Twist

Harkaitz Cano Jauregui · Capítulo 3 de 9 · parte 2/3

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Twist

Primeras Difuminaciones

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Hace tiempo que Lazkano no se sentía tan patético. Con los guantes de fregar de color rosa puestos y el mechón marchito de su madre en la mano, sin la menor idea de qué hacer con él: si echarlo a la basura, por el agujero del váter o devolvérselo a su madre. Los mechones se usan para el mal de ojo, como ofrenda para el ser amado. ¿Pero qué hacer con un mechón blanco de tu propia madre?

Así es, quizá la madre de Diego no lo supiera, pero también ella había decidido desaparecer; para ello, en lugar de arrojarse toda ella al río, había resuelto echarse poco a poco por el fregadero; empezando por lo más fácil, un mechón de cabello.

«Allí abajo nos reuniremos, en las alcantarillas, en el mar, en el fondo del pozo».

Diego Lazkano recuerda la primera vez que oyó el acrónimo AK-47. La primera vez que oyó las siglas FMLN. La primera vez que oyó las palabras «célula durmiente» o «célula embrionaria». Fue todo el mismo día, en compañía de Zeberio y de Soto, mientras este último quitaba el disco de Víctor Jara y ponía el de The Doors en el tocadiscos. «No me tortures con esa música», le soltó Zeberio. Porque a Zeberio le gustaba Víctor Jara, le gustaban los cantantes a los que se les entendía lo que decían. Ninguno que cantara en inglés, por tanto. Ningún yanqui, por supuesto. «No me tortures con esa música», aún se le eriza el vello al recordarlo, lo recuerda como si hubiera sucedido esa misma mañana, cuando han pasado ya más de veinticinco años. Se acuerda como si hubiera sido esta mañana de lo bien que lo pasó aquella tarde, de aquella conversación entre Soto y Zeberio mientras Soto soplaba a la aguja del tocadiscos para quitarle el polvo acumulado, después de que hubiera aleccionado a los otros dos sobre la estafa de Rumasa y sobre la guerra entre Irán e Irak; tres amigos que aún no habían pasado a la clandestinidad, en una misma casa, sin miedo, con un futuro tan abierto como el horizonte. Soto y Zeberio, dramaturgo e iluminador respectivamente, eran, lo mismo que Idoia, mayores que Diego. Y él solía permanecer casi siempre en silencio, los admiraba incondicionalmente, con una pasión tan reprimida como entregada.

El diario hablaba del Frente de Liberación Nacional «Farabundo Martí», de los guerrilleros del FMLN, campesinos, alumnos, e incluso obispos, que estaban desapareciendo en El Salvador. No era el único sitio. Ahí estaba también Guatemala. Chile. Uruguay. Y otros tantos lugares.

—Abandonan los cuerpos en las cunetas. Mira esta: la cabeza de un campesino aparece en el patio del colegio donde estudian sus hijos.

—Terrible.

—Los del FMLN tampoco son hermanas de la caridad: utilizan AK-47, se financian por medio de asesinatos y secuestros; pero su violencia es un juego de niños si la comparas con la milicia de los ultraderechistas de El Salvador.

—Y ya sabes quién instruye esa milicia, ¿no, Soto?

—Sí, lo sé, no empieces otra vez con eso: los americanos, quién si no. Helicópteros Bell, rifles M-16… Todo eso ya lo sé, pero si crees que voy a quitar The Doors y volver a poner a Víctor Jara por ese motivo, lo tienes crudo.

Diego Lazkano sigue leyendo el diario: 75 000 muertos tan solo en El Salvador, medio San Sebastián, piensa, y le parece que lo del País Vasco es una nadería; por suerte, nunca sufrirán ni harán sufrir un baño de sangre semejante al del pequeño país latinoamericano. 75 000 muertos, un millón de refugiados, un millón más sin hogar. Son cifras descomunales, y son las pequeñas cifras las que hacen del suyo un asunto menor. Todo es una cuestión de escala, de perspectiva y de números, así lo afirma Soto y es algo en lo que Zeberio no le lleva la contraria; en esa casa el uso de la violencia se mide con parámetros diversos, no se cuestiona, todo entra dentro de la lógica de una dinámica de guerra, cualquier militante o dirigente acepta cierto nivel de crueldad, no se piensa en consecuencias particulares, sino en símbolos: lo que se «liquida» son símbolos, y jamás se deja la cabeza cortada de nadie en el patio del colegio donde estudian sus hijos. Diego Lazkano ha pensado así durante años, si bien su visión en torno a la violencia ha ido cambiando; pero siempre ha creído que en la mente de los dirigentes de ETA, que él imagina ocultos en granjas de pueblos labriegos de Francia, están muy presentes la crueldad y las cifras comparativas de El Salvador; su mayor error quizá haya sido asumir que podía existir algo así como «un número de muertos soportable»; se les incrustó en la mente una selva de Latinoamérica, y se perdieron en ella, llegando a pensar incluso que aquella selva era la suya. Y no lo era. Por mucho que las elucubraciones mentales de todos sean a menudo boscosas y selváticas.

