destruir mi carta o por lo menos adornarla un poco, pero al final la he dejado tal cual, ya lo sabes, porque quiero que me conozcas en mis defectos, en mis pequeñas dudas, en mis míseros temores, en mi tontuna, en mi vergüenza y en mis bajezas. ¿Y por qué no? Mis «bajezas» también son yo. También ellas quieren entregársete, lo mismo que mi orgullo, exactamente con la misma fuerza lo desean, y es que hasta lo necesitan.

 

¿Sabes?, a veces, mientras te escribo, tengo una sensación extraña, completamente física, como si antes de que pueda llegar a hablar contigo lo que tengo que hacer es pararme a mirar cómo todas mis palabras me abandonan en una larga formación hasta llegar a ti y entregársete.

Estas palabras, «mis bajezas», nunca antes las había puesto por escrito. Ahora están aquí y huelen a zapatilla vieja y muy raída (en realidad a lo que huelen es a hogar).

Mira, precisamente por disfrutar de un momento como este es por lo que merece la pena seguir.

Me desespera que vuelvas a aferrarte al clavo ardiente de la pura lógica, que no dudo que no sea un instrumento útil en la vida, ¡pero es que nosotros no estamos en la vida, Miriam! Ese es el secreto que te vengo susurrando al oído desde hace ya un mes: ¡ninguno de los dos nos encontramos en la vida real! Es decir, en ningún lugar en el que rijan las leyes corrientes de las relaciones entre las personas y por supuesto que tampoco la reglamentación natural de las relaciones entre hombre y mujer. Así que ¿dónde estamos nosotros? Pues la verdad es que a mí no me importa no saberlo, y ¿por qué tiene que tener un nombre? De cualquier modo los nombres les pertenecerán a los demás, unos nombres traducidos, mientras que contigo quiero disfrutar de unos principios básicos diferentes con los que ambos establezcamos nuestras propias leyes, hablemos en un idioma nuestro y nos contemos nuestras cosas, unas cosas en las que creamos con todas nuestras fuerzas, porque si no llegamos a tener un lugar privado como ese en el que todas nuestras creencias puedan materializarse aunque solo sea por escrito, nuestra vida no será vida; o peor aún, nuestra vida no será más que eso, una vida... ¿lo suscribes?

Y. W.

 

7 de mayo

Por fin.

Y eso que yo ya había desesperado, casi había renunciado a todo.

Solo lamento que hayamos malgastado casi un mes, pero tienes razón, quizá no lo hemos «malgastado», porque así no tenemos que renunciar a nada ni arrepentirnos de nada, y ahora (aunque un poco tarde), siento verdadero temor de mi propio egocentrismo, porque ni siquiera me he parado a pensar en las cosas a las que habrás tenido que renunciar para acercarte a mí, para creer en mí con las condiciones que te he impuesto. Es tal la pasión que siento por ti, que he estado seguro de poder conciliarlo todo, la lógica, las circunstancias de la vida, incluso la personalidad de cada uno de nosotros... Y realmente es una maravilla, Miriam, solo ahora me doy cuenta de lo sorprendente que es que de pronto hayas decidido (¡una decisión reafirmada con los labios y el mentón!) arrojar al pozo más profundo de los campos de Beit Zait todas tus más lógicas argumentaciones y hayas venido a depositar tu alma en mis manos.

En estas manos mías que tú no conoces. Que ahora me están temblando ligeramente por la magnitud de la responsabilidad.

¿Y cómo voy a darle las gracias a ese amigo misterioso, que con unas pocas palabras ha vuelto tu corazón hacia mí? Pero ¿qué ha sido exactamente lo que te ha dicho de mí? ¿Y de quién se trata? Un clarividente, escribes, y más detalles no has dado, no me has explicado nada. De acuerdo, vayamos poquito a poco. Ya me estoy acostumbrando a esa sonámbula forma de expresarte que tienes y de la que estás convencida que yo comprendo a la perfección, o pudiera ser que lo que sucede es que no te importa en absoluto y te permites una libertad de palabra que por lo menos me lleva a la conclusión de que tu espíritu se encuentra relajado ante mí, que hablas contigo misma como sumida en una alucinación, en un duermevela...

De cualquier modo, no te olvides de darle las gracias en mi nombre a ese joven. Aunque me resulta un poco violento el saber que tienes un «amigo» tan íntimo y que mantienes con él unas conversaciones tan ricas y sinceras. Me gustaría poder dominarme y no preguntarte para qué me necesitas a mí teniendo como tienes a una persona como esa, que logra que se lo cuentes todo estés del ánimo que estés y que se encuentra a tu lado siempre que caes en tu particular fosa de José que el resto del mundo te ha preparado.

¿Crees que alguna vez querrás o podrás contarme también a mí qué es lo que sientes en ese profundo pozo?

¿Y quién te arroja allí con tanta ligereza (una y otra vez) y luego no acude a rescatarte?

¿Qué te sucede durante esos días malditos (¿era realmente esa la palabra que querías utilizar?), cuando tú eres la fosa y hasta José ya ha salido de ella?

Qué extraño, ¿verdad? Porque es que no tengo ni idea de a lo que te refieres exactamente, aunque supongo que los dos llamamos «José» y «fosa» a algo completamente diferente, a pesar de lo cual algunas veces pronuncio en voz alta una frase tuya, o unas pocas palabras de esa frase, y entonces noto cómo se me desgarra una especie de costura interna a lo largo de toda el alma.

Escríbeme, cuéntame. No desperdiciemos ni un solo día.

