Tú serás mi cuchillo

David Grossman · Capítulo 1 de 5 · parte 7/11

Páginas del PDF

Tú serás mi cuchillo

Yair

Este capítulo es largo, así que está dividido en 11 partes.

 

17 de agosto

Solo para comunicarte que esta mañana he cumplido con mi parte del compromiso (referente a la recompensa que mereces por lo de la línea de tiza alrededor del cuervo), y me he leído el cuento que me has pedido y en un lugar bonito, tal y como tú querías.

Lo he llevado a la presa. He encontrado tu sitio reservado, el asiento viejo de un coche. He reconocido el madroño, lo he llamado por su nombre y nos hemos abrazado emocionados. He triturado salvia entre los dedos y he murmurado Rotem, Lotem, Totem. Espero que no te enfades por esta incursión mía en tu territorio. Tantas veces «me llevas ahí» mientras lees mis cartas en voz alta y mantienes conversaciones íntimas con la presa y con el valle que se extiende ante ella, que después de que por fin te decidieras a presentarme «oficialmente» a estos familiares tuyos, he creído que había llegado el momento de que yo viniera a visitarlos como hombre, como persona.

¿Que el lugar es tan hermoso en invierno como un fiordo noruego transportado a los montes de Jerusalén? Resulta un poco difícil imaginarlo ahora. La enorme presa corta el valle en dos como la cicatriz de una operación a lo ancho del vientre. La sequía que ahora reina parece desmentirlo (aunque quizá en invierno, como has dicho, tu visión se materializa).

Mira, he leído todo el cuento, incluso en voz alta. No me extraña que haga años que no estás dispuesta a releerlo. El único consuelo que puedes tener es que a mí también me ha dolido hoy de un modo especial.

Me pediste que te escribiera exactamente qué es lo que he sentido, que te informe sin miramientos.

¿Te acuerdas del momento en el que la madre de Gregorio lo ve por primera vez (después de haberse convertido en una cucaracha)? Ella lo mira, y él la mira a ella. Ella grita «¡Dios mío!» y da un paso atrás, hasta que se choca con la mesa y se sienta encima (distraída, medio desmayada).

Las veces anteriores que he leído esta obra, la parte que me ha resultado más dura ha sido la de la larga agonía de Gregorio. Pero esta mañana, cuando he llegado al punto en el que la madre recula en medio de la aversión que siente y al «madre, madre, dijo Gregorio en voz baja alzando los ojos hacia ella»...

Porque siempre existe la esperanza de que si ella no se hubiera arredrado de esa manera, quizá hubiera podido redimirlo de su desgracia.

Aunque sé que si ella lo hubiera «reconocido» (o por usar una palabra tuya «apoyado»), entonces ya no sería el cuento de Kafka, sino más bien un cuento de niños. Como, por ejemplo, el cuento ese de Momintroll.

Un abrazo. Te he dejado una nota por allí, por la zona de la presa. A ver si logras encontrarla.

 

17 de agosto (12.45, junto a la presa)

M.

En tu última carta no has sonreído ni una sola vez. Me ha parecido que incluso me guardas un poco de rencor (¿?) por el hecho de que puede que por mi culpa, esa vieja ofensa, la humillación que sigue viva desde la infancia, haya resucitado en ti con demasiada virulencia.

Quizá sea por mí. No lo sé. O puede que por lo que muy al principio dijiste, que hay en mí algo que durante toda la vida te habían obligado a ocultar.

(Pero de qué se trataba, eso no lo decías.)

 

20 de agosto

Pero ¿sigues empeñada en eso? ¿Quieres encontrarte conmigo «al completo»? ¿Una cita de verdad? ¿O, por lo menos, sin decidir de antemano lo que va a suceder en ese encuentro? ¿Sin descartar de entrada ninguna posibilidad? Cuando dices «al completo», te refieres ¿en cuerpo y alma? ¡Pssst! Un eunuco turco de mirada húmeda y bigote caído pasa como una mangosta y extiende ante tus ojos un manojo de fotos de extraños desnudos míos en posturas provocativas, pero no lo creas, se trata de un fotomontaje, aunque tienes que examinar detenidamente la mercancía, porque ya es hora de que yo ponga las cartas (trucadas) sobre la mesa, para que puedas sopesar de nuevo, con tus propios ojos, la propuesta que me has hecho: porque tengo un cuerpo y una cara que no son míos, debido, según parece, a un grave y ridículo error, ocurrido durante el grotesco sorteo de la vida, en el que me implantaron un cuerpo y un rostro que mi alma rechaza desde hace años...

Escucha, Miriam, aléjate y tápate los oídos con las manos, porque por una vez tengo que pasar esto a través de la bilis que me inunda la garganta: yo, de niño, tenía un alma que era un volcán, que escupía fuego, lava y piedras incandescentes, Picasso, el rey David, Maciste y Zorba juntos, pero tenía una cara y un cuerpo... Bueno, ahora ya sabes lo que pienso de ellos, y dentro, mis nueve almas se revolvían como lenguas de fuego; eso era lo esencial, ahí estaba mi felicidad, porque todavía no sabía qué aspecto tendría, ¿entiendes?, no había sido formulado y definido desde todos los ángulos posibles (¿por qué no se obligará a la gente a sacarse permisos para determinadas palabras, de la misma manera que se tramita un permiso de armas?), no había nada entonces que pudiera ponerse en mi camino, y la pregunta consistía solamente en qué escoger, si espionaje, arte, comandos, viajes, crimen, amor, naturalmente que el amor, desde la edad de cero años, no quieras ni saber la vergüenza que les hacía pasar a mis padres ya desde la guardería, un niñato de cuatro años, y desde entonces no he dejado de verter mi afecto sobre todo el que no corre lo suficientemente deprisa, pero no te dejes impresionar demasiado: la mayor parte de mis amores ni tan siquiera sabían de mi existencia. Y es que hasta el día de hoy tengo que irrumpir por la fuerza en el campo de visión de una mujer si estoy interesado en mantener una relación, como tú muy bien sabes. Ahora bien, si se trata de imaginación, la tengo completamente desbordada, el pensamiento me vuela sin límites. Siempre supe, con una seguridad demencial, que lo que me sucedía entre tanto, en la realidad, no era más que el preámbulo, tan solo una durísima prueba para cuando finalmente la vida empezara de verdad y yo saliera, de repente, de la crisálida que era, del judiito pálido y aldeano, para convertirme en Tarzán y en el león a la vez, y poder brillar con el fuego multicolor que ardía en mí... ¡Ah, las cosas que me imaginaba! Me pondría a gritar de tanto como las añoro, unas enormes lenguas de fuego, rojas y amarillas que bailoteaban incitándose las unas a las otras...

