Una madre
Tres
Es la una y cuarto y hace rato que los cohetes que han llenado la noche después de las campanadas han dejado de oírse. Ahora el silencio en la plaza es casi total, salpicado muy de vez en cuando por algún bocinazo o por los gritos puntuales de un grupo de adolescentes que cruzan hacia la boca del metro. Aquí, en el salón, se acabaron el cava y los turrones y ha quedado solo el café y las conversaciones reposadas. Ha sido una velada tranquila después de las uvas, del brindis y de los besos y abrazos.
Silvia fuma a mi lado mientras Olga lleva un buen rato contándonos con todo lujo de detalles las reformas que van a hacer en casa para cuando nazca el niño. Mamá la escucha con expresión de fingido interés y una sonrisa clavada en la cara. Asiente cada cierto tiempo, añadiendo de vez en cuando uno de sus «qué mono» de rigor que Olga saluda con una carraspera seca, antes de seguir detallando los materiales —todos ecológicos, sobre todo la pintura—, los colores, las texturas y las marcas que quieren usar para la obra.
Sobre todo las marcas.
—Son tan importantes… —insiste por tercera vez, poniendo su mano en la muñeca de mamá, que parpadea para recuperar la concentración—.
Porque deja que te diga [carraspera] que las marcas, aunque no lo parezca, importan. Y mucho. Una marca es una garantía. Y con los hijos, hay que buscar garantías —remata con voz de vendedora de seguros.
Silvia se vuelve a mirarme con cara de aburrimiento al tiempo que me suelta una patada por debajo de la mesa que logro esquivar. Al ver que nadie dice nada, Olga traga saliva y sigue a lo suyo:
—Si es que en el fondo, unos buenos padres —se interrumpe y se vuelve a mirar a Emma, que en este momento manipula distraídamente su iPhone—, o madres. —Dice, inclinando un poco la cabeza y tensando una mueca que quiere ser una sonrisa—, deben ser como un buen banco.
Tío Eduardo levanta la vista del iPad que tiene junto a su copa casi vacía y asiente un par de veces, como si estuviera en la terraza de un bar y hubiera visto pasar una bici sin nadie encima. En el extremo contrario de la mesa, mamá abre los ojos y pone su mano en la de Olga.
—Ay, hija, qué cosas dices. —Olga la mira con cada de no saber si lo de mamá es crítica o cumplido, pero mamá la saca de dudas—. Cómo se nota que estás acostumbrada a tratar con gente. Qué digo, con gente. Con personas. A mí nunca se me habría ocurrido una imagen tan… mmm…
poética.
Silvia me suelta una nueva patada por debajo de la mesa que en este caso alcanza su objetivo. Delante de nosotros, Olga sonríe, encantada, y carraspea. Cuando quiere continuar con su cháchara, mamá vuelve a la carga.
—Es verdad, Olga —dice, asintiendo despacio, como midiendo bien sus palabras—. Una buena madre tiene que ser como un buen banco.
—Correcto —dice Olga.
—Sí —insiste mamá—. Un banco como los de antes. —Olga parpadea, de pronto descolocada, y mamá se da cuenta—. Ya sabes, hijita: un banco de esos en los que podías sentarte, con sus cuatro patitas y las tablas de madera verde, así gastaditas para que no te dejaran marca, no como estos potros de tortura que nos han puesto en la plaza. —Inclina la cabeza y sonríe, complacida con lo que acaba de decir—. Fíjate que durante un tiempo, cuando me mudé aquí, creí que eran papeleras, no te digo más. Y
yo que veía sentarse a los abuelos así, como encorvados, unos mirando para allá y los otros de espaldas, y me decía: «Amalia, este barrio no sé yo.
Mucho golden y muchos niños rubios, pero en el fondo, somos todos iguales: a los mayores nos sientan en las papeleras y los chiquillos se fuman las plantas», ¿verdad, Eduardo?
Olga va tensándose por momentos. Desde su conversación telefónica con Ingrid, mamá intenta incluir como sea en la conversación a tío Eduardo,
que sigue concentrado en la pantalla de su iPad, renegando entre dientes, y que participa de lo que hablamos con frases cortas y genéricas.
