Tú serás mi cuchillo
Yair
Este capítulo es largo, así que está dividido en 11 partes.
Y.
18 de junio
Una que no respeta el turno y se cuela:
Ayer por la tarde bajaba yo por la calle Heleni Hamalkah, y por delante de mí caminaba un niño de unos nueve o diez años. Estábamos solos. La calle estaba oscura y él, de tanto en tanto, lanzaba una mirada hacia atrás y apretaba el paso, pero el caso es que yo, hasta cuando ando despacio avanzo muy deprisa. Me di cuenta de su miedo, un miedo que yo recordaba muy bien, así que me puse a pensar en cómo lo podía tranquilizar sin avergonzarlo. En ese momento se puso a cojear. Literalmente torció el pie y empezó a arrastrarlo mientras suspiraba. Hasta el final de la calle anduvimos así los dos juntos, despacito, él cojeando por fuera, y yo por dentro.
Y.
El defecto evidente de estos esbozos de carta es que al poco rato las ansias te vuelven a asaltar (aunque la frase «a veces me tocas al mismo tiempo el punto del dolor y el del placer» me bastará para por lo menos una semana).
19 de junio
¿La has escrito ya? ¿La has echado? ¿Cuándo soléis recoger el correo?
(Lo único que estoy haciendo es trabajar los músculos del enardecimiento para que no se me atrofien, para que siempre puedas reconocerme.)
Con respecto a tus últimas suposiciones, has caído en un triple error: no te estoy escribiendo desde la cárcel, ni gravemente enfermo desde la cama, ni tan siquiera soy un espía israelí en Damasco o en Moscú que se encuentra de vacaciones en la patria antes de volver al frío...
Soy las tres cosas a la vez.
¿Habría algo que añadir? Pues la verdad es que poca cosa más.
Mucho: el temblor de tus dedos cuando sacas mis sobres del buzón de los profesores.
A mí me pasa lo mismo, qué te crees, primero compruebo palpando con la mano lo gruesa que es la nueva carta, la cantidad de alimento que tendré que digerir durante los próximos días y noches.
En respuesta a tu pregunta (sorprendente), la respuesta es de agujas y digital a la vez (pero ¿qué importancia puede tener eso?).
Ah, acabo de acordarme de algo que te tengo que preguntar: ¿tienes algo que ver —es un poco tonto, ya lo sé, pero aun con todo—, tienes alguna relación con un periódico chino (¡totalmente en chino!), una especie de semanario editado en Shangai, que he empezado a recibir últimamente sin haberme suscrito?
Si la respuesta es que no, olvídate del asunto.
Esto no es una carta, sino un simple susurro nocturno, un silbido en la oscuridad hasta que vuelvas.
(No dejo de maravillarme de que esta vida tan yerma haya decidido desnudar para mí un enorme pecho.)
YAIR
21 de junio
¿Una boca abierta o un hueco en el tronco de un árbol? Me cuesta decidir qué. Pero me he llenado de alegría porque, por fin, ¡no ha habido palabras!
No sabía que también pintas. La línea, el negro, la fuerza de tu trazo.
Te juro que un día bailaré para ti. Aunque esté rodeado de gente. No importa. Solo te miraré a los ojos y bailaré.
Pero entre tanto hay que escribir, ¿no? Pues aquí va, por el negro:
Un mono negro y enjuto, por ejemplo, corretea de arriba abajo por el vientre de la señora.
¿Te dice eso algo? Déjalo correr. Hemos dicho, libertad de palabra. A mí sí me dice algo: el señor se lo compró para ella en una de las ferias por las que pasa en sus viajes. El señor siempre está de viaje. El mono está amaestrado. Se lo han comprado para que haga disfrutar a la señora, pero no para que él disfrute. ¡Ni pensarlo! ¿Entiendes? El mono siempre tiene que saber cuál es su lugar, el de un sustituto, hasta que vuelva el señor (aunque puede que el señor ni siquiera exista).
Y.
Sé que sabes en qué estoy pensando ahora. Que dijiste que te parece raro que me acuerde de cada gesto, de cada suspiro y de cada lunar de la mujer que haya estado conmigo, mientras que a mí no me has encontrado en esos recuerdos.
22 de junio
Cuando estoy con otra gente (se me ha ocurrido mientras duchaba hoy a mi hijo) —y da lo mismo si se trata de personas desconocidas o de las más próximas a mí— siempre me acompaña un mismo pensamiento: todos estos saben hacer con naturalidad la única cosa para la que me siento completamente impotente: echar raíces.
Pregunta: dime, pedazo de idiota que soy, ¿por qué le estás contando estas tonterías? Todas las bobadas que meditas, tu filosofía barata. ¿Por qué no hay en ti ni un gramo de aristocracia, o de elegancia, que te enseñe que no todo puede decirse?
Respuesta: se trata del pollino que hay en mí y el impulso que siento especialmente con ella más que con ninguna otra persona que haya conocido, de contarlo todo, hasta mis divagaciones más ridículas. Ni siquiera es contárselo, sino que a veces se trata de enviarle una señal luminosa, como cuando uno lleva a un familiar inconsciente a urgencias, lo abandona en manos del médico y se pone a rezar con la esperanza de que lo pueda reparar. Cuéntale lo del anillo de Moebius.
Pregunta: ¿Te has vuelto loco? ¿Ya?
Respuesta: ¿Qué significa eso de «ya»? No existe eso de pronto o tarde, el tiempo es circular ¿te acuerdas? Ella dijo bien claro que decididamente este tiempo había nacido para ella...
Ven, dame la mano, que quiero contarte que una de las cosas que suelo hacer de vez en cuando es imaginármelo de viejo. Hablo de mi hijo, del llamémoslo Ido. Mi pequeño Ido.
