Una madre

Alejandro Palomas · Capítulo 7 de 27

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Una madre

Siete

En contra de lo que todos imaginamos, cuando Olga llegó a nuestras vidas, lo hizo para quedarse. Para su presentación oficial en familia, mamá decidió que lo mejor sería salir a cenar a un restaurante, porque, aconsejada por Ingrid, le parecía que organizar algo en su casa —y cito— «no ayudará a esa pobre criatura si tiene que vérselas con tu hermana y con tu tío Eduardo en un ambiente que no le es profano», me dijo al teléfono. Entendí —y deseé— que lo de «profano» era uno de sus lapsus cada vez más frecuentes y no una acertada previsión de lo que estaba por llegar. La verdad es que la elección del restaurante no pudo ser menos apropiada. A Silvia se le ocurrió que la mejor opción para la ocasión era el Asador de las dos Castillas, «un sitio estupendo donde se come de maravilla. Además, tiene un par de reservados donde se está muy tranquilo. Yo me encargo de llamar. A los chicos de la oficina les encanta», dijo, no dando mucha opción a que nadie propusiera alguna alternativa. «Luego, si terminamos temprano, podríamos ir a alguna terraza a tomar el café», concedió.

El sitio tenía poco de estupendo, aunque sí resultó ser tranquilo, básicamente porque no había ni un alma. El comedor olía a desinfectante de lavabos de multisala y era tan grande y estaba tan desangelado que nuestras voces resonaban contra las paredes de falsas bóvedas castellanas como si estuviéramos en un funeral medieval. Los manteles de cuadros ribeteados de blondas de tergal, el camarero con peluquín apolillado y las bombillas de bajo consumo eran como poco un paisaje digno de un restaurante de carretera secundaria, y en el hilo musical sonaba una versión edulcorada y metálica del Europe is living a celebration de Rosa de España que mamá, fan incondicional de Operación Triunfo —y de cualquier programa de

concursos en el que aparezcan chicas de barrio maltratadas por la vida que después de semanas de lucha y llanto salen convertidas en estrellas de la canción ligera—, saludó con una sonrisa encantada.

—Qué sitio más… mmm… mono —mintió mientras el camarero nos servía unos entrantes que presentó como «tostadas castellanas con puré de caviar de berenjena» y que tío Eduardo recibió con un parpadeo de horror.

Cuando abrió la boca para quejarse, vimos aparecer por fin a Emma y a Olga bajo el falso arco de medio punto que daba acceso al reservado y los entrantes pasaron ipso facto a un segundo término.

Olga había desembarcado en nuestras vidas.

Media melena recogida en un pequeño moño de mechas entre marrones y rubias. Nariz respingona. Flaca. Baja. Perlas, tacones, bolso de Louis Vuitton y reloj de Gucci. Sonrisa de vendedora de seguros. Y esa voz…

Presentaciones. Besos. Emma nerviosa. Mamá intentando que todo saliera bien, tan intensa de pronto que empezó a mover las manos como las aspas de un ventilador de techo y en cuanto se sentó, la botella de vino salió volando por los aires, empapando de rioja el mantel como una herida que costaría cerrar. Miradas cruzadas entre tío Eduardo y Silvia. Emma sonriendo como un buey, tan prendada de Olga, de la voz de Olga, de los gestos de Olga, de los comentarios sin gracia de Olga, que todo lo demás, todos los demás, quedamos al instante sumidos en un difuso fundido a negro.

En realidad la cena fue lo de menos, salvo por el pequeño detalle de que estábamos en un asador y Emma no nos había avisado de que Olga era vegetariana. El menú, un catálogo pormenorizado e ilustrado de todas las partes sangrantes de la vaca, el buey y el cochinillo que pueden caber en una carta, no ofrecía muchas alternativas. Emma, azorada, se excusó.

—Es que como me dijisteis «asador», creía que habría verduras asadas y eso —dijo, encogiéndose de hombros.