—¿Eh? —dice ahora, levantando la vista—. Ah, sí. Lo de los bancos es terrible —concede con una sonrisa forzada al tiempo que le da un par de golpes a la carcasa de la tableta. Al ver que Olga le mira con una ceja arqueada, él reconsidera—. Tan… oscuros —añade, moviendo una mano en el aire—. Y tan… inhóspitos.
Mamá se ilumina como una bengala y deja su taza de café en el plato con un tintineo.
—Ni que lo digas, Eduardo —dice. Y luego—: Inhóspitos como…
como la selva, o como el océano, o como… como… los armarios, ¿verdad?
Tío Eduardo vuelve a levantar la mirada.
—¿Los… armarios?
Mamá asiente despacio con expresión compungida.
—Sí. No hay nada más inhóspito que un armario.
Silvia se gira hacia ella.
—Mamá.
—¿Sí?
—¿Se puede saber qué estás diciendo?
Mamá tensa el cuello.
—Ay, hija. Pues eso, lo que todo el mundo sabe: que los armarios son terribles, pero terribles de verdad. No sé dónde leí que hay un estudio de una ONG de esas que tratan los traumas de las guerras o algo que dice que el mucho por ciento de la población del primer mundo tiene pesadillas con armarios. Pero pesadillas terribles: armarios con dientes, con ametralladoras, armarios llenos de suegras, de payasos como el de McDonald’s y de escritores noruegos, y armarios que son como las tiendas de los chinos, pero sin el chico salvadoreño que te acompaña por esos pasillos llenos de plásticos y de cortinas de ducha que…
—Mamá. —Silvia la mira como si no diera crédito—. ¿Te pasa algo?
Mamá, que está lanzada, ni la oye.
—¿O de dónde si no os creéis que viene eso de caerse del armario?
—Es salir, Amalia —la corrige tío Eduardo, dejando boca abajo el iPad sobre la mesa con una mueca de fastidio—. Salir del armario. No caerse.
—¡Eso, sí! —salta mamá, dando una pequeña palmada sobre la mesa que hace tintinear tazas y cubiertos y que Shirley, que está acurrucada sobre sus rodillas, saluda con un respingo y un ladrido—. ¡Salir del armario! —Y
luego, mirando a tío Eduardo—. ¡Hay que salir de los armarios, Edu!
Olga carraspea e intenta un amago de mediación que suena así:
—Amalia, cielo, cuando tengas que guardar la ropa de invierno y sacar la de verano, si quieres vengo a ayudarte. Yo no sabía que te afectara tanto…
Mamá la mira y sonríe, sin verla. Luego vuelve a concentrarse en tío Eduardo, pero como no sabe cómo abordar lo que quiere decir, empieza a mover las manos en el aire, aunque sin pronunciar palabra. Rápidamente cojo la botella de cava vacía que tiene delante y que a punto ha estado de salir volando sobre Olga. Esto, este aleteo silencioso, es algo que mamá suele hacer cuando lleva tiempo dándole vueltas a un problema e intenta abordarlo de la forma más suave posible. Quiere llegar y sabe adónde, pero el camino que ha de llevarla hasta allí no termina de definirse. De repente se atasca, como ahora, y baraja un chorro de formas, principios y fórmulas que, en el noventa y nueve por ciento de los casos, terminan resumidos en la peor opción. A mi lado Silvia me mira y arquea las cejas. Intuye que yo sé, pero mamá no da tregua ni tampoco tiempo para más. Allá va.
—Eduardo, cielo —empieza, llevándose la mano al cuello y masajeándoselo con cuidado—. Es que estaba pensando que… bueno, que, mmm… si te casas con Teresita en Lisboa, pues que a lo mejor es un poco violento para ti, porque claro, los portugueses son así como son, o sea, un poco peludos, y con las cejas juntas porque como les da el aire del Atlántico, si no tuvieran esas trincheras de pelo no podrían ver, y además no sé yo si son muy abiertos, la verdad.