 

Pero entretanto había que mantener la cabeza gacha y seguir sufriendo en silencio como, por ejemplo, cuando mi padre me habló durante meses en femenino, Yaira trae esto y Yaira trae lo otro, y ¿por qué?, pues porque sí, porque un día me vio pegarme con un niño del barrio en la acera, delante de nuestra casa. Yo enseguida lo tiré al suelo, fue un milagro que del cielo me hubiera bajado un niño más débil que yo, pero después de haberlo tirado al suelo, me levanté enseguida y me marché, dejándolo tendido en la acera y sollozando, en lugar de romperle los huesos como un hombre, de arrancarle los huevos o de hacer cualquiera de las otras cosas que mi padre, que me espiaba desde el otro lado de la ventana cerrada, deseaba tanto que yo hubiera hecho, y es que en medio de la pelea, cuando levanté por un instante la cabeza, vi su cara, la de mi padre, a través del cristal, una cara que iba deformándose y poniéndose violeta, como si encogiera quemándose en un fuego, y sin saber siquiera lo que hacía, se metió bien hondo los puños en la boca mientras se clavaba en ellos los dientes con una mezcla de sed de sangre y pánico de cachorro abandonado, mi pobre padre.

Cuando volví a casa él ya me estaba esperando con el cinturón marrón y finito que sabía sacarse de las trabillas del pantalón de un tirón único y sibilante, y empezó a azotarme sin parar mientes; ese día «el marrón» hizo horas extraordinarias, así es como con frases similares a esta nos reímos y bromeamos en nuestro círculo familiar hasta el día de hoy, cómo Iri, un nombre que yo odiaba pero con el que me llamaban, hacía enfadar a papá, y todos nos reíamos hasta que se nos saltaban las lágrimas. Pero eso ahora no tiene importancia, lo principal es que él me pegaba y cuando con eso no se desahogaba lo suficiente, se lanzaba sobre mí con sus puños mordidos ensangrentados y su cuerpecillo flácido temblaba y se estremecía convulsionándose hasta que los ojos se le inyectaban en sangre, ese hombre al que jamás yo había visto pegarse con nadie. Siempre era muy delicado, considerado y adulador si alguien nos pasaba por delante en la cola del cine o nos tapaba la salida del coche en el aparcamiento. Tendrías que haberlo visto arrastrarse ante su jefe, un coronel, y ante el niño del coronel. Y una vez, cuando un vecino asqueroso, el asesino ese de Surkis, me dio una bofetada en la calle porque yo había estado gritando entre las dos y las cuatro de la tarde y le había estropeado la siesta, mi padre, que había estado en la terraza, enseguida se metió para dentro para aparentar que no había visto nada, pero yo sí lo había visto a él. El caso es que él me pegaba mientras yo me mantenía encogido y me recordaba constantemente a mí mismo que aquello estaba bien, que así es como tenía que ser, que los padres les pegan a los hijos, ¿qué querías, que fuera al revés? Yo mismo me convencía de que aquello formaba parte de la gran prueba y eso lo pensaba en medio de sus golpes.

Pero ¿qué es lo que había empezado a contarte?

Que tú quieres encontrarte conmigo «al completo» y que me has pedido que te presente también al niño que fui para ayudarnos a hacer las paces a él y a mí, para que llegue a ser capaz de mirarlo de una manera diferente a como lo miraban en casa de mis padres, recuerdo absolutamente cada una de las palabras que has escrito, y en el margen anotaste con lapicero que de ninguna de las maneras nos íbamos a encontrar como dos pedófilos, porque eso pertenece al lenguaje de ellos, Yair, sino que nos veremos como lo harían dos niños. Lo ves como sí me acuerdo, no llegarías a creerte de cuántas cosas tuyas me acuerdo de memoria, palabras y música incluidas, como cuando dijiste, ya no puedo seguir así, lejos de ti, en abstracto, porque lo que nos está sucediendo me desborda y no sabes la necesidad que siento de contacto físico. Contigo. Ven con tu cuerpo, al completo, de forma tangible, entera o defectuosa, hendido o doble, pero ven con los brazos abiertos, como se entrega un regalo, y si te cuesta aceptarlo, dite a ti mismo que Miriam quiere conocer personalmente al niño que fuiste, anda, dame ese gusto, porque a pesar de lo que lo has calumniado, estoy segura de que es un niño bien guapo...

Una vez más, Miriam, vez tras vez, vienes y me abres con unas llaves secretas, ¿cómo es que tienes ese poder de maga? Escucha la historia que te voy a contar.

(No. Tiene que ser en una carta aparte. En un sobre separado. Tal y como fue.)

 

20 de agosto

Érase una vez un niño de unos doce años, aproximadamente, que volvía una tarde de ver una película con Shai, su mejor amigo hasta el ejército. Al llegar a casa de Shai se despidieron y el niño siguió solo hacia su casa. Allí lo estaban esperando, tú ya sabes quiénes, así que no te sorprenderá que anduviera despacio.

Míralo, camina solo por una calle lateral intentando conservar en su interior la dulzura de la película que se le ha escapado un poco en el autobús, por culpa de las burlas y las risas de tres troncos pasotas (por aquellos años se llamaban gamberros) que se han estado metiendo con él, y solamente con él, mientras Shai ha permanecido allí sentado con las piernas temblándole en los pantalones, de manera que el famoso ingenio de ambos, mediante el cual siembran el terror entre profesores y alumnos, se ha convertido de repente en una pompa de chicle demasiado inflada, hasta el punto de que acaba estallándole a uno en la cara.

