Una madre
Ocho
—¿A Cuba?
A mi izquierda, Silvia fuma despacio, mirando a mamá con unos ojos cargados de muchas sombras y el cuello tenso, como si estuviera intentando contener un chorro de agua sucia que le sube desde el estómago. A mi derecha mamá se sirve un poco de agua y derrama la mitad fuera del vaso.
Sí, Cuba. Eso ha dicho. Luego me ha mirado y ha hecho una mueca de
«ay, la que se me viene encima. Quién me mandará a mí hablar» que de haber estado solos me habría hecho reír pero que, a juzgar por la mirada y la pose de Silvia y por la ceja arqueada de Olga, no ha sido bien recibida.
Eso ha ocurrido hace unos segundos. Mamá ha soltado su pequeña bomba particular y la oleada de metralla se ha esparcido en todas direcciones, salpicando el relajamiento que ya nos invade a esta hora de la noche —madrugada avanzada— con un chispazo de zozobra. A la bomba de mamá le ha seguido el silencio y ella, que teme la que le espera, no duda en llenarlo de ruido, lanzándose cuesta abajo con una retahíla de detalles sobre su viaje que no ayuda a mejorar las cosas.
—Es que vamos con una ONG —se justifica enseguida, adelantándose a la reacción de Silvia, que, curiosamente, ha optado por servirse un poco de cava y recostarse contra el respaldo de su silla con cara de cansancio.
Viendo que ninguno decimos nada, mamá decide seguir contando—.
Resulta que Ingrid tiene una amiga, Suleima, que es profesora bloguera de yoga, o sea que tiene una de esas cosas donde escribe en internet pero de yoga y bodyhealing y más cosas cuerpo-mente. Pues resulta que la tal Suleima es además gurú, pero de las de verdad, con vestido naranja y todo y tiene un centro de yoga en Soria con famosos que van a desintoxicarse y
voluntarios cubanos que le limpian gratis. Y a veces organiza cursillos en Varadero con unas cuantas mujeres. Poquitas, ¿eh? Solo unas quince o veinte, no más. —Se vuelve a mirarme, buscando en mi expresión alguna señal que la oriente sobre si va por buen camino. No sé lo que ve, pero enseguida desvía la mirada y prosigue—. Fíjate si es generosa Suleima, que nos paga la mitad del billete de avión de su bolsillo y nos ha conseguido un todo incluido en el hotel. ¡Y vip!
Tío Eduardo pone cara de estupor y frunce el ceño.
—Mmm, vaya. Si es que los cubanos, es lo que hay —dice con voz de hombre de mundo—. Cuando tienen, dan. El problema es que nunca tienen, de ahí que se inventen tantas cosas, porque les gustaría dar siempre. O sea, que no es que mientan, es que se adelantan a la realidad. Por eso lo del cubismo.
Soy yo el que se vuelve a mirarle. Olga coge un trozo de turrón y se lo mete entero en la boca y Emma bosteza mientras le saca brillo a la pantalla del iPhone con la servilleta de la Silla de las Ausencias.
—¿El… cubismo? —pregunta Silvia, dejando su copa encima de la mesa y cogiendo un cigarrillo del paquete.
Tío Eduardo sonríe, encantado con la atención.
—Claro —dice—. El cubismo se inventó en Cuba, si no de qué. —Se pasa la lengua por los dientes superiores y al ver nuestra expresión de perplejidad, añade—: ¿No me diréis que no lo sabíais?
Mamá acude en su ayuda.
—Totalmente, Edu —dice—. No hay más que ver a Gloria Este —fan
—. Nos volvemos todos a mirarla. A la vez, como en un partido de tenis. —
O a Bola de Nieve.
