Vida
Capítulo 11
En el que conozco a Patti Hansen y me enamoro. Sobrevivo a una desastrosa
primera visita a sus padres. Se va fraguando el desencuentro con Mick. Me
peleo con Ronnie Wood y recupero a mi padre al cabo de veinte años. La
historia de Marlon sobre las mansiones estilo Gran Gatsby de Long Island.
Boda en México.
Mick se pasaba el día en Studio 54 de Nueva York, que ciertamente no era muy de mi gusto: una discoteca con decoración emperifollada, o eso me parecía a mí por aquel entonces, una sala abarrotada de maricones en pantalones bóxer agitando botellas de champán delante de tus narices. Las colas para entrar daban la vuelta a la manzana, y el tipo con la cuerdecita de terciopelo decretando quién entraba y quién no. Yo sabía que trapicheaban en la parte trasera, motivo por el que al final la policía los machacó. No debía de bastarles la pasta que ganaban. Pero no eran más que críos pasándoselo bien, nada más que un montón de chicos alegres. Lo raro es que conociera a Patti Hansen en Studio 54. John Phillips y yo nos habíamos refugiado allí porque Britt Ekland me perseguía, estaba loca por mí. Y, eh, Britt, me encantas, eres una chica muy simpática y todo eso, dulce, tímida y sin pretensiones, pero tengo la agenda hasta arriba, ¿me explico? El caso es que ella no se daba por aludida y me perseguía por toda la puta ciudad, así que se nos ocurrió que el sitio ideal para escondernos era Studio 54, porque era el último lugar de la Tierra donde podrías encontrarme. Resultó que era el día de San Patricio, el 17 de marzo. Corría el año 1979.
Así que nos escondimos pensando: «Aquí Britt no nos encontrará en la vida». Y Shaun, una de las colegas de Patti, se acerca y nos cuenta que es el cumpleaños de una amiga suya. «¿De cuál?», le pregunto yo, y me señala a una rubia preciosa que estaba bailando con la melena al viento. ¡Dom Pérignon ahora mismo! Le mandé una botella de champán y me acerqué a saludar, sólo eso. Después no la volví a ver durante algún tiempo, pero aquella visión se me quedó grabada.
Luego, en diciembre, llegó mi cumpleaños. Cumplía treinta y seis y, en consonancia con la locura de los tiempos, alquilamos la pista de patinaje Roxy para dar una fiesta. Jane Rose había mantenido en su radar a Patti durante todos esos meses, porque por lo visto había percibido que aquella primera noche saltaron chispas, así que se aseguró de que Patti estuviera invitada. En fin, el caso es que volví a ver a Patti, y Patti vio que la miraba. Y se marchó. Al cabo de unos días la llamé y empezamos a salir. A los pocos días, en una entrada de mi diario de enero de 1980, escribí:
Increíble. He conocido a una mujer. ¡Un milagro! Tengo un montón de tías a mi disposición con sólo chasquear los dedos, ¡pero he conocido a una mujer! Me cuesta trabajo creerlo porque es la mujer más hermosa (físicamente) del MUNDO. ¡Pero no es eso! Por supuesto que ayuda, pero es su mente, su alegría de vivir y (maravilla) cree que este yonqui hecho polvo es el tío al que ama. Estoy meándome en los pantalones. Le encanta el soul y el reggae, de hecho le gusta todo. Yo le hago cintas de música y disfruto casi tanto como estando con ella. Se las envío como cartas de amor. Voy camino de los cuarenta y estoy perdidamente enamorado.
Yo no me podía creer que estuviera dispuesta a andar por ahí conmigo, porque por aquel entonces mis colegas eran un montón de tíos y nos pasábamos el día por el Bronx y por Brooklyn metidos en extravagantes locales antillanos y en tiendas de discos. Nada que pudiera ser de interés para una supermodelo. Mi amigo Brad Klein andaba por ahí: creo que Larry Sessler, el hijo de Freddie, también; y Gary Schultz, mi guardaespaldas, al que llamábamos siempre Concorde, un apodo que procedía de los Monty Python (Brave, brave Concorde! You shall not have died in vain / I’m not
quite dead, sir[62], etc.); y también Jimmy Callaghan, mi gorila personal durante muchos años; y Max Romeo, la estrella del reggae, y algunos más. «Encantado de conocerte, encantado de que hayas venido, ¿te apetece conocer a un puñado de gilipollas? Como quieras, ¿eh?, tú verás». Pero ella aparecía todos los días, y yo sabía que estaba a punto de pasar algo, pero cómo y cuándo (y quién iba a dar el primer paso) era ya otro tema. Nos tiramos así días y días, y yo nunca apreté demasiado el acelerador, no moví un dedo en realidad. Nunca se me ha dado bien lo de conquistar a las tías, no encuentro jamás la frase adecuada o una frase que no esté ya muy oída, nunca he tenido esa habilidad con las mujeres. Así que lo hacía en silencio, muy al estilo de Charlie Chaplin: el gesto de rascarse la mejilla, la mirada, el lenguaje corporal, ¿lo captas? Ahora depende de ti. El rollo de «¡hey, chica!» simplemente no es lo mío. Yo necesito retraerme un poco y ver como la tensión va en aumento hasta un punto en que tiene que acabar pasando algo. Y si son capaces de aguantar esa tensión, entonces todo va a ir bien. Lo llaman osmosis inversa. Al final, después de una asombrosa cantidad de días, fue ella la que se tumbó en la cama y me dijo ¡adelante!
Por aquel entonces yo vivía con Lil. De repente desaparecí durante diez días y alquilé una habitación en el Hotel Carlyle, y Lil preguntándose dónde coño me había metido, aunque captó el mensaje enseguida. Por entonces llevaba con ella dieciocho meses y nos habíamos instalado cómodamente en un apartamento muy agradable. Lil es una tía fantástica y yo acababa de plantarla… Tenía que compensarla de alguna manera.
Hace mucho tiempo que tenía ganas de oír la versión de Patti sobre todo aquello.
Patti Hansen: Yo no sabía nada de Keith, no seguía su música. Evidentemente, si por aquel entonces oías la radio era imposible que no supieras quiénes eran los Rolling Stones, pero no era el tipo de música que yo solía escuchar. Era marzo de 1979, mi cumpleaños, y estaba en Studio 54; acababa de romper con un tío con el que había estado años saliendo y me había ido a bailar con mi amiga Shaun Casey, que vio a Keith llegar y sentarse en uno de los reservados. Ya habían cerrado la barra, así que Shaun se fue para allá y le dijo: «Es el cumpleaños de mi mejor amiga. ¿Te importaría regalarle una botella de champán? Es que a nosotras a estas horas ya no nos sirven». Y añadió: «Ah, por cierto, soy amiga de Bill Wyman». Y ella fue quien me presentó a Keith, apenas un momento. Casi ni me acuerdo. Sé que volví a la pista. Debían de ser las tres de la mañana. Me parece que era la primera vez que él iba a Studio 54 y que no volvió por allí jamás. Era más bien mi tipo de local. Y se fijó en mí.
Luego, en diciembre del 79, yo estaba trabajando con Jerry Hall en el estudio de Avedon y ella me contó que iba a haber una gran fiesta para celebrar el cumpleaños de Keith Richards, y me preguntó si me apetecía ir. Jerry y yo no éramos amigas, pero trabajábamos juntas como modelos; a ella y a Mick apenas los conocía. La cuestión es que salí a tomarme un vodka con un amigo y le dije: «Vamos a una fiesta en el Roxy a ver a ese tío». La mayoría de mis amigos eran gays, con lo cual me ponía bastante nerviosa toda aquella historia de que un tipo quisiera conocerme, y además estaba todo preparado y por tanto era algo cutre, un poco de tía demasiado lanzada. Pero también estábamos a finales de los setenta y yo tenía veintitrés años. Así que fuimos y tuve un momento extraño y maravilloso de mariposeo en el estómago. Ya estaba amaneciendo, y mi amigo Bill y yo decidimos volver andando a mi casa, y supongo que en algún momento debí de darle mi teléfono a Keith, porque al cabo de unos días me llamó a las dos de la mañana: «¿Qué ha pasado contigo? Oye, ¿te apetece que quedemos en Tramps?». Tocaba no sé qué grupo. Uno de mis amigos gays me dijo: «¡Ni se te ocurra ir! ¡No vayas, no lo hagas, Patti!». Pero le contesté: «Voy, ¡esto es genial!».