Puede que para protegerme (¿de qué?, ¿de un exceso de amor?) me lo imagino una y otra vez de viejo. Y eso ayuda. Apaga al instante cualquier sentimiento amoroso o de temor hacia él. Fíjate: justamente de viejo. No muerto. Por supuesto que también en eso me he especializado, aunque resulta demasiado drástico para la tortura que yo necesito. Mi hijo, un anciano encorvado, mira extasiado la televisión en un tanatorio, con unos hilillos de baba cayéndole de la boca, muerto, porque el destello claro de los ojos se le ha apagado. No resulta sencillo concentrarse en un pensamiento así. Inténtalo. Para ello hace falta activar los músculos más fuertes del alma, los músculos de la espalda del alma. Porque esta se comba en medio de un potente rechazo y hace falta muchísima fuerza para volverla a dominar... ¿dónde estábamos?
Con mi hijo, con el pequeñín a posteriori, mi hijo anciano, el hombrecito, todo encorvado, con las manchas de la vejez en las manos, atacado por una de esas enfermedades propias de la edad, y que intenta acordarse de algo que se le ha borrado de la mente, ¿yo, quizá? ¿Quizá las jugarretas que le juega la memoria me hayan hecho, de repente, desaparecer a mí? ¿O a los dos, cuando estábamos en un buen momento? ¿Cuando esta mañana le ha entrado una mota en el ojo y yo se lo he lamido hasta que se la he sacado? ¿Cuando forré con material de espuma todas las esquinas de las estanterías de la casa el día en que la cabeza empezó a llegar a ellas? ¿O simplemente cuando tanto lo he amado a mi manera, tan limitada?
¿Quizá es que se ha hecho un lío, por un momento, y ha creído ser mi padre?
Ojalá. Deseo que en el universo infinito, en el lugar en el que se barajan los destinos con la gente y cada persona toca por un instante la posibilidad de ser otro, haya también un momento como este, en el que él aparezca siendo mi padre (ese azar críptico y asfixiante que me ha llevado a ser su padre, en lugar de al revés). Aunque lo que más deseo es que todo termine de una vez, meterme bajo su ala y acurrucarme hasta que la carne se pudra y se convierta en ceniza contra ceniza. Ojalá nos halláramos por un momento en ese tiempo en el que yo sería para él una persona igual, una persona que lo intentara, que estuviera en el mundo, que por un momento irrumpiera deformándose en el espacio vital...
Creo lo siguiente: que quizá entonces, al estar reconciliado con la vida y en medio de la indiferencia de la vejez, además de gracias a la sabiduría que alcanzará después de años de una paternidad ejercida con los hijos que tendrá, quizá entonces podrá volver a escogerme a mí. ¿Qué opinas? ¿Me escogería a mí?
Háblame.
A veces resulta difícil tener que esperar dos o tres días hasta recibir respuesta. Porque es ahora cuando duele.
Después de que me vieras fantasear con la existencia de la pequeña Yaara, me dijiste que estabas segura de que también a Ido me entrego muchísimo, puede que más de lo que otros muchos padres son capaces y que de ningún modo puede decirse que le esté «exprimiendo el jugo». Gracias por haber intentado liberarme de eso. Pero es que sencillamente me da miedo contarte lo mucho que lo exprimo, Yair «el exprimidor», ese soy yo, hasta sin proponérmelo, tan solo con mi propia presencia. Pero más adelante, en el año dos mil sesenta y cinco, seguro que me sonreirá con las encías desnudas y los ojos velados y me dirá que de acuerdo, que también él entiende ya el veredicto versátil de nuestra penitenciaría, porque unas veces se es Franz Kafka y otras Hermann, su padre...
A veces me lo imagino con todo detalle. Cómo me invocará de entre los muertos, cómo me sujetará entre los dedos y me examinará a la luz amarillenta de la tarde, como alguien que sujetara en la mano un objeto inanimado e inofensivo. Y entonces pasaré con delicadeza mi dedo por su cuerpo y por el mío, como si acariciara el anillo de Moebius, y ese dedo que se deslizará por él no sabrá distinguir cuándo pasa del exterior al interior.
Creo que ya es el momento de la publicidad.
24 de junio
Me divierte que mis «historias de la urbe» te gusten tanto. He empezado a creer que gracias a ti esos «momentos» son cada vez más frecuentes (de verdad: ahora la ciudad me habla como nunca antes lo había hecho).
Recibe esta recién sacada del horno: esta mañana, en la calle peatonal de Ben-Yehuda, junto a Atara, había un payaso que a la vez era mago. Puede que lo hayas visto alguna vez: un hombre gigantesco, con pinta de Rasputín, que hace un espectáculo de horror muy divertido con una guillotina. Como ya me lo conozco, hace tiempo que he dejado de pararme junto a él. Pero hoy me he detenido a mirar. Quizá por la palabra «guillotina» que has vuelto a repetir en tu larga y última carta cuando, deprimida, has explotado.
El mago ha pedido un voluntario, y un chico del público, un turista americano, se ha acercado y ha puesto la cabeza sobre el tajo. El mago, entonces, le ha estado midiendo con mucha ceremonia el perímetro del contorno del cuello, le ha cortado un pelo con la hoja de la guillotina y le ha colocado un cesto delante de la cabeza mientras todos se reían.
Entonces, cuando el mago ha izado bien alta la hoja, el muchacho ha sacado de repente de detrás del tajo las dos manos, y con un gesto instintivo y muy conmovedor, ha atraído el cesto hacia sí para que la cabeza «cayera» justo en su interior.
Todos se han reído, pero yo me he emocionado igual que si hubieras estado allí conmigo y yo te estuviera enseñando algo mío imposible de explicar con palabras.
28 de junio
Te envío una foto que quizá te guste recibir.
En un número viejo de Davar Ha-Shavua he encontrado esta mañana (y no por casualidad) una foto de tu primo lejano Alexander. Me perdonarás si te digo que decididamente he podido entender la historia de tus padres: no solo porque fuera seis años mayor que tú, sino porque hay algo inquietante en su aspecto, como una expresión lobuna...
Observa cómo está en el podio, por ejemplo. Esa sonrisa. (Aunque tengo que reconocer que incluso con ese ridículo gorro de baño y con la medalla, tiene una planta bastante impresionante, la de un macho diez. Y esos hombros, esos pectorales, esos brazos.)
