Tú serás mi cuchillo
Yair
Este capítulo es largo, así que está dividido en 11 partes.
Lo raro es que, aparte del dueño del hotel, todavía no he visto por aquí ni un alma. Cada vez que salgo de la habitación, el lugar se me aparece vacío y abandonado.
Si alguna vez nos acostamos, haremos el amor muy despacito, como durmiendo. Ahora lo veo como dos fetos que se buscan el uno al otro con unos movimientos muy lentos y con los ojos cerrados.
Miriam, he estado trabajando toda la noche. He sentido la necesidad de hacer algo para luchar contra mí (o por lo menos para representarte honrosamente en tu lucha contra mí). No puedo rendirme de esta manera, sin tan siquiera luchar, pero es que los ruidos a mi alrededor están empezando poco a poco a volverme loco. He pegado tus cartas a las paredes. Un trabajo agotador. Ni me imaginaba lo mucho que me has escrito. Me gustaría saber lo que sentirías si estuvieras aquí.
Destrozado, mareado, muerto de sueño, y sin embargo me limito a sonreír como un idiota.
(Sueña que duermes.) De repente me encuentro lleno de una burbujeante alegría. Con una sensación como de que las paredes te murmuran.
Hay algo turbador y lleno de movimiento ahora en la habitación. Da un poco de vértigo mirar alrededor. Ha sido como inventar una especie de crucigrama (que define al que lo ha ideado). Al principio puse mucho cuidado en dejar las cuartillas de cada familia juntas, pero después me he rendido. De cualquier modo todo revolotea embarullado. Durante la última hora he ido pegando las hojas tal y como caían en mis manos. He hecho todo tipo de injertos. Citas a ciegas. No importa. Y es que como tienes la virtud de escribir de corrido, todas tus cartas enlazan entre sí manteniendo una conversación que nunca cesa.
Yo también puedo ahora organizarme una lotería. Andar por la cama con los ojos cerrados, abrirlos y escoger una frase: ... hasta el día de hoy recuerdo la sensación física del terror que arrastrándose me iba invadiendo hasta petrificarse en el lugar en el que un día conocí la alegría de la vida. El terror de que todo lo que había bueno en mí nunca le sería entregado a nadie, que nadie lo querría. ¿Qué sentido tiene entonces mi existencia?
(He dado otra vuelta, ¡y la suerte ha caído de nuevo en la misma hoja!)
... Ya he empezado a sospechar que es posible que «esa cosa» no se pueda entregar, que no pueda transferirle de una persona a otra, y que todos los demás lo saben desde hace tiempo. Puede que ese sea el gran secreto que les permite seguir adelante, es decir «vivir», encontrar una pareja y diseñar juntos una casa con tejado y chimenea, ser los amantes-inteligentes del poema de Natan Zach:
Ningún huésped vendrá en una noche como esta y si viene, no le abráis la puerta. Es tarde y solo el frío sopla en el mundo.
Y yo no dejo de pensar en la suerte que he tenido de haber conocido a una pareja de amantes-no-inteligentes que me han abierto la puerta en una noche como esta.
«¿Yair?
»Yair, despierta, que soy yo...
»Yair, no te vuelvas a quedar dormido...»
Así es como me mantengo despierto, pronunciando mi nombre con tu boca.
Porque he empezado a tener miedo de dormir. Sé muy bien que en cuanto logre sumergirme en el sueño por un momento y olvidarme de dónde estoy, fuera se va a oír un grito, o un gemido, o los muelles de una cama, y no estoy dispuesto. Ya llevo tres noches así.
Al final de la carta en la que incluías tu «pequeña teoría», cuando creías que quizá mereciera la pena que intentara escribir cuentos, tú escribiste a tu vez:
Yair...
Yair, Yair...
Allí.
¿Dónde estoy yo y dónde Yair?
Otra vez es de noche. ¿Adónde se han ido aquí los días?
Yo me vacío de mí mismo, y tú te haces tangible.
Tus idas y venidas por la casa, desde la cocina por el pasillo hasta la terraza. Llevas bordada la sombra de la buganvilla en los brazos. El aroma de tu crema de manos que emana de las hojas que me rodean me envuelve con una sensación de hogar, aquí.
Una y otra vez te creas en mí. Nosotros no estamos en esta vida, ¿lo recuerdas? Pero todo lo que has escrito vive. Tu vida me vive a mí. Tu cara. La dibujo mentalmente repasando cada facción. Te visto, te desnudo, pausadamente, prenda por prenda. Me hablo a mí mismo con tu exacta forma de hablar, con tu voz escrita, con esa gota de tristeza en la punta.
Ya no es un secreto entre nosotros, me dices (¿quieres la referencia exacta? Dos dedos a la derecha de la puerta), que tenemos unas ideas sorprendentemente parecidas. A veces noto cómo fluyen por las cartas como corrientes eléctricas, con la tensión que hay en ellas, con el continuo temblor y su peligro. Pero tú sabes muy bien que el parecido que hay entre nosotros consiste, entre otras cosas, también en lo que tú has dado en llamar «los turbios vericuetos del alma», justamente en ellos, y con una fuerza inusitada. Quizá ahora comprendas por qué deseo tanto poder estar cerca de quien me recuerda las cosas que menos me gustan en mí.
No lo sé. En realidad, qué poco es lo que sé. No me resulta fácil descubrirlo aquí, contigo extendida ante mí, que tus preguntas siempre son mucho más profundas que mis pensamientos. Así que puede que sea mejor que esta pregunta te la contestes tú misma. Mira, eso que has dicho, por ejemplo, cuando éramos hermano y hermana en los convoyes de prisioneros que se alejaban... Y quiero conocer todos los recovecos de tus sentimientos y de tus pasiones, los visibles y los clandestinos, los turbulentos y los tortuosos, porque del lugar del que manan, todos ellos, incluso el que te llevó hasta la puta, ese, a mis ojos, ocupa un lugar primordial, es un manantial vivo y querido que yo deseo...
