Van Morrison

Brian Hinton · Capítulo 2 de 17

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Van Morrison

Introducción. ¿Te has curado? («Did Ye Get Healed?»)

Introducción

¿Te has curado? («Did Ye Get Healed?»)

Estamos a principios de 1996, y Van Morrison y su grupo son los artistas principales de Later, el mejor programa variado de música en directo de la BBC2; el estudio huele a menta fresca. Van va vestido de negro, desde el sombrero Stetson a las botas, pasando por las gafas oscuras, como un descartado de la película de los Blues Brothers. Su expresión perpleja se crispa con intensidad mientras interpreta las letras con una mezcla de pasión y de mal genio; luego, da un paso atrás, con los brazos rígidos a los lados, mientras sus músicos, uno tras otro, tocan los solos. Van inclina la cabeza al compás de la música, como inmerso en ella. Casi oculto por la ropa, él está en escena como un cantante de jazz, el tempo estricto y con las emociones a la espalda, pero a cualquier espectador conocedor del pasado de Van se le agolpa una enorme cabalgata de imágenes ligadas al artista. El hombre duro de Them, huraño y melenudo, compendio de gruñidos irlandeses e intimidación sexual, el hippy californiano de adopción —con su caftán a la moda— de principios de los setenta, o el viajero místico de Veedon Fleece. Todo ello converge en esta persona sumamente privada, cuya imagen actual repele cualquier intento de personalizar o de penetrar su armadura. Apoyado en Georgie Fame, cuya afabilidad y talento musical son sinceros y públicamente reconocidos, el cantante sigue siendo un enigma, un espacio vacío, un loco sagrado, quizás con la carencia de personalidad canalizada de alguna forma hacia esa voz maravillosa, a la vez apasionada y amenazadora, meliflua y erizada, todo al mismo tiempo.

En su, por otra parte, acertado estudio de Van Morrison, John Collis empieza por pillar a contrapié a los lectores con la siguiente declaración de intenciones:

«Un acercamiento falso a la obra de Morrison sería verle como un poeta que actúa en el marco del rock». Como es ésta la percepción más general que tienen de Van sus numerosos y profundamente leales seguidores, uno inquiere una pequeña aclaración sobre el tema. «La poesía debiera ser el lenguaje en su forma más brillante, como una destilación de la experiencia del poeta.» Inmediatamente, Collis se contradice a sí mismo al reconocer que, a menudo, Morrison consigue cumplir exactamente con el enunciado. Luego, el escritor complica la cuestión al añadir que Van es más propenso a la repetición de una frase, como un mantra, o a rebajarse hasta el canto en scat. «A menudo, las palabras son prosaicas, y así difícilmente se puede llegar a la poesía.»

Raramente se podría disentir de la definición de poesía que antaño estableciera la distinguida poeta y mística Kathleen Raine como «el lenguaje organizado para ser dicho en voz alta». Las letras de Van Morrison estremecen justamente por esa razón; como cualquier gran poeta, desde Blake hasta Seamus Heaney, él devuelve las palabras a sus orígenes mágicos. Al trenzar, corear, repetir y hacer trizas lo prosaico, convirtiéndolo en estructuras nuevas que calan profundamente en los ritmos subyacentes del lenguaje y el sonido, Van puede transportar tanto al público como a sí mismo hacia una realidad diferente. Efectivamente, Morrison retoma la poesía a sus raíces más primigenias, como en las obras de Homero, las antiguas epopeyas británicas como Beowulf, los salmos o el folclore, en todos ellos las palabras y la música se combinan para crear una nueva realidad.

A este respecto, Collis proporciona una advertencia útil, en el sentido de que cualquier intento de estudiar las letras de Morrison aparte de la música que les da vida está abocado al fracaso, y a ser considerado la peor especie de tontería académica. Como señaló Greil Marcus en su día, hay demasiados críticos de rock que otorgan una importancia desmesurada a las letras sin más. La voz flexible y sumamente rítmica de Morrison, y los patrones musicales que él y sus compañeros (y compañeras) cuidadosamente elegidos tejen alrededor de las letras que él improvisa, son los que las transforma en una expresión más amplia. Astral Weeks es quizá el mejor ejemplo, en todo el rock, de cómo cualquier cosa puede cohesionarse en un todo cargado con una emoción suprema. En una entrevista para el fanzine irlandés Into The Music, David Hayes declara que Van es la única persona del mundo del espectáculo que él conoció que «si todos los elementos son buenos y todo está en su sitio, puede llevar la música hacia un campo totalmente diferente, un lugar en el que puedes penetrar». El guitarrista Arty McGlynn declaró a Joe Jackson, del Irish Times, que trabajar con Morrison era como «estar colgado a una altura de ochenta y cinco pisos con la punta de los dedos».