Caminaba por la calle silenciosa y vacía e intentaba, con todas sus fuerzas, olvidar lo que sintió cuando Shai había mirado hacia el otro lado para abstraerse de lo que allí estaba pasando, ciego y sordo. Sabía, además, que también él se habría comportado así en el caso de que la situación hubiera sido a la inversa, así que estaba al borde del llanto mientras maldecía su debilidad y se juraba que de ahora en adelante dejaría de robar dinero de la cartera sagrada para comprar libros y que lo robaría para comprar un bullworker y entrenarse día y noche como una bestia para desarrollar los músculos. Aunque sabía que tampoco eso serviría de nada, que no tenía en su interior esa cosa que conecta los sueños con los músculos y que convierte al Tarzán interno, que te está rugiendo en el corazón, en un puño que reviente la mandíbula del gamberro del autobús. Esa cosa misteriosa que convierte, por lo visto, al hombre en macho. Además, sabía muy bien que si un día llegara a pegarle a alguien, enseguida se darían cuenta de que en él no era algo que le venía de forma natural. Mientras meditaba todo eso, caminaban delante de él por la calle dos mujeres, una joven y una vieja. Vieja, exactamente, no, sino mayor, y avanzaban despacio, tranquilamente, conversando entre ellas en voz baja, del brazo, e irradiando una calidez que él enseguida había notado y que parecía llamarlo.

Cuando las pasó (vestido con los elegantes pantalones de tergal que su padre le obligaba a ponerse cuando salía, y muy relamidamente peinado con la raya al lado), le pareció que una de ellas, no supo apreciar quién, le susurraba a la otra, «qué niño más guapo».

Bueno, ahora que ya he empezado a contártelo no me queda más remedio que seguir, ¿no?

Continuó andando unos pasos más, hasta que aquellas palabras penetraron en él y lo hicieron detenerse. Como le daba vergüenza quedarse allí parado en medio de la calle se arrastró como pudo hasta uno de los portales y se quedó allí en la oscuridad, temblando y chupando aquellas cuatro palabras...

Por supuesto que al cabo de un rato empezó a torturarlo la duda de si de verdad había oído lo que había oído y si en efecto una de las dos lo había mirado a conciencia y aun así había dicho lo que a él le parecía haber oído. Y suponiendo que sí lo hubiera dicho, ¿quién habría sido, la joven o la vieja?, y ojalá que hubiera sido la joven porque él ya sabía, aunque vagamente, que las viejas eran más condescendientes con los niños como él, mientras que si de todas formas había sido la joven, guapa y moderna, entonces puede que la situación no fuera tan grave, porque a ver si no era verdad que ella era completamente objetiva con respecto a él, no lo conocía y nunca antes lo había visto, de modo que no había estado obligada a decir lo que había dicho, por lo que esas palabras suyas se revestían de una autoridad casi científica.

Pero ¿lo habrían dicho de verdad? De eso no estaba él completamente seguro, porque puede que hubieran estado hablando de una película que les hubiera gustado y citaran ahora alguna frase de ella, o que simplemente dijeran «qué piso más caro» o «qué libro más raro», y si no puede que estuvieran hablando de otro niño que las dos conocieran y a quien el piropo realmente le cuadrara.

Sería bastante estúpido seguir extendiéndose en esto, ¿verdad? Pero el caso es, entiéndelo, que estas palabras no han visto nunca la luz, sino que siempre han sido proyectadas en la oscuridad, sesión tras sesión.

¿Qué hizo él entonces? Se quedó en aquel portal oscuro literalmente temblando de angustia y confundido, sin saber si salir corriendo tras ellas para explicarles con una voz lo más comedida y madura posible que perdón, pero antes, cuando he pasado por su lado, una de ustedes ha hecho una observación referente a un determinado niño, una observación de pasada, es cierto, pero por un extraño cúmulo de casualidades ese comentario resulta ser de una importancia máxima, determinante, un asunto de vida o muerte que resulta difícil de detallar en este momento, un asunto de alta seguridad en realidad, así que por favor, aunque suene un poco raro, ¿podrían ustedes repetir, y enseguida, lo que se les ha escapado cuando las he pasado y me he puesto delante de ustedes?

Echó a correr detrás de ellas, despacio y, de repente, volando, deteniéndose para luego volver a correr, turbado y derrotado, hasta que al momento dio la vuelta en redondo y volvió rápidamente al portal oscuro de antes, donde se quedó tiritando frente a la pared, sintiéndose como una presa todavía medio viva, y ya no le importaba que alguien fuera a pasar y lo viera, pero esas cuatro palabras que quizá había oído, ojalá, de pronto levantaron el vuelo en medio de una loca alegría, como cuatro pajarillos en un parque helado...

¿Qué hubieras hecho tú en su lugar?

Él muy bien sabía que aunque encontrara a las dos mujeres, no se atrevería a preguntarles, porque quien pregunta algo así en voz alta se condena a una vida de vergüenza eterna, y en el caso de que, supongamos, las dos (también la joven) le dijeran que sí, que él era ese niño, el niño guapo, ya no podría creerlas del todo, porque tendrían tiempo más que suficiente para mirarlo mientras él les estuviera haciendo su extraña pregunta, de manera que entre tanto lo comprenderían todo, porque resultaba imposible mirarlo sin comprender, y entonces le mentirían por piedad, qué te crees, ¿que hoy no correría tras ellas suplicándoles que me lo dijeran? Querría que de mil y una maneras me lo confirmaran, así que corro, corro detrás de ellas también hoy, porque no ha pasado ni tan siquiera un día desde entonces.

Eh, te quedas, ¿verdad?

De repente siento como un gran desgaste.

Me alegra que te guste mi nombre. Nunca había pensado en él como un nombre con proyección de futuro o que contuviera una «verdadera promesa». Siento también alivio por el hecho de que hayas dejado de preocuparte por la cuestión de si Wind es realmente mi apellido, y que te conformes con que mi nombre te acompañe...

He tardado meses en descubrir los hilos ocultos que mueven tu sentido del humor, que pasa, como si nada, entre las líneas de las cartas, silbando suavemente y con las manos en los bolsillos...

