Tú serás mi cuchillo
Yair
Este capítulo es largo, así que está dividido en 11 partes.
¿O es que no te fiabas de mí? ¿No sentías que yo podía ser el pararrayos de tu pena y tu dolor? ¿O te parecía que yo no era merecedor de eso? ¿Eh? ¿Que no merecía que me contaras una historia como esa? Esa es la cuestión, ¿verdad? Entre líneas leo que eso es lo que ha pasado y me ofende y me hiere hasta la desesperación que hasta ahora hayas dudado si contármelo o no. Quizá temías que si me contabas una historia tan maravillosa y tan pura yo podía decir algo que la ensuciara. Hasta ese punto has dudado si depositar tu confianza en mí.
Miriam, si todavía sientes algo por mí, ni que sea un mínimo sentimiento bueno, ayúdame, no me dejes. Cada vez que descubres una de tus heridas, noto al instante que hago un compasivo esfuerzo por no salir huyendo al instante del lugar de la desgracia. Está claro que lo que hago desmiente eso porque digo todo lo contrario, que tu maternidad con Yojai ahora me parece todavía más maravillosa después de lo que me has contado y que desde que lo has hecho te siento con una fuerza poderosa y nueva que me palpita en tres lugares diferentes del cuerpo, en lo más hondo de la parte izquierda del cerebro, en la bola de fuego bajo el corazón y en la base del pene, así que traza una línea entre estos tres puntos y tendrás la imagen exacta de lo que soy en este momento...
Eso es lo que diré y tú gritarás, basta, basta, porque tú ya sabes, mientras escribo esto desde la exaltación, que estoy mintiendo y que vuelvo a ser un íntimo-a-una-distancia de grito. Ayúdame a combatirme, por favor, mírame directamente a los ojos y vuélveme a preguntar, como en la carta, si de verdad los músculos de la espalda de mi alma no se han arqueado ahora y si tú no pesarás ya demasiado para la visión abstracta que defiendo. Pregúntame aún más, pregúntame si de verdad comprendo lo que siento cuando te deshaces así ante mí, no te rindas, ayúdame contra mi gemelo negro, porque solo no voy a poder vencerlo, exígeme que entienda sin piedad lo que siento cuando esta herida tuya se abre ante mí, me aspira hacia su interior y se cierra sobre mí; y si realmente sé darme cuenta del sufrimiento de otra persona y si sé dónde le duele a ella, en qué punto concreto del cuerpo; y si en lo más profundo de mi corazón creo que se puede experimentar el dolor del otro o si a mis ojos eso no es más que una mentira social comúnmente aceptada o un florilegio vacío, sentir el dolor ajeno. Repito la palabra «dolor» de la misma manera que Yojai repite palabras que no entiende. Has dicho que, en medio de esa verborrea suya, intenta hacer existir fuera de él la cosa de la que no está muy seguro de que exista. Dolor dolor dolor.
Tengo que salir a comprar algo. Hace ya casi una semana que me mantengo solamente a base de yogures y cerveza, el yogur ya se me ha terminado esta mañana, dentro de un cuarto de hora cierran la tienda nocturna de la calle Ben-Yehuda y no creo que pueda aguantar una noche más sin comer algo sólido. ¿Sabes lo que más me desespera? Que me hayas contado algo tan grave y que yo todavía no sea capaz de estar contigo de la manera en como me necesitas de verdad y que no sepa cómo eres contigo misma. No he llegado a descubrir el secreto que tú eres.
No me dejes, no te rindas, dime «Yair, Yair, ven ahora y palpa mi cuerpo, todo entero», oblígame a saltarme todas esas palabras turbadoras de preámbulo, esas palabras convencionales que dejan oír su tonta risa de adolescente, dime «redondéate, llénate, siente, siente cómo me voy desnudando en ti hasta los lugares más alejados que no existen en tu carne, que son solo una posibilidad en ti», susúrrame que te toque los pechos, su redondez y suavidad, y exactamente el punto de gravedad que tira de ellos hacia abajo y hacia los lados, el lugar ese que siempre resplandece en los cuadros. Pídeme que relaje los hombros, sonríe: «Relájalos, a pesar de que los míos siempre están muy tensos, diez años de “Alexander” y todavía los tengo tensos». Sigue, Miriam, continúa diciéndome una y otra vez: «Relájate, relájate, siente cómo la cara se te redondea poco a poco, cómo se suaviza, se hace más delicada, no temas esa palabra, quizá serías una persona más alegre si te atrevieras a ser más delicado, a llenarte de tu propia delicadeza, es tuya, es buena para ti, manantial vivo, no lo tapes con piedras, y dime ven, fluye en mí y escribe en mí, a lo largo de mi cuerpo, de mis piernas, y entre ellas, siente por una vez cómo todo eso te pertenece, no solo cómo lo deseas, pero te veo muy tenso, Yair, quizá porque también yo lo estoy ahora, como cuando se pone uno en guardia ante la sospecha de un dolor que se nos viene encima, porque ahora el vientre, te pido que sientas mi vientre tan suave, blanco y vacío...».
«No te detengas, en el punto en el que ahora nos encontramos no te puedes poner a protegerme. Ese es el trato que hicimos, Yair, esta noche lo vamos a escribir todo, mano a mano, palabras verdaderas (¿cómo te gusta decirlo a ti? Ah, sí, como en el capítulo veintidós del libro de los Proverbios: “Para darte a conocer la verdad, palabras sinceras”). Escribe, escribe todo lo que acuda a tu mente y a la mía y siente mi vientre desde dentro, pálpame ese punto concreto, mi ángulo ciego al que tú una vez, sin darte cuenta de ello, diste un nombre, donde mi cuerpo y mi alma se encuentran susurrando su contraseña interior. Imagina cómo las esperanzas confluyen en él de mes en mes y cómo, de repente, se convierte en una punzada de pena y desespero, en aflicción del alma y en aflicción del cuerpo.»