Tío Edu suelta una carcajada rasposa que rebota contra las paredes del salón y que mamá recibe con una sonrisa de alivio. A mis pies, Max levanta la cabeza y deja escapar un suspiro. Cuando vuelve el silencio, mamá decide seguir:
—Pues esa es la cosa —dice—. Así que no hay de qué preocuparse. —
Mira a Silvia, que sigue reclinada en su silla con la mirada ausente, y aclara
—: Unos días de yoga, baños medicinales, masajes, meditación. Y, fíjate tú
si será generosa Suleima que lo único que nos ha pedido a cambio es un poquito de… teatro.
Emma levanta la mirada.
—¿Teatro?
Mamá asiente.
—Sí. —Y luego—: Fingir que nos casamos un poco cada una con los chiquitos esos que ella tiene allí para que así puedan venir a limpiar al centro de yoga de Soria y ganarse el pan. Mira tú qué mujer más… más generosa.
Silencio. Olga por fin consigue partir el trozo de turrón de Alicante que ha estado paseándose por la boca desde hace unos minutos con un «croc»
que no augura nada bueno. Silvia se apoya sobre la mesa.
—¿Ca… saros? —dice muy despacio.
Mamá asiente.
—Sí. Bueno, pero de mentira, ¿eh? —Aclara con una sonrisa feliz—. Y
solo en el aeropuerto. Luego, cuando lleguemos a España, ya no. Dice Ingrid que los chicos se quedan en Madrid, porque Suleima fleta un autobús solo para ellos y se los lleva directamente a la casa de Soria. Es que la pobre ya está escarmentada, porque al parecer al principio los llevaba un par de días a una pensión de Madrid para que vieran un poco la ciudad y se aclimataran, pero me ha dicho Ingrid que cuando se metían en El Corte Inglés muchos bajaban corriendo al súper y se lo comían todo, pero todo, todo, hasta los cangrejos y las langostas vivas del acuario, y, claro, al final decidió que es mejor que pasen directamente una temporada ayudándola en el centro, limpiando y dando masajes a las clientas, para que se les pase un poco lo del cubismo.
Silvia me mira, cierra los ojos y respira hondo un par de veces. Luego apoya la barbilla en la palma de su mano y dice con una voz que, para sorpresa de todos, suena exhausta, casi conformada.
—Mamá.
Mamá se vuelve hacia ella.
—¿Sí?
—Tú entiendes que lo que acabas de decir no es normal, ¿verdad? —
pregunta muy despacio. Hay amenaza en su voz, pero muy velada, difusa.
Mamá, que la percibe tan bien como yo, parpadea, intentando ganar tiempo.
—¿Normal, cómo?
—Normal, mamá —es la réplica de Silvia—. Normal.
Mamá arruga el morro. Ese es un mohín que normalmente saca a Silvia de sus casillas y que esta vez, sin embargo, ni siquiera la hace pestañear.
—Bueno, la verdad es que Suleima no es una mujer que.
—Estoy demasiado cansada, mamá —la interrumpe Silvia.
Mamá se calla y deja escapar un suspiro incómodo.
—Ya, hija. Si es que es muy tarde. —Luego mira su reloj—. Huy, son casi las cuatro.
—No, mamá, quiero decir cansada en general —responde Silvia, encogiendo un poco los hombros—. Y sobre todo cansada de… esto —
añade con un suspiro muy breve, recorriéndonos a todos con la mirada al tiempo que abarca la mesa con un gesto de la mano.
Mamá traga saliva.
—¿De… esto?
—Sí, mamá —dice Silvia con voz triste—. De oírte decir tantas burradas y tener que estar vigilándote continuamente, siempre detrás de ti para que no hagas alguna de las tuyas, como si nosotros fuéramos la madre y tú la hija. De eso, sobre todo de eso: de tantos años haciendo de madre de mi madre. Agota, ¿sabes? Te juro que agota.
—Bueno, bueno… —interviene tío Edu con tono conciliador, inclinando un poco la cabeza y poniendo la mano sobre el antebrazo de Silvia, que lo aparta con un gesto brusco como si acabara de recibir una descarga.
