Una madre

Alejandro Palomas · Capítulo 15 de 27

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Una madre

Seis

—Vaya, vaya, vaya —dice tío Eduardo de repente, soltando una carcajada seca que a punto está de convertirse en tos. Olga y Emma se vuelven a mirarle y yo regreso a la mesa de golpe, despidiéndome de lo que no es ahora—. Así que embarazadas, ¿eh? Qué callado os lo teníais, bribonas —

dice, meneando la cabeza y sacudiendo el índice como un maestro socarrón.

Olga intenta un amago de sonrisa que es pura tensión.

—Correcto —dice. Los demás no decimos nada. Mamá sigue encerrada en el baño, tarareando, a lo suyo.

—Ah, la maternidad —vuelve a la carga tío Eduardo, poniendo los ojos en blanco y chasqueando la lengua—. Qué maravilla sentir una vida dentro

—dice, y se pone la mano en el vientre—. El milagro de la naturaleza. Sin duda una de las cosas más hermosas que pueden ocurrirnos.

«Ay».

Silvia se tensa un poco y encoge los hombros. Luego inclina la cabeza y esboza una sonrisa pétrea.

—Sí, tío —le suelta—. Todavía nos acordamos de cuando te quedaste embarazado de los trillizos y fuimos a verte al hospital.

Tío Eduardo la mira y suelta una carcajada que retumba contra los cristales a su espalda.

—Desde luego, hay que ver lo quisquillosa que estás esta noche, criatura —dice—. Cualquiera diría que has desayunado clavos. Ni que te hubiera dejado el novio.

Silvia no sonríe. Pone los ojos en blanco y con cara de poca paciencia suelta:

—Si es que parece que no te oigas, tío. Yo no sé cómo te las ingenias, pero siempre da la casualidad de que te ha pasado todo a ti —añade con un tono más neutro—. Tío Eduardo siempre es más, siempre sabe más. Si tú tienes tres, él tienes seis. Si tú has subido una montaña, él ha escalado el Everest. Si te tuerces el tobillo, a él le ha atropellado un tráiler. Si Emma y Olga se quedan embarazadas, él es experto en maternidad porque, claro, ha parido a siete novias para siete hermanos. Y si ellas han decidido guardarlo en secreto porque… porque les ha dado la gana y querían darnos una sorpresa, seguro que él, el omnipresente tío Eduardo, el que dobla todas las apuestas porque sabe más, tiene más, piensa más y puede más, tiene también una sorpresa que darnos, cómo no. Y mejor, claro. —Tío Eduardo la mira con una sonrisa de suficiencia, pero no dice nada, porque justo en ese momento mamá sale del baño y se acerca a la mesa con cara de alivio y felicidad. En la radio suena una melodía que conozco y que termina con un:

«Son las once. Noticias».

—¿Otra sorpresa, Eduardo? —dice, quedándose de pie detrás de Olga, a la que pone las manos sobre los hombros—. Ay, no me asustes.

—No, mamá —dice Silvia soltando un bufido que acompaña con una bocanada de humo gris—. Era solo un decir.

—Ah —dice mamá, con su sonrisa de anfitriona perfecta—. Muy bien.

Pues si os parece voy a servir la crema.

Emma se levanta enseguida, dispuesta a ayudarla, mientras tío Eduardo suelta una risilla satisfecha desde su cabecera de la mesa.

—Sí —dice—, esa crema del valle huele deliciosamente.

Mamá se gira a medio camino del horno y le mira con cara de póquer durante un par de segundos, antes de comprender.

—No, Eduardo. Del valle, no. Es Al-valle —dice con un gesto de la mano—. Es que hoy he tenido tantas cosas en la cabeza que, la verdad, no me ha dado tiempo de hacerla yo. Y las de tetrabrik salen tan buenas…

Silvia me mira como si estuviera a punto de salir corriendo.

—Mamá —dice—. Podrías habérmelo dicho. No me habría costado nada prepararla yo y traerla de casa.

—No, cariño, qué dices. Si no se nota que no es casera. Y no tiene ni una sola E de esas en los ingredientes, que me he fijado bien —añade,

mirando a Olga—. Es biológica, pero no lo pone.