«Recuerda cómo me viste allí la primera vez, aquella noche, y comprende finalmente, sí, ahora ya lo comprendes, por qué me sentía tan desgraciada y desesperada, en aquel mismo momento en que tú me miraste, qué celebración particular me traía yo entre manos aquel día.
»Qué abismo esconde la palabra “casi”.
»No salgas de la habitación, quédate con nosotros. Mis palabras vienen de tu boca, qué experiencia más extraña. Esa voluntad tuya me emociona, y a la vez me turba de una forma indescriptible. Pero acuérdate de que se trata de la única historia que quería contarte, la historia de la partida absoluta hacia el otro. No para perderse uno en él ni para renunciar a uno mismo, Dios me libre, si no para dar vida por una vez a un extraño, es decir a un prójimo, al otro, en tu interior...
»Yair, con toda mi alma y todo mi cuerpo noto en este momento tu voluntad de hacerlo. Así como el miedo. Ambos se debaten ahora en ti, como de costumbre. Como siempre en ti. Con las manos desnudas tocas por un momento mi dolor, y noto que lo amas y que de verdad y con toda sinceridad no quieres que yo esté sola con él, pero al instante te apartas apresuradamente alejándote de mí más lejos que lejos... Pero por lo que más quieras, no salgas de la habitación, porque si ahora te marchas ya no vas a regresar. Al fin del mundo, te irías, y no querrías ni acordarte de lo que ahora está empezando para ti conmigo. Cuando el alma se abre así, despacito y con un inmenso dolor, hacia otra persona. Ni dejes de escribir, aférrate al bolígrafo con las fuerzas que te quedan, estás temblando de tanta tensión, pero escribes, echas raíces en mí, no tengas miedo. Tampoco del pensamiento que te asaltó una vez, hace millones de años, ¿o hace dos días?, cuando deseaste despertar sin memoria después de un accidente o de una operación, para empezar a recordar despacio, pasito a paso, nuestra historia, la tuya y la mía, y contártela entera a ti mismo, desde el principio, pero sin saber ni por un instante si en la historia tú eres el hombre o la mujer.
»Ojalá recuerdes cómo se está de mujer, y cómo cuando no se es ni hombre ni mujer, sino tú antes de todo, antes de las definiciones, de los pronombres, de las palabras y de los géneros. Quizá así alcances también, como por casualidad, mi primitiva posibilidad de ser yo.
»Y si llegas hasta allí, conocerás a la perfección el lugar en el que ahora me encuentro frente a ti, un poco encogida y acurrucada. Tanto te admiró mi maternidad que desde el primer momento empezaste a succionarla de mí, y cuanto más la mamabas más la producía yo, y cuanta más había más sed tenía. Nunca supe, intenté o me atreví a contarme a mí misma con tanta vehemencia esta historia.
»Puedes adivinar lo que siento, ahora que conoces la verdad, los hechos y la realidad. Pero qué le vamos a hacer, Yair, creo que no soy una persona muy racional cuando se trata de este asunto en concreto. De mi mater-eternidad.
»Seguro que Darwin, en su tumba, no me haría una venia.
»Además tienes razón cuando dices que es muy difícil crear algo de dos.»
¡Pero es que eres tan maternal a mis ojos! Y eso no es algo que vaya nunca a cambiar. Porque esa es tu esencia, Miriam, y yo nunca podré pensar en ti sin sentirla (ahora lo entiendo, «Amos tiene un hijo de su primer matrimonio». No lo había relacionado...), y no dejo de imaginarme esos momentos en la sala de partos cuando ella notó que algo se le estaba complicando mucho, que fue cuando enseguida se lo prometiste, cuando los dos le hicisteis esa promesa.
Y la manera que tienes de contar con él hasta un millón, día tras día.
«¿Sabes, Yair?, quizá sea verdad que hubo una vez un instante en los confines del tiempo y de las existencias, una fracción de segundo, durante el que tú podrías haber sido yo, mi posibilidad... ¿Qué dices a eso? ¿Se puede llegar a pensar que exista un lugar como ese? ¿Se le puede pedir ese deseo a tu Kremlin? No, no enciendas la luz. Esta luz de aquí es demasiado rojiza... Escribe a oscuras. Te tiembla mucho la letra este último rato. Es la letra de alguien que está llorando. ¿Te acuerdas de cómo me molesté porque no me preguntabas cuál era mi vértebra indestructible, mi huesecillo vital? Una y otra vez te pedí que intentaras adivinarlo, pero tú me ignoraste (como muy bien sabes hacer cuando ciertas preguntas no te interesan). Así que al final lo dejé, y entonces, tampoco yo seguí indagándolo. Una pregunta perdida.
»Pero ahora escríbelo por mí:
»Cada vez estoy más convencida de que mi huesecillo vital e indestructible es la nostalgia.
»¿Y el tuyo? ¿Cuál es el tuyo?»
¿Seguro que quieres oírlo? No, en realidad no quieres.
Callas. De pronto te niegas a ser escrita. La magia se ha esfumado. Sé muy bien lo que estás pensando. Y es que lo llevas escrito en la cara: «... cómo es posible que un hombre hambriento de amor, del elixir del amor, para el que cada palabra es una expresión amorosa, se empeñe en alimentarse de tentempiés...», ya lo he leído, lo he leído. Eso ha estado de más en tu última carta. Pero dejemos eso ahora. Sería una pena estropear este momento. Miriam, no intentes cambiarme en todo, y en especial no me quites esto, porque a pesar de todas tus dudas, eso es decididamente mi huesecillo vital e indestructible.
