Una madre

Alejandro Palomas · Capítulo 27 de 27

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Una madre

Dos

Todo.

Se lo cuento todo mientras en el cielo la oscuridad se retira despacio como una lona traslúcida, aclarando la madrugada, y los perros se tienden sobre el césped, atentos a los primeros ruidos del día. Le cuento mi noche de mal dormir después del fin de semana en casa de Emma y Olga, el apagón de la letra ce del cartel luminoso que durante estos años en el estudio me ha servido de biblia de neón, mi llegada a la cafetería, los ojos de papá en el espejo, el camarero, mis recuerdos de la abuela, su libreta violeta, las preguntas, los porqués. Todo, todos los detalles de esa mañana.

Y mientras hablo, mamá sigue con la mirada perdida en la plaza, escuchando muy atenta, hasta que llego al momento en que me bajé del taburete y me volví hacia el ventanal de la cafetería con mi pequeña hoja cuadriculada en la mano. Entonces hago un alto y me callo.

Después de unos instantes de espera, mamá gira la cabeza hacia mí y, entrecerrando los ojos porque su mirada se encuentra con la luz de la farola que tengo detrás, dice:

—¿Y entonces?

Pasan un par de segundos y un coche frena en el semáforo en ámbar.

—Nada —me oigo decir cuando el coche ya se aleja—. Entonces nada.

Ella sigue mirándome, pero no habla. No sé lo que debe de haber oído en mi voz, porque me pone la mano en el brazo y se queda así, muy quieta, esperando. Luego, me aprieta el brazo con los dedos y apoya la cabeza en mi codo, animándome a seguir.

Y eso es lo que hago, seguir recordando para ella y contarle, en esta madrugada del año que llega, que en la mesa de papá no había nadie y que

eso fue lo que ocurrió: papá no estaba. Estaba el periódico, los restos del bocadillo y la taza vacía, pero él ya no. Me quedé con la hoja en la mano, plantado de espaldas a la barra y sin apartar la vista de su mesa hasta que al otro lado del cristal, en la acera, alguien levantó bruscamente la mano y un par de segundos más tarde un taxi se paraba a su lado. Papá no se volvió.

Abrió la puerta, subió rápidamente al coche y cerró de un portazo. El taxi arrancó.

Eso fue todo.

Lo que pasó a partir de entonces forma parte de lo que, en mi archivo de recuerdos recientes, ha quedado incluido en las «cosas que han ocurrido después». El portazo de papá marcó un «desde ahora» que mi memoria ha ido ordenando como sigue: cuando salí de la cafetería no volví directamente a casa. Di un pequeño paseo por la playa, intentando pensar, aunque fue en vano. Sentía un vacío tan grande en el estómago que de haber podido, habría vomitado. Y pena. También había pena. Y muchas cosas que en ese momento dolían porque parecían diseñadas para eso, para hacer daño.

Pensé en la abuela, en Andrés y en mamá, y me culpé por idiota, por haber esperado una vez más algo de quien no debía. Sí, otra vez. De repente sentí una bofetada de vergüenza y me vi ridículo al recordarme en la cafetería, escribiendo mi lista de porqués como cuando era pequeño y un par de semanas antes de Navidad, Emma, Silvia y yo nos sentábamos en el salón a escribir la lista de regalos que le pedíamos a Papá Noel, mucho después de que papá se hubiera encargado de decirnos que quien compraba los regalos era él y quien los repartía era mamá. Me volví a ver en la cafetería con el papel de mis porqués en la mano y me sentí idiota por esperar que la gente cambie. Como mamá, como la abuela. Como Emma. Como todos los que no somos papá.

Después del paseo, subí a casa y me preparé un té. Max vino a saludarme en cuanto entré y luego salió a la terraza y se tumbó a la sombra.

Cuando tuve la taza en la mano, salí yo también y me senté a su lado en el suelo mientras en algún balcón de la calle alguien daba martillazos contra algo metálico y la humedad empezaba a molestar.

Max me puso la cabezota sobre las piernas y me enseñó los dientes, sonriendo como sonríe él, y de pronto, al verle así, tan rendido y tan

confiado, tan pendiente de mí, me vi pequeño, pequeño como cuando todo te viene grande porque te das cuenta de que estás demasiado solo y de que aprender a protegerte no es siempre aprender a vivir mejor. Y sentí también un vértigo tremendo cuando volví a acordarme de papá, de la mesa vacía del bar y de su figura subiendo a toda prisa al taxi, huyendo de mí como si yo fuera el enemigo y no un hijo.