Una noche dentro de una noche dentro de una noche. Este hombre ya no piensa más en nada. Este hombre ni siquiera piensa en las paperas ni en sus pobres huevos. Este hombre solo quiere dormir y dormir, hasta que la pesadilla llegue a su fin, y después olvidarlo todo. Este hombre ha cortado de repente con un cuchillo el cable del teléfono de la habitación. La cuestión es que he estado a punto de llamarte para que vinieras.
Te has perdido un gran momento: el recepcionista ha entrado repentinamente, sin llamar a la puerta, o quizá haya llamado y yo no lo he oído (tengo toneladas de papel de váter enrollado en los oídos para amortiguar un poco los ruidos). Me ha sorprendido de pie en la cama y leyendo la pared, porque así es como paso buena parte del día, y ha visto las hojas que cubren los muros. Ha querido decir algo, pero no se ha atrevido. Ha desaparecido en silencio. Yo, por una iluminación repentina, he empezado a leer en voz alta cuando él ha entrado: «... Noto despertarse en mí el deseo salvaje de jugar a ese extraño juego tuyo y que consiste en encontrarme contigo solo a través de las palabras, tal y como tú propones, perder el juicio entre estas hojas, mezclarme con tus imaginaciones y comprobar hasta dónde eres capaz de arrastrarme...».
Tendrías que haberlo visto: su rostro ha adoptado una expresión compleja y poco frecuente, una mezcla de asombro y sobresalto. Quizá haya creído que he inventado, en este humilde cuartucho, una nueva forma de perversión que incluso él todavía no había visto. He alzado una mano por el aire y clavando los ojos en la pared he seguido leyendo: «... porque tengo bastante claro que este juego de las palabras lo tienes que saber jugar muy bien y el instinto femenino me dice que quizá en cuanto a palabras e imaginación “eres el mejor”, más que en ninguna otra cosa de las que haces, así que ¿por qué no encontrarme contigo en lo que mejor haces?».
El tipo ha cerrado la puerta muy despacio al salir con una especie de veneración reservada, normalmente, para los verdaderos locos. No cabe ya la menor duda: aquí estoy empezando ya a hacerme respetar.
Todavía es por la noche. No hay reposo, te escribo acostado, acurrucado, envuelto en el murmullo incesante de tus palabras, de tus pensamientos y recuerdos de todo lugar y tiempo, que todo junto fluye a través de mí entrando y saliendo de mí como el agua, la casa rebosante de la alegría y el alboroto de Ana, sus tres hermanos, sus padres, y el hebreo holandés tan cómico que hablaban, y las clases de piano gratis que te daba su padre, «¡y ahora, después de Brahms, vamos a tocar el Edelweiss Gleid de Vanderbeck, como divertimento en un café!». Y tu madre, que celosa intentaba evitar que pasaras allí tus ratos libres, su sonrisa torcida, como si se apresurara a barrer la huella que pudiera dejar en el mundo, y no me atrevo ni a imaginarme lo que dijo ni qué negro veneno filtró cuando se supo lo que tenía Yojai.
Y Yojai. Mucho Yojai.
¿Sabes qué?, desde que me contaste lo de sus accesos de cólera, miro toda cosa bonita dos veces. Así lo he decidido. Una vez por mí, y otra por ti. Para resarcirte un poco, a mi limitado modo, por la belleza de la que no te puedes rodear en casa y que sé cuánto la necesitas, como el aire que respiras. Ahora me vuelvo a dar cuenta de lo ciego, indiferente y precipitado que soy, así que temo haber perdido para siempre el deseo primigenio y natural del gusto por la belleza.
Tu nombre, no te lo he dicho, cada vez más lo pronuncio para mí, «Miriam», y lo digo en lugar de muchas palabras. Miriam significa entiende, ven, tómame, estoy bien, estoy mal, secreto, crecer, silencio, tus pechos, tu corazón, respirar, y compasión.
A pesar de todo, ¿no quisisteis tener otro hijo? ¿Os dio miedo? ¿Lo estáis intentando o queréis entregaros por completo y en exclusiva a él? Cuánto callas en estos asuntos, sigues con los dedos cerrados formando un puño.
Tuviste razón al evitar escribirme el nombre «oficial» de su enfermedad. Para que ese nombre no se cambie paulatinamente por el suyo. Pero ¿hasta qué edad podréis dejarlo en casa? (y ¿cómo, cómo habéis conseguido hasta ahora no tener que llevarlo a un centro?).
Pronto empezará a crecer y con él crecerán también las dificultades. No te estoy diciendo nada nuevo. También será físicamente mucho más fuerte que tú, y ¿entonces, qué? ¿Cómo vas a dominarlo durante las crisis? ¿Cómo vais a evitar que se escape a la calle?
«... Ya lo sé, que lo tendré especialmente difícil cuando le cambie la voz.» Y en otro lugar escribiste, como de pasada, que la voz es la cosa más bonita que tiene.
(Es ahora cuando relaciono por primera vez esas dos frases.)
Simples pensamientos, filosofía barata.
Quizá, frotándonos los ojos, como soñé una vez, las lágrimas que broten serán completamente diferentes a las que conocemos normalmente. Me refiero a que quizá sean más dulces que la miel, porque manarán de un oculto lacrimal de reserva, del que no conocíamos su existencia. La única parte del cuerpo que fue creada desde el conocimiento de que nunca, durante toda la vida, será usada. Una broma privada y triste de Dios, que supo de antemano con quién iba a tenérselas que ver, porque la fuerza de atracción de la gravedad puede, por lo visto, ser dominada, pero no así la fuerza del rechazo y la repulsa de un ser que al ver a otro ser próximo y abierto, pone las luces intermitentes de un guardia de fronteras.
En este momento te necesito tanto, Miriam... Ven conmigo. Siéntate a mi lado en la cama, ignora los ruidos que nos rodean, los olores, concéntrate en mí, mírame solo a mí, acaríciame la cara en silencio, sin sexo, y di «Yair»...
