Vida

Keith Richards · Capítulo 6 de 14 · parte 1/3

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Vida

Capítulo 5

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Primera gira por Estados Unidos. Conocemos a Bobby Keys en la Feria

Estatal de San Antonio. Chess Records, Chicago. Conozco a la futura Ronnie

Spector y vamos al Apollo de Harlem. De vuelta a casa, la prensa (y Andrew

Oldham) crean nuestra nueva imagen popular: melenudos, irrespetuosos y

sucios. Mick y yo componemos una canción que podemos tocar con los

Stones. Vamos a Los Angeles y grabamos con Jack Nitzsche en RCA. Escribo

«Satisfaction» dormido y conseguimos nuestro primer número uno. Allen

Klein se convierte en nuestro mánager. Linda Keith me rompe el corazón.

Compro mi casa de campo, Redlands. Brian empieza a desmoronarse y

conoce a Anita Pallenberg.

Cuando por fin fuimos a Estados Unidos nos sentimos como si hubiéramos muerto y hubiéramos ido derechos al cielo. Corría el verano del 64 y cada uno tenía su propio ritual, algo que no quería dejar de hacer allí: Charlie iría al club Metropole, cuando aún tenía marcha, a ver a Eddie Condon; lo primero que yo haría sería visitar Colony Records y comprarme todos los discos que encontrara de Lenny Bruce. Sí… me sorprendió lo anticuado y europeo que me resultó Nueva York, muy distinto de como me lo había imaginado: botones, metres y ese tipo de cosas. Aspavientos innecesarios y bastante inesperados. Era como si alguien hubiera dicho «éstas son las reglas» y no se hubieran cambiado un ápice desde entonces. Pero, por otro lado, también era la ciudad moderna donde las cosas pasaban al ritmo más trepidante del planeta.

¡Y la radio! En comparación con Inglaterra era increíble. Estar por allí en un momento en que se estaba produciendo una verdadera eclosión, sentado en un coche con la radio puesta, era una experiencia que superaba incluso a lo que debía de ser el paraíso. Sintonizabas el aparato y tenías para elegir entre unas diez estaciones de country, cinco de música negra… Y si estabas viajando por el país y acababas perdiendo la señal, volvías a buscarla y enseguida se oía otra canción genial. Era el gran momento de la música negra, había más energía que en una central eléctrica. En el sello Motown parecían tener una fábrica de producir nuevos talentos, pero sin que fueran autómatas cortados por el mismo patrón. Vivíamos de la Motown mientras viajábamos, a la espera del siguiente Four Tops o el próximo Temptations. La Motown era nuestro alimento, tanto en la carretera como fuera de ella, a través de las miles de emisoras que íbamos escuchando mientras recorríamos los más de mil kilómetros que nos separaban del siguiente bolo. Esa era una de las cosas buenas que tenía América, y soñábamos con ella antes de ir.

Yo era consciente de que el humor de Lenny Bruce seguramente no sería representativo de lo que le hace gracia al americano medio, pero pensé que tomándolo como punto de partida podría ir desentrañando los secretos de la cultura, él fue mi puerta de entrada a la sátira americana. El disco The Sick Humor of Lenny Bruce {el humor soez de Lenny Bruce} me había permitido aficionarme a él incluso antes de viajar a América y me había preparado para no sorprenderme cuando en el programa de televisión de Ed Sullivan a Mick no le dejaron cantar «Let’s Spend the Night Together» {pasemos la noche juntos} y lo obligaron a decir «Let’s Spend Some Time Together» {pasemos tiempo juntos] (eso sí que es buscar la polisemia y los matices). ¿Qué estaba diciendo aquello sobre la cadena CBS? ¡No se podía decir «noche»! Increíble. Nos partíamos de la risa, era puro Lenny Bruce: «¿“Teta” es una palabra soez? ¿Qué es soez, la palabra o la teta?».

Andrew y yo entramos por la puerta del Brill Building, epicentro de Tin Pan Alley, a probar suerte y ver si conseguíamos que Jerry Lieber nos recibiera. Alguien que andaba por allí nos reconoció y nos lo presentó. El nos puso un montón de canciones y salimos de allí con «Down Home Girl», el gran tema funk de Lieber y Butler que grabamos en noviembre de 1964. Otra de nuestras excursiones por Nueva York fue para buscar las oficinas de Decca y acabamos en un motel de la Calle 26 con la Décima Avenida junto a un irlandés borracho llamado Walt McGuire, un tío con el pelo cortado a cepillo que parecía recién salido de la marina y resultaba ser el director de la oficina de Decca en Estados Unidos. De repente nos dimos cuenta de que la gran discográfica Decca tenía sus oficinas de Nueva York en un almacén… Era como un truco de cartas: «Sí, sí, tenemos unas oficinas muy grandes en Nueva York» (y resultaba que estaban en los muelles, en West Side Highway).