Diego Lazkano recuerda la primera vez que oyó la expresión «célula durmiente», y cómo aquellas palabras le resultaban casi agradables y atractivas, porque creía en el potencial revolucionario de aquella gente que dormía escondida en algún lugar, porque no podía imaginar que una célula durmiente pudiera hacer nada malo; y, de hecho, no podía, salvo que dejara de ser «durmiente», y entonces podía hacer cualquier cosa, para bien o para mal. Pero mientras la célula seguía dormida, cuántos sueños. Así lo veía Lazkano, tan ingenuo y tan joven aún. Ni se le pasaba por la cabeza la posibilidad de las pesadillas del durmiente, cuando el responsable del grupo apareció en su casa.

Era pelirrojo, con el rostro lleno de pecas. Entonces le pareció muy viejo, pero no debía de tener más de cuarenta.

El imberbe Lazkano, por el contrario, le debió de parecer demasiado joven al Pelirrojo, y lo reservó junto a Zeberio con intención de formar una célula durmiente, al tiempo que insinuaba tener «otros quehaceres» para Soto. Así pues, la pareja que la muerte iba a unir por siempre podía haber sido la formada por Lazkano y Zeberio, o quizá en ese caso habrían sido Zeberio y Lazkano, en el orden inverso. Sin embargo, cuando antes de salir de casa el Pelirrojo entregó las llaves del coche a Lazkano, las cosas cambiaron para siempre.

—Yo… no tengo carné de conducir.

Diego estaba avergonzado. El Pelirrojo lo miró estupefacto, y luego se giró hacia Soto y Zeberio, con una mirada dubitativa que parecía decir: «¿Qué clase de gente me traéis? ¿No podíais haberme avisado? Así no vamos a ninguna parte. Con gente que no sabe llevar un coche, ¿qué comando, qué célula durmiente y qué hostias vamos a montar?».

Finalmente, el Pelirrojo se compadeció del joven Lazkano y, sorteando su cabeza, arrojó las llaves a Soto.

—Entonces ocúpate tú, Soto.

—Tú, ven conmigo… También nos hacen falta legales.

Lazkano no tiene nombre: el Pelirrojo lo llama Tú.

Recuerda aquellas escaleras como si las hubiera bajado la víspera: cómo descendió los peldaños de uno en uno, aquellos salientes un poco arqueados hacia la izquierda, tras el dirigente de pelo rojo, sintiéndose un inútil, un inválido por su incapacidad para conducir. ¿Acaso no lo llevaba siempre Idoia en su Mini a todas partes? Y ahora ni eso, porque Ana no tenía permiso de conducir.

Y ahí desciende la escalera Diego junto al Pelirrojo, con una selva de El Salvador incrustada en su mente, «también nos hacen falta legales», ignorante de que lo que deja atrás es una muerte segura, sin sospechar que saber hacer las cosas correctamente no siempre te conduce a la salvación, y que a veces lo que puede salvarte es la ignorancia; sin sospechar que los dioses no lo han abandonado en absoluto, sino que lo han elegido, mientras se pregunta cuál será el cometido que le ha sido asignado.

En su momento Lazkano no comprende la deserción de Gloria, lo que la lleva a Barcelona y al mundo de las artes plásticas, probablemente porque en aquella época aún no había publicado nada; pero ahora que también él se ha convertido en un novelista de cierto éxito comprende a la perfección sus motivos: «sin más» es lo peor que pueden llegar a decir respecto a tu trabajo, cierto, porque no deja al autor ningún resquicio para defenderse.

Algunos de quienes participaron junto a Diego y Gloria en el grupo de teatro prueban suerte en el cine. Durante aquel breve resurgimiento no se hacen muchas buenas películas, pero sí más que en los años venideros. No se produce el renacimiento esperado. No es más que una primavera aislada, promesa de un verano que no llegaría, con todas las crueldades y decepciones de las falsas primaveras. Incluso Ana, aquel amor diferente al que no conoce ningún lado oscuro, contra todo pronóstico deja el teatro y saca plaza de funcionaria en la Biblioteca Municipal de San Sebastián. Sara Fernández es la única que sigue adelante y consigue triunfar, e incluso veinte años más tarde sigue siendo respetada y admirada en teatros de Bilbao, Madrid y Barcelona. La llamaron de Madrid, allá se fue y, a tiempo, supo volver, no como otros con el rabo entre las piernas, sino antes de ser engullida y arrinconada por el casposo mundillo local. Cuando en sus giras pasa por Barcelona, Sara nunca se olvida de telefonear a Gloria; en esta ocasión, después de tantos años, y dado que también tiene de visita a Diego, los tres se han reunido en torno a una mesa de Sa Cantina.

—¿Y qué fue de nuestra gran esperanza blanca?

—¿La bella Inés? Hace tiempo que dejó el teatro. Desde La ratonera no ha vuelto a levantar cabeza. He oído que trabaja en un peaje de la autopista.

—No está mal, sale de una ratonera para meterse en otra.

—No seas malo, Lazkano —dice Gloria, compadeciéndose de la amiga ausente.

Sara no ha perdido un ápice de su vitalidad. Lleva una dieta estricta y sigue sin probar el alcohol. La botella de Chablis se la beben entera Diego y Gloria.

—Tendríamos que hacer algo juntos.