«No te vayas, Yair, no sueltes el bolígrafo de la mano, sigue jugando a este juego de los desmentidos por un rato más, aunque los músculos de la espalda del alma se te resientan bajo el peso hasta combarse y el dolor se te haga insoportable. Lo conozco muy bien, porque también yo he sentido cosas por ti que apenas he podido soportar. Pero ahora que estás solo contigo mismo en esta habitación, cuando quizá estás lo más solo que nunca te hayas atrevido a estar, quiero que escribas una sola vez, exclusivamente para tus ojos, por qué te torturas de esta manera y cómo es que te atreves a meter a un extraño en el lugar de ti que más herido tienes.»
Basta, estoy harto de seguir aquí enterrado masturbándome con las palabras. ¡De esta manera se puede decir cualquier cosa! Este juego tan infantil dura ya demasiado. Son las dos de la mañana, llevo escribiendo de corrido durante más de cinco horas y estoy completamente ido. Necesito algo real, vivo, cálido, que se curve entre mis manos, y en lugar de eso me vuelvo a fustigar por medio de ti. ¡Ya hemos vuelto a las andadas de propinarme a mí los latigazos! Estas cartas ya no te las voy a mandar. Ha habido un punto en el que tú y yo hemos empezado a hablar en idiomas distintos. ¿Qué sabrás tú de la maravilla que supone que una persona que era una completa desconocida se convierta de pronto en el epicentro de todos los pensamientos y las fantasías de otra? ¿Qué entenderás tú de la incandescencia, de la llama que puede arder entre dos desconocidos, más que eso, entre dos completos desconocidos, que conocen todos los artículos de la Constitución y por eso tienen claro que después de la tempestad volverán a quedarse solos? Solos. ¿Quieres oír algo? ¿Quieres oír cómo es de verdad para todo el mundo, para todos, detrás de las bellas palabras y de las miradas robadas?
Pues así es como es: después de que tú también terminaras, nos quedamos acostados, tranquilamente, respirando juntos, ronroneando en medio de un placer satisfecho, y pasados unos instantes dejé escapar el bostezo que suele anunciar mi «venga, volvamos a la triste realidad», pero entonces tú me atrapaste con tus manos fuertes y me dijiste: «No salgas».
Sonreí hacia tu cuello, porque me hizo gracia esa extraña excitación en tu voz, así que me quedé un momento más, hasta puede que me quedara un poco traspuesto, y cuando quise salir, porque ya me dirás cuánto tiempo se puede permanecer así, llega un momento en que ya apetece volver a recomponerse frente al otro, podría compararse al repliegue de dos ejércitos después de una gran batalla para fijar los límites del frente, y alguien masculino rugiría ya con voz ronca, ¿qué hago yo aquí con este cuerpo desconocido?, pero yo haría un alarde de mi hipocresía en estos casos y maullaría como un gato especialmente satisfecho que estaría dispuesto a quedarse así contigo para siempre, así que tú dijiste enseguida: «Pues quédate». Y yo te pregunté con una sonrisa, ¿para siempre? A lo que me respondiste: «Sí, para siempre, para siempre. Por hoy. No salgas». Yo me eché a reír contra tu hombro desnudo y cálido, mientras te decía que mejor sería que me la cortara para que la pudieras seguir utilizando, porque es que yo tenía otras cosas que hacer ese día, y tú me dijiste entonces con extraña urgencia: «No por favor, quédate un poco más, todo lo que puedas, lo que los dos podamos, pero si hoy no tienes prisa por llegar a ningún sitio».
No hablabas con tu voz saciada de después de, sino en un tono de súplica un poco apresurado, y oí en tu voz algo nuevo, no un capricho pasajero sino un deseo profundo, hasta el punto de que por un momento me pareció entender lo que querías que nos pasara y estuve a punto de dejarme tentar. Aflojé los músculos de la espalda y de los hombros, para que no notaras que algo en mi interior se rebelaba y que furioso se decía, pero ¿cómo, con esta? Pero ¿qué demonios quiere? Si ya tiene lo que le tocaba, y tú era como si lo hubieras oído, porque me susurraste «Aunque lo que deseas es salir, no salgas, domínate, solo un poquito más», a lo que yo te contesté con media sonrisa aunque furioso, pero ¿esto qué es? ¿Experimentando con seres humanos? Tú no me contestaste, sino que te limitaste a apretar contra mí tus pechos cálidos y suaves, y como si hablaras con ellos me hablaste en idioma-pecho, mientras yo notaba tu respiración en mi oreja. No quiero ofenderte, pero me sentía un poco desamparado, porque me di cuenta de que te estabas dejando arrastrar y muy deprisa hacia una de tus situaciones femeninas que siempre resultan ser demasiado profundas para mí. El pene, además, lo tenía encogido y completamente replegado, como siempre que me sumo en reflexiones trascendentales, y aun así no le permitías escapar de tu interior, y no olvides que yo tenía un poco de hambre, como siempre después de, así que yacía allí inquieto como obligado a confiar mi destino a una persona un poco desconocida, y realmente resulta extraño lo desconocida que me resultabas después de una proximidad tan grande, y ese apego de ti hacia mí me resultaba demasiado íntimo en ese momento, así que empecé a preguntarme cuándo demonios te cansarías de ese jueguecito, cuándo dejarías de pedir ese deseo tuyo, porque notaba alrededor del pene cómo tenías los ojos cerrados con una clara intención mientras el brazo se me dormía detrás de tu espalda y la correa del reloj se te enredaba en el pelo. Yo ya solo rezaba para ver si me quedaba dormido y que él, el difunto, se saliera solo en algún momento, para que tú y yo nos sonriéramos y lo olvidáramos, pero entonces me susurraste muy bajito «No, ayúdame para que se quede dentro», y empecé a sospechar que me lees todos los pensamientos.