Abre una ventana de par en par. Si la abres tú, las vistas serán otras. El billar de abajo desaparecerá, desaparecerán también los tendederos con las toallas y las sábanas usadas. Los cubos de basura, los bajantes, las ratas que corren allá abajo. Incluso el lisol se evaporará. Entrará el aire que tú hayas traído de lejos, de Beit Zait. ¿Qué te parece si intentas hacerme reír un poco? ¿Por qué no? Hace ya unos cuantos días que ni siquiera sonrío. Dime: «Yair, Yair, ¿por dónde empezar?». Sermonéame un poco, pero con delicadeza esta vez. «Me has hablado de Yojai y me has preguntado si no he querido tener otro hijo. ¿Y con la misma bocanada de aire me pides que te haga reír?» Sí, ya lo sé, si tienes razón, pero ahora necesito que me cuentes algo ligero, lo que quieras...
«Pues te diré que Yojai es muy divertido, sí, pásmate.» «¿De qué estás hablando?» «Sí, de verdad, aunque no tenga “sentido del humor” al modo convencional, a veces me consuelo pensando que quizá su humor pertenezca a otro mundo. Aunque, por ejemplo, cuando quiere otra golosina y sabe que no se la vamos a dar, hace ver que se marcha a su habitación y, de repente, cambia de rumbo y corre hacia la cocina. Entonces adopta una expresión como de conejo, casi traviesa... En ese momento me hago unas vagas ilusiones, porque es como si por un instante su humor inexistente se hubiera encontrado con el nuestro.»
«O el asunto con los zapatos.» ¿Qué es eso de los zapatos? «Pero ¿no te acuerdas?» No me acuerdo. «Pero si te lo he contado.» Pero nunca me lo has contado en Tel Aviv, y nunca en esta cama con chicles pegados, cuéntame. «Él siempre, absolutamente siempre, va descalzo por casa, en invierno y en verano. Porque en el momento en el que se le calza un zapato, enseguida quiere salir, y sin posibilidad de apelación. Y si Amos o yo, por distracción, le ponemos los zapatos antes de que esté completamente vestido, sale disparado hacia la calle como un cohete teledirigido, a veces medio desnudo. Por eso, sabes, siempre lo llamo “el muchacho de las botas de siete leguas”...»
«Pero lo que necesitas ahora es una forma completamente diferente de reírte, ¿verdad? ¿Y si te cuento unas cuantas tonterías? ¿Qué hay? A veces tú también escribes unas bobadas tan grandes que se le ponen a una los pelos de punta... Venga, vamos a reírnos juntos de mí: ¿Sabes que me paso el día poniendo el mundo a prueba? Por ejemplo, que si el primero que me venga de frente es un hombre, la próxima carta tuya me decepcionará un poco. Si es una mujer...»
Pues mira, Miriam, yo juego con el «me parece que». Y funciona. No entiendo cómo. Solo el hecho de llevar tus palabras a través de mí, me tranquiliza. Y me hace feliz. Me fluye por el cuerpo como un medicamento. Te vierte a ti en mi cuerpo. No te detengas, no te termines
«O que me he hecho más sensible (un poco exageradamente, creo yo) a todo tipo de sucesos que me toca vivir y a la gente con la que me topo. También las palabras me ponen muy tensa. Incluso las palabras más normales que me salen al encuentro en el devenir del día a día. Palabras del todo inocentes como “luz”, “aspersores”, “hay un boquete en la valla”, “ropa”, “camellos”, “noche”... o un abrazo repentino, un poco apresurado, con el que obsequié ayer a Yojai.»
Te escribo desde ese lugar del cerebro. Me dirijo a mí mismo, con todas mis fuerzas, hacia ese punto del que tú manas. Como si hubiera palabras guardadas para una sola mujer en concreto y no para todas las demás.
«O que enciendo el transistor para intentar escuchar la emisión que tiene lugar exclusivamente para mí: a veces solo se trata del verso de una canción que de repente me parece nuestra, y otras es una frase carente de todo sentido, porque entonces me digo a mí misma, lo ves, todo lo que hay entre nosotros no es más que una quimera vacía.»
Salgo un momento a comprar cigarrillos, se me ha terminado el paquete y me espera un día bien largo. No te muevas, porque estás exactamente en el sitio perfecto.
(Solo que antes tengo que citarte de la pared, como beso de despedida): «... Cada vez más noto que los cuentos que me escribes son el camino más natural, quizá el más posible, de entrar, por así decirlo, en el mundo y echar raíces en él».
Ha pasado algo terrible. He visto a Maya.
Ahora, en el paseo marítimo, según parece no ha podido resistir mi silencio o ha notado algo y ha venido a buscarme. No me ha visto, y yo no le he dicho nada, imagina (dime, anda, ¿qué piensas ahora de mí?).
Será mejor que no lo escriba. Ha hecho dos veces mi misma ruta, desde la plaza hasta el delfinario, ha entrado exactamente en los restaurantes y en las pizzerías donde yo he estado, cuando todavía comía. Me adivina, te lo dije que tiene un sexto sentido para conmigo, no me lo podía creer, todo el rato he notado tus dudas, no la malinterpretes, Miriam, no la malinterpretes ni a ella ni a mí: ella y yo mantenemos una relación que ni siquiera puede definirse con palabras, porque no tiene nada que ver con ellas, sino que está en el cuerpo, en el tacto, en una manera de sentir que está debajo de la piel (¿qué sabrás tú de nosotros, en realidad?). Pero escucha, todo el rato la he estado siguiendo de cerca. Justo detrás de ella. Qué suplicio. Era como si algo me estuviera ahogando y no me permitiera hablar con ella. ¡Lo que he hecho!
La he visto, lo he visto todo, la manera como es cuando es como cualquier otra mujer por la calle, cómo los hombres la miran, que durante el último año ha madurado y se ha puesto guapísima de repente, como que sin darme cuenta su rostro, todas sus facciones, hubieran encontrado su lugar apropiado, y a pesar de ello he visto que de todos los hombres de la calle soy yo el único que sabe apreciar esa belleza, sí, que se la guarda solamente para mí, que en ella no hay esa maldita cosa, ya me entiendes, esa especie de voracidad que tú y yo tenemos pero que en ella no existe, de la que está limpia y pura. Y ahora ¿qué va a pasar? La he seguido y visto cada vez más torpe y abatida, desesperando de mí, hasta que se ha dirigido al hotel de la señora Mayer, una vez se lo enseñé, en su momento de esplendor. Ha entrado, le ha preguntado algo al ojos de ladrón, que no sé lo que le habrá dicho, y ha salido de inmediato sin tocar el pomo de la puerta.
