Van Morrison

Brian Hinton · Capítulo 11 de 17 · parte 1/3

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Van Morrison

nueve. Años de fama

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

nueve:

Años de fama

 

Morrison durante un concierto en la iglesia St. Mary, en Stogumber (Somerset, Inglaterra), en enero de 1990.

 

En las siguientes actuaciones de Van actuó habitualmente Georgie Fame, un viejo amigo de los años sesenta. Desde que los Blue Flames se habían extinguido, Fame había hecho giras con Alan Price, protagonizado su propia serie en la BBC 2, y grabado un álbum de canciones de Hoagy Carmichael con la cantante de jazz Annie Ross. Él iba a encontrar en Van un líder generoso, que nunca dejaba de presentar a los miembros del grupo, y que dirigía la respuesta del público hacia ellos. Durante la actuación en el festival de Glastonbury de 1989, Fame hizo de cantante solista en un breve pase con el grupo de Van, y recibió grandes ovaciones con viejos caballos de batalla como «Yeah Yeah» y «Get Away», éxitos de hacía veinte años, cuando la mayor parte del público apenas había nacido. A cambio, Van iba a encontrar en Georgie una presencia constante y alentadora, un organista maravilloso y un corista que también podía dirigir el grupo mientras Van se concentraba en sus propias partes cantadas. Un par de manos seguras, al igual que Simón Nicol lo había sido en los treinta años de las diversas formaciones de Fairport.

Como señalaría otro miembro del grupo: «Georgie es muy abierto y seguramente le quita la presión a Van por lo que se refiere al escenario. El grupo improvisa el sesenta por ciento del tiempo, y raramente seguimos una lista de temas. Van va por otro lado de la música».

Fame hacía que se notara su presencia en Avalon Sunset, y formó parte del grupo que preestreno el álbum en una actuación privada en el club Ronnie Scott’s el 24 de mayo de 1989. Se pudieron ver imágenes de cinco canciones antiguas en One Irish Rover, casi dos años más tarde. Pee Wee Ellis y Haji Ahkbar dejaron su puesto: los músicos que les sustituyeron todavía estaban a bordo en la actuación del Beacon Theatre de noviembre, también editada en vídeo. El batería Dave Early, la sección de metal con Richie Buckley y Steve Gregory y el pianista Neil Drinkwater ya eran viejos conocidos por entonces. Los nuevos en el mundo de Morrison eran Fame, Brian Odgers al bajo y Brian Holland a la guitarra, que había estado cerca desde Bluesology, y se especializó en apuntalar a grupos flojos: Jody Grind, Back Door…

En aquella época, Morrison tenía contrato con Polydor, para Gran Bretaña, y con Mercury, para Estados Unidos. Avalon Sunset se editó en junio de 1989, e irrumpió entre los veinte primeros lugares —«el número trece»— de las listas británicas, mientras que en Estados Unidos alcanzaba un decepcionante número noventa y uno. La portada tiene un toque de New Age. Después de dos apariciones en plan del Sr. Gruñón, el rostro de Van desaparece de nuevo del mapa, y en su lugar hay la imagen mucho más relajante de un cisne que se desliza sobre el agua, enrojecida por la puesta de sol. En la contraportada, en el río, bordeado de juncos, no hay nada. Entre las dos palabras del título hay una insignia mística de color violeta, que engloba las iniciales de Van, entrelazadas una con otra como una pareja que hace el amor. Ivan Morrison ejerce de productor.

El álbum se grabó en Londres y Bath, no lejos de Avalon, el reino mítico de Arturo, ahora perdido entre los llanos de Somerset. Sunset [puesta de sol] sugiere una oscuridad venidera, del mismo modo que la última pieza del álbum no sugiere demasiado verano al final. Por todo el celo de nuevo cristiano de Van, el álbum presenta una visión de las glorias que se van. En el futuro habrá temas desperdigados que perseguirán una búsqueda mítica —«Avalon Of The Heart», del próximo álbum, por ejemplo— aunque nunca volverá a haber la invención concentrada de la gran serie de álbumes a que Avalon Sunset sirve de coda. Luego, uno tendrá que buscar glorias aisladas.

Van se restringe a la guitarra. Fiachra Trench se responsabiliza de nuevo de los arreglos de cuerda y metal, que dominan el álbum. Katie Kissoon vuelve a los coros. El gran trompetista de jazz Henry Lowther se une a la refriega en un tema, encabezando una sección de metal con Cliff Hardie al trombón, Stan Sultzman al saxo alto, y Alan Barnes al barítono. Entre todos han realizado uno de esos raros álbumes que está redondeado a la perfección, que suma más de lo que dan las partes.

El debate principal del momento se centraba en el peregrinaje espiritual de Van, y sobre qué credo o secta se identificaba él por entonces. Cuando en Loughborough se le preguntó si era católico practicante, él contestó: «No, lo más cerca que estuve fue de la Iglesia de Irlanda. Aunque en este momento no sigo ninguna senda. Intento encontrar un camino». Sin embargo, según Derek Bell, «después de que colaboró con Cliff Richard, él volvió de nuevo al cristianismo Hallelujah». Esto no interesó demasiado a Bell, pero «Van quería seguir cambiando sus conceptos. Él siempre decía: “Necesito ir en una nueva dirección”. Ya no compartimos un interés a ese nivel, aunque aún tenemos una gran relación».

Herbie Armstrong, otro músico que también era amigo personal de Van, se había integrado en la iglesia pentecostal de Notting Hill Gate, nada menos. Como declaró él al fanzine de Van Morrison de la época: «Yo ahora toco música por puro amor y amor cotidiano, y es a través de Jesucristo. Él me devolvió algo en mi interior y yo rezo para que un día Van encuentre al Señor, porque Van se está informando y además él conoció al Señor mucho antes de que yo lo hiciera». Casi como Bob Dylan, que cantaba canciones llenas de imaginería bíblica y con una moralidad en blanco y negro, mucho antes de convertirse. El de Van es un cristianismo menos justiciero que el de Dylan, más ágil en la alabanza y más remiso a la hora de señalar con el dedo del desprecio. Si uno piensa en cómo Cat Stevens resurgió como algo parecido a un ayatolá inglés, entonces el nuevo cristianismo de Van es la moderación personificada. Como declaró Van a Gavin Martin: «Estoy en ello por completo, ortodoxo o no. Tan sólo ando a tientas en la oscuridad a la busca de un poco más de luz».