Se me fue formando en la garganta una bola amarga de concentrados anteriores, un gruñido bajo y peludo, y tú, por supuesto, lo notaste, y aun así no dejabas de susurrarme al oído, como si estuvieras rezando, que me quedara contigo, no con él, «sino conmigo, conmigo», y me recordé a mí mismo que a partir del día siguiente tenía que dedicarme a hacer dorsales, y también me entretuve haciendo la lista de lo que tenía que hacer en el trabajo, ya llevaba demasiado tiempo con todo abandonado, pero tú me susurraste algo bien hondo en el oído, pero como estabas demasiado cerca no pude oírlo, y me pasaste la lengua con delicadeza, así que los dos volvimos a ponernos en tensión y mi pececillo agitó ligeramente la cola mientras tu mar subía hacia él, y pensé para mis adentros que aquello podía no estar mal, hacía ya mucho que no la trincaba dos veces seguidas sin sacarla, a ver si era capaz de lograrlo, y tú tensaste tu cuerpo ante mí mientras yo pasaba los dedos por tu espina dorsal y te lamía el cuello, que estaba un poco salado, y pensé que la palabra «carne» quedaba realmente un poco carnicera, pero si me decía a mí mismo «la carne de Miriam» era como si esas palabras se cubrieran de un velo fino y delicado, así que me dije «su carne, su cuerpo, su muslo», pero entonces sucedió que me acordé de Maya y ese solo pensamiento me retrajo, y toda la savia espesa se me reabsorbió hasta la columna vertebral, mientras la cabeza se me caía, así que dije, nada, que no puedo, y tú, «pero no salgas, no importa, solo te pido que no salgas ahora», y yo te pregunté furioso, está bien, pero ¿hasta cuándo?, y tú murmuraste como en un duermevela: «Hasta que nos dé miedo».
A mí miedo no me daba, sino que me estaba poniendo nervioso y furioso, porque hay que escuchar al cuerpo y saber que si él quiere salir hay que dejarlo salir y no torturarlo, y es que existe, por lo visto, cierta lógica biológica referente a esta necesidad, o en nuestro instinto, mientras que tu tozudez me llenaba de desasosiego y de un bronco rencor hacia ti mientras te oía respirar muy concentrada rítmica y profundamente en mi oreja y me acordé de lo que los dos habíamos inventado cuando una vez paseábamos juntos durante la única excursión que logramos hacer cuando estuvimos juntos tres días enteros, y que consistía en pensar que la oreja parece un poco el resto arqueológico de un anfiteatro y que quizá por eso los construyeron así.
Pero ¿cuánto tiempo tienes intención de que sigamos así?, te dije furioso, y te expliqué que siendo yo como era un ser imperfecto de carne y hueso, de vez en vez necesitaba mear, y entonces me enlazaste y dijiste: «Mea dentro de mí». Por un momento sopesé la idea, y créeme que incluso intenté disfrutar de la vulgaridad voluptuosa que encerraba tu propuesta, pero luego te pregunté si no sería peligroso para tu salud y tú me dijiste que el único peligroso para tu salud era yo, pero que por favor no saliera, «¿De qué tienes tanto miedo?», me preguntaste con voz de sonámbula, «No te estoy pidiendo que nos vayamos a Tierra del Fuego, sino solamente que sigamos unidos cuerpo con cuerpo». Pero ¿para qué?, me enfadé, ya me siento suficientemente unido a ti, me parece que apenas tengo un lugar en la cabeza libre de ti, porque has entrado en los recuerdos de mi infancia para estar conmigo allí, hablas dentro de mí, tus palabras anidan en mí y echan fuera mis polluelos, y empecé a provocarme a mí mismo para enfurecerme y poder apoyarme en los brazos con el fin de soltarme, pero tú tiraste de mí con fuerza hasta pegarme a ti y me dijiste «¿Te molesta que entre en tus pensamientos?», y te dije no, si fue estupendo, el encuentro por la noche, en la calle, y que ahora sea capaz de soñar, gracias a ti, y que pueda escribir tu diario y producir con mayor o menor exactitud tu voz en mí, todo eso es fabuloso, estupendo, pero ahora quiero salir, decididamente, pero tú te limitaste a escuchar, sonreíste y anunciaste: «No saldrás».
Desesperado te pregunté, ¿por qué?, y tú dijiste «Para que sigamos unidos por una vez todo el tiempo que podamos», y yo te gruñí que hasta los perros pueden hacer algo así, de manera que qué interés podía tener aquello, y entonces dijiste, asustada: «No huyas ahora». ¿Y si salgo de una vez? «No salgas.» ¿Y si sí? «Mira» (dijiste), «yo también tengo que mear», pues mea alrededor de mí, «no puedo, me da vergüenza», pues entonces ¿qué propones? «¿Y tú, qué propones tú?» ¿Sabes qué? «¿Qué?» Quedémonos dormidos y entonces, en el sueño, nos lo hacemos, como los niños...