Y en ese momento, me acordé de la pregunta de Emma y su voz pausada resonó en mi cabeza: «¿Cuánto tiempo más piensas seguir en el faro?». Y enseguida, empujada por su pregunta, llegó también su respuesta.

Nuestra frase, la de los dos:

—No se puede encontrar paz evitando la vida, Leonard —dije en voz alta, mirando a Max, que me respondió con un suspiro de placer y estiró las patas, desperezándose. Enseguida dejé escapar yo también un suspiro y me oí decir—: Y yo no sé por dónde empezar a dejar de evitar, Max. Lo único que sé es que necesito que alguien me ayude, que alguien me enseñe, porque si no.

No terminé la frase. De repente una nueva descarga de martillazos resonó desde el otro lado de la calle, seguida de un estruendo metálico que sobresaltó a Max. Dejé la taza en el suelo y me levanté a ver.

Al otro lado de la calle, tres operarios trabajaban en el cartel luminoso del edificio de enfrente. Al parecer llevaban trabajando en él desde primera hora, porque habían desmontado ya algunas letras y lo que quedaba en pie era una especie de estructura con aspecto de boca desdentada, con más huecos que piezas. Los tres obreros se habían sentado a fumar y bromeaban.

Cuando leí las letras que quedaban todavía por desmontar, sentí un pequeño crujido en el abdomen. Eran solo cuatro.

MA… MA

Eso fue lo que quedaba sobre la azotea: dos letras duplicadas como el balbuceo de un niño, y eso —ese «ma-ma»— fue lo que empecé a repetir en voz baja en la terraza y lo que seguí repitiendo entre dientes mientras entraba en casa, metía el portátil y cuatro cosas en una bolsa de viaje y bajaba a la calle con Max.

Caminamos casi dos horas y media hasta llegar a casa de mamá.

—Lo demás ya lo sabes.

Mamá no me mira. Sigue con la cabeza pegada a mi codo, casi ingrávida, mientras una miríada de franjas rosáceas avanza por el cielo desde el este, adentrándose en tierra.

—Ay, Fer —dice. Y luego, respirando hondo, repite, casi en un murmullo—: Ay, Fer.

Se me encoge un poco la garganta. Sobre nosotros, la estela de un avión atraviesa el cielo con un rugido sordo y me acuerdo de la abuela, de su libreta de hojas de colores y de su sonrisa recta, y la echo tanto de menos que tengo que tragar un par de veces para que no se me ahogue la voz.

—¿Sabes lo que diría la abuela? —pregunta mamá como si me hubiera oído pensar, apartándose de mí y sentándose muy recta en el banco.

Niego con la cabeza.

—No.

No contesta enseguida. Cuando ya creo que no va hacerlo, dice con la voz muy clara:

—Diría que tu padre te ha hecho un favor. Por una vez, te ha hecho un favor. —No sé por qué no me gusta el comentario. Y no sé por qué sabía que diría algo así. Es más: me sienta mal, físicamente mal, aunque en cuanto me paro a pensarlo, entiendo que probablemente tiene razón—. Que te ha hecho un favor desapareciendo así —añade—, y que ahora ya no tienes ninguna excusa.

Me vuelvo a mirarla.

—¿Ninguna excusa? ¿Para qué?

Baja la mirada y se frota las manos. La oscuridad es cada vez más tenue y las formas ya no solo se adivinan. Empiezan a verse.

—Para seguir escondiéndote de la vida, cariño —dice—. ¿Para qué va a ser?

—Yo no me escondo de la vida, mamá —salto enseguida.

—Sí te escondes, Fer —dice con una media sonrisa que le conozco bien

—. Te escondes, porque te da tanto miedo que vuelva a dolerte que prefieres no vivirla. —Cuando quiero replicar, se me adelanta—. Y sé muy bien de lo que hablo, hijo. Créeme.

No digo nada.

—¿Pero sabes una cosa? —insiste, poniéndome la mano en la pierna en un gesto que quiere ser conciliador.

—No.

—Que has sido muy valiente. —La miro una vez más y ella asiente—.

Y que, en el fondo, que tu padre se haya ido es lo de menos.

—¿Ah, sí?