Dime, ¿has notado que hace ya aproximadamente un minuto entero que intento ocultar una alegría repentina y demencial? Las lágrimas tienen el mismo sabor, pero es como si hubieran cambiado los grifos... Una especie de cosquilleo traidor y cálido de felicidad, que no tiene ninguna explicación ni justificación en las cosas que he contado, excepto por el hecho sorprendente de que las he contado. ¡Atención! ¡Todas las unidades en alerta! ¡Una fuga de felicidad! ¡La avería va a ser localizada inmediatamente!

Pues no, la verdad es que no. Unidades, no os pongáis en alerta. Que se filtre lo que haga falta y me arrastre consigo, y no me importa que los perros ladren tras de mí ni que sobre las vallas electrificadas se encuentre la inscripción: «La familia te hace libre». Mira, puede que de todas formas intente escapar y, aunque no creo que lo consiga, esta vez tengo ayuda desde fuera, la de una mujer que me espera del lado iluminado de la libertad. Estos son los regalos que tú me haces, así que ya no temo nada y estoy dispuesto a gritar con todas mis fuerzas que sí quiero, que creo que es posible que tú y yo salgamos uno al encuentro del otro y que nos encontremos de verdad a mitad del camino, porque ese tipo de milagro existe.

Necesito estar solo conmigo. Adiós, Miriam.

YAIR (Ahora, deprisa, asómate y mira cómo sucede, cómo la bolsa del veneno me es inyectada en la sangre, la retransmisión en directo en el mismo momento del crimen: es una habitación blanca, cuatro paredes, no hay ventana, ni cuadros, en cada pared se encuentra fijado un ojito abierto, es decir, cuatro ojos abiertos, sin párpados, sin pestañas, ni pestañeos, cada par de ojos tiene una misma mirada, una mirada constante, fija y congelada en su interior. Y en el suelo, entre las paredes, corretea una rata ciega.)

 

21 de agosto

No temas, no se trata de otro rollo. Solo es un beso de buenas noches:

Antes, te reías de que mis cartas eran como madejas. Sé que he llegado a liarme tanto que quizá ya no sea posible desenredarme. Ni siquiera te pido que lo intentes sino solo que la sostengas, la madeja, entre las dos manos, por un momento, durante otro mes más, el tiempo que puedas. Ya sé que es demasiado, lo que te pido, pero es que ahora te encuentras justo a la distancia necesaria de mí, a la distancia adecuada de proximidad y desconocimiento (tú ya no eres una desconocida), entre mi vergüenza y mi orgullo, y eso te pido que ya no me lo quites. ¿Cómo voy a poder mirar a Maya a los ojos si la meto en el cuarto de la rata ciega? Ella es mi mujer, y yo soy su hombre. Cuando estoy con ella, las pupilas de la palabra hombre nunca se mueven.

YAIR

23 de agosto

Gracias por haber contestado tan deprisa. Seguro que has notado por lo que he pasado desde la última carta.

Hoy solo quiero acariciarme contigo, consolarte, que nos consolemos mutuamente... Literalmente has fluido hacia mí con la escritura, me has dado tanto de la niña que fuiste, y de tu madre y, sobre todo, de tu padre. Al fin y al cabo había allí alguien tierno y lleno de amor (según parece me equivoqué por completo porque me lo había imaginado un pendenciero, un entrometido y un amargado, quizá porque solo conocía de él eso de «¿Por qué no estás contenta, Miriam?»), aunque quizá un poco demasiado blando para el difícil papel que tenía, el de protegerte de ella.

Mira qué maravilla, que aunque nuestras casas fueran tan distintas la una de la otra en mil detalles grandes y pequeños, los dos nos hemos «sentido en casa» cada uno en la del otro, y cuando has hablado de la soledad que hay en la falta de espacio y cómo tenías que luchar por tener un poco de intimidad, he pensado en el placer que supone que solo nosotros dos, de todos los millones de personas que viven en este país, sepamos hoy exactamente cómo es la ganadora del concurso de ordeño de la provincia china de Chang-She...

Porque quien no se haya criado en una casa así, puede llegar a pensar que existe una completa contradicción entre «soledad» y «lucha por la intimidad», ¿verdad? Mientras que solo el que haya crecido allí conocerá exactamente la sensación que se tiene cuando esta contradicción te desgarra en mil jirones.

Pero hazlo con cabeza.

¿Cómo pudiste resistirlo? (Lo que quiero ahora es gritar, ¿qué tienes tú que ver con esa mujer? ¿Cómo es posible que tú, tú salieras de ella?) Y los esfuerzos que hiciste, durante todos esos años, para intentar acercarte a ella, intentar que te amara; me parece muy noble, por tu parte, que pudieras, a una edad tan temprana, esforzarte por calmarla un poco de su ira contra ti... ¿Y qué hay de la reparación, de la explicación de la que siempre hablas? ¿Nunca llegó a existir entre vosotras? ¿Ni tan siquiera una vez?

Yo también conozco esa sensación de traición, de infidelidad de la que me hablas; ay, Miriam, ay. Los ayes de la vida. Siempre formulas las preguntas más difíciles, y ya has visto que no tengo respuesta que no sea estar a tu lado, lamentarnos juntos y volver a preguntarme contigo por qué realmente las cosas son de esta manera, por qué nunca, por lo visto, aprendemos a producir desde dentro la veta que más necesitamos.

¿Y cómo es que tanto sabes dar lo que nunca has recibido?

Ahora mismo me tengo que marchar (¡una reunión de la guardería!) y queda muchísimo por decir; seguro que tienes razón cuando crees que un encuentro «a medio camino», tal y como yo lo propuse, ya no resultaría satisfactorio, y que un encuentro real entre nosotros podría tener lugar solamente si cada uno de nosotros recorre su camino completo al encuentro del otro. Ojalá que también yo fuera capaz de decirlo con tanta certeza como la tuya. Lo deseo, más de lo que he podido desearlo en mi vida, pero tengo la sensación de que nunca he hecho un camino tan largo.

Despacito, ¿de acuerdo?