—Completamente de acuerdo, Sara. De momento, cenar. ¿Pescado o carne, Lazkano?

—No, Gloria, en serio: adaptar una novela de Lazkano, dirigida por ti…

—Te olvidas de un par de pequeños detalles: yo ya no soy directora, y Diego odia el teatro.

—No entiendo, Gloria, con toda la gente que tienes que conocer en Barcelona, cómo no vas al teatro más a menudo.

—No he pisado una sala en los últimos veinticinco años.

—No te creo.

—Puedes creerlo…

—Dime la verdad, Sara: ¿no tienes la sensación de haberlo visto ya todo?

—No, Diego, para nada…

—Entonces es que eres especial… Yo creía que los actores y directores de teatro no asistían a las obras de sus colegas de no tener la completa seguridad de que aquello que van a ver es muchísimo peor que lo que ellos tienen en cartel en ese momento. Entonces sí que van. Para un artista, estar informado es más prescindible que confortar su propio ego.

—Eso es miserable, Diego. ¿Así es como funcionáis los novelistas?

—Poco más o menos, sí.

—Iba a dejaros un par de entradas este fin de semana.

—No te lo tomes a mal, Sara: te quiero mucho, pero no voy a ir.

—¿Tú tampoco, Lazkano?

—El teatro y yo, la verdad… Le cogí manía. Lo paso mal: por el público, por los actores… Y sobre todo por mí mismo, para qué engañarnos. El simple hecho de tener que hacer levantarse a quienes comparten tu fila de butacas, lejos de ningún sentimiento fraternal, me hace sentirme miembro pasivo de un colectivo al que no pertenezco. Hace mucho que no voy ni al teatro ni a ninguna manifestación, por razones parecidas.

—Pues para mí aún no hay nada que lo iguale… Incluso como espectadora: cuando las luces se apagan y oigo que alguien se dispone a entrar a oscuras al escenario, cómo cruje el entablado… cuando no sé qué debo esperar, si antes de que empiece la obra oigo pasos en la tarima, se me pone la carne de gallina. Ni que decir tiene, si quien camina soy yo: es igual que dirigirse a oscuras hacia el precipicio.

—Afortunada tú, que nunca te has despeñado.

—Te equivocas: me he despeñado más de una vez. Eso es lo mejor. El riesgo de despeñarte, y la certeza de que tendrás ocasión de volver a hacerlo.

Lazkano está convencido de que aquellos meses en que empezó a militar y se fue a vivir con Ana, hasta que Soto y Zeberio desaparecieron, fueron los mejores de su vida. Pero quizá está sobrevalorando la amistad. La verdad sobre los amigos es muy otra. Muy otra, y más cruda. La amistad caduca. Así como existe una palabra para designar a las novias del pasado, las ex pretéritas tachadas de la lista, ¿por qué no ha de existir una palabra para nombrar a quien en cierta época fue nuestro amigo y ya no lo es? ¿Acaso no hay ex amigos? ¿Quien ya no es tu amigo pasa sin remedio a ser tu enemigo? No necesariamente. Lo contrario de la amistad no es la enemistad, sino la indiferencia, la dejadez, la inercia, la desgana. Las principales razones por las que se pierde un amigo no son la traición o la divergencia ideológica sobrevenida, sino la inevitable erosión difuminadora de la vida. Los amigos se utilizan mutuamente porque es demasiado duro soportar en soledad la inseguridad y las mutaciones de la adolescencia; porque es complicado montar solo un grupo de música, y alguien tiene que hacerse cargo del bajo y la batería que nadie desea tocar; porque necesitamos el amparo de alguien; porque los pisos de estudiantes son demasiado caros, y los padres están más tranquilos sabiendo que sus hijos viven acompañados; aunque de una manera calculada las olvidamos, siempre hay detrás motivaciones prácticas, de forma que, poco a poco, van surgiendo vínculos que en apariencia nunca se romperán; porque, tanto en la borrachera como en el deporte, la soledad es demasiado triste cuando tienes veinte años, y porque el gusto compartido por la cerveza y por algunos grupos musicales es suficiente afinidad para pasarse una y mil noches charlando; «estás asustado, tu vida va en ello»: entonces, una canción, una frase era suficiente: «pero alguien debe tirar del gatillo». Luego surgen las parejas, tan anheladas durante una época y que ahora resultan ser elementos extraños infiltrados entre los amigos, metralla orgánica que cambia la relación de fuerzas en la pandilla, «Cuando se aprende a llorar por algo, también se aprende a defenderlo», y de ahí en adelante, quién sabe cuándo ni por qué, todo se va difuminando: de reunirnos dos veces por semana, pasamos a vernos una vez cada dos, hasta que estar juntos resulta plúmbeo y aburrido, y se empiezan a sustituir los encuentros por llamadas de teléfono, a reservar las cosas que no se pueden decir vía telefónica para cuando nos veamos cara a cara, a espaciar cada vez más los días en que nos reunimos —porque cuando al fin lo hacemos no acertamos a hablar más que de un puñado de tópicos superficiales—. Empezamos a tener noticia unos de otros por referencias indirectas de otros amigos, a no saber nada de los demás con excepción de puntuales invitaciones de boda, bautizos de rigor y enfermedades de los padres. A fingir la alegría. A vernos en los funerales. A no sentir pena, y a simularla. Cada vez es más lo que dejamos de contar a los amigos, cada vez más lo que ellos dejan de contarnos. Va también a más nuestra mezquina tendencia a juzgarlos teniendo en cuenta solo algunos cabos sueltos de sus vidas. Rellenamos las elipsis con suposiciones equivocadas, justificando o censurando las actitudes de nuestros amigos, casi siempre erróneamente, cada vez más lejos de su verdad, y también de la nuestra: porque situarse cada vez más cerca de la propia mezquindad no es forma de acercarse a verdad alguna. Pertenecimos a un mismo pellejo, sí, pero ahora ya no queremos compartirlo.

