Una madre

Alejandro Palomas · Capítulo 19 de 27

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Una madre

Dos

Desde el comedor, el tintineo de copas y de cubiertos queda solapado por las voces apagadas de Emma, Olga y Silvia mientras mamá habla por teléfono con Ingrid en su cuarto. Llega de pronto una risa nerviosa de Olga, un comentario de tío Eduardo y la réplica seca de Silvia que no alcanzo a oír desde aquí mientras la noche va cerrándose sobre nosotros y desde el exterior el estallido de un cohete anuncia que ya nos vamos, que diciembre expira. Las ganas de celebración impregnan el aire.

El baño de mamá, o mejor, sus paredes, son el reflejo de la mujer en la que se ha convertido desde que llegó a este apartamento y pudo empezar a imprimir su huella en lo que decora sin esperar el permiso ni la crítica incierta de papá, que desde siempre odiaba —y debe de seguir odiando todavía— ver cosas en las paredes. Las paredes tenían que ser blancas y estar vacías. Nada de cuadros, nada de agujeros. Nada de plantas.

«Las plantas son como los perros: tienen que vivir fuera», decía. Y no había más. Si en algún momento intentábamos convencerle de que nos dejara colgar un póster en nuestra habitación, una foto, una postal, él negaba con la cabeza y soltaba un bufido de mal humor. Luego el comentario era siempre el mismo. El tono también: «Mientras sigáis viviendo en mi casa, las paredes seguirán blancas y las plantas vivirán en los parques. Cuando os ganéis la vida y os independicéis, podréis hacer lo que os dé la gana».

Las paredes de este baño han corrido idéntica suerte que las del resto de la casa. En cuanto mamá se instaló, no tardó en llenarlas de cosas. Son

«sus» cosas y por horribles que puedan parecernos a los demás —y por mucho que Silvia y yo nos empeñemos en hacerle entender que no es

necesario que lo tenga todo a la vista—, ella no da su brazo a torcer y juega a hacernos creer que sí, que está en ello, que cuando pinte la casa ya las quitará, o «mejor cuando cambie este armario, que ya toca», o «cuando guarde la ropa de verano y saque la de invierno, así aprovecho».

Siempre hay una excusa para no tocar lo que para ella es intocable, aunque jamás la hayamos oído decir: «No, esto es mío y me gusta así». No, mamá no habla así. Han sido demasiados años esquivando la autoridad —

primero la del abuelo y después la de papá— y sorteando el enfrentamiento.

Demasiados años echando mano del subterfugio, intentando salirse con la suya por los resquicios que la vida de los demás le dejaban, y ahora que ya no tiene quien la acordone, hace lo que quiere, pero sigue sin declararlo abiertamente. Aprendió a ver y a actuar en la sombra y ya es tarde para cambiar.

La pared de encima del retrete está ocupada por un gran rectángulo de corcho abarrotado de recortes, carteles de películas en miniatura y otros papelajos que lo llenan prácticamente en su totalidad. Encima del marco de madera que rodea el corcho, en letras blancas, está mi nombre. Conozco bien el corcho y lo que contiene: es el resumen de lo que han sido mis últimos tres años, una especie de pantalla sólida en la que mamá ha ido clavando con pequeños alfileres de colores lo que he hecho, las marcas que he ido dejando, semana a semana, mes a mes, en su mapa de recuerdos. Los alfileres de cabeza amarilla clavan los recortes de diarios o de revistas en los que aparece algún anuncio locutado por mí. Los hay de toda clase: sopas, coches, cadenas de hamburgueserías, dentífricos, leche de soja o cereales light. Los alfileres de cabeza azul sujetan los carteles en miniatura de las películas en las que he doblado a algún actor; y los de cabeza roja, las que he subtitulado, además de un par de entrevistas publicadas en una revista de cine y en un dominical. Mi currículum entero, mis últimos tres años, están aquí, a la vista. Esto es lo que mamá muestra de mí, su forma de decirle a todo aquel que pasa por el baño lo orgullosa que está de su hijo, y su forma de decirme que lo que le preocupa son los espacios donde no hay nada colgado, los vacíos que no son trabajo y que están huecos de todo lo demás. «Trabajo» dice el cuadrado de corcho. «Eres lo que haces, Fer». En realidad, es un buen resumen de lo que ha sido mi vida desde que terminé

