Una madre
Libro cuarto
Los amaneceres violetas
«Todas las cosas en nuestra vida tienen un sentido; todos los finales son también comienzos. Lo que
ocurre es que en su momento no lo sabemos».
M. ALBOM
OceanofPDF.com
Uno
Son poco más de las seis. Tío Eduardo y Silvia han sido los últimos en irse, apenas diez minutos después que Olga y Emma, porque el taxi que han pedido por teléfono ha tardado en llegar. Después, mamá y yo hemos terminado de recoger la mesa y hemos metido los platos en el lavavajillas, y cuando ya creía que nos íbamos a la cama, ella se ha agachado, ha abierto el armario que está debajo del fregadero y ha estado hurgando dentro mientras murmuraba algo entre dientes hasta que por fin ha sacado una caja de galletas.
—¿La última? Ha dicho tendiéndome la caja metálica con una mueca de niña mala. Son unas galletas de chocolate belga que compra a veces en la sección Gourmet de El Corte Inglés y que guarda como oro en paño, escondidas entre los detergentes para que nadie las encuentre.
—Mamá, como sigas así vas a reventar —la he regañado—. No has parado de comer chocolate desde que hemos tomado las uvas.
—Mentiroso —ha replicado mientras intentaba abrir la lata. Y luego—: Además, un día es un día.
Nos hemos sentado a la mesa con la caja abierta entre los dos. Ella se ha servido un vaso de Coca-Cola Light y yo uno de leche.
—Ah —ha suspirado después de beber, dejando el vaso sobre la mesa
—. Pues qué bien, ¿no?
Nos hemos mirado. He estado a punto de preguntarle que a qué venía esta vez el «qué bien», pero no ha hecho falta.
—Que por fin haya salido todo tan… así —ha aclarado, agitando las manos en el aire.
Me he reído. A pesar de la hora, del cansancio y de mamá, me he reído.
Ella no.
—Fíjate qué manera más bonita de empezar el año, ¿no? —ha dicho, metiéndose una galleta en la boca. Luego ha sacado el cuadrado de patchwork de la manta que me está haciendo y se ha puesto a tejer, pegándose la lana a la cara—. Las niñas embarazadas, Edu que no se nos casa con Tonino o como se llamara el de los pelos, porque deja que te diga que yo no he querido insistir, pero eso de que Tonino era ella no me lo he tragado, vamos… —ha soltado un suspiro y ha asomado la cabeza por encima de las agujas. Cuando ha sonreído, tenía todos los dientes negros de chocolate—. Y Silvia… ah, qué descanso, hijo. Sin tanto viaje y tanto trabajo, y sobre todo sin, Peter —añade, bajando un poco la voz. Enseguida abre mucho los ojos y parpadea, como si acabara de acordarse de algo, y estira el cuello—. Huy, a ver si va a ser verdad eso de que no hay dos sin tres y resulta que ahora también se le pasa lo del bayetismo y encuentra un novio más normalito, como el que tenía antes. ¿Te acuerdas de Sergio? Ah, si es que era una monada. Cómo sería que hasta tu padre le quería… no digo más. Aunque, claro, ahora que lo pienso, si tu padre le quería, a lo mejor es que tampoco era muy allá, ¿no?
He cogido una galleta. Mamá no tenía sueño y cuando mamá no tiene sueño, necesita compañía. Entonces habla y habla, intentando retenerte con su cháchara como si de repente tuviera un sonajero en la mano y el que no pudieras dormir fueras tú. Ha vuelto a pegarse el tejido a la cara y he sentido un pellizco en los pulmones al verla así, dejándose los ojos.
—Quizá deberías parar, mamá —le he dicho, cogiéndole los palillos con la mano—. Déjalo, anda. Si tanta ilusión te hace, podemos comprar una.
Ha vuelto a mirarme por encima del tejido con los ojos entrecerrados y una mueca de fastidio.
—Ni hablar —ha dicho, muy resuelta—. Quiero terminarla. Aunque me lleve un año entero.
—Es que no entiendo por qué te ha dado por ahí —le he dicho, sin soltar las agujas—. Yo no necesito una manta, y tú vas a dejarte la vista, ¿no te das cuenta?
Ha arrugado el morro.
—¿Y en qué otra cosa mejor que en un regalo para ti se te ocurre que puedo dejarme la vista? —me ha soltado con un tono de voz en el que había ofensa y también una sombra de tristeza. No he sabido qué decir. Me ha quitado las agujas de la mano y ha seguido tejiendo durante un par de segundos en silencio antes de rematar—: Cuando yo ya no esté, tendrás esta manta. Te taparás con ella siempre que te eches a dormir la siesta en invierno y yo estaré feliz porque será como si te diera todos esos abrazos que necesitas y que nunca te dejas dar.
No he dicho nada. Aunque a menudo parece que no se entere, mamá sabe dónde disparar, y lo que ha dicho era un aviso a navegantes de última hora que yo he preferido no computar. Hemos seguido unos instantes en silencio y cuando ella ha retomado el tejido, me he levantado.