Uno se convierte en director de la empresa que constituye su propia vida doméstica y eso absorbe la mayor parte del tiempo; a menudo ves que los padres, ignorando la esencia de la paternidad, adiestran a sus hijos para el futuro, sostienen conversaciones incomprensibles como si estuvieran haciendo negocios con ellos, con el temor de que un día esos niños, esos monstruos, esos ángeles, esos salvadores y destructores, tengan nuestra vida en sus manos. Y sin embargo los sobreprotegen, apostándolo todo a aquellas pequeñas flechas dirigidas hacia el futuro; y eso no deja lugar para los amigos, no hay tiempo, y cuando lo hay es limitado y el encuentro breve, de puro compromiso, «tengo un cuarto de hora», un café que hay que beberse de un solo trago.

Es posible y, más que posible, muy probable, que quienes un día fueron amigos se conviertan en conocidos, que en cierto momento empecemos a sentir como ajenas sus actitudes y sus frases, a dejar de entender sus ocurrencias, a no distinguir cuándo una broma es la tapadera de un dolor íntimo que demanda auxilio. Sí, suele pasar. Los amigos se vuelven conocidos y, si se les da el tiempo suficiente, los conocidos se vuelven desconocidos, dejas de tener en tus manos su fe y su tiempo. Entonces no tienes más remedio que aceptar la dolorosa evidencia: en realidad, quizá nunca hayáis sido tan amigos después de todo. La cerveza y algunos grupos de música os mantenían unidos, «este juego ha terminado mucho antes de empezar».

De vez en cuando pueden surgir nuevos amigos, generalmente relacionados con tu trabajo, la mayoría ligados a nuevas preocupaciones e intereses, a menudo derivados de la familia; pero ha desaparecido ese sentimiento eterno de los pactos de sangre de otro tiempo: la promesa de lealtad configurada a base de pedazos arrancados al cuerpo de barro del prójimo, la promesa forjada implícitamente a base de risas compartidas, sanas y sin rivalidad. Y no hay nadie a quien culpar: el único culpable eres tú mismo.

Por qué no admitir que la amistad es similar a las despistadas relaciones amorosas entre adolescentes: una acumulación de fuerzas que parece que nunca se vaya a agotar, un vínculo magnético que parece que nunca se romperá, cuando en realidad se trata de algo en sí mismo circunstancial y perecedero. Hay excepciones, claro. Bares con encanto que envejecen al mismo tiempo que su clientela. Aquellos amigos que, contra todo pronóstico, y sin tener que reunirse todas las semanas, consiguen mantener esa complicidad década tras década, bien porque son demasiado generosos o demasiado inconscientes; o, si no, unos auténticos artistas que, con aquel trozo de arcilla arrancado al prójimo tiempo atrás, aciertan a crear formas maravillosas, a fin de aportar un poco de ternura, consiguiendo arrancarle una sonrisa. Hay también quienes comparten una enfermedad o una afección grave con la misma pasión que quienes abrazan a la misma amante; los hay que, cuando no están de acuerdo, mantienen acaloradas discusiones; hay amistades que se parecen a las relaciones de pareja, o que son mejores que las relaciones de pareja; o, más aún, que se parecen a las relaciones entre amantes y son mejores que las relaciones entre amantes —o que, al menos, cuando se ocultan algo mutuamente, no lo hacen por malicia o por cálculo.

Pueden compartirse tantas cosas con un amigo: un vicio, una debilidad, un dolor, un secreto. Existen también relaciones como la que Lazkano tiene con Gloria, que valen su peso en oro; da igual cuánto tiempo hayan pasado sin hablar, siempre es como si hubieran hablado la víspera, nunca falta un cabo suelto para empezar, un hilo del que tirar. Pero son excepciones, y es muy posible que mucha gente pase por esta vida sin conocer una sola amistad de esa índole. Lazkano debería estar satisfecho, por tanto. Pero tal vez se equivoca de plano al pensar que, si Soto y Zeberio hubieran seguido con vida, su relación con ellos habría sido igual de estimulante que la que mantiene con Gloria. Es imposible competir con los amigos muertos, son invencibles, así que los idealizas de una manera irracional. Es más probable que también Soto y Zeberio, más pronto que tarde, se hubieran convertido en conocidos, y luego en desconocidos, en ex amigos, borrados por la implacable erosión de la vida. Como pasar de ser un desconocido a ser un conocido, y de ser un conocido a ser un amigo, pero haciendo el camino inverso, difuminándose.