Te reíste, porque una vez te conté, o te pensé, cómo había intentado, ya de adulto, orinarme en la cama y cómo no lo conseguí, y tú, naturalmente sabes de lo que me estoy riendo, y me puse muy contento porque lo sabes todo acerca de mí, todos los pensamientos y los detalles más nimios sobre mí, eso, de repente, me produjo un gran placer mientras que hacía un momento me había puesto tan furioso, no lo entiendo, no me entiendo contigo, exactamente como lo dijiste, que en el lugar que más me acerco a ti, ahí es donde tú más huyes, ten cuidado conmigo, porque te voy a cocear como un caballo en ese lugar, fíate solo de mi infidelidad y así estarás protegida, pero era como si tú no me escucharas, porque me dijiste, aunque nos hablemos tan mal y nos digamos estas cosas, siempre permanecerá entre nosotros la pureza, y esta vez me dejé llevar un poco por la solemnidad de tu retórica, ¡porque tienes unas palabras!, ya lo creo, como de folletín de los años cincuenta, y te dije tontamente que creo que puedes llegar a purificarme, y tú me preguntaste emocionada: «¿De verdad crees que puedo purificarte?». Y tu mejilla izquierda se ruborizó, mientras yo te contestaba que si alguien era capaz de hacerlo, esa eras tú, y cerraste los ojos como si no pudieras contener en ti tanta felicidad y oí tus pensamientos y el abrazo de tu carne rodeándome, y supe que volvías a pedir un deseo, pero me equivoqué, porque se trataba de un voto, según parece existen algunas letras corporales tuyas que todavía me cuesta leer, y me dijiste que habías hecho un voto que te afectaba a ti contigo misma y te pregunté que cuál, pero enseguida supe la respuesta, sin impedimento ninguno afloró y fluyó de tu cuerpo hacia el mío, y dijiste «Dime», y dije que habías hecho el voto de acostarte conmigo una vez por cada una de las que me había acostado con otra mujer sin amor, y dijiste «Así es», en realidad no dijiste nada sino que vi tus párpados cerrarse suspirando por mí, pero entonces empecé a notar que estaba atrapado en tu interior y que no me dejabas respirar, que te aferrabas a mí no dejándome hacer nada de una forma insoportable para mí, y es que deberías saber que me puede dar un acceso de claustrofobia también dentro del cuerpo de alguien que me tenga atrapado entre las piernas, pero tú, aferrada a mí, dijiste «No salgas, tengo que saber qué es lo que pasa cuando uno se queda así y quiero que sea contigo», y te dije, te voy a decir lo que va a pasar, que nos pudriremos juntos en el meado y en la mierda, o puede que nos fundamos juntos o que nos suceda algo que ni puede llegarse a imaginar, una mutación.
«Eso es precisamente lo que espero», dijiste, «que le llegue a pasar algo a dos cuerpos que se quedan así unidos, en contra del impulso natural que suele separarlos al final.» Pero ¿qué crees tú que puede pasar?, me enfadé desesperado, porque había algo extraño y angustioso en tu empecinamiento, además de que empezaba a sentirme como un niño al que obligan a besar a la tía, explícame qué puede pasar excepto que dentro de media hora estemos hartos el uno del otro para siempre, y tú dijiste: «Puede que descubramos algo, algún secreto que los hombres tengan prohibido descubrir, quizá lleguemos juntos a algún punto diminuto y último, que si lo tocamos juntos, ya no queramos nunca separarnos».
Pero ¿cuánto tiempo más?, grité, y tú dijiste, como para ti «Hasta que todos los pelos del cuerpo se nos pongan de punta de puro miedo, no de turbación ni de fastidio, estoy hablando de un miedo insufrible, de una fusión completa, de la eliminación de todos los límites, del desnudo absoluto que creí que tú buscabas», pero ya casi ni me hablabas, murmurabas para ti una especie de determinación extraña, como en una visión, y no te importaba en absoluto si yo lo oía o entendía, como haces a veces cuando te sumerges en ti misma ante mí y te pones a susurrar y entonces me siento como si no fuera más que un medio para ti, Miriam, que coges de mí una chispa para encenderte a ti misma y devolverte a la vida y que eso es realmente una guerra a vida o muerte para ti.
A mí no me gustan este tipo de juegos, volví a decir, y la voz me sonó un tanto hueca, como de niñato quejumbroso, «No se trata de un juego», dijiste tú, «no estoy jugando contigo, esto es muy serio», y me sujetaste el rostro entre tus manos mientras decías «Mírame fijo y directamente a los ojos», y a mí eso me echó para atrás, porque todavía no me había dado tiempo a ponerte en guardia y que supieras que ese tipo de miradas son peligrosas, y enseguida empiezo a notar cómo mi cara es una combinación de miles de músculos diminutos, así que es imposible evitar que empiecen a moverse y a temblar, y el milagro es que todos estos músculos, células, huesos y nervios consigan mantenerse juntos en la vida diaria en un solo ser (hay cosas que tengo prohibido incluso decirlas, y cuántos miles de músculos tienen que actuar continuamente en medio de un esfuerzo ingente, solo para mantener un par de labios en su lugar natural, por no hablar de la potencia de los bozales que hay que poner constantemente alrededor de los lacrimales y qué tentador es dejarse fundir y fluir hacia ti y ser tú hasta el final), me das miedo, te dije. «Coge unas uvas», me dijiste, «te darán fuerza y glucosa».
