Vida
Capítulo 2
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Hijo único en las marismas de Dartford. Vacaciones en Dorset con mis padres,
Bert y Doris. Aventuras con mi abuelo Gus y el señor Thompson Wooft. Gus
me enseña a tocar mi primera melodía con una guitarra. Aprendo a recibir
palizas en la escuela y después venzo al matón de la Dartford Tech. Doris me
entrena los oídos con Django Reinhardt y descubro a Elvis en Radio
Luxemburgo. Paso de niño de coro a escolar rebelde y me expulsan.
Durante muchos años he dormido, como media, dos veces por semana, lo que significa que me he mantenido consciente a lo largo de unas tres vidas. Pero antes de esas vidas tuve una infancia que transcurrió en Dartford, al este de Londres y a la orilla del Támesis, que es donde nací el 18 de diciembre de 1943. Según mi madre, ocurrió durante un bombardeo, y no lo discuto. Los cuatro labios están sellados. Pero mi primer destello de memoria me presenta tumbado en la hierba del jardincito trasero señalando los aviones que atravesaban zumbando el cielo azul por encima de nuestras cabezas mientras Doris decía «Spitfire». Ya había acabado la guerra, pero yo me crié en un lugar donde doblabas una esquina y te encontrabas con el horizonte, eriales, campos de maleza, tal vez un par de mansiones como ésas que salen en las películas de Hitchcock y que habían sobrevivido milagrosamente. Una bomba volante impactó en nuestra calle, pero no estábamos allí. Doris contaba que el artefacto fue dando tumbos por la acera y se cargó a todo el mundo a ambos lados de nuestra casa. Un par de ladrillos aterrizaron en mi cuna, lo cual prueba que Hitler andaba detrás de mí, aunque luego optó por el plan B. Después de aquello, mi madre (bendita sea) llegó a la conclusión de que Dartford era algo peligroso…
Doris y mi padre, Bert, se habían mudado desde Walthamstow a la avenida Morland de Dartford para vivir cerca de mi tía Lil, la hermana de Bert, mientras él estaba en el ejército. El marido de Lil era lechero y se había mudado a Dartford porque le dieron esa zona de reparto. Cuando la bomba cayó en ese lado de la avenida Morland, nuestra casa ya no se consideraba segura, así que nos fuimos a vivir con Lil. Un día, cuando salimos del refugio después de un ataque aéreo, el tejado de la casa de la tía Lil estaba en llamas (eso me contó Doris), pero allí, en la avenida Morland, era donde vivíamos apiñadas las dos familias después de la guerra. En mis primeros recuerdos de la calle, nuestra antigua casa todavía estaba en pie, pero un tercio de la calzada era un cráter inmenso con hierba y flores: allí íbamos a jugar. Nací en el hospital Livingstone al son del «todo en calma» según, una vez más, la versión de Doris, y no me queda más remedio que creérmela en este caso pues la verdad es que no estaba al tanto de todo desde el primer día.
Mi madre creía que mudándonos a Dartford íbamos a un lugar más seguro que Walthamstow; total, que habíamos acabado en el valle del Darent, ¡el callejón de las bombas!: allí estaban las fábricas de armamento Vickers-Armstrong (o sea, básicamente una diana) y la empresa química Burroughs Wellcome. Y encima era precisamente a la altura de Dartford donde los pilotos alemanes se acobardaban y soltaban las bombas para salir pitando inmediatamente: «No veas cómo arrean por aquí». ¡BUUM! Es un milagro que a nosotros no nos tocara. El sonido de una sirena todavía me pone los pelos de punta; debe de ser por las muchas veces que terminé en el refugio con mi madre y el resto de la familia. Cuando se oye una sirena es automático, una reacción instintiva. Veo muchas películas y documentales sobre la guerra, así que oigo sirenas a menudo, y me sigue ocurriendo.