YAIR

 

8 de mayo

Ayer te envié una (¿la has recibido?), y hoy, en cierto modo, sigo con la misma conversación: alguien me ha llamado para concertar una cita por trabajo. No ha querido acudir a mi lugar de trabajo, sino que se ha empeñado en que nos viéramos en la plaza que hay delante de Ha-Mashbir (me encuentro con no pocos locos como este, aunque en ocasiones son precisamente los que aportan las cosas más interesantes). Le he preguntado cómo reconocerlo y me ha dicho que se presentaría con unos pantalones de pana negros, camisa de cuadros y hasta ha añadido que los zapatos serían de ante... Lo he estado esperando allí al sol durante casi una hora, pero no he visto a nadie que concordara con esa descripción. Entonces, cuando ya me había puesto nervioso y estaba a punto de marcharme, me he dado cuenta de que en un extremo de la plaza, junto a las cabinas de teléfonos, había un enano. El enano más pequeño que haya visto en mi vida. Todo deforme, con el cuerpo arqueado y una cara que daba miedo. Se apoyaba en un par de muletas diminutas y estaba vestido exactamente igual a como me había prometido (pero me he visto incapaz de acercarme a él).

Después he pensado que en el bolsillo llevaba tu carta, con esa frase que al leerla por primera vez me ha resultado un poco críptica y abstracta, acerca de la tristeza que no se puede compartir con nadie, porque se trata justo de la cantidad suficiente para un solo hombre.

 

11 de mayo

Sí, claro que sí, amada mía, maravillosa criatura, con todo mi corazón, ¿cómo puedes dudarlo?...

De pronto lo nuestro parece estar más distendido, ¿verdad? Me he dado perfecta cuenta de cómo has empezado a respirar frente a la cuartilla. Los hombros se te han relajado algo.

También lo noto por los colores, la floración y los aromas que se han derramado como una potente cascada sobre tus páginas, porque lo que es hasta ahora escribías prácticamente solo en blanco y negro, además de que por fin hayan sido dos, un par de hojas (tienes razón: con un par de alas ya se puede despegar). También me parece maravilloso que hayas escogido llevarme a tu casa, no por la calle principal por la que todos llegan, sino justamente por la lejana presa de Ein-Kerem, a través del valle, por entre las flores, con árboles, abrojos, lagartijas, saltamontes y mosquitos incluidos. Hacía años que no me llevaban así, como un rebaño por la naturaleza, pero ¿cómo resistirse a tu encanto cuando te despiertas de repente riéndote, corres ante mí y acaricias todo jaro, malvavisco y tronco de olivo? Pero mira, me dices, qué frondosa brota la salvia y con qué generosidad expande su aroma... por no hablar de todas las clases de espíreas y afelandras que hay. Pero dime, Miriam, ¿quién te ha enseñado todos esos nombres de plantas, y sus aromas, el tacto de sus hojas, del coriandro, las cinerarias y las campanillas?

Por suerte yo leo muy deprisa. Aun así, apenas he podido seguirte cuando te has puesto a trepar agarrándote a las piedras, ¿cómo corres tanto? Nunca me imaginé que ese cuerpo tuyo grande y suave podría moverse así, como una leona has escrito, musculosa, sorprendente... y un olor fuerte y vivo ha emanado de tus palabras, un olor a sudor, a tierra, a polvo, eres maravillosa cuando gritas de júbilo, cuando te revuelcas en un campo de amapolas o me tiras espigas de avena silvestre (¡y yo te las lanzo de vuelta al momento! ¿También vosotros jugabais a eso: «Cuántos hijos tendrás»?).

Una flor de manzanilla blanca y amarilla se te ha enganchado en el pelo y por un momento he sentido una punzada en el corazón por la tristeza de estar sin manos para poder quitártela, sin manos para agarrarme la una con la otra y que apoyes el pie para trepar los muretes de este terreno distribuido en terrazas, y en general por los rasguños que no me he hecho, las picaduras que no he sufrido y tu sudor que no he lamido, porque con solo escribirlo ya lo añoro.

Menos mal que te has detenido en el moshav para charlar un poco con los niños del parvulario, porque así he podido retomar aliento. Me he dado cuenta de que has puesto mucho cuidado en no revelarme si alguno de esos párvulos es tuyo (aunque por la descripción que haces de ellos podría llegar a pensarse que todos lo son), y además, en las dos últimas cartas me parece que estás jugando un poco conmigo a las adivinanzas, y es que apareces y desapareces sonriendo muy misteriosamente, estupendo, te sigo, apenas vivo, pero te sigo por tus pasajes secretos entre las casas y las vallas hasta el portón de tu casa, azul y manchado de óxido. ¿Por qué está oxidado?, ¿es que no os ocupáis del mantenimiento de la casa? Déjalo, no he dicho nada, porque ¿quién puede pararse a pensar en eso cuando te vuelves hacia mí como si hicieras rodar el vuelo del vestido, y por un momento, en medio de ese movimiento circular, no sé si te habrás dado cuenta, has vuelto a manifestarte exultante de alegría y tus ojos castaños han centelleado como las dos palabras que me has susurrado y que son como (¡ay, quién encontrara el símil adecuado!) dos pepitas de un níspero abierto: ¿quieres pasar?

Sí, claro que sí, amada mía, maravillosa criatura, de todo corazón, ¿cómo no voy a querer?

 

(Por la mañana)

Esta noche, estando profundamente dormido, me he puesto a pensar que podría tratarse del mismo amigo del cual cada tantos días lees sus diarios para saber qué es lo que pasó ese día de hace equis lustros. Porque ¿no fue ya en tu segunda carta en la que me dijiste que él era tu oración matutina?

No te enfades porque haya querido averiguar de qué conversación privada tuya he pasado a formar parte. Me he limitado a jugar un poco a los detectives, así que a medianoche me he levantado de la cama para comprobar algunas fechas y hojear aquí y allá y resulta que justamente el mismo día que de repente volviste a mí, el cuatro de mayo, en el diario de 1915 he encontrado que él había escrito lo siguiente:

«Reflexiones acerca de las relaciones de los demás con respecto a mí. Por poco que yo valga, aquí no hay nadie que me comprenda a fondo. Si conociera a alguien que tuviera esa capacidad de comprensión, quizá una mujer, la recibiría como si se tratara de un respaldo por parte de todos, como una aceptación por parte de Dios.»