Escuchábamos mucha música de intérpretes femeninas, doo-wop {du-duá}, uptown soul… cosas como las Marvelettes, las Crystals, las Chiffons, las Chantels, no escuchábamos otra cosa y nos encantaba. Y luego estaban las Ronettes, claro, la banda femenina con más marcha que había en aquellos momentos. «Will You Love Me Tomorrow» de las Shirelles: Shirley Owens, la cantante principal tenía una voz prácticamente sin educar, pero preciosa con aquella simplicidad y fragilidad características que la hacían sonar como si no fuera cantante profesional. También escuchábamos canciones como «Please Mr. Postman» y «Twist and Shout» de los Isley Brothers (sin duda la música de los Beatles también tuvo su influencia). Si hubiéramos intentado tocar algo así en el Richmond Station Hotel habría sido como «¿de qué van?, ¿se han vuelto locos?», porque allí lo que querían oír era blues de Chicago del de verdad y ningún otro grupo lo tocaba tan bien como nosotros. Desde luego los Beatles nunca lo habrían podido hacer así. En el Richmond era donde hacíamos nuestras horas de oficina para no desviarnos del camino recto.

Nuestra primera actuación en América fue en el Swing Auditorium de San Bernardino, California. Bobby Goldsboro (el que me enseñó el fraseo de Jimmy Reed) también actuaba, y las Chiffons. Pero antes de eso ya habíamos tenido la experiencia de que Dean Martin nos presentara en su programa de televisión Hollywood Palace: en el Estados Unidos de aquellos años, si tenías el pelo largo eras maricón además de un monstruo de feria, cuando íbamos por la calle nos chillaban cosas como «¡hola, haditas!», y Dean Martin nos presentó describiéndonos como «estos prodigios melenudos venidos desde Inglaterra, los Rolling Stones; en el camerino se han quitado las pulgas». Todo esto dicho con mucho sarcasmo y poniendo los ojos en blanco; luego, acompañándolo con expresivos gestos de horror dirigidos hacia nosotros, añadió: «No me dejéis solo con esto». Y eso viniendo del bueno de Dino, miembro rebelde de la pandilla de Frank Sinatra que le había sacado el dedo al mundo del espectáculo de la época fingiendo estar borracho todo el tiempo: la verdad es que nos quedamos de piedra, porque tal vez los presentadores ingleses de programas parecidos se habían mostrado un poco hostiles con nosotros, pero desde luego nadie nos había tratado como si fuéramos el hombre elefante (por cierto, antes de nuestra actuación hubo otra de las voluminosamente enmoñadas King Sisters, un número de elefantes que bailaban sobre las patas traseras). Me encanta Dino, hay que reconocer que era un tío gracioso por más que no estuviera preparado para el cambio de guardia que estaba a punto de producirse.

De ahí a Texas; más apariciones en programas de números circenses, en una ocasión, en la Feria Estatal de San Antonio, separados del público por la piscina que habían instalado delante del escenario para el número con focas que nos había precedido. Allí fue donde conocí a Bobby Keys, gran saxofonista y amigo íntimo (nacimos el mismo día, con una diferencia de horas), uno de los grandes precursores del rock and roll, un hombre de una pieza pero también un depravado. El otro tío que tocaba en ese bolo era George Jones. Hicieron su aparición con una planta rodadora de esas típicas de las zonas desérticas pisándoles los talones, como si fuera un perrito faldero que los seguía a todas partes: una polvareda increíble, un hatajo de cowboys. Pero cuando George se subió al escenario y empezó con sus yeah… guau… no quedó la menor duda: todo un maestro.

Pregúntale a Bobby Keys qué tamaño tiene Texas… Me costó años convencerlo de que en realidad era el inmenso territorio del que Sam Houston y Stephen Austin se habían apropiado en nombre de los Estados Unidos («ni de broma, ¡qué dices!, ¡cómo te atreves!»). Se poma rojo de ira, así que le llevé unos cuantos libros sobre lo que había ocurrido realmente entre México y Texas y al cabo de seis meses me dijo: «Por lo que parece, tu teoría tiene cierto fundamento». ¡Ay, Bob, ya sé cómo se siente uno! Yo antes pensaba que Scotland Yard operaba de forma intachable.

Pero, como estamos con una historia tejana, debería dejar que sea Bobby Keys el que cuente nuestro primer encuentro. Me hace bastante la pelota, pero en este caso se lo he permitido.

Bobby Keys : Conocí a Keith Richards en San Antonio, Texas. ¡Tenía tantos prejuicios en su contra antes de conocerlo!: habían grabado una canción titulada «Not Fade Away» que era de un tío que se llamaba Buddy Holly, nacido en Lubbock, Texas, como yo, y mi reacción había sido «¡eeeh, que esa canción es de Buddy!, ¿quién coño son estos blancuchos con un acento muy raro y patillas de alambre para venir aquí a hacer negocio con la canción de Buddy? ¡Me entran ganas de darles una patada en el culo!». Los Beatles tampoco me entusiasmaban, aunque me gustaban más o menos en secreto, pero también tenía la impresión de que representaban la muerte del saxofón, delante de mis narices, ¡porque ninguna de las dos bandas llevaba un saxofonista, tío! Me veía tocando Tijuana Brass el resto de mi vida, así que no pensé «¡genial, vamos a actuar en el mismo espectáculo!» precisamente. Yo tocaba con un tío llamado Bobby Vee que por aquel entonces tenía un número uno titulado «Rubber Ball» y éramos los que abríamos hasta que aparecieron ellos y pasaron a ser los que abrían. ¡Joder, estábamos en Texas, tío, en mi territorio!