Mis primeros recuerdos son los típicos del Londres de posguerra: un paisaje sembrado de escombros, la mitad de la calle desaparecida; y hubo sitios que se quedaron así una década. El principal efecto que tuvo la guerra sobre mí fue la expresión «antes de la guerra», porque siempre oías a los adultos hablando del tema: «Las cosas no eran así antes de la guerra…». Por lo demás, no me afectó demasiado… Supongo que la falta de azúcar, dulces y caramelos tampoco fue mala cosa en el fondo, pero desde luego me fastidiaba. Nunca se me dio bien el trapicheo. Mi proximidad a los traficantes se reduce hoy a los paseos por el Lower East Side de Nueva York o las visitas a la confitería de East Wittering, junto a mi casa de West Sussex, ¡la vieja confitería Candies! Hace poco fui hasta allí una mañana a eso de las ocho y media con mi amigo Alan Clayton, el cantante de los Dirty Strangers; habíamos estado despiertos toda la noche y nos moríamos por un poco de azúcar: tuvimos que esperar fuera una buena media hora hasta que abrieron. Compramos caramelos, bombones, regaliz y confitura de grosella. No íbamos a degradarnos trapicheando en el supermercado, ¿verdad?
El hecho de que no pudiera comprar una bolsa de caramelos hasta 1954 dice mucho sobre los trastornos que se prolongan durante años tras una guerra. Pasaron nueve años hasta que por fin pude entrar en la tienda y decir «una bolsa de eso» (tofes, barritas de anís); hasta entonces siempre era «¿traes la cartilla de racionamiento?». ¡Qué estampido al estampar los sellos! La ración era la ración. Sólo daba para una bolsita de papel marrón (diminuta) a la semana.
Bert y Doris se conocieron siendo los dos empleados de la misma fábrica en Edmonton (Bert era impresor y Doris trabaja en la oficina) y comenzaron a vivir juntos en Walthamstow. Durante el noviazgo, antes de la guerra, salían mucho de acampada con las bicicletas. Eso los unió: se compraron un tándem en el que solían ir hasta Essex con los amigos. Así que cuando llegué yo, en cuanto pudieron me colocaron en la parte trasera del tándem. Debió de ser justo después de la guerra, o incluso durante la guerra. Me los puedo imaginar pedaleando en medio de un ataque aéreo sin variar el rumbo, Bert delante, luego mi madre y yo detrás, en el asiento para bebés, expuesto a los implacables rayos del sol, vomitando por la insolación. Ha sido la historia de mi vida desde entonces: siempre en la carretera.
Durante los primeros tiempos de la guerra (antes de nacer yo), Doris hacía repartos en furgoneta para una cooperativa de panaderías pese a haberles advertido que no sabía conducir. Afortunadamente, por aquel entonces casi no había coches en las carreteras. Mi madre estampó una vez la furgoneta contra un muro cuando la estaba usando fuera de las horas de trabajo para ir a ver a una amiga, pero aun así no perdió el trabajo. Debido a la guerra, en la zona más próxima a la cooperativa repartía el pan con un carro para ahorrar combustible. Doris se encargaba también de distribuir tartas en una zona muy amplia (media docena para unas trescientas personas). Y ella decidía quién se las llevaba:
—¿Me puede traer una tarta la semana que viene?
—Bueno… es que ya le traje una la semana pasada, ¿no?
Fue una guerra heroica. Bert tuvo un empleo protegido en una fábrica de válvulas hasta el día D. Tras el desembarco lo mandaron como mensajero a Normandía, donde resultó herido durante un ataque de mortero; todos sus compañeros murieron, fue el único que se salvó en aquella ocasión, pero le quedó un tajo horroroso, una cicatriz que recorría su muslo izquierdo de arriba abajo. De pequeño quería tener una igual cuando me hiciera mayor y le preguntaba a mi padre:
—Papá, ¿qué es eso?
—Lo que me libró de la guerra, hijo —contestaba siempre.
Pero de las pesadillas no se libró, lo acompañaron el resto de su vida. Durante los últimos años de Bert, mi hijo Marlon vivió mucho tiempo con él en Estados Unidos y solían ir de acampada juntos. Marlon dice que Bert se despertaba por las noches gritando: «¡Cuidado, Charlie, ahí viene! ¡Estamos jodidos, bien jodidos, mierda!».