Silvia sigue con la atención puesta en el horno, ahora ya no en la crema, sino en la bandeja que está debajo y en la que nadan unas figuras oscuras sobre un mar también oscuro.

—¿Y eso otro? —pregunta Olga.

Mamá inclina la cabeza y mira, ella también, el horno.

—Eso otro no es biológico, no.

Tío Eduardo se pone las gafas para mirar, él también, hacia el horno.

Entrecierra los ojos y asiente despacio con la cabeza.

—Mmm, tiene una pinta…

Silvia arruga la frente.

—¿Qué es?

Mamá se lleva la mano a la cara en un gesto de cocinera coqueta y con expresión pícara, dice:

—Cosas.

Nos mira. La miramos. Se hace un silencio expectante. Ella lo interrumpe, diciendo:

—En salsa. Cosas en salsa. —Y aclara—. Al vino blanco.

Silvia se lleva la mano a la frente, me mira, intenta no reírse y dice, guiñándome un ojo:

—Ah, qué bien, mamá. Nos chiflan las cosas en salsa.

Mamá sonríe, encantada.

—Aunque, ya que estamos, y si no es mucho pedir, ¿podrías aclarar un poco, así, a grandes rasgos, qué clase de… cosas son? —insiste Silvia con una ceja arqueada.

—Por cierto —interrumpe tío Eduardo, cogiendo su servilleta y poniéndosela al cuello mientras nos recorre con la mirada—, hablando de vino… —Sigue con cara de alguien que tiene algo importante que decir—, aunque aquí, nuestra querida señorita perfecta, seguramente creerá que lo que tengo que compartir con vosotros no tiene importancia, me gustaría decir, antes de que llegue la crema del valle, que sí, que tengo una par de noticias que daros. Y creo sinceramente que son comparables en grado y medida a vuestro embarazo de alquiler o de… semen artificial, o como

quiera que se llame eso que habéis hecho —anuncia, volviéndose hacia Emma y Olga.

Mamá se queda con la fuente en alto y Silvia me da una patada por debajo de la mesa que apenas me roza la espinilla. Delante de mí, Olga carraspea, incómoda, y a su lado Emma enciende la pantalla del móvil en un gesto que es más un tic que otra cosa.

Tío Eduardo coge su copa, la levanta y esboza una de sus mejores sonrisas, esas que están pensadas y diseñadas para conquistar piezas de caza mayor:

—Sí, familia —dice con voz triunfal, dedicando a Silvia una mirada cargada de significado y recorriéndonos luego con ella a los demás—. Yo también tengo algo que celebrar esta noche.

Silvia da una palmada en la mesa y asiente.

—¡Por supuesto! ¡Cómo no! —salta—. ¡Cómo iba Súper Tío Eduardo a ser menos que nadie!

Mamá da un respingo y la mira con la gran fuente de crema en las manos mientras parpadea sin entender.

—Cariño, ¿te encuentras bien?

Tío Eduardo suelta una pequeña carcajada y dice, mirando a mamá:

—Tu hija, que ha desayunado clavos.

—Menos clavos serían si no fueran tan verdad —suelta Silvia. Y luego

—: A ver. Cuál es esa sorpresa tan maravillosa que vas a darnos. —Y antes de dejar que él hable, prosigue—: ¡No, no nos lo digas! Deja que lo adivine.

A ver, a ver… ¡ya está! Seguro que te han propuesto para rey del pollo frito de Portugal. O no. ¡No! Has descubierto que tienes un hijo por ahí y resulta que está casado con una Kennedy. O… o… o…

Tío Eduardo mira a Silvia con una sonrisa tranquila, de alguien que está acostumbrado a sonreír, pero es también una sonrisa dibujada con un cariño profundo, bien encajada. A pesar de las impertinencias con las que Silvia lleva bombardeándole desde que ha llegado, él no se inmuta porque sabe, como sabemos los demás, que Silvia no tira a dar. La que salta sobre él es una niña de pataleta que castiga a su mayor por haberla dejado demasiado tiempo sola en un parque poblado de cosas que no le gustan. Silvia está diciéndole a tío Eduardo que le ha echado de menos, lo cubre de reproches

desde su búnker, y él, que lo entiende así, la deja hacer, encantado con su atención. Sabe que con ella llega primero el ruido y después la calma, y que la calma bien vale lo primero.