Terrible, ¿verdad? Estar viendo toda esa fuerza, toda esa arrogancia, y pensar hasta qué punto estaba ajeno a que al cabo de cinco años se encontraría tendido y muerto sobre los raíles del tranvía.
Intento descubrir alguna huella de ti en él —porque la foto fue tomada precisamente aquella misma semana—, pero no te encuentro. ¿Qué querrá decir eso? ¿Que tu madre tenía razón? Y eso que me parece detectar cierta suavidad insólita en la zona de la boca, en el labio inferior. ¿Así que podría ser que hasta un Casanova experimentado como él se derritiera un poco porque había sido tu primer beso, el primero y único con él?
Pero hay otro asunto sorprendente: he estado buscando también en los periódicos que hablan de la Macabiada siguiente, que fue tres años después, y he descubierto que volvió a competir con la selección belga (aunque esta vez no ganó ninguna medalla). Según mis cálculos, tú tenías ya por entonces dieciséis años y medio, es decir, una edad a la que difícilmente se te podía tener encerrada en casa, prohibirte que te vieras con él o evitar que te zafaras de la prohibición de encontrarte con él por cualquier medio (y seguro que él iría a visitaros para transmitiros los saludos de la familia...). Me sorprende bastante que después de la terrible tormenta que has descrito, las semanas de ardientes promesas, de pasarte un año entero soñando con él, de tantas cartas perfumadas, etcétera, renunciaras a volverte a encontrar con él.
Me resulta extraño, incluso aunque hubieran pasado tres años y hubieras entendido que al parecer no eras más que una diversión pasajera para él y que además no era precisamente el hombre de tus sueños. Pero aun así, ¿no sentías curiosidad? O sencillamente ganas de decirle, mira cómo soy ahora, mira cómo he crecido, ya no soy la primita de antes...
(No sé por qué, pensar en su última visita me entristece.)
A propósito de besos: muchísimos recuerdos a ese lunar del que te despediste cuando te empezó a crecer el vello ahí abajo... Esa vertiginosa visión no la olvidaré jamás. Y un día, puede que en otra reencarnación, llegue también a besarlo.
30 de junio
¡Qué buen tiempo hace, Louise, qué sol más resplandeciente! Tengo todas las persianas bajadas; te escribo en medio de la penumbra.
Así le escribía Flaubert a Louise Colet. Hoy he tropezado con estas líneas, y a pesar de tu clavada de aguijón (¿es verdad que me paso la vida citando?) he visto en ellas una señal para los dos.
Durante los últimos días he pensado a menudo en tu extraña propuesta de que mantengamos una amistad con un retroceso de decenios. Me has obligado a volver a una época poco querida por mí. Tampoco estoy muy seguro de haber dado precisamente con una historia que sea paralela a la tuya, y todavía menos teniendo en cuenta el tipo de chica que tú eras, una chica sensata y lúcida que vivía la vida bajo el lema del «dicho y hecho», o eso es lo que a mí me parece, una persona decidida y sin arrepentimientos... En honor a la verdad, Miriam, no estoy muy convencido de que aquella niña se hubiera interesado por el niño que yo era para pareja.
Yo tendría unos trece años y no te voy a describir el aspecto que tenía porque te irritaría, y ¿para qué provocarte y desatar unas fuerzas que me superan? De todos modos, cierto interés sí despertaba yo en aquella época, porque una niña retrasada que vivía en nuestro edificio me secuestró y me hizo una operación sin anestesia. Ahora dirás que, como siempre, lo describo todo más dramático y exagerado de lo que es en realidad, pero eso fue exactamente lo que me hizo.
No sé cuántos años tendría ella, porque ni siquiera hablaba, sino que emitía una especie de gruñidos; era una alemanota hombruna y fornida, una pobre subnormal de la que yo siempre me burlaba. Solía seguirla, a ella y a su padre, que la bajaba a su paseo diario (el padre llevaba un bastón para defenderse de ella por si lo atacaba, ¡imagínate!). Durante unos cuantos años fui yo el que dirigí en nuestro edificio la burla organizada contra ella, las ideas más perversas para martirizarla a ella y a su pobre padre, el que hacía inscripciones con tiza en la acera y la retrataba.
Ahora te estarás preguntando, y con razón, por qué me reía de ella. ¿Por qué mi asustadiza lucidez dirigía las miradas de todos hacia ella y solamente hacia ella? ¡Cuánto llegué a reírme de ella! ¡Y cuánto ingenio y veneno empleé! ¡No quieras ni saberlo! En resumen, que un día logró escapar de casa, su padre se desvaneció en las escaleras, y todos los vecinos y los niños del barrio fueron puestos en guardia para que la buscaran. Si hasta vino la policía, del enorme alboroto que se armó.
Yo me aparté tranquilamente del grupo y me fui al final de la calle, a un solar baldío en el que hoy se alza un gran hotel. Había allí, en uno de los rincones más apartados, una montaña de basura que se había ido acumulando durante años, colchones viejos, cocinas, una nevera pequeña estropeada y toda la porquería que uno pueda imaginar que genera un barrio, y detrás, junto a la valla, había una maraña de arbustos que formaba un escondrijo pequeño y oscuro del que creía ser el único conocedor y donde me gustaba aislarme.
Tuve la corazonada de que ella se dirigiría hacia allí, que su instinto animal la guiaría hacia ese lugar hacia el que nadie en su sano juicio iría. Y efectivamente, en el momento en el que crucé la línea de la luz, se me abalanzó encima, y al instante supe, en medio de una extraña resignación, que sencillamente me había estado esperando.
¿Sabes?, no recuerdo exactamente cuándo me lo preguntaste, quizá fuera cuando lo del pararrayos, si alguna vez en mi vida había gritado «¡Socorro!», pero de verdad, con la garganta desgarrada y los ojos desorbitados por el pavor y la desesperación (¿por qué me lo preguntaste, en realidad?). Pues quizá fuera esa vez, cuando ella me arrastró hacia dentro, cuando debería haber gritado de esa manera, pero justamente entonces me quedé mudo. Así es como sucedió, Miriam.