con Andrés y me mudé con Max al estudio de la playa: trabajar, trabajar y trabajar. Poco o nada más. Hemos hablado mucho de eso mamá y yo, y los dos sabemos lo que piensa.

—No puedes seguir recelando así del mundo, Fer —me dice con esa confianza ciega que ella sigue mostrando en los demás y que, después de haber vivido lo que ha vivido con papá, a mí me cuesta entender—. Andrés ya pasó. Salió mal, pero ya pasó. —Sabe que no solo ha sido Andrés, que ha sido él y también los que llegaron antes, que no elijo bien porque en el fondo soy como ella. Sabe que no elegí bien la primera vez, que repetí el error la segunda y que reincidí la tercera. Siempre el mismo patrón, siempre el mismo perfil: el encantador de serpientes, el inseguro que se vende bien, la risa ancha, la sombra estrecha, el reflejo de papá repetido. Mamá lo sabe como lo sé yo, y sabe también que Andrés importa tan poco como los anteriores, porque quien elige soy yo. En eso Emma y yo somos muy parecidos. Cada uno a nuestra manera, pedimos poco del otro, nos conformamos con saber que importamos, que somos capaces de ganarnos una mirada. Emma no ha sabido parar. Yo decidí que no más.

Llegados a este punto de la conversación, ella nunca dice nada. Me mira con pena, chasquea la lengua y va clavando agujas de colores en el corcho, para recordarme que cada vez quedan menos huecos de vida por llenar. Por mi parte, yo la veo clavar sus agujas de colores y sigo esperando que el tiempo me dé alguna señal, o un empujón, o ya no sé… algo que me indique que quizá estoy preparado para volver y elegir mejor, para equivocarme menos, o distinto.

En la pared opuesta, junto a la puerta, hay otros dos corchos, más pequeños e idénticos. El de la derecha es el de Silvia. Es el más vacío.

Aparte de una foto reciente de carné que mamá debe de haber rescatado de alguna de sus carpetas, lo único que muestra el corcho son postales: Miami, Río, Auckland, Nueva York, Oslo… Algunas están colgadas con la imagen de cara al corcho, dejando a la vista el breve mensaje con la letra pulcra y afilada de Silvia, que casi siempre es el mismo: «Hola, mamá. Aquí, desde… Espero que estés bien. Te echo de menos. Un beso muy fuerte. S.».

El corcho de la izquierda —el de Emma— está lleno de fotos en las que Emma aparece sin falta con alguien: Emma conmigo, Emma con mamá,

con Silvia, con Olga, con unas amigas en la Patagonia, con las chicas del equipo de pádel, Emma con. En ninguna aparece sola. Hay también algunas de Emma con Sara.

Los tres corchos son las tres ventanas que mamá tiene siempre abiertas para nosotros, desde las que nos habla sin voz. Son lo que ve de sus hijos, la luz roja que reconoce en los tres. El baño es, en sus paredes, la carta que mamá lleva escribiéndonos desde hace un tiempo a cada uno, su manera de expresar en silencio «me doy cuenta. Soy vuestra madre y me doy cuenta de lo que os pasa, de dónde estáis». Con el corcho que le dedica, mamá le dice a Silvia que no sabe cómo llegar a ella, que dos frases y media desde la distancia una vez cada quince días no son nada y que echa de menos cosas que no sabe explicitar. Mamá expone las postales como quien ofrece las fichas de un rompecabezas. «Hija, mira todo lo que no me dices», le dice a Silvia. «Mira lo lejos que estás».

