Twist
Primeras Difuminaciones
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Y así lo hace.
Sus dos guardianes lo dejan ir —bien lo sabe, ha sido por invitación suya, ahora no tiene duda—, apoya un hombro en el marco y salta por la ventana, con los ojos cerrados. Cae de espaldas sobre los helechos, y pronto ve a Fabián y Fabián riéndose en la ventana: apenas ha caído metro y medio, «¿qué pensabas, que la tortura había acabado? Qué va, tu patético intento de suicidio también estaba previsto, no ha sido más que la última vuelta de tuerca» —¿la última? Seguro que no… show must go on!
—¿Lo ves, Fabián?
—Creía que no se atrevería. De todas formas, al saltar no ha gritado nada… Yo me esperaba un «Gora Euskadi askatuta» o algo así.
Fabián el gordo alcanza al Fabián alto, el que al parecer es tan teatrero, los tres billetes marrones de veinte duros que se habían apostado. Salen ambos por la ventana, que no tendrá más de dos metros de altura. Los dos encapuchados le ayudan a incorporarse y Lazkano, humillado, decide no volver a mirarlos. Luego, como si hubieran decidido que el cautivo ha visto demasiado, le ponen un antifaz negro y opaco, antes de hacerlo entrar en el maletero. Se pasa allí lo que queda de tarde. No mueven el coche del sitio. Cuando lo sacan del maletero y lo llevan de vuelta a la misma celda, comprueba que fuera hace más frío.
Cree oír el eco de los gritos de Soto y Zeberio por los pasillos.
—¿Reconoces los gritos de tus amigos?
Los han pillado. En la calle Moulinaou. En Anglet.
Son ellos, sin duda. Le llama la atención especialmente la voz grave de Zeberio, tan acostumbrado estaba a su silencio y discreción. Sus aullidos son cualquier cosa menos discretos.
Por fin, dejan libre a Diego. Véase de este modo: a veces puede ser una venganza que te dejen libre mientras los demás siguen encerrados.
—No nos has resultado de gran ayuda, pero bueno. Como has formado parte de un grupo de teatro, y a mi amigo Fabián le va la farándula, vamos a dejarte ir.
Diego está a punto de decir que en realidad él odia el teatro, que es a Soto a quien de verdad le gusta, pero no lo hace. No dice ni palabra. No esta vez.
—Pero antes de nada te vamos a hacer un favor.
Fabián saca su navaja.
La llamada de Idoia pilló por sorpresa a Lazkano. No sabía nada de ella desde que de Anglet se mudó a Lille, y de Lille a San Sebastián. De Ana solía tener noticias solo indirectamente, de vez en cuando: tenía dos hijos y seguía trabajando en la biblioteca, pero en las oficinas. Era una de las jefas. Vivía en el barrio de Larratxo, y nunca la veía por la ciudad, aunque todas las mañanas se acordaba de sus ojos verdes acharolados y de su cuerpo sin tacha de cuando tenía veinte años. Aún la quería, como solo se puede querer una felicidad intacta de la que has salido huyendo.
—Querría hacerte una entrevista…
Cómo cambian las cosas, camarada: Idoia había dejado el diario Egin y había empezado a trabajar en la delegación de El Mundo en Bilbao.
En lugar de una cafetería de su segunda vida —la época en que decidieron ser solo amigos—, eligen una de su primera vida, una que frecuentaban como pareja. Después de la entrevista se quedan con gusto a tomar una cerveza en el Barandiarán. No les falta qué contarse. La madre de Idoia tiene cáncer, la vida empieza a mostrarles que es hora de doblar la esquina.
Cruel ironía: Diego le confiesa que su madre también padece cáncer; hace dos meses que se lo diagnosticaron. También que su padre desapareció para no volver, afectado de demencia. Asombrada por aquella nueva comunión que, impensadamente, ha surgido entre ellos, Idoia no puede reprimir un sincero «¿pero qué me dices?» que transporta a Diego a otra época. Siempre tuvo buena voz, aunque hizo oídos sordos a los ruegos de que se incorporara al grupo de teatro. Piden otra cerveza y siguen charlando sobre el grado de malignidad de los tumores y sus porcentajes de curación, sobre las bondades del cambio de dieta, la contraindicación de las carnes rojas y otras cuestiones. Están muy informados sobre el tema. Idoia más que Diego, lo que no es buena señal para la madre de Idoia, determina Diego. Cuanto más sabes, más grave es la enfermedad.
«Idoia no ha cambiado nada en estos años, no tanto como yo en cualquier caso, y eso tampoco es buena señal para mí», se dice Diego a continuación.
—No creía que la enfermedad tuviera tanto que ver con los números. Todo son índices.
—Los números tranquilizan a la gente.
—A la gente, no lo sé, pero a los médicos desde luego que sí.