Debilidad. Debilidad y adoración es lo que se profesan desde que Silvia era una niña nacida mayor y decidió que tío Eduardo era la figura masculina en la que quería mirarse, lejos, lejos de papá y de su turbio cariño, de ese retorcido laberinto de mensajes contradictorios que papá entretejía a su alrededor, sesgándonos en horizontal a plazos bien mesurados. Padrino y ahijada. Eduardo y Silvia. Él siempre atento a ella y siempre ausente, ella siempre pendiente de las noticias que nos llegaban de él a través de mamá y de la abuela, de sus llamadas, de sus postales, como la novia en puerto, esperando. Y luego, como ahora, cuando él por fin aparecía, Silvia sacaba el catálogo de reproches de la mochila y los repartía a bocanadas, abofeteándole con él como una esposa rabiosa.

Lo que Silvia dice desde que tío Eduardo se ha sentado a la mesa es

«mírame, tío, estoy aquí». Y lo que él le responde con su risa socarrona y cómplice es «mírame, Silvia, sigo estando aquí. Como siempre llego tarde, pero llego. Y si yo llego es que todo está bien. Que tú y yo estamos bien».

Envidia. Por un momento, viéndolos así, siento una punzada de envidia, porque lo que hay entre ellos no lo tenemos los demás. Ese quererse así, esa complicidad tan relajada y tan tensa, tan viva, es propiedad exclusiva de Silvia y tío Eduardo, y a pesar del tiempo, de lo vivido por uno y por la otra, de las distancias, las separaciones…, a pesar de que son mundos paralelos y muchas veces inencontrables, los dos saben que están, que lo que tienen es intocable, aunque en lo superficial sean como el perro y el gato y a los de fuera nos parezca que rozan el conflicto. Durante una décima de segundo, mientras los veo jugar así, al gato y al ratón, tensa ella y feliz él, oigo de pronto una voz de alarma que nace de algún rincón de este Fer que los observa desde mi asiento. Oyéndolos así, inmersos en este goteo de punzadas que Silvia lanza a tío Eduardo y que rebotan en su sonrisa de hombre-muro como rebota la pelota en la pared de un frontón, intuyo que quizá esta noche Silvia está pidiendo algo más porque no está entera. Y sé que él no lo sabe y que quizá a lo largo de la noche tensen demasiado la cuerda —cada uno desde su extremo— y el juego se convierta en riesgo.

No sé lo que es, todavía no. Lo que sí sé es que Silvia encierra desde hace un par de días un campo de minas cuyo tictac nadie, salvo yo, sabe oír.

Algo me dice que quizá durante la noche, alguien —todavía no sé exactamente quién— pise una de esas minas y Silvia estalle en pedazos.

Espero que, si eso ocurre, tío Eduardo esté a la altura.

De momento él sigue sonriendo y esperando, con su mano alrededor de la copa de agua.

—¿Puedo hablar? —pregunta por fin, al ver que Silvia se ha quedado callada.

Ella asiente con la cabeza. Mamá sigue de pie con la sopera de plata y los ojos muy abiertos. Expectante.

Tío Eduardo levanta su copa despacio, carraspea y nos regala una nueva sonrisa, antes de decir:

—La primera noticia es que… he dejado el alcohol.

Mamá me mira y arruga un poco el morro, como diciendo: «¿No te lo había dicho? Si es que nunca me haces caso». Delante de mí, Olga también carraspea y dice:

—Pues deja que te diga, Eduardo, que me parece una decisión correcta, y que mereces toda mi admiración y respeto. [Carraspera seca]. Llega una edad en la que hay que empezar a plantearse las cosas de otro modo y actuar en consecuencia. A mi modo de ver, y disculpa si me meto donde no me llaman, pero creo que la ocasión lo requiere… —Sigue, pero tío Eduardo no es amigo de las interrupciones cuando tiene todos los focos puestos en él, y sin más, coge carrerilla.