Nos alojábamos todos en el mismo hotel de San Antonio y un día los vi tocando en la terraza de la habitación, a Brian y a Keith, y creo que también estaba Mick. Salí afuera para oírlos y tengo que reconocer que, en mi modesta opinión (y era algo que conocía bien porque se inventó en Texas y estuve presente cuando surgió), aquello sonaba a rock and roll de verdad. En realidad eran una banda muy buena y de hecho tocaban «Not Fade Away» mejor de lo que nunca lo hizo el propio Buddy. Claro que eso nunca se lo dije ni a ellos ni a nadie aunque, eso sí, pensé que igual los había juzgado con demasiada dureza. Así que al día siguiente debíamos de tener tres pases del espectáculo y, para cuando llegamos al tercero, estaba en el vestuario con ellos, oyéndolos hablar de los artistas americanos, de que siempre se cambiaban de ropa antes de subirse al escenario, lo cual es cierto (nos poníamos traje negro, camisa blanca y corbata, lo cual era una soberana estupidez porque en verano en San Antonio teníamos cincuenta grados a la sombra). Estaban hablando de todo eso:

—¿Y por qué no nos cambiamos nosotros de ropa también?

—Sí… ¡buena idea!

Así que me esperaba que aparecieran con traje y corbata, pero lo que hicieron fue cambiarse la ropa, literal: se la intercambiaron entre ellos. Aquello me pareció genial.

Hay que darse cuenta de que la imagen, la onda según el estándar del rock and roll del año 64, eran el traje de mohair y la corbata y parecer el simpático muchacho de aspecto modosito que vivía en la casa de al lado. Y, de repente, ¡se presentaba desde Inglaterra aquella panda de moscas cojoneras, unos intrusos, cantando una canción de Buddy Holly! ¡Me cago en todo! Y la verdad es que tampoco se podía oír muy bien que dijéramos con la calidad que tenían los amplis y el equipo de sonido por aquel entonces, pero, tío, lo sentía. Joder, lo sentía y me arrancaba una sonrisa, me entraban ganas de bailar. No iban todos vestidos igual, no tenían un repertorio fijo, rompían todas las putas reglas y resultaba que les funcionaba, eso fue lo que me acabó pillando por las pelotas. Así que, al día siguiente, voy y me cargo con las uñas de los pies la costura delantera del pantalón al ponérmelo, y no tenía otro de repuesto. Total, que me puse chaqueta y corbata con bermudas y botas de cowboy. No me echaron pero sí me salieron con: «Pero… ¡¿qué coño?! ¡Cómo te atreves a…! ¿Qué estás haciendo, tío?». Aquello me sirvió para reconsiderar un montón de cosas. El panorama musical en Estados Unidos, todos aquellos ídolos de las adolescentes con sus pelos perfectamente cortados y esa pinta de niños buenos cantando sus cancioncitas melosas, ¡todo eso se fue a la mierda cuando aparecieron estos tíos! Y encima con las movidas de los periodistas, el rollo aquel de «permitiría a su hija» y demás: la fruta prohibida.

En cualquier caso, por alguna razón ellos se fijaron en lo que hacía yo y viceversa, puede decirse que más o menos nos conocimos entonces, nuestras trayectorias se cruzaron tangencialmente. Después me los volví a encontrar en Los Angeles cuando estaban haciendo el TAMI Show. Descubrí que Keith y yo nacimos el mismo día, el 18 de diciembre de 1943, y él me dijo: «Bobby, ¿sabes lo que significa eso?, que somos mitad hombre y mitad caballo y por tanto tenemos permiso para cagarnos en la calle» (¡una de las informaciones más fantásticas que jamás haya recibido!).

El alma del grupo eran Keith y Charlie, vamos, saltaba a la vista para cualquiera que tuviera el menor sentido musical, casi para cualquiera que tuviera dos neuronas conectadas: ellos eran la sala de máquinas. No tengo ninguna formación musical propiamente dicha, pero siento las cosas y cuando lo oí tocar la guitarra me recordó tanto a la energía que había notado cuando tocaban Buddy o Elvis: allí había algo auténtico, aunque estuviera tocando a Chuck Berry, seguía siendo el rollo auténtico, ¿me explico? Y que conste que, siendo de Lubbock, he oído tocar a unos cuantos guitarristas cojonudos. Orbison era de Vernon, a pocas horas de allí, y yo me sentaba a escucharlo, y a Buddy cuando actuaba en la pista de patinaje, y Scotty Moore y Elvis Presley solían venir a tocar, así que, como decía, he conocido a unos cuantos guitarristas de puta madre, y sin embargo Keith tenía algo que me recordó inmediatamente a Holly. Son más o menos de la misma altura, Buddy también era un tío flaco, tenía malos dientes… y Keith era un cuadro, pero el hecho es que hay gente que tiene algo en la mirada, y la de él lanzaba un brillo que le daba un aspecto peligroso. Y ésa es la verdad.