Me tiró al suelo y se echó sobre mí, y sin perder ni un instante empezó a frotar su cuerpo contra el mío con una fuerza inmensamente terrible, como si fuéramos dos guijarros. No me podía mover, era como si hubiera perdido el conocimiento, pero al mismo tiempo lo veía y lo oía todo. Ella estaba muy seria y febrilmente concentrada en alguna demencial idea que le rondaba la mente, una idea de locos que yo era el único del mundo que podía llegar a comprender con exactitud, y es que ni siquiera se trataba de un asunto de sexo, es decir, que no se trataba de sexo en el sentido del deseo comúnmente aceptado. Era algo mucho más complicado y soterrado, ¿cómo te lo podría explicar?, lo que ella quería era desintegrar y machacar hasta convertirla en polvo la materia de la que estábamos hechos...
¿Hace falta dar más detalles?
Me refiero a todos los materiales, todos los minerales, los de ella y los míos. Y ¿por qué? No lo sé (lo sé, lo sé). Para volvernos a crear más perfectos, más equilibrados, si es que es esa la palabra, para equilibrar o «fundir», de alguna manera, todo lo que nos sobraba y nos faltaba, y juntarlo en un solo cuerpo (¿puede siquiera llegarse a entender una frase así? ¿Sigue teniendo sentido fuera de mí?). Se trataba simplemente de volvernos a crear a los dos de una forma más correcta, o quizá de una manera más soportable para nosotros, con todo lo sobrante y todas las carencias... Es una historia bastante rara, la de una chica retrasada mental que quería volver a crearme. Te juro que eso es lo que rumiaba el retorcido cerebro de ella, y como era yo el único que lo entendía, ni siquiera grité pidiendo socorro, porque aquello era un asunto entre ella y yo, tanto que no puedo creer que ahora te lo esté contando.
¿Qué opinas? ¿Hubiera podido ese chico, a su manera, ser la pareja de la chica que tú eras, una chica filosófica e inteligente?
Recuerdo que me cogió la mano izquierda con la suya áspera, y diez, veinte, cincuenta veces pasó sus dedos por entre los míos, para después hacer lo mismo con la derecha, y luego hombro contra hombro, y pecho contra pecho, vientre contra vientre, metódica y detalladamente, y sus ojos muertos brillaban en medio de su genial y única idea, mientras que a mí apenas si me hacía caso, y eso era precisamente lo que me tenía hipnotizado por completo, que tenía una cuenta pendiente con lo que yo era y no con quien yo era. Aquello no tenía lógica alguna en el mundo iluminado de fuera, pero allí, en la oscuridad, yo era capaz de saber y de sentir que ella estaba poniendo todo su empeño en hacer aquello que ella creía que también a mí me beneficiaba, como si intentara barajar muy bien nuestros dos mazos de cartas, supongamos, volverlas a dar de una manera más justa para ambos. ¿Lo entiendes? Fue precisamente ella la única que en cierto modo captó, por medio de algún sentido entre animal y genial, lo mucho que también yo era infeliz por lo que me había tocado en suerte en la perversa tómbola de la vida, y hasta qué punto me hacía desesperadamente falta un cambio. ¿Sigues ahí conmigo, Miriam? Solamente dime si se le puede explicar esto a alguien y esperar que de verdad lo entienda a uno. Dime si un hombre le puede contar esto a una mujer a la que corteja o si un marido se lo puede llegar a contar un día a su mujer mientras se toman el café.
Y.
5 de julio
Viaje. Compras. Regreso.
Un viaje relámpago de tres días a Amsterdam-París-Suiza. Por trabajo. La exitosa adquisición de dos ejemplares, unas verdaderas rarezas, de demanda desorbitada en Zurich. ¡Salvas de honor para este gran hombre de negocios!
Cuando el avión despegó de Lod, sentí una punzada inesperada, y supe que entre tú y yo existe un cordón umbilical que duele cuando se tensa.
¿Y qué es lo que te he traído del París rutilante? ¿Un perfume embriagador? ¿Una joya? ¿Unas bragas llenas de intencionalidad?
Mi pesadilla, cuando me encuentro en las grandes metrópolis europeas, son los niños pequeños de las mendigas.
¿Sabes de lo que estoy hablando? Las mujeres indias o turcas que están sentadas en la calle o en el metro, llevan siempre un bebé o un niño pequeño.
Y es que hace ya tiempo que me di cuenta de que esos niños casi siempre están dormidos. En Londres, en Berlín, en Roma. Por lo que sospecho que esas mujeres los duermen drogándolos, porque un niño dormido da más pena y eso es «beneficioso para el negocio»...
En París, enfrente del hotel al que siempre voy, había sentada una vez una mujer turca con un niño de esos, así que por la mañana, sin más, me cambié de hotel.
No es solo la crueldad lo que me deprime, sino sobre todo el pensar que esos niños se pasan el día durmiendo. Pensar que existe por lo menos un niño (hay cientos como ése) que durante años, o quizá durante toda su infancia, vive en Londres, o en la maravillosa Florencia, sin apenas haber visto esas ciudades. Que se limita en sueños a oír las pisadas de la gente, el ruido de los coches y todo el pulso de la gran ciudad, y que cuando se despierta vuelve a estar en el mismo y triste agujero de siempre en el que vive.
Cuando paso por la calle junto a una de esas mujeres, siempre le doy algo mientras silbo con todas mis fuerzas alguna bella y alegre melodía.
He vuelto.
7 de julio
¡Ya era hora! ¡Hoy han llegado dos cartas tuyas!
He esperado tanto este momento, que no puedas dominarte y que nada más haber cerrado el sobre se te junte dentro el contenido de otra carta para mí. Una ha llegado por la mañana y la otra en el reparto de la tarde (¡una verdadera fiesta para el dueño del buzón!), y las dos derrochan alegría y emoción, una desde casa y la otra, según parece porque tenías calor y estabas agobiada de estar dentro, desde tu valle secreto cerca de Ein-Kerem. Ha sido estupendo encontrarte finalmente en medio de unas palabras completamente nuevas (¡y encima con una falda nueva!), como inhalar una bocanada de aire puro, y recibir tu agradable sorpresa cuando dices que últimamente eres feliz, porque es la primera vez que esa palabra aparece en boca tuya, así que la he mandado a analizar al laboratorio y sí, me han confirmado que se trata de felicidad (aunque sigo intentando averiguar por qué tu felicidad sigue pareciéndome tan triste). Puede que sea por culpa de esa palabra por lo que también a mí me pasa algo raro, que siento como una especie de orgullo interior, no sé, ¿quizá sea porque por fin he conseguido proporcionarte un poco de felicidad?