—La segunda —dice, interrumpiendo a Olga, que se queda con la boca abierta y una mueca de fastidio— es que… —Inspira hondo, cierra los ojos durante apenas un segundo y, volviendo a expulsar el aire despacio, por fin lo suelta—. Me caso.

Silencio.

Al otro lado del ventanal, un grupo de adolescentes gritan y cantan en la plaza. Pasan de largo, llevándose sus voces consigo. Aquí, en el comedor, no decimos nada porque de repente mamá, que sigue agarrada a su sopera, suelta un «¡Oh!» aspirado que, conociéndola, puede ser muchas cosas en

una. Luego parpadea, totalmente sorprendida, y con una sonrisa lela, pregunta:

—¿Y lo dices así?

Tío Eduardo arquea una ceja, pillado a contrapié. Mamá termina de concretar la pregunta:

—¿Así? —dice—. ¿Tan… como si nada?

Él se queda con la copa en alto, confundido ante la inesperada reacción de mamá, que ahora se acerca despacio, deja la sopera en la mesa y la rodea hacia la cabecera que ocupa tío Eduardo, que mientras tanto se ha levantado y sonríe, radiante.

Cuando mamá llega hasta él, se funden los dos en un abrazo y luego ella se separa y la oímos decir:

—No sabes lo feliz que me haces, Eduardo. —Habla con la voz quebrada. Emocionada, mamá vuelve a estar emocionada. Se lleva la mano al pecho y sonríe una vez más. La suya es una sonrisa feliz, casi infantil.

Delante de mí, Olga y Emma también sonríen, contagiadas por la alegría desbordante de mamá mientras en algún rincón de la noche suena una campanada seca y breve. Un cuarto. Mamá pone entonces las manos en las mejillas de tío Eduardo, tira de él hacia abajo y le besa en la frente una, dos veces. Luego se lo queda mirando fijamente y por fin añade—: Mamá estaría tan orgullosa de ti, Eduardo…

Él baja los ojos, pero mamá está demasiado animada, demasiado eufórica.

—Tú ni te imaginas lo importante que es el paso que acabas de dar. —

Tío Eduardo asiente, también él emocionado. Mamá parpadea, al borde del llanto—. Qué valiente. Ay, qué valiente hay que ser para dejar de tomar vino en las comidas, cariño —dice con un sorbido—. Y qué gran noticia para tu colesterol. Ya lo dice Ingrid: el hombre iniciado ama a los animales como a sí mismo, tiene el tercer ojo siempre limpio y mantiene el colesterol en cintura. Ah, si es que te va a cambiar hasta la piel —dice con voz de hermana mayor mientras vuelve a acariciarle la mejilla y suspira—. Tú no sabes el paso que has dado. No, no lo sabes. Es la mejor noticia que podías darme este fin de año. No tengo palabras.

Por primera vez en lo que llevamos de noche, la sonrisa de tío Eduardo parece titubear y antes de que pueda volver a encajarla en su rostro ahora ceñudo, de que Silvia se vuelva a mirarme y suelte una carcajada…, de que Emma baje la mirada y contenga la risa porque teme herir con ella a mamá…, antes de que Olga carraspee y ponga esa cara de circunstancias que con nosotros se repite a menudo y que esconde un mensaje que seguramente sonaría así: «Qué poco cerebro tiene esta mujer, qué poco serio todo en esta casa, y qué familia tan… tan… tan desestructurada»…, antes de que llegue todo eso y más cosas, de que la noche traiga todo lo que tiene todavía esperando para nosotros y descargue su saco de sorpresas sobre esta gran pantalla de radar que es la mesa del comedor, mamá, que ha recuperado por completo lo mejor de su cara A, se da media vuelta, coge la sopera de la mesa y agitándola en el aire como si llevara entre las manos un cojín de plumas, derrama media crema encima de la cola de Max, que suelta un ladrido de dolor, y dice, con un tono de falsa alegría:

—¡Y ahora, a comer, que no llegamos a las uvas!

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