Puede imaginarse a Zeberio, por ejemplo, como padre de tres o cuatro chavales, comprobando por el resquicio de la puerta si los niños duermen, recogiendo y limpiando las deportivas sucias de los adolescentes, yendo con ellos de pesca, enseñándoles a colocar el cebo en el anzuelo, a construir una radio con imperdibles, hojas de afeitar y un poco de alambre adosados a un trozo de madera. Puede imaginarse a Soto como presidente del PEN Club Vasco, dando conferencias sin descanso en favor de los derechos de los periodistas y escritores del Kurdistán, de aquí para allá, un ave libre y nómada sin ataduras, llegando siempre el primero allá donde más flagrante es la injusticia. Cada uno de ellos tendría su vida, se encontrarían solo muy de vez en cuando, no había más que ver a sus viejos amigos, Sara Fernández, La bella Inés y otros tantos… Quizá tampoco Soto y Lazkano tuvieran noticia uno del otro más que por la prensa: «hombre, el incansable Soto ha escrito otra obra de teatro»; «mira, Lazkano acaba de publicar otra de sus infumables novelas en las que desgrana sus obsesiones de siempre». Se convertirían uno para el otro en mensajes spam.

«Pero ¿qué es spam, Diego? Explícanoslo. No tenemos ni idea».

Habría que explicar tantas cosas a Soto y a Zeberio si se les ocurriera resucitar.

¿Por qué? ¿Por qué demonios tenían que ser así las cosas? Al serles hurtadas sus vidas a Soto y a Zeberio, se la absorbían y se la arrancaban a Lazkano. ¿O sucedió más bien al revés?

Si no los hubieran asesinado, ambos habrían desaparecido igualmente de su vida: esta hipotética desaparición para la que no hubo ocasión es un hecho que, aunque a duras penas, Diego acaba aceptando al final de sus noches en blanco. Pero los mataron, y eso los dejó anclados viviendo en su cabeza, no en ningún limbo sino en su mente. En el limbo de su mente. Y de allí no podía sacarlos.

Se acuerda de cómo se ruborizó Zeberio, hasta el último pelo de su barba, el día que le presentó a Inés, cómo se le encendió y se le alegró la mirada. Zeberio no era muy dado a mostrar sus sentimientos, y cuando Lazkano se retiró a la cocina a preparar café para los tres, Kepa se quedó solo con la chica, un tanto desconcertado. Se acercó enseguida a la cocina con una excusa: «Lazkano, esa chica es actriz, ¿no?»; Diego le dijo que sí, bromeando, sorprendentemente audaz para ser él: «¿Nunca le has puesto las luces?». Pero Zeberio no estaba para bromas: «¿Qué hace aquí?»; quería conocer a Soto y por eso la había traído a casa.

—¿Alguna idea de por dónde anda Soto?

Zeberio era tan transparente que Lazkano detectó de inmediato en su rostro un aire de decepción, como si se reprochara haberse engañado a sí mismo creyendo durante un instante que tenía alguna oportunidad con aquella chica.

No tenía ni idea del paradero del loco. «Loco, payaso, pirado», así se llamaban entre sí. Lazkano suspiró, el café empezó a salir a borbotones en la italiana.

—Tendremos que torearla entre tú y yo.

La bella Inés era una radio andante. La llamaban La bella no tanto por su atractivo como por el hecho de que ella creía poseerlo. Era bastante asexuada, aunque sus pechos generosos despejaban cualquier duda. A Lazkano le sorprendió mucho que aquella chica andrógina que estaba en los huesos fuese del gusto de Zeberio; le sorprendió y le pareció divertido, porque el leñador y la flaca desde luego habrían formado una extraña pareja.

Mientras se tomaban el café escuchando el disco de Joy Division que había puesto Diego, Lazkano creyó descubrir a un Zeberio al que no conocía. Quizá no fuera exagerado afirmar que se trataba de fascinación, porque, tal como de haber estado allí les habría aleccionado Soto, fascinus era un amuleto contra el mal de ojo con forma de pene en erección.

Inés no había tomado parte más que en tres obras, pero presentaba un programa musical en la recién creada televisión vasca (la tele engorda, había que reconocer que tenía cierta fotogenia) y por la época apareció asiduamente en la prensa, al haber protagonizado una película mediocre que se presentó en el Festival de Cine de San Sebastián. Todos la tenían entonces por una actriz con gran futuro.

—¿Habéis visto la última de Costa-Gavras? Impresionante. Os la recomiendo de veras. Dicen que es cine político, como si hacer cine no fuera una forma de hacer política, ¿verdad? La vi anoche en el Pequeño Casino, cómo me gusta ese cine… Tiene encanto, ¿verdad?, mucho más que las otras salas, Savoy o Miramar o Amaya… ¿verdad? ¿A vosotros, cuál os gusta? Los cines de San Sebastián son una pasada…

Lazkano permaneció en silencio porque, con aquella chica que según iba haciendo preguntas se las iba contestando, no había manera de saber cuándo esperaba una respuesta y cuándo requería solo un asentimiento. Permaneció callado también porque esperaba otro «¿verdad?» que esta vez no llegó (en alguna ocasión había llegado a contar hasta veinte en un único soliloquio).