Después ha vuelto a ir de un extremo al otro del paseo marítimo pero ya sin buscar nada, como una loca, medio corriendo, pisando con furia a cada paso, tanto que la gente la miraba, nunca antes la había visto yo así. Se ha permitido entenderlo todo hasta el final. Después se ha sentado, se ha dejado caer en una de esas sillas de plástico y ha cerrado los ojos. Yo me he quedado a unos escasos diez metros de ella, completamente a la vista. Si se hubiera dado la vuelta me habría visto en toda mi desnudez. Hundido hasta el cuello en la ciénaga de mi oprobio más apestoso. Hemos permanecido así por un cuarto de hora más o menos. Sin movernos. Yo, al límite de mis fuerzas. Le he gritado sin voz, lo más alto que he podido, si solo se hubiera vuelto un instante, si me hubiera visto, pronunciado mi nombre, hubiera regresado con ella a casa.
¿Cómo ha podido suceder una cosa así entre nosotros? Me he sentido como si me hubiera dado un ataque. Después de que ella haya desaparecido me he quedado con los músculos completamente agarrotados. Incluso las mandíbulas. Pero ¿qué podía haberle dicho? ¿Cómo empezar a explicárselo todo, en mi estado? Si llevo cuatro o cinco días sin hablar con nadie.
Solo contigo. Basta, déjame dormir.
En plena noche, tres enfermeros del departamento de higiene llaman a la puerta. Con diligencia apartan a Maya y tienden una red sobre el lado de la cama en el que yo duermo. La mano de Maya aletea sobre sus labios como suele suceder en estos casos: «¡Por favor, no se lo lleven!». «No nos lo llevamos —se ríe el enfermero—, le vamos a disparar aquí mismo.»
Pero entonces descubren que no se me puede matar. Que soy más eterno que nada.
No te he contado que cuando regresaba, quizá por lo que había pasado, o porque hacía ya unos días que no veía una cara humana, de repente lo tuve claro...
Enseguida, poco a poco.
Había encontrado un café bastante dejado y yo estaba con el cerebro más liado que un intestino. Me senté en él un rato. Me puse a pensar en que en algún lugar del universo debe de existir ese otro mundo del que una vez hablamos, un mundo inundado de luz y aceptable. En el que cada uno encuentre lo que le haya sido designado, todo amor sea un amor verdadero y como bonificación se llegue a vivir media eternidad. Claro está que enseguida he pensado en los que ni siquiera ahí serían capaces de vivir, en los que no se adaptarían nunca a toda esa bondad y generosidad, a esa gente que está maldita y que también ahí se suicidaría.
Ahí sentado he observado a la gente que pasaba y me he sumergido en unas elucubraciones sobre cuál podría ser el castigo para esas personas que se suicidaran allí, cómo los escarmentaría yo, y estés donde estés en este momento, Miriam, alza la vista (según parece te imagino siempre ensimismada, tal y como te vi entonces), y dime, ¿es posible que esa sea la razón? Es decir, la causa de la fealdad, de la sensación de extranjería, de la precariedad, del miedo, de la sempiterna opresión y de todas las demás letras del alfabeto de nuestro verdadero esperanto.
Quiero decir que aquí, donde nos encontramos ahora, es el campo de tortura de ese otro mundo y que toda persona que ves a tu alrededor, sin importar que sea hombre o mujer, joven o vieja, ya se suicidó en el pasado.
Observa a la primera persona que venga hacia ti ahora, en este momento, y dime si no oculta en el rostro, aunque sea en el más mínimo gesto, el reconocimiento de haber participado en el crimen. En cualquier crimen. (Puede ocultársele en la nariz, en unos labios caídos, en la frente, pero lo más frecuente es que sea en los ojos.) Yo, esta mañana, no he visto a nadie, ahí fuera, que no tuviera esa marca. Se la he visto hasta a las personas más guapas.
Incluso a los niños. Había un grupo de ellos en la playa, y he estado mirándolos. Niños de seis o siete años, y en casi cada uno de ellos apuntaba ya una posible señal de amargura, maledicencia y culpabilidad (sobre todo, culpabilidad).
¿Cómo que si duermo o que si no duermo? Aquí no se viene a dormir, a esta casa de las eyaculaciones. Es la una y media de la madrugada y esto es un puro bullicio. A cada momento se abre o se cierra una puerta. Veinticuatro horas al día se oyen carreras por los pasillos y risas ahogadas (¿de qué se reirán tanto?). Me muero por encontrarme con uno de ellos y zarandearlo hasta que me revele dónde sucede todo eso. Dónde están las habitaciones con el jacuzzi, los espejos en el techo y las camas redondas. Esta mañana, al salir, he visto por vez primera en este hotel una pareja de esas de «inquilinos». Han bajado conmigo en el ascensor. Hemos procurado no mirarnos a los ojos. Un hombre y una mujer precisamente de edad ya madura. Turistas. Se les veía tan «sólidos», que casi los creo.
¿Cuánto tiempo ha pasado entre tanto ahí donde vosotros estáis, en la tierra?
Ya no voy a salir más de la habitación. Me he dado cuenta de que fuera me pongo más nervioso, mientras que a esto, por lo visto, ya me he acostumbrado. Ni siquiera me entretengo en pensar lo que está sucediendo al otro lado de las puertas cerradas (cosas bastante banales, supongo). Es extraño cómo se puede pasar el rato sin apenas moverse uno. Dormitando. Despertándose. Fumando y escribiéndote unas palabras. Dormitando. Han pasado diez horas.
Los pensamientos, cuando no se topan con el pensamiento de otra persona, son capaces de volar al fin del mundo. De perder el juicio y regresar en un segundo.
Pero también eso se ha calmado durante las últimas horas. Todo está apagado teñido de indiferencia. Ni siquiera tengo hambre.
Para leer tu diminuta letra hay veces que, literalmente, me tengo que pegar a la pared. Tendrías que verme, yendo de un lado al otro.
