Tú serás mi cuchillo
Yair
Este capítulo es largo, así que está dividido en 11 partes.
Entre la maraña de tu pelo se me aparecen de nuevo tu frente y tus ojos castaños, abiertos, serios e indagadores bajo las pobladas cejas, unos ojos muy tristes, los tuyos, ojalá supiera por qué, aunque a pesar de ello, en cada carta noto cómo están dispuestos a resplandecer en cualquier momento, a iluminarse, esos ojos de Giulietta Masina que tienes (al final de Las noches de Cabiria, ¿te acuerdas?), y con esa mirada vuelves a preguntarme, ¿quién eres? No lo sé, quisiera ser todo lo que tu mirada vea en mí. Sí, si a ti no te da miedo llegar a ver, puede que llegue a serlo.
Con delicadeza sujeto tu rostro entre mis manos. Ya he apuntado que eres un poco más alta que yo, pero cuando estamos juntos nos complementamos perfectamente, ni siquiera resulta ridículo, y noto en mis manos tu rostro cálido y pienso en que casi todos los demás rostros con los que me encuentro a diario están hechos de expresiones que son siempre un poco la réplica de otras expresiones, mientras que tu cara... y entonces te atraigo hacia mí y beso por vez primera tu boca ansiosa, sedienta, poso mis labios justo sobre los tuyos, alma contra alma, y tu boca es muy blanda y cálida mientras elevas ligeramente tu labio superior —tienes ese gesto, ya me había dado cuenta—, y me sorprende por un momento el hecho de que quizá vaya a lograr acostarme contigo antes de saber tu nombre, no debes olvidarte de que al fin y al cabo soy un hombre y tengo esas fantasías de gallito (que todavía nunca se han materializado), pero en ese preciso momento, en contra de mi voluntad y por pura tontería te pregunto cómo te llamas y tú me dices Miriam, a lo que yo respondo Yair, y tú susurras, con una sonrisa temblorosa por el frío, que tienes la piel muy fina, mientras yo escucho muy serio lo que me has susurrado con esa sonrisa tan tuya: que te tengo que tratar con delicadeza, no ser brusco ni distante, no tratarte como los cinco dedos butifarrones que la vida, por lo visto, te ha puesto encima en más de una ocasión, y yo cada vez temo más que él te haya maltratado, así que mi espíritu sale a tu encuentro según es tu voluntad, incluso ahora que te estoy escribiendo mi alma sale al encuentro de tu sonrisa, de tu temblor, de tu abrazarte contra mi cuerpo, porque al contrario de la mayoría de mujeres que alguna vez se me han abrazado, sé que tú te apretarás contra mí enseguida con todo tu ser, en tu totalidad, porque estás tan viva, y hago referencia a este pequeño detalle ahora, entre nosotros, porque siempre me ha llamado la atención que las mujeres, comprendes, al principio me han abrazado solamente con la mitad del cuerpo, medio cuerpo suyo contra mi hambriento cuerpo, solo un pecho (aunque, en honor a la verdad, no sé cómo abrazarán a otros hombres), mientras que tú, desde el principio, vas a infringir esa pequeña norma femenina y vas a manifestar con tu cuerpo tu fidelidad y tu entrega exclusivamente al hombre que yo soy y no al ejército de mujeres que tienes a tus espaldas.
Sé exactamente cómo me voy a sentir en ese momento, lo tengo grabado en cada una de mis células, en ese mismo instante en que empiece por fin un sentimiento cálido y nuevo a desmigajárseme lentamente alrededor del corazón, ansío tanto que llegue ese momento, ¿y tú? Escríbeme lo que sucede ahora en tu corazón, que se ha llenado de añoranzas por su infancia, y al momento me atraerás hacia ti todavía más y me besarás con toda tu alma y todo tu ser, como si de esa manera derramaras en mi interior todo lo que llevas latente y oculto, que acabará por revelarse hasta irse descifrando ante mí poquito a poco, hasta derretirse por completo lo que hay en ti y que entonces será también un poco mío, en mi boca, en mi lengua y en mi nariz se desleerá hasta desaparecer, y quizá solamente entonces logremos soltarnos y mirarnos a los ojos mientras yo te susurro sin aliento, ay, Miriam, pero si estás empapada, ¿cómo vas a volver así a casa?
(¡Ojalá sueñe contigo esta noche, ojalá logre gritar tu nombre mientras duermo y así se descubra el secreto para no tenerte oculta nunca más! ¡Porque una mujer como tú merece moverse a la luz del día!)
YAIR
5 de junio
Estimada Miriam:
Hace aproximadamente seis días que te he enviado una carta, al instituto, como siempre, y a fecha de hoy sigo sin recibir contestación.
Supongo que será solo cuestión de tiempo, que quizá estés ocupada preparando el fin de curso y las notas (¿ya?), pero a pesar de ello he querido comprobar si me has enviado respuesta.
Me encuentro en una situación un poco incómoda, porque siempre existe la posibilidad de que hayas decidido, por la razón que sea, no responderme y desaparecer, puede que por mi última carta o quizá porque algo en tu vida haya cambiado repentinamente, aunque también si ese fuera el caso, estoy convencido de que me hubieras escrito, ¿o no?
En realidad he empezado a estar un poco preocupado, porque aunque soy yo, en persona, el que lleva mis cartas al buzón del portón del instituto (seguramente te habrás dado cuenta de que no están selladas por Correos), temo que hayáis tenido algún problema con el reparto interno y que mi carta ni tan siquiera haya ido a parar a tu casillero.
Si eso fuera así, ¿a quién le habrá llegado?
O que hayas encontrado en ella alguna otra cosa que te haya irritado; intento pensar en voz alta, puede que se trate de nuevo de tu queja de que poco a poco estoy descomponiendo la realidad en palabras para conformarme solo con ellas, que por un lado deshago lo que he tejido para después volverte a tejer a través de las palabras.