Aunque me haya equivocado en mi demencial afán de adivinarlo, aunque haya hollado un terreno demasiado privado, quiero darte algo en compensación, algo fechado ese mismo día y por ese mismo hombre:

«... A veces he creído que ella me comprende sin saberlo. Por ejemplo aquella vez, cuando me estaba esperando en la estación del metro y yo sentía por ella una añoranza insoportable, que por el ardor de mi deseo de llegar cuanto antes a donde ella estaba (creí que me esperaba arriba), casi la pasé de largo, pero ella me tomó de la mano con suavidad.»

Y.

 

16 de mayo

Eres un verdadero enigma.

No es necesario dar con la solución a él, me dices, sino que limítate a estar conmigo. De acuerdo, aquí estoy, pasando por vuestro jardín, un pequeño paraíso que os habéis construido (y cuando he subido por la escalera hasta la terraza, con la pérgola de la buganvilla, he identificado finalmente el pétalo morado de la intimidad anónima); tú ya habías desaparecido hacia el interior, y yo seguía un poco sorprendido por todo el proceso, porque me sentía inundado, sencillamente bañado por la luz, la calidez, la profusión de colores y la jungla de macetas gigantescas, las alfombras de lana, los tapices, el piano y las paredes completamente forradas de estanterías, desde el suelo hasta el techo, y enseguida me he sentido seguro y hasta el desorden me ha resultado conocido.

Así que ya está, ¿no? Ya estoy dentro, en tu casa. Tienes una casa espléndida, y no solo espléndida, sino opulenta, caudalosa como el río Sambatión. Porque su cauce se desborda, ¿verdad? Y es un poco, como tú misma has dicho, «una tienda de anticuarios». Me la sé de memoria, hasta la he dibujado en una hoja, y así sé dónde se encuentra la pared con las fotografías y en qué ventana hay una vidriera naranja y roja, y dónde están los jarrones de cristal azul de Hebrón y cómo rompen en ellos los rayos del sol de la mañana que se derraman por el bordado de filigrana (¿de qué se trata, exactamente?), pero sobre todo te he visto a ti, con tus palabras, porque de repente has escrito como... ¿te has fijado?

¿Entiendes de lo que estoy hablando?

No es una crítica contra ti, Dios me libre, sino una simple pregunta o supongamos que una ceja que se alza involuntariamente: porque también volviendo del pantano de Ein-Kerem estabas muy contenta, y ya en tu casa, ¿cómo explicarlo?, me pareció por un momento que sentías, en cierto modo, verdadera pasión.

Deprisa, deprisa, de una habitación a otra, casi sin aliento, atolondrada, en absoluto a tu ritmo, y ahora que vuelvo a pensar en ello, tampoco en tu tono, lejos del equilibrio de tus palabras, como si estuvieras un poco asustada de ti misma por haberme introducido así, de repente, en tu coto privado, ¿o es que solo has querido demostrarme que también tú puedes ser así, como yo?

Qué idiota soy. Mira de lo que me estoy quejando. Ojalá también yo fuera capaz de alegrarme como un niño, como la primera vez, frente a un cuadro que lleva años colgado en el salón, o por un tarro de pepinillos en vinagre, sentir el corazón desbocado ante un cántaro de barro «grande y preñado»...

Qué maravilla poder ahora recostarme y contarte que casi desde el principio me he sentido un poco abochornado ante ti, y, sobre todo, un poco desbordado (excesivo, inquieto, etcétera), puede que porque aquella noche te vi tan ensimismada que me pareciste muy satisfecha de ti misma; había en ti algo nítido, cristalino, ascético, un gesto de reprobación, de reproche hacia mí sin tan siquiera conocerme, y de pronto esa casa tan bulliciosa.

Por otro lado, no me malinterpretes, eso también me tranquiliza y me proporciona otra pequeña prueba en relación a ti y a mí. Puede que no se trate de una prueba fuera de serie en sí misma y quizá no te haga muy feliz, porque tampoco yo me siento demasiado orgulloso de ella, pero de pronto, precisamente el hecho de haberla encontrado también en ti...

Espero que no te ofendas. De verdad que no se trata de una crítica contra tus gustos. Ojalá comprendas que no es el «gusto» o la «falta de gusto» lo que ahora me importa, sino exclusivamente los aspectos del parecido que existe entre nosotros en lo tocante a todo, ya sea grande o pequeño, y también en relación a ese delicado y misterioso asunto que se ha dado en llamar «la justa medida». Me refiero al parecido que pueda haber, supongamos, entre dos tazas que se han roto exactamente por el mismo sitio.

YAIR

 

20 de mayo Anotar todos esos momentos que hay a lo largo del día por supuesto que va a resultar imposible, pero me ha gustado que hayas utilizado la palabra «cita» para describirlo. Una cita entre nosotros.

Esta mañana, por ejemplo, en el embotellamiento de siempre antes del cruce de Ganot, iba delante de mí un Volvo grande con un niño en el asiento de atrás que saludaba con la mano a todos los conductores. Éramos cinco conductores en los coches de alrededor, y ninguno de nosotros ha movido un solo músculo de la cara ni ha dado muestras de verlo. El niño ha seguido sonriendo esperanzado, pero era una sonrisa rota que denotaba cierta turbación.

Mi dilema: si le devolvía el saludo, enseguida se daría cuenta de que me estaba haciendo el adulto, que yo era el eslabón que estaba suelto en la cadena que lo rodeaba aprisionándolo. Desde ese momento hubiera podido empezar a hacerme gestos soeces, y al instante me habría convertido en el hazmerreír del embotellamiento. Justamente por esa expresión vulnerable de su boca, yo no podía dejar escapar la ocasión de hacerme el duro.