—Sí —dice, asintiendo otra vez, más despacio. Y luego—: Lo importante es que te hayas atrevido a preguntar. A querer saber. Eso no lo hace todo el mundo. —Nos quedamos en silencio unos instantes mientras un siseo apagado se pierde por alguna calle cercana. Es el camión de la basura. La ciudad no descansa—. Yo no lo hice —dice, bajando la cabeza

—. Viví casi cincuenta años de mi vida con miedo a preguntar.

Trago saliva una vez más y a punto estoy de abrazarla, pero cuando me muevo, ella se retira un poco, buscando a Shirley con los ojos entrecerrados hasta dar con ella junto a un seto. Luego dice:

—Yo no quiero verte así, Fer.

«Ay».

Me quedo quieto en el banco, alerta, y siento de pronto la espalda tensa y contraída. «Y yo no quiero oír nada más», estoy a punto de decirle.

«Quiero que nos levantemos, volver a casa, acostarnos y quedarnos viendo el canal de noticias veinticuatro horas hasta quedarnos dormidos. Y que no cambie nada. Quiero tiempo. Más tiempo».

«Yo no quiero verte así», ha dicho mamá.

—¿Así, cómo?

Se encoge de hombros antes de contestar.

—Así —dice, bajando un poco los hombros—. Sin una vida. Refugiado en mi casa mientras esperas a que pase algo para que las cosas cambien —

dice de carrerilla. Luego niega con la cabeza en un gesto de preocupación, casi de enfado—. Pero es que por mucho que las cosas cambien, si no las miras, si no tiendes la mano para tocarlas, nunca te darás cuenta de que ya no son las que eran. No pasará nada, Fer. Nunca pasará nada.

Siento un gusto amargo en la boca. No me gusta esto. No me gusta escucharlo. Y no me gusta oírlo de labios de mamá. Cuando estoy a punto

de levantarme y dar la conversación por terminada, ella vuelve a la carga.

—Tu padre no es todos los hombres del mundo, cariño —dice, sin esperar mi respuesta—. Ni yo soy tampoco todas las mujeres. Nadie es todo el mundo, ni nadie es repetido. Parecido, puede ser. Repetido, no. Y eso es la vida, Fer: encontrar a los parecidos y esquivar a los repetidos. Lo demás llega o no, aparece o no, duele o no.

Me aprieta la pierna y cuando noto sus dedos flacos sobre el músculo, de pronto me siento pequeño. Tanto que el nudo que tengo en la garganta empieza a deshacerse. Empieza a ser agua y también sal.

—Tienes que salir y darte una oportunidad —dice—, porque si sigues así, así de asustado, llegarás a mis años y un día recordarás solamente todo lo que nunca fuiste. Y eso es tan triste, hijo.

Me vuelvo hacia ella y, con una voz seca que no reconozco entre las decenas de voces que tengo en mi catálogo de tonos, le digo:

—No sé cómo has podido perdonar a papá.

Ella recibe la pregunta echándose un poco hacia atrás para parar el golpe. Luego mira al cielo y sonríe.

—Yo he perdonado a mi marido —dice, retirando la mano de mi pierna y acariciándose con la yema de los dedos la zona de la sien donde, aunque no la veo, sé que tiene la cicatriz que le quedó el día que atravesó la cristalera del salón y volvió de hospital hecha un mar de costuras—. A vuestro padre no.

Nos quedamos mirando al frente, viendo deambular a los perros sobre los parterres, que olisquean y disfrutan de la libertad de esta madrugada sin más perros. Un par de figuras cruzan la plaza y se pierden por el extremo opuesto.

—No sé por dónde empezar, mamá.

Ella se vuelve hacia mí, me coge del brazo y apoya en él la mejilla.

—Ya has empezado, cariño.

—¿Sí?

—Sí —dice, asintiendo—. Empezaste preguntando y bajando de tu faro a tierra. Ahora te falta atreverte a volar solo, lejos o cerca, eso da igual, pero solo. Y volver a tropezar, a jugarte la suerte por ahí y a confiar, Fer. Eres demasiado joven para tirar la toalla. Vas a quedarte demasiado pequeño, vas

a perderte demasiadas cosas. Y yo no quiero ayudarte a eso. No me lo pidas, hijo.

De repente siento como si, de algún modo, me estuviera echando de su lado, como si me estuviera empujando, muy suavemente, sí, pero empujándome. Lejos. Fuera. «No me quiere con ella», pienso, y aunque enseguida desestimo la idea, la frase sigue parpadeando en mi cabeza durante un par de segundos, doliendo.