—Y de tus locuras —vuelve a la carga Silvia—. De que nunca hagas caso de nada y de tener que correr luego a solucionarte las papeletas porque, claro, la pobre Amalia, ya se sabe, tan despistada, tan poco acostumbrada a vivir sola, —se interrumpe un momento e inspira hondo—.
Pues ¿sabes una cosa?, no eres la única que está sola y, aunque lo fueras, eso no te da derecho a hacer lo que te da la gana sin pensar en los demás.
—Pero yo… —Empieza mamá.
—Exacto. Ese es el problema —la interrumpe Silvia—. Ese «pero yo»
con el que siempre lo excusas todo, con el que todo el mundo lo excusa todo, porque así es más fácil: yo hago, yo pienso, yo decido, yo juego y tú, tú te jodes. Así funcionamos todos. Y así nos luce. Así nos luce: a mí, a esta familia, a esta ciudad y a este país de mierda, con un gobierno de mierda y con unos empresarios de mierda que te dejan en la calle después de exprimirte como si hubieras nacido solo para eso, para que te expriman, y un día te sientan y te dicen que están muy contentos contigo, que eres una crack, pero que somos dos jefes de equipo y hay que prescindir de uno porque la vaca no da para tanto, y resulta que la que se va a la calle eres tú porque… porque no tienes una jodida familia que alimentar y porque no vas lamiéndole el culo al director general, ni juegas al golf con él, ni le consigues entradas gratis para que vaya con su novia rusa a ver jugar a Nadal. Así de simple. Y así de, normal.
«Ay».
Bajo la mirada. Por el rabillo del ojo, veo a mamá un poco encogida sobre sí misma y con la mano suspendida en el aire, a un par de centímetros de la mesa, como si la apoyara en algo que los demás no vemos, y los ojos entrecerrados porque Olga ha movido la botella de agua y el reflejo de la lámpara en el cristal la deslumbra.
—Hija —dice. A mi izquierda, Silvia inspira hondo. Realmente suena agotada. No responde. Solo está—. Pero ¿entonces?, —pregunta mamá con un hilo de voz.
Silvia tarda en hablar. Cuando lo hace, recupera el tono seco, aunque no llega a ser el de la Silvia de siempre.
—Entonces nada, mamá —dice, frotándose despacio el cuello con la mano—. Nada.
—Ah.
Pasan unos segundos y nadie habla. Por fin, mamá posa la mano en el mantel.
—¿Alguien quiere un poco más de café? —pregunta Olga, alargando una mano tensa hacia la cafetera vacía.
Silencio.
—Bueno… —dice mamá con voz neutra. Y luego, un par de segundos después, añade casi con un susurro—: Pues yo… me alegro.
Silvia levanta la mirada y niega despacio con la cabeza. Perpleja, está perpleja.
—¿Cómo dices?
—Que me alegro, hija.
—¿Por qué?
—Porque ya no me mandarás más postales. —Cierra los dedos sobre una miga de pan y empieza a amasarla despacio, mecánicamente.
Silvia suelta un bufido y sigue negando con la cabeza.
—Mamá, te estoy diciendo que me han echado del trabajo —dice con la voz teñida de rabia—. «Nada» quiere decir «en la calle».
Mamá baja la mirada.
—Lo he entendido, hija. —Y luego, casi entre dientes—: No soy tonta.
Silvia se contrae sobre sí misma, como si hubiera recibido un golpe que no hemos visto.
—No quería decir eso.
Mamá la mira y esboza una sonrisa tan triste que hasta Olga suelta una pequeña carraspera. Silvia y ella se miran durante un instante antes de que mamá vuelva a hablar.
—Es que me ponían muy triste tus postales, hija —añade, bajando un poco la voz, como disculpándose.
Silvia arruga la frente. Es un comentario que no esperaba. Ni ella, ni los demás.
—¿Triste?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque estabas muy lejos.