Lo he consultado contigo (es decir: nos hemos citado). He aceptado tu opinión. Le he sonreído. Lo he saludado con la mano. He visto cómo se le ensanchaba la sonrisa de felicidad y cómo le ha costado creer que algo así pudiera estarle sucediendo... Enseguida se lo ha contado a su padre, que iba conduciendo, y este me ha mirado largamente por el retrovisor. Yo, por mi parte, he vuelto la mirada hacia los lados para ver qué opinaban de mí los demás conductores.

Me he puesto a pensar que si se hubiera encontrado entre ellos una mujer, habría sido ella la que le habría sonreído al niño liberándome a mí de la necesidad de hacerlo.

Aquí estoy de nuevo, por segunda vez en el día de hoy: buenos días.

Me divierte tu manera de no contestar de inmediato a las preguntas más directas (por ejemplo, referente a lo que te he escrito acerca de tu casa). Ahora ya sé que después de dos o tres cartas voy a recibir la respuesta, o una respuesta indirecta, y que a veces no me vas a contestar, porque esa es por lo visto tu manera de fijar un camino y un ritmo y no dejarme a mí llevar las riendas... Pero me has hecho una pregunta, y contrariamente a todas las reservas con las que la has acompañado, te diré que te la puedo responder con toda sencillez: sí quiero tener otro hijo. Incluso otros tres, ¿por qué no? Ir pavoneándome por la calle como una gallina clueca con una cola viva y alborotada; no creo que haya mayor felicidad que esa. Pero en la situación presente, ya que me lo preguntas, con uno más sería ya suficiente.

¿Suficiente para qué? Me resulta difícil decir para qué exactamente.

Puede que para que nos convirtiéramos en una familia. Porque todavía no lo somos.

Bueno, hasta yo estoy un poco sorprendido de mis palabras, pero de todos modos te las envío.

Y.

No es que no vivamos bien, los tres (tengo que conseguir que lo entiendas). Pero a pesar de ello, por algún motivo, entre tanto, somos solo tres personas que viven juntas de la mejor manera posible, hasta con amor y con una profunda amistad (aunque como bien sabido es, el triángulo es siempre una figura geométrica inestable, que se tambalea).

 

(Casi medianoche)

Ojalá tuviera una niña, no hay nada que desee más que eso, una niñita tan dulce como un panal de miel. También me entretengo pensando qué niña saldría de mí, la mismísima versión femenina de mi persona, y también medito en cómo se irían formando en ella las distintas partes, los codos, los pechos. Y puede que ella, de algún modo, con su sola existencia, sabría solucionar el permanente conflicto del que tú y yo todavía no hemos hablado.

Y luego, naturalmente, está también el deseo de conocer, por medio de la niña, la otra mitad de Maya que todavía no he llegado a conocer.

Maya, sí, porque ese es su verdadero nombre. Amarla de nuevo, desde sus orígenes, y verla crecer y madurar. ¿Te suena raro?

Si yo tuviera una hija la llamaría Yaara, mi pequeña Yaara; mira cómo segrega ya su hormona mi glándula linfática. Una niña con el pelo oscuro y sedoso resbalándole por la sien, y los ojos verdes, como los de Maya, los labios rojos y la misma desbordante alegría de ella, porque será una niña alegre y casi todo será motivo de alegría para ella.

Pero ¿cómo voy a lograr criarla sin inocularle todo lo que hay en mí y que ya ha cubierto de una piel turbia y fatigada el rostro inocente y risueño de Maya? Porque ya tengo bastante con haber conseguido apagar a un niño que una vez fue como un rayo de luz.

Ya está, ya lo he escrito.

Pues sí, ya que lo preguntas, el solo hecho de pensar que quizá no vaya ya a tener más hijos me mata, porque Maya, por el momento, no está dispuesta. Tiene, por lo visto, sus buenas razones para dudar, y mientras tanto debo contentarme con recelosas miradas llenas de anhelo dirigidas a las niñas que veo por la calle. Hubo un tiempo en que miraba a las madres, mientras que ahora... Pero esto ¿qué es? ¡Nunca creí que llegaríamos a hablar de estas cosas! Estaba convencido de que a estas alturas nos encontraríamos sumidos ya en las fantasías más ardientes, que te escribiría, por ejemplo, que el olor de mi sudor se hace mucho más penetrante con solo pensar que en breve tus dedos van a sujetar esta hoja, y que incluso tu número de teléfono me excita con esa depresión que parece aludir al espacio de separación de tus pechos en ese 868 que contiene, aunque la verdad es que también me resulta estupendo poder hablar contigo de todas las demás cosas, describirte las piernecitas gordezuelas que tendrá mi niña (¡cuando se ponga el vestido amarillo!) y su cuerpo desnudo de melocotón cuando se duche con el aspersor del jardín...

¡Sentado, corazón, «sentado»!

Y.

 

25 de mayo

¿Un funámbulo en la cuerda floja?

Yo creí ser un payaso, pero es verdad que en el circo hay también otros papeles. ¿Así es realmente como tú lo ves? ¿Como si, de repente, hubiera llegado corriendo y te hubiera apretado contra la mano el extremo de una cuerda mientras te he dicho «sujeta»?

Te equivocas solamente en un pequeño detalle: dices que no tienes claro cómo logré convencerte o por lo menos hacerte creer que si soltabas la cuerda yo me caería; pero es que ni siquiera se trata de una cuerda, Miriam, si apenas es un hilo, el hilo de seda de una telaraña hecha de palabras (que si lo sueltas, sí me caeré).