Desde el concierto en Tramps me pasé cinco días seguidos con él, sin pegar ojo. Dimos vueltas en coche, estuvimos en varios apartamentos, fuimos hasta Harlem buscando una tienda de discos. El quinto día, cuando estaba empezando a ver borroso por el sueño, acabamos en una gran fiesta en casa de Mick. Yo trabajaba mucho de modelo en aquella época, salía a menudo en la portada de Vogue, pero aun así no me iba mucho lo de hacer vida social, y aquella fiesta en casa de Mick era de lo más exclusivo, así que le dije a Keith: «Me voy para casa, ya no puedo más. Supongo que después de eso cada uno sigue con su vida durante una temporada».
Y lo siguiente que recuerdo es que estaba en Staten Island pasando la Nochevieja con mi familia. Y me acuerdo de montarme en el coche para volver a toda prisa a mi apartamento de la ciudad después de medianoche, y encontrarme un reguero de sangre bajando por los peldaños de la escalera desde mi apartamento. El estaba esperándome, apoyado en la puerta. No sé lo que había hecho, pero se había cortado el pie o algo así. Mi apartamento estaba en la Quinta Avenida con la Calle II, y creo que por entonces él estaba trabajando en la Calle 8. Supongo que habíamos hablado de quedar allí. Y fue maravilloso.
Keith decidió que nos quedáramos en una habitación del Carlyle, y recuerdo que se ocupó de que el ambiente fuera perfecto: cambió la iluminación, colocó cortinas y unos pañuelos preciosos cubriendo las luces. Era una habitación de dos camas. El sexo era parte de la historia, sí, pero no lo más importante, en ese aspecto fuimos bastante despacio. En cambio tengo cajas y cajas de cartas de amor desde el primer día. Keith me hacía dibujitos con su propia sangre. Y me siguen haciendo mucha ilusión esas notas que me manda, siempre deliciosas y llenas de ingenio.
Aquellos primeros días fueron fantásticos. Y luego, poco a poco, la gente empezó a dar voces de alarma. Keith iba y venía, se marchaba en mitad de la noche para volver a Long Island: ¿Tienes una familia? ¿Tienes una familia en Long Island, tienes un hijo?». Estaba de los nervios. Yo no sabía lo de Anita, y desde luego no sabía que tuviera una novia que se llamaba Lil Wergilis. Un tío me invita a una fiesta, y supongo que está libre. No sabía que venía con todas esas historias a cuestas. Lo que sí recuerdo es la sensación de que aquel tío necesitaba un lugar donde quedarse. La gente me empezó a decir lo que no estaba haciendo bien, las cosas que no debía decir: «No le hagas los huevos así a Keith, no le digas eso, no hagas lo otro». Era todo muy raro. Luego le empezaron a llegar a mi familia unas cartas horribles sobre Keith, pero ellos siempre se fiaron de mi buen juicio. Le di las llaves de mi apartamento y me marché a trabajar a París unas semanas. Yo me preguntaba: «¿De verdad está pasando todo esto?». Pero lo cierto era que quería estar con él, me gustaba de verdad. Y me emocionaba mucho que me llamara a París para preguntarme: «¿Cuándo vuelves a casa?». Y más o menos en marzo de 1980 fui a California para rodar una película a las órdenes de Peter Bogdanovich. Pero era algo de locos, mantener una relación con Keith y al mismo tiempo comportarme como una profesional en mi primera experiencia como actriz. Incluso Bogdanovich escribió a mi familia para advertirles sobre Keith, algo que ahora lamenta.
Y si yo no sabía mucho sobre Keith, mi conservadora y luterana familia de Staten Island sabía todavía menos. Mis hermanos y hermanas se criaron en la otra orilla de los sesenta, la orilla de Doris Day. Mis hermanas mayores fueron de las que se hacían aquellos inmensos moños cardados. Se perdieron toda la era hippy. Me parece que mis hermanos sí que probaron la marihuana, pero no creo que nadie de mi familia tuviera mucho que ver con las drogas, aunque tampoco se pueda decir que fueran abstemios. Todos han tenido sus historias, somos una familia de bebedores. Y cuando finalmente Keith fue a casa de mis padres para que lo conocieran por Acción de Gracias, en el otoño de 1980, fue un completo desastre.
La primera vez que fui a Staten Island a conocer a la familia de Patti llevaba días sin dormir. Además tenía una botella de vodka o de Jack Daniels en la mano, y pensé que simplemente iba a entrar así, en plan la la la la. No es broma, soy vuestro futuro yerno. Estaba muy pasado. Había llevad conmigo a Stash, el príncipe Klossowski. No es que fuera la mejor compañía, pero necesitaba a alguien con cierto encanto, y por alguna razón me pareció que presentarme con un príncipe en su casa era la estrategia perfecta. Un príncipe auténtico. El hecho de que además fuera un auténtico cretino no me pareció, por lo visto, muy importante. Necesitaba un colega que me acompañara. Sabía que Patti y yo acabaríamos juntos de todos modos, sólo era cuestión de recibir la bendición de la familia, porque así todo resultaría mucho más fácil para ella.
Saqué la guitarra y les ofrecí un poco de «Malagueña». ¡«Malagueña»! No hay nada igual, siempre te abre cualquier puerta. La tocas y la gente se cree que eres un puto genio. Así que la toqué maravillosamente y me imaginé que con eso me había metido en el bolsillo, al menos, a todas las mujeres. Habían preparado una cena exquisita, nos estábamos dando un gran festín, y todo era muy correcto y educado. Pero para el Gran Al, el padre de Patti, yo era un poco raro. El era conductor de autobús en Staten Island y yo una «estrella del pop internacional». Y toda la conversación fue por ahí, sobre «estrellas del pop». Yo comenté que era un poco como un disfraz que se ponía uno y todo eso. Stash es quien recuerda bien la historia, mejor que yo, porque para entonces ya llevaba un colocón considerable. Recuerda que uno de los hermanos dijo: «Y entonces, ¿cuál es tu chanchullo? Y de repente me sentí en la picota. Stash se acuerda en particular de una hermana de Patti diciendo algo como «creo que has bebido demasiado para tocar eso». Y entonces, ¡bang! Se me fue la olla, solté un «¡ya basta!» y rompí la guitarra contra la mesa. Para lo cual hace falta bastante fuerza. La cosa podría haber salido por cualquier lado. Me podrían haber echado de allí para siempre. Pero lo sorprendente de esa familia es que no se ofendieron. Puede que se quedaran un poco desconcertados, pero todo el mundo iba un poco achispado. Al día siguiente entoné una retahíla de disculpas verdaderamente abyectas y, en el caso del padre, el Gran Al (un buen tipo), creo que eso por lo menos lo ayudó a ver que estaba dispuesto a luchar por su hija y me parece que le gustó. Durante la guerra lo habían destinado a un batallón de ingenieros en las islas Aleutianas. Supuestamente tenían que construir una pista de aterrizaje, pero acabaron luchando contra los japos porque no había nadie más por allí para hacerlo. Al final me llevé al Gran Al a jugar al billar a su bar favorito del barrio y dejé que pensara que me había tumbado bebiendo: «¡Todavía hay clases, hijo, conmigo no puedes!». «¡Y que lo diga, señor, lleva toda la razón!». Pero la pieza clave para que la familia me aceptara fue Beatrice, la madre de Patti, que siempre estuvo de mi lado y con quien compartiría muchos buenos momentos más tarde.