Y es que de repente el verano ha hecho irrupción en mí, ¿lo entiendes? Es como si solo ahora, gracias a tu «ábrete sésamo», también yo hubiera salido de una especie de túnel oscuro y sinuoso que nos habíamos cavado juntos con todas nuestras complicaciones y pensamientos torturados, «mujer feliz», y me siento como si me hubieras dado permiso para algo, para que se me haya abierto el verano, tanto que ya es julio, imagina, y solo ahora soy consciente de ello, de este verano lleno de la fuerza de la vida, luminoso, con su grosería y voracidad habituales, y todo lo que has descrito (me maravilló que todavía temas volver a pintar con colores. Porque alguien que escriba eso...), yo también, tócame, estoy tan vivo, tan ardiente, entrelazado al cuerpo de este verano, como si yo mismo fuera una de «sus arterias palpitantes» que has descrito, pero al mismo tiempo hoy me concentro en ti como un rayo láser, ten cuidado, que no soy responsable de mis actos, no sé qué es lo que me pasa, ¿tienes idea tú?
A ver qué opinas: ¿Y si dejo de trabajar, de salir a la calle, de llevar lo que se ha dado en llamar la vida corriente, y me dedico exclusivamente a escribirte sin fin? Así podré describir el aspecto que tienes en cada situación y cómo me afecta a mí en cada momento, e incluso me inocularé en ti hasta que sencillamente se me agoten todos los fluidos vitales.
Cuando se ahorca a un hombre, este eyacula en su último momento, una vez lo leí, y desde entonces esa idea me obsesiona, porque es como el testamento conjunto del cuerpo y del alma, y así es como yo querría que nosotros nos habláramos, ya que dentro de unos pocos meses vamos a morir el uno para el otro, aunque tú sigas negándote a tan siquiera querer oír hablar de ello, porque esa guillotina te revuelve el estómago, mientras que para mí se trata justamente del espíritu de esta relación, porque quizá llevando la vida plena de una pareja normal no podría suceder lo que nos está sucediendo a nosotros, que es a la vez jalea real y sangre derramada, y tú ya te estás dando cuenta de ello, ya lo sientes, mientras que yo lo he estado sabiendo desde el principio.
Creí que la historia de la chica deficiente mental te repelería. Pero tú, como de costumbre, has venido y me has tocado sin guantes. ¿Entonces? ¿Ya no quieres que volvamos a dar las cartas de nuestra baraja, sino todo lo contrario? ¿De verdad que eso es lo que te atrae de mí, mis pésimos naipes?
Pero solo por escrito, déjame escrito, y ojalá tengamos ambos las fuerzas suficientes como para todavía seguir luchando un poco contra la tentación de dejarnos sobornar por lo real, porque el sexo, y no la religión, es lo que es el opio del pueblo; y cuando nos encontremos, porque al final sucumbiremos; hoy me siento bastante frágil, el calor me derrite hasta las decisiones más firmes, ojalá que no caiga, pero puede que dentro de dos o tres semanas, si no esta misma noche, porque me siento presa de un ataque de pasión, es la falda nueva que te has comprado y que de repente te ha dado un cuerpo, ese cuerpo tuyo que casi había conseguido olvidar y que ahora de golpe ha resucitado alzándose ante mí, esas piernas tuyas que se mueven hermosas y frescas en el interior de la falda, ni en broma vuelvas a decir «no sabía que tuviera piernas», así que he vuelto a acordarme de tus tobillos cincelados y de pronto he comprendido el secreto que relaciona los tobillos con la nuca...
La verdad es que acabaremos por rendirnos, ¿a que sí? Cuando en el corazón se nos acumule una dulzura triste, espesa y pesada, el néctar del otoño, ahora Yair se nos ha puesto poético, porque el néctar del verano también me está haciendo bastante efecto hoy, en fin, que ¿cuánto tiempo se puede seguir convirtiendo este semen en simple tinta? Es tan solo por tus gafas de montura negra por lo que todavía no te escribo lo que ahora se me está pasando por la cabeza ni dónde exactamente te imagino, con ropa, sin ropa, con aquella falda naranja abierta a un lado, con la camiseta de punto color manzana tan ajustada, tan acariciadora, de pie, echada, salvaje, dulce, en el coche, tus finos tobillos prendidos alrededor de mi espalda, me muero porque suceda un milagro y te me aparezcas en la calle por casualidad, pero ¿dónde estábamos?
No tengo ni idea de cómo soy capaz de levantarme de esta mesa en la que me encuentro frente a mi secretaria, diplomada por la academia religiosa Beit-Yaacov. Seguro que te estarás preguntando qué quiero de ti, así, de repente, por qué nos estoy volviendo locos a los dos, pero es que no tengo ni idea y lo único que sé es que te deseo a muerte en este momento. Por otro lado estoy tan convencido de que no debemos poner ni un pie en la realidad, porque entonces todo se desintegrará y perderá su consistencia, no será más que un cliché, y todos esos finísimos hilos de seda transparente con los que nos hemos ido tejiendo a nosotros mismos, esa belleza abstracta, se materializará al instante en carne y hueso y se echará a perder al momento, créeme, porque ya ves que sé de lo que estoy hablando, y es que te digo que nos tenemos que limitar a existir entre nosotros, aunque en tu opinión no tengamos nada que ocultar, ni siquiera a tu amado marido, aunque la verdad es que con respecto a este punto sigo sin ser capaz de entenderlo: ¿para qué hacerlo sufrir? ¿Para qué humillarlo? Si tal como están las cosas ya ha sido traicionado y engañado con todo lo que ya tenemos, y es que una de las primeras leyes de supervivencia para ser felices en la naturaleza dicta que el burlado y robado lo sea sin su conocimiento...