A partir de ahí empezaron a caer, una tras otra, las perlas de Olga, unas perlas que Silvia rápidamente se dispuso a recoger a medida que rebotaban sobre el mantel, engarzándolas en una ristra de despropósitos que ha ido aumentando sin prisa pero sin pausa hasta la fecha y que atesora como oro

en paño, preparada ella por si llega el momento de echar mano de la artillería pesada.

Olga se anunció desde un buen principio como una mujer «con valores», o lo que es lo mismo, una de esas mujeres en cuyo vocabulario no hay cabida para el «sí», ni para el «claro», ni mucho menos para el «puede ser». Olga dice «correcto», y lo dice como un pequinés que responde a los estímulos que recibe de su adiestrador con un único ladrido, o como debe de responder a las consultas de los clientes a los que atiende en ventanilla de ocho a dos con una sonrisa mecánica de señorita perfecta.

Durante la cena, a la pregunta de «¿Te apetece un poco más de vino, Olga?», su respuesta fue un seco: «Correcto». Cuando mamá intentó darle un poco de conversación con un «Me ha dicho Emma que eres de Zaragoza.

Ah, qué ciudad tan… mmm… maña», ella nos regaló los oídos con un nuevo «correcto». Y cuando tío Eduardo, que desde que la había visto aparecer en el restaurante la estudiaba sin apartar su mirada de rapaz de esos pechos enormes que no había modo alguno de disimular, le preguntó:

«¿No te parece que hace demasiado calor aquí dentro? Quizá deberías quitarte la rebeca», ella le miró, arrugó un poco los labios y, abrochándose el último botón en un gesto casi monjil, dijo: «Correcto a la pregunta. No a la sugerencia».

Según pudimos saber poco después de que empezaran a llegar los entrantes, Olga trabajaba —y todavía trabaja— en una caja de ahorros.

Cuando Silvia le preguntó por su trabajo con un interés que poco tenía que ver con la curiosidad y mucho con las ganas de seguir recogiendo las impagables perlas que Olga repartía con una ingenuidad cuando menos sorprendente, ella contestó muy seria:

—Trabajo en el sector de la banca.

Silvia arqueó una ceja.

—Ah, ¿en… banca?

Olga cometió entonces un error imperdonable.

Quiso ser graciosa.

—Sí, en banca —dijo, inclinando un poco la cabeza, casi coqueta—.

Eso que hace la vida más fácil a los ciudadanos, que vela por sus ahorros y

les facilita el acceso a un bienestar que de otro modo sería imposible —

declamó como un lorito de feria.

Nadie se rió. Solo tío Eduardo asintió, complacido, al ver reírse a Olga, y con ella lo que le comprimía la rebeca entre hombro y hombro.

Silvia apoyó los codos en la mesa y le dedicó una sonrisa en la que todos leímos lo evidente: Olga acababa de ganarse una enemiga.

—Vaya. Qué interesante —dijo—. Y qué creativo.

Olga se hinchó como un pavo, ajena por completo al tono afilado de Silvia.

—[Pequeña carraspera]. Pues deja que te diga que la banca es un campo mucho más creativo de lo que parece —dijo, dedicando una sonrisa profesional a Silvia y recorriendo después la mesa con la mirada. Emma la miró, totalmente entregada—. El trato con el cliente es una lección diaria de humanidad y de generosidad. Deja que te diga que manejar el futuro inmediato de nuestros semejantes la vuelve a una más… [pequeña carraspera] humana.

Mamá la miró como si acabara de salir de una de las sesiones de reiki para chiflados de Ingrid y se hubiera encontrado en la parada del autobús al mismísimo Yoda en persona. Encantada. Estaba encantada. Aquel

«humanidad» y «generosidad» en labios de Olga habían sido música para sus oídos.