Los de Dartford somos unos ladrones. Lo llevamos en la sangre. Hay incluso un poemilla en homenaje al carácter inmutable del lugar: «De Sutton, el cordero; de
Kirby, la ternera; de South Dame, el pan de jengibre y de Dartford, los ladrones»[7]. Las fortunas de Dartford solían proceder de asaltos al correo Londres-Dover a su paso por la antigua carretera romana, Watling Street: la cuesta de East Hill es muy empinada, luego de repente estás por fin en el valle del río Darent (no es mucho más que un arroyo) y después viene High Street, que es muy corta; desde ahí tienes que subir West Hill, y a los caballos seguro que les costaba: vinieras de donde vinieras, era el lugar perfecto para una emboscada. Los cocheros ni se molestaban en parar a discutir, se aceptaba que parte del dinero del pasaje era para pagar el peaje de Dartford y así poder seguir viaje sin sobresaltos; se limitaban a tirar una bolsa de monedas porque, si no pagabas al bajar East Hill, hacían una seña a los que estaban más adelante (un disparo: «no ha pagado») y te salían al paso en West Hill. Vamos, que era un asalto doble, no había forma de librarse. Todo esto acabó cuando el tren y luego el automóvil se impusieron, así que a mediados del siglo XIX seguro que los lugareños andaban buscando alguna otra cosa con que entretenerse, una manera de mantener viva la tradición, de modo que a lo largo de los años Dartford ha desarrollado una red delictiva increíble (no hay más que preguntarles a algunos parientes míos). Es parte del día a día: siempre hay algo que se cae de la caja de un camión, y uno no hace preguntas; si alguien luce un nosequé de diamantes, nunca le preguntas «¿y de dónde lo has sacado?».
Durante más de un año, cuando tenía nueve o diez, me atacaban (en el más puro «estilo Dartford») casi todos los días cuando volvía a casa de la escuela. Sé qué significa ser un cobarde. Y no pienso volver a eso jamás. Con lo fácil que es salir por patas, siempre aguanté las palizas. A mi madre le contaba que me había vuelto a caer de la bici, a lo que ella me respondía: «Pues deja ya la bici, hijo». Tarde o temprano, a todos nos acaban zurrando. Más bien temprano. El mundo está dividido en pringados y matones. Aquello desde luego me marcó y me enseñó un par de lecciones que resultaron muy valiosas cuando crecí lo suficiente para ponerlas en práctica. Básicamente, cómo aprovechar ese recurso llamado «velocidad» con que cuentan los cabroncetes (en definitiva, cómo salir corriendo). Pero te acabas cansando de correr. Aquello no dejaba de ser el viejo asalto al correo, tan típico de Dartford. Ahora tenemos el túnel de Dartford con sus peajes por donde sigue pasando todo el tráfico de Dover a Londres, pero quedarse con el dinero es legal y los ladrones van de uniforme. Siempre hay que pagar, de una manera o de otra.
Puede decirse que nuestro jardín eran las marismas de Dartford, una tierra de nadie que se extiende unos cinco kilómetros a ambos lados del Támesis. Es un lugar aterrador y fascinante al mismo tiempo, pero desolado en cualquier caso. Cuando era niño nos gustaba bajar a la orilla del río, que estaba a una media hora en bici. En la otra orilla, la norte, empezaba el condado de Essex y la verdad es que para el caso podía haber sido Francia: se veía el humo de la Ford en Dagenham; en nuestro lado
estaba la cementera de Gravesend (por algo la llaman Gravesend)[8]. Todo lo que nadie quería se arrojaba en Dartford desde el siglo XIX: lazaretos, leproserías, fábricas de pólvora, manicomios; una bonita mezcla. Dartford era el principal centro inglés para el tratamiento de la viruela desde la epidemia de 1880. Los hospitales ribereños derramaban su triste carga sobre los barcos anclados en Long Reach, una estampa tenebrosa en las fotografías, o desde los barcos que navegaban camino de Londres. Pero la fama de Dartford y sus alrededores se debía sobre todo a los manicomios, un conjunto de establecimientos dirigido por la temida Comisión Metropolitana de Asilos para las personas mentalmente discapacitadas, o como llamen ahora a los deficientes cerebrales. Los manicomios formaban un cinturón en torno a la zona, como si alguien hubiera pensado: «¡Ya está, aquí es donde vamos a poner a todos los chiflados!». Hasta hace poco había un hospital muy grande y de aspecto más bien siniestro, Darenth Park, que era una especie de campo de trabajo para niños retrasados. Luego estaba también el Stone House Hospital, nombre bastante más amable que el original: Asilo para Lunáticos de la Ciudad de Londres; en ese edificio con frontones neogóticos y una atalaya de estilo Victoriano vivió recluido y murió de sífilis Jacob Levy, un sospechoso de ser Jack el Destripador. Algunos de los loqueros eran para casos graves. Cuando teníamos doce o trece años, Mick Jagger trabajó durante un verano en el de Bexley, que se llamaba Maypole. Creo que esos majaras eran de clase algo más alta (tenían sillas de ruedas y cosas así) y Mick se dedicaba a repartir comida por las habitaciones.