Bueno, como ves ya la estoy liando. Así que, por favor, me gustaría saber, por lo menos, qué lugar ocupo ahora en el erario de tus sentimientos. Hazme solamente el favor de no vacilar en escribir toda la verdad, porque si es que esa triste carta llegó a caer en tus manos, desde luego que puedo comprender que hayas decidido que con un hombre así no quieres tener nada que ver. Mira, hasta te pongo por escrito estas palabras para ahorrarte todo tipo de circunloquios llenos de buenos modales. No tienes que preocuparte por mí ni que compadecerme, porque soy muchísimo más fuerte y duro de lo que quizá a ti te pueda parecer (de veras que es muy difícil hundirme).
Ya ves que por mí mismo te estoy invitando a que me cuentes todo lo que hayas sentido al ver cómo me he permitido mostrarme así, tan al descubierto, sin saber apenas nada de ti y sin que exista ni una sola cosa que nos una a los dos en la realidad, y a pesar de ello salgo yo, de repente, y pongo al descubierto ante ti los sobacos de mi alma en una especie de actuación de striptease. ¿Verdad que es eso lo que ha sucedido? ¿A que sí? Reconócelo, ¿qué te pasa? ¡Reconoce algo, de una vez!
Me refiero a que seguro que te has mantenido a cierta distancia, cruzada de brazos, examinándome con asombro y recelo, entre asustada y divertida ante el espectáculo orquestado por este hombre que se ha abalanzado sobre ti, mientras yo he seguido literalmente levitando debido a tu última carta con las fotos de Ramat-Rajel, y hasta puede que se te hayan olvidado las cosas tan íntimas que escribiste en ella, incluso el pequeño detalle de que por primera vez escribieras «nosotros dos», nosotros dos que somos personas a las que nos gustan las palabras, sí, y que de repente tuvieras la iluminación de que quizá yo sea la clase de hombre que precisamente se ahoga en las palabras, ¿te acuerdas? (Porque yo sí me acuerdo de cada palabra), es decir, que sencillamente me siento un poco «claustrofóbico en las palabras de ellos» y que quizá precisamente por esa sensación de ahogo, a veces jadeo de esa manera, porque intento tomar el aire a bocanadas...
He experimentado una inmensa sensación de alivio, como si hubieras venido a darme permiso para respirar de otra manera, así que derrocho felicidad, sin sentir vergüenza, sin ponerme límites, me siento pletórico y ebrio de ti, de nosotros...
¿Sabes qué? ¡Qué tonto derroche de tinta! Te libero.
6 de junio
Una pequeña adenda, a pesar de todo: solo para que sepas que si es así como me has visto, no has sido tú sola. Puede que no te dieras cuenta, pero también yo me planté allí a tu lado con los brazos cruzados bien altos sobre el pecho, todo el rato, desde la primera carta que te escribí, ¿qué te habías creído? También yo me mantuve al margen exactamente igual que tú para analizar esa explosión de sinceridad que tuve y, sobre todo, es muy importante para mí que sepas esto que te estoy diciendo. Todo lo demás sobra, ¿verdad?
Entonces, ¿por qué no soy capaz de dejarlo?
Escríbeme cualquier cosa que se te ocurra, con tal de que no me dejes así. Acabo de ir de nuevo, por cuarta vez hoy, hasta el buzón.
Basta, ven, por lo menos eso sí me lo debes, estar juntos por un momento, hombro con hombro, y que lo miremos mientras nos burlamos juntos de él por última vez, de ese órgano interno mío que de repente ha irrumpido fuera de su lugar, de mi bazo que ha salido a bailar...
¡Basta! Un par de palmadas del director y se produce un cambio de decorado: ven, seamos por un momento como dos camellos, me apetece que se trate justamente de camellos, ¿por qué no? He tenido esa iluminación, qué agudo y original soy hasta en los momentos más difíciles, un par de camellos de alargada cara camelluda y sin pizca de sentido del humor. Un par de camellos adultos, un macho y una hembra sensatos, mascando aburrimiento y perfectos conocedores de su lugar en la caravana que avanza pasito a paso, tal y como debe ser, hasta que de pronto salta de la caravana un extraño pollino, o puede que solo parezca un pollino, quizá simplemente un cruce de camello y sombrero de payaso, una especie de error de la naturaleza, con orejas de burro y una pequeña joroba de camello, y esa diminuta cosa irrumpe con un baile demencial, retrocede, Miriam, porque de todos sus orificios brotan unos chorros repugnantes, ponte un abrigo, un jersey (¡!), para que no te manchen los posos de su alma algo exageradamente exultante.
Así es aproximadamente como veo el «espectáculo» con el que hice el ridículo ante tus ojos en esa carta, y en todas, en realidad. Desde el principio. No sé lo que pudo pasarme. De pronto el corazón se me desbordó hasta inundar amplias zonas del cerebro. ¿Qué fue lo que en verdad sucedió allí? Recuerdo que te vi, que había varias personas a tu alrededor que mantenían una animada conversación de la que tú no participabas. De repente las comisuras de tus labios parecieron descender y se te puso una sonrisa extraña, la de alguien que está llorando, no, peor que eso, la de alguien que en ese preciso instante se acaba de enterar de que su última esperanza se ha esfumado, que no va a poder seguir adelante, ni más ni menos, aunque ya de antemano supiera que eso iba a ser así y que iba a tener que seguir viviendo con esa pérdida... Ese fue el momento en que yo entré en tu vida. Un momento un poco extraño y nada alegre, aunque yo no tuve ni ocasión de dudar, porque en ese momento vi mi nombre en el fondo de tu sonrisa y me lancé. Por otro lado puede que no fuera mi nombre el que allí apareció escrito, sino que era tan grande mi deseo de mostrarte que me había dado cuenta de todo y de que no estabas sola, que es posible que me lanzara demasiado precipitadamente. Tampoco es que eso sea nada nuevo en mí, por si te interesa, estoy en posesión de un largo y deplorable historial de asaltos prematuros de este tipo —tanto en el trabajo como en la vida familiar; ya en el colegio me sucedía lo mismo y en el ejército, en las cartas al director del periódico— en todas las esferas de la vida soy así cuando noto que algo se encuentra ralentizado o frenado, ya sea por dejadez, por miedo, por pura tontería o simplemente porque «eso no se hace». Precisamente siempre en un momento así, para hacer rabiar a alguien (dice mi padre), aunque eso no es verdad, sino que lo hago para salvar a alguien y creí que lo entenderías porque fuiste tú la primera que se atrevió a escribir la palabra «anhelo», una palabra que sentí que me desbordaba, así que maldigo las leyes de la naturaleza y de la sociedad que determinan, supongamos, que el alma de una persona concreta tiene que conformarse exclusivamente con su existencia aislada dentro de su propia piel.