Como cualquier poeta verdadero, Van funciona como una especie de chamán o sumo sacerdote, acrecentando nuestros sentidos. Una rara grabación de uno de sus grandes mentores, W. B. Yeats, nos ofrece, bajo la crepitación, el sonido de una voz que es cantarina, vigorosamente rítmica, como un conjuro. Morrison atrae hacia su obra todo tipo de influencias, desde los gritadores de blues hasta los predicadores cristianos pentecostalistas del fuego del infierno, desde el jazz, el rhythm and blues, el country y el rock ’n’ roll hasta la tradición mística inglesa. El título de este libro, VAN MORRISON: EL GENIAL POETA DEL ROCK, refleja con exactitud esta dicotomía entre el legado natural y el anhelado de Van, el blues y la música tradicional irlandesa, de la que él ha forjado una nueva alquimia: el «caledonian soul».

Hace tiempo que sostengo la opinión de que la más importante música rock ha intentado, de manera parecida, forjar una cosa nueva a partir de la sensualidad y el conocimiento místico. Y esto no atañe sólo a la música rock. En La Divina Comedia, de Dante, se traduce el amor platónico que el poeta siente por Beatriz en una búsqueda del paraíso, a la inversa que en la obra de Yeats, quien abandona las preguntas místicas para descansar en la «trapería del corazón». Más cercana en el tiempo, la música de John Coltrane puede verse como una indagación mística, que conduce desde el post-bop y la adicción a la heroína a una búsqueda del sentido espiritual, mientras que la trágica vida de Marvin Gaye se iluminó con su busca de la «curación sexual». En términos rockeros, el extraordinario álbum Greetings From L. A., de Tim Buckley, deja atrás el viaje del cantante a través del folk psicodélico y del jazz libre para transitar una especie de brutal soul de Filadelfia, en el que la expresión «yo hablo en “lenguas”» tiene sentido tanto respecto al sexo oral como a la clase de revelación pentecostal que sintieron los apóstoles de Jesucristo después de la resurrección.

Es la misma perspicacia que destella brevemente en el primer tema del magistral New York, de Lou Reed. Un acto de amor parecido ofrece un breve momento de iluminación, condenado en esa conjunción especial a lo Romeo y Julieta, que concluye en un momento de auténtica esperanza del álbum. En «Beginning Of A Great Adventure», el hombre que antaño surcó mares oscurecidos bajo la influencia de la heroína, y que en el tercer álbum de Velvet Underground realizó un corte transversal de los placeres prohibidos, se rinde al sencillo amor heterosexual y a la posibilidad de tener hijos.

La mejor música de Van Morrison ocupa este espacio encantado, en el que se hace difícil desligar el amor sagrado del profano. Una de las imágenes preferidas de Morrison, la del jardín brumoso y con lluvia podría ser el edén, el paraíso o el jardín de su casa. Sólo alguien que ha celebrado la sencillez corporal de «Gloria», o el sexo adulto de Moondance, uno de los mejores álbumes para hacer el amor, y que también puede viajar sinceramente «hacia la mística», puede después llevarse a su público con él hacia las verdades complejas de, digamos, No Guru, No Method, No Teacher. En un viaje como ése, hay implicada una especie de confianza que, una vez rota, se ha perdido para siempre.

La musa particular de Morrison está cerca de la belleza henchida de «Sad-Eyed Lady Of The Lowlands», amante y diosa a la vez a la que el cantante adora y teme al mismo tiempo, o de una canción posterior en la que (presumiblemente) Sara es ahora esposa y deidad egipcia. «Me casé con Isis el cuarto día de junio.» Especificar una fecha es de gran relevancia. Afianza un relato misterioso en una especie de hecho imaginario. Richard Thompson, en sus mejores momentos, puede alcanzar ese mismo mundo, como en el terror sagrado de «Devonside», o en su álbum Pour Down Like Silver, en el que las canciones de amor humano también pueden estar dirigidas a Alá, o viceversa.

Ser muy puntilloso sobre este tipo de cosas podría resultar un desastre. Las listas de los diez primeros están llenas de ejemplos de música que funciona tanto para el baile como para la mente. La obra de Prince parece residir en un lugar entre el sexo extremado y, a menudo, pervertido y el abandono religioso. Incluso Madonna, cuya asociación del catolicismo a la cópula sexual le ha valido acusaciones de blasfemia —¡el nombre mismo de Madonna!—, también puede cantar al sexo más refinado que la hace sentir «como una virgen, en la primerísima vez». Una buena aliteración, desde luego. En mi reciente libro sobre Joni Mitchell intenté mostrar cómo lo mejor de su música sólo enuncia una dicotomía, ligada con su búsqueda personal de libertad: Coyote que huele en sus dedos el perfume de ella, el ansia desesperada de la cantante por «Blue», o la consolación del amor doméstico en Wild Things Run Fast.