Las dolencias de los padres. Una señal: no faltan muchos años para que se conviertan en nuestras dolencias. Va siendo hora de decirnos lo que callamos en otro tiempo, sin complejos y sin remordimientos. «Me dolió mucho tu indiferencia, insensible y cruel, cuando atrasaste la publicación de mi artículo sobre Dario Fo». Debería decirle: «Me encantaba morderte el cuello, tu manera de sugerir que nos acostáramos; cómo me esperabas en la cama, desnuda y sonriente, cómo acariciabas y arañabas la pared con los ojos cerrados, cómo te sentabas sobre mi cara y ofrecías tu raja a mi boca; me arrepiento de no haberme despertado más mañanas junto a ti. Pero ya hemos dicho que nada de remordimientos». Tampoco la trampa de sugerir que podrían tener algo juntos. Ni arrepentimientos ni falsas ilusiones.
—¿Sigues con Remiro?
Mikel Remiro. Silvio Rodríguez, «La pluma y la trova».
Idoia abre la palma de la mano como para señalar un cinco, y muestra su alianza, con aire resignado. Así se lo parece, al menos, a Diego.
Le dice que no tienen hijos: lo han intentado, pero no se han quedado embarazados. «Mikel no puede». Ahora están pensando en adoptar. China, Ucrania, Marruecos. Diego tenía cita con el dentista a las cinco, pero no le ha dicho nada. Ni siquiera llama para anular la cita. Afuera se ha puesto a llover, están a gusto a cubierto, pero la cafetería se ha llenado hasta los topes, se sienten observados, el ambiente no es nada discreto, están a la vista de todo el mundo. Este es el momento, deberían despedirse y desearse mutuamente lo mejor —lo peor— para el desarrollo de los bichos rizomáticos de sus respectivas madres. Pero no quieren. Aunque para seguir charlando deberían ponerse a hablar de lo que no se puede hablar, y eso es algo que tampoco desean. Ya han desgranado los currículos de sus viejos amigos, los primeros divorcios y separaciones de algunos de ellos —especial énfasis en ese punto, «somos muchos los que fracasamos»—, los cambios de nombre y de ambiente de los bares de los viejos tiempos, e incluso le han dado un somero repaso a la política, tema que en sus tiempos normalmente no tocaban. Vuelven a estar como al principio.
—Fue muy duro lo de Soto y Zeberio.
«Ha sido muy duro, sigue siéndolo», rectifica mentalmente Lazkano. Lo piensa, pero no lo dice.
Diego querría decir muchas cosas a la amiga perdida de otro tiempo («estoy debilitado, los dos somos débiles», cosas que decimos cuando nos sentimos indefensos), pero sabe que para hablar de ciertos asuntos hace falta un ambiente aún más íntimo, y que solo en una cama de una habitación blanca, con sábanas blancas y ambos desnudos, solo en esa situación podría decirle la mayoría de las cosas que tiene en mente. Quisiera hacerle muchas preguntas y pedirle que le haga otras tantas. Y contestárselas una por una con franqueza, acariciándose la columna vértebra a vértebra como quien cuenta los anillos de un tronco cortado, mirándose el uno al otro de vez en cuando, espiándose para comprobar cuánto han envejecido, y después, a modo de psicoterapia, decirse algunas cosas demasiado dolorosas, habiendo decidido callar otras que pueden resultarlo aún más.
La conversación tiene lugar en casa de Lazkano: Diego acostado sobre Idoia, con su pene casi erecto quieto en el surco de sus nalgas, y la chica con las dos manos bajo el mentón, y la melena teñida de caoba espalda abajo sujeta con una goma —nada que ver con cuando se cortaba el pelo a lo garçon—, los dos mirando por la ventana, en lugar de mirarse a los ojos. Los dos desnudos en una habitación donde todo es blanco. Los dos deplorando sin acritud el desgraciado mundo de ahí afuera.
Quisiera decírselo, y se lo dice: «Contigo conocí itinerarios y placeres que no conocía». Quisiera decírselo, y se lo dice: «De ti solo me quedaron buenos recuerdos». Quisiera decírselo, y se lo dice: «Te debo a ti no haber perdido en vano la juventud». Quisiera decírselo, y se lo dice: «Existe un deseo disfuncional, una construcción del deseo que nos ayuda a funcionar, y tú has tomado parte en la construcción de ese deseo disfuncional mío. Eres importante para mí, aunque apenas te haya visto en estos últimos años. O es importante ese deseo disfuncional».
Quisiera decirle algunas cosas, y se las dice, pero en cierto momento le pasa por la mente que muchas de ellas, en lugar de a Idoia, debería decírselas a Ana.
—No digo nada nuevo, pero, si fuéramos transparentes, si nuestros pensamientos estuvieran a la vista de los demás, estaríamos todos entre rejas, o si no seríamos unos tímidos afortunados… o unos afortunados tímidos, no lo sé… —le dice Idoia—. Afortunados y criminales —añade después.