O exclusivamente dentro de su propio pozo.
Resulta bastante estúpido entrar en detalles (aunque no puedo dejar de hacerlo), pero siempre es así, que en algún lugar, muy, pero que muy cerca, se está fraguando algo o aparece alguien que suplica poder escapar, alguien que se ahogaría si no sube a la superficie, aunque ni siquiera tengo claro de lo que se trata, mientras que lo que sí sé es que siente una imperiosa necesidad de emerger, porque su grito ahogado me llega con toda claridad. Me has preguntado qué música escucho cuando estoy en casa, cuando estoy en el trabajo y, sobre todo, cuando te escribo. Lo has preguntado como si cayera por su propio peso que la música siempre me acompaña. Lamento decepcionarte, pero no soy una persona demasiado musical, sino que por el contrario, creo ser amusical (a pesar de lo cual he salido a comprar El rincón de los niños de Debussy y lo escucho en el coche una y otra vez, y por supuesto a Emma Kirby cantando Monteverdi, así que quizá un día entienda lo que has dicho), pero aquel grito lo oigo siempre y lo comprendo enseguida, no con los oídos sino con el estómago, con el pulso, con las entrañas, y también tú lo has oído, porque me oíste a mí, de modo que ¿cómo es que de repente ya no lo oyes?
Está bien, no tiene sentido. Decidas lo que decidas. Solo me importa que sepas que me doy perfecta cuenta de lo que ahora me está pasando y que sé lo que piensas de mí, además de que mi tortura permanente es, Miriam, que yo siempre soy esos dos, el que está con cara avinagrada y los brazos cruzados, y el que de repente es un impulsivo que empieza a bajar en caída libre y que a mitad del descenso todavía se anima a discutir con el avinagrado mientras le grita de camino a nuestra perdición: ¡déjame vivir, déjame sentir, déjame equivocarme!
Pero decididamente también soy ese otro, qué se le va a hacer, que frunce los labios mientras masculla con asco que el final le es bien conocido, como de costumbre volverás a mí, y arrastrándote, me dices entre dientes con la boca pastosa (padece de ese fenómeno de babas blancas), mientras el pollino le dice a voz en grito que no le importa, porque puede que una vez lo logre, por error, naturalmente, porque según decreto real estas mercedes se conceden solo por error, y que quizá, por fin, logre dar en el blanco, aunque más valdría decir toque el blanco, lo toque, llegue hasta un alma extraña, llegue a tocarla, alma contra alma, saliva contra saliva, que por una sola y única vez un alma de los cuatro mil millones de chinos que hay en el mundo (en semejante situación de pronto todos parecen chinos), se plante ante él y dé sus frutos...
Así es como cae al suelo gritando, con su voz rota y aguda, que toda su vida se está transformando.
Pero entonces resulta, como no puede ser de otra manera, que alrededor de cada uno de esos gritos hay diez inteligentes, bondadosos, prudentes y equilibrados, que dialogan entre ellos para indagar si no se estarán adelantando a los acontecimientos y si no se tratará de nuevo de otra de esas ideas tuyas sin futuro (me lo dicen con los labios secos), de esas ideas que brotan solamente en la oscuridad de la noche mientras que con la luz del día se desintegran, es decir, otro degenerado ejemplar híbrido que se arriesga a nacer deforme y con taras...
Tendrías que verme entonces a mí, aunque en realidad ya me has visto, ya que eso es lo que te ha repelido de mí, porque sé muy bien el aspecto que tengo en esos momentos, es como si les suplicara piedad, ni más ni menos, y es que para qué mentir, Miriam, si en lo más profundo de mí tengo muy claro que si pudieran tampoco a mí me «darían el certificado de apto» («usted no entra dentro de los parámetros establecidos», dictaminarían), así que correteo entre ellos casi en estado de histeria, mientras les suplico que también ellos se avengan a ver lo que yo veo, que por lo menos uno de ellos lo vea como yo, porque si uno más lo ve —basta con que haya ahí uno solo, no hacen falta más— al instante se hará realidad y quedará a salvo, y entonces también habrá algo «feliz» en mí, pero anda a explicarle algo así a ellos.
De manera que ya no puedo más (con esto te estoy documentando todo el proceso): ahora llega el jodido momento, ese momento en el que pienso, por ejemplo, que no valgo nada si no te envío esta carta, así que mi alma sale impelida hacia delante y levanto el vuelo, exactamente igual a como volé hacia ti, mira, incluso en este mismo instante, soy ese que vuela ahí, que sigue volando hacia ti, hacia quien quiera creer junto conmigo, mira, te vas a reír: soy yo, el fusible flojo de la red, de toda red, de toda conexión, de todo contacto, roce o unión posible con ellos, con aquellos; y también contigo ahora, al ver que esto se está viniendo abajo, que esto se apaga entre nosotros, te pido que creas en nosotros, quizá toquemos por casualidad una senda dorada, y es que casi la hemos tocado ya, ha habido unos cuantos momentos de luz, y me he acostumbrado a ti, a tu enervante rectitud de juez superior de justicia (y también a tus divertidas confusiones de palabras cuando te exaltas), y dónde voy a encontrar otra mujer madura tan infantil como para estar dispuesta a sumergirse en meditaciones sobre los primeros escarceos amorosos entre Adán y Eva y a complacerse pensando en cómo descubrieron por medio de la naturaleza lo que era bueno hacer, y la felicidad y la alegría que tuvo que suponerles descubrirlo exclusivamente por medio de la naturaleza...