Volviendo a las listas de éxitos, el «God Only Knows», de los Beach Boys, es mitad canción de amor mitad himno, mientras que «Love Resurrection», de Alison Mollet, es, a la vez, asombrosamente inmunda y genuinamente emocionante. No es casualidad que el autor, hasta la fecha, de la seguramente mejor biografía de Van Morrison, Steve Turner, haya escrito brillantemente también sobre estos temas en Hungry For Heaven: Rock And Roll And The Search For Redemption, aunque desde una perspectiva estrictamente cristiana que no puedo compartir en su totalidad.

Es la belleza del interminable cuestionamiento de tales temas lo que ha hecho que él no se haya acomodado mucho tiempo en ninguna fe ni religión, y ha tomado lo que podía de cada una, para seguir adelante. Los que han acudido a sus mejores conciertos testimonian sobre la atmósfera especial que Morrison puede tejer entre el intérprete y el público, un regocijo comunitario, que tan sólo han podido experimentar en otra parte con las cumbres más altas de la world music —sin pretender trucos de marketing—: el canto sufí de Nusrat Fateh Ali Khan, o los soliloquios nostálgicos de Salif Keita. Tal vez proviene del poder de la voz humana, más allá del de cualquier instrumento, para expresar y canalizar esos anhelos y esa confianza.

En un anterior, y malhumorado, estudio sobre la música de Morrison, John Rogan afirma que «mientras que algunos escritores han intentado presentar a Van Morrison como el artista sensible e incomprendido, creo que dicha opinión es conceptualmente ingenua». Bien, yo creo, al contrario, que un cinismo así es conceptualmente nulo y vacío. En vez de tratar de infligir una especie de psicoanálisis aficionado sobre el cantante —o el lector—, yo intento ocuparme de las extrañas curvas de la carrera de Morrison, de las que saldrá una imagen mucho más clara de un personaje complejo y fascinante.

Van Morrison ha surcado un único y, a veces, perverso camino musical, y a lo largo de su trayectoria ha producido alguno de los discos más memorables y emocionantes de los últimos treinta años, desde «Gloria» a The Healing Game. Sus canciones han funcionado como banda sonora de una generación. La carrera de Van ha sido rica y extraña a la vez, desde los tiempos de aprendizaje en una orquesta de baile irlandesa, pasando por el duro rhythm and blues de Them, con quienes en 1967 compartió actuaciones en clubes con los Doors, hasta la autorrevelación de Astral Weeks y los fascinantes conciertos en directo con su Caledonia Soul Orchestra.

Después de una misteriosa desaparición, de tres años, en el cénit de su fama, Morrison ha editado una serie de álbumes cada vez más profundos —alimentados con su ingenio singular— que ponen de relieve los misterios celtas, su búsqueda de algún tipo de epifanía espiritual y la simple alegría de vivir. Y cantando con una pasión total, directamente desde el alma.

Musicalmente, su obra ha crecido para abarcar elementos de pop, rock, jazz, rhythm and blues, blues, soul, folk, música clásica y de ambiente, y, además, los ha fusionado. Morrison ha gozado de fructíferas colaboraciones con Bob Dylan, The Chieftains, Cliff Richard, The Band, el poeta irlandés Paul Durcan, Tom Jones, The Crusaders, Mose Allison, Georgie Fame, Frank Zappa y John Lee Hooker. En las letras, ha citado a personajes que van de William Blake al jugador de snooker Alex Higgins, de John Donne a Spike Milligan, de William Wordsworth a George Best. A su vez, Van ha influido a muchos, desde su casi tocayo Jim Morrison hasta Bruce Springsteen, de Elvis Costello a U2, de Robyn Hitchcock a Lisa Stansfield. Mientras tanto, los conciertos en directo siguen siendo totalmente imprevisibles. En plena forma, Morrison es capaz de paralizar a un público como ningún otro intérprete vivo, llevándoselo de inmediato fuera del tiempo y el espacio en un viaje auténtico «hacia la mística». Y todo ello gracias a alguien al que recientemente se le otorgó la Orden del Imperio Británico.

De golpe, y al mismo tiempo, Morrison puede ser enormemente cómico y un Don Malhumorado, un místico y un inadaptado, a ratos ingenuo, a ratos majestuoso. Igual que cualquiera, en realidad, excepto que él también ha creado, lentamente, un catálogo de canciones y de actuaciones que durarán más allá del tercer milenio. Qué mejor para empezar que los primeros versos de «Astral Weeks», indudablemente, una gran poesía.

 

If I ventured in the slipstream

Between the viaducts of your dreams

Where the mobile steel rims crack

And the ditch in the back roads stop

Could you find me…?[1]