Casi todas las semanas se oían sirenas: otro loco que se ha escapado; y siempre lo encontraban a la mañana siguiente en camisón y temblando de frío en el campo. Algunos, sin embargo, andaban huidos unos cuantos días y se los podía ver vagando entre los arbustos. Eso era un aspecto de la vida durante mi infancia. Tenías la impresión de que seguía la guerra porque utilizaban las mismas sirenas cuando se escapaba alguien. Uno no se da cuenta hasta mucho más tarde de lo raro que es el sitio donde se ha criado. Si alguien de fuera te preguntaba cómo se iba a un sitio, le contestabas con toda naturalidad: «Está justo al otro lado del loquero; no el grande, el pequeño». Y la gente se te quedaba mirando como si tú también fueras un paciente del manicomio en cuestión.
Aparte de los anteriores, el único lugar destacable era la cohetería Wells, en realidad unos cuantos barracones aislados en medio de la marisma. Una noche, en los cincuenta, saltó por los aires, y con la fábrica varios trabajadores. Fue espectacular. Cuando me asomé por la ventana tuve la impresión de que había vuelto a estallar la guerra. Por aquel entonces sólo fabricaban tracas, bengalas, girándulas y, por supuesto, petardos. Todos los de por allí lo recuerdan, la explosión que rompió cristales en varios kilómetros a la redonda.
Por lo menos tenías tu bici. Un día yo y mi amigo Dave Gibbs, que vivía en Temple Hill, decidimos que sería estupendo ponerle unas aletas de cartón a la rueda de atrás para que al rozar con los radios hicieran un sonido parecido al de un motor. Oíamos cosas como «quitadle esas putas cosas a la bici, que estoy intentando dormir un poco», así que optábamos por irnos a las marismas o al bosque del río; éste era territorio peligroso porque había mucho indeseable suelto por allí, hombretones que te chillaban «¡largo de aquí!». Acabamos quitándoles los cartones a las bicis. Aquello estaba lleno de locos, desertores y vagabundos; muchos eran desertores del ejército británico, recordaban a aquellos soldados japoneses para quienes la guerra no había terminado; algunos llevaban allí cinco o seis años, se apañaban una caravana o una cabaña en un árbol. Eran unos salvajes, auténticas bestias. El primer disparo que recibí en mi vida se lo debo a uno de esos cabrones: buen tiro, un balín en el culo. Uno de los sitios adonde más nos gustaba ir era un viejo fortín, un nido de ametralladora de los muchos que había a lo largo de la orilla; allí nos entregábamos a la literatura; o sea, a las arrugadas fotos de chicas que se amontonaban en un rincón.
Un día encontramos a un vagabundo muerto acurrucado en una esquina y envuelto en una nube de moscardones. Había revistas guarras, condones usados, zumbido de insectos. Y aquel vagabundo había estirado la pata. Llevaba allí días, tal vez semanas. No se lo contamos a nadie. Salimos corriendo como alma que lleva el diablo.
Me recuerdo haciendo el trayecto desde la casa de la tía Lil hasta la escuela primaria, que estaba en West Hill; yo chillaba como un poseso: «¡Mamá, no, mamá, que noooo!». Iba a rastras pataleando y berreando, pero iba. Los mayores siempre se las arreglan para salirse con la suya. Yo me resistía, pero sabía que era una guerra sin cuartel. A Doris le daba pena, pero no tanta: «Así es la vida, hijo, no hay nada que hacer». Recuerdo a mi primo, el hijo de la tía Lil. Un mocetón. Debía de tener unos quince años y encandilaba a todo el mundo con su simpatía. Era mi héroe. ¡Y tenía una camisa a cuadros! Por no hablar de que salía y entraba cuando quería. Me parece que se llamaba Reg. Era hermano de la prima Kay, que me cabreaba un montón porque tenía las piernas muy largas y siempre me ganaba cuando echábamos una carrera. Siempre me tenía que conformar con un digno segundo puesto. Claro que ella era mayor que yo. La primera vez que monté a caballo (a pelo) fue con ella: por allí pastaba (aunque es dudoso que aquello fuera «pasto») una yegua blanca que no sabía ni dónde estaba de puro vieja. Yo estaba con un par de amigos y la prima Kay, saltamos la valla y nos las ingeniamos para subirnos a la yegua. ¡Menos mal que era un animal de lo más pacífico, porque si se hubiera movido me habría dado una buena costalada! No tenía brida.