Ante todo tienes que entender que no tengo ningunas ganas de contarle nada a otras personas. Es solo a ti a quien deseo escribir y ha sido solo por ti por quien me ha dominado este impulso, así, a mitad de la vida, sin previo aviso, porque la verdad es que antes de verte a ti yo desconocía por completo este fuerte deseo de escribir que ahora siento, puede que cuando era niño sintiera algo parecido, con las redacciones del colegio, unas composiciones ridículas; pero toda esa teoría tan delirante que de repente has ido ideando durante la noche y que no te ha dejado dormir (¡por fin!) no encaja en absoluto con mi caso. Es demasiado grande el respeto que siento por los libros como para desear escribir uno. Así que no sospeches que lo que he imaginado sobre mí o lo que he deseado para mí sea añadir sal a la herida: no tengo herida ninguna, y si la tuviera, ni tan siquiera se habría abierto todavía.

Solo en cuanto a la relación que existe entre nosotros estoy dispuesto a utilizar, y con la mayor precaución, esa palabra tan crucial también para mí, sí: ojalá supiera, por lo menos, ser un verdadero artista volatinero en mi relación contigo, porque más que eso no me atrevo a pedir.

¿Te acuerdas de que no hace mucho dijiste que de tanto como me esfuerzo en inventarte, es posible que pronto ya no te encuentre? Bueno, me parece que ya has entendido que yo, para llegar a encontrar algo, también tengo que inventarlo un poco...

Mira, atiende, lo que sucedió fue lo siguiente: estábamos los dos en aquella enorme extensión de césped, todo era verde a nuestro alrededor, con todas las tonalidades del verde. En realidad estoy pensando en el inmenso césped del kibbutz Ramat-Rajel, a las afueras de Jerusalén, al borde del desierto, ¿lo conoces? Podrías acercarte por allí para verlo, haz ese pequeño esfuerzo por mí, ¿por qué no?, ya que yo fui ayer, después de recibir tu carta. La leí frente al desierto. La leí con la vista y en voz alta. Intentaba oír tu voz, el tono. Creo que hablas despacio, y es que por tu letra puedo oír cómo te demoras (¡esa palabra te encanta!) en cada una de las palabras. Hay algo maduro y pleno en tu forma de hablar que siento cómo me centra y me hace afluir algo, ojalá supiera qué, aunque a veces noto que tú lo sabes muy bien, muchísimo mejor que yo, que sabes lo que andas hurgando ahí cuando dices, por ejemplo, que te parece que en mi interior hay una «quinta columna» a la que por algún motivo me empeño en permanecer fiel...

O lo que murmuraste al final, cuando ya estabas medio dormida, nada especialmente determinante pero lleno de dulzura, y que formulaste diciéndome, mira cómo te escribo, como si hiciera ya veinte años que tuviera por costumbre sentarme en la cocina por la noche a charlar contigo.

¿Entiendes ya a partir de qué te voy creando?

Gracias a estas pequeñas caricias, ayer dejé volar mis pensamientos sobre la hierba frente al desierto, y realmente nos vi allí a ti y a mí, que poco a poco ya no éramos capaces de concentrarnos en lo que leíamos, y como la brisa soplaba, mi periódico revoloteó y tu libro empezó a pasar las hojas precipitadamente, estoy hablando de las cinco de la tarde, con el sol todavía brillando, y los dos nos sentíamos tan claros en medio de esa luz, casi transparentes; aunque si hubiera pasado por allí otra persona, ese momento de magia se hubiera roto, pero solo estábamos tú y yo, y antes de que cruzáramos una sola palabra, nos vimos ya enredados en las telarañas de nuestras propias historias separadas. Porque tú tienes la tuya y yo la mía, aunque a uno le sorprenda darse cuenta de con qué rapidez esas dos historias se están entretejiendo tal y como siempre lo hacen. Y es que a veces, en un momento de lo más corriente en la calle, puede uno sentir cómo el alma se rasga por tanto como se ha tensado al dejarse arrastrar por la historia de alguien que simplemente pasaba por allí. La mayoría de las veces esas historias mueren por sí mismas al instante, sin que los implicados en ellas ni tan siquiera lleguen a saber qué es lo que han perdido, y lo único que queda es una leve punzada de dolor en el corazón que enseguida se disipa. Aunque en mí puede seguir durando unas cuantas horas más, como si hubiera pasado por un pequeño aborto espiritual, y el final de la historia me deja en una especie de estado de congoja.

(¿Sigues ahí conmigo? Por un momento me ha parecido perderte, justo en el momento de mayor proximidad te repliegas dando muestras de rechazo. ¿Será que he vuelto a decirte demasiadas cosas a la vez, o algo inadecuado?)

Dime, ¿es verdad que pusiste el disco de la película Zorba el griego y que bailaste un sirtaki en el salón, conmigo y con Anthony Quinn? ¿Y por qué no me lo has contado hasta ahora? ¿Por qué no me hiciste el regalo de escribírmelo en cuanto yo te conté lo de mi baile en el bosque?

Por lo menos me has confesado que te cayó un pájaro detector de mentiras muerto sobre la cuartilla cuando me lo ocultaste. Sé sincera conmigo, sé sincera contigo misma, abre un poco esos puños tan apretados en los que las articulaciones blanquean. Lástima que no me hayas enviado alguna de esas fotos de tu infancia (seguro que eres la niña alta que siempre está en la tercera fila de la fotografía), y más siento todavía no encontrarme cada día a tu lado cuando te despiertas, para desentumecerte los dedos y acariciarte las articulaciones. ¿Qué es lo que guardas ahí, apretado con tanta fuerza?

¿Y qué significa eso de que eras «la reina buena de la clase» (existe la reina mala)?