Acababas descubriendo algo sorprendente sobre América: era civilizada por los bordes, pero si te alejabas ochenta kilómetros de cualquier ciudad importante, ya fuera Nueva York, Chicago, Los Angeles o Washington, verdaderamente era otro mundo. En Nebraska y sitios así nos acostumbramos a que nos dijeran constantemente cosas del tipo «hola, nenitas»; simplemente hacíamos como que no lo habíamos oído. Al mismo tiempo, la gente que nos decía esas cosas se sentía intimidada por nuestra presencia; sus mujeres nos veían y pensaban «¡vaya, interesante!» porque no éramos lo que tenían en casa todos los putos días, no nos parecíamos en nada al típico palurdo, al monstruo de la cerveza americano. Todo lo que nos decían aquellos tíos era ofensivo, pero en el fondo los movía una actitud fundamentalmente defensiva. Cuando parábamos en un bar sólo queríamos tomarnos un café y unos huevos con beicon, pero teníamos que entrar preparados para alguna provocación. No nos metíamos con nadie, únicamente hacíamos música, pero nos dimos cuenta de que en realidad habíamos caído en mitad de unos cuantos dilemas y conflictos sociales de lo más interesantes y, por lo visto, también un montón de inseguridades. Se suponía que los americanos eran desenvueltos y tenían mucha confianza en sí mismos: necedades. Era todo fachada, sobre todo en el caso de los hombres, sobre todo en aquellos tiempos en que verdaderamente no tenían muy claro qué estaba pasando. Todo iba muy deprisa. No me extraña que unos pocos tíos simplemente no pudieran asumirlo.

La única muestra consistente de hostilidad que recuerdo era la de los blancos. Los hermanos negros y los músicos, por lo menos, creían que éramos estrafalarios y por tanto interesantes. Con ellos se podía hablar, pero en cambio resultaba mil veces más difícil conectar con los blancos porque tenías la impresión permanente de que te veían como una amenaza. Y eso que te habías limitado a preguntar:

—¿Podría usar el baño?

—¿Eres un chico o una chica?

¿Qué vas a hacer ante semejante pregunta? ¿Sacarte la polla?

En Inglaterra teníamos un número uno, pero en un lugar perdido en medio de Estados Unidos nadie nos conocía. Tenían más claro quiénes eran los Dave Clark Five y los Swinging Blue Jeans. Había ciudades en las que nos enfrentábamos a una hostilidad palpable, nos atravesaban con unas miradas asesinas, incluso a veces nos daba la sensación de que estábamos a punto de recibir una lección ejemplar, en ese preciso lugar y momento, y no nos quedaba más remedio que abrirnos rápidamente en nuestra fiel furgoneta con Bob Bonis, el responsable del grupo durante las giras, un tipo genial que había salido de gira con enanos, monos actores y algunos de los más grandes artistas de todos los tiempos. El nos facilitó muchísimo el aterrizaje en América y además conducía 800 kilómetros al día.

Muchos de nuestros bolos del 64 y el 65 eran añadidos aprovechando las actuaciones de otras giras, así que durante dos semanas nos integrábamos en la de Patti LaBelle y las Bluebelles, los Vibrations y un contorsionista cuyo nombre artístico era Amazing Rubber Man [el increíble hombre de goma}, y luego cambiábamos de circuito. A las primeras que vi mover los labios mientras cantaban en playback fue a las Shangri-las («Remember (Walkin’ in the Sand)»): tres tías de Nueva York, guapas y todo lo demás, y de repente te das cuenta de que no hay sonido directo, no hay banda, lo que se oye es una cinta. Y luego estaban los Green Men (en Ohio, creo), que, haciendo honor a su nombre, efectivamente se pintaban de verde para salir al escenario. Lo que se llevara esa semana o ese mes. Luego también había unos músicos excelentes, sobre todo en el Medio Oeste y el sudoeste del país, bandas pequeñas que tocaban cualquier noche de la semana en los bares y no iban a alcanzar la cima jamás, ni tampoco querían, eso era lo más bonito de todo. Y había unos guitarristas cojonudos, era un verdadero hervidero de talento, un montón de tíos que tocaban mil veces mejor que yo. A veces éramos el plato fuerte del programa, no siempre pero sí a menudo. Una de las integrantes de Patti LaBelle y las Bluebelles era una jovencísima Sarah Dash, siempre escoltada por una acompañante emperifollada con sus mejores galas de domingo que no la dejaba ni a sol ni a sombra: si le sonreías a la muchacha te caía una mirada asesina de la otra. A Sarah la llamaban «Inch» [pulgada]; era muy bajita y muy dulce. Al cabo de veinte años, volverá a aparecer en mi historia.