Así es como vio Patti el día en que me presentó a su familia:
Patti Hansen: Sólo recuerdo estar en el piso de arriba, llorando, cuando se armó el gran follón. Debió de pasar algo antes, porque recuerdo que yo no estaba en la mesa cuando ocurrió. Debí de ver que se le estaba yendo la situación de las manos y simplemente quería esconderme en un agujero. Era una celebración familiar, pero alguien dijo algo y de repente salió una guitarra volando por encima de la mesa en dirección a mis padres. No sé qué pasó, pero de pronto se convirtió en la estrella de rock, en una persona que ninguno de nosotros conocíamos. Y mi madre dijo: «Algo va mal, Patti, algo va muy mal». Sé que estaban aterrorizados, muy preocupados por mí. Mi padre era conductor de autobús, un hombre tranquilo en cualquier caso, que se estaba recuperando de un ataque al corazón, y aquélla era la primera vez que veía a Keith, con su cazadora de cuero y sus piernas de alambre embutidas en unos pantalones pitillo. Y yo era su pequeña, la menor de siete hermanos. ¡A saber qué se había metido Keith, seguramente tranquilizantes y alcohol! Me recuerdo sentada en la escalera llorando, y él abrazado a mí llorando también, y toda mi familia mirándonos. Teniendo en cuenta que nunca se habían visto en semejante situación, yo diría que no lo llevaron mal del todo. Estaban en casa otros familiares y algunos vecinos, siempre teníamos la casa llena.
Lo siguiente que recuerdo es a mi madre abrazándome y diciendo que Keith iba a cuidar de mí, que no pasaba nada, que era un buen chico. El luego se sentía fatal por lo que había hecho y al día siguiente le envió a mi madre una nota preciosa diciéndole que sentía profundamente lo ocurrido. No sé cómo pudo confiar en él después de aquello, pero el hecho es que lo hizo. Yo fui incapaz de quedarme a dormir y volví a la ciudad con Keith. Debieron de quedarse aterrados al verme en el coche con aquel desquiciado. Mis otros hermanos varones estaban en California esa noche, pero Keith también acabó enfrentándose con ellos más adelante. Solía sacar pecho y decirme: «¡O ellos o yo, Patti!». Yo respondía: ¡Pero si ya sabes que te elijo a ti!». Siempre me hacía lo mismo. Sólo para asegurarse.
En cuanto a los tres hermanos de Patti, el más duro de pelar fue el Gran Al Jr., a quien por aquel entonces yo no le gustaba lo más mínimo. El tío andaba buscando pelea, quería tener una al estilo OK Corral, así que un día, en su casa de Los Angeles, le dije: «Dejémonos ya de chorradas vamos afuera, Al, solucionemos esto de una puta vez, ahora mismo. Tú mides un metro noventa y tantos y yo un metro setenta y cuantos, lo más seguro es que me mates, pero nunca volverás a caminar igual de bien, eso te lo aseguro, porque soy rápido. Antes de que me mates, te separaré para siempre de tu hermana, te odiará durante el resto de sus días». Al final tiró la toalla. Yo sabía que con aquello se zanjaría el asunto. El resto eran bravuconadas de machito sin ninguna importancia. Su manera de ponerme a prueba.
Greg me costó un poco más. Es un tipo muy amable, tiene ocho críos, trabaja un montón para sacar adelante a la familia y no para de tener niños. La familia con la que me he casado es muy religiosa, van a la iglesia todos los domingos, se colocan en círculo y se ponen a rezar Nuestras ideas sobre la religión son muy distintas. Por ejemplo, el cielo nunca me ha parecido un lugar muy interesante, al menos para mi De hecho, considero que Dios, en su infinita sabiduría, no se molestó en hacer dos garitos distintos: cielo e infierno. Son el mismo lugar, sólo que en el cielo tienes todo cuanto puedas desear y te reencuentras con mamá y papá y tus mejores amigos, te das un abrazo y un beso y todo el mundo se pone a tocar el arpa. El infierno está en el mismo sitio (sin fuego ni azufre), pero todo el mundo pasa de largo sin verte. No hay nada, ningún reconocimiento. Tú estás saludándolos con la mano («¡soy yo, tu padre!»), pero eres invisible. Estás en la nube con tu arpa, pero no puedes ponerte a tocar con nadie porque nadie te ve. Eso es el infierno.
Rodney, el tercer hermano, era capellán de la marina cuando yo conocí a Patti, así que con él hablaba de teología. «¿Quién escribió este libro en realidad, Rodney? ¿Es la palabra de Dios o una versión corregida? ¿Ha sufrido modificaciones?». Y, por supuesto, no tiene respuesta para ninguna de esas preguntas, pero nos sigue encantando discutir sobre esos temas. Para él es muy importante y además le apasiona el reto. A La semana siguiente siempre vuelve a la carga: «Bueno, el Señor dice que… «Ah, eso dice, ¿eh?». Tuve que pelear mucho para hacerme un sitio en la familia de Patti, pero en cuanto te aceptan darían la vida por ti.
La verdad es que fue una suerte tener todo eso para distraer el corazón durante aquella época, porque había empezado a fluir entre Mick y yo una corriente amarga. Surgió de modo bastante inesperado y para mí fue una conmoción. La cosa venía de los tiempos en que yo dejé la heroína. Escribí una canción titulada «All About You» que se incluyó en Emotional Rescue en 1980 y en la que yo cantaba, cosa rara por aquel entonces. La gente a la que le da por analizar las letras de las canciones suele interpretarla como un tema para despedirme de Anita. Da la impresión de ser la típica discusión chico-chica, una canción de amor llena de despecho, una de ésas en la que anuncias tiras la toalla:
If the show must go on Let it go on without you
So sick and tired
Of hanging around with jerks like you. [63]
Las canciones nunca tratan de una sola cosa, pero si esa canción es sobre algo concreto, seguramente es más sobre Mick. Había algunos dardos apuntando en esa dirección. Por aquel entonces yo me sentía profundamente herido. Me di cuenta de que Mick había aprovechado algunos aspectos de mi adicción: como mínimo, eso había permitido que yo no interfiriera en los asuntos del día a día. Pero ahí estaba yo ahora, ya no me chutaba y había vuelto con la actitud de «muy bien, muchas gracias, te relevo de la carga; un millón de gracias por llevarla tú durante años mientras yo andaba por ahí perdido; con el tiempo te iré recompensando». Nunca la había cagado y le había dado unas cuantas canciones magníficas. El único jodido de verdad era yo mismo. Pero he conseguido salir, Mick, por los pelos pero lo he conseguido», y él también había salido por los pelos de unas cuantas cosas. Supongo que yo esperaba un torrente de gratitud, algo así como «¡gracias a Dios, colega!».
En cambio me encontré con «el que manda aquí soy yo». El problema fue ese rechazo. Yo le preguntaba «¿qué está pasando con esto?, ¿qué vamos a hacer con esto otro?», pero no obtenía ninguna respuesta, nada en absoluto. Acabé comprendiendo que Mick manejaba todos los hilos y no tenía la menor intención de soltar ni uno. ¿Interpreté bien todo aquello? No tenía la menor idea de que el poder y el control fueran tan importantes para Mick, siempre había pensado que funcionábamos de acuerdo con lo que era positivo para todos nosotros. Un pendejo idealista, ¿verdad? Mick se había enamorado del poder mientras yo andaba en una onda más… artística. Pero sólo contábamos con nosotros mismos,
¿qué sentido tenía andar peleando? Mira qué ejército más exiguo: Mick, Charlie y yo; y luego Bill.
La frase que más recuerdo de aquellos tiempos es: «¡Oh, cierra pico, Keith!». Mick la usaba muy a menudo, en muchísimas ocasiones en reuniones, en todas partes. Incluso antes de que me hubiese dado tiempo a explicarme, ya estaba con «¡cierra el pico, Keith, no digas tonterías!», y ni siquiera se daba cuenta de que lo hacía. Era un puto grosero, pero lo conocía desde hacía tanto que se lo pasaba todo. Aunque al mismo tiempo te deja pensando; y duele.
Yo estaba acabando de grabar «All About You» y recuerdo que me llevé a Earl McGrath, la persona que en teoría estaba al frente de Rolling Stones Records, a contemplar una maravillosa vista de Nueva York desde la azotea de los Electric Lady Studios. Le dije: «Si no haces algo al respecto, ¿ves esa acera de ahí abajo? Toda tuya». Lo levanté del suelo, literalmente, y le dije: «Se supone que tú debes hacer de mediador entre Mick y yo. ¿Qué está pasando? Eres incapaz de controlar la situación». Earl es un tipo encantador, y yo entendía que no estaba hecho para soportar los aprietos de una mediación entre Mick y yo cuando teníamos una mala noche, pero también quería que supiera lo que sentía. No podía subir a Mick allí arriba y empujarlo al vacío, pero tenía que hacer algo.