 

Pero dejemos ya este tono tan grave y salgamos el uno al encuentro del otro: de repente, a las cinco en punto, cuando los dos todavía estábamos muy lejos, se ha oído un ruido extraño y sobrecogedor, intenta imaginar una cremallera oxidada que se abre precipitadamente en las entrañas de la tierra, a lo largo y a lo ancho de todo el césped; tu mirada y la mía han volado atemorizadas a derecha e izquierda, y tus ojos, grandes, castaños y hermosos, se han quedado prendidos, por un momento, en los míos, y los dos nos hemos erguido levantándonos a la vez, como movidos nada más que por la fuerza de las miradas (¿lo entiendes? ¿Tienes clara la imagen? ¡Quiero que veas exactamente lo que yo estoy imaginando!). Te veo flexionando y estirando tus largas piernas con un movimiento nervioso bajo el vestido, esos tobillos cincelados, hasta levantarte algo aturdida en un primer momento, temblorosa como una gacela, una gacela intranquila. ¿Qué fue lo que tanto te atemorizó cuando te escribí que ninguno de los dos estamos vivos? ¿Y qué se oculta en ese suspiro que expresa, por dónde vamos a empezar, Yair? Empieza, simplemente, y todo lo demás vendrá por sí solo (en las últimas cartas suspiras mucho, ¿te has dado cuenta?), porque estás tan viva, a mis ojos, esa abundancia que emana de tu cuerpo desbordado, porque esa plenitud tuya lo llena todo y se me va entretejiendo en silencio, hilo tras hilo, en tu cotidianidad, así que no sé de lo que hablas, ¡porque estás tan viva!

 

Yo me encuentro en el otro extremo de la extensión de césped, aparentemente un corzo, aunque no especialmente fuerte, sin una potente cornamenta ni unos fibrosos cuartos traseros, un simple corzo oficinista, estrecho de pecho y medio calvo, qué humillante esta calvicie que avanza; también yo busco asombrado el origen del ruido que ha roto la tranquilidad en la que tan placenteramente me encontraba sumido mientras te espiaba de reojo, pero ¿estás realmente interesada en que siga contándotelo todo después de haberte descrito cómo soy? Dime la verdad, porque ya, de liarte con alguien en una demencial relación romántica, ¿no sería preferible con un auténtico corzo?

Está bien, está bien, ya sé que no quieres que te haga preguntas de ese tipo. ¡Cómo te pusiste cuando me describí como «alguien que no deja de ser feo»! Tú no haces concesiones en este terreno, ¿eh? Ni siquiera como broma: ¿no conoces a ninguna persona a la que la palabra «feo» la describa en su totalidad? ¿De verdad que no? Está bien, puede que no. Pero es que también te niegas a aceptar que exista lo que se ha dado en llamar reglamento-natural-de-las-relaciones-hombre-mujer... Dime, ¿cuántos años van a tener que pasar para que se te abran los ojos?

Lo mismo que ese otro asunto, al que has llamado «la seguridad de la mentira»...

Es mejor que me calle, ¿verdad?

Ven, mira hacia allí, estáte con nosotros. Nos encontrábamos rodeados por el susurro sibilante de la tierra, y los dos pensábamos en el veneno, en el jardín profanado, no sé si conoces esa sensación, algo extraño a la vez que demasiado conocido que se extiende en un abrir y cerrar de ojos por los tejidos vivos; atiende conmigo, un susurro sordo que viene de todos los flancos, como la sensación que le produce a uno un chismorreo grosero, necio (srsrsrsrsrs)... Quizá por eso sentimos en el corazón una repentina punzada de miedo, de culpabilidad, Miriam, también en el tuyo, aunque nadie en el mundo lo va a investigar para averiguar lo que haces y con quién, reconócelo, reconoce de una vez la presteza con la que nos pican las serpientes que llevamos dentro, ¿verdad? Hasta por nuestros anhelos más secretos nos castigan, el chasquido de los labios de mi padre cuando le contó a mi madre cómo había sorprendido a su superior, un coronel, besándose con una soldado...

Basta. Estoy cansado. El buen estado de ánimo que tenía me ha abandonado. Mira lo difícil que me resulta imaginarme incluso el comienzo. Son tantas las rocas y tan denso el barro que obstruye las acequias.

(Después sigo.)

Y.

 

(De noche)

Por fin, en ese instante, se resolvió el misterio que encerraba la tierra, y miles de gotitas de agua brotaron de unos aspersores ocultos (la verdad es que ya no se me ocurre qué inventar), y los dos, sorprendidos, prorrumpimos a una en exclamaciones y salimos corriendo hacia quién recuerda dónde, pero lo que sí te puedo decir es que no fue hacia el único lugar lógico, hacia el exterior, porque ¿qué nos esperaba allí afuera? Así que sonreímos, tomamos a propósito el camino equivocado, y continuamos cruzando el césped precisamente hasta el lugar más mojado e inundado en el que se juntaban todos los chorros de agua y allí, finalmente, chocamos sorprendidos y nos sujetamos abrazándonos, pobres fugitivos de una riada, gritando muchísimo más de lo necesario: «¡Tenemos que lograr salir de aquí!». «¡Por lo menos dame tu libro, que no se moje!» «¡Pero si estamos en el mismo barco!» Armamos un gran alboroto, los dos juntos, aunque en realidad ya casi sin movernos, porque nos habíamos detenido lentamente y mirábamos a través del agua que te pintaba ligeramente de azul los labios y brillaba con esquirlas de luz en tu maravilloso pelo castaño, espeso e indómito, entreverado de unos finísimos hilos de plata (¡no te lo tiñas nunca! Esta es mi última petición en lo referente a tu persona: ¡que se vuelva plateado poco a poco!), y respirábamos jadeantes, riéndonos de toda esa tontería, de cómo nos habíamos dejado atrapar hasta quedar completamente empapados, como niños, exactamente igual a dos niños, haciendo gárgaras con el agua que nos llenaba la boca mientras las palabras, ebrias, nadaban allá dentro, míranos bajo los chorros de agua, qué limpios y resplandecientes se nos ve, como dos botellas, dos botellas de náufrago, con las cartas todavía dentro y, entre tanto, fuera, ¿qué es lo que se ve?, que tú eres mayor que yo, por ejemplo, no mucho, aunque me parece que la diferencia de edad te preocupa un poco, aunque nunca fui tu alumno, y de repente me oigo a mí mismo diciéndote sin ninguna lógica, solo porque me urge decírtelo enseguida, todavía dentro del agua, que siempre, ante prácticamente todas las personas, a veces incluso cuando estoy con mi hijo, tengo, en cierto modo, la impresión de que soy el más joven, el más inexperto, el más tierno, y tú me escuchas entendiéndome al instante, como si cayera por su propio peso que esa es la primera cosa que un hombre le dice a una mujer cuando la conoce en el agua.