Y, por supuesto, desde el año 65, estoy empezando a meterme (a estas alturas ya se ha convertido en una costumbre de esas que duran toda la vida), lo que intensificaba mis impresiones sobre lo que ocurría. Por aquel entonces sólo fumaba hierba. Los tipos que iba conociendo en la gira por todo el país, las bandas de músicos negros con las que tocábamos, me parecían por aquel entonces tíos muy mayores (ya habían pasado los treinta, algunos incluso los cuarenta). Nos pasábamos la noche en blanco por ahí con ellos y luego íbamos al bolo y nos encontrábamos a aquellos hermanos negros con sus trajes de zapa, con la cadena, el chaleco, el pelo engominado, perfectamente afeitados y acicalados, en plena forma, mientras que nosotros llegábamos arrastrándonos. Un día, me encontraba de puto culo cuando llegué al teatro y allí estaban aquellos hermanos con pinta de tenerlo todo bajo control, y hacían el mismo horario que nosotros, así que le pregunté a uno, un trompetista creo:

—¡Joder! ¿Cómo coño lo hacéis para tener tan buena cara todos los días?

—Tómate una de éstas y fúmate uno de éstos —me contestó al tiempo que se metía la mano en un bolsillo del chaleco.

Es el mejor consejo que me han dado jamás: me pasó una pastillita blanca, una anfetamina, y un porro. Así es como nos apañamos: te tomas una de éstas y te fumas uno de éstos.

—¡Pero no se lo digas a nadie!

Esa fue la frase que puso punto final a nuestra conversación: ahora que lo sabes, no se lo cuentes a nadie. Me sentí como si me acabaran de confiar los secretos de una sociedad clandestina.

—¿Se lo puedo contar a los otros tíos de la banda?

—Sí, pero que no salga de vuestro grupo.

Estas cosas eran habituales entre bastidores desde siempre. El porro me llamó poderosamente la atención, tanto que se me olvidó tomar la benzedrina. En aquellos días también había un speed muy bueno, muy puro, sí señor; y lo podías conseguir en cualquier gasolinera porque los camioneros lo usaban para hacer su trabajo (para en tal sitio, busca el aparcamiento de camiones y pregunta por Dave: «un Jack Daniel’s

con hielo y una bolsa» o «dame un porro y una botella de cerveza»)[26].

El número 2120 de la avenida Michigan era territorio sagrado: las oficinas de Chess Records en Chicago. Nos presentamos allí después de que lo organizara en el último momento Andrew Oldham, cuando la primera parte de nuestra gira por Estados Unidos estaba siendo un semidesastre. Allí, en el estudio de sonido perfecto donde todo lo que habíamos estado escuchando se había grabado, y tal vez de puro alivio o simplemente por el hecho de que gente como Buddy Guy, Chuck Berry y Willie Dixon entraban y salían a cada rato, grabamos catorce canciones en dos días: una era «It’s All Over Now» de Bobby Womack, nuestro primer número uno. Hay gente (Marshall Chess incluido) que dicen que lo siguiente me lo he inventado, pero Bill Wyman puede corroborarlo: entramos en los estudios de Chess y hay por allí un tipo negro con un mono de trabajo puesto pintando el techo, y al fijamos vemos que es Muddy Waters, con un churrete de cal corriéndole por la cara, subido en una escalera. Marshall Chess siempre sale con «¡qué va, nunca jamás lo pusimos a pintar!» pero por aquel entonces él era un niño y trabajaba en el sótano del edificio. Y además Bill Wyman me contó que de hecho se acordaba de Muddy Waters sacando los amplis del coche para llevarlos al estudio; no sé si fue porque era un tío amable o porque no vendía discos en aquel momento, pero sí sé de sobra cómo eran los hermanos Chess: «Si quieres seguir en plantilla ponte a trabajar». El hecho es que cuando conoces a tus héroes, tus ídolos, lo que te resulta más raro es que la mayoría son personas extremadamente humildes y que te dan muchos ánimos («toca esa frase otra vez», y al rato caes en la cuenta de que estás tocando con Muddy Waters). Claro, con los años acabé conociéndolo: he estado muchas veces en su casa; en aquellos viajes del principio creo que una noche me quedé en casa de Howlin’ Wolf, pero Muddy también estaba (y yo sentado en la zona sur de Chicago con aquellos dos gigantes). El ambiente que se respiraba era muy familiar, con un montón de niños y parientes entrando y saliendo; Willie Dixon también andaba por allí…

En Estados Unidos, gente como Bobby Womack solía decirnos: «La primera vez que os oí, tíos, pensé que erais negros: ¿de dónde han salido estos cabrones?». Yo personalmente no acabo de entenderlo, cómo

Mick y yo, viniendo de donde venimos, logramos crear aquel sonido (salvo por el hecho de que si te empapas con esa música día y noche en un piso mugriento de Londres, y con la intensidad con que lo hacíamos nosotros, es como si estuvieras en Chicago). Era lo único que tocábamos hasta que nos convertimos en lo que somos. No parecíamos ingleses. Y creo que eso nos sorprendió incluso a nosotros.