Voy leyendo y pienso en lo simple y lo banal que es mi historia frente a la tuya (aunque yo quizá la cuente con un poco más de dramatismo...), pero luego veo que en la pepita, en la maldita y amarga pepita, son iguales, y entonces me pongo a pensar en cómo decenas o quizá cientos de veces durante mi vida he vendido mi historia para impresionar a alguien (con más frecuencia a un alguien femenino) con mi triste biografía. Casetes. Durante los últimos años incluso he dejado de sentir náuseas, pero hay una cosa que no he dejado de hacer y es que se la cuento como una lagartija que sacrifica el rabo para salvar la vida. Mientras que a ti, lo que quiero, es entregarte la vida, porque ese ha sido nuestro trato, vida por vida. Y quizá un día, cuando sea mayor, podré entregarte también ese regalo que tanto deseas recibir de mí y vista de una historia tu rostro.

26 de agosto

Perdona, perdona, perdona, tienes toda la razón, no tengo nada que decir en mi defensa. Han sido unos días de locura. Trabajando y correteando de un sitio para otro desde la mañana hasta la noche. Apenas tengo tiempo de comer. Pero me acuerdo de nosotros y estoy con nosotros (no temas). Pronto te escribiré una carta de verdad. Es que ahora, en realidad, no existo. Sujeta la pasarela desde tu lado (seguro que puedes hacerlo mejor que yo) y permíteme solo recordarte que sigo siendo egocéntrico incluso en mis momentos de mayor humildad. ¿Te acuerdas de tu idea de contarme cómo nos conocimos tú, tu madre y yo cuando yo regresaba a casa del cine aquella noche?

Y.

A propósito, en relación a tu pregunta del final, en letra muy grande (¿cómo es que te acuerdas ahora de preguntarlo?), las respuestas son muchas y variadas.

La primera (para el gran público): empecé con eso porque sí, porque me resultaba cómodo, un buen día estando en el ejército, en la reserva un invierno, y desde entonces eso sigue igual.

La segunda (digna de ser publicada en Ecos de educación): escucha, Miriam, claro que de un modo lógico entiendo muy bien lo que dices en esa especie de sermón entusiasta y lleno de buenas intenciones. Ojalá yo fuera capaz de reconciliarme conmigo mismo, de verme con buenos ojos, y por qué no, la verdad, ya que yo, al igual que tú, tengo, por lo menos, a «una persona de fuera» que me mira con ojos amorosos, incluso embellecedores. Hace años que intenta con todas sus fuerzas y con todo el amor que encierran sus ojos que yo me quiera, pero que no lo ha logrado es un hecho: no consigue hacerme cerrar ni por un solo instante esos otros ojos y convencerme de que vea lo que ella (por lo visto) ve.

Respuesta número tres (en exclusiva para ti): pero lo entiendes, ¿verdad? Porque tú eres la niña y la chica que «intercambiaba fealdades» con ella misma, moviéndolas desde el extremo de la nariz hasta las pantorrillas... Y has escrito también sobre el malestar corporal que parecía «huir» de ti y que te parecía que todos notaban. También yo conozco muy bien eso y la sensación de que en algún lugar dentro de ti anida una mancha, ¿verdad? Ese es el nombre interior que yo le doy y, además, disfruta de una completa libertad de movimientos: esa pequeña mancha es mía y a la vez no lo es, me ha sido implantada pero ha prendido de una manera asombrosa y justo en el sitio en el que escoge estar en un momento determinado tiene lugar el encuentro del que te hablé una vez: el de mi alma y mi cuerpo, que se encuentran susurrando su contraseña interna...

¿A que en ese momento el resto del cuerpo apenas si existe? ¿Y que es solo hacia ese punto de encuentro hacia el que fluye toda la sangre y donde todos los tendones se tensan? (La descripción que has hecho de cuando siendo adolescente te sentías demasiado alta y cada vez que entrabas en una habitación en la que hubiera gente hacías lo posible por caerte, forma parte de lo mismo.)

Esta es mi respuesta a tu pregunta (pronunciada con una ligera nasalización que indica reserva): «¿Por qué llevas barba?».

Y.

1 de septiembre

Pero ¿sabes lo que has hecho?

¿Ella ya te ha llamado?

Pero ¿cómo se te ha ocurrido hacer algo así? ¿Qué ha sido, la presión del inicio del curso o qué?

Hasta me da miedo preguntarte qué ponía en esa carta dirigida a mí (¿habrá llegado ya a sus manos...?).

Por un lado, ya lo sabes, todos mis temores se han hecho realidad. Y por otro lado, de alguna manera, resulta casi divertido: también el hecho de pensar que si retrocediéramos cien años y mantuviéramos también una relación amorosa epistolar, tendríamos que tener en cuenta que un error así podía llegar a ser posible, aunque a la manera del siglo XIX.

Por un tercer lado, sí, por un tercer lado... eso me produce a la vez un cierto placer. Como si de pronto existiéramos también en una especie de lugar «objetivo», porque existe una testigo externa, una testigo que está vivita y coleando, completamente real, una testigo de lo que nosotros somos.

Me muero por saber qué es lo que ha dicho. Cómo ha reaccionado. Sabrá guardar el secreto, ¿verdad? Sé que en Ana se puede confiar.

Pero ¿cómo no me has contado que se marchaba de viaje? Si hace tan solo unos pocos días que me transcribiste una conversación entera que habíais mantenido acerca del loco amor de aquellas dos mujeres (¿Vita Sackville-West y Violet?), y también contabas que le leíste pasajes enteros del libro, si hasta recuerdo que ella, Ana, dijo que se había pasado la vida buscando las fuerzas que te da un loco de amor y que habló también del valor de ser franco hasta el dolor en todo lo que toca los sentimientos. Pero tu carta ni siquiera insinuaba que todo ese debate con ella había tenido lugar por medio de una conversación trasatlántica, y es que además sonaba tan íntima y emocionada como si os encontrarais en la misma habitación.

¿En qué parte del mundo se encuentra exactamente en este momento, y por cuánto tiempo? ¡Por tus añoranzas se diría que se ha marchado por unos cuantos años! Pero ¿cómo es que una mujer sola se embarca en un largo viaje por el mundo y encima con un niño pequeño?