Odiaba la escuela primaria. Odiaba cualquier escuela. Según contaba Doris, lo pasaba tan mal que en más de una ocasión me llevó a cuestas hasta casa porque no podía ni caminar de lo mucho que temblaba, y eso era antes de que empezaran los golpes y las burlas de los matones. La comida era espantosa. Recuerdo que nos obligaban a comer una porquería llamada «tarta gitana». Yo me negaba en rotundo porque me repugnaba; era un pastel con un engrudo chamuscado dentro, mermelada, caramelo o algo así. Todos los escolares de entonces conocían esa exquisitez y a algunos incluso les gustaba. Pero aquello no era mi postre ideal, así que intentaban obligarme a comerlo amenazándome con un castigo o una multa. Era todo muy dickensiano. Con mi infantil caligrafía debía escribir trescientas veces «comeré lo que me pongan». Después de un tiempo ya dominaba la técnica: «Comeré, comeré, comeré, comeré, comeré, comeré, comeré… lo, lo, lo, lo, lo, lo, lo…».
Era famoso por mi mal genio (como si los demás no lo tuvieran). Un mal genio desatado por la «tarta gitana». Viéndolo ahora con perspectiva, la verdad es que el sistema educativo británico durante aquellos años de posguerra no contaba con muchos medios: el profesor de educación física venía de entrenar a comandos y no veía por qué no iba a tratarnos exactamente igual que a ellos aunque tuviéramos cinco o seis años. Muchos profesores acababan de licenciarse del ejército, algunos habían luchado en la Segunda Guerra Mundial y otros habían vuelto hacía poco de Corea, así que te criabas a base de alaridos y toques de corneta.
A mí deberían haberme condecorado por sobrevivir a los dentistas del Servicio Nacional de Salud. Creo que teníamos dos revisiones anuales (se hacían inspecciones para comprobarlo) a las que mi madre me arrastraba entre chillidos. A la salida debía gastarse un poco del dinero que tanto costaba ganar en comprarme algo, porque cada vez que iba era un verdadero infierno. No había piedad: «Cierra el pico, chaval». Aquel mandil de hule rojo, como en las historias de Edgar Allan Poe… En aquellos tiempos (el año 49 o 50) usaban unos aparatos estruendosos, tornos temibles… y te ataban con unas correas como las de la silla eléctrica.
El dentista también había estado en el ejército. Mi dentadura se arruinaría por culpa de esa experiencia. Adquirí un miedo atroz a los dentistas cuyas consecuencias se hicieron bien visibles a mediados de los setenta: una boca llena de dientes negruzcos. La anestesia era cara, así que sólo te ponían una pizca. Y además ganaban más con las extracciones que con los empastes, así que todo se arrancaba: en menos que canta un gallo te dormían un poco y te sacaban una muela de cuajo; lo malo era que te despertabas en mitad de la operación. Viendo aquel tubo de goma roja y la máscara te sentías como un piloto de bombardero, sólo que no había ningún avión. La máscara de goma roja y aquel hombre inclinándose sobre ti como Laurence Olivier en Marathon Man. Es la única ocasión en que he visto al demonio tal como lo imaginaba; estaba soñando y lo veía empuñando un tridente y riéndose a carcajadas; luego despertaba y él me decía: «Deja de menearte, chaval, que hoy tengo veinte más». Y lo único que sacaba de todo aquello era un juguetito o una pistola de plástico.
Al cabo de un tiempo, el ayuntamiento nos dio un piso que tenía justo debajo una verdulería, una de las tiendas que bordeaban Chastilian Street. El piso tenía dos dormitorios y una sala. Sigue allí. Mick vivía a una manzana, en Denver Street. A esa zona la conocíamos como «ciudad pija» (la diferencia entre casas adosadas y exentas): estaba a cinco minutos en bici del campo y sólo a dos calles de la escuela a la que fuimos tanto Mick como yo, la Escuela Primaria Wentworth.