—Estaba trabajando, mamá. —Y luego, bajando un poco el tono—: Estaba de viaje, mamá.
—Es que siempre estás de viaje, hija. Hasta cuando no viajas. —Lo dice estudiando la miga de pan con los ojos, sin atreverse a mirar a Silvia, que por su gesto lee la misma tristeza en la frase que yo—. Siempre te estás, yendo. —Mamá está triste y habla así, como una madre triste. Pasan un par
de segundos. Cuando ve que Silvia vuelve a llevarse la mano al cuello, dice
—: A lo mejor, ahora que tienes tiempo, —se interrumpe y coge aire antes de terminar— algún día podríamos viajar juntas. Sin postales, ni nada.
Un segundo de silencio. Luego Silvia traga saliva y hace una mueca que es casi una sonrisa, pero que no puede serlo porque le tiemblan los labios.
Tiene los ojos brillantes.
—A mí me gustaría —dice mamá, mirándola con esos ojos de niña asustada que pone cuando pide algo con miedo a que la respuesta le duela y que le conocemos bien porque es su cara más B, esa con la que hemos crecido. Al ver que Silvia no contesta, inclina la cabeza y añade, tímida—: Bueno, si a Peter no le importa, claro.
A punto estoy de no mirar a Silvia, pero es tarde. En sus ojos veo la duda y el impulso de terminar de contar y vaciarse del todo. La veo brillar por un momento y luego la veo apagarse. Respira hondo y cuando vuelve a hablar el brillo que le llena los ojos es agua.
—A Peter no le importará, mamá —dice con una sonrisa que no sabe contener—. No te preocupes por eso.
Mamá también sonríe. Feliz. Está feliz. Sobriamente feliz.
—Le enviaremos una postal —dice—. Y le pondremos que le echamos de menos. ¿Quieres?
Silvia aprieta los dientes y sigue sonriendo, mientras el agua de los ojos se le queda prendida en las pestañas y parpadea muy deprisa. Las dos lágrimas se estampan en el mantel como dos clavos y mi mano busca la suya por debajo de la mesa. Cuando la encuentra, ella me la aprieta antes de retirarla.
—Claro que sí, mamá —dice con la voz rota—. Claro que sí.
Y entonces mamá quema su último cartucho del año, pillándonos a todos por sorpresa. Después de aclararse la garganta, se levanta muy despacio y, dejando a Shirley en el suelo, va hacia el pasillo y se mete en el baño. Un par de segundos después, sale con el pequeño tablón de corcho donde están colgadas las postales de Silvia y vuelve a la mesa, rodeándola para llegar hasta mi hermana y colocándoselo delante, encima del plato de postre con restos de turrón. Luego, como lo hizo en su día con Emma, se
abraza a ella por detrás y pega su mejilla a la mejilla mojada de Silvia, estrechándola contra su pecho y meciéndola con suavidad.
—Ya no más postales, hija. Ya no más postales —le dice al oído.
Mientras ellas se balancean a mi lado, el reloj de la plaza da las cuatro y cuarto y, en el silencio que nos envuelve cuando la campanada es solo la estela de su propio ruido, Max se despereza a mis pies y Olga se vuelve hacia Emma.
—Quizá deberíamos irnos, ¿no, cariño? —dice con una voz suave que yo no recuerdo haberle oído.
Desde la cabecera de la mesa, tío Eduardo asiente despacio, aunque tiene la mirada velada, como si asintiera en respuesta a algo que él oye pero que a los demás se nos escapa, mientras a su lado mamá y Silvia siguen abrazadas, ajenas a él y a lo que no son ellas. Ya no se mecen. Ahora solo respiran juntas con la vista al frente. Mamá sonríe y entre sus brazos Silvia tiene la expresión relajada y le brilla la piel de la frente.
—Peter ya no está, ¿verdad, cariño? —pregunta mamá.