Además estaba perdiendo a Ronnie, pero en su caso por motivos bien distintos. Más concretamente, Ronnie se estaba perdiendo. Le había dado por fumar freebase. Hacia 1980, él y Jo vivían en Mandeville Canyon y tenían detrás a un séquito que se drogaba con ellos. El crack es peor que la heroína. Yo nunca me metí esa mierda. Jamás. No me gustaba cómo olía, ni lo que le hacía a la gente. Recuerdo una vez en casa de Ronnie; él, Josephine y todos los demás estaban poniéndose hasta el culo de freebase, y cuando estás con eso ya no te importa nada más en el mundo. Pululaban por la casa muchos aduladores que revoloteaban alrededor de Ronnie, tíos estúpidos con sombreros Stetson emplumados. Me metí en el baño, y allí estaba él con un montón de parásitos y camellos de tres al cuarto hablando por teléfono, tratando de conseguir más de aquella mierda que se estaban metiendo. Había alguien fumando en la bañera. Yo entré, me fui directo al retrete, me senté y me puse cagar: «¡Hey, Ron! Ni una palabra». Era como si no estuviera allí. Bueno, se acabó, al tío se le ha ido la cabeza. Por lo menos ahora sé de qué estamos hablando; a partir de este momento tengo que tratarlo de otro modo. Le pregunté:
—¿Por qué coño lo haces?
— ¡Tú no lo entenderías!
—¿En serio?
Esa frase ya la había oído en labios de drogatas hacía muchos años y pensé: «Bueno, quizá no lo entienda, pero habrá que tomar una decisión».
Nadie quería que Ronnie estuviera en la gira del 81 por Estados Unidos (andaba demasiado ido), pero yo insistí, dije que respondía por él, lo que significaba que me comprometía a asegurar que todo iría bien y prometía que Ronnie se portaría como es debido. Cualquier cosa con tal de que los Stones salieran otra vez a la carretera. Pensé que sería capaz de manejarlo. Pero a mediados de octubre de 1981 ocurrió lo de San Francisco. Estábamos de gira, la J. Geils Band venía con nosotros, y nos alojábamos en el Hotel Fairmont, que parece el palacio de Buckingham, con su ala este y su ala oeste. Yo estaba en una y Ronnie en la otra, y me enteré de que había una gran fiesta en su habitación, donde todo el mundo se estaba poniendo ciego de freebase, un comportamiento irresponsable por su parte. Me había prometido que no se metería durante la gira. El telón cayó. Bajé al vestíbulo, lo crucé a grandes zancadas con Patti siguiéndome, tratando de sujetarme y suplicando «Keith, no, no te vuelvas loco, no lo hagas». Me desgarró la camisa tratando de sujetarme. Pero mi respuesta fue: «A la mierda, está poniéndonos a mí y al grupo en la cuerda floja». Si algo fallaba íbamos a perder unos cuantos millones y se iría todo al carajo. Me presenté en su habitación, y cuando abrió la puerta le di un puñetazo. «¡Hijo de puta!». Bum. Cayó de espaldas encima del sofá y yo me desplomé sobre él con el impulso del golpe; se volcó el sofá y a punto estuvimos de salir volando, sofá incluido, por la ventana. Nos dimos un susto de muerte. El sofá iba derecho una ventana en la que los dos teníamos clavada la vista pensando: «A que salimos por ahí…». De lo que pasó después apenas recuerdo nada. Había dejado muy clara mi postura.
Desde entonces, Ronnie ha seguido unos cuantos programas de rehabilitación. Hace poco pegué en la puerta de su camerino un letrero que decía: «La rehabilitación es para los rajados». Se mire por donde se mire, ir a esos centros donde en realidad no te ayudan lo más mínimo es tirar un montón de dinero para volver exactamente a lo mismo de antes en cuanto pones un pie fuera. Hay centros de rehabilitación para jugadores, y a uno de ellos fue Ronnie. La rehabilitación de Ronnie era, fundamentalmente, una estrategia para escapar de la presión. Últimamente ha encontrado un centro que le encanta. Me cuenta historias, y aquí repito sus palabras:
—He dado con uno fantástico en Irlanda.
—¿Ah, sí? ¿Y qué hacen?
—Nada, ¡es genial! Aparecí por allí y les pregunté: «Bueno, entonces, ¿cuál es el programa diario?». Y van y me contestan: «Aquí no hay ningún programa establecido, señor Wood. La única norma es que no puede recibir llamadas o visitas». «¡Perfecto!, ¿o sea que no tengo que hacer nada?». «No».
De hecho, lo dejan ir al pub del pueblo tres horas cada noche, y se pasa allí el tiempo con jugadores, gente que, como él, se está escondiendo para quitarse de encima durante un rato la pesada maldición del día a día.
Tras una rehabilitación me dije: «Ahora está bien. Lo he visto totalmente colocado y también perfectamente sobrio, y la verdad es que no noto una gran diferencia. Pero tengo la impresión de que está algo más centrado». Y básicamente lo confirmo. Eso era lo más raro si te paras a pensarlo: que después de tantas cabronadas y de gastarse tanto dinero en meterse mierda y en desengancharse de ella, no se apreciara mucha diferencia. Si acaso ahora te mira un poco más a los ojos. En otras palabras, la droga no es el problema, el problema es otro. «Ni te lo imaginas».
He vivido todo tipo de situaciones con Ronnie, y se nota. Pasado un año o así desde nuestra pelea, hubo una rara ocasión, cuando él ya había dejado la pipa de crack, en que le pedí que estuviera en perfectas condiciones para no dar el menor paso en falso. El tío cumplió e hizo un gran trabajo: se trataba de acompañarme a Redlands para estar allí conmigo cuando me reencontrara con mi padre por primera vez después de veinte años.
Me aterraba la idea de volver a ver a Bert. Para mí seguía siendo el tipo de hacía dos décadas, cuando yo era un adolescente. A lo largo de los años me habían ido llegando noticias de que estaba bien a través de familiares que lo habían visto y me contaban que era de quienes se pasan el día en el pub. Me daba miedo volver a verlo por todo lo que yo había hecho durante todo ese tiempo. Esa era la razón por la que había tardado veinte años en retomar el contacto. Se me había metido entre ceja y ceja la idea de que para mi padre era un depravado (con tantas historias sobre pistolas, drogas y detenciones policiales), de que todo aquello era para él una vergüenza, una deshonra, de que lo había humillado. Eso era lo que pensaba: que lo había defraudado. Con cada nuevo titular, «Richards detenido otra vez», se me hacía más difícil ponerme en contacto con mi padre. Pensaba que para él sería mejor no verme.
A estas alturas hay muy pocos tíos que me den miedo. Pero durante mi infancia defraudar a mi padre era algo terrible para mí. Me aterraba su desaprobación. Ya he contado antes que el mero hecho de pensarlo, la idea de no estar a la altura de lo que esperaba de mí, podía hacer que se me saltaran las lágrimas, porque cuando era niño su rechazo me dejaba completamente aislado, era como si me hiciera desaparecer. Y eso era algo que se me había quedado anquilosado con el paso del tiempo. Gary Schultz, que me había contado lo mucho que lamentaba no haberse reconciliado con su padre antes de que éste muriera, fue quien me convenció, aunque yo siempre supe que llegaría un día en que habría de hacerlo.
No me costó mucho trabajo dar con él a través de otros familiares. Por lo visto había estado viviendo en un apartamento encima de un pub de Bexley durante todos esos años, aparentemente sin necesitar nada de mí, y desde luego sin pedirlo jamás. Así que le escribí.
Me recuerdo sentado en la cama de un hotel de Washington D. C. en diciembre de 1981, poco antes de mi cumpleaños, sin poder apenas creerme que estaba leyendo su respuesta. No podíamos vernos hasta que no empezara la gira europea del 82, unos meses más tarde, y Red-Lands era el lugar convenido para el encuentro. Así que, entretanto, le respondí:
¡¡Estoy deseando volver a ver tu fea jeta después de tantos años!!
Apuesto a que seguirás acojonándome. Con mucho cariño, tu hijo
Keith.