—La escritora pareces tú —le contesta Diego. Sigue siendo buena en el ping-pong verbal.
«¿Le gustarán ahora los hombres mentolados?». Diego se emociona, y sus lágrimas emocionan a Idoia. Cómo nos destroza el tiempo. «¿Te molesta mi amor?».
«Quiero volver a ser tu proveedor de canciones…».
Deberían haberse despedido como amigos en el Barandiarán, evitar aquellas conversaciones y confidencias de cama; pronto, en la mesa que habían dejado libre, se sentarían jóvenes parejas, recipientes de deseo, gente que no se sentiría anacrónica al hablar de amor… Deberían haberse despedido como amigos, pero no lo eran: habían sido amantes, habían dejado de tener noticias uno del otro, tenían enfermos a sus padres, habían tomado un café evitando algunos temas y acercándose con tiento a otros, se habían susurrado algunas cosas al oído y se habían desnudado torpemente el uno al otro; al salir a cielo abierto, enseguida se dieron cuenta de que la lluvia había envejecido menos que ellos, y no tenían ninguna voluntad de volver a su vida anterior.
Estaban demasiado cansados para resistirse a la tentación de permanecer tumbados, desnudos uno encima del otro.
Idoia no tardó en coger sus trastos y mudarse a casa de Diego. Al principio el equipaje que trajo le pareció sorprendentemente escaso. Pasado un tiempo comprendió que se lo había dejado todo a su marido, que de algún modo se sentía culpable de haberlo abandonado y le había dejado como compensación una especie de viudedad simulada, «yo ya no estaré contigo, pero todas las cosas que compartíamos se quedarán ahí, los objetos y los recuerdos, los que compramos juntos y los que no, los prácticos y los simbólicos, todos los dejo aquí, tú verás qué hacer con ellos». No se trataba solo de un intento de evitar añadir más problemas a la separación tras una larga convivencia y a la ruptura sentimental; era también una entrega total a Diego, al menos él así quería pensarlo, porque si lo suyo no salía bien Idoia se quedaría sin nada; y el hecho de que quisiera compartir también su vida material, sus cacharros de cocina y las sábanas, las mantas de su sofá y las sillas de la terraza, su cortaúñas y su secador de pelo —eso sí que era definitivo—, se lo tomaba como una señal de amor incondicional: «creo en esta relación, a pies juntillas, eres la apuesta de mi vida, en mi mente no cabe la menor opción de que lo nuestro falle y se rompa, no tengo plan B».
Y las cosas marcharon bien los primeros meses, Idoia se acostumbró al nuevo hábitat, a los intempestivos horarios de Diego —siempre trabajaba de noche—, a la incomprensible neurosis que le impulsaba a cerrar con llave su escritorio y su estudio, a aquel secretismo exagerado que al principio le pareció interesante, luego ridículo y finalmente fastidioso, a sus imprevisibles cambios de humor, a sus retorcidas razones para no tener hijos («mis genes son demasiado defectuosos, ya es hora de finiquitar ese árbol genealógico»).
Diego reveló a Idoia con todo detalle lo que nunca antes había confesado a nadie, sorprendiéndose incluso él mismo conforme las palabras salían de su boca: cómo y cuándo le habían hecho aquellas marcas, «antes de nada te vamos a hacer un favor», tras confesar que Soto y Zeberio estaban en la calle Moulinaou —«¿Dónde hostias está eso?», «En Anglet»—, fue entonces, dicho ya cuanto había que decir, y enterados los torturadores de lo que deseaban saber, fue en ese momento y no antes, cuando le marcaron aquellas letras que le recordarían, no a los policías, sino el nombre que sus propios compañeros iban a ponerle: no decían que Diego fuera terrorista, secuestrador o asesino, no eran las siglas de los GAL ni la firma de sus captores; no, escribieron en su piel la pura verdad. Bajo tortura, es cierto, pero había delatado a dos de sus compañeros que se habían visto obligados a pasar a la clandestinidad por atracar un banco con pistolas de juguete —las de verdad no habían llegado a tiempo—, a dos retoños demasiado jóvenes aún para el crimen y el arrepentimiento; aunque de más edad que él, aún demasiado adormecidos, demasiado apegados a la «célula durmiente».
De haber pillado a Soto en su lugar, ¿habría delatado a Zeberio y a Lazkano? Nunca lo sabría.
—¡Con be, no, ignorante! ¡Es con uve!