Lo ves, me acuerdo de todo, puede que esté destruyendo las pruebas de tu existencia, por «la seguridad de la relación», etcétera, etcétera, pero en mi interior existes de un modo que me asusta, porque ¿qué voy a hacer ahora con toda esta nueva existencia que no quiere saber nada de mí?
Heme aquí en tu presencia: soy el pollino, soy la brecha en el muro, soy la fisura por la que se infiltran el error y la infidelidad —y hasta el ridículo — en casa; desde la infancia ha sido así, desde que me acuerdo de mí mismo: soy el orificio, con todo lo poco masculino que eso es, y ¿a qué otra persona podría decirle una cosa como esta? Pero créeme que, por lo menos, cuando me dejo llevar, cuando vuelo, entonces es cuando soy más yo, el yo que estaba destinado a ser, y de un modo sorprendente es un momento lleno de felicidad y además un momento pleno, es todo eso a la vez, y ojalá encontrara la manera de permanecer toda la vida dentro de un momento igual.
Después, claro está, viene el batacazo del aterrizaje, la gran polvareda que se levanta alrededor, el terrible silencio y el desencanto por todo lo que he sido por un momento, y entonces miro a mi alrededor con cautela y empiezo a congelarme por el frío que me recubre por dentro y me envuelve por fuera, un frío que solo los payasos y los tontos conocen.
Verdad es que una o dos veces en mi vida me ha sucedido ser simiente viva, una idea brillante, aunque por lo general, me quedo en escupitajo. Por una idea de esas me encuentro en esta fase de mi vida como Heine en su lecho-sepulcro, con unos cuarenta mil libros y revistas amontonados a mi alrededor, porque he tenido una idea, ¿lo entiendes? Una gran idea. A veces haces una gran aportación, como la de Nahasón, y entonces hasta en la Biblia tienes crédito, pero la mayoría de las veces resulta que la piscina, abajo, está vacía. Siempre, sin embargo, aunque te haya ido bien, en cierto modo estás muy solo cuando vuelves con los demás, a sus miradas reservadas que de pronto te parecen carraspeos oculares, y es que mi padre solía decirme: todo el cuerpo quiere mear, pero ya sabes a quién tienes que sacar para eso.
Así es como ahora me siento, y eso me mata, porque no puedo resistir esa mirada de tus ojos. Y es que por otra mirada tuya, completamente distinta, decidí tirarme de cabeza a vida o muerte, «Not less than everything», según el protocolo de T.S. Eliot, y ahora me reconcomo por no haber sido más cauto.
Porque podía haberte escrito una astuta carta de tanteo con mis verdaderas intenciones desdibujadas, para después irte camelando lentamente con un ligero flirteo hasta, por supuesto, conseguir un encuentro físico, todo según las leyes de los juegos del adulterio comúnmente aceptados por la comunidad adulta. Cuando pienso en las cosas que te he escrito, lo que te he contado de mi familia o las cosas que por ti me he dicho a mí mismo de mi familia, como esa terrible frase sobre las tres personas que viven juntas... ¡me dan ganas de autocastrarme, de arrancarme la lengua!
7 de junio
Basta, ya basta. ¡Qué noche más insufrible! (¡Y pensar que es muy posible que tú ni te imagines por lo que estoy pasando!) Todavía no te he contado cómo empezó todo exactamente. Es decir, te he contado bastantes cosas, creo que hasta treinta veces te las he repetido, pero en realidad he hablado solamente de ti, de lo que vi en tu persona, y no estoy dispuesto a despedirme sin que sepas qué es lo que me pasó a mí en esos momentos.
De manera que seré breve para que acabemos de una vez con esto. Una tarde, hará unos dos meses, te vi. Estabas en medio de un grupo de gente que se arremolinaba a tu alrededor y, sobre todo, alrededor de tu marido, un regimiento de profesores y respetables pedagogos que se decían unos a otros, suspirando, lo difícil que es la educación y el mucho tiempo que debe transcurrir hasta que se ven los frutos. Naturalmente que alguien evocó entonces la historia de Joni, el trazador de círculos, y la del anciano que plantó un algarrobo para sus nietos, y tu marido, es decir, «tu hombre» (porque me da la impresión de que se considera tu dueño y señor), empezó a hablar de un complicado experimento genético en el que lleva trabajando desde hace ya diez años, pero de cuyos detalles no me acuerdo muy bien porque no estuve demasiado atento, por lo que te pido que le expreses mis disculpas. La triste realidad es que lo que contaba era larguísimo y tedioso, con muchísimas demostraciones, algo acerca de la fecundidad de las conejas, creo, y del instinto de la reabsorción de los fetos por parte del útero en tiempos de escasez (¿?), pero ahora eso no tiene importancia, sino el hecho de que todos estaban escuchándolo, porque tiene una sorprendente seguridad en sí mismo y una forma de hablar muy peculiar, muy sosegada y autoritaria. Alguien como él sabe que desde el momento en el que él abra la boca todos se van a callar para escucharlo, además de que utiliza profusamente expresiones de la cara llenas de la sabiduría de un macho adulto, con esas mejillas tan alargadas que tiene, esas mandíbulas tan desarrolladas y las cejas tan bien pobladas... Te juro que has tenido mucha suerte, Miriam, porque conseguiste el macho mejor plantado del rebaño, tanto que Darwin se inclina ante ti con una reverencia para saludarte desde la tumba, además de que hacéis una buena pareja y os complementáis hasta el punto de embelleceros mutuamente, mientras que en cuanto a mí, yo todavía era libre, es decir, libre para equivocarme.
Tu marido de repente se rió, eso es: recuerdo muy bien cómo me impresionó esa risa tan potente y varonil que a borbotones manó de él, y de cómo me encogí, como si me hubiera pillado en una actitud vergonzante. Ni siquiera sé de qué se rió, o de quién, pero todos se rieron, puede que solo para chapotear un poco con él y su brillante y autoritario carácter. Yo, por casualidad, fue a ti a quien miré, puede que porque eras la única mujer que había allí; buscaba en ti comprensión, o protección, y fue entonces cuando me di cuenta de que tú no te reías. Muy al contrario, te estremeciste y te abrazaste rodeándote con los brazos. Quizá fuera su risa, que sin lugar a duda amas, la que despertó en ti algún recuerdo doloroso, o puede que sencillamente te asustara, como me pasó a mí.