Extendiste la mano hacia la fuente de las uvas que había junto a la cama y me metiste una uva en la boca, diciendo: «No es una uva, es una señora uva». Y la palabra hizo afluir en mí al instante una oleada de calor, la mordí, el zumo manó sobre tu mejilla y una gota quedó prendida en el borde de tu labio, la lamí y te pasé de mi boca a la tuya media uva y toda mi lengua por tus maravillosos labios, «Ven, amado mío, recuéstate aquí conmigo», me susurraste en silencio, y al instante me sentí lleno, volví en mí de repente, y retozamos muy unidos, más que nunca lo habíamos estado, durante un tiempo indefinido, y recuerdo que levantaste con un gesto turbador tus piernas blancas muy rectas y juntas en el aire, y yo las hice reposar sobre mi hombro derecho y apoyé la cabeza sobre ellas pensando «música», y los dos juntos nos vimos a ti y a mí como un músico con su violonchelo blanco, y esta unión, que era todavía más fuerte en el corazón mismo de nuestra conciliación, nos inflamó hasta hacernos arder en verdadero fuego, y el olor de mi sudor era tan fuerte como el olor que tengo ahora mientras te escribo, y el cuerpo estaba pegajoso y ardiente, los labios abrasados y la piel al rojo vivo en medio de la locura, y los dos acabamos a la vez, aunque no nos habíamos preocupado por el placer del otro, como a mí me suele gustar hacer, y el placer era tan grande que tuve que ponerme a pensar en otra cosa como a veces tengo que leer tus cartas con los ojos entornados, a través de la mitad de los párpados y pensé que la vocecita que ahora se oía era la mía, qué raro es cuando estoy contigo, porque termino con una voz muy fina que no es la mía, y por eso puse una voz de bajo bien grave, aun a sabiendas de que en tu opinión cuando chillo con voz aguda como antes me ves más auténtico, y para desempeñar mi papel de macho rugí enseguida, como suelo hacer, que la segunda vez siempre es mejor y más potente, y tú te dejaste tentar por el tono grosero de mi voz y murmuraste con una voz exageradamente ronca, «¿Qué sabréis vosotros, pobres hombres que tenéis que conformaros con tan poco?», y los dos sabíamos que simplemente estábamos pagando el tributo de hacer quedar bien a nuestros respectivos sexos, pero que en realidad estaba sucediéndonos algo por lo que ya no los representábamos fielmente, y logramos milagrosamente desinhibirnos de la política corriente entre hombres y mujeres, y por la proximidad y nuestro retozar en ese momento, era como si hubiéramos entrado en una senda a cuyo final se descubría que nuestros cuerpos no eran más que puro azar, ¿verdad? Unos pedazos de carne unidos así y no de esta otra forma, de manera que salía un hombre o una mujer, y verdad es que ese azar acaba por determinarlo todo y el hecho de saberlo lo vuelve a cambiar todo, da miedo incluso escribirlo por si las palabras mismas tuvieran un poder mágico que me hechice y me deje así para siempre, pudiéndome mover libremente entre los sexos como el ave de rapiña de la alianza bíblica de Abraham, permitiendo que mi espíritu se cierna sobre las carnes divididas...
Sin embargo me da miedo de esta sensación que empiezo a tener, Miriam, y es que un paso más, es decir que si seguimos un paso más hacia delante o hacia dentro, los dos correremos el peligro de transgredir las leyes de la integridad del individuo en su sentido más primario, más simple, y sobre todo me preocupas tú, sí, muchísimo, porque no sabes protegerte y estás dispuesta a cualquier locura, qué se le va a hacer, los hechos nos obligan a reconocerlo, estás tan completamente expuesta a todo que da horror, sabes muy bien que mis sentimientos nunca podrán igualar a los tuyos en complejidad ni en profundidad, en la capacidad de entrega que tienes ni en esa exigencia secreta de querer que me sea por lo menos tan fiel a mí mismo como fiel te eres tú a ti y que me lamente por las cosas en las que soy distinto a ti, porque eso es lo que me transmites constantemente, con estas o aquellas palabras (no pretendas negarlo) y es que ¡tú quieres ser yo!
Un momento, no, no me des la razón como a un tonto, agárrame con todas tus fuerzas por las caderas y envuélveme con tus piernas, mientras me susurras al oído que esa eres tú y este soy yo, y que no voy a salir: lucha contra mí. Llevo horas escribiendo, las palabras se me deshacen, estoy al límite de mis palabras, y ya no sé qué hacer contigo. Esa es la amarga verdad. No es que ahora me quiera echar atrás, ni que te diga, mira, terminemos ya, incluso antes de esa tontería de la guillotina, pero ¿no tendríamos que dejarlo antes de que sea demasiado tarde, Miriam?
13 de octubre
Yair. Sí, después de todo soy Yair. Pero el apellido no te lo voy a dar.
Te juro que me gustaría dártelo todo, cómo lo dudas, con toda facilidad podría anotártelo aquí todo seguido, nombre, dirección, teléfono, profesión, edad, para que por lo menos tuvieras un destinatario claro de tu desprecio hacia mí, pero entonces todas esas moléculas sudorosas empezarían a pegarse unas a otras, y entonces tendríamos una historia epidérmica y ambos moriríamos dos veces.
Es mejor así, créeme. ¿Qué necesidad tienes tú de saber lo insignificante y corriente que soy en la vida?
Ya está, aquí finaliza nuestra emisión, nuestra pequeña representación, se acabó. Vuelvo a estar en Jerusalén, perfectamente engarzado en mi vida cotidiana. Comprenderás que no me veo capaz de seguir contigo después de lo que ha pasado. Aunque mi rasero esté muy bajo, incluso yo tengo un límite. No puedo soportar pensar lo que has pasado por mí en esos apestosos sitios de la playa. Eso solo ha venido a demostrar hasta qué punto el contacto conmigo te ensucia.
Miriam, Miiiii-riaaaam, cómo me gustaba rugir tu nombre al principio. Ahora estoy tendido en el sótano más bajo en el que haya estado en mi vida, y me siento como una cucaracha humana. No hay castigo que más me merezca que cortar mi relación contigo. Es la única cosa que puedo hacer para hacerme justicia. He estado a punto de escribir «Quién sabe cuánto tiempo pasará hasta que vuelva a ser yo mismo», pero como bien sabido es, ¿quién es ese yo mismo, y quién demonios tiene intención alguna de volver a ser él?
Por lo menos dos veces al día, cuando yo estaba contigo, él asomaba la cabeza por la puerta para interesarse por si ya había llegado a su fin su pesadilla y tú te habías marchado. No me cabe la menor duda de que ya mañana, ¿qué mañana?, esta misma noche, no, ahora, cuando cierre el sobre, lo veré sentado en mi silla con las piernas en alto y sonriéndome, «Baby, I’m home!».
Basta ya, terminemos de una vez. Esto es como pronunciar el responso de mi propio entierro. A lo largo de estos meses me has dado el regalo más grande que haya recibido en la vida (solo puedo compararlo con lo que me dio Maya cuando accedió a tener un hijo conmigo) y lo he estropeado. Bueno, en realidad también lo que recibí de Maya me dedico a destrozarlo a conciencia.