De nuevo debo detenerme aquí. Ha llegado un envío. La vida no deja de asomar constantemente el hocico. Seguiré por la noche, porque la verdad es que quiero seguir hablando de esto...
10 de julio No te creo. Sencillamente me niego a creer que me hayas hecho eso.
¿Qué eres? ¿Una vidente camuflada? ¿Tienes rayos X en los ojos? ¿Y si se trataba de la carta más maravillosa que jamás te he escrito? ¿No sientes ni tan solo un poquito de curiosidad? ¿De curiosidad femenina? ¿Cómo has podido resistir la tentación? (O quizá es que yo no constituyo ninguna tentación para ti.)
Intento entender qué es exactamente lo que pasó, cómo funciona ese mecanismo tuyo: recibiste la carta aquella mañana, con todo el entusiasmo del verano y tu felicidad recién estrenada, y esa la leíste, pero la carta que era su continuación y que te envié después, por la tarde, y que era, por cierto, una carta muy divertida, decidiste devolvérmela cerrada y bien cerrada. Pero ¿por qué motivo? ¿Por el calor que desprendían las hojas y que notaste a través del sobre? ¿Por el ángulo de inclinación con el que escribí tu nombre en él? ¿Y si lo que te enviaba dentro era mi alma doblada? ¿Hubieras hecho lo mismo?
Hay veces que tu arrogancia sencillamente me exaspera. Eres muy severa, ¿no te lo había dicho antes? Eres dura de una manera desagradable, ¡ni tan siquiera femenina! En realidad ya lo había notado desde tus primeras cartas, pero entonces tu totalidad me gustaba, esa profunda seriedad con respecto a todo lo que yo decía o nos pasaba, mientras que ahora es como si las aguas se hubieran retirado dejando la roca al descubierto.
¡Esos principios tuyos! «El más mínimo toque en ese lugar me duele, como el dolor de una traición, así que tengo que ponerme a salvo...» ¡Nada más ni menos que traición! ¡Cualquiera diría que hemos firmado entre nosotros un contrato que nos obligue a él vivos o muertos, en lugar de estar manteniendo un simple carteo!
Mira, lo que has hecho no es tan simple. Cuanto más lo pienso, más me convenzo de que has sido tú la que me ha traicionado a mí. Que durante unos cuantos meses te has estado divirtiendo con este inofensivo payaso que hacía sus monerías junto a ti y que por lo visto te ha excitado, como buena pequeña burguesa que eres, un leve flirteo secreto de una honrada ama de casa, pero que cuando la cosa ha empezado a resultar demasiado íntima y caliente, cuando de pronto has empezado a sentir en tu interior un movimiento nuevo, un aleteo vivo, te has asustado y te has puesto a pedir socorro a gritos. Me pongo a leer la cartita cortaleches que acompaña a mi sobre cerrado y sencillamente no me lo puedo creer: ¿ahora, al cabo de tres meses, te acuerdas de culparme de estar siempre flirteando, pero no contigo, sino con «la eterna tentación de la malevolencia» que hay en mí? ¿Qué soy un Don Juan de mí mismo? La verdad es que a veces tienes unas expresiones anacrónico-puritanas que son para morirse. ¡Y cómo!
Con qué seguridad te permites afirmar que aunque quiera deshacerme de mi seducción (¡automática!), esta no va a estar dispuesta a abandonarme y que experimento una especie de placer degenerado al despreciar y ensuciar todo lo que es verdaderamente precioso y puro...
Es por lo que escribí al final de la carta de la mañana, ¿a que sí? El comentario acerca de tu marido. Me lo imaginaba. Ese fue el momento en el que te plantaste de un salto frente a mí. He notado que te pisaba tus zonas alérgicas. De acuerdo, lo siento. Te pido disculpas. Apúntate que lo reconozco: tu marido no se siente humillado, ni traicionado ni robado ni herido por la validez de las leyes de la naturaleza para conservar la felicidad. Mira, y te lo sello con la huella dactilar de mi dedo criminal.
La verdad es que es cierto que no sé nada de él, y es que, en realidad ¿qué es lo que sé de vosotros dos? Así que tienes razón (toda la razón, Miriam), porque ¿qué puedo saber yo de una relación que no existe solo a través de las leyes naturales de la guerra y de la lucha territorial por cada milímetro de un alma cuando todo consiste siempre en someter o dejarse someter?
¿Y tú qué sabes de caballos alados, de sirenas y del consabido unicornio?
No, tengo que oírlo de tu boca: ¿qué te importa verte también con el aprendiz de Don Juan que soy? ¿No es acaso uno de tus «naipes trucados»? ¿No tiene acaso necesidad de «compasión» o de «enmienda»? A veces creo que deberías verte solo con él, porque quizá precisamente sería capaz de hacerte retorcer de risa y de placer y resquebrajar esa severidad tuya que enarbolas como principio.
¿O quizá es justamente con eso con lo que te cuesta tanto reconciliarte? Que yo, con toda sinceridad, y ni en una sola línea de lo que te he escrito, te he propuesto una aventura convencional o de cliché, ni —me vas a perdonar — un solo polvo. Puede que haya sido eso lo que haya ofendido a esa niña modélica, a la reina buena de la clase, que nunca se permitió a sí misma hacer algo fuera de lo común ni incendiar sus buenos modales.
Esa es la que ahora se siente tan ofendida, porque de nuevo (¿como entonces?), ahora que ha aparecido un «chico» en el horizonte, no se interesa por ella más que como «amiga», alguien con quien hablar, a quien pedir consejo o susurrarle al oído su amor y su deseo; ¡pero por ella! ¿Por otra, por la belleza trigueña más desenvuelta y veraniega de la clase? ¿Por la reina mala?
¡Qué sabrás tú, Miriam! Quizá también ese «chico», veintipico años después, haya empezado a sospechar que sonaba bastante hueca tu declaración de que a ti no te asustaba la verdadera pasión en una relación sentimental, sino al contrario, muy al contrario, que la pasión era lo más importante de tu vida...