—Cuánta razón, hija —dijo, mientras se metía una croqueta en la boca

—. Qué haríamos nosotros sin los bancos. —Delante de ella, Silvia puso tal cara de asco que mamá se quedó con media croqueta en alto, dudando, aunque fue solo un segundo—. José, que es el chico que me atiende en la oficina de la plaza —prosiguió—, es un santo varón. Fíjate tú que, aunque va en silla de ruedas porque el pobre tiene algún problemilla con las piernas, el otro día me contaba que va dos tardes por semana a la perrera a sacar a pasear a los perros, y hoy me ha dicho Ingrid que…

La hice callar con un «Mamá, ¿me pasas las croquetas?».

En fin, que la cena no empezó con muy buen pie. El primer plato fue un paréntesis de tensión a la carta, con una Emma torpe y enamorada y una mamá solícita hasta la saciedad, convertida de pronto en una de esas madres de película americana de domingo por la tarde que dedica los días a

preparar cupcakes con porquerías de azúcar verdes y rosas y a cuidar de los suyos, mientras «los suyos» esconden vidas ni tan azucaradas ni tan rosas como ella quisiera.

Luego, mientras esperábamos a que nos sirvieran el segundo plato, envueltos de pronto en uno de esos silencios hostiles que nadie parecía saber romper, mamá volvió a la carga en su cruzada por la conciliación. Iba por la tercera copa de vino y algo se torció, porque de repente, volviéndose hacia Olga, le dijo así, como si llevaran cinco minutos hablando:

—Ay, hija, ¿pues qué bien, no?

Olga la miró con cara de no entender. Frunció el ceño y miró a Emma, que le sonrió.

—¿Qué… bien?

Mamá dejó escapar una risilla un poco achispada y Silvia me soltó una patada por debajo de la mesa.

—Sí, hija —siguió mamá—. Qué bien que seas lesbiana y eso, ¿no?

Olga se quedó muda. Los demás también.

—Digo, porque si no, ¿cómo ibas a ser novia de Emma, no? Jijiji. —

Olga carraspeó y puso cara de palo. Cuando quiso decir algo, mamá volvió a la carga—. Haces bien, hija. A mí, si volviera a nacer, me gustaría ser como vosotras. De verdad te lo digo. Me buscaría una amiguita con la que poder ir al cine, a merendar y compartir nuestras cosas. Claro que sí. Ah, pero cada una con sus braguitas, ¿eh? Porque mira, lo único bueno que tiene tener marido es que no te coge las braguitas ni los sujetadores. Bueno, eso si no te sale con cosas raras, claro, que haberlos claro que los hay —dijo, volviéndose a mirarme. En ese momento, a tío Eduardo le sonó el móvil y se levantó para salir a hablar a la calle; Silvia le siguió para ir al baño. En cuanto desaparecieron, mamá le puso la mano en el brazo a Olga y le dijo a modo de confesión madre-nuera—: Ay, hija, yo estoy tan feliz de que nuestra Emma por fin haya encontrado a una chica como tú, así, tan mona, y tan con su pelito largo, sus perlas, sus pechitos en su sitio y su bolso… —

Se apartó un poco para mirarla mejor y asintió un par de veces—. No está bien que yo lo diga, ya lo sé, pero visto lo que corre por ahí, tú eres gloria bendita. —Se interrumpió para tomar un traguito de vino y de repente se

volvió a mirar a Olga y acercándose para verla bien, dijo—: Pero si es que, ahora que me fijo…, mmm… tú… casi no pareces lesbiana.

Olga cerró la mano sobre la servilleta de hilo como una garra de hierro, aunque no dejó de sonreír.

—He estado casada con un hombre hasta hace dos años —empezó con su voz de señorita perfecta—. Así que lo de lesbiana todavía no sé si…

—Yo también, hija —la interrumpió mamá, dándole unos golpecitos cómplices en el brazo. Y luego—: Tranquila, con nosotros no tienes de qué preocuparte. Estás en familia. Y nuestra familia es muy abierta. O sea, que si te gustan las braguitas, te gustan las braguitas y punto.

En ese momento, Olga se levantó como si le hubiera picado algo y dijo con voz crispada:

—Voy un momento al servicio.

