Una madre

Alejandro Palomas · Capítulo 6 de 27

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Una madre

Seis

La imagen es nítida. Estábamos en un parque que había cerca de casa y yo quería subirme al tobogán, pero había un niño que lo ocupaba desde hacía un rato y que no me dejaba ni siquiera acercarme a las escaleras. Silvia estaba sola en los columpios, un poco alejada. El parque era un espacio pequeño y desangelado con el suelo de losas blancas de hormigón, situado en el techo de una especie de mercado. Silvia tenía diez años. Yo, cuatro. Al ver lo que pasaba, ella se bajó del columpio, se acercó despacio al tobogán, subió sin decir nada la escalera y al llegar arriba empujó al pequeño demonio que se había atrincherado en la plataforma metálica y que me escupía desde las alturas. La mala suerte quiso que el niño cayera directamente al vacío por el lateral y se estampara contra el suelo de piedra, rompiéndose un brazo. Cuando su madre se acercó a recogerlo, Silvia la ayudó —tan solícita y tan dispuesta que la mujer tuvo un momento de confusión— y dijo:

—Dice mi abuela Ester, que es la madre de mi madre porque la otra se llama Mercedes y nunca la vemos, aunque mejor, porque huele raro y siempre cocina caracoles, que hay que tener mucho cuidado en los parques, porque están muy sucios y llenos de microbios, y si nos caemos y nos hacemos una herida a lo mejor nos infectamos y nos morimos.

La mujer la miró boquiabierta y Silvia, ni corta ni perezosa, remató el mensaje con un explicativo:

—A lo mejor en el hospital le lavan las rodillas y le cambian —dijo, mirando al niño, que berreaba en brazos de su madre con el brazo colgando

—. Es que huele un poco mal —añadió con unos ojos que años más tarde yo reconocería en los de Los niños del Brasil—. Creo que se ha hecho pis.

Aunque también dice la abuela que en los hospitales se muere mucha gente por los virus y eso.

Cuando la mujer se marchó, Silvia se volvió hacia mí:

—Ya puedes —dijo—. Pero sube con cuidado, porque como te caigas y te manches, te la cargas.

Luego se sacó el pañuelo del bolsillo, lo mojó con la lengua y, mirando a derecha e izquierda para asegurarse de que nadie la veía, se arrodilló en el suelo y se puso a frotar las gotas de sangre que habían quedado en la baldosa de piedra que tenía a sus pies.

Acerada. Silvia era y es acerada. Ya de pequeña apuntaba maneras, y a medida que fue creciendo fue angulándose en un entramado de aristas cada vez más definidas: los ojos casi transparentes, pómulos prominentes, flaca y de huesos marcados: clavícula, codos, caderas, tobillos. El pelo rojo. Muy rojo. Como el mío.

Como el de la abuela.

Silvia estudió Medicina. Al poco de terminar la carrera empezó a trabajar en un hospital de la Cruz Roja, pero lo de ver sufrir a la gente tan de cerca, tan sin filtro, no terminó de convencerla, o al menos eso fue lo que nos dijo —aunque años más tarde nos enteramos por una amiga enfermera de mamá que desde un principio Silvia fue el terror de los quirófanos, porque según ella nada estaba nunca limpio del todo y llevaba de cabeza al personal de limpieza—. Sea como fuere, desde hace años trabaja en una multinacional farmacéutica, donde vende piernas ortopédicas y horrores varios a hospitales del mundo entero. Viaja semana sí, semana también, tiene un equipo de más de cien personas a su cargo y maneja un puñado de tarjetas oro de varias compañías aéreas que la surten de vuelos y hoteles de cinco estrellas gratis de los que suele beneficiarse mamá, normalmente en compañía de Ingrid. Cuando no trabaja, Silvia investiga. Es una de esas mujeres que no paran de «hacer cosas»: cursos de esto y de lo otro, congresos, simposios, artículos, ponencias, másteres… lleva unas gafas de montura de carey y a veces perlas, saca tiempo para hacer su propio pan y, aunque defiende a ultranza los derechos sociales, el estado del bienestar y todo lo que huela a izquierda en general, fue ella la que, hace unos años, se emperró en averiguar si era cierto que la familia de mamá era noble y que a

lo mejor podíamos recuperar la baronía, que al final resultó que efectivamente existía y que había heredado un primo lejano que vive en Buenos Aires y con el que jamás hemos tenido contacto. Desde entonces, se ha hecho grabar un pequeño escudo con las supuestas armas de la familia que lleva instalado a modo de broche en la chaqueta y que acompaña con el lazo rojo de la lucha contra el sida.

—Hay que hacer bien las cosas —dice a menudo, terminando sus intervenciones con una pequeña inclinación de cabeza y una de sus sonrisas metálicas—. Método. Hay que poner método al desorden.

El método. Silvia es «el método», del mismo modo que Emma y mamá son «el desorden». De ahí que la frase «hay que llamar a Silvia» sea, desde que papá ya no está, una de las más repetidas en el ideario cotidiano de lo que somos. Muchas veces, mamá y Emma harían mejor en no intentar aplicar método a sus desórdenes y dejar que la vida actúe por sí misma, sobre todo porque sus llamadas son, en la mayoría de los casos, simples bengalas de desesperación que llegan demasiado tarde y que ponen en marcha una maquinaria llamada «Silvia» que, en ningún caso, ellas están dispuestas a alimentar.