Cada vez que tocábamos (todavía lo sigo haciendo a veces) me daba la vuelta y decía: «¿Ese ruido lo estamos haciendo sólo ése de ahí y yo?». Es casi como si fueras galopando a lomos de un caballo salvaje; en ese sentido hemos tenido la gran suerte de trabajar con Charlie Watts, que toca como lo hacían los baterías negros que trabajaban con Sam y Dave y se oyen en todo el material de la Motown, o los baterías de soul: él tiene ese mismo toque; una buena parte del tiempo se lo pasa tocando con gran corrección y las baquetas sujetas entre los dedos como es debido y como lo hace hoy la mayoría, y si te vuelves loco te has ido de lo que está pasando. Se parece algo al surf: vale siempre y cuando te mantengas ahí arriba. Y, precisamente debido a que ése es el estilo de Charlie Watts, yo podía tocar de la misma manera. En una banda, una cosa lleva a la otra y todo tiene que fundirse en un único resultado; vamos, que es materia líquida.

La parte más rara de la historia es que, por haber hecho lo que nos proponíamos siguiendo los dictados de nuestro purismo y estrechez de miras adolescentes, que era llamar la atención de la gente hacia el blues, lo que en realidad conseguimos fue recuperar el gusto de los americanos mismos por su propia música. Seguramente ésa es nuestra gran contribución a la música, el haber conseguido que los cerebros y oídos de los blancos dieran un volantazo para cambiar de dirección. Además, no diría que lo hicimos nosotros solos porque si no llega a ser por los Beatles seguramente nadie habría logrado derribar esa puerta. Y eso que, ciertamente, no eran músicos de blues.

La música negra americana avanzaba a toda máquina, pero los blancos (después de que Buddy Holly muriera, y Eddie Cochran muriera, y Elvis se alistara y la cosa se torciera), la música blanca americana que se oía cuando llegué por primera vez eran los Beach Boys y Bobby Vee. Seguían anclados en el pasado, un pasado que no era muy lejano, seis meses. Pero las movidas cambiaban a toda velocidad. Los Beatles fueron un hito en el camino y luego se quedaron atrapados en su propia jaula. «The Fab Four». Así que, con el tiempo, aparecieron los Monkees y toda esa patulea de imitadores. En cualquier caso, creo que había un vacío en la música blanca americana de aquellos tiempos.

La primera vez que estuvimos en Los Angeles se oía bastante a los Beach Boys en la radio, lo que nos parecía bastante divertido (era antes de que sacaran Pet Sounds), era todo hot rod y surf rock, bastante mal tocado, mucho fraseo conocido de Chuck Berry. Round, round get around /I get around me parecía brillante; pero luego Pet Sounds me resultó… bueno… había un poco de sobreproducción para mi gusto; ahora bien, Brian Wilson tenía algo. «In My Room», «Don’t Worry Baby». Me interesaban más sus caras B, las que colaba. No había particular relación con lo que estábamos haciendo así que podía limitarme a escuchar a otro nivel y me pareció que eran canciones que estaban muy bien hechas, enseguida capté el lenguaje del pop. Siempre había escuchado todo tipo de música y Estados Unidos me abrió un panorama amplísimo: escuchábamos discos que eran números uno a nivel regional, conocimos discográficas locales y vimos muchas actuaciones, que es como nos topamos con «Time Is On My Side», en Los Angeles, cantada por Irma Thomas: era la cara B de un disco de Imperial Records, un sello que conocimos porque era independiente y tenía éxito y oficinas en la zona de Sunset Strip.

Luego, a lo largo de los años, he hablado con tíos como Joe Walsh de los Eagles y otros muchos músicos blancos y les he preguntado qué escuchaban cuando eran crios, y siempre era música muy circunscrita a la zona y que dependía mucho de la emisora local de FM, que por lo general era de blancos. Bobby Keys cree que es capaz de adivinar de dónde es alguien preguntándole por sus gustos musicales. Joe Walsh nos oyó tocar cuando él estaba todavía en el instituto y me ha contado que le influyó mucho, simplemente porque nadie que él conociera había oído jamás algo parecido, porque no había habido nada parecido antes. El escuchaba doo-wop y poco más, nunca había oído hablar de Muddy Waters. Sorprendentemente y según cuenta él mismo, el primer blues que oyó lo tocábamos nosotros. También decidió en aquel preciso instante que la vida de juglar era para él y ahora no puedes ir a ninguna fiesta sin oír su weaving de guitarra en «Hotel California».

Jim Dickinson, el chico sureño que tocaba el piano en «Wild Horses», entró en contacto con la música negra a través de la influyente emisora negra WDIA, durante su juventud en Memphis, así que cuando se marchó a la Universidad a Texas ya iba con una educación musical mucho mayor que la de toda la gente que conoció allí, aunque nunca vio a ningún músico negro a pesar de vivir en Memphis, excepto la vez que, con nueve años, oyó en la calle a la Memphis Jug Band con Will Shadie y Good Kid tocando la tabla de lavar. El caso es que las barreras raciales eran tan fuertes que aquellos músicos resultaban inaccesibles para él. Luego salió gente como Furry Lewis (en cuyo funeral acabaría tocando), Bukka White y otros grupos que estaban apareciendo con el resurgir del folk. Quizá los Stones tuvieran mucho que ver con la búsqueda de nuevos sonidos, con el hecho de que la gente le diera más vueltas al dial.