Cuando se lo oyó decir, aún no podía imaginar qué le estaban haciendo en la espalda, dolorido todavía por los alfileres que le habían clavado bajo las uñas y en las plantas de los pies, porque al parecer en las plantas no quedan marcas, hemos heredado de los primates la capacidad de pisar espinas y seguir adelante. Y aquella farsa de la espalda de Lazkano. ¿Realmente pensaba uno de ellos que se escribía con b? Tampoco era imposible, aunque en aquel momento todo le pareció una calculada estrategia, repetida una y otra vez para minar su moral. Y funcionaba, vaya si funcionaba. El dolor que le producía el hecho de no poder adivinar lo que Fabián y Fabián le estaban tatuando en la espalda no era menor que el causado por los cortes en pies y uñas: «Pero ¿qué hacen?, ¿qué están escribiendo con be en lugar de con uve?».
—Qué más dará, lo dejamos con be.
He ahí una clasificación que va más allá de la tópica del poli bueno y el poli malo: el analfabeto y el alfabetizado.
Así que se llevó consigo aquella marca silenciosa, que tantas veces miraría desde entonces en el espejo, que no se atrevía a enseñar a nadie, demasiado vergonzante para mostrarla en un juzgado (total, decían, ese tipo de heridas eran siempre autoinfligidas, había más de una sentencia al respecto).
Aquella palabra. Chibato. Con falta de ortografía incluida. Porque era cierto. Aunque fue bajo tortura había delatado a dos compañeros —calle Moulinaou, en Anglet—. Porque en el lugar de uno de los dos tenía que haber estado él. Porque no tenía permiso de conducir. Porque el hecho de no tenerlo cambió la que iba a ser su misión, que le habría llevado a soportar torturas más duras que las que había sufrido, y luego a la muerte.
Lo que, evidentemente, no contó a Idoia fue lo que hizo cuando lo liberaron. Cómo se fue a Anglet y se encontró medio vacía la casa de la calle Moulinaou donde se escondían Soto y Zeberio; lo preocupados que estaban los dueños de la casa que los hospedaban; cómo el Pelirrojo vigilaba desde un bar cercano, desconfiado, sin acercarse a él; y cómo, acordándose de la paranoia de Soto, cuando se quedó solo en ella, registró su habitación de arriba abajo, y encontró la novela de Faulkner Mientras agonizo, y la carpeta color salmón, y en ella todos los originales mecanografiados de Soto, ocultos bajo una manta, entre la ropa de cama de invierno, en la parte más alta del armario.
E Idoia, aunque en la espalda de Diego ya hacía tiempo que no quedaba apenas rastro de aquellas letras, las veía, veía aquel chibato, y veía también al delator. Empezó a arrepentirse de haberse dejado caer tan fácilmente en los brazos de Diego, aunque era consciente de que no tenía derecho a hacerlo, de que no era Diego el culpable, de que bastante trabajo y tormento tenía ya, de que había pagado con creces lo suyo con el insomnio de todos aquellos años, mientras que quienes lo torturaron campaban a sus anchas, libres por las calles, quizá no muy lejos de allí, sin perder sus galones y probablemente con alguna medalla recibida por sus impagables servicios a la patria.
A Idoia cada vez le iba peor en el trabajo. Se quejaba mucho, sobre todo desde que empezaron a pedirle colaboraciones para la radio. «Periodismo integral». Estaban explotando a los trabajadores sin ningún reparo.
—¿Qué dice vuestro convenio? Seguro que lo que os piden no es legal…
«Si fuera así de fácil», se dice Idoia. En realidad, apenas si se veían: cuando ella llegaba a casa, Diego estaba ya encerrado bajo llave en su despacho, escribiendo. Cenaba sola. Para cuando él se acostaba eran ya las seis o las siete de la mañana. No habían pasado una hora juntos en la cama, cuando Idoia se levantaba para coger el autobús y acudir al trabajo. En aquellas circunstancias todo trato carnal era forzosamente sonámbulo.
Solo pasaban juntos los fines de semana, e incluso entonces imperaba la desgana: a mediodía Diego apartaba El Mundo y leía Berria, menospreciando de una forma bastante insultante el diario en el que trabajaba Idoia. Mientras Diego preparaba zumo de pomelo y café —ese era su desayuno—, Idoia tomaba una comida ligera. Tampoco en eso podían coincidir. Lo suyo era un continuo jet lag en ambas direcciones.
—Estoy pensando en dejar el periódico.
—Puedes hacerlo… Ahora no tenemos problemas de dinero.
—No lo dejaré hasta tener otra cosa.
—Te podría conseguir trabajo como lectora, si quieres… ¿Te interesa?
—¿Lectora?
—Fede siempre necesita lectores en la editorial… No le duran mucho, ya sabes lo gruñón que es. Por probar…
—¿Tendría que hacer informes sobre manuscritos?
—No exactamente: tiene problemas de vista, y necesita que alguien le lea en voz alta. Yo creo que con tu voz…
Fede Epelde, el editor de Diego. Un sesentón cascarrabias y sibarita. No, gracias. Antes que irse a trabajar con él, prefería seguir como hasta ahora.