Hace poco volví a Dartford a respirar un poco el aire de por allí y todo sigue más o menos igual en Chastilian Street: ahora la verdulería es una floristería (Darling Buds of Kent se llama) cuyo propietario salió a la calle con una foto mía para que se la firmara en el momento mismo en que puse un pie sobre la acera frente a su tienda; se diría que me había estado esperando con la estampa preparada, y parecía tan poco sorprendido de verme por allí como si fuera una cosa de todos los días, aunque no había ido en treinta y cinco años. En cuanto entré en nuestra antigua casa (donde ahora vive el propietario de la floristería) me vino a la mente el número exacto de peldaños que tenía la escalera; por primera vez en medio siglo entré en lo que había sido mi habitación, un cuarto minúsculo que seguía exactamente igual; el de Bert y Doris, también diminuto, quedaba a un metro en el mismo rellano. Viví en aquella casa de 1949 a 1952.
Al otro lado de la calle había una tienda de la cadena Co-op y la carnicería donde me mordió un perro, mi primera dentellada canina. Era un malvado hinchapelotas que solían tener atado a la puerta. En la otra esquina quedaba el estanco Finlays. El buzón de correos seguía en el mismo sitio, pero el inmenso socavón de Ashen Sreet (un bombazo) estaba ahora cubierto. El señor Steadman vivía en la puerta de al lado: tenía tele y dejaba las cortinas abiertas para que los niños la pudiéramos ver desde fuera. Pero mi peor recuerdo, el más doloroso durante esa visita, fue el que asomó en el pequeño jardín trasero: el día de los tomates podridos. Me han ocurrido cosas más bien desagradables a lo largo de los años, pero sigo considerando aquél como uno de los peores días de mi vida. El verdulero solía apilar cajas en el jardín de atrás y un amigo y yo encontramos un montón de tomates pochos. Total, que empezamos a espachurrarlos e iniciamos una verdadera guerra de hortalizas. Lo pusimos todo perdido, había churretes por todas partes, incluidos yo, mi amigo, las ventanas, las paredes… Estábamos en la calle lanzando tomates a diestro y siniestro: «¡Esto es para ti, cerdo!» (tomatazo en la cara). Cuando por fin entré en casa, mi madre me dio un susto de muerte:
—Lo he llamado para que venga.
—¿De qué me estás hablando?
—Lo he llamado para que te lleve con él, porque es imposible controlarte —ahí me derrumbé—. Vendrá en quince minutos, no tardará mucho, y te vas a ir con él a un centro.
Me cagué de miedo: no debía de tener más de seis o siete años.
—¡Ay, mamá, no, no! —rogué y supliqué una y otra vez poniéndome de rodillas.
—Me tienes hasta aquí arriba, yo ya no te aguanto.
—No… mamá, por favor, por favor, por favor…
—Y además se lo voy a decir a tu padre.
—Nooo, mamaaaaaa…
Fue un día terrible; ella no daba su brazo a torcer, siguió con el cuento durante una hora, hasta que me quedé dormido de tanto llorar. Luego comprendí que no iba a venir nadie y que mi madre había estado tomándome el pelo. Pero me quedaba averiguar por qué: ¿sólo por unos cuantos tomates podridos? Supongo que me hacía falta una lección porque esas cosas no se hacían allí y punto. Doris nunca fue demasiado estricta, pero quiso dejar claro el límite: «Esto es lo que hay; unas cosas se hacen y otras no, entérate de una vez». Fue la única vez que me metió el temor de Dios en el cuerpo.
En realidad no éramos una familia muy temerosa de Dios. Ninguno de mis parientes ha tenido vínculos con la religión organizada. Ni uno. Uno de mis abuelos fue un socialista convencido, como su mujer, y para ellos la Iglesia (la religión organizada) era algo a evitar. A nadie le preocupaba lo que hubiese dicho Jesucristo, aunque tampoco afirmaban que Dios no existe o algo parecido; simplemente se mantenían al margen de cualquier tipo de organización y los curas eran personajes que levantaban serias sospechas: si ves a un tío con sotana, cámbiate de acera; y mucho ojo con los católicos, que son todavía menos fiables. No había tiempo para esas cosas; y gracias a Dios, pues de lo contrario los domingos habrían sido todavía más aburridos de lo que ya eran. Nunca íbamos a la iglesia, ni siquiera sabíamos dónde estaba.
La visita a Dartford la hice con mi mujer, Patti, que no conocía la ciudad, y mi hija Angela, que nos hizo de guía porque es una lugareña (se había criado allí con Doris, igual que yo). De un local que hay en Chastilian Street (una peluquería unisex, Hi-Lites, donde no caben más de tres clientes) salieron unas quince jóvenes empleadas de una edad y aspecto que reconocí inmediatamente: me habría encantado que hubiesen estado por allí cuando yo vivía en la ciudad. Peluquería unisex. Me pregunto qué hubiera dicho el verdulero de todo aquello.