¿Si te hubiera llamado, te hubieras atrevido a venir aquí? ¿A este lugar? (Mi niña buena con carita de los años cincuenta, eso no te lo voy a hacer.)
Por lo visto, he vuelto a quedarme dormido un rato. Me he despertado con palpitaciones. Son las tres de la mañana y a mi derecha, en una de las habitaciones más alejadas, tiene lugar un verdadero desenfreno (desde aquí se oye como si fueran unos tambores o unos pistones, un ruido completamente mecánico). Hasta antes de quedarme dormido has estado conmigo. Te he traído hasta aquí. Tendido en la cama te he hablado en voz alta. Durante media noche me has estado iluminando como una vela.
En el interior de mi cuerpo, por el flujo sanguíneo, viaja un ente pequeño y concentrado. La mayor parte del tiempo no pienso en él. La mayor parte del tiempo, no pienso en nada. Pero cada vez que pasa por el corazón, abre los ojos y me dice con tu voz, ¿Yair?
Según mis cuentas, mañana o pasado mañana sabré si me he contagiado o no. Lo más extraño es que ahora resulta que no me importa demasiado. La mayor parte del tiempo no pienso en la razón por la que estoy aquí tirado. Si alguien me preguntara que por qué estoy aquí, tendría que hacer un esfuerzo por recordarlo.
¿Por qué estoy aquí?
Porque tengo que terminar un asunto importante.
¿Qué asunto?
No lo sé. Cuando suceda, lo sabré.
¿Y entre tanto, te vas a tirar un montón de días ahí en la cama?
Sí, qué se le va a hacer.
Estoy dormido en la cama con Maya, ella me despierta y me muestra que entre nosotros yace una mujer muy pequeña, del tamaño de una nuez. Toda una mujer. Yo me apresuro a justificarme: ¡No tengo nada que ver con ella! ¡Ni siquiera la conozco! Y Maya dice sin enfadarse, hasta con compasión: pero mira cómo se parece a ti.
¿Y si escribo un diario, los días que me quedan, para pasar el rato? «Mi querido diario», así es como me llamaste tú no hace tanto.
Si me despejo un poco, esta noche saldré. Me merezco unas pequeñas vacaciones de este convento, ¿no crees? (¡Pero a mí qué me importa lo que tú creas!)
A ratos me siento como un idiota por no haber aprovechado bien esta semana y no tengo muy claro qué es lo que me impide desmadrarme. ¿A quién le debo nada?
Por otro lado, hasta levantarme a mear me supone toda una odisea.
¿Y si me he contagiado?
¿Crees que hay algo más que pueda hacer los días que me quedan para salvar lo que queda de mí? ¿Qué harías tú si supieras que no tienes más que una semana antes de caer presa de una enfermedad con las complicaciones que trae esta?
Lo que quiero decir es si se puede esperar (puras elucubraciones intelectuales de un impotente potencial) que un nuevo y repentino amor pueda redimirme de las garras de esta enfermedad. ¿O por lo menos hacerla retroceder un poco?
De ti no, según parece de ti no me voy a enamorar, eso lo tengo ya bastante claro. Porque ¿qué amor podríamos tener nosotros? Me refiero a que lo que hay entre nosotros es ya un poco demasiado como para poder ser amor, ¿no? Dios me libre de despreciarte, pero estos últimos días tengo la sensación de que de alguna manera llevamos una carga interior demasiado grande como para poder meternos a presión en la palabra «amor». Corrígeme si me equivoco.
Los que están al otro lado de la pared se están haciendo verdadero daño. Estoy convencido de que hay hasta látigos. Ya llevan así varias horas. Sin que se oiga una voz humana. Como si propinaran los latigazos y los recibieran en medio de un completo silencio siendo yo el único que me encojo con cada uno de ellos. No consigo acostumbrarme. Es como si cada golpe fuera el primero. ¿De qué estábamos hablando? La última hoja que te estaba escribiendo se me ha caído, y cualquiera la encuentra en medio del lío que aquí tengo. Apenas si he comido desde que llegué. Durante los años precedentes, opíparos festines. Formaba parte del placer. También la comida es el mejor amigo del hombre. Me sorprende la poca hambre que tengo, solo una ligera debilidad. Me siento como flotando. Resulta bastante agradable, pero si me levanto de golpe, me mareo. Por eso procuro no levantarme. En realidad desde ayer (¿o anteayer?) me paso la mayor parte del tiempo en la cama con un cuaderno, un bolígrafo, despertándome, escribiendo unas cuantas palabras, volviéndome a quedar dormido. Entre tanto puede que me operen de algo con anestesia. Por mí.
En la ventana de enfrente, por encima de la sala de billar, hay una pareja de japoneses muy jóvenes. Sin visillo, con la ventana abierta, hace ya una hora entera que retozan sin parar. Resulta tan hermoso que ni siquiera me excito.
Tendido en la oscuridad, los observo. Se aman, y no hay punto de la piel que no se besen, y ojalá que sigan en ello porque los ruidos de alrededor han cesado.
Acabo de acordarme y es muy urgente: te quiero dar una foto. El destello de un recuerdo. No me hagas preguntas. La foto de un niño pequeño y muy dulce, con el pelo muy corto. Mírale solo la cara. Es muy expresiva. El niño todo el rato salta, parlotea, gesticula. Parece un monito de lo simpático que es. En esta foto tendrá unos cinco años y una esbelta mano de mujer reposa sobre su cabeza, pero de ella haz caso omiso.
Ese es un momento muy querido por mí, no importa el porqué, tú solo acéptala tal cual. Un niño va con su madre por la acera, vuelve de la guardería, ella es una mujer joven, delgada y menuda. Tiene el pelo corto, ligeramente rizado, y una sonrisa arrebatadora, tímida pero atrevida, llena de amor, y una de sus manos reposa sobre la cabeza del niño, con cierto orgullo, mostrándome que ese es su hijo.
Ya sé que una cosa así no se hace, no se da una foto cortada, o media foto, pero créeme que lo que aquí te entrego es la parte más bonita y también el momento más bonito que yo haya tenido con esos dos. No merece la pena ampliar el encuadre y ver todo lo que sobra en él. Como por ejemplo el otro niño que camina junto a ellos, porque no forma parte de esta historia, se trata simplemente de un niño que ella traía de la guardería ese día, un amigo (por alguna razón que se me escapa no soy capaz de echarlo de ahí).