No pasaron muchos meses desde que Idoia sustituyese una relación muerta por otra estimulante, y aquella nueva relación había empezado a declinar. Dejó a su marido sin pensárselo demasiado, no le costó hacerlo, señal de que estaba abocada a dar ese paso tarde o temprano. Pero eso no garantizaba que la nueva relación fuera sólida y duradera. En realidad, la chispa se apagó bien pronto. Diego era celoso hasta decir basta. En cualquier entrevistado de Idoia veía un rival en potencia. Se trataba de gente de poco fuste del mundo de la política, gente que a Idoia le aburría soberanamente, pero a Diego, en el umbral de la paranoia, siempre le parecía que el entrevistado se lucía a costa de la entrevistadora. El asunto fue a peor cuando el diario reforzó la sección de cultura, e Idoia, renovadas sus ilusiones, volvió a entrevistar de vez en cuando a bailarines, actores y escritores. En opinión de Diego todos eran mediocres, artistas de segunda mano, parásitos que vivían sin dar golpe de las subvenciones públicas. Por eso le llamó la atención que, el día que entrevistó a Chema Santamaría, Diego solo tuviera buenas palabras.
—Un tipo interesante. Tiene la cabeza muy bien amueblada.
A Idoia le sorprendió, porque por aquel entonces no coincidían en nada y, por una vez, ella estaba de acuerdo: Santamaría siempre le había parecido un seductor nato, con las ideas muy claras, un fotógrafo muy consciente de que hacía lo que hacía para una minoría, un retro convencido que revelaba en casa sus carretes marca Ilford a la antigua usanza, al que no le gustaba hacer muchas copias, siempre en busca de nuevos horizontes, tan distinto a todos los fotógrafos que había conocido en los diarios.
A Idoia le sorprendió el comentario de Diego, y le afectó aún más saber que Chema era íntimo de Lazkano, aunque estos últimos años se veían muy poco, y que fue él quien le hizo «el mejor retrato que me han hecho nunca». Idoia no tuvo más remedio que estar de acuerdo: la foto era preciosa, en claroscuros, de esas que se hacen para que perduren. Luego le enseñó las fotos que tomó al grupo de teatro: Zeberio con el cable de un foco enrollado al cuello como si fuera una bufanda, Soto disfrazado de Groucho Marx, Gloria batuta en mano en su papel de directora, Diego sentado rodeando con los brazos los hombros de Ana y Sara. Todos sonreían.
—Ana… Hacíais buena pareja…
Lo decía honestamente, pero con la intención de hacer daño. A Diego se le empañó la mirada. «Sí, todas las mañanas me acuerdo de ella, la abandoné, yo también sé desaparecer de la vida de alguien sin previo aviso». Lo piensa, pero no lo dice.
—¿Y esta?
—La llamábamos La bella Inés, ¿no te acuerdas? Solía venir con nosotros a las manifas…
—¿La que salía en La ratonera de Agatha Christie?
—La misma.
—Está tan joven… No la habría reconocido.
—Y el fotógrafo, Chema, claro. Si quieres, podemos invitarlo a cenar algún día.
Idoia se mostró de acuerdo al principio, pero luego intentó disuadir a Diego. No quería cenar con Chema, le gustaba demasiado, podía ser su punto de fuga para escapar de aquella rutina a la que estaba condenada con Diego, aquel fotógrafo era un amante a cuyos brazos saltar, algo más que «un tipo interesante». A Diego, por descontado, no se lo dijo de esta manera.
—Los dos andamos faltos de humor últimamente, quizá más adelante.
—¿Qué?
Idoia estaba empezando a hartarse de tener que repetirle todo dos veces. «¿Qué?», «¿Cómo?», decir las cosas una vez nunca era suficiente, Diego vivía inmerso en sus pensamientos; cuando una pareja empezaba así, qué, cómo, dímelo otra vez, señal de que estaba en las últimas. Pero el final puede durar mucho. Incluso toda la vida, en algunos casos. Sobre todo porque Idoia se resistía a reconocer que irse a vivir con Lazkano, apostar por él y poner todas las fichas en la misma casilla, había sido una gran equivocación.
—¿Qué?
—Que no es la mejor época para invitar a nadie. Lo mismo no le ha gustado la entrevista. Nos pasamos dos horas en su estudio, y he tenido que cortar mucho… Sería incómodo…
—Tonterías. Seguro que le hace gracia saber que tú y yo estamos juntos.
Y Diego, erre que erre: «Voy a llamarle». «No lo hagas, Diego, ¿no te das cuenta? Estás metiendo al lobo en casa, una vez traicionaste a tus amigos bajo tortura, y ahora te traicionas a ti mismo, te arrepentirás, no des aliento a ese viejo amigo: es mucho más interesante que tú». Lo piensa, pero no lo dice.