«Whenever God Shines His Light» es, desde luego, muy abierta por lo que se refiere a su mensaje cristiano, citando a Jesús para empezar, y luego con el acompañamiento del feliz y palmeante Cliff Richard. En realidad, Cliff está terriblemente subestimado por los críticos finos, y es un gran cantante dentro de los límites elegidos por él mismo, y su dúo con Van es auténticamente emocionante, casi como una mezcla de dulzura y amargura. Las palabras son más oscuras de lo que sugiere el alegre acompañamiento: Van canta sobre la confusión, la desesperación y la soledad. Ahora es Dios el que efectúa la curación.

«Contacting My Angel» no es tan correcta bíblicamente, porque este ángel es una mujer, y mucho más viva. Van recibe mensajes de ella sin tener que recurrir a la telefonía —quizá utilizan el rayo celta— pero la música gira y el bajo explota, y él suena transformado, así que los resultados son bastante auténticos. Todos los temas habituales están aquí: el agua, curativa, de un riachuelo montañoso, y el poder transformador del amor. Luego, en un giro extraño, Van se encuentra con una presencia angélica auténtica, «la juventud de los veranos eternos».

En «I’d Love To Write Another Song», una orquesta de jazz con todas las de la ley de vuelta al regreso a lo básico de Van, su necesidad de componer una canción de amor para «hacer algo de dinero, y pagar las facturas». De nuevo hay una cara más oscura en todo esto, como si esos bloqueos compositivos hicieran que la vida no valga la pena de vivirla, y que tan sólo fuera gracias a su arte —y no a la vida— que él pudiera «sentir las cosas nuevas y brillantes». Aunque hay un buen chiste; él se ofrece a «rhyme» («rimar»), aunque al emparejarlo con «mind» («cabeza»), no llega a conseguirlo.

La respuesta es una de las mejores canciones de amor del siglo, y recuerdo que me dejó abrumado la primera vez que la escuché, porque me parecía algo que no se había dicho antes. Y, a la vez, es una canción que yo sentía como si conociera de siempre. Espero que sirviera a Van para pagar las facturas durante unos cuantos meses. El arreglo de Fiachra Trench es exuberante, pero no pegajoso. El piano acústico y la guitarra tocan sobre una gran cuerda, aunque el leve gruñido de Van evita todo empalago. El amor terrenal se transmuta en el divino, justo al igual que en el Dante, «hay un amor que es divino, que es tuyo y es mío». El sol de la mañana se pone al final de la canción, y sugiere que el amor hace sombra a la muerte, aunque sutilmente.

El sol de otoño ilumina «Coney Island», que se inicia con un amanecer, el de la creación quizá. Un día perfecto, igual al que antaño cantó Lou Reed, y Van coloca el paraíso firmemente en el Ulster, como si el conflicto hubiera desaparecido: «No sería bonito si todo pudiera ser siempre así». Al recitar este soliloquio, Van parece estar en la habitación, a ratos prosaico, en éxtasis, cariñoso y melancólico. Con esta actuación demuestra que hubiera sido un actor soberbio, y desde luego da un impulso a la Organización del Turismo de Irlanda del Norte.

En 1996, el programa Going Places de Radio 4 intentó localizar ese día, como si Van estuviera recitando de su diario, más que imaginando la perfección. La carretera serpentea desde la costa de County Down hacia Belfast, y quedó claro que Morrison no sería nunca un buen guía turístico. Hay un Coney Island más famoso, justo al sur de Brooklyn. Durante el programa, un orgulloso habitante del Ulster reivindicó que ese tomó el nombre del conocido lugar de County Down.

Un anuncio de Bass robó la idea, aunque omitió la poesía:

Baje a la costa cerca del puerto

y tome pescado fresco de la barca para comer. Maravilloso, el sol que se refleja en el agua.

Pero lo mejor del día es luego en el bar,

qué bien calentarse junto al fuego y de nuevo conversar. Ojalá todos los días fueran como éste.

 

La voz de Van y la orquesta acaban al unísono, en un momento cautivador, luego la cuerda sigue, al parecer con la misma pieza, aunque estamos ya en «I’m Tired Joey Boy». De nuevo la noche, la oscuridad justo antes del amanecer, que siempre es la peor. Van vuelve a estar deprimido, y hace un comentario extrañamente manifiesto sobre el conflicto irlandés: «No tengo tiempo para cismas». Escrita para un amigo del colegio, que se hizo granjero, Van parece lamentar sus ambiciones del pasado, que le distanciaron para siempre de una vida tan sencilla. Seguramente Joey también sufre de insomnio, al desear ser como Van. Como Dylan en «Watching The River Flow», Morrison se sienta cerca de una corriente de agua y medita. Literalmente elevado, como en la primera canción, Van encuentra la paz en las alturas montañosas —como siempre— y no tanto en Dios, sino en el silencio. Que es lo mismo, en realidad.

«When Will I Ever Live To Live In God» trata simplemente de ese sentido de duda, después de la certidumbre de «Whenever God Shines His Light On Me». Por otra parte, son precisamente esas dudas las que nos hacen seguir a la escucha: si Van creyera completamente en uno de sus senderos religiosos nosotros empezaríamos a perder interés, al igual que para Richard Thompson parece haberse terminado el componer —salvo en fogonazos esporádicos— después de su inmersión en el Islam.

Un pasaje de cuerda con el arpa, un piano melancólico y Van infinitamente triste. El sol se pone en Avalon, o al menos en los muelles de Bristol, y Morrison balbucea sobre ángeles y William Blake, incoherentemente. La segunda estrofa es más clara. Su nueva amante le presenta las glorias de la arquitectura cristiana, cosa que no conmueve a su alma. Un órgano celestial de Fame, y Van se da cuenta de que tienes que hacer las cosas por tu cuenta. Estamos de nuevo en la última canción, una montaña y un pastor, la gloria verde de Irlanda. Gracias a tales paisajes juveniles, Van aprende efectivamente a vivir en Dios. El evoca incluso «un sentido de maravilla» para recordarnos éxtasis pasados. El estribillo final es más una respuesta que una pregunta.

En «Orangefield» regresamos al territorio de Astral Weeks, tanto en términos históricos como psíquicos. Es un día brillante de otoño. Van está de vuelta al colegio, y se enamora por primera vez y para siempre. Ella es la niña de sus ojos —a la vez fértil (como el nombre de la escuela) y la Eva que le tienta a pecar— y su belleza llega a ser como el sol, o Dios. «Iluminó nuestras vidas.» No es un puro capricho el comparar esta visión con la de Beatriz en la Divina Comedia. Todo es a la vez real y simbólico. Ella incluso permanece al lado del agua que fluye, «en la orilla».