En el caso de Emma, el mensaje es otro: «Mi niña mediana que no sabe estar sola», dice su corcho lleno de compañía. «Tan dependiente como yo, tan errada como yo». Eso le dice con su collage a Emma, que tampoco lee en él ningún mensaje. Mamá nos dedica las paredes de su cuarto de baño y yo sé que es importante, que no lo hace simplemente para alegrar las paredes. Es su forma de decirnos que es nuestra madre y que, como puede, está ahí, intentando, ahora que papá y su sombra no la oscurecen, recuperar su papel.

Oyéndola ahora al teléfono, no puedo reprimir una sonrisa. Las carcajadas con las que salpica lo que dice son tan contagiosas y sus comentarios tan… ella que todavía me sorprende que hiciera lo que hizo en su día para traer a Emma de vuelta a la vida. Aunque quizá no fue tanto lo que hizo ni cómo lo hizo, sino sobre todo lo que vimos de ella en su reacción, esa Amalia entera y mayor que hasta el momento no había figurado en nuestros mapas. Mamá se hizo grande, se descubrió protagonista sin papá al lado y con su gesto nos empequeñeció a todos, reordenando una vez más un escenario que creíamos invariable.

Me seco las manos con la toalla y abro la puerta. Cuando estoy a punto de girar hacia el salón, me detengo. La frase supuestamente susurrada de mamá me llega desde su cuarto y me clava al suelo.

—¿Tú crees? —dice—. Ay, no sé, Ingrid. No creo que sea buena idea.

Tal y como están los ánimos, si lo digo esta noche van a saltar sobre mí como fieras, sobre todo Silvia. —Un breve silencio—. Sí, hoy está que muerde.

Un nuevo silencio, este más prolongado.

—Ajá —vuelve a la carga mamá—. Si es que hace mucho tiempo que esta niña no está bien, no hay más que verla. Pero, claro, cualquiera le dice nada. Además, como a mí nunca me hacen caso, pues eso.

Silencio. Giro hacia la izquierda y avanzo por el pasillo hasta llegar a la puerta de su cuarto. Cuando me asomo a ver, la encuentro estirada en su cama y recostada sobre un par de almohadones enormes, con Shirley roncando sobre su cuello como una estola viva. Mientras habla por teléfono, sujetándose el auricular entre la cabeza inclinada y el hombro, teje uno de los cuadrados de la manta que lleva un par de meses haciendo para mí.

Tiene los ojos entrecerrados. Demasiada luz. No me ve.

—Pues no sé, la verdad —dice—. Entre lo del embarazo de las niñas y lo de mi hermano… —Se lleva la mano a la mejilla y arruga los labios. Está preocupada, casi acongojada, y se expresa como lo hace cualquier madre en un momento de intimidad con una amiga que está acostumbrada a escucharla—. A veces tengo la sensación de que no cuento, Ingrid —dice con voz triste—. De que no me toman en cuenta. Y… bueno, me acuerdo de Manuel, de que siempre me daba miedo hacer las cosas mal porque siempre estaban mal y…

Silencio. Trago saliva. De repente me siento mal escuchando. «No debería», pienso. «No está bien». Pero no me muevo. Mamá y su cara B

vuelven a hablar y yo sigo donde estoy.

—Y encima Eduardo con esa… chica, o lo que sea. Ay, Ingrid, mi hermano no aprenderá nunca. —Deja escapar un suspiro entre triste y conforme—. Yo es que no sabía qué cara poner, la verdad. —Asiente, atenta a lo que Ingrid le dice desde el otro lado de la línea, sin dejar de tejer y tapando con la lana a Shirley, y luego—: Si es que ni siquiera estoy segura de que sea una chica. Con esos bigotes, esas patazas peludas, y ese… tanga

—dice, poniendo cara de asco—. Yo no veo mucho, pero te aseguro que ahí dentro había algo gordo, pero gordo, que nosotras no tenemos, por no

hablar de… —Se calla, al parecer interrumpida por Ingrid. Instantes después abre mucho los ojos, asiente despacio y se lleva la mano al pecho

—. Dios mío —dice, con un jadeo de angustia—. Entonces. —Cierra los ojos un par de segundos y vuelve a abrirlos como platos—. ¿Tú crees que a lo mejor Eduardo es… gay?