Deciden cenar fuera de casa. Es día laborable, Chema inaugura una exposición en San Sebastián y pasará aquí la semana; y sí, le ha hecho gracia saber que Diego e Idoia están juntos. A Chema le ha gustado, le ha encantado la entrevista, palabras que se dicen por cortesía (o no), «pensaba llamar para felicitarte». Vacían dos botellas de vino caro, ríen sin parar, Diego y Chema, Chema y Diego, teniéndolos a los dos frente a frente Idoia tiene muy claro quién es el más original, el más inconformista, el más apasionado, el que más cree en lo que hace, «¿qué haces, Idoia?, ¿acaso vas a repetir el mismo error?, ¿no te acuerdas de que hace un año agotaste tu opción de volver a empezar de cero?».
Aparte de esa comparación de la que Diego sale perdedor, Idoia percibe otras señales de alarma. Aunque Diego se dirige a Chema con sincera admiración («un fotógrafo auténtico en este mundo de auténticos farsantes»), la admiración no es mutua. Cuando al fin deja de hablar de las fotos que hace en canteras cerradas y casas abandonadas y —con forzada amabilidad— le pregunta «¿y tú, qué tienes en mente?, ¿habrá novela este año?», Idoia percibe claramente que le cuesta mantener la atención, que la verborrea de Diego le es totalmente indiferente, y que no hay nada más patético que ver cómo un amigo al que admiras te desprecia con simulado respeto. O, mejor dicho, sí lo hay: que tú no te des cuenta de ese desprecio, y tu mujer sí.
Cuando piden los postres, y a medida que Diego se va entonando —es él quien más bebe de los tres y quien se ocupa compulsivamente de llenar las copas de los demás—, la mirada de Chema se desvía, cada vez con menos reparos, hacia Idoia; y se posa en sus ojos cada vez durante más tiempo —«¿qué haces con este pelele?»—, quizá porque ha reparado en el desamparo de la mujer: Idoia le ha lanzado las señales imprescindibles para que se dé cuenta; el cansancio, otra vez el cansancio, un plúmbeo contrapeso que conduce a la verdad. No ha tenido fuerzas para disimular, como tampoco después, cuando Diego se levanta a pagar quejándose de la lentitud de los camareros, tiene coraje para apartar la mano de Chema cuando este aprovecha para agarrarle del brazo.
—Estoy en el hotel Orly, llámame.
«¿Me mirarás con esos mismos ojos después de correrte?».
Chema no responde a la pregunta. En lugar de eso, se sumerge entre los muslos de Idoia, y ella percibe cómo él le escribe con la punta de la lengua todas las mentiras y verdades que pueden decirse. Entonces se le ocurre que las palabras están de más, que son todas inútiles, estén en un diario o en un libro, escritas por ella o por Diego, que lo único que vale es la punta de esa placentera lengua que, si no fuera porque tiene las cálidas manos de Chema entre sus muslos, confundiría con el pico húmedo de un pajarillo. Idoia se dobla hasta tocar el colchón con las rodillas, como un cepo que se abre, levanta la cintura y arquea su espalda, siente cómo se apartan los dientes de Chema, aunque en ese momento un pequeño mordisco no haría más que aumentar su gozo, tan poseída se siente por el deseo. Jadeante, arroja al suelo la cascada de sábanas, da una patada al aire y, retirando las mantas de encima de la cama, deja el colchón pelado, limpio y desnudo. Cuando su respiración se serena, se pone a lamer el pene de su amante.
«¿Me mirarás con esos mismos ojos después de correrte?».
«¿Eres tan atrevida como creo? ¿Tan autodestructiva?». Chema, mientras acaricia el pelo color caoba de la chica, intenta hallar un cabello blanco en su hermosa cabellera, y encuentra tres o cuatro; la melena de Idoia le recuerda cómo se les desgarran las crines a los arcos para chelo demasiado usados; ahora Chema es la madre ciega que busca piojos en la cabeza de su hijo, «vamos a ver si encuentro más cuerdas desafinadas entre estos finos cabellos»; en vano, el tacto no le da para tanto. «Esos detalles imperfectos que muestran parte de nuestro envejecimiento y degeneración, esos detalles siempre me han ayudado a gozar más en la cama — piensa Chema—, porque vuelven más real ese momento de éxtasis no-tan-distinto-de-otros-momentos…». Pero quizá sea mejor dejar de palpar en busca de canas, porque en cuanto encuentra una empieza a buscar la siguiente y así no hay manera.
La habitación amanece en silencio, salvo, de vez en cuando, un chasquido de salivas, un chasquido de lenguas y labios que se pegan y se despegan suavemente. Idoia recuerda que la vida se va volando mientras aferra el pene del chico entre sus piernas; no quiere correrse aún, no quiere irse aún de este mundo, del mundo del placer.