Silvia no contesta enseguida. Se balancea una vez más con suavidad, al abrigo de mamá, hasta que por fin se vuelve a mirarla.
—No —responde con un hilo de voz.
Mamá asiente.
—Ya.
No se dicen más. Mamá vuelve a abrazarla y siguen así las dos, respirando a la vez, como si no hubiera nada ni nadie más que ellas en el salón y el tiempo no existiera, hasta que mamá vuelve a hablar.
—Ahora quitaré las postales, cielo. ¿Quieres?
Silvia no dice nada, pero tampoco se mueve. Cuando mamá entiende que no va a hablar, alarga la mano hacia la primera postal, pero entonces tío Eduardo la mira y tiende también él la mano hasta ponerla sobre la muñeca de Silvia.
—No —dice.
Mamá se queda quieta y Silvia y ella se vuelven hacia él, sin entender.
—Tienes que quitarlas tú —dice tío Eduardo, mirando a Silvia a los ojos. Ella niega despacio con la cabeza—. Sí —insiste él, asintiendo. Mamá retira la mano y se queda abrazada a Silvia por detrás, muy quieta, y Silvia
se acurruca entre sus brazos—. ¿Sabes por qué? —pregunta, sin dejar de mirarla.
Silvia niega despacio con la cabeza.
—No —murmura entre dientes.
—Porque así podremos hacerlo juntos —dice tío Edu con un amago de sonrisa—. Como antes. Como antes de, todo. —Guarda un segundo se silencio y añade—: Y porque mientras arrancamos las postales te contaré cosas.
Silvia no se mueve.
—¿Quieres?
Silencio.
Tío Edu tira de la muñeca de Silvia hacia el tablero y, aunque al principio ella se resiste, consigue llevarle la mano hasta la primera postal.
Luego le coge los dedos y los cierra sobre el primer alfiler. Despacio, muy despacio, los dedos de los dos extraen el alfiler y la postal mientras él habla:
—Te contaré que me gusta sentarme aquí, a esta mesa, y pensar que todavía queda alguien que me espera todos los años a pesar de los años.
Que esto a mí me da la vida y me ayuda a seguir, porque desde que los abuelos murieron lo de la orfandad no se me da bien y creo que ya es tarde para aprender.
La mano de Silvia dirigida por la de tío Eduardo lleva la postal hasta la mesa y la deposita sobre el mantel junto a mamá. Luego vuelven lentamente al tablero con un gesto mecánico, como los brazos de un par de autómatas.
—Te contaré que me gusta veros reír, haceros reír —dice, apartando la vista de Silvia y recorriéndonos a todos con los ojos—. Y que si hubiera tenido una hija, habrías sido tú. No como tú, sino tú. Así de terca, de intensa, de tozuda, y de equivocada, tan parecida a mí en muchas cosas y tan tú en otras. Y que me habría gustado ser más para ti, más grande, más fuerte, estar más cerca y no dejarte tan sola con tanto. Y que siento muchísimo haberte fallado.
Las manos rescatan una segunda postal mientras Silvia traga saliva y, ya sin tanta resistencia, la depositan sobre la primera. Después, tío Eduardo retira la suya y la de Silvia se desplaza sola hacia el tablero, muy despacio, mientras él sigue hablando sin apartar los ojos de ella.
—Te contaré que Sindy no existe. —La mano se detiene en el aire un instante y enseguida retoma el movimiento—. No, no existe. Me la he inventado esta tarde en el avión para llegar aquí con algo y disimular lo que ya no hay ni creo que vaya a haber a estas alturas. —Guarda un instante de silencio e inspira hondo—. Y quizá me habría gustado que existiera, aunque también me gusta que no exista, porque así puedo seguir inventando sin arriesgarme a que duela más de lo necesario.
Silvia está concentrada en el tablero. Va quitando postales con un movimiento pausado y uniforme, como una niña jugando con un álbum de cromos, mientras tío Edu sigue hablándole desde la cabecera de la mesa.