De cualquier modo, los demás siguieron hablando y conversando, cosa que todos ellos saben hacer de maravilla, pero tú ya no estabas allí, y lo más sorprendente es que me apercibí perfectamente de cómo te escabullías de ellos sin moverte de donde estabas, cómo aprovechaste el momento de distracción general para desaparecer, y también me di cuenta de adónde te ibas. En tus ojos hubo algo que se abrió y que se cerró, una puerta secreta parpadeó por un instante, y de pronto ya solo tu cuerpo seguía allí de pie, triste y abandonado por ti (ya nunca podré hablarte de él, de tu cuerpo claro y tierno, entre de mantequilla y de miel), y tenías la cabeza ligeramente inclinada mientras te abrazabas con las manos como si acunaras a tu yo-niña, a tu yo-bebé. En la frente empezaron a aparecerte unos pliegues de sorpresa, como los de una niña que estuviera escuchando un cuento largo, complicado y triste, y tu rostro se puso a navegar sobre tu rostro y sin saber cómo noté que mi corazón salía a tu encuentro como un pollino, porque debe de haber una brecha donde me falta la costilla, aunque después todo ha resultado engullido conmigo mismo.
(No te preocupes, que ya salgo de tu vida, esto no son más que los últimos coletazos.)
Ahora también me acuerdo de que al momento se abalanzó sobre ti un grupo grande de alumnos, ¿lo recuerdas?
Es muy extraño cómo había borrado esto de mi mente hasta ahora: literalmente te raptaron del corro de los adultos para hacerse una foto contigo y casi se te llevaron en volandas. Durante un instante pasaste por delante de mí, así que pude ver que seguías soñando, aunque intentabas sonreír hacia el mundo exterior, con una sonrisa completamente distinta ahora, radiante, de cara al público, ¡mira que habérseme olvidado!
Aunque puede que no se me olvidara, sino que por la mirada emocionada y precipitada que le dediqué a ese mecanismo tuyo, supe enseguida que lo ibas a entender.
Porque se trataba de un momento tuyo «ignominioso». Incluso sin entenderlo, seguramente hubiera sido capaz de identificarlo. Esa sonrisa, un poco torcida, una sonrisa de campaña electoral fue la que asomó a tus labios un instante... Pero, dime, ¿de qué demonios estoy hablando? ¿Tú? ¿Una campaña electoral? Pues sí, naturalmente que sí, nunca me equivoco en estas cosas. Así que tú también, ¿eh? Ser reelegida una y otra vez, seducir, sí, cautivar a los desconocidos (ahora todavía lamento más que no vayamos a seguir juntos).
Y los alumnos, no sé si te diste cuenta, porque quizá todavía no habías recuperado la conciencia por completo, todavía unos adolescentes pero muy crecidos y fornidos, de cráneos rapados, luchaban por el privilegio de estar lo más cerca de ti posible, de tocarte, de robarte una mirada o una sonrisa mientras te decían a gritos lo que en ese momento les parecía más importante y urgente, y la verdad es que resultaba bastante cómico de ver.
«Cómico» no es la palabra exacta. Lástima de pájaro detector de mentiras. Porque incluso en el chico que se mantenía completamente a un lado podía apreciarse que se le habían despertado unas extrañas e inesperadas ansias, que ahora me resultan turbadoras al rememorarlas, unas ansias repentinas y salvajes por abrir enloquecidamente una boca hambrienta e insistente de polluelo, yo, señorita, yo, aquí, aquí, yo...
Ya basta. A cada palabra que pronuncio me rebajo todavía más. Por favor, coge una hoja de papel y escríbeme unas palabras, o simplemente una, sí o no. No me veo con las fuerzas necesarias como para recibir ahora una extensa carta tuya. Escríbeme, lo siento, he intentado acostumbrarme a ti, me he esforzado todo lo que he podido, pero no he sido capaz de sobrellevar tus desasosiegos y alucinaciones.
Está bien, de acuerdo. Eso está hecho. Por lo menos ahora sabemos a qué atenernos. Seguro que yo continuaré por un tiempo gritando tu nombre para mis adentros, en mi corazón. Pero al final, acabará por cicatrizar. Puede que vaya a Ramat-Rajel o a otro lugar de las afueras, a algún sitio en el que no haya gente y que nos pertenezca un poco, y grite con todas mis fuerzas, ¡Miriam, Miriam, Miriam!
YAIR
No te preocupes, solo será un día, o un par de días. Después, poco a poco las letras se irán desprendiendo y no quedará más que mi grito llamándote, ¡hi-ha, hi-ha!
10 de junio
Ha coincidido que tu carta ha llegado justo cuando me encontraba al límite de mis fuerzas. He abierto el buzón, por costumbre, como decenas de veces durante la última semana, y ahí estaba el sobre blanco. Me he quedado mirándolo sin sentir nada más que cansancio. Y puede que también espanto. Porque tenía la esperanza de haberme acostumbrado a la idea de que todo había terminado, que había quedado congelado para siempre, así que ¿de dónde voy sacar fuerzas para soportar los dolores del deshielo?
Por supuesto que la he leído. Una vez, y otra, y de nuevo una y otra vez. Todavía no puedo entender cómo he podido venirme abajo tan deprisa por una pausa de tan solo una semana. ¿Me creerás si te digo que la sensación que me da es que has estado desaparecida durante por lo menos un mes?
Es como si no hubiera hecho más que esperar la ocasión para flagelarme como lo he hecho.
Por hoy, no tengo más que añadir. Estoy muy contento de que hayas vuelto, de que hayamos vuelto, de que ni siquiera se te haya pasado por la mente desaparecer de mi vida. Sino todo lo contrario.