Mamá se sirvió un poco más de vino. Cuando dejó la botella encima de la mesa, cogió la copa y en ese momento se dio cuenta de que sus dos hijos que todavía seguíamos sentados a la mesa nos habíamos quedado mudos, mirándola. Ella, que pareció notar la tensión que de pronto circulaba por el reservado, tuvo una de esas salidas de las que ha aprendido a echar mano desde que se ha liberado de la mirada siempre vigilante de papá. Se acercó la copa a los labios y, antes de beber, dijo, a nadie en particular:

—Pues no os lo vais a creer, pero ayer estaba tan aburrida que me tomé un Gelocatil.

El resto de la cena no fue mucho mejor. Después de una interminable velada plagada de gazapos, dos botellas rotas en manos de mamá y unas cuantas granadas lanzadas desde las trincheras de Silvia sobre el inexpugnable búnker bancario de Sor Deja Que Te Diga, Olga y Emma por fin se marcharon y los demás esperamos un par de minutos en silencio hasta que llegaron los cafés y una copa para tío Eduardo.

Silvia se tomó un par de sorbos de su «cortado-descafeinado-de-máquina-con-leche-de-soja-templada-y-sin-azúcar-gracias-aunque-si-es-de-caña-puede-ser».

—Mmm… —empezó, carraspeando y arrugando los labios hasta dibujar con ellos una boquita de piñón igual a la de Olga—. Pues deja que te diga, cielo, que a esta nos va a tocar sufrirla. Pero mucho.

Mamá soltó un suspiro y puso los ojos en blanco antes de añadir con voz conciliadora:

—Ay, cómo eres, hija. A mí me ha parecido una chica muy… muy… no sé… así como… ¿humanista?

Silvia la miró y torció la boca.

—¿Hu… manista? —saltó con cara de incredulidad—. No digas burradas, mamá, haz el favor.

Mamá hizo una mueca de fastidio.

—Bueno, ¿cómo se dice cuando alguien habla bien, y es educado, y…

vamos, que sabe estar?

Silvia encendió un cigarrillo, aspiró el humo despacio, lo expulsó, apretó un poco los dientes y sentenció con cara de aburrida:

—Horrenda. —Y luego—: Menuda tiparraca.

Tío Eduardo se echó a reír e intervino con un pausado:

—A lo mejor, si no fuera tan tapada…

A lo que Silvia replicó:

—Totalmente de acuerdo, tío. —Y luego, inclinando un poco la cabeza y entrecerrando los ojos, como si se concentrara, añadió—: A lo mejor, si no fuera tan tapada, o si no hablara tanto, o si no tuviera esa voz de profesora de francés de las Damas Negras, o si no se riera como si tuviera un lápiz de punta fina clavado en la… cosa… —Tío Eduardo se volvió a mirarla y arqueó una ceja—. En resumen —remató Silvia—, si no fuera ella, quizá habría alguna esperanza, pero esa mujer es demasiado ella, y la experiencia particular y la historia universal nos demuestran que las mujeres que son demasiado ellas no tienen arreglo. No, señor.

—Pues yo creo que debemos darle una oportunidad —dijo mamá, jugando con las migas de pan que había ido recogiendo de su parte de la mesa—. Dice Antón Reynaldo, el chamán de Ingrid, que cada vez que negamos una oportunidad a un ser que llama a nuestra puerta es como si…

mmm… bueno, un poco como si la cigüeña se topara con la aguja de un campanario y se le soltara el saquito con el bebé y la madre, que espera en casa ilusionada, con todas las cositas compradas y la cuna nueva y los patucos y los pañales de Mercadona, pues se quedará así, mal, claro, y entonces…

La miramos. Ella siguió a lo suyo, intentando apelmazar las migas en una especie de figurilla de barro que quería ser un muñeco de nieve en miniatura, hasta que se dio cuenta de que nadie decía nada y levantó la cabeza.

—Lo que quiero decir es que todo el mundo se merece que le den una oportunidad.

Silvia se tensó como una cobra.