¿Y para qué vas a querer tú ver al hombre con cara de pájaro que está sentado en el Subaru, el mismo Subaru que estaba donde los aspersores y de cuyo maletero saqué la toalla para secarte el pelo? Ese hombre soy yo. El otro niño miró por casualidad y vio mi mirada que, por lo visto, mostraba abiertamente unas gotitas de felicidad al verla a ella y a su niño, una historia bastante fea, otra escena rutinaria de mi film noir particular, ¿y por qué te contaré yo estas cosas?
Con ella, con aquella mujer, mantuve, precisamente, una relación mucho más larga de lo habitual en mí. Creo que la amaba. El niño se llamaba G., el nombre completo no tiene ahora importancia. Su nombre, tan dulce y serio. No estaba casada. Ni quería casarse, porque tenía unas ideas tajantemente claras en contra del matrimonio. Sin embargo tenía un niño pequeño, y yo (el patético autoengaño de estos episodios) disfrutaba sintiéndome un poco como un padre-a-distancia, ¿comprendes? Tenía la sensación de que aquel niño podía ser mío y suyo. No debes olvidar que ese era el niño ideal para mí, un niño vivo que yo podía convertir en imaginario.
Sobre todo amaba la combinación de esos dos seres y cómo ella lo criaba con inteligencia y valor. No es nada fácil criar a un niño estando uno solo, y hasta que la conocí, siempre me había soliviantado, con una ira de devoto esposo, ante las mujeres como ella que se aventuraban a tener un hijo solas nada más que por satisfacer su instinto maternal, etcétera, pero ella me enseñó la grandeza que puede haber en una empresa así. Yo no dejaba de maravillarme por cómo ella sola iba dándole forma a una persona nueva en el mundo, con qué perfección y sabiduría; y el orgullo que irradiaban por pertenecerse el uno al otro, por tener un lenguaje suyo, completamente propio, y un sentido del humor compartido, y una especie de confianza mutua; a mí me parecía que tenía en ellos una pequeña familia secreta, a pesar de que al niño no lo había visto más que en fotos.
De verdad que no sé por qué te lo cuento.
¿Por qué resulta difícil deshacerse de las costumbres? ¿Por qué creo que en ti este recuerdo se conservará mejor que en mí?
Un día ella me propuso que lo conociera. Fue después de haber pasado con ella una mañana maravillosa, cuando me dijo, ¿Y si un día te quedas para ver a G.? Yo me dije que por qué no, porque ¿qué iba a poder pasar? Pero por otro lado, ya sabes, la voz del oficial de seguridad que llevo dentro dio la voz de alarma: ¿Qué necesidad tengo yo de que él me vea? Nada de testigos. Así que le propuse que lo observaría desde cierta distancia, sin que él me viera, y N., mirándome fijamente dijo, está bien, dejémoslo correr.
Después, de todas formas, se avino a seguir mi lógica, hicimos las paces y los dos empezamos a ponernos algo nerviosos a medida que se aproximaba el momento. El día señalado me quedé un poco más de lo habitual, comimos juntos, y todo fue maravilloso. Llegado el momento, bajé hasta el coche y me quedé allí esperando a que N. fuera a buscar a G. a la guardería.
La vi aparecer al doblar la esquina. Esbelta, independiente, distinta de la calle. Vestida con un fino suéter gris, con el pelo corto y ligeramente rizado y unos ojos risueños. Venía con dos niños, ya te lo he contado, y en ese momento no fui capaz de saber cuál de los dos era su hijo, porque ninguno de los dos se parecía demasiado al de las fotos. Los niños avanzaban contándole algo muy animadamente, uno de ellos saltaba como un cabritillo alrededor de ella, que venía sonriéndome ya desde el final de la calle, y es que me sonreía con todas las partes, tan finas y delicadas, de su cuerpo; yo, por mi parte, me vi obligado a quitarme las gafas de sol para preguntarle con la mirada, ¿cuál de los dos es el tuyo? Entonces ella posó la mano sobre la cabeza del niño que brincaba junto a ella y por la expresión de su cara supe que decía, ¿no está claro?
Por favor, acepta de mí una foto: un niño que parece más pequeño que la edad que tiene, despierto y risueño, inteligente y lleno de vida, que habla gesticulando mucho, un niño tan divertido y dulce. La mano de ella reposaba blandamente sobre su cabeza, mis ojos se sumergieron en los suyos, en su orgullo y felicidad completa.
(Lo que fue extraño es que justamente el otro niño se dio cuenta de algo, se detuvo por un momento y siguió nuestras miradas, la mía y la de ella; vi cómo se esforzaba por entender y que un nubarrón cruzó su mente infantil.)
Si tuviera que elegir un solo momento entre todos los polvos, los amoríos y los ligues...
Perdona que te haya caído con esta historia. Pero de nuevo: ¿a quién podría habérsela contado si no es a ti? Me he acostumbrado a hablarte en voz alta, en una especie de murmullo, como si estuvieras aquí (¿te lo había dicho ya?). Cosas pequeñas. ¿Quieres una almohada? Déjame un poco de manta. Ráscame la espalda, más arriba.
Y tú contestas: ¿Qué te parece si salimos a pasear?¿A respirar un poco de aire puro? Pero mira qué sucio tienes todo esto. Por lo menos podrías tirar a la basura las latas vacías de cerveza. Venga, haz algo por ti mismo.
Y yo te digo: qué extraño que te eche más de menos a ti que a mi familia.
La chica de la habitación contigua está llorando, literalmente, sus palabras me resultan incomprensibles y ni siquiera se oye de qué idioma se trata, pero llora con una especie de sollozo inacabable, pero si me concentro me parece que está suplicando que no la quemen con los cigarrillos, qué infierno.