El sobresalto del primer momento, cuando de pronto te has dirigido a mí en femenino preguntándome cómo estoy, si no me encuentro terriblemente sola allí, y si te echo tanto de menos como tú a mí...

El extraño estremecimiento que me ha recorrido cuando me has hablado así. Como si hubieras encontrado la cuerda prohibida de un instrumento.

Por supuesto que me ha divertido ver las diferencias entre lo que me cuentas a mí (de Yojai, por ejemplo) y lo que le cuentas a ella. A mí, por ejemplo, nunca me has dicho lo que pesa, ni lo que mide, ni el número que calza ya en el par de zapatos que le has comprado para el invierno.

A mí no me habías enviado una foto suya (¿te importa que me la quede?).

Me he dado cuenta de que Ana es también una persona muy próxima a Amos, incluso podría decirse que es una íntima amiga suya. Por tu carta podría llegar a creerse que las dos lo conocéis con exactamente la misma proximidad e intimidad, que las dos suspiráis por él del mismo modo (¿te has fijado?). Te aconsejo que leas el borrador, te va a interesar.

Qué extraño me resulta verte así, de una forma legítima, y darme cuenta de que tienes también otra intimidad. Además he disfrutado, a hurtadillas, de vuestro particular sentido del humor, del de las dos. Yo lo conocía solo como tu humor, ese humor tuyo tan fino y algo triste, cuando de repente resulta que tiene compañera, hasta el punto de que se nota que ha brotado, crecido y se ha refinado con las dos juntas, desde la infancia, desde el tiempo en que volvíais juntas de la guardería, Miriam, la altota, y Ana, la menudita... Y en general, esa caja de resonancia gigantesca que compartís (seguro que ni siquiera eres consciente de ello), como, por ejemplo, la visita a casa de tus padres, esta semana, tu padre tocando el piano y Yojai estallando de repente en un potente llanto, y entonces me he acordado de que tú te pusiste a sollozar en un concierto de Bronfman, hace años, estando sentada al lado de Ana, y ahora leo que cuando Ana dio a luz a su hijo, Amos le hizo oír con unos auriculares el concierto ese de Rachmaninov y todos se pusieron a llorar, no he entendido muy bien por qué, los médicos, la comadrona y el niño, y también Amos y tú, de manera que el llanto, la risa y la música fluían a una.

Dime, ¿estoy celoso?

(Porque me he puesto a pensar que esta es, en realidad, la primera carta de amor que recibo de ti.)

YAIR

 

3 de septiembre

Esto es a propósito de Emma Kirby y de lo que dijiste una vez de su voz, que despierta en ti un «revoltijo» de la felicidad y la tristeza más profundas, más plenas, esa «pena feliz» de la que hablaste.

Pues precisamente cuando he oído cómo hablas con Ana, es decir, cuando he podido aislar tu voz escrita, he pensado...

... que a veces, cuando oigo tu voz en palabras, oigo una especie de sollozo que sube por mí abriéndose camino. Se trata de una voz interior desconocida: hasta encontrarte a ti no la conocía.

¿Una pena feliz? No lo sé. A mí me parece que esa voz más bien me descompone. Es una voz poco alegre, como un sollozo, tiene algo de demencial, como el aullido de un perro que oye una flauta y se enloquece. Surge de mí, como en contra de mi voluntad (lo mismo que el ojo se ve atraído por la desgracia), hasta me molesta, me asquea y me lleva a enfurecerme contra ti, en ocasiones, como cuando le escribiste al niño que fui, por ejemplo.

Añade esto al apartado «afinar instrumentos».

 

8 de septiembre

No, no sé cómo me encuentro ahora, y me pone muy nervioso ese tono tuyo tan compasivo, preocupado (y caritativo), después de un golpe tan fuerte.

Un poco como cuando cambiaste la decoración de tu casa y borraste de un plumazo todo lo que me habías dado. Aunque, naturalmente, que no se puede ni comparar.

Porque ahora hasta me cuesta escribirte. No te entiendo, Miriam, y en este momento tampoco te quiero entender. ¿Cómo has podido, dime, propinarme semejante golpe bajo, y por sorpresa?

Es la primera vez, desde que empezamos con esto, que siento cierto rechazo hacia ti. No por lo que has contado. Eso simplemente me resulta como una pesadilla. Es posible que no te escriba en unos cuantos días. Necesito un poco de tiempo.

Por favor, tampoco me escribas tú.

 

9 de septiembre

No puedo sobrellevarlo solo.

Una vez, en el ejército, estaba haciendo la guardia y leía a escondidas, con un miedo de muerte por si me pescaban, Al faro. Recuerdo cómo grité, como si me hubiera quemado y contra las más elementales normas de precaución que me había impuesto, cuando llegué a la segunda parte del libro; fue un grito de dolor, no diré que no, pero sobre todo de furia contra Virginia Woolf que me anunciaba como si nada y entre paréntesis que la maravillosa y queridísima señora Ramsay había muerto de súbito la noche anterior.

Lo que sentí aquel día no es absolutamente nada comparado con lo que he sentido con tu carta en la mano. Suerte que me encontraba solo, en el coche, en el aparcamiento, cuando la he leído.

¿Qué quieres que te diga? ¿Que has vuelto a sorprenderme? ¿Que me he enfurecido contigo porque así no se porta uno, no en asuntos como este? No lo sé. Aunque, por otro lado, a medida que van pasando las horas, me voy dando cuenta de que tú has sido mucho más fiel que yo al acuerdo demencial que hicimos, y que durante todos estos meses me has contado tu sueño, en el que crees, y lo has vivido con intensidad, fervor y entrega, muy por encima de lo que nunca me hubiera imaginado que fuera posible o que nos estuviera permitido. Mucho más de lo que yo osé con todos esos juegos míos del agua de los aspersores.

 

Pero duele. Duele como una patada en el estómago, y no deja de doler. Porque cada vez que leo ahora la carta que fue cambiada de sobre, digamos que por equivocación...

¿Qué más piensas contarme así, a tu manera?

 

10 de septiembre

No dejo de pensar en cómo sigues hablando con ella, tanto de cuestiones íntimas como de cosas triviales. Incluso ya en la primera carta que me enviaste la citabas. Y te la has llevado a casi todos tus viajes y excursiones. Lleva diez años muerta y todavía sigues resucitándola día tras día.