 

Oye, nunca antes había escrito una cosa tan rara; he sentido el cuerpo en completa tensión y temblando todo él...

 

¿Dónde estábamos? Ahora no debo detenerme y perder esta especie de temblor interior; nuestra respiración, poco a poco se va sosegando, pero no nos separamos, seguimos tocándonos y mirándonos directamente a los ojos con una mirada firme y serena, de lo más sencilla, en lugar de la complicación que suele darse en situaciones como esta. Sencilla como el beso que se le da a un niño que viene a mostrarle a uno una herida. Se me parte el corazón solo de pensar que pueda mirarse así a un adulto.

Ya no nos reímos. Se produce un largo silencio, casi aterrador, queremos separarnos, pero no podemos, y en los ojos de ambos, en sus profundidades, se van abriendo más y más telones, mientras pienso, qué parecido es este momento al de una gran desgracia, nada será ya como lo fue antes, y nos sujetamos el uno al otro, en medio de una terrible debilidad, para no desplomarnos, viendo con una especie de extraña y triste claridad nuestra historia, las palabras ya no importan y el idioma también da lo mismo, porque todo esto podría escribirlo en sánscrito o en escritura cuneiforme, con los jeroglíficos de los cromosomas, mírame cuando era niño, mírame de adolescente, y mira al hombre que soy ahora. Mira lo que me ha pasado de camino hacia aquí, cómo mi historia ha ido perdiendo consistencia, ¿por dónde empezar, Miriam?, siempre creo que no me queda ni una pizca de inocencia y, sin embargo, a ti vengo en mi estado más puro, y desde el primer momento en que te he escrito, las palabras me han ido saliendo de un lugar completamente nuevo para mí, como el esperma que se guarda para una sola amada determinada mientras que todo el resto no procede del mismo lugar. Pero por lo visto te quieres ir ya a dormir, y yo también. Aunque esta noche no tengo ninguna esperanza de llegar a conseguirlo. Solo un momento más. Ayúdame a relajarme. Dame la mano, un solo dedo me basta en este momento, porque necesito que ahora, en este preciso instante, seas mi pararrayos.

(¿Es eso demasiado pedirle a alguien? Por lo menos quédate hasta que la ceniza de este cigarrillo caiga.)

 

Dime, ¿lo he leído bien? ¿Que el triángulo, precisamente, es una figura nada inestable y que en «ciertos contextos» se trata ni más ni menos que de una figura estable y satisfactoria? ¿Y hasta enriquecedora? Además de muy adecuada a la naturaleza humana, «a mi naturaleza, por lo menos», has escrito, y que despierta una gran curiosidad entre tu reducido público lector...

Con la condición de que sea equilátero, has añadido enseguida, y que todos sus lados sepan que son eso, los lados de un triángulo (¿me estabas sermoneando? ¿Qué puedes haber oído decir de mí?).

Ya es demasiado tarde para profundizar en eso ahora y, además, la ceniza temblequea ya mucho en la punta. Voy a esperar pacientemente tu respuesta y solo quiero que sepas que me ha divertido mucho ver cómo, con un par de trazos de pluma, has creado una rama de la ciencia propia y nueva: la geometría poética. Lástima solamente que no hayas explicado cómo se aplica a la vida esa maravilla que...

(Ahora ha caído.)

 

30 de mayo

No me canso de mirar. La imagen de la sombra en las colinas de enfrente y los chorros de agua de los aspersores de las cinco de la tarde con todos sus reflejos luminosos y, sobre todo, la botella (¡qué visión!), la botella rota contra la roca...

Y el hecho de que te mojaras, Miriam, de que te levantaras y te metieras con toda naturalidad en el chorro de agua fría quedándote así durante tantísimo rato (yo, por mi parte, no hubiera sido capaz; en cuestión de segundos empiezo a amoratarme con el agua fría), ¿y qué contaste luego en casa? ¿Qué explicación les diste? ¿Llevabas ropa de recambio o te metiste en el agua sin pensarlo?

No me basta con proyectar ese momento repetidamente, la zambullida desde mis palabras al agua verdadera, ya no me queda piel en el cuerpo de tanto ducharme estos últimos días, y solo te pido que no me sueltes de la mano, que sigamos juntos buceando hacia las profundidades, estar los dos en ese lugar en el que nos llenemos de la fuerte conmoción que provoca el desnudo, porque el agua nos pegó la ropa a la piel, hasta mostrar la forma de los cuerpos, tus pechos generosos y redondos, que brotaron de repente de la blusa blanca mojada, y la cara de los dos bañándose y limpiándose de todo el cansancio, dejando de ser la de dos extraños, eliminando la indiferencia y sobre todo el rechazo, toda la epidermis de adulto que se nos había ido endureciendo a lo largo de la vida, porque no en balde yo había leído muy bien lo que me insinuaste cuando bailaste el sirtaki en el salón, y es que tú no te habrías apresurado a vestirme aquel día en el bosque del Carmelo y que si hubieras visto la belleza que yo estaba viendo en aquel momento, puede que te hubieras unido a mí bailando exactamente igual que yo. ¡Lo sabía! Desde el momento en el que te vi me di cuenta de lo fuerte que era en ti ese deseo, y no me malinterpretes, no estoy hablando ahora del desnudo que implica deseo, sino de un desnudo de un tipo completamente diferente, frente al cual casi resulta imposible permanecer impasible, que no te empuja a salir huyendo hacia la ropa, un desnudo desprovisto de piel, eso es lo que ahora busco, eso es lo que, de carta en carta, cada vez tengo más claro (un desnudo como el de las palabras que anotaste por detrás de la foto de la botella).