Silencio.

—¡Claro! ¿Cómo no se me había ocurrido antes? —suelta, poniendo las agujas en alto y alzando la voz. Enseguida se da cuenta de que podemos oírla y se tapa la boca con la mano, pegándola al auricular—. Por eso lo de vivir siempre fuera, y lo de su mala suerte con las mujeres. ¡Claaaaro! —

Respira hondo y asiente despacio con la cabeza—. Ay, Ingrid… va a ser que mi hermano… también. Y fíjate tú lo que tiene que haber sufrido el pobre, llevándolo tan en silencio. Y tan solo. —Arquea una ceja e inclina un poco la cabeza—. Aunque no sé de qué me extraño, la verdad, porque, claro, a lo mejor si la homosexualidad es genital, y debe de serlo porque lo leí el otro día en la contra de El País, entonces es que se hereda, y ya sabes lo que dicen: no hay dos sin tres. Y no hace falta que te diga que aquí ya tenemos a dos.

Ay. El disco de mamá ha girado de pronto y ahora la aguja surca su cara A, la del ruido y las interferencias. De repente se ilumina y vuelve a abrir los ojos como platos. Su expresión es la de una niña.

—Ay, Ingrid. Genética, genital… ¿qué más da?, no seas tan quisquillosa. La cosa es que se hereda —dice, agitando una mano en el aire.

Luego un silencio. Muy breve—. ¡Sí! Bueno, yo no sé qué es lo que es, pero lo que sí te digo es que la tal Sindy Teresilla no es trigo limpio y tiene pelos y bultos donde no debe. Te lo digo desde ya. Y ya que estamos, también te digo que no sé cómo van a dormir juntos con esos pelarros tan duros que tiene el muchacho en la cabeza y en las piernas. Y dormir es muy importante, aunque la gente no lo crea. Porque mira, lo del sexo dura lo que dura, que gracias a Dios suele ser poco, pero dormir… ah, dormir hay que dormir, sí o sí. ¿O no te parece?

Silencio.

—Si es que estoy en shock, cielo, así te lo digo. —Silencio breve—. Y

que ninguno nos hayamos dado cuenta hasta ahora… —Otro silencio—. Ya,

es verdad. Qué valiente, mostrar así a su novio, ¿no? Imagínate lo que le podíamos haber dicho, con la lengua que tienen Silvia y Olga, y el chico tan negrito y tan… portugués. —Niega despacio con la cabeza y chasquea la lengua—. Lo mal que lo debe de estar pasando. —Silencio. Asiente como una niña obediente—. Sí, claro. Si Eduardo ha decidido salir del armario, tenemos que ayudarle, y que salga del todo. —Pausa—. Sí. Voy a ponerme manos a la obra. En cuanto vuelva a la mesa, descuida.

Se hace un silencio más prolongado. Mamá escucha atenta mientras va acariciando a Shirley, que ahora se tumba boca arriba sobre su cuello y echa la cabeza hacia atrás. Mamá asiente despacio y de repente frunce el ceño:

—¿Lo… nuestro? —pregunta con expresión confundida.

Silencio.