Al final ya no he podido más. He salido y me he puesto a mirar de dónde llegan las voces. Resulta que no es de las habitaciones que quedan junto a la mía. Ni siquiera es en mi piso. Por lo visto la acústica del lugar lleva a engaño en ese preciso lugar. Me he recorrido los cuatro pisos y he pegado el oído a cada puerta sin ningún tipo de reparos. No me hubiera importado que me sorprendieran. La verdad es que tampoco hubiera sabido qué hacer si me encuentro con alguien. Porque la verdad es que la gente viene aquí a pagar para hacer estas cosas. Ya empezaba a creer que el hotel estaba encantado, cuando en el cuarto piso he oído unas voces muy claras provenientes de una de las habitaciones, y tal como estaba, con los nervios desquiciados, he presionado el picaporte y he entrado. He visto la espalda desnuda de un hombre que estaba viendo la televisión. A su alrededor, por el suelo, había unas veinte latas de cerveza, de manera que la habitación tenía el mismo aspecto que la mía. El hombre no me ha oído ni tampoco se ha movido (por el pestilente olor que había en la habitación quizá estaba muerto), pero cuando he vuelto a mi habitación las voces también han vuelto.
Hay algo más que debo contarte, y que si no lo hago no sabrás exactamente y hasta el final, con quién estás tratando (si lo cuento, no valdré nada, y si no lo cuento, tampoco). Es de esos casos que te hacen luego pagar el doble por la epidemia que hayas extendido tras de ti por el mundo. Escúchalo, olvídalo y déjalo anotado en ti:
Yo estaba en casa con Maya, de eso hará aproximadamente unos dos años. Cenábamos en la cocina, Ido estaba con nosotros y pasábamos un rato agradable, juntos, como a mí me gusta. De repente sonó el teléfono, me dirigí al pasillo para contestar y oigo la voz de una mujer. Me dijo que su nombre era T., que era amiga de N. Enseguida la recordé y me quedé un poco helado. T. era el único testigo de aquel episodio, pero ¿se podía saber qué demonios hacía llamándome por teléfono a casa? Me dijo, con voz crispada, que N. había muerto la víspera.
Me quedé callado. Detrás de mí, Maya e Ido se reían, por entonces él había aprendido a silbar (hacia dentro) y Maya intentaba aprenderlo de él, y en el teléfono la tal T. me preguntó si había oído lo que me había dicho, a lo que yo le contesté que sí, y haciéndome con una voz un poco más oficial le dije que no estábamos interesados en ninguna enciclopedia para niños.
Ella se quedó en silencio. Recuerdo que con los restos de lucidez que me quedaban pensé, ¿qué será ahora de G.? Tendría unos siete u ocho años. Desde que lo dejé con N. no habíamos tenido ningún tipo de contacto. Me prometió que no me telefonearía ni me escribiría, y por supuesto que lo cumplió. Es terrible decirlo precisamente ahora, pero por mi parte, es decir, la borré por completo de mi vida desde que nos separamos.
También quiero que sepas que la tal T. que había llamado me había criticado sin cesar durante todo el tiempo que duró mi relación con N., por adúltero y por mi poca sinceridad. N. nunca me lo dijo abiertamente, pero por algunos de sus silencios entendí perfectamente lo que T. pensaba de mí, y aunque nunca llegué a conocerla, notaba, de un modo bastante ridículo, que constantemente tenía que justificarme ante ella (me preocupaba bastante lo que ella pensara de mí).
T. seguía al teléfono: veo que no he llamado en buen momento.
Maya preguntó desde la cocina, ¿quién es?, porque siempre nos lo decimos, mientras seguimos hablando, aunque la mayor parte de las veces no necesitamos informarnos porque lo sabemos según el «hola» del otro.
Dije en voz alta, me gustaría que me diera más detalles de esa nueva enciclopedia.
Y Maya desde la cocina dijo, para cuando aprenda a leer ya se habrá quedado anticuada. Con la mano le hice un gesto que podía interpretarle como dejémosle que se explique, e Ido intentó decir enciclopedia, mientras los dos se reían y la cocina parecía alejarse de mí cada vez más.
T., que llevaba esperando pacientemente durante toda aquella conversación familiar, me dijo muy deprisa y con disgusto que N. había fallecido el día anterior en el hospital Hadasa después de haber estado muy enferma durante medio año. Yo ni siquiera sabía que estuviera enferma. Había muerto a veinte minutos de distancia de mí sin que yo notara nada, y eso que hubo un tiempo en que bebí los vientos por ella.
También se me vino a la mente cómo había cumplido su palabra y no me había telefoneado ni una sola vez, ni siquiera cuando enfermó, y cómo tampoco me había escrito. Qué fuerte y qué leal era, y yo qué necio por haber renunciado a ella de esa manera. Y qué poco, en realidad, la había conocido.
Podía no haberte contado esta historia, ¿verdad? ¿Verdad que sí? Pero es que tengo la estúpida creencia de que si te lo cuento a ti ya nunca me va a pasar algo parecido en la vida.
Quería saber qué había sido de ella durante todos aquellos años y qué sería del niño. Hice unas cuantas preguntas vacías solo para despistar a los oyentes de la cocina y T. supo aguantar, para después transmitirme muy deprisa los detalles del entierro y colgar. Entonces yo también colgué, porque no nos interesaba la enciclopedia. Volví a la cocina y M. me preguntó si había comprado otra enciclopedia más, e I. me mostró lo bien que silbaba y Y. me senté a cenar mientras charlaba, me reía y silbaba, por fuera y también por dentro, porque me sentía como esos nazis que regresaban a casa con sus familias después del trabajo.
Me duele la mano de tanto escribir. Tengo la persiana bajada, así que me puedo olvidar de si es por el día o por la noche. No sé qué sentirás por esta historia. Piensa que me has hecho un favor. Que has sido el pozo en la tierra al que una vez le conté a gritos este secreto. Ni siquiera a mí me lo había contado desde entonces.
Mira, creo que hace años que te busco. Te he buscado en el despilfarro y en la eventualidad, pero me he equivocado y cada vez tengo más claro que hace ya mucho tiempo que te busco como alguien en una habitación llena de humo buscaría la ventana. Por lo visto todo ha sucedido al revés: yo siempre había creído que la eventualidad era mi pecado original, y también el que más frecuentemente cometía, porque la mayoría de las cosas importantes las hago sin una intencionalidad completa, y desde luego que no con esa «demora» tuya, pero durante los últimos días he empezado a darme cuenta de que quizá sea al revés, que la eventualidad no es mi pecado, sino justamente mi castigo.