«Daring Night» quizá invoque al señor de la danza, como en el himno de Sydney Cárter, pero trata de un sexo rico y ardiente, aunque el órgano de iglesia y el ritmo amable puedan sugerir otra cosa. «Los cuerpos se mueven y sudamos y existimos.» De nuevo es de noche, aunque brillante de estrellas y la luna. El amor también aporta su luz propia, y los amantes parecen estar arriba con los cuerpos celestes (incluido el juego de palabras), «en el firmamento en que nos movemos». Una canción difícilmente cristiana, con la Gran Diosa de la Sabiduría Eterna por encima de la acción, aunque elevada en todos los sentidos.

«These Are The Days» finaliza el álbum en un «verano infinito». El amor humano se vuelve divino, como en «Have I Told You Lately», que se transmuta de su novia al mago que convierte el agua en vino. La amante de Van es como una versión crecida de la chica de «Orangefield». Apropiadamente, los amantes caminan de nuevo cerca de un río centelleante, y los amargos lamentos de «I’m Tired Joey Boy» se han desvanecido con la luz. El paraíso tan brevemente vislumbrado en «Coney Island» está aquí ahora y para siempre, ni en el pasado, ni en el futuro. Si esto no es una visión del paraíso, entonces no sé lo que es.

Los críticos de la época se quedaron perplejos. En Q, Mark Cooper era, como siempre, el más clarividente, al oír un «guisado de rhythm and blues cálidamente relajante» y la música «a veces como en trance en su capacidad de intensificar un ambiente de calma religiosa». En Sounds, David Cavanagh encontró que «si Morrison tiene que conseguir la paz de la mente —como todos los actores y artistas aplastados de la historia— él se arriesga también a perder el tormento anterior de su musa».

Hablando con el colega músico Sean O’Hagan en el NME, Van coincide con Jung: «Esta es la explicación más cercana que puedo encontrar para mi obra. El escribir canciones viene del inconsciente colectivo o del mío propio o de ambos.» La música de Van es una búsqueda de momentos trascendentes, aunque en el escenario raramente puede alcanzarlos. «Es donde apagas el mecanismo, apagas aquello que se llama la voz constante». Él también se liga a la tradición literaria. «Los escritores irlandeses, y yo me incluyo entre ellos, escriben básicamente sobre las mismas cosas, la energía y de cuando las cosas van mejor. O esto, o la tristeza. Y ya está.»

O’Hagan señala que, en escena, Van era «un hombre que había ido más allá del lenguaje, que las palabras le fallaban en un sentido positivo». Predice acertadamente que Van mira en dirección a otro escritor irlandés, Samuel Beckett, el «poeta del silencio». Van asiente: «El lenguaje es una manera de ir hacia atrás, supongo. Dice: “No puedo avanzar, pero avanzaré”. Solo se trata de eso. “Falla mejor” —dice—, “falla mejor»”.

El 18 de junio, cerca del solsticio de verano, Van tocó en Nimega con Fame y los muchachos. Según un artículo de fanzine, él soltó directamente una saltarina «Did Ye Get Healed?» que convirtió una actuación aburrida en «casi una luminosidad religiosa». Durante «Cleaning Windows» Van demostró que sabía hacer correctamente el gesto de limpiar el cristal con una gamuza: «Arriba, a la izquierda, a la derecha, abajo, a la derecha, arriba, al centro, y todo hasta abajo». Él incluso dijo al sin duda confuso público holandés cómo trepar por la escalera sin que se derramara el cubo.

Durante una «Northern Muse» cantada como un himno, Van facilitó otro tipo de manual de instrucciones, en este caso para la vida: «Cuando se abre el corazón, tú debes cambiar. Lentamente como se abren las flores. Da, da, da más, da mejor. Cuando estás completamente vacío y agotado, y no puedes seguir, tienes que dar, dar otra vez, dar más, dar mejor. Cuando estás bajo, deprimido, desanimado, cabreado, jodido, tienes que dar, dar más, dar otra vez, dar mejor. Cuando se abre el corazón».

En escena, Van dio las gracias a Georgie Fame, los Blue Flames y la Van Morrison Band —que se mezclaron entre sí— tres en uno, como la Santísima Trinidad. En una entrevista posterior, él declaró a O’Hagan que había empezado a perder interés en la vida en la carretera: «Yo empecé a hacer giras de muy joven. Me pasé años viviendo con una maleta en la mano desde los quince años hasta los veintidós. Durante años viví en hoteles. Y ya se me acabaron las ganas. No quiero pasar mi vida de gira, porque ya lo hice al principio. Ahora es un día y basta. Algunos días va bien, y otros no. Así es la vida, me la tomo tal como viene.» Por otra parte, como confesó a Paul Jones en Radio Two, desde que tenía con él a Georgie Fame «es una cosa nueva por completo. Antes de esto, durante seis o siete años, el actuar me aburría de verdad». El saxofonista de Dublín Richie Buckley notó este nuevo entusiasmo después de algunos conciertos con éxito en el Dublin Stadium, en 1989.

De vuelta a Nimega, Van leyó una versión improvisada de la oración de Señor, a la mitad de «Summertime In England»: «Imagínate en medio de un campo, en Somerset. Imagínate en medio de un campo sobre las cuatro y media. Es junio, el solsticio de verano, y puedes oír una banda de metal a través del campo. Tocar».

Van hizo lo mismo, esa misma semana, cuando encabezó el cartel de festival de Glastonbury de 1989. Colegas músicos declararon al NME lo mucho que había afectado su propia obra la música de Van. Bono envidiaba a Cliff Richard por cantar con él. Él produce «música que llega hondo». Para los Proclaimers «él es un hombre del Ulster que canta música soul sin insultar ni imitar a los negros».

David McComb estalló en llanto durante «Raglan Road» en el Albert Hall y siguió llorando todo el concierto. Astral Weeks «desintegraba tu cuerpo, alma y vida enteros». Van es un buen analgésico. La canción favorita de Boy George es «Moondance», y envidia a Van su chaqueta de cuero Johnson, eso y su gran aparato reproductor (parafraseando). Mike Scott ve «Summertime In England» como «sencillamente la música más alta que he escuchado jamás». Para Shane McGowan, «él es brillante e inspirador, un cantante de soul irlandés de nacimiento, que siempre va hacia arriba». Su canción preferida es «My Lonely Sad Eyes», y su álbum Astral Weeks, «porque en él no hay chorradas».