¿Cuántos años pasasteis juntas? Es decir, desde que se te acercó en la guardería Lushka y te prometió que seríais amigas para siempre, hasta que su «siempre» se acabó. ¿Veinte? ¿Veinticinco años?

¿Y qué hay del niño? ¿Nació? Él, por lo menos, salió vivo del parto (¿y hay un padre en esa historia?).

La verdad es que no comprendo muy bien mi reacción, la impresión tan fuerte que me ha supuesto. Si ni siquiera la conocí en vida, sino solo a través de tu historia. Cierta sucesión de palabras. Una mujer menuda, divertida y muy aguda, valiente y franca (y con un gigantesco sombrero de paja y labio leporino, una tea ardiente).

Prácticamente cada vez que escribías acerca de ella la comparabas a un pájaro.

Ahora también entiendo lo sola que estás. Sí, a pesar de todos esos amigos tuyos, de ese rebaño de machos que te rodean, y de las amigas del moshav y del trabajo. Y de Amos. Porque una amistad como la que mantenías con Ana, esa «gemelidad», puede que solo se consiga una vez en la vida.

Sería bastante estúpido, por mi parte, intentar consolarte ahora. En honor a la verdad creo que soy yo el que necesita de consuelo, porque yo acabo de enterarme ayer. Hacía ya muchos años que no me sentía así. Como si se me hubiera muerto una persona muy cercana. Te estrecho entre mis brazos.

YAIR

 

10-11 de septiembre

Aunque bien podría ser que no te esté entendiendo. ¿Serás diferente a como yo te imagino? Porque al fin y al cabo solo te veo por entre unas rendijas para componerme un cuadro que quizá sea imaginario. (¿Qué no es imaginario? Lo que mi cuerpo te está diciendo en este momento.)

Así como la sensación de que todo lo que cuentes acerca de ti, incluso lo que a primera vista me parezca esencialmente contradictorio, hasta lo que me golpee con una crueldad que no te es propia, porque ahora ya sé que a posteriori veré lo cierto y fiel que es a la realidad, y cómo en lo más profundo de tu ser se va ligando hasta convertirse en norma.

¿Soy yo lo mismo para ti? (Me parece que no.)

No te alejes. Ahora te necesito aquí conmigo. Todavía hay mucho de lo que hablar. No hemos hecho más que empezar, de carta en carta me voy dando más cuenta de que esto está en sus comienzos. Creo que aunque habláramos treinta años, siempre me parecería que acabamos de empezar. A propósito, me ha sorprendido que me hayas invitado a acudir los jueves por la noche a Taamón a ver cómo Amos juega al ajedrez. Ni que decir tiene que no pienso ir. Me conformo con tus descripciones. A veces veo por la calle a alguien que se le parece, ni joven ni viejo, ni alto ni bajo, con un poco de barriga y una pequeña barba, el pelo cano, ralo y alborotado bajo un birrete.

Pero nunca puedo estar seguro: o se trata de alguien que no lleva puesta la americana gris con las coderas (¿también en verano?), o no lleva gorra, o no tiene esos ojos inconfundibles, los más azules y puros que hayas visto jamás en un adulto.

Escribes tan bien de él. Con calidez, con ternura y con amor. Aunque también noto cómo una fina tristeza se despliega en tus palabras. ¿Cómo no te cuesta decirme que sin ningún lugar a dudas me pareceríais una pareja un tanto rara y que incluso las personas más próximas a vosotros no siempre entienden qué hacéis juntos? ¿Y que, mira por dónde, a ti te gusta eso de que solo lo sepáis vosotros dos?

Pero cuando sí que he notado la punzada más fuerte en el corazón ha sido cuando me escribiste que hace treinta años se ganaba la vida cantando canciones populares en los bares de Escocia y que esa fue la mejor época de su vida.

Si los años más felices de la vida de Maya no los hubiera pasado conmigo, me sentiría terriblemente fracasado, lo viviría como una auténtica derrota.

Pero mira por dónde, Maya ahora no es feliz. Hace ya unos cuantos meses que está así. Dice que quizá sea por su trabajo, porque ¿cómo se puede ser feliz investigando el sistema inmunológico humano? Pero los dos sabemos que no es solo eso. Está distraída, flota en medio de una burbuja de congoja, y yo no soy capaz de ayudarla, no en estos momentos. No me entiendo. Espérame un poco, Maya.

¿Qué es lo que allí se agita de pronto, mientras...?

Tengo ocho años y voy en el autobús de las siete de la mañana a la escuela. Por la radio están entrevistando a Arthur Rubinstein (hasta entonces yo nunca había oído su nombre) por su cumpleaños. Alguien le pregunta cómo ve su vida, a lo que él responde, «Soy el hombre más feliz que he conocido». Me recuerdo a mí mismo mirando a mi alrededor estupefacto, casi asustado: ¿tienes idea, Miriam, del aspecto que tiene la gente que va al trabajo en el autobús de las siete? ¡Menuda palabra se había atrevido a pronunciar así, sin más, con toda libertad...!

Eso pasó en algún momento próximo al Año Nuevo, que es cuando siempre informan de cuántos habitantes tiene ya Israel, y recuerdo que pensé entusiasmado, entre tres millones tiene que haber a la fuerza por lo menos uno que sea feliz, ¡y ese quiero ser yo! (Una semana después estaba tendido en el suelo del trastero de mis padres con el cinturón alrededor del corazón...)

Ahora he ido a releer Al faro, un impulso primario y confuso por mezclar todas las tristezas juntas y puede que por consolarme un poco. Pero no me consuela. Al contrario. Y lo más duro es que no tengo con quién compartir lo que siento. Me he comprado el concierto número 2 de Rachmaninov, y lo escucho una y otra vez. La música me hace mucho bien en estos momentos.

«Si gritaran con todas sus fuerzas la señora Ramsay volvería. “¿Señora Ramsay?”, dijo Lili Briskow en voz alta. “Señora Ramsay.” Las lágrimas le corrían por las mejillas.»

Y.

Un momento más, ¿vale?