P. D. Además tengo un par de nietos que enseñarte.
Ya queda poco.
Me llevé a Ronnie para que hiciera de colchón, de bufón, de acompañante, de amigo, porque la verdad es que no me veía capaz de enfrentarme a aquello solo. Envié un coche a Bexley para que recogiera a Bert y lo llevase a Redlands. Gary Schultz también andaba por allí y recuerda que yo estaba contando las horas hecho un manojo de nervios: estará aquí dentro de dos horas; dentro de una hora; dentro de media hora. Por fin llegó, y veo salir del coche a un viejecito que me mira y me saluda: «Hola, hijo». Estaba completamente cambiado, me impresionó mucho volver a verlo: aquellas piernecitas torcidas, la ligera cojera por culpa de la herida de guerra. Era como tener delante al típico anciano granuja, parecía un pirata retirado. ¡Lo que pueden cambiarte veinte años! Aquella mata de rizos canosos y la impactante combinación de patillas grises y bigote. Siempre llevó bigote.
Aquel hombre no era mi «papá». Por supuesto no esperaba que tuviera el mismo aspecto después de tantos años: entonces era un hombre fornido de mediana edad, fuerte, robusto. Pero tenía delante a una persona completamente distinta. «Hola, hijo». «Papá». Con eso se rompe el hielo, doy fe. Hubo un momento en que Bert se alejó un poco y, según me cuenta Gary Schultz, me volví hacia él y le solté: «¿A que nunca te conté que era hijo de Popeye?». Así que le dije: «Vamos dentro, papá». Y en cuanto se metió en casa ya no pude desprenderme de él. Seguía fumando picadura St. Bruno en pipa, el mismo tabaco oscuro que recordaba de mi infancia.
Lo raro es que mi padre resultó ser un profesional del bebercio. No cuando yo era niño, porque entonces igual se tomaba una cerveza alguna noche, o los fines de semana si salíamos por ahí, poco más. En cambio ahora se había convertido en uno de los mayores bebedores de ron que jamás haya conocido, me refiero a «¡joder, Bert, la madre que te…!». Todavía quedan unos cuantos taburetes por los pubs de Inglaterra, sobre todo de Bexley, que llevan su nombre. Lo suyo era el ron. Ron negro Navy.
El único comentario que hizo sobre los titulares de prensa fue: «Parece que has estado incordiando un poco, ¿verdad?». Así que ya podíamos hablar de hombre a hombre. Y de repente me encontré con que tenía un amigo más. Volvía a tener padre. Era algo a lo que había renunciado, ya no contaba con la presencia de una figura paterna en mi vida. Fue como cerrar un círculo. Empezamos a hacernos confidencias amistosas y descubrimos que nos caíamos realmente bien. Fuimos pasando más y más tiempo juntos y al final decidimos que había llegado el momento de que Bert viajara. Yo quería que viera el mundo desde las alturas, y también alardear un poco, supongo. ¡Devoró el maldito globo! No era que el mundo lo impresionara, sino más bien que se empapó de todo lo que había ahí fuera. Así que empezamos a pasárnoslo bien para compensar todos los años en que no había habido tiempo para eso. El trotamundos Bert Richards, que nunca había subido a un avión, que hasta entonces nunca había ido a ningún sitio excepto a Normandía durante la guerra… Su primer vuelo fue a Copenhague: la única vez en mi vida que he visto a Bert asustado. Cuando empezaron a acelerar los motores observé que tenía los nudillos blancos de la fuerza con que estaba agarrando la pipa, creí que la iba a partir en dos. Pero hizo de tripas corazón y en cuanto despegamos se relajó. El primer despegue asusta a todo el mundo, seas quien seas. Luego se puso a ligar con la azafata y se olvidó de todo.
Y cuando me quiero dar cuenta lo tengo de gira conmigo y estamos yendo a Bristol en coche: mi amigo James Fox, el escritor, y yo en la parte de atrás; Svi Horowitz, mi guardaespaldas, y Bert delante. Svi le dice a Bert:
—Señor Richards, ¿le apetece beber algo?
—Pues mira, me tomaría una pinta de cerveza, gracias, Svi.
Yo bajé el panel de separación y le espeté:
—¿Cómo? ¿En sabat, papá?
Y me dejé caer en el asiento, riendo ante la ironía de la situación.
En Martinica, Bert tenía todo el día a Brooke Shields sentada en el regazo. Yo a duras penas conseguía colar una frase en las conversaciones. Mi padre siempre tenía a tres o cuatro estrellas jovencitas revoloteando alrededor. «¿Dónde está mi padre?». «¿Tú qué crees? Pues abajo en el bar rodeado de bellezas». Desde luego derrochaba energía. Recuerdo que pasamos cinco o seis noches jugando al dominó y todos los demás estaban ya tirados debajo de la mesa, pero Bert seguía bebiendo ron como si tal cosa. Nunca se emborrachaba, no perdía los papeles. En eso nos parecíamos y ése es el problema: puedes beber más que el resto porque en realidad no te afecta demasiado. Es simplemente algo que haces, como despertarte o respirar.
Mientras tanto, Anita, fugitiva de la prensa desde que aquel muchacho se pegara un tiro en casa, se había refugiado con Marlon en el Hotel Alray de Nueva York, en la Calle 68. Larry Sessler, el hijo de Freddie, estaba allí para cuidarlos. La vida de Marlon no giraba precisamente en torno al colegio, por lo menos no en el sentido convencional, sino en torno a los nuevos amigos de Anita, en torno al universo pospunk que se concentraba en el Mudd Club, esa antítesis de Studio 54 situada en White Street. Anita vivía en el mundo de Brian Eno, los Dead Boys y el Max’s Kansas City. Está claro que nada había cambiado, y seguramente ella recuerda aquellos tiempos como una de las peores épocas de su vida, o se considera muy afortunada por haber sobrevivido a todo aquello. Nueva York era entonces un sitio muy peligroso, y no sólo por el sida. Chutarse en los hoteles del Lower East Side no es ninguna broma. Ni tampoco andar por la cuarta planta del Hotel Chelsea, donde las especialidades son el polvo de ángel y la heroína.
En un intento de darles algo de estabilidad, alquilé la casa que acababa de dejar Mick Taylor en Sands Point, Long Island: fue la primera en una larga serie de cinematográficas mansiones de Long Island donde vivieron durante aquella época. Yo iba de visita cuando podía para ver a Marlon. El cumpleaños de Anita de 1980 aparecí por allí y me encontré con Roy «Skipper» Martin, uno de esos personajes que Anita recogía en el Mudd Club. Roy actuaba cada noche haciendo unos monólogos bastante radicales. El tipo había preparado una gran cena: cordero asado, pudin Yorkshire y todo eso, y de postre tarta de manzana con natillas. Le pregunté «¿son natillas de verdad?», y me contestó que sí, a lo cual yo respondí que ni de broma, que eran de lata. «Las putas natillas las he hecho yo, venían en un paquete de vainilla Bird’s, y se hacen con leche». Total, que tuvimos una agarrada y le tiré un vaso desde el otro lado de la mesa.
Por lo general, con mis amigos de toda la vida siempre se ha producido una conexión inmediata, al minuto de conocernos: enseguida tengo la impresión de que entre nosotros hay confianza mutua, como un contrato vinculante. Roy es uno de ellos, desde esa primera noche. Una vez establecida la conexión, para mí el mayor pecado es fallarle a un amigo, porque eso significa que no has entendido lo que significa la amistad, la camaradería, que es lo más importante en este mundo. Volveré a hablar de Roy porque, aparte de ser un buen amigo, se ocupa de mi casa de Connecticut y lleva al servicio de la familia, a falta de una expresión mejor, desde aproximadamente un año después de aquel primer encuentro.