Gavin Friday recuerda un concierto gratuito del Millennium, al aire libre, con Van y los Chieftains, «tan apretado como el nudo de las zapatillas de una monja». AJ jazzman Andy Sheppard le gusta la voz de Van porque suena como un saxo tenor, y para Joby de Energy Orchard, él es un «hechicero». Edwyn Collins tiene una palabra escocesa para él, «carnaptious», un hombre poco dispuesto a comprometerse o a cooperar.

Danny Kenny, del NME, señaló que en la siguiente actuación de los Bhundu Boys el día quedó dominado por la amplia sombra de Van Morrison. «No es por nada que él tenga la reputación (y algo de la apariencia) de un cerdo extremadamente malhumorado, aunque su presencia en el lugar motivó un aumento instantáneo del nivel de electricidad en el aire, un latido tangible de expectación». Sounds le vio cómo se llevaba al grupo a alturas de belleza improvisada: «En un punto, él entabló una tanda fenomenal de canto de llamada y respuesta con el saxo; en otro él flotaba completamente liberado de la canción con un estallido de scat inspirado que se resistía al análisis en frío. Era éxtasis para los oídos».

El programa de actuaciones de Van era castigador. En el Montreux Jazz Festival del 17 de julio, él tocó con Georgie Fame y The Dallas Jazz Orchestra, y en el pase incluyó «Listen To The Lion» y «Here Comes The Night». Dos días después, él interpretó dos canciones en la Prince’s Trust 1989 Rock Gala, en el NEC de Birmingham. También figuraban Phil Collins, Level 42 y Jeff Beck. Aún más importante, el director musical fue George Martin, que dirigió la City of Birmingham Shympony Orchestra, y se unieron a Van en una terrorífica versión para la gran pantalla de «Orangefield». En el Eco Rock Festival for a Greener Future, que se celebró una semana después en St. Andrews, Van fue filmado interpretando tres canciones: «A Sense Of Wonder», «Marie’s Wedding» y «Cleaning Windows».

«Have I Told You Lately» fue un éxito menor para el propio Van en julio de 1989, cuando alcanzó el número setenta y cuatro. La versión de 1993 de Rod Stewart se convirtió en millonaria en ventas. A la generación de «escucha fácil» se le ofreció un arreglo instrumental de Richard Clayderman con The James Last Orchestra. Una canción más antigua del mismo título se asoció principalmente con Tony Bennett, y fue un éxito estadounidense para Ricky Nelson.

En agosto, Van se tomó un descanso en medio de la actividad para encontrarse con su héroe de siempre Spike Milligan, gracias a los buenos oficios de la revista Q. Van recuerda los domingos por la mañana de la infancia: «Los Goons, luego Round The Home, Jimmy Clitheroe, parecían vivir todos en un domingo. Los Goons eran popularísimos en Irlanda: los chavales de mi edad hablaban de ellos todo el rato». En la actuación de esa noche, él invoca el nombre de Spike, durante un extraño, y aún no grabado boogie llamado «Max Wall». A la pregunta de si es católico o protestante, Van al principio elude la respuesta: «En realidad no soy nada», para luego admitir que «teóricamente es de la Iglesia de Irlanda». «Un Proddy», replica Milligan.

Spike apenas deja meter baza a Van, aunque logra introducir algunas opiniones contundentes: «En el fondo, tú eres una persona muy seria. Tú eres diferente, Van, tú eres un tío muy extraño». El piensa también que, con todo, Van es demasiado modesto, aunque «tú tienes un carisma muy extraño. No me siento muy cómodo ante ti. Una sensación de amenaza. Hay una sensación de abandono en tu manera de cantar. Yo creo, que él no lo piensa, lo hace y punto». Milligan lo compara con la época en que él mismo fue músico de jazz: «Cuando tocaba aquella trompeta no podía pensar en los precios, o en el alquiler. Era una liberación, una autoterapia. Y tú puedes inducir esa terapia en los demás».

Van admite que él utiliza el blues como una obra de teatro: «Eso es lo que aprendí de ti. Yo creo que tú haces las cosas más reales de lo que son, para llegar al público. Es la fantasía, la ilusión». Es interesante ver, como con la guardia bajada ante un colega intérprete, las entrevistas de Van de repente adquieren un sentido tan intenso. A finales de agosto, él tocó de nuevo en la Belfast Opera House, una noche con un par de Raybans, que después algún chistoso diría que le hacían que se pareciera a Roy Orbison.

A David Cavanagh, de Sounds, el grupo dirigido por Georgie Fame le recuerda «un combo de jazz con otro nombre», y se toma tiempo para precisarlo. Sin embargo, «Raglan Road» es «ronca y duele», y «Gloria» la mejor lección de deletreo que haya tenido jamás. En «Summertime In England» el duelo vocal con Richie Buckley dura un minuto entero con la frase «Mr. Lawrence». Las luces suben en el momento en que se muere el último acorde de una cargada «She Moves Through The Fair». «Pienso que ellos no han experimentado nada ni musical, ni físico, ni espiritual que pueda seguirlo.»

Polydor había conseguido la ganga de los derechos de doce de sus álbumes anteriores, y apresuradamente editó siete de ellos en septiembre. Robert Sandall en Q hallaba «algunos de los pasos más inspirados, de los menos convincentes y de los menos conocidos de una carrera inexorablemente a fuego lento». En noviembre, Van apareció con Jerry Lee Lewis en el Hammersmith Odeon, e interpretó dos canciones «Goodnight Irene» y «What’d I Say». En la primera, Lewis parecía a medio disecar, con un acompañamiento rígido e intercambiando frases con Van, cada vez con menos pelo, pero que volvió loco al viejo rockanrolero. Los dedos rechonchos de Lewis podían sacar todavía la magia de su piano de cola.

Ese mismo mes, John Lee Hooker subió junto a Van al escenario del Beacon Theatre de Nueva York, para tocar «Boom Boom» e «It Serves Me Right To Suffer». La importancia de la actuación la dio el título de la posterior edición en vídeo: «The Concert». ¡Como si no hubiera habido otros! La presentación es casi idéntica a la del CD The Best Of que se anuncia en la contraportada. Instantáneas de la ciudad alternadas con montañas irlandesas, y un cisne que descansa: Van canta de pie sobre una alfombra roja, apretadamente embutido en un traje azul, y usando el método Bobby Charlton para esconder la calvicie inminente. Que como saben todos los que lo han probado, ¡no sirve!