Lazkano observó a Zeberio, sin atreverse a pronunciar palabra. Quizá fue entonces cuando Diego tomó conciencia por vez primera de sus propias capacidades. Era capaz de hablar de tú a tú con Soto y Zeberio, a los que tanto admiraba; por qué no, tampoco estaba tan lejos de sus ídolos; y, según en qué y de qué manera, podía ser tan bueno, o mejor, que ellos. En presencia de Soto y Zeberio, Lazkano les dejaba hablar primero, permanecía en un discreto segundo plano, siempre era el tercero en discordia y, si no se le preguntaba directamente, generalmente se quedaba en silencio.

—A mí me gusta el Astoria —se decidió Zeberio, como si hubiera tenido que ir muy lejos en busca de aquellas palabras.

—El Astoria está bien, pero las películas que ponen no son tan buenas.

Lazkano nunca olvidaría la cara que Zeberio puso en aquel instante: abatido, desengañado. Había tenido que hacer un esfuerzo ímprobo para decir aquellas palabras, «A mí me gusta el Astoria», y La bella Inés —aun sin darse cuenta— había menoscabado su elección.

Quizá todos vivimos una vida que no es la nuestra. No somos más que yonquis de alteridad, siempre en busca de nuestra dosis.

O puede que esa vida que llamamos nuestra realmente lo sea, pero relativamente, porque la hemos conformado por imitación y a base de recuerdos, por medio de juegos de espejos; esa vida que llamamos nuestra es referencial quizá en un ciento por ciento, somos un cúmulo de deseos prestados: no solo una mezcolanza inevitable de aquellos que admiramos de niños, de quienes nos educaron, de los protagonistas de las películas que imitamos —que también, por supuesto—, sino además, por qué no, la acumulación de sus deseos; como si supiéramos qué los movía y qué deseaban realmente, como si ellos mismos hubieran sabido lo que querían; una confusa aglomeración de presuntos deseos de quienes admiramos e imitamos, por tanto, que se aleja cada vez más de nuestros recursos y de nuestra vocación, y se instala en esquemas prefijados, sin fuerza para salir de entre los bastidores que nos han sido impuestos. Como si realmente conociéramos sus anhelos, sus comportamientos y motivaciones. Nos creemos esas identidades de prestado, y tomamos en préstamo nuevas personalidades a cuenta del supuesto capital de esas identidades prestadas; y es a eso a lo que llamamos yo, pero no es más que falsa ingeniería financiera aplicada a los sentimientos, puro autoengaño: una identidad prestada tomando en préstamo una nueva identidad, sin ahorros ni capital de partida. Por propia iniciativa e íntimamente, no tenemos claro lo que deseamos; nunca nos lo hemos preguntado.

¿Cuándo empezó esto? ¿Ha sido siempre así? ¿Son la institución familiar y la potencia de la iconografía religiosa y sexual que nos han inyectado por todos los poros las únicas culpables de que nos hayamos apartado tanto de nosotros mismos y de nuestra vocación? ¿Es posible ser auténtico sin sentirse ridículo y acatando las normas sociales? ¿Qué tiene que ver ser auténtico con ser uno mismo? ¿Hay alguna manera de escapar?

No, no la hay. No, al menos, sin soltar cabos, sin romper amarras con nuestro entorno.

Diego Lazkano quiere creer que existe un modo de volver al origen, a los auténticos impulsos de uno mismo; que es posible aplicar un coeficiente corrector a la identidad estándar que a todos nos imponen; y que para ello sería interesante analizar esas cosas que nos producen repulsión, escarbar en ellas; obligarnos a visitar los lugares que nos disgustan y a encontrarnos con personas que nos repelen; porque es así como se encuentra la propia identidad real: escarbando en esos odios y disgustos, para nuestra sorpresa, de vez en cuando damos con algo estimulante y atractivo. Y eso cambia nuestra forma de mirar al mundo y a sus habitantes. Aunque resulta, claro, mucho más fácil decirlo que hacerlo.

Es algo que afecta a todos, seguro. Pero en el caso de Diego Lazkano la carga es mayor, porque es consciente de esa cuestión de la identidad prestada que para la mayoría es algo inconsciente. Diego se nutre de dos sombras, se alimenta de ellas, dejó que aquellas dos sombras anidaran en él. Tiene la impresión, prolongada durante años, de que está viviendo en lugar de Soto y de Zeberio, de Zeberio y de Soto, como si fuera su responsabilidad —¡pero no lo era!— vivir las vidas que ellos no vivirían, como si fuera posible vivir tres vidas a la vez.

Pasaron bastantes años sin que Diego Lazkano volviera a ver a Inés. Con el tiempo sucede que quien tenía cierta relevancia en la prensa de pronto deja de tenerla, y comienza a asomar a ella quien menos habríamos esperado. Algo así pasó con Diego e Inés cuando el primero comenzó a aparecer muy a menudo debido al éxito de sus novelas; Inés, por el contrario, desapareció por completo. Se encontraron en una aburrida fiesta del Festival de Cine, a la que Diego acudió medio obligado. Por el cuerpo de Inés habían pasado dos décadas largas y muchos litros de alcohol, y al principio le costó reconocerla.

—Vaya fiesta más aburrida, ¿verdad? Te acuerdas de mí, ¿verdad?