Silencio. Silvia enciende un cigarrillo y Olga alarga la mano sin decir nada, con un gesto mecánico, pidiéndole uno. Mamá ni siquiera las mira.
Sabe dónde quiere llegar. Cierro los ojos e inspiro hondo.
—Digo lo de abiertos porque ahora no sé si en Portugal también se casan los gais, las lesbianas y los transgenéricos, y bueno… yo no quiero que sufras, Eduardo —niega con la cabeza, moviéndose entera y zarandeando a Shirley, que asoma el hocico sobre la mesa y lo apoya en el
mantel—. Y, ya que estamos, también te diré otra cosa que me preocupa. —
Tío Eduardo frunce el ceño. No está entendiendo nada—: El bulto.
Bajo la vista y la clavo en la taza, pero por mucho que intento no reírme, mamá me vence y suelto una carcajada que rápidamente convierto en tos.
—¿El… bulto? —pregunta tío Eduardo, claramente fuera de juego. De pronto algo le cruza la mente, porque se tensa y mira a mamá con cara de preocupación, un gesto que Emma imita desde su sitio—. ¿Qué bulto, Amalia?
—La… cosa —responde mamá, sirviéndose un poco de agua—. La cosa gorda.
Sé que si levanto la vista no podré volver a convertir risa en tos, porque me está costando lo suyo respirar, de modo que opto por seguir mirándome las manos como si de repente hubiera aprendido a leerme la línea de la vida, la de la salud y la del dinero en un tres en uno instantáneo. Silvia fuma a mi lado, sacando humo como una posesa. Cuando la miro de reojo la veo concentrada en mamá, observándola sin pestañear. Un instante después la oigo preguntar:
—Mamá, ¿quieres que te grabe con el móvil y luego, antes de irte a dormir, te escuchas un rato para que entiendas por qué a veces es tan difícil ser tu hija y no puedas dormir en dos semanas?
Mamá la mira y chasquea la lengua, seguramente fastidiada no tanto con el comentario, sino con el momento en que ha llegado.
—Eduardo, cielo —vuelve a la carga—, lo que quiero decir es que, mira… Teresita tiene un bultito en el tanga que no es… normal. Qué digo, normal. No es sano. Pero claro, es de Portugal, y ya se sabe, los portugueses… Dice Ingrid que como cantan tanto en los bares y comen siempre bacalao, que tiene mucho mercurio, pues tienen exceso de testosterona, y resulta que la testosterona les hincha todo por debajo y les deja sin pelo arriba. —Niega despacio con la cabeza y arruga los labios—.
Lo que quiero decir es que… —Duda, de repente insegura—, si vas a casarte con Teresita o como quiera que se llame la criatura, yo creo que debería operarse antes, ¿no te parece? —Tío Eduardo abre aún más los ojos y un poco la boca, pero no dice nada. Silvia suelta un bufido a mi derecha
—. No, no me mires así —dice mamá—. Eso se opera desde hace muchos años y, créeme, es mucho más sano. Coser y cantar, vamos. Y aquí paz y después gloria. Así Teresita aceptará su sexualidad del todo y tú también, cariño. Eso es lo que quería decirte, Edu: que has sido muy valiente enseñándonos a tu novio así, a pecho descubierto, y que te honra, y tu hermana está muy orgullosa de ti. —De repente se le quiebra un poco la voz y traga saliva antes de seguir—. Y también que siento mucho que hayas tenido que vivir escondiéndote todos estos años, fingiendo por miedo y saliendo con todas esas mujeres que… en fin, esas pobres chicas no tenían la culpa de tu… problema.