Hay cuatro canciones de Irish Heartbeat —con un swing jazzístico añadido— y cuatro más del nuevo álbum. «Moondance» se prolonga en «Fever» y Mose Allison se presenta para una canción, su composición «Thank God For Self Love», soltada entre él, Fame y Van. El grupo se queda reducido a los dos teclistas, de los que Fame tiene un aspecto envidiablemente delgado y sereno, Neil Drinkwater, juvenil y formal, Buckley —con bombín— y Gregory al metal, Early a la batería, Odgers, con gorro psicodélico, al bajo y Bernie Holland a la guitarra. Van inicia un rap improvisado sobre caminar por los campos verdes. «Summertime In England» empieza a un ritmo restallante, un cruce entre una giga irlandesa y Frank Zappa.

Luego las cosas se vuelven realmente extrañas. «Profesor Heaney. He leído su libro. Preoccupations. Tom Paulin, te añoramos.» Paulin es un irlandés profesional nacido y criado en parte en Yorkshire, que escribió algunos primeros poemas maravillosos, luego cayó en unos versos malos incomprensibles —con un argot de Belfast excesivo— y terminó como un mezquino crítico cultural en la BBC2. Entonces Georgie toca algunos acordes formales de órgano, y Van grita «Iglesia mística» y presenta al reverendo Fame. De repente, Morrison inicia un «largo, largo» (muy repetido) viaje al paraíso (también muy repetido), con Buckley que se hace eco de cada sílaba. «Un sentimiento chillón», grita Van, y Buckley se cambia al saxo, y extrae toda clase de sonidos maravillosos y raros. Luego regresamos al dúo vocal, con «way back» y «previous» una y otra vez, con Georgie Fame que estalla en risas. En ese momento entra Bemie Holland, e imita los riffs vocales de Morrison con la guitarra. Van y Buckley intercambian «Mr. Lawrence» de acá para allá, Van presenta al grupo y abandona el escenario, en el que sólo quedan Holland que baila a lo largo de él, y Fame que repite «Mr. Morrison» sin fin, y luego «Mr. Hi-Fidelity». Van regresa, en medio de una gran ovación.

«Caravan», la siguiente canción, es más extraordinaria si cabe, con Van que se lanza a una explosión de improvisación vocal sobre «the radio station plays», cuando el grupo toca por turnos algo de música clásica, una mala imitación de Weather Report, y soul. Van grita «rain check», y luego saca un trocito breve de «In The Midnight Hour». La banda grita, como al unísono, «es Ivan», y él se mete sin un segundo de pausa en una «Moondance» supercargada. Drinkwater cita «Greensleeves», y Bernie Holland hace bailar a las cuerdas de la guitarra en un solo breve y rápido como un streaker. La flauta y el acordeón introducen «Star Of The County Down», con señas manuales de Fame, que gira dando vueltas en su taburete. «In The Garden» se inicia con un estribillo de otro himno irlandés, «Danny Boy» y Van repite siete veces «born again» y «you fell» al menos doce, para subrayar el mensaje cristiano. Él da las gracias al grupo —definitivamente llamado The Blue Flames— y ellos responden con lo que parece un repiqueteo de campanas. «Have I Told You Lately» se canta como un himno formal y profano. Van observa el solo de piano de Drinkwater, comenta quedamente «¿a que es perfecto?» —lo es— y ruge como un león.

«Gloria» se retoma como una celebración: Van introduce un trocito de «Smokestack Lightning», aullando como un hombre lobo, y dedica la siguiente parte del concierto a John Lee Hooker, que «no es más que un extraño en este mundo, no lo dejéis en la puerta de vuestra casa», y ahí entra él, con traje, corbata, gafas de sol, sombrero, y una estrella de Texas en la solapa. Hooker posee el don de una intensa inmovilidad en escena, y sin sonreír. Van le mira como un hijo orgulloso, y posteriormente le copiará el vestido y el porte. Ellos hacen dúos como un par de sacerdotes vudú, y la canción evoluciona a «T. B. Sheets». Es tiempo del paso del ganso. «Me merezco sufrir, me merezco estar solo. Viviendo del recuerdo de los días pasados.»

«John Lee, el rey del blues», exclama Van. Hooker se lanza a «Boom Boom», que cierra todos los círculos, un clásico del boom del rhythm and blues, vaya si hasta le dio el nombre. Van y John traban las guitarras, como dos toros que aran. Van exhibe una sonrisa infantil, impresionado de repente. Después él inicia la ovación y Hooker incluso se quita las gafas de sol, un rey entre sus súbditos. El concierto finaliza con un saxo encantado, doblado con flauta, un sonido espeluznante por supuesto, y ya estamos en «She Moved Through The Fair». Los créditos pasan sobre Van, con los ojos cerrados, cantando con el resultado de la pasión. Los dos guitarristas patrullan por el escenario, como centinelas. Van repite «be long» una y otra vez, y luego se lanza a un quejido sin palabras, con gemido de saxo y Georgie Fame hasta aúlla. Una batería escandalosa y luego el silencio. El público chilla y aúlla, y se desvanece hasta el silencio.

Queda un misterio: ¿Qué hizo realmente la mujer acreditada como «pelo y maquillaje»? En una crítica de la época, Geoff Wall describe el vídeo, que aún debe estar disponible, como «éxtasis para los oídos», y también es un tónico para los ojos. Una sorpresa y una delicia.

El 1 de diciembre de 1989, Morrison acudió de invitado junto a Georgie Fame a Late Night With David Letterman de la NBC TV La aparición de diez minutos de Van era la primera que hacía en la televisión estadounidense desde 1978. Él también estaba a punto de salir en las pantallas británicas de televisión con un sencillo de éxito. Dos años antes, Van había empezado dedicando «Gloria» en el escenario a Cliff Richard, cuyo «Mistletoe And Wine» se convirtió en el sencillo británico más vendido de 1988. Su dúo en «Whenever God Shines His Light» se publicó como sencillo de Navidad, y ellos hicieron una aparición promocional en el espacio de entrevistas de Terry Wogan en la BBC1. Van parecía pequeño y rechoncho al lado del siempre joven Cliff, que giraba alrededor del escenario como un colegial. Cuando su sencillo entró entre los veinte primeros se les invitó a Top Of The Pops, la primera aparición de Van en el programa desde «Here Comes The Night». Él tenía un aspecto más elegante y más animado, ya que cantaron en directo sobre una cinta con el acompañamiento.