La voz, la música del estribillo, hicieron las veces de interruptor.

A punto estuvo de meter la pata —«¡La bella Inés!»—, pero por suerte se contuvo a tiempo.

—¡… Inés!

Aún no era medianoche, y ya daba tumbos sobre sus tacones. Los dientes eran suyos, aunque parecía que se le hubiesen movido de sitio. Tenía que aceptar que los kilos ganados no le perjudicaban del todo: había perdido por completo la apariencia andrógina de otros tiempos. Ahora su cuerpo estaba a la altura de sus senos.

Le puso la mano en el hombro, con copa y todo, y Diego temió por un momento que le echara encima el contenido de su vaso.

—Lazkano, Lazkano… cómo hemos envejecido…

«Sobre todo tú», pensó Diego, dejándose llevar por la vanidad, en un intento de blindarse ante opiniones no solicitadas.

—Sabes qué apodo te pusimos en el grupo de teatro, ¿verdad?

Fortaleza en peligro. La pobrecilla que apodaban La bella poseía un arma secreta capaz de hacerle daño.

—El Principito.

—¿El Principito?

—No me lo puedo creer… ¿Nadie te lo ha contado hasta ahora?

Tenía que reaccionar: «Sí, claro, pero lo había olvidado».

—Rubio y con mechones rizados, parecías un príncipe, un nene, con esos ojos grises. Y siempre tan elegante, la camisa por dentro de los pantalones, con la ropita que te compraba tu madre, ¿verdad? ¡Qué tiempos aquellos!

Lazkano se mordió los labios para tragarse su orgullo.

—No parece que esta noche vaya a venir Ken Loach. ¿Por qué no nos vamos tú y yo a un sitio más discreto? No vivo muy lejos de aquí…

Fue entonces cuando volvió a acordarse de Zeberio. De cuánto le agradaba Inés —«A mí me gusta el Astoria»—, y de cómo lo habían hecho desaparecer de la faz de la tierra sin haber visto cumplido casi ninguno de sus sueños y fantasías. Sí, se acostaría con Inés a cualquier precio. Se lo debía a Zeberio.

—Estás nervioso, ¿verdad?

En aquel caso el nerviosismo enmascaraba la inapetencia. Tampoco ayudaban mucho el olor a incienso y los foulards de elefantes colgados a modo de cortina en las ventanas.

—Ya te ayudo yo.

Besó la boca de Inés prestando una atención inefable a sus dientes, que parecían a punto de caer, como piezas de dominó, uno detrás de otro. Sintió los ásperos dedos de la mujer apoderándose de su pene. Ora et labora. «Si yo fuera mi polla —pensó Lazkano—, escaparía a todo correr de esas garras». Pero Diego no era su polla, y ella tenía sus propios planes, tal como comprobaría enseguida.

—¿Te gusta?

«No demasiado». Cosas que se piensan pero no se dicen. Aún le agradó menos que mientras cabalgaba sobre él le llamara una y otra vez «Principito»; la frase «quiero tu leche, Principito» no aparecía precisamente en el número uno del ranking de frases excitantes de Diego. ¿Aparecería en el de Zeberio? Lo dudaba. Mientras se acostaba con Inés se sintió obligado a acordarse de él: «¿Eres tú el que se la está tirando, Kepa?, ¿o lo estoy haciendo yo pero en tu lugar, en tu honor, haciendo por ti lo que tú no pudiste hacer, para demostrarte que te quiero?».

¿Qué recuerdo de Kepa habría conservado Inés de aquel día que tomaron café juntos? ¿Por qué no se lo había preguntado a ella directamente? ¿Por qué no intentaron reconstruir aquellos momentos entre los dos, compartiendo sus contradicciones —«no, eso no fue así: el café lo tomamos en la cocina, no en el salón; no era Joy Division, era New Order»—, procurando sacar entre ambos a la luz los engaños de la memoria? En lugar de eso, Lazkano intentó materializar una vieja fantasía de Zeberio, entre foulards de elefantes y aroma de incienso, en la fosa de la decadencia, de un modo completamente insensato.

Inés hizo un nudo al condón y se quedó mirando el semen allí acumulado, como si esperara ver emerger pececillos de acuario.

Quizá aún hubiera una última oportunidad para hacer algo con sentido: debía quedarse a desayunar y preguntar a Inés por Zeberio. Preguntarle qué había sentido cuando tuvo noticia de su desaparición. Si se le había removido algo por dentro. Pero Diego no tuvo ánimo para quedarse. Dejó durmiendo a La bella Inés, y le costó mucho encontrar la puerta, oculta tras un uniforme azul que colgaba de un gancho: era un uniforme masculino, de peaje de autopistas. Diego prefirió no pensar nada sobre el dueño de aquel uniforme.

Eso es lo mejor. El riesgo de despeñarte, y la certeza de que tendrás ocasión de volver a hacerlo.

Son Fabián y Fabián. Así es como se llaman uno a otro desde debajo de la capucha. Actúan como si fueran comediantes.

—¿Te gusta el teatro, no es cierto? A Fabián también le gusta… Él es muy teatrero, ¿sabes? Lo suyo era el escenario, pero lo tuvo que dejar porque no le daba para vivir. Ahora es él quien se encarga del reparto.