Por un momento, la escena se difumina ante mis ojos y en un par de destellos aparecen, una por una, las caras de algunas de las novias más insignes de tío Eduardo, que desfilan por mi memoria como por una pasarela de despropósitos: recuerdo a Irina, una chica guapísima, nieta de una condesa rusa —o eso decía ella—, que tío Eduardo había conocido en Buenos Aires y que estaba tan poco acostumbrada a la cocina y a llevar una casa que el primer día que tío Edu y ella se fueron a vivir juntos, Irina le preparó un pollo en salsa Strogonoff y no se le ocurrió otra cosa que meter el pollo en la olla con plumas y todo, poniendo así fin a la aventura rusa de tío Eduardo; recuerdo también a Lorena, una azafata boliviana quince años mayor que él que, según nos contó años después tío Eduardo, no llevaba nunca bragas y hacía pipí de pie, pero lo peor no era que no se sentara para hacerlo, sino que lo hacía en cualquier parte, porque decía que las indígenas de su país lo hacían así y así lo hacía ella también; y recuerdo también a Rose, una alemana de Hamburgo que desayunaba con cerveza y que era catadora de tabaco, con unos dientes amarillos como palas de moler aceite y un pelo rojo que se lavaba día no y semana tampoco y que a mamá le daba pánico. Son solo tres de los múltiples perfiles femeninos que han pasado por la vida de tío Eduardo, pero las demás no han sido tampoco ejemplo de normalidad, la verdad sea dicha, y eso es algo que a mamá la ha tenido siempre en vilo. Por eso entiendo que, en su cabeza, la mala suerte de tío Eduardo con las mujeres tenga una explicación sencilla, cabal y entendible como la que entre Ingrid y ella han pergeñado al teléfono. Tío Eduardo debe de ser gay, ha dicho Ingrid. Y mamá ha visto la luz, claro, como la ve
siempre que la angustia por alguno de nosotros puede con ella y se aferra a lo primero que tiene a mano.
Y cuando se aferra a algo, mamá es como un bull terrier: no suelta lo que tiene en la boca ni para beber agua. Aquí viene de nuevo.
—No —dice, poniendo los ojos en blanco y levantando un poco la mano para hacer callar a tío Eduardo—. No hace falta que digas nada, Edu.
Imagino lo que has sufrido y quiero que sepas que eso se acabó. Es más, creo que deberías traer a Tonino aquí, para que le conozcamos. —Se le ilumina la cara y abre los ojos, radiante—. ¡Claro! ¡Y que se opere aquí! —
Se lleva la mano al pecho y suelta una especie de silbido—. ¡Oh! Podríais casaros por el ritual chamánico. Seguro que Ingrid puede hablar con Osvaldo, o como se llame el chiquito de las espadas que le quita la corriente, para que os case. Ah, sería precioso. Y a lo mejor hasta podría operar a Tonino él. Total, si solo es cortar. ¿No? —dice, volviéndose a mirar a Olga, que está tan absolutamente petrificada que ni siquiera parpadea.
Entre sus dedos, el cigarrillo se consume sin que lo haya tocado, y a su lado Emma va pasando el dedo por la pantalla del iPhone como si pasara las Páginas Amarillas, buscando una dirección de urgencia.
Entonces, en el silencio que sigue, uno de esos intervalos que tanto la molestan y que tanto la animan a su mejor versión tapatensiones, mamá sentencia:
—Es que la homosexualidad es una cosa muy seria —dice. Y luego—: Y muy genital. Ya lo creo que sí.
Olga abre la boca y la cierra enseguida en un gesto que es pura mecánica. Luego se vuelve hacia Emma y le lanza una mirada de alarma:
—Cariño —le dice, cogiéndole la muñeca y mirando la hora en su reloj
—. Creo que se nos está haciendo tarde y que tu madre está cansada.
Además, no me fío del tráfico en noches como esta. Ya sabes cómo va la gente…
Silvia, que ha dejado de reírse, apoya la barbilla en la mano y, todavía con la sonrisa en los labios, dice:
—Mamá, definitivamente vamos a grabarte. Pero no para torturarte antes de que te acuestes, sino para llevarte a Tú sí que vales. —Mamá la mira y frunce el ceño, sin comprender, y Silvia inclina un poco la cabeza
antes de observarla atentamente durante unos segundos y preguntar—:
¿Pero tú has oído lo que has dicho?