Van apareció también en Slim Gaillard’s Civilisation, una serie de la BBC2. Ellos improvisaron juntos en «Arabian Boogie» y Van leyó fragmentos de En el camino de Jack Kerouac, su biblia, con acompañamiento al piano de Gaillard. El humorista Lenny Henry, que empezó su vida profesional como mimo en el execrable Black And White Minstrel Show, contó una anécdota sobre Morrison en el Late Late Show. A finales de 1989, Henry actuaba en un club de Nueva York. Durante su número, Van le gritó: «Haz de Norman Wisdom». Wisdom era un cómico descoyuntado, popular a principios de los sesenta por su patetismo y su apariencia estúpida. Un Jerry Lewis inglés, que había actuado con los amigos de Van, los Pretty Things, en la película Goose For The Gander: ellos aparecen en una mazmorra psicodélica, despeinados y rabiosos, con un parpadeo predominante en la imagen. Finalmente, Lenny accedió, ante la confusión del público estadounidense. Morrison se rió histéricamente, y se mantuvo silencioso durante el resto de la actuación.

Lo que sigue está cerca de un milagro moderno, allá por Avalon, un relato extraordinario que John Collis investigó el primero. Andy Lock era un maestro local, que se casó en la iglesia parroquial de Stogumber. Él escribió a la compañía discográfica de Van para solicitar permiso para utilizar su música durante la ceremonia. La novia entró a los compases de «Connswater». Cuando se celebraba el banquete se recibió una llamada que decía que el mismo Van estaba a punto de llegar. Su novia de entonces, Cathy McGhee, le había convencido de que asistiera. Los de la boda pensaron que era un timo, pero lo cierto es que Van se presentó «muy tímido y nervioso», y se quedó con ellos durante una hora o así, y regresó unas semanas más tarde, un sábado por la noche, para conversar. Envalentonado, Lock le pidió que hiciera un concierto en la iglesia, por los gastos, y él dijo que sí.

El 17 de enero de 1990, Van y su grupo —ahora con Haji Ahkbar a la trompeta— ofrecieron uno de sus conciertos más memorables. Las entradas, a un precio de diez libras y limitadas sólo a trescientas, se agotaron por el boca oreja. En el intermedio, Van «se acercó al público y habló con ellos. Así de bien se encontraba allí. Después él dijo que era el mejor concierto que había hecho. Podías oír literalmente caer un alfiler». Todo ello fue a pesar de un altercado con un equipo local de televisión. Los beneficios sirvieron para la restauración de un retablo medieval. Como declaró Lock a John Collis: «Yo miraba en el libro de visitas de la iglesia, y encontré una nota del día de Año Nuevo de 1990, “Van Morrison, de Belfast y Londres, de camino a la actuación”, así que él volvió por su propia cuenta, dio un vistazo a la iglesia, no dijo nada a nadie, y se fue de nuevo». Él vio a Van «en un plano más alto que el cristianismo básico. No pienso ni que sea especialmente religioso. En Stogumber Van intentó desplegar una sensación de meditación, de relajación, en todo el público».

Tal cosa se confirma en el CD pirata The Church Of Our Lady St. Mary que, a pesar de las críticas del fanáticamente puntilloso Clinton Heylin en su libro The Great White Wonders, se puede escuchar perfectamente. Toda distorsión del sonido proviene del lugar de la grabación, que añade una distancia evocadora a la música. Como comenta Van, es la primera vez que toca en una iglesia. En la primera canción, «Did Ye Get Healed?» la sección de metal oscila en el aire, como trompetas celestiales ligeramente estruendosas. Aunque no está acreditado en el pirata, no hay duda que Georgie Fame está al órgano (eléctrico) y a los coros.

Van ha conseguido su deseo profundo, llevar su música sagrada a un marco consagrado, y elige cuidadosamente su repertorio. Las siguientes son «Whenever God Shines His Light», convenientemente humilde, y «It’s All In The Game», con órgano de iglesia. «Orangefield» es pedestre, pero «When Will I Ever Learn» recoge las vibraciones antiguas, con un solo de órgano como un repiqueteo de campanas. Van testimonia al Señor en «Full Force Gale», y escarba profundamente en su alma en «Vanlose Stairway», de nuevo con un órgano maravilloso, sacado de Percy Sledge. Esto es música gospel inglesa, sin problemas. Cuanto más lenta es la canción, mejor resulta en este contexto, y Van nunca ha sonado tanto como un predicador, que aterroriza a su rebaño. Es sorprendente que no subiera al altar para alguna de estas canciones.

«Give Me My Rapture» contiene la alegría de Pentecostés, mientras que «So Quiet In Here» adquiere un significado añadido, «muy pacífico», y Van susurra reverentemente sobre un acompañamiento acústico. El público asiente en silencio al verso «el paraíso deber ser esto». La irónica «Thank God For Self Love», de Mose Allison —un ancestro musical de Randy Newman—, es una elección atrevida en este contexto, y si la segunda voz no es Georgie Fame, debe ser que se emite por el rayo celta. «Into The Mystic» encuentra aquí su verdadero hogar, aunque la batería retumbe por los bancos de la iglesia. Van se va metiendo en la tarea. «She Gives Me Religión» podría convertir a un pagano, y una larga introducción lenta de órgano a «Northern Muse» —éste no es un concierto en el que los músicos normalmente quieran extenderse en los solos— da paso al Van más tierno, que hace un himno de «una clase de mujer de la sal de la tierra de County Down», en palabras de Gavin Martin. En este contexto, una deidad femenina en un bastión masculino. El órgano vira hacia trocito de «Auld Lang Syne», y Van hacia «When Heart Is Open». El himno pacifista «Down By The Riverside» concluye este oficio musical, y el público bate palmas felizmente, y sin duda enfurece a todos los tradicionalistas de la congregación. «No voy a estudiar más la guerra», militar o eclesiásticamente. Por esta actuación, Van se merece que pongan su efigie en una vidriera.

Luego, ese mismo mes, en Milán se permitió una «Wonderful Remark» acústica y una nueva versión de «Buona Sera». En febrero, él participó en una sesión filmada con la Danish Radio Big Band de veinte músicos, descrita en el NME por Bobby Surf como «una noche corta de confusión bienhumorada». Van rasgueó distraídamente la Telecaster durante un solo de saxo de aficionado, y «Got To Get Back» sólo sonó con la sensación de incomodidad de Van. Georgie Fame salió a escena, como el caballero que corre al rescate, y aportó ideas a un «Vanlose Stairway» estremecedor, aunque el formato musical de este «matrimonio de conveniencia» era demasiado estricto para dejar que Van remontara el vuelo de verdad. No tan restringido como en el festival de San Remo, en el que cantó «Have I Told You Lately», sobre una pista pregrabada de acompañamiento.