Durante los siguientes diez minutos la conversación discurrió por un camino que me resultó bastante familiar:
Fan: ¿Nos puedes firmar un autógrafo, por favor? Para Anne y todas las chicas de Hi-Lites. Entra en la peluquería, si quieres te cortamos el pelo. ¿También vas a ir a Denver Street, donde vivía Mick?
KR : Es la siguiente yendo para arriba, ¿no?
Fan: Y también querría que me firmaras uno para mi marido.
KR : ¿Estás casada? ¡Mierda!
Fan: ¿Por qué lo preguntas? Entra, entra en la peluquería… Voy a por un papel. ¡Mi marido no se lo va a creer!
KR : Había olvidado cómo te acosan las chicas de Dartford.
Fan de más edad: Estas son demasiado jóvenes para apreciarlo, pero nosotras nos acordamos.
KR : Bueno… todavía sigo dando guerra. No sé qué música escucharéis ahora, pero sea la que sea no existiría de no ser por mí. Esta noche voy a soñar con este sitio.
Fan: ¿Alguna vez te imaginaste adónde llegarías cuando estabas en ese pisito?
KR : Me lo imaginé todo, pero nunca creí que llegara a ocurrir.
Aquellas chicas tienen algo típico de Dartford: están a gusto pasando el rato juntas; son como chicas de pueblo, en el sentido de que viven en una pequeña comunidad e irradian una sensación de amistosa cercanía. Cuando vivía en Chastilian Street tuve unas cuantas novias, aunque por aquel entonces era todo platónico y nada más. Siempre recordaré que una me dio un beso un día (debíamos de tener seis o siete años); «pero guarda el secreto», me dijo. Todavía no he escrito la canción. Las tías siempre te llevan metros de ventaja: ¡guarda el secreto! Fue mi primera novia, pero de niño tenía muchas amigas; mi prima Kay fue una gran compañera a lo largo de unos cuantos años. Durante esa visita también pasé en coche por Heather Street (ya cerca del campo) con Patti y Angela. Esa calle era de las elegantes, allí vivía Deborah, con quien me obsesioné de una manera casi enfermiza cuando tenía once o doce años: me plantaba en la acera con la mirada fija en la ventana de su cuarto,
como un ladrón en la noche[9].
El campo empezaba a cinco minutos escasos en bici. Dartford es un sitio pequeño, así que en pocos minutos podías salir de la ciudad (y salirte de madre) penetrando en un territorio de bosques y arbustos, algo así como una arboleda medieval donde probar tu pericia sobre una bicicleta. ¡Los baches gloriosos! Corrías con la bici bajo los árboles por aquellas cuestas y hondonadas dándote batacazos a todo trapo. ¡Qué nombre, «baches gloriosos»! Los he vivido muchas veces desde entonces, pero nada tan grande como aquello; podías pasarte allí todo el fin de semana.
Por aquel entonces (tal vez siga ocurriendo), si ibas hacia el oeste te topabas con la gran ciudad, pero si enfilabas hacia el este o el sur te adentrabas en tierra virgen: tenías la sensación de estar en la frontera. En aquellos días, Dartford era un verdadero suburbio periférico, pero conservaba su propio carácter, todavía lo conserva. No te sentías parte de Londres, no te sentías londinense. Tampoco recuerdo que nadie sintiera orgullo local, más bien era un sitio del que todo el mundo quería salir. Cuando volví ese día no me invadió la nostalgia, salvo por un detalle: el olor del campo; eso sí que me trajo recuerdos, mucho más que cualquier otra cosa. Me encanta el aire de Sussex, donde vivo ahora, pero los campos de Dartford tienen una mezcla particular, ese olor a aulaga y brezo que sólo hay allí. No vi los baches gloriosos: o los ha cubierto la vegetación o no eran tan grandes como yo pensaba, pero pasear entre los helechos me llevó de vuelta a aquellos tiempos.
Durante mi infancia, Londres equivalía a boñiga de caballo y humo de carbón. Durante los primeros cinco o seis años que siguieron a la guerra había allí más movimiento de tracción animal que después de la Primera Guerra Mundial. Era una mezcla penetrante que de verdad añoro. En lo que a los sentidos se refiere, resultaba algo familiar, el pan nuestro de cada día. Tal vez la comercialice para la tercera edad. ¿Te acuerdas? Tufo de Londres.