—¿Te haces cargo de lo que quiere decir que soy yo quien reparte?

Los dos encapuchados muestran a Diego un montón de fotos.

—¿Conoces a este?

Lo tienen atado a una silla, y con cada pregunta dan patadas a las patas haciendo que se tambalee, aunque no lo suficiente para que se caiga. Lo bastante, sin embargo, para que quien está sentado en la silla vaya mareándose poco a poco.

—¿Y a este otro?

Diego no reconoce a nadie en las fotografías, y dice la verdad: que no tiene ni idea. Pero, cada vez que lo dice, uno de ellos le propina un puñetazo en el vientre, mientras el otro le pellizca la espalda suavemente de una forma muy perturbadora, al tiempo que sujeta el respaldo de la silla.

Tan mal se está sintiendo, que desea con toda su alma ver a alguien conocido en aquel montón de fotos. «Que aparezca alguien, os diré que sí, que lo conozco: pero que aparezca alguien conocido, por el amor de Dios».

Por fin, uno: no es compañero de comando, ni nadie de la militancia, sino un quinqui de Herrera, un pringado al que todos conocen, tan desesperado por pincharse su dosis que fue capaz de asaltar incluso una alpargatería. A Diego le pareció que le había llegado su turno.

—A este sí que lo conozco.

Esta vez le dan no uno, sino dos puñetazos en el vientre y, algo más sorprendente, el hombre que le daba suaves pellizcos en la espalda le propina una colleja con la palma de la mano.

—¿Nos quieres tomar el pelo? A ese lo conocemos todos.

Es entonces cuando Diego Lazkano comienza a entender la mecánica: el interrogatorio se basa en la falta de lógica, todo consiste en que el torturado nunca sepa cuál va a ser el siguiente paso, la próxima reacción. De esa forma borran tu identidad, te ponen los nervios de punta, y te dejan completamente desorientado y aterrorizado; y entonces, cuando estás del todo en sus manos y a su merced, la confesión se convierte en tu única opción para no perder por completo la cabeza. No ves otra salida que delatar a tus amigos y, aunque te odias a ti mismo, ese yo deformado que en aquel momento odias está tan enajenado y desnortado que es como si odiases a otro. Alguien íntimamente ligado a ti, pero que no eres tú.

Le ponen agujas bajo las uñas.

—¿Le aplicamos el columpio Boger, Fabián?

—¿Una técnica extranjera? No, el columpio Boger no…

Lazkano no tiene la menor idea de qué es aquello del columpio Boger. Le sale sangre de debajo de las uñas. Le ponen en el radiocasete, a todo volumen, Como una ola, en la voz de Rocío Jurado.

«No me tortures con esa música».

Fabián se pone a cantar:

—«Fui tan feliz en tus brazos, fui tan feliz en tu puerto…».

—Él es muy teatrero, ¿sabes?

Le meten un trozo de metal entre los dientes y los labios, y le dan un bofetón. Cuando escupe al suelo ve que se trata de una moneda con la cara de Franco, «sentí en mis labios tus labios de amapola, como una ola».

«No me soltéis —piensa Lazkano—, si debo seguir siendo un muñeco, lo haré, pero prefiero estar en vuestras manos y con las muñecas atadas; no me premiéis quitándome las esposas, seguid exprimiéndome como un limón cuando os diga todo lo que sé, hasta que no quede nada de mí, os lo ruego. Destrozadme. Lo merezco».

Le hacen tumbarse boca abajo y le ponen la pata de una silla en el pliegue tras la rodilla. Luego, uno de ellos se sienta en ella. Le perforan y le queman la planta de los pies. Cuando le aplastan el meñique del pie con unas tenazas, no espera más. Lo suelta. No han tenido que aplicarle el columpio Boger. ¿Aplicar o practicar? Quién sabe.

—En la calle Moulinaou —dice.

—¿Dónde hostias está eso?

—En Anglet.

Lazkano, en su ingenuidad, cree que desde aquel sótano lo sacarán a las oficinas de la comisaría. Pero lo cierto es que no están en una celda de la comisaría, sino en algún otro lugar. Tenía que haberse dado cuenta, pero está demasiado alucinado para reparar en los detalles, para adjudicar un tiempo y un espacio a aquellos sucesos sin sentido. Es una hacienda grande y apartada, alejada de los ruidos: ni de coches ni de otro tipo. El edificio parece estar situado sobre una colina. Afuera solo se oye a los pájaros, que cantan despreocupados. Al subir las escaleras ha visto una gran ventana, y le parece que, según se van acercando a ella, los dos hombres, Fabián y Fabián, que lo llevan con los brazos atados y lo atenazan por los codos, aminoran la presión, como si al acercarse a la ventana le dieran la opción de suicidarse, es lo que se le ocurre: «tírate por la ventana y redime tu traición, si tienes huevos»; sí, es una invitación, dejará de ser un muñeco, dejará de ser un traidor, un salto y nunca más tendrá que mirarse al espejo, la ventana está abierta, a través de ella llega el canto de los pájaros, «salta, Diego, ánimo, no seas cobarde, los pájaros te lo piden, muestra ahora el valor que no has tenido antes. Vuela».

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