Sacar «Little Red Rooster», un blues descarnado de Willie Dixon, con slide guitar y demás fue en su día (noviembre de 1964) un movimiento arriesgado. En la discográfica todo el mundo nos decía que no lo hiciéramos, directivos y todo el mundo, pero sentimos que estábamos en la cresta de la ola y que podíamos tirar un poco más de la cuerda. Casi puede decirse que lo hicimos para desafiar al pop. Inspirados por nuestra arrogancia de por aquel entonces, queríamos hacer una especie

de declaración: [27] I’m a little red rooster / Too lazy to crow for day. A ver quién se las apaña para que eso llegue a número uno, cabronazo. Una canción sobre un pollo. Mick y yo nos animamos y dijimos «venga, a ver hasta dónde podemos forzar la máquina», ése era el asunto que nos traíamos entre manos. Y resultó que se abrieron las compuertas y, a raíz de aquello, de repente a Muddy y Howlin’ Wolf y Buddy Guy les empiezan a salir bolos. Fue un paso decisivo y llegó a número uno. Estoy convencido de que aquello permitió a Berry Gordy de la Motown llevar su material a otro nivel, y desde luego también rejuveneció el blues de Chicago.

Tengo un cuaderno donde hago dibujos y apunto ideas para canciones en el que puede leerse lo siguiente:

GARITO EN ALABAMA, ¿O TAL VEZ EN GEORGIA?

¡Por fin estoy en mi salsa! Hay una banda impresionante subida a un escenario decorado con colores fosforescentes: el vibrar quejumbroso de la música; la abarrotada pista de baile moviéndose al unísono, como pasa con el sudor y los platos de costillas que se preparan en la parte de atrás. ¡Sólo llamo la atención por ser blanco! Afortunadamente, nadie parece reparar en esa aberración; me aceptan, ¡me siento tan bien acogido que me parece estar en el cielo!

La mayoría de las ciudades (la Nashville blanca, por ejemplo) eran poblaciones fantasma a las diez de la noche. Estábamos trabajando con tíos negros como los Vibrations (Don Bradley creo que se llamaba el bajo), tíos increíbles, lo hacían todo, hasta volteretas mientras tocaban. «¿Qué hacéis después del concierto?» (eso ya era una invitación). Total, que nos metíamos en un taxi y nos marchábamos con ellos al otro lado de las vías del tren de una ciudad cualquiera. Allí la marcha no había hecho más que empezar: había comida, rock and roll, gente bailando, y todo el mundo se lo pasaba en grande; el contraste con la parte blanca de la ciudad era increíble y se me ha quedado grabado. En el lado negro de las vías se comía, se bebía, se fumaba, y además había unas matronas inmensas que, por algún motivo, siempre nos veían como unos pobres y frágiles delgaduchos que despertábamos su instinto maternal, cosa que a mí me parecía fantástica (apretujado entre dos enormes tetas).

—¿Te doy un masajito, tesoro?

—OK, señora, lo que usted diga.

Se respiraba libertad, todo fluía, y te despertabas en una casa llena de negros amabilísimos, tan encantadores que costaba trabajo creerlo; ¡ojalá fuera así en casa! Pasaba lo mismo en todas las ciudades por las que pasábamos: te despertabas y lo primero era «¿dónde estoy?». Y te encontrabas con una de esas tías corpulentas que entraba por la puerta de la habitación (y tú en la cama con su hija) para traerte el desayuno a la cama.

La primera vez que tuve el cañón de una pistola apuntándome entre ceja y ceja fue, creo, en los servicios de caballeros del Civic Auditorium de Omaha, Nebraska. El arma era sostenida por la mano de un inmenso policía que ya tenía sus años. Yo estaba con Brian haciendo una prueba de sonido. En aquel tiempo solíamos beber whisky con Coca-Cola. El caso es que nos entraron ganas de mear y allí que nos fuimos, dispuestos a responder a la llamada de la naturaleza con nuestras copas convenientemente disimuladas en vasos de papel. Total, que estábamos regando las flores tranquilamente cuando oímos que se abría la puerta a nuestras espaldas:

—A ver, daos la vuelta muy despacio —dijo una voz sibilante.

—Vete a cagar —contestó Brian.

—Ahora mismo —respondió la voz entre resoplidos.

Mientras nos la sacudíamos antes de enfundarla nos dimos la vuelta para encontrarnos cara a cara con un madero gigantesco apuntándonos con un revólver; la mano era igualmente colosal y nos clavaba una mirada amenazante. Se hizo el silencio; Brian y yo contemplamos aquel agujero negro. «Esto es un edificio público, ¡no está permitido beber alcohol! Así que vais a tirar el contenido de esos vasos por el retrete. ¡Ahora mismo! ¡Y nada de movimientos bruscos! ¡Vamos!». A Brian y a mí nos entró un ataque de risa, pero aun así obedecimos porque él tenía la sartén por el mango. Brian masculló algo sobre una reacción torpe y exagerada, lo cual sólo sirvió para poner todavía más furioso a aquel hijo de puta, tanto que el cañón de la pistola empezó a temblar. Así que al final le soltamos un rollo sobre nuestro desconocimiento de las ordenanzas municipales en lo tocante a la ingestión de bebidas alcohólicas en aquel recinto, a lo que nos gruñó que la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento o algo así. Yo estaba a punto de preguntarle cómo sabía que estábamos bebiendo alcohol, pero me lo pensé mejor. Total, teníamos otra botella en el camerino.