Hace años pensé en efectuar una detallada inspección ocular sobre toda mujer que me gustara para determinar así quién sería «la mujer de mi vida». Pensé que nos miraríamos fijamente a los ojos y que nos iríamos acercando, más y más cerca, hasta que nuestro ojos se tocaran, pero tocarse de verdad, no solo las pestañas ni los párpados, sino el ojo mismo, las pupilas y las partes húmedas, hasta que, claro está, enseguida brotaran las lágrimas, porque así es como está hecho el cuerpo humano, aunque nosotros no nos rendiríamos a las leyes de los reflejos ni a la burocracia del cuerpo, de manera que resistiríamos hasta que en medio de las lágrimas y el dolor ascendieran hasta inundarnos los pedazos de las imágenes más empañadas y antiguas de las dos almas. Hasta que viéramos las formas rotas del otro, y eso es lo que deseo ahora, que veamos en el otro la oscuridad, ¿por qué no? ¿Por qué conformarse, Miriam, por qué no pedir más, por una vez en la vida, y llorar con las lágrimas del otro?

14 de septiembre

Hola,

Solo hola.

No está bien que me ponga a escribirte solamente cuando estoy muerto de cansancio (¿quién demonios habrá inventado esta vida?). Y es que tanto ir de un sitio para el otro todo el día, me está empezando a hartar. Y no solo a mí, también a Maya y a casi todos los que conozco. Les pasa, sobre todo, a las personas de nuestra edad. El trabajo, los niños. No hay tiempo para nada. Hasta tú, gran experta en demorarte... Hace un tiempo me apunté tu horario de todos los días de la semana, que incluye el trabajo y las reuniones de por la tarde, los tratamientos de Yojai, las visitas a tu madre, las clases de gimnasia con Alexander, las cenas, las sesiones de fregar platos, y todas las otras cosas que sé. Me sorprendió descubrir el poco tiempo libre del que dispones para ti misma. Literalmente unos pocos momentos contados al día, aunque por lo menos las noches las tienes libres.

Estuve pensando que no te pega toda esa actividad, que es como algo ajeno grabado al fuego sobre tu dulzura (si me permites parafrasear lo que has dicho acerca de mi sentido del humor).

Pero dime de verdad qué es lo que piensa de nosotros ese marciano tuyo que nos observa.

 

Ahora es ya un poco tarde para empezar a explicar lo que me has pedido que te cuente (¿has oído hablar del sabio chino que dijo: «No tengo tiempo para escribir una carta breve, así que voy a escribir una larga»?), pero por otro lado quizá sea mejor que me encuentre demasiado cansado como para ponerme a contar ahora una historia como esa.

La verdad es que no me gusta recordar mi amistad con él. Cuanto más lo echo de menos, más rechazo siento por la amistad que tuvimos. Ambos éramos dos niños inteligentes, un poco débiles y poco convencionales (esta es la formulación del veredicto en la generación de Ido). Los demás niños se burlaban de nosotros y nos excluían de sus juegos, aunque también nosotros nos autoexcluíamos un poco, y hasta me parece que nos gustaba ser especiales y estar malditos. Nos inventamos, por ejemplo, un idioma particular nuestro de signos hechos con los dedos, éramos muy rápidos y así podíamos hablar en clase, aunque también de eso se nos reían los demás, claro está. ¿Te puedes imaginar la pinta que teníamos él y yo empleando ese lenguaje de los dedos?

A los niños de la clase les habíamos inventado unos motes secretos y componíamos poemas burlescos sobre ellos y sobre los maestros y te puedes figurar que los dos (él también) sabíamos, por propia experiencia y gracias a una excelente educación, el artículo fundamental de la Constitución, que dice que todo hombre tiene algo digno de burla, así que nosotros no hacíamos más que difundir ese conocimiento de la ley...

Así fue como durante años perfeccionamos nuestra imagen de criatura bicéfala con cerebro multilobular, y desarrollamos un estilo de habla dual, arrogante y mordaz, un idioma muy viril, eso sí lo teníamos, y hasta organizábamos concursos públicos de escritura de «poesía simultánea» al estilo de los poetas dadaístas; devorábamos, sin entender nada, a Hegel y a Marx (de los grandes días de «Matspen» en Jerusalén, durante los años sesenta, oíamos hablar con envidia a los mayores; no puedo recordar si tu nombre se encontraba entre los citados). Teníamos buen olfato y cierto estilo, así que nos sentíamos, sin decírnoslo a nosotros mismos, un poco como dos chicos ingleses destinados a estudiar en un internado para aristócratas pero que finalmente van a parar a una escuela pública de un barrio obrero.

A los quince años habíamos escrito nuestra «Propuesta modesta», a saber, producir electricidad a partir de seres humanos disminuidos, así fue como lo definimos, a partir de impedidos, de tontos, de retrasados mentales, etcétera. (Perdona, ya lo sé. Pero a pesar de todo: yo. Todo.) Un año después escribimos el «Libro de cocina familiar» —que supuso nuestro reconocimiento definitivo en el instituto— una recopilación de recetas judías sencillas de preparar (y baratas, porque sus ingredientes nunca faltaban en las casas). Del menú es un placer para mí sugerir a mis sibaritas amigos la sopa de molleja maternal y morro à la papá relleno de bilis...

Me parece importante señalar en este inútil informe que cuanto más fuertes nos íbamos haciendo, más populares éramos también entre las chicas, y eso supuso una refrescante novedad para ambos: a los dieciséis años ya teníamos a nuestro alrededor un círculo pequeño pero entusiasta de admiradoras, a las que obligábamos a leer unos libros mohosos que les llevábamos de la biblioteca del YMCA para después examinarlas y hacerles la vida imposible hasta que alcanzaban el grado de ser merecedoras de nuestro favor. Hubo una época en que cortejábamos a las chicas según un plan preestablecido, siguiendo cada vez un código secreto diferente, como por ejemplo, según las primeras letras de sus nombres, de manera que juntas dieran lugar al nombre de la chica a la que de verdad amábamos, una de las cuales se llamaba Jamutal, por la que ni tan siquiera osábamos masturbarnos de tanto como la amábamos.

Seguir: parte 8 de 11