En Marzo, Morrison actuó con Mose Allison en Rock Steady Special, de Channel 4, desde el recargado marco del St. George Church Hall, de Bristol. El programa en sí mismo agradable, también es un indicador de futuro, con Alee Dankworth al bajo y Alan Skidmore al saxo tenor. Contiene una débil versión de «Baby Please Don’t Go». El día de San Patricio, a Van le filmaron en el Joker Club, de Belfast, y le entrevistó Gerry Anderson, un hombre que más tarde indignaría a los oyentes de Radio Four con su labia. El mismo mes, Paul Jones de Radio Two habló con Van de su pasado compartido en las ondas. Ambos buenos armonicistas, intercambiaron anécdotas y piezas favoritas. Van contó cómo John Lee Hooker le robó «T. B. Sheets», y Jones comenta que «muchos de nosotros robamos nuestras canciones de gente como Hooker», así que la cosa quedaba un poco más igualada.

Van habla de una sesión improvisada con Little Walter en un pub de Londres, y de cómo consiguieron propinas tocando la armónica en los restaurantes chinos de comida para llevar. Jones admite que en tiempos envidiaba a Van: «Tú te acercaste un poco más a Estados Unidos de lo que lo hicimos nosotros». Van explica su estilo vocal, original desde el principio, debido a «frasear como un saxo. Pienso que buena parte procede de eso, del saxo». Morrison admira enormemente a Ray Charles, por toda clase de razones, aunque en parte por su manera de tocar el saxo: «De hecho pienso que él debería tocarlo más». Jones comenta que Van está muy metido en el fraseo: «Es la columna vertebral de su propio estilo». Morrison asiente con un gruñido. «Ajá, sí».

En abril, The Best Of Van Morrison, una antología de la Polydor autorizada aunque no seleccionada por Van —«No tengo tiempo para hacer ese tipo de cosas»— alcanzó el número cuatro en Gran Bretaña. En Estados Unidos rozó tan sólo los cincuenta primeros, aunque se mantuvo tres años en las listas. Sólo una canción de Astral Weeks, pero con tres piezas de Them, «Brown Eyed Girl» y un buen resumen de su carrera. El CD añade «Wonderful Remark», con Nicky Hopkins y Jim Keltner. Compuesta en la época de Moondance, se dio a conocer en la banda sonora que Robbie Robertson hizo para la amarga película El rey de la comedia.

Polydor editó un disco promocional con una entrevista, de Sean O’Hagan, que la revista Select hinchó como artículo de portada. Van se abre un poco más de lo habitual, y hay algunas buenas anécdotas. Dick Rowe se acercó a un joven Van en la cabina de voz de Decca y le dijo: «Grita de verdad. Hazlo agresivo». Por fin se desvela el enigma de Jeff Beck. En «Baby Please Don’t Go» él tocó una «especie de parte de bajo, aunque estaba a la guitarra solista» y aportó la guitarra rítmica a «Here Comes The Night». Van le había visto por primera vez tocando la guitarra española con Marianne Faithfull. Van compone pocas canciones que sean directamente autobiográficas: «En las canciones pones algo de to experiencia, y el resto es inventado». Por ejemplo, «Brown Eyed Girl» empieza con un ritmo de calipso, y luego Van tomó un par de nombres de Silvia y Bruno, de Lewis Carroll, una suerte de secuela muy desconocida de Alicia en el País de las Maravillas: «Una canción viene de todo tipo de cosas. Puede venir de esta taza de té. Muchas de ellas provienen de diversos fragmentos de ideas, y luego se trata de reunirlos».

Astral Weeks fue un momento crucial, una etapa de transición, en la que la escritora de Van profundizó «estando más en contacto con el inconsciente, considero yo». Luego las cosas se convirtieron en rutina: «Yo solía acabar un disco e inmediatamente volvía al estudio para empezar a grabar piezas de nuevo». En una crónica de los frutos de esta labor en el NME, Stoart Maconie considera que de allí es de donde Kevin Rowland y Tanita Tikaram sacaron las ideas. La última apenas podía desembarazarse de ello, al tener de manager al ex director financiero de Van, y al usar músicos de sus grupos anteriores. Maconie describe al joven Van como si rezumara lascivamente «como un hurón en celo», y al maduro que compone canciones que «hacen que las silbe incluso un agnóstico como yo».

En el «Pink Pop» Festival, de Holanda, celebrado el 4 de junio, se sumó al grupo la saxofonista Candy Dulfer. Ella conoció a Van en un festival de jazz —«él fue muy amable y modesto»— y aquél le introdujo también a la cerveza Guinness: «Van me dijo que era buena para la salud». Un mes después, Van actuó en el Montreux Jazz Festival, y la primera canción fue el tema festivo de Georgie Fame «Yeah Yeah». Una buena actuación habitual, de la que destacó «Sweet Thing», emotiva y ralentizada, un dúo con Fame que desembocó en el solo de flauta de Steve Gregory, que bailaba de nota en nota, al igual que la obra de Jimmy Hastings con Caravan (el grupo, no la canción de Van). Luego la canción se mezcla con «Astral Weeks», una delicia especial. Zumba un sintetizador, y Fame entra con una ligereza de toque cercana, de nuevo, al genio tímido de Caravan, Dave Sinclair. Van suena ahora mucho más maduro, y el regreso de «Sweet Thing» es como un lamento por los sueños perdidos. Él se enerva en la siguiente canción, «Star Of The County Down», así que todo va bien. «No prima donna», repite él sin fin en «When Heart Is Open», y tiene toda la razón.

Más tarde, en julio, Van apareció en la pesadilla despierta de la epopeya desolada de Roger Waters The Wall: Live In Berlín. El otrora manager de Van, Harvey Goldsmith, había convocado a todo tipo de famosos, junto a una orquesta sinfónica, una banda callejera, un coro y el propio ego de Waters, que por sí solo no bastaba. Bryan Adams, Marianne Faithfull, Sinéad O’Connor, Thomas Dolby y Joni Mitchell se unieron al flautista irlandés James Galway y a los actores Albert Finney y Tim Curry. Aunque la cosa no resultó como Rocky Horror Show. Un show horroroso, quizás… El marco era la Potsdamer Platz, la antigua tierra de nadie entre el Este y el Oeste, y el lugar del Fuhrerbunker. El muro de Berlín recientemente demolido, se reconstruyó en poliestireno y luego se demolió de nuevo, con la colaboración del ejército alemán. Dios sabe lo que pensaría Morrison de todo esto, emparedado entre hinchables gigantes y un castillo de fuegos artificiales, aunque —según informó el NME— se le encargó de que condujera el acontecimiento: «Su inconfundible voz se abre paso sobre el murmullo tecnológico en “Comfortably Numb” y el bis de “The Tide Is Turning”».