No sé dónde estaría sin mis amigos: Bill Bolton, mi guardaespaldas en la carretera, siempre serio y distante, grande como un armario; Tony Russell, otro de mis guardaespaldas desde hace muchos años; Pierre de Beauport, técnico de guitarra y asesor musical. El único problema con amigos de verdad como éstos es que siempre estamos perdiendo el culo por salvarnos los unos a los otros. «Yo, tú no, yo me llevo el golpe». Amigos de verdad. Son la cosa más difícil de encontrar, de hecho nunca los buscas: te encuentran ellos, y luego se forja la amistad. Soy incapaz de ir a ninguna parte sin estar convenientemente rodeado de verdaderos colegas. Jim Callaghan en el pasado, y Joe Seabrook, que estiró la pata un par de años antes de escribir este libro, eran eso. Bill Bolton está casado con la hermana de Joe, así que todo queda en familia. Son tíos con los que he compartido de todo, bueno y malo, y son muy importantes para mí.
Por alguna razón, todos mis grandes amigos han pasado tiempo entre rejas en algún momento de sus vidas. No me había dado cuenta hasta que no los vi a todos juntos en una lista con un resumen de sus currículos. ¿Qué me indica eso? En realidad nada, porque las circunstancias de cada uno son diferentes. Bobby Keys es el único que ha estado en la cárcel varias veces, y siempre, como dice él, por delitos que desconocía haber cometido. Somos una piña, yo y la panda de indeseables. Lo único que pretendemos es hacer lo que tenemos que hacer y que no nos vengan a joder con necedades. Nos encantan Las aventuras de Keith Richards, que sin duda tendrán un final peliagudo, eso fijo. Es todo un poco como en las historias de Guillermo el
Travieso[64], la verdad. Roy, por ejemplo, se marchó de casa y se enroló en La marina mercante con quince años. Es de Stepney, en el East End de Londres, lo que ya dice mucho sobre él. Luego, a principios de los sesenta, cambió de oficio y empezó con el contrabando de oro. Un espíritu libre, el bueno de Roy. Compraba el oro en Suiza, se lo metía en unas chaquetas especiales y por los calzoncillos, cuarenta kilos de oro, y volaba con todo eso encima al Lejano Oriente, a Hong Kong, a Bangkok. Eran lingotes de oro puro, de los de Johnson Matthey. Un día Roy se montó en un taxi después de haber estado veinticuatro horas metido en aviones y luego no era capaz de bajarse por culpa del peso. Cayó de rodillas junto al coche y el botones del hotel tuvo que a levantarlo. A Roy lo mandaron a la famosa prisión de Arthur Road en Bombay por otros motivos, tal y como se cuenta en el libro Shantaram. Sin cargos, sin juicio. Cosas de la represiva Ley de Defensa de la India promulgada en 1915. Y se escapó. Quería ser actor y lo fue durante un tiempo en el circuito del teatro independiente (seguramente por eso estaba haciendo monólogos en el Mudd Club). Es uno de los tipos más graciosos que conozco, aunque a veces se descontrola con su exceso de energía, es una energía maníaca. «¿No se anima nadie? Ahora vais a ver». Una vez, en el Hotel Mayflower, había un montón de gente después de un concierto, y de repente oigo un golpeteo en la ventana, estábamos en el piso dieciséis o así, y veo a Roy al otro lado del cristal, colgado del alféizar mientras da con los nudillos en la ventana: «¡Socorro, socorro!». Y abajo en la acera están empezando a llegar los coches de policía y a formarse un corrillo de gente: «¡Eh, ahí arriba, un suicida!». «No tiene ni puta gracia, Roy. Mete tu gordo culo aquí dentro, anda». Por debajo de la ventana sólo había un estrecho saliente de ladrillo donde tenía apoyada la punta de los pies. Hay tíos que en teoría no deberían seguir vivos.
Después de la gira del 81 convencí a Roy de que se dedicara a cuidar a Marlon y Anita a tiempo completo, y una de sus tareas era conseguir que Marlon fuera al colegio. Bert se fue a vivir con ellos después de la gira europea del 82. Menudo ménage a trois. Bert, Marlon y Roy viviendo en mansiones estilo Gran Gatsby con Anita entrando y saliendo. Bert siempre pensó que Anita estaba como una cabra. Y sí, en aquellos tiempos estaba bastante ida, seguía en lo mismo, completamente perdida en su mundo. Eran como una tripulación abandonada a su suerte y cobrando media paga en aquellas mansiones deshabitadas. Una especie de cruce entre Harold Pinter y Scott Fitzgerald. En cualquier caso, Roy era un marinero. Bert y Marlon, no. Pero todos iban un poco a la deriva, por decirlo así, en aquel país extranjero, aunque Marlon estaba tan acostumbrado a vivir en distintos países que ya no le importaba lo más mínimo en cuál estaba. Roy vivió con Bert desde 1982 hasta que éste murió. Los tenía allí juntos mientras yo estaba en la carretera. Sólo iba de visita de vez en cuando, me pasaba a saludar, así que debería dejar que sea Marlon quien cuente las góticas aventuras que vivieron durante esos años perdidos en las costas de Long Island.
Marlon: Lo peor de todo fue mi infancia en Nueva York, porque a finales de los setenta era un sitio que daba miedo. Durante todo 1980 no volví al colegio. Vivíamos en el Hotel Alray de Manhattan, lo cual no estaba mal del todo: un poco como la Eloise de los cuentos en el Plaza. Íbamos al cine y Anita solía llevarme a ver a Andy Warhol y William Burroughs, que, si no recuerdo mal, vivía en un baño de caballeros del Hotel Chelsea. Estaba todo cubierto de azulejos y había un tendedero de pared a pared con condones usados colgando. Un tipo muy raro.
De allí nos mudamos a la casa que acababa de dejar Mick Taylor en Sands Point, Long Island, donde pasamos unos seis meses. La primera versión cinematográfica de El gran Gatsby se rodó allí: Sands Point era East Egg, con kilómetros y kilómetros de césped, un enorme paseo a lo largo de la playa y una piscina de agua salada, todo muy decadente. Oíamos jazz de los años veinte procedente del cenador, murmullo de fiestas, copas de cristal entrechocando y risas que se evaporaban a medida que te acercabas. Desde luego la casa tenía alguna conexión con la mafia. En la buhardilla encontré fotos de grupo en las que salían Sinatra y Dean Martin, toda la panda, en la década de los cincuenta. Allí fue donde apareció por primera vez Roy, antes de instalarse con nosotros definitivamente: un inglés loco que se trajo Anita del Mudd Club, donde hacía un número en el que se bebía una botella entera de coñac mientras contaba chistes, parloteaba y recitaba un poema de Shel Silverstein titulado «The Perfect High» {el colocón perfecto}, que iba sobre un muchacho llamado Gimmesome Roy {Dameunpoco Roy}, al tiempo que se iba quitando poco a poco la ropa. Todo eso por doscientos dólares y una botella de coñac. Anita se lo llevó a aquel caserón inmenso y al principio se instaló en la buhardilla, pero la destrozó completamente durante una borrachera. El tío daba miedo, prácticamente tuvimos que echarlo de casa. Se bebía una botella de coñac por la mañana y le daba por cantar, así que lo mandamos a la caseta del perro, que era como un cobertizo. Desde luego había cierta afinidad entre él y el labrador que teníamos entonces: se pasaba horas cantando y aullando con el animal. Fue una primavera bastante templada, así que no era para tanto.
Anita se dedicaba a coleccionar personajes estrambóticos. El escritor y poeta beat Mason Hoffenberg también se quedaba a menudo con nosotros. Aquel pequeño y barbudo gnomo judío se sentaba desnudo en el jardín y escupía a los coches que pasaban. Estaba atravesando una etapa nudista, lo que tal vez asustara un poco a los vecinos de Long Island. Lo llamábamos el gnomo de jardín. Ese verano se quedó con nosotros una temporada.
Roy se convirtió en un componente fijo de la casa a finales del 81, después de haber estado un tiempo de gira con Keith, y pasó a ser una especie de guardián oficial cuando nos mudamos a Old Westbury, otra inmensa mansión en la que vivimos de 1981 a 1985. Era enorme para los cuatro que estábamos allí, y se hallaba en un estado casi ruinoso; no había ni un mueble ni calefacción, pero tenía un salón de baile magnífico (por el que yo solía patinar) con las paredes forradas de un papel pintado de los años veinte que se estaba cayendo a tiras. De hecho, en los últimos tiempos de nuestra estancia aquella construcción, con sus dos grandes escaleras centrales y sus dos alas, parecía la mansión de la señorita Havisham.