¿Sabes que se trata de un castigo terrible? Es el peor castigo que se pueda recibir, porque envía sus satélites a todas partes. Un hombre piensa en un niño, no importa cuál, da lo mismo; incluso digamos que en su propio hijo, y de repente se pregunta cómo es posible que un niño, maravilla de la creación, haya nacido de un encuentro no predestinado ni inevitable entre dos...
(¿Te sucede que estás escribiendo una frase que un momento antes no la tenías en mente, no así, pero nunca hasta ese punto, y de repente aparece ante ti un veredicto breve y conciso y sin posibilidad de apelación?)
Miriam, hace unos minutos (ahora son las siete de la mañana) que oigo un susurro. He saltado de la cama, creo que me he quedado traspuesto, porque estaba seguro de que me venían a robar, o a violar, que aquí todo es posible, y he visto que alguien colaba un papel por debajo de la puerta.
Tu carta.
Por fin. Desde una distancia de años luz. Por lo visto ha llegado por correo hace ya dos días y se ha quedado sobre el mostrador de recepción (el sobre está plagado de garabatos, dibujos y números de teléfono en todo tipo de letra). Lástima, es una pena que no me llegara ya entonces. Me hubiera ahorrado muchas cosas. Todavía no la he abierto, no soy capaz. En mi estado, tengo miedo de no poder soportar tanta felicidad. Tengo también mis temores por lo que haya dentro, de la cosa que dudabas si contarme o no. No sé si ahora voy a ser capaz de soportar algo demasiado fuerte. Mejor voy a dormir un rato y luego la veo.
Pero ahora ya me siento completamente diferente (es como si me hubieran devuelto el carnet de identidad).
Todavía un instante, quiero aspirar toda la dulzura del momento que precede.
Se me ha despertado la nostalgia por volver a casa. He telefoneado, he hablado con Maya, y por allí todo anda bien. Ido ya está mejor. No tiene fiebre desde hace unos días y solo le queda la hinchazón. He intentado rebajar un poco la tensión entre nosotros. Al fondo se oían los ruidos cotidianos de un hogar. Me ha contado que vino a buscarme. Me he quedado callado. Ella también. Luego hemos suspirado los dos a la vez. Eso por lo menos ha sido algo bueno, nuestro suspiro al unísono. Me he sentido lleno de cariño hacia ella. Somos buenos amigos, puede que no le haya hecho justicia en las cartas. Creo que a pesar de todo me resulta difícil hablarte de ella. Demasiadas voces se me mezclan. Porque ella es el mejor amigo que tengo, en la realidad. Lo sabías, ¿verdad? Ella es la luz, el calor, la sangre y el tejido de mi vida, realmente la alegría de mi vida cotidiana, pero todo es tan complejo.
Le he dicho que todavía no puedo volver. Ella ha permanecido en silencio. Le he dicho que me ha pasado algo que ha complicado un poco la situación, que he llegado a un sitio al que no tenía intención de venir, y que ahora tengo que seguir hasta el final hasta deshacer la madeja. Le he aclarado que es algo que tiene que ver solo conmigo mismo. Tómate tu tiempo, me ha contestado. Le he dicho que no será mucho, solo unos pocos días más. Y ella, que si para mí es importante, ya se las arreglará. Me he quedado pensando en lo generosa que es y en el miedo que tendría y lo mucho que lucharía por ella si la situación fuera al revés.
Después he marcado tu número, pero he colgado antes de que contestaras.
Solo oír el tono de llamada de tu teléfono me ha hecho sentir mejor. Por el hecho de saber que soy capaz de producir un ruido que tú oigas.
Voy a leer tu carta.
Dentro de un momento.
Ay, Miriam...
Densa, rica, compacta, ¡qué lugar más grande me has hecho en ti, para hacerles espacio también a mis angulosos codos!
Ahora, lo que me gustaría es sencillamente tomar un taxi, en este mismo momento de las diez de la noche, y salir volando a tu encuentro, abrazarte con todas mis fuerzas, acariciarte y consolarte; me gustaría acostarme contigo solo para estar lo más cerca posible de esa historia, del lugar de tu historia y de la de Amos y Ana. Y de la de Yojai.
En este momento noto cómo me vuelven en forma de náuseas algunas de las cosas que te he escrito durante estos meses sin ninguna mala intención, con una mezcla de inocencia, grosería, idiotez, distracción y crueldad dignos de un niño que aplasta un polluelo. O mis tonterías de mimado sobre las paperas, o cuando te he preguntado qué habrías hecho tú si enfermaras de algo que conllevara tantas complicaciones... ¿Cómo has podido soportarme?
Ojalá que notes lo cerca que ahora me siento de ti, en cuerpo y alma, más que nunca, es como si en mi interior un enorme motor se hubiera vuelto a poner en marcha, así que vuelvo, Miriam, y no quiero recordar dónde he estado durante estos días ni lo bajo que he caído, porque lo que ahora deseo es despertar otra vez a la vida y entregarte toda mi carga genética en forma de palabras, todo lo que yo soy, para bien o para mal. Que en cada frase que te escriba se retuerza la serpentina microscópica de mi ADN. Escribo muchas bobadas, ya lo sé, pero es que también quiero entregarte mi estupidez y hacértela llegar bien dentro, así como la exaltación, el temor, la infidelidad, la mezquindad espiritual, todo ello mezclado con dos o tres cosas buenas que puede que haya en mí, que forniquen mis miedos y los tuyos y los fracasos que nos han llevado a esto. Ayer mismo te escribí lo humillante que resulta pensar que un niño nazca de la combinación no predestinada de un hombre y una mujer, y tú nunca, ni una sola vez, me has revelado cuántas veces te ha sobrevolado esta combinación de palabras cuando el niño no había nacido. ¿Por qué no me lo has dicho? ¿Cómo has podido ocultarme algo así durante seis meses? ¿De qué tenías miedo?