—Bueno, creo que me voy a dormir —le he dicho—. Estoy agotado.
Me ha mirado con cara de incredulidad.
—¿A… dormir?
—Sí.
—Pero, Fer… ¿y los perros?
He mirado a Max y a Shirley. Dormían en el sofá. Shirley boca arriba, con las patas encogidas, y Max con la cabeza colgando del borde del cojín, tocando el suelo.
—¿Los perros?
—Tenemos que sacarlos.
—Son casi las seis de la mañana, mamá.
—Por eso, Fer —ha dicho, dejando el tejido a un lado—. Llevan más de diez horas sin salir, y si nos vamos a dormir ahora, tendremos que levantarnos dentro de nada para sacarlos.
Tenía razón. A pesar de la pereza, del sueño y de las pocas ganas, mamá tenía razón.
—Vale, entonces los sacamos ya, y solo les damos una vuelta a la plaza, que no son horas.
Se ha levantado, se ha metido la última galleta de chocolate en la boca y ha cerrado la caja.
Un par de minutos más tarde hemos salido por la puerta de cristal del edificio a la plaza. Sobre nosotros, la oscuridad empezaba a difuminarse y
un velo blanquecino cubría el cielo. Shirley y Max caminaban aturdidos a nuestro lado y mamá se ha cogido de mi brazo.
De eso hace apenas unos minutos. Hemos cruzado despacio la plaza y ahora hemos llegado al extremo opuesto, junto al quiosco y la parada de autobús. Caminamos en silencio. La brisa recorre la madrugada trenzada de soplos templados y húmedos, sobre todo en esta parte de la plaza menos protegida por los edificios. Ya no es de noche, pero el día no llega.
—No sé por qué nos cuesta tanto decir las cosas en esta familia —suelta mamá de pronto, como si llevara un buen rato pensando en cómo decirlo—.
Con la de cosas que nos pasan, ¿no?
No digo nada.
—Y con lo sano que es contar —vuelve a la carga al cabo de un instante
—. Fíjate lo a gusto que se han ido todos.
Seguimos andando en silencio.
—Es que no hay nada como sacar lo que uno lleva dentro. Sobre todo porque muchas veces creemos que una cosa es terrible o algo, y luego resulta que ¡pum! —Agita la mano que tiene libre en el aire—, en el fondo nunca nada es tan grave como parece.
Me paro y la miro.
—Mamá, ¿estás queriendo… decirme algo?
Gira la cabeza y me mira con cara de no saber a qué me refiero.
—¿Yo? —pregunta, señalándose el pecho con el índice.
—Sí, tú.
No sé por qué lo pregunto. Conozco bien la respuesta, porque conozco muy bien a mamá, pero no sé si me apetece oírla. Volvemos a caminar.
Unos metros más adelante, cuando llegamos a una zona de parterres de césped, dice:
—A lo mejor eres tú el que quiere decirme algo. —Me vuelvo hacia ella y la encuentro mirándome con la cabeza inclinada y una expresión de madre en alerta que me hace sentir mal—. ¿No? —pregunta con una expresión fingidamente inocente mientras se sienta en el banco que tiene al lado. Luego tira de mí, obligándome a sentarme, y suelta a Shirley, que enseguida sube a uno de los parterres y corretea a sus anchas por la hierba rala. Suelto yo también a Max y mamá y yo nos quedamos sentados muy
juntos sin decir nada sobre el hierro frío del banco. En la plaza el silencio es total y el cielo ha empezado a clarear desde el mar, tiñendo lo oscuro de lenguas menos densas que son casi sombras. Mientras pasan los minutos y el año nuevo empieza su andadura hacia su primera luz, siento que mamá quiere saber, que lleva tiempo esperando, y que de algún modo, después de estos dos meses juntos, de esta noche y de todo lo que llevamos andado durante estos últimos años, se lo debo. Le debo la confianza y también la complicidad.
Y aunque cuesta, aunque me cuesta contar, sé que estoy en buenas manos y también en buena compañía. Seguimos en silencio unos minutos, viendo deambular a Max y a Shirley sobre la hierba y compartiendo la espera, hasta que me decido a hablar.
—Me encontré con papá —digo por fin. Mamá sigue mirando al frente, sin pestañear—. Me encontré con él el mismo día que me instalé en tu apartamento. En la cafetería que está debajo de mi casa.
Mamá deja escapar muy despacio el aire por la boca antes de hablar.
—Ah —dice. Es un «ah» pequeño, como de rasguño o de golpe leve.
Luego nos quedamos otra vez callados hasta que decide preguntar, mezclando en su voz preocupación y curiosidad. La que pregunta es la Amalia de las dos caras: la B (la más adulta) teme mi respuesta; la A (la niña que todavía conspira a escondidas y juega a las travesuras con su amiga Ingrid) quiere saber. Su pregunta es sencilla y es también la que espero—. ¿Y qué pasó? —dice.
OceanofPDF.com