¿A quién pretendes engañar?
11-12 de julio
Puede que esta sea la última carta. Léela bien: son las tres y media de la madrugada, estoy en el coche y ya de vuelta. No me preguntes lo que he hecho. Si no sirve para ablandar tu duro corazón, entonces levantaré las manos en señal de rendición y renunciaré a todo, incluso a mí mismo, lo sé, ¡y es una pena, una pena!
¿Has oído el grito? No tienes ni idea de lo cerca que estoy de ti en este momento, pero me refiero a cerca de verdad, junto a tu casa, a veinte metros de ti, toda la noche, acercándome y alejándome. He sido como el tigre que trazaba grandes círculos a tu alrededor en tu sueño, aunque yo soy un tigre que se está volviendo loco de desesperación por no devorarte de la manera como está acostumbrado, pero tú sigues sin entender nada, ¿verdad?
Miriam, esta noche he estado corriendo a tu alrededor.
Eso es. Siete veces he dado la vuelta alrededor de tu casa, por la callecita que rodea el grupo de casas.
Me vuelves loco (y enseguida vas a oír cómo).
Un cigarrillo. Tengo la cabeza como un avispero. El coche apesta. El humo, formando filigranas, se pega al parabrisas. Pensar que estoy tan cerca de la cocina desde la que me escribes, del neón que temblequea ligeramente, del búho de madera en el que escribes todos tus «recados» para olvidarlos enseguida. Incluso de tu salamanquesa Bruria, que baja a trabajar a la media noche en punto.
Estoy aquí. Todo el mundo duerme en silencio, descansan el asesino y el violador, mientras que solamente yo doy vueltas a tu alrededor toda una noche entera. Hasta me da miedo contarte lo que además he hecho. Solo dime si ya has empezado a notar algo. Si das vueltas en la cama en medio del sueño sin entender qué es lo que te inunda. Soy yo, es mi locura que está empezando a influirte, que te embiste con sus olas, una ceremonia religiosa en toda regla, eso es con lo que te he obsequiado esta noche, siete veces he dado la vuelta alrededor de Jericó, ¿cómo es posible que no me hayas oído jadear? Hacía años que no corría así, desde los campamentos de la mili, con este cuerpo tan flaco y degradado, un cuerpo que hace ya tiempo que ha entendido que de su relación contigo no va a obtener grandes placeres, y que sin embargo he querido que sufriera, óyeme, he corrido alrededor de ti, he visto tu casa por los cuatro costados y la pérgola con la buganvilla, tenéis una casa muy pequeña, parece un barracón forrado de piedra, y está algo abandonada, el jardín casi vacío, Miriam, y en la parte trasera una ventana rota, todo muy diferente a como tú me lo describiste, y me ha dado por pensar en algo que dijiste y es que, por lo visto, vuestra pequeña familia ya no va a aumentar.
En una ocasión hasta se ha encendido una luz en una de las ventanas y me he quedado sin aliento, de puro pánico y por la esperanza de que fueras tú, deseaba con todas mis fuerzas que así fuera, verte ahí en la ventana, mirando hacia la oscuridad, ¿quién hay ahí?, ¿quién corre de esa manera?, Dios mío, no me lo puedo creer, debo de estar soñando, y al instante lo entenderías todo, con una sola mirada verías todo lo que yo soy, tanto el Don Juan como el extraño, el funámbulo y este hombre turbado que ahora te escribe, mírame dentro y dime, ven ranita, venid todos.
Por suerte no te has asomado, porque te hubieras desmayado al verme así, en esa situación tan peculiar. Hubieras creído que se trataba de un pobre y simple pervertido que le está pagando con resignación su tributo al sistema burocrático de sus glándulas, así que hubieras llamado a la policía, o peor que eso, a tu marido, que me hubiera destrozado a golpes, porque se le ve capaz de merendarse de una sola tacada a tres como yo.
Seguro que no puedes entenderme la letra, que hoy es más demencial de lo normal y, a propósito, se lo he preguntado a mi madre y tenías razón, es verdad que me obligaron a escribir con la derecha y a dejarlo de hacer con la izquierda, ¿cómo lo has sabido? Me conoces mejor que yo a mí mismo. Escúchame, estoy sentado en el coche temblando, consciente de que nunca he hecho por nadie nada tan decisivo, y ya no sé qué más puedo hacer para que me creas cuando te digo que algo como lo que te he propuesto a ti no se lo he propuesto nunca a nadie, a ninguna otra persona, porque desde el primer momento supe que contigo no quiero tener una historia paralela, contigo lo que quiero es tener una historia de verdad; ¿sabes cómo se llama en la literatura especializada este tipo de deseo tan firme, claro y urgente, esta especie de desviación extraña por la que alguien tiene que explicarle su vida a una persona en concreto y a nadie más que a ella? Porque ese deseo tan fuerte lo siento yo hacia ti. Hay, además, un punto de mi cerebro que ha revivido gracias a ti, en la parte de atrás, en el lado izquierdo, detrás de la oreja. Se trata de una zona que se tensa y se abre cuando pienso en ti, Miriam, y se trata del mismo punto de las visiones y de los sueños que tenía cuando era niño. La mayor parte de la infancia me la pasé ahí, bajo el hielo, y hacía años que no había vuelto, porque había olvidado el camino, ¿cómo lo has llamado? La «trituradora de la memoria», exactamente, pero yo he recordado una sola cosa, que ningún desconocido debía entrar ahí y además que nadie debe saber que tengo un lugar como ese, no se te olvide, que soy una persona que nació para unos padres y que hasta los dieciocho años vivió en una familia que era a la vez campo de exterminio...
Estoy empezando a divagar. No era de esto de lo que quería escribirte.
Tengo frío. Aunque sea julio, tengo frío. Cuando he corrido, toda la piel se me ha cristalizado de puro frío. La verdad es que ha sido completamente diferente del baile en el bosque del Carmelo. Allí todo era luz y calor, mientras que aquí me he sentido bucear en una profunda oscuridad y que la piel no lograba contener todo lo que me bullía dentro, y es que esta noche he traspasado mi última frontera y sé perfectamente lo que se te está pasando por la cabeza: la línea que divide la oscuridad. Pues es cierto, ya empezamos a tener un idioma propio, eso está muy bien, pero mira cómo lo que siento por ti me destruye, exactamente al contrario de lo que me sucede con Maya, así que ¿para qué sigo con esto?