El único mueble era un enorme piano blanco Bosendorfer frente al que Roy se sentaba a hacer su numerito a lo Liberace. Yo había instalado la batería al otro lado del salón y nos montábamos nuestras sesiones de improvisación. Teníamos un buen sistema de sonido y todos los discos de Keith, así que poníamos uno y hacíamos un poco el tonto, y luego Roy abría una lata de lo que fuera para cenar: «¿Qué lata te apetece esta noche, Spam o…?». Me hice vegetariano después de aquello. «No, no quiero más carne de cerdo enlatada, Roy, muchas gracias».
Anita pasaba por una etapa muy autodestructiva en esa época. Estaba perdida en un lugar muy oscuro. Si iba a Nueva York, luego bebía muchísimo cuando volvía para calmar los efectos de lo que se había metido y le daban unos ataques muy violentos cuando se emborrachaba. A pesar de todo, gracias a Anita aparecía por allí un montón de gente interesante: Basquiat, Robert Fraser, los amigos punks de Anita (como los Dead Boys) y algunos miembros de los New York Dolls. Era todo bastante loco. Creo que a Anita nunca se le reconoció su contribución al movimiento punk, pero el hecho es que muchos de ellos, por lo menos los neoyorquinos, venían a pasar el fin de semana en casa. Anita volvía del Mudd Club o el CBGB con el coche lleno de tarados con el pelo rosa. Buena gente por lo general, en realidad unos judíos empollones.
De vez en cuando, Roy se pasaba por la oficina de Nueva York con un montón de recibos, y volvía con unos sobres muy gordos llenos de billetes de cien dólares, que era el dinero para pasar el mes. Era para morirse de risa. Cuando me daban la paga, ¿qué hacía con mi flamante billete de cien? Lo único que quería era comprarme tebeos y andaba por ahí con un billete de cien en la mano.
Al final se acostumbraron a nosotros en Long Island. Roy conducía a ciento cincuenta por hora pegando gritos. Solíamos alquilar unos Lincoln Continental enormes, unos cochazos inmensos de chuloputas. Cada dos meses, Roy estrellaba uno y había que cambiarlo por otro. De vez en cuando se tomaba unos días libres y anunciaba: «Bueno, me voy un par de días, no me molestéis». Se largaba a pillar una borrachera antológica y luego volvía lleno de moratones y cortes. Durante una de esas salidas memorables tuvo una pelea en no sé qué bar de Long Island. Se fue del bar, volvió a los diez minutos con el coche y lo estampó contra la cristalera del garito llevándose por delante tres coches y unas cuantas motos. Y luego salió del vehículo y se metió en el mismo local a llamar por teléfono. Al día siguiente lo detuvieron y lo metieron en la cárcel, pero pagamos la fianza. Bert tenía mucha paciencia con todo aquello: «Ah, ¿Roy se ha metido en un lío otra vez?». Por suerte para Roy, la policía del pueblo era privada, así que cuando se daba un trompazo por ahí los mismos agentes lo llevaban a casa en el coche patrulla. Bert solía ir por las noches a un bar frecuentado por ángeles del infierno que estaba junto a la estación de Westbury. Se tiraba horas y horas entre aquellos tíos con gorras y cazadoras de cuero, y también iba Roy, que entretenía a todo el mundo con sus canciones y sus gritos.
Bert, por otro lado, llevaba una vida de estricta rutina. Por la mañana nadaba un rato en la piscina y luego se hacía el desayuno. Con el asunto de las comidas, que ahora preparaba Roy, seguía un horario muy rígido: siempre se tomaba una copa de Harveys Bristol Cream a las siete en punto porque a las siete y media, ponían en la tele La ruleta de la suerte. Le encantaba la presentadora, Vanna White; vitoreaba o silbaba a la pantalla, y gritaba a la gente que era grosera con ella. A las ocho cenaba y después veía la televisión otro rato hasta medianoche más o menos mientras se tomaba unas cervezas Bass y varios tragos de ron negro Navy.
Lo bueno de aquellas casas es que eran lo suficientemente grandes para que pudieras desaparecer y no ver a nadie. Podías quedarte un ala para ti solo, y a veces me tiraba semanas sin saber qué hacían los demás. Luego alguien comentaba: «¿Recuerdas la semana que estuvo por aquí Jean-Michael Basquiat de visita?». «¡No! Quizá estaba en el ala este esos días». Nos cambiábamos de dormitorio cada pocos meses para darle un poco de interés a la cosa. A veces me pasaba dos semanas sin ver a Roy, y ni siquiera sabía dónde quedaba su habitación.
El casero jamás arregló nada, así que todo se iba deteriorando poco a poco. Cuando mi dormitorio empezaba a caerse en pedazos y allí ya no se podía estar, me iba a otro (por suerte había unos quince). Al final me mudé a la buhardilla. ¡Era el último lugar que quedaba! Se trataba de un espacio inmenso, parecía una catedral por dentro, y tenía mi televisión y mi escritorio allá arriba, así que cerraba la puerta con llave y no dejaba entrar a nadie. Llegó un momento en que dijimos: «Aquí ya no podemos seguir, se nos está cayendo la casa encima. O quizá la estamos destrozando nosotros». Y entonces nos marchamos a la última mansión de la serie; estaba en Mill Neck, al borde de Oyster Bay.
Hacia 1983, Anita volvió a Inglaterra porque tuvo problemas con el visado, pero al final se quedó allí y sólo nos visitaba de cuando en cuando, así que no vivió en esta última casona de doce o trece dormitorios donde nos helábamos durante el invierno. Había una chimenea en la sala de estar y calefacción en los cuartos de Roy y de Bert. De vez en cuando nos encontrábamos por la cocina. Para andar por el vestíbulo te tenías que poner el abrigo. La casa contaba con ascensor. Un día se averió y no bajamos en dos semanas porque descubrimos que nos habíamos dejado la puerta principal abierta y se había congelado el piso de abajo hasta quedar convertido en una pista de patinaje con estalactitas colgando de las lámparas del techo. Era como Narnia, igual que el castillo de Gormenghast. Las ranas africanas que teníamos de mascotas se habían congelado en su estanque (muchos años antes de Damien Hirst).
Fue por aquel entonces cuando le pregunté a Keith si podía estudiar guitarra. «Ningún hijo mío va a ser guitarrista —me contestó—. ¡De eso nada! Quiero que de mayor seas abogado o contable». Estaba bromeando, claro, pero lo dijo muy secamente, y me traumatizó bastante.
Lo más asombroso es que iba al colegio, al Portledge, una escuela muy pija situada en Locust Valley, y me llevaba Roy en coche. Aunque de forma intermitente, pongámoslo así. Mi historial de asistencia a clase no era muy bueno que digamos. La verdad es que la autosuficiencia no me molestaba lo más mínimo, de hecho incluso me alegraba de no tener a todo el mundo encima constantemente, porque vivir con Anita y con Keith era agotador. Sólo quería ir al colegio tanto como pudiera, dedicarme a mis cosas y llevar una vida más o menos normal, y tenía la sensación de que lo podía hacer mucho mejor solo, o al menos sólo con Roy. Al final me echaron de Locust Valley por falta de asistencia, por no hacer los deberes, etc., y la verdad es que tiré la toalla en lo que al colegio se refiere. Ciertos individuos le estaban diciendo a Keith que yo me había convertido en un perfecto delincuente y que debía mandarme a una academia militar, incluso hubo alguno que sugirió West Point. La verdad es que tampoco me habría importado, pero Keith me preguntó: «A ver, ¿qué quieres hacer? ¿Quieres dejar la escuela definitivamente?». Y le dije que no, que quería tener una educación, que quería ir a Inglaterra porque ya no me encontraba bien en Estados Unidos. Así que fui a Londres en 1988 y me instalé en un piso de Tite Street, en Chelsea, justo enfrente de donde vivía Anita. Y por si acaso añadiré que empecé a sacar sobresalientes.