—Ah, lo nuestro, sí. Ahora me había perdido. —Sobre el cuello de mamá, Shirley empieza a resbalar muy despacio hacia el vacío cabeza abajo. Mamá no se da cuenta—. No, Ingrid. Cualquiera sabe cómo se lo van a tomar —dice, acariciando distraídamente a Shirley en la tripa con la punta de la aguja. Shirley saca la lengua y deja la cabeza colgando sobre el hueco entre las dos camas como un murciélago narcotizado—. Pero puede que tengas razón. Total, aquí cada uno con sus cositas, uno que sale del armario, las otras que se embarazan por el vientre común, o como se llame, y cualquiera diría que a mí nunca puede pasarme nada —añade con una mueca de niña contrariada—. Pues mira tú por dónde —suelta, de repente envalentonada—. Mejor que lo sepan ya y así se van haciendo a la idea, ¿no te parece? Además, entre una cosa y la otra, ¡se nos va a echar el tiempo encima! —Suelta una risotada feliz y Shirley sigue en caída lenta hacia el suelo, deslizándose relajadamente—. Ay, no sabes las ganas que tengo. ¡No veo la hora de estrenar el kimono! —exclama, bajando la voz y tapándose una vez más la boca con la mano, como si de repente hubiera vuelto a caer en la cuenta de que alguien puede oírla.

No es difícil adivinar que mamá e Ingrid se traen un nuevo desquicie entre manos, aunque, la verdad sea dicha, tampoco es ninguna sorpresa.

Desde que se conocen, las dos conspiran sin descanso a brazo partido como dos niñas de vacaciones y nosotros intentamos cómo y cuando podemos ponerles coto, aunque no siempre lo hagamos bien ni a tiempo. Mientras

mamá va despidiéndose de Ingrid, yo me retiro de la puerta y empiezo a alejarme despacio por el pasillo hacia el salón, entre divertido y curioso, hasta que de repente la oigo decir:

—¿Y cómo era eso que tenemos que decir cuando lleguemos? —Se hace un pequeño silencio y luego, con un acento aspirado que enseguida distingo y que dispara todas las alarmas en mi radar de luces rojas, añade con una risilla traviesa que le conozco bien y que no augura nada bueno—: Pues eso mismo: hasta la victoria siempre, compañera Che. —Silencio, este muy breve—. Ah, ¿sin Che? Mmm, bueno, pues hasta la victoria siempre, compañera Sinché.

Silencio. Mamá asiente con cara de fastidio y chasquea la lengua.

—Ay, hija, no me confundas. Si lo decía yo bien. Además, no sé a qué viene ahora lo de ponerte ese nombre tan… tan oriental. ¿O es que tenemos que cambiarnos de nombre porque son comunistas y a lo mejor no nos dejan entrar si saben que somos divorciadas por la iglesia?

Es entonces cuando entiendo con un pequeño escalofrío de anticipación que la noche, esta noche única de este año que está a punto de terminar, no ha hecho más que empezar, y que tengo que estar preparado. En cualquier caso no hay tiempo para más. La voz de Silvia rompe el silencio desde el comedor con un «¡mamá, están a punto de dar las uvas! ¿Quieres hacer el favor de venir?», al que mamá responde desde su cuarto con un suspiro de paciencia.

—Ya vamos, cielo —dice, incluyendo como hace siempre a Shirley en el pack—. Sírveme solo un culín, ¿eh? Que ya sabes que el cava me da gases.

—A lo mejor lo que te da gases es hablar tanto por teléfono, mamá —

replica Silvia, cuyo comentario llega acompañado por una carcajada rasposa de tío Eduardo.

—Bueno, te dejo, Ingrid —dice mamá, bajando la voz hasta casi un susurro—. Sí, ya la has oído, ¿no? ¿Qué te había dicho? Está im-po-si-ble.

—¡Mamá, o cuelgas o cuelgas!

—… Y acuérdate de hacerme un poco de reiki, pero del mismo que les haces a los monitores de la perrera, ¿eh? Ah, ahora que me acuerdo, no te

he dicho que ayer me encontré en el banco con Isidro, el chico de la silla de ruedas que pasea perros.

—¡Mamá!