—No —la cortó con un siseo—. Todo el mundo, no. —Y lanzándole una mirada asesina, añadió—: Y tú mejor que nadie deberías saberlo, mamá.

Volvimos a quedarnos todos callados. Aunque ya hacía más de un año que mamá y papá se habían divorciado, Silvia seguía dolida porque le había tocado bailar con la más fea y había salido mal parada de la historia. De ahí que la llaga siguiera todavía abierta. Y es que, una semana después de la conversación telefónica que había tenido desde Atlanta con mamá, había quedado con papá en una cafetería para cantarle las cuarenta y convencerle de que lo que estaba haciendo con mamá era una sinvergonzonería de la que no se iba a ir de rositas si ella podía evitarlo. Papá la había dejado hablar con una actitud sospechosamente humilde y conciliadora. Cuando Silvia terminó de soltarle su discurso, que aderezó con algunas perlas pendientes que llevaba guardadas en la mochila desde tiempos inmemoriales, él la miró con una sonrisa de hombre acostumbrado a hacer trampas en la cama, en la mesa y en el juego, se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta y deslizó hacia ella un sobre americano con el membrete de su abogado. Silvia cogió el sobre, lo abrió, sacó el contenido y en cuanto vio el contrato de divorcio firmado por mamá, se puso lívida.

En uno de esos arranques de maldad que todos conocemos bien, papá esperó a que ella le mirara, se terminó el café con JB que le quedaba en la taza y le dijo con una semisonrisa en los labios:

—Ya veo que no aprendes, hija. —Negó despacio con la cabeza y chasqueó la lengua. Luego sonrió. Fue una de esas sonrisas suyas de dandi de serie B que a todos nos son familiares—. Sigues apostando a caballo perdedor —dijo—. Qué lástima.

Silvia le soltó una bofetada y le escupió entre dientes:

—Vete a la mierda.

Luego se marchó.

Dos días más tarde, la acompañé al registro civil a presentar la solicitud para el cambio de orden de apellidos.

Cuando la funcionaria en cuestión preguntó si tenía algún motivo especial para solicitar el cambio y si quería adjuntarlo al apartado b-25/263AC3 de la solicitud, Silvia la miró muy fijamente y dijo:

—Si usted conociera a mi padre, no le haría falta preguntar.

La mujer inclinó un poco la cabeza, soltó el aire por la nariz y estampó un sello en la solicitud con cara de aburrimiento.

—Ya —dijo—. Suele ser lo habitual.

Salimos del registro y nos fuimos a desayunar. Mientras nos comíamos un bocadillo con un café con leche, a Silvia le llegó un SMS de papá. Decía así, literalmente:

«Tengo una nueva amiga. Se llama Svetlana. Esta es la última información que recibiréis, tú y tus hermanos, sobre mi vida privada.

Adiós».

Acompañé a Silvia al trabajo. Fuimos andando despacio, dando un rodeo que quería ser paseo pero que poco a poco fue dibujándose como un paréntesis de calma chicha que terminó envolviéndonos como un nubarrón de lluvia sucia. Silvia no volvió a decir nada.

No dejaron de caerle las lágrimas hasta que llegamos al portal del edificio del centro donde está su oficina. Cuando nos despedimos y ella empezó a cruzar el portal, me dijo, casi sin volverse:

—No nos ha dejado. —Luego, tras un segundo reteniendo el aire, añadió—: Papá no nos ha dejado. —Entonces se volvió del todo y con la mandíbula apretada y una voz llena de cosas que no me atreví a reconocer, aclaró—: Le hemos dejado nosotros.

No supe reaccionar. Ella me miró a los ojos, cerró los puños y sonrió.

Fue una sonrisa triste y metálica. De hermana mayor.

—Cuando nos pregunten, diremos eso, Fer. Que le hemos dejado nosotros. Que ya basta. Que no pudimos más.

Siguió mirándome hasta que asentí despacio.

—Vale.

Volvió a sonreír. Luego se dio la vuelta y se alejó por el vestíbulo hacia los ascensores.

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