Y sobre todo durante las tres últimas vueltas, cuando de pronto he entendido lo que tengo que hacer y por qué he venido hasta aquí esta noche, y no creas que no he tenido mis dudas, aunque solo por un momento, hasta que me he dicho, al diablo, no vales nada si no eres capaz de hacer esto por ella, porque has decidido entregarle todo lo que se vaya creando en ti por ella, y aunque he intentado discutir conmigo mismo para ponerme a salvo, ya que ¿qué podía llegar a suceder si alguien pasara y me viera así?, pues que llamaría a la policía y me detendrían, aunque enseguida me he reído de eso, porque yo, que toda la vida he sido un prisionero, ¿qué motivos tengo para temer nada? Eso meditaba en el coche hasta que he empezado a quitarme una a una todas las prendas de vestir que llevaba puestas, incluidos zapatos y calcetines, y entonces ya me he sentido otro hombre, ha sido en unos segundos, una frontera tan delgada, porque estás vestido y al momento eres carne viva, menos que viva, es como si la piel se te cayera a capas junto con la ropa, la epidermis y todas las de debajo también. He salido del coche y he notado de golpe cómo la noche entera venía hacia mí desde lo más alejado del valle como hacia una presa nueva, una nueva clase de presa que ni siquiera había que despellejar, y literalmente me ha envuelto, la noche, se me ha pegado con violencia por todas partes, nunca había sentido algo así en toda mi vida, una especie de miedo mezclado con placer, y una ligera turbación, porque se me ha metido por todos los poros esta maníaca de noche, me ha mordisqueado, me ha arrancado pedazos y ha huido con ellos hacia la oscuridad, y en ese momento han aparecido unos perros, tres, gigantescos, como de dentro de una canción popular escocesa, he creído que me daba un infarto, unos perros de la raza de los perros lazarillo, creo, que me han estado ladrando y gruñendo furiosos. Y entonces he sentido vergüenza ante ellos, imagina, pero no vergüenza como hombre, sino como si fuera un animal inferior a ellos. ¿Serás capaz de entenderme? ¿Puede contársele esto a alguien? Pero cuando he empezado a correr se han callado, no: peor que eso, han empezado a recular ante mí dejando escapar unos suaves gemidos hasta desaparecer en la oscuridad, así que me he quedado completamente solo conmigo mismo, lo cual quiere decir que no en muy buena compañía. Me ha parecido estar lo más solo que he estado en mi vida. ¿Y sabes lo que he hecho entonces? Me he olido el sobaco y ahí he encontrado el olor de la escritura que te dedico a ti mientras me decía que seguramente estaba cometiendo la equivocación correcta y entonces he empezado a correr.
Aquí me encuentro escribiendo y contándotelo todo, que he corrido despacio para que todo el que quisiera pudiera atraparme, aunque de alguna manera me he sentido ya inalcanzable, porque aunque se hubieran hecho con mi cuerpo yo seguiría libre. Tres vueltas completas he dado así a tu alrededor y he descubierto que cuando se corre desnudo los puntos más fríos se encuentran justamente detrás de las orejas, en el cuello, en las caderas y también en las corvas, y mientras corría pensaba para mis adentros, aquí estoy ante ti, Miriam, aquí estoy en tu presencia. Si has oído algo en tu sueño, era mi desnudez, que gritaba, era mi cuerpo, que se desgañitaba de pánico por lo que le estaba haciendo. Si hubieras salido, habrías visto cómo lo guiaba, cómo mi alma, repentinamente liberada, lo guiaba por primera vez arrastrándolo tras ella, llevándolo hasta tu ventana y mostrándole lo ridículo, superfluo e insignificante que es en la historia que nosotros somos, hasta qué punto es una simple mercancía al por mayor con la que no te quiero contaminar.
Ha sido ya desde los primeros pasos que he dado sin ropa cuando he notado que eso sucedía, que por fin me liberaba y que todo yo era ya solo mi alma que revoloteaba libre, liviana y luminosa, que volvía a mí, mientras que a él, al cuerpo, lo he visto correr en pos de mí, desgarbado, torpe y desconocido, tropezando tras de mí, refunfuñando irritado e intentando de cuando en cuando dar un salto para atraparme y devolverme a su interior, pero incluso para mi cuerpo he sido inalcanzable esta noche, y a medida que he ido avanzando se me ha hecho cada vez más claro quién soy yo y quién es el que se me ha aparecido como un simple esclavo, después un mono, y luego un terrón de tierra, no más que eso, un puñado de polvo pálido carente de forma que, erguido sobre las patas traseras, no hacía más que rugir. Lo he humillado frente a tu ventana, te lo he ofrecido en sacrificio, eso es lo que he hecho, como víctima expiatoria por todas las veces que he mentido con él y como víctima por la suciedad con la que a veces también te he contaminado a ti, esa oleada turbia que mana de él una y otra vez, tengo una bolsa llena de un líquido amargo en lo más profundo de la garganta, una bolsa que revienta cada vez que eres buena conmigo, no sé por qué eso es así, ojalá que no haya más cartas como aquella, pero todavía no te lo puedo prometer, porque mientras la escribía ya supe que no era una buena carta, que era un simple esbozo de tus partes más delicadas, menos mal que no la abriste, menos mal que tienes una especie de sexto sentido para conmigo, pero debes saber que la escribí para hacerte daño, para arañarte, para revolcarme en mí mismo ante tus ojos y demostrarte, y eso es lo principal, Miriam, ese es el amargo y maldito quid de la cuestión, para demostrarte, por ejemplo, que todavía estoy libre de ti, sí, que aún soy capaz, en un abrir y cerrar de ojos, de volver a ser el yo que era antes de ti, que no me encuentro mezclado ni tan siquiera con una sola gota tuya, para vengarme un poco en ti de mi infidelidad.