—No puedes quedarte en mi casa eternamente, hijo —dice, adivinándome de nuevo—. Y por favor no te enfades —añade, con la mano levantada para impedirme hablar—. Lo digo por ti. —No hablo. Sé que lo dice por mí y aun así me duele. Tanto que bajo la cabeza porque no quiero que me vea llorar—. Pero, sobre todo, lo digo por mí —añade, arrugándose un poco contra el hierro del banco mientras sobre nosotros el cielo se abre en azules, malvas y pinceladas rojizas, creando un falso techo como un rosetón gigante. Siento a mamá encogida. Encogida ella y encogida su voz

—. Porque si sigues instalado en casa, si sigues conmigo mucho tiempo, cuanto más tardes en irte, más me dolerá que te marches. Me dolerá tanto que ahora no puedo ni pensarlo. Así que hazlo y hazlo pronto, porque te voy a echar tanto de menos que me voy a volver loca de pena, y eso me da terror —dice, poniéndome la mano en la cabeza y acariciándome el pelo muy despacio mientras lo que yo respiro ahora es agua y veo cómo las gotas van manchando las dos baldosas que tengo entre las piernas.

Pasan los minutos así, ella acariciando y yo echándola ya de menos y con ganas de decirle tantas cosas que nunca le he dicho hasta ahora que no me encuentro la voz. Me gustaría aprender a decirle «gracias», pero sé que nunca encontraré el tono ni la voz que busco para expresar hasta qué punto mi vida es especial porque su forma de mirarme la hace así. Me gustaría decirle que si no lo hago es porque no tengo esa dimensión en la voz y no sé dónde se aprende. Y que qué suerte habernos encontrado. Qué buena suerte la nuestra.

—¿Qué decía la abuela de los amaneceres violetas? —la oigo decir a mi lado con la voz vacilante mientras no deja de acariciarme la cabeza.

Sorbo un par de veces antes de hablar y me seco los ojos con los dedos.

—«Noches de luna gris y brisas encontradas, amaneceres violetas», decía.

Asiente.

—Sí, pero decía algo más. ¿No te acuerdas?

Cuando me vuelvo a mirarla la veo sonriendo, también ella con chispazos de luz mojada en las mejillas, y mirando al cielo. Sobre nosotros, un mar de lenguas violáceas, lilas y añiles se mezclan con lo que queda de noche.

—Sí —le digo—. Decía: «No hay amaneceres violetas sin ojos que los reflejen, ni largos caminos sin pies que los recorran».

Mamá sonríe.

—Eso es, sí —dice, dejando de acariciarme el pelo y apoyando la mano sobre mi espalda—. Todavía te queda mucho camino por recorrer, cariño. Y

a mí me gustaría verlo —añade con voz cansada mientras apoya su otra mano en el banco y se levanta con un pequeño jadeo—. ¿Vamos? —

pregunta, protegiéndose los ojos con la mano a modo de visera.

Caminamos abrazados, cruzando despacio la plaza. Max y Shirley corretean sueltos a nuestro lado, tranquilos y confiados mientras los primeros coches ruedan en las calles aledañas, ronroneando contra la mañana.

Al llegar junto a la fuente seca, mamá se detiene de pronto, y levantando la vista, dice con una mirada de niña ilusionada:

—Podríamos desayunar un chocolate caliente con un par de cruasanes.

¿Quieres?

Cuando bajo la cabeza para mirarla, su sonrisa es liviana como su mano en mi cintura, y el cielo se refleja en sus ojos, coloreándolos de violeta y grabando en ellos un par de pequeños amaneceres nuevos. Sobre las pupilas de mamá veo grabado mi retrato, rodeado de nubes y cielos cambiantes que ella ignora y que pasan sobre nosotros como sobre una ciudad que empieza a despertar a lo que trae el día. Hoy, ahora, la ciudad que amanece en violeta somos ella y yo en la plaza. Solos, juntos y con todas nuestras ausencias. Hoy somos mamá y yo, amaneciendo en violeta.

—Claro, mamá —le digo, acercándole la nariz al pelo y dándole un beso en la coronilla—. Claro que quiero.

Entonces ella apoya la cabeza en mi costado y nos quedamos así un par de segundos, viendo avanzar la luz desde el mar hacia nosotros como si alguien levantara despacio la lona que nos separa del día entre azules, añiles y naranjas. Luego seguimos andando juntos, poco a poco, cada uno a su paso, rodeados de los perros.

Adentrándonos en los primeros balbuceos del nuevo año.

Hacia casa.

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