Mamá desbarra, está claro, y todos sabemos que es muy capaz de seguir así hasta el final de la noche, liándose ella sola y adentrándose cada vez más en esos pantanos surrealistas de los que al final sale a trancas y barrancas y no siempre bien parada. Viéndola así, así de entrampada, reconozco en ella lo que disimula, porque he oído parte de su conversación con Ingrid y porque la conozco bien. Está jugando a despistar desde hace unos minutos.
Lo que en realidad le preocupa no es ya la boda ni la sexualidad imaginada de tío Eduardo. Ya no le importan Teresinha, ni tampoco el bulto ni sus pelos como alambres, porque en su mente eso es ahora agua pasada. El ordenador personal que tiene insertado en el cerebro ha estampado el sello de «asunto revisado» al tema Eduardo en cuanto ha caído en la cuenta de que se estaba metiendo en la camisa equivocada y, temiendo el silencio y la vergüenza, ha seguido hilando una marcianada tras otra, cosa por otro lado harto frecuente en ella. Y es que cuando el silencio amenaza, mamá ataca con lo primero que le viene a la cabeza, tenga más o menos lógica, como una niña que, tras soltar la primera mentira, se enreda en una espiral de embustes cada vez más flagrantes hasta que algo externo —siempre es algo externo— acude en su ayuda, confiscando la atención que hasta el momento tenía en ella fijo su foco.
Lo que hace mamá en estos últimos minutos es dejar pasar el tiempo, a la espera de que alguien diga algo que le arrebate el protagonismo y le permita preparar en la sombra su siguiente intervención, ese «lo nuestro»
que le he oído mencionar al teléfono mientras la escuchaba desde el pasillo.
Sé, por los años que llevo disfrutándola y sufriéndola, que eso es lo que en parte la tiene tan ansiosa esta noche, y sé también que lo de tío Eduardo ha sido su manera de preparar el terreno para lo que ha de llegar.
Un salvavidas, eso es lo que espera. Y eso es exactamente lo que llega cuando la voz suave de Emma llena el salón con su timbre discreto, cayendo a plomo sobre esta noche como una nueva piedra y meciéndonos a todos con su oleaje.
—Sara decía siempre que no hay nada más inhóspito que no saber —
dice, pasando la mano por la servilleta de papel rojo que sigue intacta en el
plato que tiene a su derecha. Es un gesto distraído, casi automático—.
Aunque yo creo que, sobre todo, lo terrible son las ausencias —añade con una sonrisa triste. Y luego, casi como disculpándose—: Las ausencias son lo más inhóspito de todo.
Mamá me mira y yo le devuelvo la mirada. Esa frase, exactamente esas mismas palabras fueron las que pronunció ella hace ya un tiempo para rescatar a Emma de su pozo de fango y devolverla a la vida tras la muerte de Sara. Esa fue la frase que remató lo que ninguno de nosotros creíamos posible, la que certificó el milagro. Ahora, después de tanto tiempo, al oírla de labios de Emma, es como si de repente volviéramos atrás y reviviéramos lo que ocurrió ese día, lo que mamá y yo descubrimos justo un año después de la muerte de Sara y lo que llegó luego, apenas unos días más tarde.
En el silencio que ahora nos mece, miro a Emma y mi mirada abarca también el cubierto vacío que tiene a su lado, con sus dos platos, sus copas, la servilleta y la silla en su sitio. Sé que si nos vieran desde fuera pensarían que esperamos a alguien que no ha venido, y sé también que esa es la lectura que yo haría si no supiera lo que sé. Pero no estoy fuera, sino dentro.
No soy papá, ni Andrés, ni tampoco Sara, sino parte de los que todavía quedamos, de esta familia que, gracias a mamá, ha aprendido a venerar sus ausencias y a hacerles un sitio en lo real. Eso es algo que todos le reconocemos y le agradecemos. Sobre todo Emma.
Aunque antes no era así. Las cosas no eran así.
Pero la casualidad o las cartas marcadas del destino quisieron que empezaran a cambiar el día que mamá y yo descubrimos el secreto de Emma y mamá decidió actuar sola, saltar a la arena y jugársela al todo o nada.
Después de eso, ninguna de las dos volvería a ser la misma.
OceanofPDF.com