Después de presentarse en el Fleadh del año en Finsbury Park, Morrison hizo doblete al tomar parte en el Feile de 1990, en un regreso a Irlanda con todo. Stephen Wynne escribió sobre una «Moondance», momento cumbre de toda una vida, bajo una luna de Tipperary. «Orangefield» fue más dispersa y rápida que en el álbum, con un metal «tan ajustado como la cinturilla del director de orquesta». Un piano boogie woogie lleva «Summertime In England», con una letra nueva, como siempre, en el medio, «gastando una carretada de dinero un sábado por la tarde y regresando con una sonrisa en la cara». «Caravan» incluye una orden de meditar tres veces al día, y un comentario sobre lo aburrido que es ver el snooker por televisión. Vuelve, Alex Higgins. En agosto, David Wild entrevistó a Van para Rolling Stone.

«¿Qué quiere la gente?, ¿sangre? Lo que yo hago es trabajo. No hay espejos mágicos. Es auténtico trabajo duro.» Van recuerda la época de antes de la televisión, en que «las únicas estrellas que yo conocía estaban en el cielo». O en la radio. La MTV es «una mierda». ¿Y por qué luego hizo vídeos de promoción para salir en ella?

Portada del LP Enlightnment (1990).

 

El 27 de agosto, actuó en el Grandstand de Toronto, con las entradas agotadas, ante un público de 13 589 personas, y se puso a tocar en locales grandes de Estados Unidos. Los informes sobre el concierto fluían al Van Morrison Newsletter, como las crónicas de partido de un importante equipo deportivo. El Spectrum de Filadelfia es un gran palacio de hockey, con media entrada esta noche, pero Van lo encoge al tamaño de su sala de estar. Él sonríe, y canta a lo tirolés en «Cleaning Windows», y termina con el alegre conjuro de los títulos de las canciones de Little Richard. Él canta incluso «Just Like A Woman», de Dylan. En Lake Compounce Park, a Van se le felicita con el «Cumpleaños Feliz» que los músicos siguen con una versión con sabor de salsa.

A principios de octubre, el NME anunció la edición de un álbum nuevo y una gira promocional por Gran Bretaña. Enlightenment alcanzó el número cinco británico — prueba de su resurgir musical— y el sesenta y cinco en Estados Unidos. La portada es una fotografía abstracta, que parecen los pétalos de una flor (aunque bien pudiera ser un líquido en movimiento) que emergen de algún tipo de abismo, que visto más de cerca resultan ser dos manos abiertas. Ellas ofrecen ese regalo directamente al espectador.

Las sesiones de grabación se efectuaron en los mejores estudios de Londres y en el Real World, de Box. «So Quiet In Here» se grabó en el Kirk, Rodé, de Somerset, en lo que puede ser una iglesia, un estudio, o ambas cosas. Fiachra Trench proporciona los arreglos de nuevo, con el maestro irlandés Michael O’Suilleabhain al piano. Esta vez no está Neil Drinkwater, sustituido por Alex Gifford, aunque Georgie Fame, Bemie Holland y los sospechosos rítmicos habituales están en su lugar. La sección de metal es una nómina de la nueva ola del jazz británico de finales de los sesenta: Frank Ricotti, Henry Lowther y Malcolm Griffiths.

A primera vista, Enlightenment parece ser sólo lo que sugiere el título, un Morrison feliz y espiritualmente satisfecho, que festeja su suerte. Es un disco muy atractivo, diversión pública de la mejor clase. La primera canción, «Real Real Gone», trata de las flechas de Cupido que te llegan a domicilio, aunque también es un grito de deseo: «no sabes que necesito tu ayuda». El amor se canaliza a través de los poetas del soul, Sam Cooke y los demás. Por supuesto que Van suena muy feliz, al frente de una gran sección de metal.

«Enlightenment» es exactamente el contrario de lo que suena: está llena de dudas, sin afirmaciones. «Yo medito y todavía sufro». El parece que diga que todo es un estado mental, que igual puedes vivir en el cielo que en el infierno. Un coro tararea lo que es casi «A Whiter Shade Of Pale» y Van, todavía inseguro, escupe las palabras, con un sonido amargo. El toca un poco de buena armónica, atraque «So Quiet In Here» es una continuación directa de «Into The Mystic», que incluso se inicia con el zumbido de la sirena y casi el mismo riff, aunque aquí hay un éxtasis sin parangón incluso con aquella canción. El canto de Van es el de un hombre absolutamente seguro de sí mismo. El amor y el compañerismo es la respuesta, ya que los humanos flotan hacia la «otra orilla» de su desaparición. El cambio principal en sus canciones más recientes es que, antes que buscar la luz, intenta más bien penetrar en el silencio. «Puedes oírlo, es tan silencioso.»

«Avalon Of The Heart» contiene dos de las citas más evidentes de Van sobre sí mismo, el título de su álbum anterior y «los viaductos de mis sueños» de «Astral Weeks». Esta canción es tan precisa como un rayo láser. Es un material de enfoque suave, «el valle encantado», una versión borrosa de «La dama de Shalott» de Tennyson, con el apropiadamente llamado coro Ambrosiano que hace gorgoritos al fondo. Música de ambiente. Irrumpe una gran orquesta y Van lucha por la precedencia, aunque el resultado es tono sonido y furia, con muy poco significado.

«See Me Through» empieza con violines como deben ser, misteriosos y ligeramente amenazantes, con una armónica punzante que añade tensión. Van canta como para sí mismo, «triste y melancólico». Cita el aterrador himno del siglo XIX «The Old Rugged Cross» aunque no se habla mucho de Jesús en este álbum. El salvador posible es una mujer. El solo de guitarra es retumbante, como los primeros Them, y Van dice «baby please don’t go». Para un artista más hábil, eso sería post-modernismo, como Bowie al actualizar al Major Tom en «Ashes To Ashes», pero para Van es algo mucho más poderoso, y va muy dentro de sí mismo. De repente se pone a asociar libremente, enamorado de una novia de infancia que antaño «le solía gustar mi corbata», y que ahora está ligada a él en un deseo consumado. «Enciende mi alma.»

El soul vuelve en «Youth Of A Thousand Summers», otra imagen en palabras del cuadro Día de sol, de Blake, un joven dorado que también es un ángel, quizás Cristo —«de tiempos antiguos»— pero a pesar del gran solo de órgano y de que Van suena como si todo tuviera significado, en realidad no es así, y roza la autoparodia. Por otra parte, «In The Days Before Rock ’n’ Roll», es lo bastante original como para ser extraña, una colaboración con el poeta irlandés Paul Durcan, que fractura el monólogo recitado aquí como si lo leyera palabra por palabra de una chuleta, o bajo los efectos de la bebida.

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