Me detengo un segundo en el pasillo, casi delante de la puerta del baño, y al volver la vista a la izquierda, me encuentro con mi propia imagen reflejada en el espejo de pie que mamá ha colgado en alto y transversal, como una especie de ventana alargada. Por un momento, vuelvo a verme como me vi hace ahora un par de meses en la barra del bar, mientras esperaba a que el camarero me sirviera, y siento de nuevo un escalofrío al recordar el momento en que los ojos de la figura que desayunaba en el rincón se volvieron y nuestras miradas se encontraron en el espejo.

Recuerdo también lo que ocurrió después, o mejor, empiezo a recordar, porque enseguida la imagen se quiebra en el cristal cuando la voz de mamá rompe el instante.

—¡ Shirley, cuidado!

Lo que sigue es un golpe sordo al que se une un chillido largo y agudo como de rata vieja y un segundo más tarde veo pasar a Shirley como una exhalación entre mis piernas, gruñendo y arrastrando entre los dientes la labor de mamá, agujas incluidas, mientras en su cuarto mamá parece que se ha puesto por fin en movimiento al tiempo que va diciendo entre dientes:

«Ay, cariño, es que mamá es muy torpe y no te ha visto. No te vayas así, reina. Ven, ven, que mamá te dará un masaje de esos mágicos que da tía Ingrid y verás como ya no duele».

En el espejo, el encuentro de miradas ha desaparecido y solo quedo yo.

Mis rizos rojos se iluminan desde atrás, envueltos ahora en un halo naranja, y la piel blanca parece todavía más blanca así, reflejada contra el blanco de la pared.

Mamá aparece en el marco de la puerta de su cuarto. Se le ha quedado el pelo aplastado por detrás de la cabeza y sigue llevando puestas las zapatillas de cuadros. Al verme sonríe y se le ilumina la mirada, hasta que desde el comedor Silvia vuelve a llamarla y ella pone los ojos en blanco y le saca la lengua antes de encogerse de hombros y reírse en silencio, buscando mi complicidad, que inevitablemente encuentra.

Luego me pone la mano en el brazo y se mira en el espejo. Nuestros ojos se encuentran. Ella sonríe. Yo también.

—¿Vamos, Fer? —me dice sonriendo.

Le ofrezco el brazo y ella lo coge antes de mirarse una vez más en el espejo y darse cuenta de que tiene todo el pelo pegado a la cabeza por la parte de atrás. Abre los ojos, horrorizada.

—Dios mío —dice, llevándose la mano que tiene libre a la coronilla y palpándose el pelo a tientas—. Me falta un trozo de cabeza.

Nos reímos. Los dos.

—¿Y no pensabas decirme nada, demonio? —dice, poniéndose seria y ahuecándose el pelo, aunque sin éxito—. Mmm, ¿mejor? —pregunta.

—Mucho mejor.

—Mentiroso.

—¡Los cuartos, los cuartos! —grita Silvia desde el salón. La vemos levantarse de la mesa, arrastrando su silla sobre el parqué—. ¡Mamá! ¡Fer!

Mamá inspira hondo, se coge otra vez de mi brazo y dice, poniendo nuevamente los ojos en blanco:

—Vamos, hijo. Como tu hermana y Shirley sigan chillando así, los vecinos van a creer que estamos en plena matanza y van a llamar a la policía.

Y así, riéndonos los dos, echamos a andar hacia el salón, donde ya nos esperan. Fuera, los cuartos terminan de cerrar el año y más abajo, hacia el mar, los primeros cohetes surcan el aire, iluminando el ventanal del salón como luciérnagas de colores. Alrededor de la mesa ya están todos de pie, con los cuencos de uvas en la mano: tío Eduardo en la cabecera; a su derecha, Silvia. A su izquierda, el cubierto intacto y la silla vacía, seguida de Emma y de Olga.

Pronto, muy pronto tocará brindar.

Y después llegarán otras cosas.

Sigue la noche.

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