Al poco tiempo me agencié una Smith & Wesson del 38 especial. Aquello era el Salvaje Oeste, ¡y lo sigue siendo! Me la compré en un bar de camioneros por veinticinco dólares, munición aparte. Así fue como comenzó mi ilícita relación con tan venerable firma (¡desde luego no aparezco en sus registros como cliente!). Varios tíos de los que viajaban con nosotros llevaban armas, estábamos trabajando con unos cabrones que no se andaban con tonterías. Recuerdo esa otra cara de las cosas: un reguero de sangre corriendo bajo la puerta de un camerino, darte cuenta de que le están dando una paliza a alguien y saber que más te vale no meterte. Pero lo peor era ver aparecer a la policía, sobre todo entre bastidores: ¡joder cómo corrían algunas de las bandas! Muchos de los tipos que andaban de gira tenían cuentas pendientes con la justicia por alguna razón, por lo general cosas menores como no estar pagando la pensión alimenticia o robar un coche. No trabajabas con santos precisamente, eran unos músicos excelentes que podían meterse en un bolo y hacerse invisibles en medio de aquella nube de juglares… los cabrones se sabían buscar la vida en la calle como nadie. Entre bastidores, de repente aparecía un escuadrón de policía con una orden de detención para alguien que estaba tocando la guitarra en uno de los grupos; aquello era como el desembarco de la pandilla plumilla: ¡Dios! Pánico total… el pianista de Ike Turner bajando las escaleras de tres en tres.

Al final de nuestra primera gira por Estados Unidos creíamos que la habíamos cagado; nos habían relegado al circuito de variedades, éramos el número circense de los greñudos, pero cuando llegamos al Carnegie Hall de Nueva York nos reencontramos con las adolescentes (se desgañitaban igual que en Inglaterra): América estaba empezando a vernos de otro modo. Ahí fue donde percibimos que aquello no era más que el principio.

En el 64, cuando estábamos en Nueva York, Mick y yo no pensábamos largarnos sin ir al Apollo, así que retomé el contacto con Ronnie Bennett. Nos fuimos al parque de Jones Beach con todas las Ronettes en un Cadillac rojo. Me avisaron de recepción:

—Hay una dama esperándolo abajo.

—¡Venga, nos vamos! —le dije a Mick.

Además era la semana de James Brown en el Apollo. Tal vez debería ser Ronnie quien describa lo buenos chicos que éramos, muy al contrario de lo que suele creerse:

Ronnie Spector: La primera vez que Keith y Mick vinieron a Estados Unidos no tuvieron éxito, durmieron en el suelo del salón de la casa de mi madre en Spanish Harlem; no tenían dinero, y mi madre se levantaba por la mañana y les hacía unos huevos con beicon, y Keith siempre se lo agradecía: «Muchas gracias, señora Bennett». Yo me los llevé al teatro Apollo a ver a james Brown, eso fue lo que los decidió a no tirar la toalla: éstos se fueron de vuelta a Inglaterra jurando que volverían siendo unas superestrellas y así fue. Les enseñé lo que hacía yo, dónde crecí, y les conté que estuve por primera vez en el Apollo cuando tenía once años. Fuimos a los camerinos y conocieron a todas las estrellas de rhythm and blues que andaban por allí. Me acuerdo de Mick temblando de la emoción cuando pasamos por delante del camerino de James Brown.

La primera vez que vi el cielo fue cuando me desperté con Ronnie Bennett (Spector de casada) dormida a mi lado con una sonrisa en los labios. Éramos unos críos: con los años no es mejor, aunque se vuelve más refinado. ¿Qué puedo decir? Me llevó a casa de sus padres, a su dormitorio, varias veces, pero ésa fue la primera; y yo no era más que un simple guitarrista, ¿me explico?

James Brown estaba actuando en el Apollo toda la semana. Ir al Apollo y ver a James Brown… ¡era increíble! ¿Quién iba a decir que no a un plan así? El tipo era asombroso, único, realmente daba en el clavo con lo que hacía. ¡Y nosotros nos creíamos una banda sólida! La disciplina que reinaba entre aquellos tíos me impresionó más que nada: en el escenario bastaba con que James Brown chascara los dedos porque le parecía haber oído que alguien se había comido un tiempo o había desafinado en una nota y no veas la cara que se le ponía al músico en cuestión… Brown hacía una seña para indicar la multa que le imponía al infractor, así que todos aquellos tíos no perdían de vista las manos del líder ni un instante. Hasta vi cómo a Maceo Parker, el saxofonista que había creado la banda de James Brown (y con quien por fin trabajé tiempo después con los Winos), le caía una multa de cincuenta dólares esa noche. Fue un concierto fantástico. Mick no se perdía detalle de los movimientos, se fijó mucho más que yo ese día: canta, baila, es el que manda…

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