No soy capaz de describir con palabras cómo me ha afectado el pensar que lo has dejado absolutamente todo para ir a Tel Aviv. Que estuviste allí por mí. Te vuelvo a repetir que para ti puede que eso sea completamente natural, porque te pareció que yo estaba en apuros y saliste en mi ayuda, pero yo, sin embargo, me emociono mucho al pensar que alguien ha hecho algo así por otra persona. Por mí.
La idea que ahora me tortura es que como yo estaba tan sumergido en mis pensamientos, ni te vi, ni tan siquiera te adiviné. Que durante dos días nos halláramos a una distancia de quizá unos cien metros el uno del otro, que incluso puede que nos cruzáramos hasta casi rozarnos, y que yo, ¿qué es lo que veía? Solo palabras.
Pensar en ti caminando entre las prostitutas de la playa y preguntándoles, o entrando en los hoteles por horas de la calle Allenby y Yarkon, para después volver a salir a dar vueltas por la noche, y por los gimnasios y las salas de masaje, indagando y tratándote con esos tipos tan repugnantes que hay allí. Y aquel chico que primero te miraba y que luego empezó a seguirte, ¿no pasaste miedo? Imagina que alguno de tus alumnos te hubiera visto. ¿No pensaste en que tenías que estar loca para hacer algo así por mí?
Miriam, mi más que muy y terriblemente queridísima Miriam, por lo espantosamente encogido que tengo el corazón, sé que este es el momento en el que tendría que salir a tu encuentro y decirte, ven, intentémoslo, por qué no, quizá sea posible; honorable juez, podría ordenarle a la realidad que abriera un poco sus quijadas para que pudiéramos liberar de ellas, por un momento, a dos personas que quieren estar solas, ¿qué hay? Dos personas que se han gustado y que a quién le va a importar que se abracen y se achuchen durante dos horas a la semana en algún maldito hotel y vean cómo les va, y comprueben hasta dónde están dispuestas a llegar juntas. Aunque, ¿por qué va a ser en un maldito hotel?, honorable juez, cede por una vez, haz la vista gorda, tórnatelo como parte del proceso de rehabilitación del delincuente que yo soy, así que ¿por qué no pensar que se van a ver en un lugar bonito y al aire libre, junto a la orilla del mar, en una ciudad bonita, en el césped de Ramat-Rajel frente al desierto, en un bosque de encinas que mire al Mar de Tiberíades...
¿Qué va a ser de nosotros?, preguntabas al final. Es verdad, ¿qué va a ser de nosotros?
YAIR Todavía un momento más. No soy capaz de dejarlo, como que si dejara de escribir todo se acabaría.
Ya por cómo reaccionaste a mi primera carta supe que me llevarías a un lugar muy alejado, más allá de mi horizonte, y sin embargo te seguí. ¿Por qué fui contigo? Si el primer impulso, después de que escribieras que mi carta te había emocionado, fue cortar en seco inmediatamente. ¿Te das cuenta de que eso fue lo que escribiste, ya desde el principio, sin tan siquiera saber quién era yo, con toda franqueza y sin ninguna clase de triquiñuelas ni disimulos?
Es tan poco frecuente, créeme, cree a este experto. Así que ya entonces me dije, es demasiado buena y honesta para los apasionados jueguecitos que tú te traes. Sé generoso por una vez y déjala marchar. Seguro que Jack también dejó marchar a una mujer antes de destriparla, ¿verdad?
Estoy seguro de que te opondrás a esta comparación, pero curiosamente tu integridad se me asemeja ahora a lo que llamaste una vez mis «confusiones e ilusiones». Se trata de una integridad, la tuya, que no cae por su propio peso, no por lo menos según las reglas comúnmente aceptadas de la hipocresía. Es una integridad particular, específicamente tuya, como un campo de batalla entre todas las fuerzas poderosas que hay en ti, que todo el tiempo actúan juntas embarulladas, y que aun siendo así, cuando las tocas todas juntas, no mueres, sino todo lo contrario. Ojalá que yo pudiera aprender esa habilidad de ti, pero creo que ya no lo conseguiré nunca.
¿Me produce eso tristeza? Sí, y vergüenza también. Puede que creas que yo no tengo ni idea de lo que es la vergüenza, pero te pido que no me quites el derecho a avergonzarme.
¿Sabes?, durante todo el período de nuestra relación te he sido fiel. Es decir, por muy lastimoso que te pueda parecer, incluso (casi) perdí el gusto por mirar a otras mujeres, por fantasear con ellas o por probar suerte. Si en algún momento me asaltó la tentación, enseguida notaba cómo tú (tú, no Maya) se encogía dentro de mí con gran dolor. Para mí es muy importante que sepas que no hubo excepciones, y eso no es sencillo para mí. Diez veces al día se me llenaba el gran odre del orgullo de ser tuyo. Seguro que te repugna que me pavonee de esta manera de «mi fidelidad», porque la verdad es que no tengo derecho a hacerlo porque se trató solo de un repliegue a la segunda fila del frente de la fidelidad, pero aun así...
Miriam, esta es mi última carta porque, por lo visto, no te voy a seguir escribiendo. Has visto, ni siquiera hemos llegado a la guillotina. Nos las hemos arreglado nosotros solos, sin ayuda. Si no fuera tan tonto, hubiera podido ser feliz contigo, sin que importara cómo, de cualquier forma que el mundo nos lo hubiera permitido. A propósito, estoy mirando la fecha y acabo de recordar que esta semana ha sido tu cumpleaños, ¿verdad? Has cumplido los cuarenta, hace tres días. Claro que sí. Seguro que me estuviste esperando ese día, tenías la esperanza de que te hiciera un regalo, que te lo llevara, y al final no recibiste más que todo aquel papelerío desde Tel Aviv y encima ese «no salgas», de postre.