«¿Me mirarás con esos mismos ojos después de correrte?».
Las persianas no engañan a nadie, despunta el alba, pronto vendrán a limpiar la habitación con carrito y todo; Idoia observa la mesilla de noche: ahí está, se les olvidó colgar afuera el cartel Do Not Disturb en cinco lenguas —el euskera no está entre ellas, claro: a quien habla este idioma todo el mundo le es extranjero—, ahora solo les falta que alguien llame a la puerta y abra. Ese miedo dilata ligeramente la ronda de suspiros de Idoia.
«Chema», susurra ella, dos veces, y esas cuatro sílabas son recipientes abiertos, cuencos derramados que acaban por desbordarse. «Me excita que digas mi nombre», le ha confesado antes. Y entonces Idoia piensa que su mujer no debe de llamarle por su nombre cuando hacen el amor, que su manera de hacerlo debe de ser anónima, y que por eso en la cama la prefiere a ella. La gente va y viene por los pasillos, maletas con ruedas, tilín, la campanilla del ascensor. Suben, bajan, entran, salen. Es el pladur, se filtran hasta las toses. Chema no se ha corrido, e Idoia toma de nuevo en la boca el glande que su flujo ha dejado reluciente, le aparta los muslos con ambas manos al tiempo que deja su clítoris en el punto de mira de Chema. Él no se ha atrevido a preguntarle si le gusta tragarse el esperma, si lo hace solo para complacerlo (le place, es cierto, y cada vez es distinto el gesto de la garganta de Idoia), o si realmente le gusta terminar así. Tampoco le pregunta qué diferencias, qué matices percibe de un semen a otro, si es que percibe alguno, si no le parece raro que después de tragar esperma no salgan renacuajos fecundados, ranas gemelas, cuando se vomita. Quizá se lo pregunte dentro de dos, tres, cuatro citas, en son de broma. Quizá no haya tantas citas. Tampoco han sido tantas antes de ahora.
Anoche vieron juntos en el hotel una película X. Chema quiere que su próxima exposición sea una serie pornográfica. «Estoy mirando en Internet, ¿has navegado alguna vez en busca de porno?». Idoia le confiesa que no, y de repente se siente como una monja. «Prueba algún día, el porno amateur es todo un mundo: no se acaba nunca».
Pero el de ellos, su mundo, sí que acabará.
Hoy no se ha tragado el semen, y se limpia el pringue de la mano frotándola contra su muslo, da un beso a Chema, se aproxima a la ventana. Abre las cortinas dobles, unas negras primero, luego otras transparentes, como si el teatro, la función, fuera a comenzar; pero aún queda algo por abrir: las persianas, hasta media altura. Sus pupilas entran en pánico cuando reciben el chorro de esa luz que parece lavada con cloro. Podría ser un pulso o un duelo a espada: ¿Cuál de los dos aguantará más sin mirar el reloj? ¿Quién se resistirá más tiempo a satisfacer las ganas-inquietud-deseo-necesidad de saber la hora, esa hora que les ronda la cabeza e intentan intuir por la luz que entra desde la calle?
¿Quién es el más débil?
¿Qué tiene que ver ser débil con ser realista?
¿Quién será el primero en dejar que entre el mundo exterior a su reino de sexo y deleite, malogrando el ambiente con una frase equivocada?
¿Quién necesitará menos tiempo para acostumbrarse a la rutina diaria del trabajo?
¿Quién será el primero en pensar en cuestiones prácticas, preparar coartadas, reparar en que no somos inmortales pero sí inmorales, impostar inflexiones de voz?
¿Quién será el que empiece a no estar en la habitación del hotel, aunque esté allí?
Idoia se coloca ante el espejo, para que así, en lugar de una, sean dos las candidatas al penoso título de Persona Más Cobarde y Miserable del Mundo Hoy. «¿Por qué me castigo continuamente?».
Cuando Chema sale del baño, las espadas de sus ojos siguen en alto, frente a frente.
Idoia está junto a la ventana. Enciende un Marlboro. Una flecha de humo se le clava en el pecho, se rasca la entrepierna allí donde se seca el semen, aliviándose el picor de una forma un tanto masculina. A Chema le agrada el gesto. Debería decírselo. Tiene el pubis muy poblado, antes se le ha trabado entre los dientes algún pelo, negro, muy negro. «Estos momentos con ella me encantan, no quisiera perderlos. Debería decírselo», piensa Chema.
Lo piensa, pero no lo dice. «Más adelante, dentro de dos o tres citas».
—Parece que viene bueno.
Se refiere al tiempo. Sin embargo, la luz —también la luz, por desgracia—, esa cascada de luz que parece lavada con cloro y desinfectada, esa luz filtrada por el polvo de moqueta y el aire acondicionado de los hoteles, puede resultar triste en ocasiones.