—Te contaré que estás enfadada con la vida y que tienes motivos para estarlo. Seguramente en tu lugar yo también lo estaría, pero te equivocas si crees que no hacer es vivir mejor. No, no hacer es vivir menos, y eso tú deberías saberlo.
Silvia deja de manipular las postales durante un instante. Luego coge aire y lo saca por la nariz antes de seguir.
—Y te contaré que estoy solo y que me siento solo. Y también que desde que tu padre ya no está y podemos pasar juntos la Nochebuena, vengo todos los años con la ilusión de que me pidáis que me quede, porque me da vergüenza preguntaros si me echáis de menos. Me da miedo la respuesta. —Baja la mirada e intenta una sonrisa—. Soy un viejo tonto, ya lo sé.
Silvia va retirando las últimas postales mientras van cayéndole las lágrimas sobre los brazos de mamá, que tiene hundida la cara en su pelo.
Mientras, tío Eduardo sigue contándole cosas de él, de lo que no ha dicho nunca y de lo que quiere decir, hasta que por fin Silvia extrae el último alfiler y con él la última postal. Luego se queda quieta con el tablero vacío delante de ella, esperando hasta que tío Eduardo se queda callado.
—Ya está vacío —dice.
Él sonríe. Esta vez sí.
—Buena chica.
Silvia asiente, pero no dice nada.
—Ahora habrá que empezar a pensar en volver a llenarlo —dice él.
Silencio.
—Con postales, digo.
Silencio.
—A lo mejor la primera podría ser desde, Lisboa.
Silvia levanta la cara hacia él, pero desde mi sitio no veo su expresión.
La de tío Edu es casi infantil.
—¿Te gustaría?
Se miran pero ninguno de los dos dice nada, hasta que él inclina la cabeza hacia un lado y alisa la servilleta con la mano.
—Es solo una idea —dice, sonrojándose un poco—. No me hagas caso.
Silvia sonríe. Desde donde estoy sentado veo solo la mitad de su sonrisa. Es una sonrisa como las de mamá, aunque la de Silvia está mojada, cubierta de mocos y agua. Alarga la mano hacia tío Edu y la cierra sobre su brazo.
—Claro —dice—. Claro que me gustaría.
Él traga saliva y baja la mirada.
—Creo que tendría que limpiar un poco la casa antes de que vengas —
dice, sin levantar la cabeza, como un niño.
Ella se echa a reír. Él también.
—Mejor, sí.
Se quedan así los dos, en silencio, con mamá abrazada a Silvia por detrás mientras al otro lado de la mesa, junto a la Silla de las Ausencias, Emma acaricia distraídamente el brazo de Olga con la mano, y una sirena se pierde en algún rincón de la plaza ciudad abajo. A mis pies, Max deja escapar un suspiro de sueño que se expande por el salón como una ola pequeña.
—Creo que deberíamos irnos —dice Olga, aclarándose la garganta y mirando primero su reloj y después a Emma—. Es muy tarde y tenemos un largo viaje de vuelta. Cualquiera sabe cómo irán esas carreteras —añade, volviéndose hacia mamá.
Mamá asiente, se incorpora despacio con un pequeño jadeo y se separa de Silvia, que sigue con su mano en la de tío Eduardo, ajenos los dos a nosotros. Luego le pone las manos sobre los hombros y se vuelve hacia el ventanal. Al otro lado del cristal, el cielo sigue oscuro, pero ya no está
negro. Hay una luz, en alguna parte de la madrugada se intuye una luz que sube desde el mar, aunque todavía no ilumina nada.
—Creo que hoy veremos amanecer —dice, sin apartar los ojos de la ventana. Y luego, como si hablara con alguien que está al otro lado, alguien a quien solo ella ve, añade, al tiempo que asiente y esboza una sonrisa minúscula, casi una sombra de sonrisa—: Sí, hoy veremos amanecer.
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