El día que llamamos a Silvia desde mi apartamento para contarle que mamá acababa de recibir el burofax de papá con aquel contrato de divorcio que parecía escrito por un vendedor ambulante de crecepelos, la oí soltar un jadeo al otro lado de la línea y, después de un silencio tenso, ladró solo dos cosas.

La primera fue:

—Estoy en Atlanta.

La segunda:

—Pásame a mamá.

Le pasé el teléfono a mamá, que me miró con cara de horror.

—No, no, no… por favor, con ella no —me gritaba sin voz, agitando las manos como si estuviera a punto de encontrarse cara a cara con el mismísimo Belcebú. Luego carraspeó, respiró hondo un par de veces, sonrió con cuidado como si Silvia pudiera verla por la pantalla del móvil y se acercó muy despacio el teléfono a la oreja.

—Sí, hija —la oí decir con una voz de madre sumisa y atenta que debería de haberme puesto sobre aviso—. Sí. Sí. Sí. Claro. Sí. Vale. Como quieras. Cómo no. Descuida. Mañana mismo. Pero claro que lo he entendido. No, no hace falta que me lo repitas. Sí. Sí. Sí. Sí.

Después de unos veinte minutos más de «sí, claro, desde luego, como quieras» que iba recitando con esa cara de vaca perdida que se le pone cuando lo que alguien le dice le entra por un oído y le sale por el otro, por fin colgó. Luego me pasó el móvil.

—¿Qué te ha dicho? —le pregunté.

Me miró con cara de sueño y dijo:

—No me acuerdo.

Insistí.

—Pues no sé qué de una amiga abogada a la que va a llamar para que me defienda. Y que no firme nada. Y que me esté quietecita hasta que me avise —dijo, cubriendo de besos a Max, que aprovechaba para morderle las manos—. Y todas esas mandangas de método por aquí y método por allá que a mí me tienen loca. —Me miró y negó con la cabeza, a la vez que soltaba un pequeño suspiro—. Hay que ver lo pesada que es tu hermana, hijo.

—Hazle caso, mamá —le dije—. Para estas cosas, no hay nadie como ella.

—Claro, Fer. Claro. Descuida.

Me levanté a preparar una cafetera. Mientras esperaba en la cocina a que subiera el café, la oí salir casi sin hacer ruido. Diez minutos más tarde, cuando volví al salón con el café, apareció por la puerta de la calle con una sospechosa cara de placidez y una sonrisa de «todo está bien» en la que enseguida adiviné malas noticias.

—¿Dónde estabas?

—He bajado a comprar —dijo.

—Ajá.

—Sí —dijo—. Leche.

—Ah, qué bien.

—Sí.

—Pues debe de ser una leche riquísima. —Sonreí—. Qué digo, riquísima, debe de ser la leche para habértela bebido toda y haberte comido luego el brick en los veinte metros que hay desde la puerta del súper hasta aquí, ¿no?

No dijo nada.

—Sobre todo cuando eres alérgica a la leche.

Bajó la cabeza.

—¿Qué has hecho, mamá?

Me miró, abrió los ojos como platos y se llevó la mano al pecho.

—¿Yo? Nada.

Inspiré hondo antes de seguir.

—¿Cómo que nada? Haz el favor, mamá.

Soltó un suspiro de fastidio.

—Bueno, un poco —dijo, lanzando una mirada robada a la mesa del salón. Enseguida la desvió.

Seguí la dirección de su mirada y entendí: el burofax seguía allí. El contrato basura de divorcio había desaparecido.

—¿No se te habrá ocurrido…? —No terminé la frase, porque no hizo falta. Mamá me miraba con cara de pena.

—Es que a lo mejor, si tu padre ve que tengo buena voluntad, lo piensa mejor y se arrepiente y… ya sabes cómo es —dijo, encogiéndose de hombros—. En el fondo, es un niño. Y no es malo. Es… así.

A punto estuve de gritarle que sí, que sabía muy bien cómo era, casi tanto como los inspectores de la Seguridad Social y de Hacienda que seguían intentando echarle el guante. Igual que Telefónica, Ono y Vodafone, el Cobrador del Frac, Mazda, BMW y el BBVA, por no hablar de todos los amigos que habían sido avalistas suyos en algún momento de sus peripecias y fraudes de bucanero y a los que, por supuesto, había perdido por el camino. A punto estuve de agarrarla por los hombros y sacudirla, decirle que todos lo sabíamos excepto ella, porque todos habíamos sido víctimas en un grado u otro de esa personalidad enferma a la que no le importaba nada salvo él mismo, pero de pronto la vi plantada en la puerta del salón, tan desprotegida y tan vulnerable, que me levanté, me acerqué, la abracé y, mientras intentaba imaginar algún conjuro para sedar al demonio

en el que sabía que iba a convertirse Silvia en cuanto se enterara de que mamá acababa de enviarle a papá su divorcio firmado, condenándose a una libertad que habría de salirle muy cara, le dije al oído:

—Claro, mamá. Claro.

Ella me miró, aliviada como una niña, y dándome un beso, me dijo:

—Es que hay que dar una oportunidad a la gente, ¿no?

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