¿Qué te puedo desear por tu cumpleaños? En realidad, lo que te tendría que desear es a ti misma, porque tú eres el regalo más preciado y exótico que yo pueda imaginar. Ojalá hubiera podido tener más valor para quedarme contigo.
No, quiero pedir algo más grande, por qué conformarse con menos, quiero formular un verdadero deseo: ojalá que el tiempo se detenga, que este verano dure para siempre, que yo pueda huir de mí mismo, de mi propio abrazo mortal, y que aparezca de repente en otro lugar, supongamos que delante de ti, pero renovado, libre, desnudo, aunque sólo sea por un día, durante la página entera de una carta, un solo instante de completa libertad, ¿por qué no, realmente? Si no ¿qué sentido tiene lo que soy?
YAIR EINHORN
(Medianoche)
(¿Y eso es todo? ¿Por un apellido como ese tanto alboroto y tanto misterio?)
Tengo treinta y tres años. Vivo en el barrio de Talpiot. La dirección está en el sobre. Se trata de una parte nueva de casas unifamiliares muy apiñadas, del tipo «ya tengo el chalet» para nuevos ricos. A ver, ¿qué más? Tengo un negocio relativamente grande, que se llama Palabras Vanas. Precisamente bastante cerca de tu casa. Justo en el límite del bosque de Jerusalén. Vendo libros usados y localizo libros raros a los interesados. ¿Qué más? Pregunta, pregunta, la reja está abierta. Tengo un equipo de diez empleados, incluido un restaurador de libros y un pequeño genio en silla de ruedas que se conoce prácticamente cada libro que se escribe en hebreo y que es capaz de identificar un libro por medio de una sola frase del mismo (fue él quien te encontró lo de «revestirse de una historia»). Y siete caballeros motorizados a quienes rescaté de una empresa de reparto de pizzas a domicilio que quebró, y que ahora se han convertido en portadores de libros a las casas de los clientes por todo el país dejando tras de sí las negras marcas calcinadas de sus ruedas mientras transportan todo libro y revista que exista en esta galaxia, desde libros sobre el cultivo de la orquídea y la vida de Elvis Presley, hasta libros sobre judaica o los Anales de los amigos de la monarquía holandesa.
De cada ejemplar de Zorba que cae en mis manos, me preocupo de arrancarle un pedacito y tragármelo (hay que entender que ya no soy tan joven como antes). Y ni que decir tiene que me quito el sombrero ante ti, mi sombrero de profesional del gremio de libreros, por el hecho de que consiguieras contratar sin bombo ni platillos la suscripción de ese periódico chino para sus dos únicos lectores de este país.
Apenas si puedo respirar, pero eso ya te lo he dicho, ¿verdad? Sí, ya lo sé.
¿Entonces? ¿Y si charlamos un poco de algún asunto cotidiano para vencer el azoramiento? De repente me siento un poco incómodo, ¿tú no? Alguien nos ha insuflado un poco de realidad. ¿Qué te hable más de mi trabajo? Pues claro que sí, porque de cualquier manera ya nos hemos rendido ante pequeños comadreos. ¿Quieres saber qué es lo que mis empleados reciben como regalo por las fiestas?
Basta, Miriam, renuncia a mí, todo ha sido pura imaginación, si existiera otra solución, otro sistema, en el mundo. Prácticamente todo lo que he hecho, he dicho o he sido, lo pasaba antes que nada a través de tus ojos, de tu pensamiento, de tu ávida boca. Si alguien me ponía nervioso en el trabajo o al volante, me ponía a pensar en ti dándole vueltas a tu nombre debajo de la lengua, y al momento me calmaba. Nunca me había encontrado con nadie en cuyas manos hubiera deseado tanto depositar mi alma, y en el que confiara ciegamente para que recompusiera mis pedazos rotos. Hay genios de esos que les dan un puzzle de un loro y ellos consiguen obtener un pez. Yo te entregué una sabandija y tú me has transformado en una persona. Las mismas piezas pero, con toda seguridad, siempre mucho mejor.
Quizá debiera contarte que, en mi necedad, durante las últimas semanas he estado pensando que si yo tengo un objetivo en la vida eres tú. O que está relacionado contigo. O que a través de ti lograré, de algún modo, alcanzarlo. Esta creencia no tiene demasiada lógica, pero así es como lo he pensado y es solo a ti a quien puedo escribir algo como esto sin sentirme ridículo. Ahora tendré que volver a buscar ese «objetivo» en otro lugar más sencillo, donde según parece más fácil me resulta buscarlo, bajo la luz, en nombres como Luz o Clara. Lástima.
Se me ocurre que si, supongamos, me secuestraran o desapareciera sin dejar rastro, y viniera un detective para intentar entender y recomponer quién he sido solo según lo que los demás que me rodean saben de mí, no lo conseguiría. Mira, también eso lo he sabido gracias a ti, que vivo, sobre todo, de lo que no tengo.
Tenía la esperanza de que este oficio iba a hacerme más feliz, pero no. Los detalles no tienen importancia. Y es que no te he contado los muchos trabajos que he tenido ni en cuántos errores me he revolcado. Justamente aquí creí haber encontrado el oficio que a mí me estaba destinado: trabajar con libros y con historias, encontrarles a las personas los libros que les gustaban en la infancia, porque ¿qué podía haber más adecuado para mí? Pero resulta que no. Que con esto solo me encuentro a gusto a medias, que se trata todavía de un placer de segunda mano para mí.
No te puedes hacer una idea hasta qué punto aborrezco los libros en este momento. Porque ¿cómo es posible que ninguno de los miles de libros que tengo a mi alrededor me pueda ayudar ahora y que, del mismo modo, ninguno cuente tu historia y la mía?
Además de que tampoco ninguno de ellos me dio nunca lo que me han dado tus cartas.
YAIR
OceanofPDF.com