Chema se pone los pantalones, también Idoia. Nada de ropa interior: directamente los vaqueros. Besa a Chema en los labios y, juguetona, le mete cintura abajo su tanga enrollado, estímulo para los testículos rendidos que se han vuelto a su concha. Un souvenir sin nostalgias.
—No te olvides de mí, ¿vale?
Y, vista su forma de mirar, Chema entiende otra cosa: «Ni se te ocurra hacerme daño, ¿vale?».
Pero Idoia aún quiere un poco a Diego, le agrada su forma de estar en casa, eso es todo, vive cómodamente y vive a gusto con Diego, a pesar de los «¿qué?» y de los «¿cómo?». Además está de muy buen humor, parece que con su último libro le van bien las cosas, aunque Idoia todavía no tiene ni idea de qué trata. Y a pesar de que Chema le dice «quiero retratarte desnuda», e Idoia le responde «ni pensarlo», «conmigo no uses trucos baratos» o «no me digas que eso te funciona con las otras», y Chema «¿qué otras?», a pesar de todo eso, aunque le parece que le vuelve la piel del revés y le hace sentir cosas que hace tiempo no sentía, decide actuar honestamente, porque sabe que para Chema ella es un mero divertimento, que recibe muchas llamadas a las que no responde y, por la cara que pone cuando apaga el móvil sin contestar, Idoia sabe que son llamadas de mujeres, y no solo de su mujer. Y como ha decidido actuar honestamente, porque le resulta insoportable llevar una segunda vida o una vida secreta, se lo confiesa todo a Diego, la locura que ha cometido, que se ha acostado con Chema, con su amigo, «un fotógrafo auténtico en este mundo de auténticos farsantes». Y Diego se queda callado, empalidece un poco, «gracias por decirme la verdad», tragándose todo su orgullo, y pasa la noche fuera, dejándola sola en esa casa que ya no siente como suya.
Tras pasarse la noche sin pegar ojo, suena el teléfono. Llaman del hospital. La madre de Idoia ha muerto.
Rosas blancas sobre el féretro negro, y de repente nos asombramos: una belleza tópica nos reanima levemente en un momento inesperado. Una llamada de Mikel, la pluma y la trova: «ha sido un detalle que hayas llamado», le dice Idoia, y realmente se lo agradece; «¿cómo estás?», y ella, en lugar de decirle cómo está, le cuenta que su madre «se ha ido como un pajarito, estaba muy mal», «llama para lo que quieras, Idoia». Su ex marido ha venido al funeral, y también al entierro. La acompañan en el sentimiento sus compañeros del periódico: Roger, Víctor, la becaria Pilar. Es de agradecer. Muy de agradecer. Diego no coge su mano hasta que la caja negra empieza a descender. Lo hace con suavidad, e Idoia le aprieta los dedos.
«No hay vida sexual en la tumba». Lo piensa, pero no lo dice.
Hasta el atardecer Idoia no se ha dado cuenta de que Diego ha llevado al funeral de su madre el mismo traje que luce en las presentaciones de sus libros. No sabe qué pensar al respecto.
Quizá no sea el momento, pero no se le ocurre ninguna otra cosa que pueda decir:
—Ha sido una locura, me resulta impensable volver a verlo. Entiendo que tú, de todas formas…
—No. Quiero que te quedes. Te quiero.
Se lo dice casi llorando. «No tanto como quería a Ana, pero te quiero». Lo piensa, pero no lo dice.
—¿Me perdonarías tú si yo te hiciera algo así? —le pregunta Diego.
Idoia está demasiado cansada para mentir, en su relación siempre ha sido muy importante el cansancio. También ahora.
—No lo sé. No sé si te perdonaría.
—Lo entiendo.
—Con el tiempo lo olvidaremos todo.
Diego no dice nada. Solo para sí: «Sí, lo olvidaremos todo, como mi padre».
Idoia lo besa, lo desnuda como a un niño y luego comienza a desnudarse ella. Diego no le sigue el juego, así que Idoia le acaricia la columna, vértebra a vértebra, como quien cuenta los anillos de un tronco cortado, hasta llegar al lugar donde estaba aquella palabra ya borrada: chibato. Hace tiempo que no hacen el amor. Idoia se pregunta si Diego se habrá masturbado a menudo todo ese tiempo. A la vista de lo rápido que el pene se ha venido arriba, parece que no. Y ese hipotético ayuno, lo interpreta como un halago hacia ella.
La toma por detrás, a cuatro patas, sin caricias de ida y vuelta, sacando al final su miembro y corriéndose en su espalda igual que las estrellas del porno, vigorosamente. A Idoia le ha parecido un polvo en seco, violento. Ha detectado en Diego tanta agresividad y rabia como placer.
Ambos saben que no tienen ningún futuro juntos.