Y es que sigo enfadado contigo porque no se te haya ocurrido pensar en lo mucho que me ibas a hacer sufrir. Que no me conozcas, precisamente tú. Por lo menos me podías haber enviado una nota, antes de marcharte. O una tarjeta postal desde la estación central de autobuses de Rosh-Pina. No te hubiera llevado más de diez minutos, y a mí me lo habrías ahorrado todo.
Por otro lado, empiezo a creer que en realidad no me hubieras causado un sufrimiento como el que he padecido si hubiera estado en tus manos no hacerlo.
Así que este es un punto optimista para ponerle como fin a esta descafeinada carta, y es que, hasta nueva orden, a ti no te quedó otra elección.
10-11 de junio
No es una respuesta, en absoluto se trata de una respuesta como la que se merece tu carta, que cada vez que la releo se me va clarificando en toda su profundidad, y sobre todo, bien lo sabes, me has liberado a través de ella, hilo tras hilo, de las redes de mí mismo, sin que me haya sentido turbado por el concierto de jugos gástricos que te interpreté.
(¿Así que están de acuerdo en el trabajo? ¿Te dan dos semanas antes de final de curso?
¿Y qué dicen en tu casa?
Aunque eso no es asunto mío.)
De nuevo me sorprende, como siempre, que me confunda ese contraste entre tu seriedad, tu sensatez, tu equilibrio y tu sereno instinto maternal, por un lado, y de pronto, tu ligereza de movimientos, esos bandazos que das, tus arranques inesperados, inesperados incluso para ti. Te veo caminando de un extremo al otro del bosque de encinas junto al Mar de Tiberíades, muy erguida y seria, rodeándote fuertemente con los brazos, en busca de un momento de paz, de la tranquilidad perdida, apartándome de tus pensamientos una y otra vez...
¿Esto? Esto no es más que una sonrisa. Me acabo de acordar de cómo en las primeras cartas repetías una y otra vez que te resultaba difícil creer que una mirada furtiva que te hubiera dedicado podía haber llegado a provocarme semejante tempestad interior («¿Y si no tengo nada al otro lado de la cara, y si no tengo un segundo perfil y lo único con lo que te has quedado es con la imagen de una mujer en la noche?»), aunque poco a poco te empezaste a decir a ti misma que en realidad así es como empiezan siempre estas cosas, con una mirada a una persona extraña. Mientras que ahora has escrito, allí en la roca, que puede que solo «una mirada física y estrecha de miras» podría convertirnos en dos extraños...
Antes, cuando me he despertado (ahora son las tres y media), he ido a sentarme a la oscuridad del salón, acurrucado en un sillón, y he estado pensando en ti, en mí y en lo que de repente nos está sucediendo a mitad de la vida, y me he alegrado de tener la ocasión de estar un poco solo en casa en medio de un completo silencio, así que te he invitado a acompañarme y tú has venido. Por lo general, en la vida diaria, me esfuerzo por no pensar en ti cuando estoy aquí y pongo mucho cuidado en tener en cuenta la separación de dominios. Dudo si contarte cuándo es el momento en el que siempre me acuerdo de ti, pero siempre, siempre, y es en la ducha, o cuando, qué le vamos a hacer, voy a mear. Sí, cuando me la veo.
He intentado averiguar si yo podría ser capaz de servirle de pararrayos a alguien. Vi que eso te preocupaba mucho, pero me resulta difícil dar una respuesta clara. Una respuesta realmente sincera. Antes nunca me habían pedido una cosa así. Nunca me lo había preguntado nadie. Pero tampoco nadie antes me había preguntado nada tan directamente como tú, con tanta firmeza y determinación como tú, ni con tanta urgencia.
Parece ser que enseguida veían en mí la respuesta.
¿Te acuerdas de que te escribí que, desde el momento en que te vi, noté en mi interior, por primera vez en mi vida, un potente y clarísimo deseo de tener dentro de mí a otro hombre? Puede que esa sea la respuesta indirecta a tu pregunta. Ahora soy yo el que me pregunto si todavía lo deseo, y me respondo a mí mismo que sí, y mucho más que antes. Incluso muchísimo más.
Dime, ¿cómo es posible que no me asuste desear una cosa así, cómo puede alguien estar dispuesto a meter dentro de sí a otra persona? En serio, Miriam, esta noche he comprendido de pronto algo sorprendente y hasta estremecedor por el hecho de reflejar tanta generosidad y benevolencia, y es que alguien sea capaz de dejar que otra persona entre en él, aunque solo sea en su cuerpo. ¡De repente no me ha parecido nada normal algo que atemoriza tanto por naturaleza! Y la gente lo hace sin pensar (eso es lo que ha llegado a mis oídos), penetran y se dejan penetrar, y hasta un polvo no es a menudo más que un cliché, aunque ¿puede que precisamente sea necesario no entender nada para que sea posible semejante intrusión?
Imagina que por un momento he temido no poderlo hacer más, esos conocidos movimientos de natación. Hacerlos mecánicamente, me refiero.
Invadido por cierto pavor, seguramente, me he refugiado en uno de mis pasatiempos favoritos: me he puesto a reconstruir mentalmente, con los ojos cerrados, uno de los polvos de mi colección privada, y tú eres la primera persona a la que se lo cuento (quizá porque me hablaste de la primera vez que lo hicieron Adán y Eva). Esto me recuerda que de niño intentaba reconstruir mentalmente partidos de fútbol enteros, mientras que hoy, qué se le va a hacer, me recreo en los polvos, mis pequeños adulterios, la manera más convencional de saltarse los convencionalismos, tal y como me lo formuló una vez Nabokov durante un largo viaje hacia una base en el Sinaí.
No soy capaz de revivirlos todos, claro está, como mucho seis o siete (hace ya algunos años que no añado ninguno nuevo a la colección), los más especiales, esos de los que extrañamente fui más consciente y más me fascinaron, en los que soñaba despierto entre completamente sonámbulo y plenamente lúcido, en los que notaba cada movimiento de la mano de ella, lo que decía y cómo respiraba, hasta el punto de que puedo reconstruir la curva de la cadera y el lugar exacto de los lunares (¿dónde los tienes tú? El de debajo del labio, lo conozco y además me parece como un microfilm que escondes en tu cara de aspecto inocente, pero ¿dónde tienes más?), nada se me escapa en esta silenciosa rememoración, y no me preguntes cómo lo consigo, porque no tengo ni idea: soy como esos genios del ajedrez que recuerdan de memoria cientos de partidas con todos sus movimientos, así que quién sabe, Miriam, puede que esta sea mi genialidad, mi verdadera vocación (mi arte...).