Para Marlon, y para mí, aquél fue un momento decisivo. El tomó la decisión de volver a Inglaterra. Me dijo: «Aquí solo voy a aprender chorradas de Long Island». Y entonces tuve que quitarme el sombrero. Podría haber elegido cualquier otra cosa, podría haber optado por convertirse en un mocoso de Long Island, pero, gracias a Dios, es mucho más inteligente que todo eso, así que buscó otro mundo y se las apañó para salir adelante. Puede que Bert fuera uno de los primeros anclajes sólidos en su vida, tal vez fuera él la gran fuerza estabilizadora. Al final sólo cuentan los hechos. No me cabe duda de que las cosas se podrían haber planteado mucho mejor, pero siempre estábamos huyendo. Y, desde luego, Marlon tuvo una infancia única, de todo menos normal. Seguramente por eso ha criado a sus propios hijos en un entorno muy seguro y siempre ha estado pendiente de ellos: él nunca tuvo algo así. A estas alturas Marlon lo entiende, sabe que las circunstancias y la época no lo ayudaron. Era muy difícil ser un Rolling Stone y encargarte de los hijos al mismo tiempo.
En cuanto a Anita, también sobrevivió. Ahora ejerce de dulce abuela con los tres niños de Marlon y de viejo icono para la tribu de la moda, el mundo donde está metida. La gente la ve como una fuente de inspiración. Además, últimamente le ha dado por la jardinería. Yo sé un poco del tema, pero creo que ella lo conoce bastante mejor. Fue Anita quien se encargó de salvar mis árboles de Redlands. Les quitó toda la hiedra, que estaba asfixiando a varios de ellos. Le di un machete y ahora los árboles están magníficos: ni rastro de hiedra. Sabe lo que se hace. Me parece que tiene una parcela en algún lugar de Londres para cultivar sus cosas; y va en bici.
En diciembre de 1983, Patti y yo llevábamos cuatro años juntos. Amaba todo su ser, y sabía en lo más profundo de mi corazón que quería convertir aquello en algo legítimo. Además, estaba a punto de cumplir los cuarenta. ¿Qué mejor momento? Habíamos ido a México D. F. para rodar el vídeo de «Undercover of the Night» con Julien Temple, que dirigía muchos de nuestros vídeos por aquel entonces. De hecho, aprovechamos para hacer tres o cuatro mientras estábamos en el país. Y al final me decidí. «Muy bien, a la mierda, llegó el momento, vámonos a Cabo San Lucas», que por entonces era una pequeña ciudad con sólo dos hoteles en la playa, uno de ellos el Twin Dolphin.
Yo y mis amigos desperdigados por el mundo nos veíamos en «conferencias», asambleas como las de los obispos: estábamos siempre dispuestos a reunir el cónclave. Teníamos las conferencias este y oeste de Estados Unidos, que no suponían mayor complicación, pero la conferencia sudoeste era una auténtica locura, y casi siempre se celebraba en Nuevo México. Los nombres de sus miembros: Red Dog, Gary Ashley (que ha muerto) y Stroker, cuyo verdadero nombre es Dicky Johnson. Les adjudico la «conferencia sudoeste» porque nunca los verías al este del Misisipi. Son hombres de una pieza, unos auténticos locos todos ellos. No admitían ninguna interferencia de la cordura en sus asuntos, benditos sean. Me junté con esos tíos en muchas ocasiones. En ese viaje llegué a Cabo San Lucas y, al cabo de una semana, conocí a Gregorio Azar, que tenía una casa allí. El padre de Gregorio es el propietario de
Azar, la mayor empresa de frutos secos de todo el Sudoeste. Gregorio se enteró de que yo me hospedaba en el Twin Dolphin, uno de los pocos hoteles que había. Todavía no nos conocíamos, pero él era amigo de los miembros de la conferencia sudoeste, así que se presentó con los avales adecuados en el momento justo: «¿Eres amigo de Gary Ashley y Red Dog? ¡Genial, pasa, pasa!». Y así empezamos a vernos, y al final lo invitamos a unirse al grupo.
Le propuse matrimonio a Patti en la azotea de la casa de Gregorio en Cabo San Lucas: «Venga, casémonos el día de mi cumpleaños». Ella dijo «¿lo dices en serio?», y yo le contesté «sí». En ese momento se me lanzó al cuello. La verdad es que no noté nada, pero oí un ligero chasquido, y cuando bajé la vista había dos regueritos de sangre brotando de la uña de un dedo gordo. O sea, que a los cinco segundos de haberle dicho que sí me había roto un dedo del pie. Lo siguiente sería el corazón, ¿no? Al cabo de media hora se me empezó a hinchar el dedo y acabé teniendo que ir con muletas dos semanas. De hecho, pocos días antes de la boda andaba persiguiéndola por el desierto mexicano con muletas y un gabán negro. Nos habíamos peleado por algo relacionado con los preparativos de la ceremonia, ya ni recuerdo qué, pero ahí estaba yo, tratando de alcanzarla, «¡ven aquí, zorra!», arrastrando la pierna entre los cactus del desierto igual que Long John Silver.
La víspera de la boda, Gregorio me dice: «Por cierto, ¿ya te has enterado de que anda por aquí una tía alemana con una camioneta Mercedes y un tipi indio?». Me quedé petrificado: «¿Alemana? ¿Con una camioneta Mercedes y un tipi? ¡Estás de broma!». El vehículo estaba aparcado en una de las playas, y yo sabía por las revistas que, en los años anteriores, Uschi Obermaier había recorrido el circuito jipi (Turquía, Afganistán, la India, etc.) en una gran camioneta con el interior forrado de pieles y una sauna dentro. Viajaba con su marido, Dieter Bockhorn. Supe a ciencia cierta que estaba en Cabo San Lucas cuando un día abrí la puerta de mi habitación en el Twin Dolphin, que está frente a la playa, y veo ahí fuera un jarroncito con flores. La coincidencia no podía ser más extraña: encontrarnos de nuevo la víspera de mi boda en aquel lugar perdido de México, lo más lejos que se podía estar de Afganistán, Alemania o cualquier otro sitio donde pudiera estar Uschi. ¿Qué la traía por allí? Uschi vino con Dieter de visita y le conté que me casaba y que estaba muy enamorado de Patti. Hablamos de los años que habían pasado desde la última vez que nos vimos, de los rumores de que había muerto… y la realidad era que había estado dando la vuelta al mundo en su camioneta: la India, Turquía y Dios sabe dónde. Poco después, el día de Nochevieja, Dieter se mató en un accidente de moto: su cabeza cercenada dentro del casco quedó en la cuneta, el cuerpo cayó por un puente. Fui a ver a Uschi. Había un gigantesco perro negro ladrando en la puerta.
—¿Quién es?
— El inglés —se abrió la puerta—. Me he enterado de lo que ha sucedido. ¿Puedo hacer algo para ayudarte?
— Gracias, pero no. Estoy con amigos y ellos ya se han encargado de todo.
Así que me marché dejándola en aquellas extrañas y trágicas circunstancias. Nuestros más que improbables encuentros siempre habían tenido un trasfondo de desconcierto y profundo dolor: primero el mío y luego el suyo.
Doris y Bert vinieron a la boda. Era la primera vez que se veían desde hacía veinte años (Angela los encerró en una habitación y no los dejó salir hasta que se hablaron). Marlon también vino, y Mick fue el padrino. Patti y yo llevábamos cuatro años juntos, cuatro años de rodaje a lo largo de los cuales yo había vertido suficiente esperma para fecundar el mundo entero, y no teníamos hijos. La verdad es que no esperaba tener hijos con ella.
—No puedo tener niños —me había dicho.
— Bueno, ¡ya me imagino que no puedes! Pero ésa no es la razón por la que me voy a casar contigo.
Fue ponerle una anilla de cortina en el dedo y a los seis meses… ¡adivina!, «¡estoy embarazada!». Así que la mazmorra prevista quedó olvidada: ahora iba a ser una guardería. Muy bien: lo pintamos todo de rosa, ponemos una cuna, quitamos las cadenas y los espejos de las paredes. Creía que con Marlon y Angela se había acabado mi etapa de padre. Se habían criado estupendamente, al final lo habíamos conseguido. Se acabaron por fin los pañales. ¡Pero no! Aquí llega otra. Se llama Theodora. Y al cabo de un año, otra más, Alexandra. «Little T&A», y ni siquiera las divisaba en el horizonte cuando compuse la canción.
Con Voodoo, el gato redimido, en Barbados, agosto de 1994).
© Jane Rose