Eso tú no podías saberlo, pero a mí, durante años, desde que era un muchacho, me atraía la idea de correr desnudo por la calle. Desnudarme, pero no para sorprender, sino todo lo contrario, ser el primero en hacerlo por todos, imagínate, quitarme de repente toda la ropa y lanzarme entre la gente a piel descubierta (yo, que me da vergüenza desnudarme en la playa, que no soporto que me vean echar una carta en el buzón en la calle... algo tan aterradoramente íntimo queda al descubierto en alguien que envía una carta, ¿no?), y es que ese era el yo que se moría de ganas de ser, aunque solo fuera por un instante, el fulgor de un alma en la calina de la indiferencia y el ostracismo de los demás, y lanzarles un grito claro y sin palabras, tan solo con el cuerpo abierto de par en par.

Ojalá que después de tres o cuatro apariciones de este tipo por distintos rincones de la ciudad, se me uniera, de repente, otra persona, ¿te lo vas imaginando conmigo? Alguien que se viera obligado, de algún modo, a interiorizar en su propio cuerpo mis sensaciones, así que supongo que el primero que se contagiaría de eso tendría que estar loco, pero luego habría otros, de eso estoy seguro, y la primera sería una mujer, que un buen día se rasgaría la ropa y sonreiría aliviada y feliz, la gente la señalaría con el dedo y se reirían, mientras ella, con una completa calma, empezaría a retirarse la refinada cobertura de paño, hasta que al ver su cuerpo la gente se callaría y empezaría a comprender, y se haría un largo silencio, hasta que de pronto, de golpe, este se rompería por encima de sus cabezas con un imponente estallido a causa de toda la carga eléctrica acumulada en el esfuerzo de ocultación, de fingimiento e hipocresía, y se desataría tal vendaval, que una mujer, y luego otra, y otro hombre, y unos niños, una tormenta de aparato eléctrico en forma de cuerpos desnudos (siempre me gusta imaginar ese momento), aunque enseguida aparecieran, claro está, los comités de moral y unos policías especiales con gafas como las de los soldadores, que corretearían entre toda esa abominación armados con cortinas de lona y guantes de amianto, porque no en vano resulta de lo más desagradable detener a alguien desnudo con las manos al descubierto (siempre pienso: un hombre desnudo pasaría como un cuchillo entre las personas vestidas y estas se apartarían ante él como ante una enfermedad contagiosa o una herida abierta), imagínatelo —personas sin ropa, ya no tendría sentido intentar aparentar nada, porque ¿cómo puede realmente odiarse a un hombre desnudo? Anda, intenta luchar contra un soldado desnudo—, y es que cuando has escrito ahí la palabra «clemencia» el corazón se me ha abierto hacia ti, porque de repente, en medio del lenguaje más coloquial y sencillo, eres capaz de iluminarlo todo con una palabra como esa. Pues mira, Miriam, así de fácil, de directo y de natural será tener clemencia estando desnudos.

(Un momento, oigo una llave en la puerta. Tengo que dejarlo

 

Falsa alarma. La asistenta.)

Así que, ¿dónde estábamos? ¿De qué sirven todos esos nobles pensamientos, si de momento todo el mundo sigue vestido y acorazado? Solo nosotros dos seguimos abrazados, mojados y temblando de frío o de todo lo que puede hacer temblar, mis ojos en los tuyos, el peso palpable del cuerpo de una mujer contra el mío, un alma extraña revoloteando libremente en la mía sin que yo dé un respingo ni la escupa fuera como la pepita que se le atraganta a uno en la garganta, sino todo lo contrario, deseándola más y más mientras ella se acurruca contra mi cuerpo desde dentro, hasta el punto de que por primera vez he entendido esa bella expresión, carne de mi carne...

Y después (estoy un poco ebrio de pensamientos, ¿te importa?) los dos, agarrados de la mano nos dirigimos a mi coche, un poco eufóricos, pero solo aparentemente, porque en el corazón se cuela ya el conocimiento pragmático y vengativo de todo lo que hay fuera de esa isla-de-agua en la que hemos estado por un momento (también esa es una imagen maravillosa, el tronco azulado de la unión de todos los chorros de agua. Cuesta creer que hacía siete años que no tenías una cámara en las manos), y junto a mi Subaru abollado, tan corriente y anónimo, me has dejado secarte tu hermosa y abundante cabellera con la vieja toalla que siempre anda por el maletero, después de haberla sacudido de todo lo que se le había pegado desde que era nueva, granos de arena de las excursiones con la familia, ramitas del último Día de la Independencia, cuando nos sentamos alrededor de la hoguera, y las manchas del Daní y del Chococao que limpió de una boca especialmente pequeña, la de un hijo de apenas cinco años, ya que te empeñas en hincarle los dientes a ese pedazo de chismorreo real y jugoso, esa toalla que está ya medio pelada, que atesora en su interior toda la suciedad decididamente buena de mi vida, una vida que me gusta mucho y que deseo que entiendas un poco más, tú, mi alma gemela... Siempre lo mismo, socorro, la vida de este entregado padre de familia que es capaz de escribirte cartas como estas, así que quien encuentre la solución a este enigma tiene prometida la paz espiritual eterna, aunque con una paz transitoria bastaría.

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