Ahora voy a cerrar el sobre y dará comienzo el gozo de una ilusionada espera.
YAIR
(Por la mañana)
De todas formas, quiero que sepas con quién estás tratando. Me parece que esta noche me he hecho a mí mismo ciertas concesiones o «rebajas» con respecto a lo del «pararrayos».
Porque yo necesito conservar todas mis fuerzas para mantenerme equilibrado y no puedo ceder ni un solo milímetro que me aparte del equilibrio completo y exacto. No me enorgullece especialmente tener que escribir esto, pero es que tengo los nervios a flor de piel y ya has visto lo que pasó hace tan solo una semana, que asusta la facilidad con la que los pierdo y me derrumbo en un abrir y cerrar de ojos. Qué fácil es desear no ser, renunciar a todo.
¿Y tú me preguntas si puedo ser el pararrayos de alguien? ¿Yo? Pero si todos los que me rodean tienen que estar siempre en plena forma física y mental, además de que por supuesto que has dado en el blanco cuando has escrito sobre Maya y sobre la «base madre», sí, eso es, exactamente, y sin posibilidad de apelación, de manera que es maravilloso cómo todas las personas próximas a mí se esmeran en cumplir las condiciones obligatorias que les permiten pertenecer a mi selectivo club.
Ya está. He vomitado. Lo más miserable que hay en mí. Miserable, mimado y débil, pero es muy importante para mí que lo sepas. A veces hasta me sorprende lo obedientes que son todos y cómo sin planteárselo cumplen las órdenes que les doy; nacen todos sanos, crecen bien y no se dejan seducir de pronto por una enfermedad incurable o por cualquier defecto físico, ni tampoco se mueren, porque conmigo no hay muerte que valga. Ni tan siquiera a una edad avanzada, sino ¡solo después de mí! Hasta mis padres, por lo visto, van a tener que seguir en este mundo para ahorrarme sufrimiento, por no hablar concretamente de mi padre, que lleva ya varios años atrapado al borde de la muerte por esta ley draconiana impuesta por mí.
Pero como comprenderás no solo la muerte debe obedecerme. Toda excepción, todo desvío de esta bendita rutina en la que me muevo, está prohibida. Si Maya, por ejemplo, pensara una sola vez, si solo pensara en la posibilidad de dejarme, de enamorarse de otro tipo y abandonarme a la suerte de la jauría de perros sanguinarios que son mis celos, ese sería mi fin, tal y como lo oyes, un martillo de cinco kilos en el corazón del pájaro detector de mentiras. Se trata de una ley no escrita: quien quiera estar cerca de mí tiene que comprometerse a cuidarme. Cualquier idiota puede así comprender lo fácil que es matarme. Una sola mirada intencionada bastaría. No es broma: en algún lugar de mi mente estoy convencido de que cualquiera que me vea, incluso por la calle, hasta sin conocerme, se da cuenta enseguida de dónde debe tocarme una sola vez para hundirme o cómo llegar a neutralizarme con una sola palabra. Y a pesar de eso, parece ser que las personas que hoy me rodean no se aprovechan de ello, vete tú a saber por qué, y no me dan el golpe de gracia, cosa que no acabo de entender y que hasta me hace sospechar que algo estarán tramando contra mí, y tú también, sí, tú, la invisible que estás ahí solo en forma de escritura, vigílanos, cuídanos bien a los dos, incluso en los momentos en los que me veas en el estado más lastimoso, reducido a la mitad, sé tú, entonces, doblemente fuerte, tú puedes, noto que te sobra coraje para ello, sé nuestro guardaespaldas (qué interesante que en hebreo se diga «guardacabeza» y en inglés bodyguard).
No estoy tan seguro de ir a mandarte este engrudo. ¿De dónde habrá salido? No sé por qué me atraviesan unas turbias corrientes de este tipo justamente cuando durante la noche me he sentido tan cerca de ti. Pienso en lo que me has dicho en tu última carta, que a veces me invade un extraño impulso por afearme ante ti; en ese extraño sueño que has tenido sobre el verdulero que ponía los tomates podridos en la parte de arriba, pero tienes que tener en cuenta que a pesar de todo te estoy dando algo que jamás me había atrevido a darme a mí mismo.
Tengo que mandarla, ¿verdad?
11 de junio
(Ni siquiera he tenido que esperar cuatro horas. Por lo visto se han cruzado por el camino. Cuando leas la mía comprenderás lo extraño que es que me respondas a cosas que todavía no has leído.)
Miriam, creo que la historia de nuestro encuentro entre los aspersores no es correcta. No es así como a mí me gustaría haber llegado hasta ti.
No solo porque te rieras de que yo me negara a creer en un milagro tan banal como el encuentro verdadero de dos personas, ni tan siquiera en el autobús, en el banco, en una reunión de antiguos alumnos o simplemente en una verdulería, sino porque realmente de pronto dos extraños que están sentados en el césped se encuentren al momento abrazados en medio del agua nadie sabe cómo, sino porque después de tu carta, después de que hayas dicho que me esfuerzo tanto por maquillar la realidad... No sé, de repente me ha parecido demasiado real y forzado, un espectáculo de pirotecnia acuática que no te va nada ni pega con la ternura a la que yo quiero llegar contigo y al silencio que te envuelve y, sobre todo, no con lo que has escrito en las últimas líneas, ese sorprendente ataque que parece haberte dado y que no sé todavía cómo tomarme.
De cualquier modo, para mí es muy importante que te avengas a que los «aspersores» también entran dentro de lo posible y, sobre todo, que entre nosotros todo es posible: tendremos montones de primeros encuentros como ese y cada vez nos redescubriremos, porque ¿qué necesidad tenemos de renunciar a nada?, ¿por qué renunciar a todo si yo contigo lo quiero todo? Porque solo contigo puedo quererlo todo ya que quizá por medio de ese «todo» derrochón lleguemos a descubrir poco a poco la cosa única, la piedra preciosa que solo puede formarse entre nosotros pero que no puede darse entre otras dos personas.
Naturalmente que tienes toda la razón al decir que la realidad misma es un milagro y una maravilla; me vas a perdonar, pero yo también sé decir esas cosas tan bonitas en un tono velado y tierno. Lo que sucede es que no debes olvidar que, al fin y al cabo, también la «realidad» es un compendio de casualidades concretas y únicas sobre una enorme bola en la que bullen miles de posibilidades que nunca se materializarán y que cada una de ellas podría contarnos una historia completamente distinta de nosotros mismos, interpretarnos una música diferente para que sonáramos de otra manera, así que ¿por qué no llegar el uno al encuentro del otro desde los lugares más inesperados, desde el lado oscuro del cerebro?
Lo que yo quiero es tener diez episodios diferentes de cómo te he conocido, ¿por qué no?, y que cada uno de ellos haga hablar y gritar en mí a un hombre completamente distinto cada vez, a un hombre que me resulte desconocido. Es por eso por lo que las personas se unen unas a las otras, ¿no? Y es que es exactamente igual a la pregunta que aquí me haces, de si alguna vez, realmente, tendré el valor de mirarte bien fijo a la profundidad de los ojos y leer para ti lo que tú misma no estás dispuesta a leer en ellos. Ojalá pudiera responderte con una total seguridad, pero no lo sé (¿puede que fuera por eso por lo que desde el primer momento me quedé oculto en un ángulo muerto para ti?).
¿Te estoy pidiendo demasiado? Puede, pero para qué conformarse con poco si eso es lo que nos pasamos haciendo toda la vida, «conformarnos», mientras que contigo quiero tocarlo todo, y con unos gestos amplios y generosos, como si se tratara de la última vez de mi vida, así que ¿cómo puedes detenerte justo en el momento en el que por fin habías empezado a entregar algo verdaderamente profundo de ti misma?, «mis vergüenzas», has dicho, como si te lo estuvieras tomando a broma, ¿o es que estabas solo probándote una de mis palabras?, aunque después ya lo has dicho en serio, ¿a que sí? «¿Y si dejaras de una vez de llamar a las ofensas que te han ido haciendo con la palabra “vergüenzas”?», has dicho con una furia inesperada, pero he notado que te has quedado prendada precisamente de esa palabra, como si tuvieras que repetirla una vez y otra y otra más, lo mismo para quitártela de encima que para volverla a tocar otra vez, «¿y qué relación puede haber entre ofensas, heridas y vergüenzas?». «¿Y por qué noto constantemente en ti ese extraño placer que te produce volver a mezclar siempre de nuevo la herida con la vergüenza?» Cuanto más has repetido esa palabra, más se te ha pegado, así que tú...
Quiero que me expliques, Miriam, qué significa esa batalla que libras a veces para terminar un día más con el deseo firme de levantarte a la mañana siguiente, ¿de qué es de lo que estás hablando, exactamente, y de dónde te has sacado esa idea tan loca y demencial de que tú eres una persona a la que le está prohibido crear nada nuevo en el mundo? El inestable y el destructivo de esta relación soy yo, ¡no lo olvides!
(O quizá sea, ahora que lo pienso, una especie de visión imaginaria, quizá se trate de la historia que escoges contarme acerca de ti, pero ¿por qué precisamente una historia tan espantosa?)
¿Entiendes en el estado en el que me has dejado? No me has explicado nada, «a veces la sensación de que todo ser vivo, incluso los dos gatitos que Nili parió ayer y que como siempre ha delegado en mí la responsabilidad de alimentar, incluso ellos, a ratos, son en mis manos como fuego robado», y ahí te callas sin más. Quedaban varias líneas vacías hasta el final de la cuartilla y no supe cómo llenarlas, la imaginación me volaba desbocada y cuando volviste a aparecer ante mí ya te habías recompuesto y me contabas algo nimio e irrelevante, si me permites esta observación de profesora; tengo la impresión de que lo que querías era terminar la carta de una manera educada, y me parece estupendo que tu hijo se encuentre inmerso en estos momentos en la magnífica misión de aprender a contar hasta un millón (una manera como otra cualquiera de perder el tiempo en esta vida), pero así, por lo menos, has dicho por fin y abiertamente que tienes un hijo, porque yo ya empezaba a estar preocupado, pero ¿cómo, entonces, has podido dejarme así después de las cosas que has escrito?
Basta, basta ya de seguir apretando los puños, nuestros secretos más sombríos son siempre más pequeños de lo que creemos, así que entrégate, entrégate sin reservas, escríbeme, por ejemplo —en una carta completamente aparte— una sola frase, qué es la primera cosa, el primer pensamiento, la idea que vuela hacia ti cuando lees esta carta (¡sí, sí, ahora! Apúntalo en este momento, mételo en un sobre y mándalo, antes que la carta «oficial» de respuesta, antes de que te sumerjas en las complicadas divagaciones que en lo más profundo de ti me dedicas).
14 de junio
¡Pum!
¿Ya me toca a mí?
Después de habernos acostado, dormiremos pegados el uno al otro. Tu espalda contra mi vientre, y cerraré los dedos de los pies alrededor de tus tobillos como grapas, para que no desaparezcas por la noche, hasta convertirnos en la foto de un libro de ciencias naturales: el corte longitudinal de un fruto del que yo soy la piel y tú la pulpa.
YAIR
P.D.: No creí que fueras a llegar a tanto.
17 de junio
Y cuando nos acostemos, quiero cerrar los ojos y tocarte con delicadeza la línea del vello, por la zona de debajo del ombligo (del pupo), para sentir con la punta de los dedos ese sitio, uno de ellos, esa zona tan delicada y sedosa en la que te convertiste de niña en mujer.