No creo que Londres haya cambiado tanto salvo por el olor y el hecho de que ahora se ve la belleza de edificios como el Museo de Historia Natural, donde han limpiado la mugre de las piedras y los azulejos azules. Por aquel entonces no había nada así de cuidado. Otra diferencia es que la calle te pertenecía. Recuerdo haber visto algo después unas fotos de la High Street de Chichester a principios del siglo XX y sólo aparecen niños jugando a la pelota y un carromato: bastaba con apartarse de vez en cuando para que pasara un vehículo.
También recuerdo que cuando era niño había unas nieblas espesas durante casi todo el invierno y que si tenías que andar cinco o seis kilómetros para volver a casa eran los perros los que te guiaban. De repente se presentaba el chucho de turno con su mancha negra alrededor de un ojo y no tenías más que seguir al animal para encontrar el camino de vuelta a casa. A veces la niebla era tan densa que no veías absolutamente nada y el chucho te guiaba hasta dejarte en manos de otro perro. Los animales andaban sueltos por la calle, algo que ya no se ve. Habría acabado perdido y tirado en una cuneta sin la ayuda de mis amistades caninas.
Cuando tenía nueve años nos dieron una casa de protección oficial en Temple Hill, un auténtico erial. A mí me gustaba mucho más Chastilian Street, pero según Doris éramos muy afortunados, «tenemos una casa» y todo el rollo ese. Total, que mueves el culo a la otra puta punta de la ciudad. Durante los primeros años de la posguerra había una gran escasez de viviendas y mucha gente de Dartford vivía en las casas prefabricadas de Princes Street (Charlie Watts seguía en una de ellas cuando lo conocí en 1962); muchas personas echaron raíces en aquellos edificios de amianto con tejados de latón que cuidaban como si fueran mansiones. Justo después de la guerra, poco podía hacer el Gobierno excepto tratar de limpiar y poner un poco de orden en el desastre del que todos formábamos parte, aunque por supuesto ya se encargaron los políticas de ponerse medallas mientras lo hacían: a las calles de las nuevas urbanizaciones las bautizaban con los nombres de los suyos, de la élite laborista pasada y presente, algo tal vez apresurado en el caso de la segunda categoría si tenemos en cuenta que sólo aguantaron seis años en el poder. El hecho es que se veían como héroes en la lucha de la clase trabajadora, uno de cuyos adalides más devotos era mi propio abuelo Ernie Richards, quien, junto con mi abuela Eliza, más o menos había fundado el Partido Laborista de Walthamstow.
Aquella urbanización fue inaugurada en 1947 por Clement Attlee, primer ministro de la posguerra, amigo de Ernie, y uno de los que tenían alguna calle a su nombre. Su discurso se conserva en el éter: «Queremos que la gente viva en sitios agradables, casas donde sean felices, formen una comunidad y tengan una vida social y cívica… Aquí, en Dartford, estáis dando ejemplo de cómo todo eso es posible».
«No, no, el sitio no era agradable —decía Doris—, era bastante duro». Hoy es mucho más duro: en según qué zonas de Temple Hill más vale no meterse, son un infierno de pandillas callejeras. Cuando nosotros nos mudamos todavía no habían terminado las obras; el panorama consistía en una caseta en una esquina donde los obreros guardaban las herramientas, ni un solo árbol y un ejército de ratas campando por todas partes. Parecía un paisaje lunar. Y, por más que estuviera a escasos diez minutos del Dartford que yo conocía, el viejo Dartford, durante un tiempo, a aquella edad me sentí como si hubiera aterrizado de repente en territorio desconocido; tardé casi un año en tratar a los vecinos y quitarme la sensación de haber sido transportado a otro planeta. En cambio, a Bert y a Doris les encantaba aquella casa, así que no tuve más remedio que morderme la lengua. En lo que a adosados se refiere, hay que reconocer que aquél por lo menos era nuevo y estaba bien construido, ¡pero no era nuestro! A mí me parecía que nos merecíamos algo mejor, y eso me daba rabia. Me veía como si perteneciera a una familia noble condenada al destierro. ¡Qué presunción! En ocasiones hasta despreciaba a mis padres por haber aceptado su suerte. Eso era entonces, cuando ni me imaginaba todo lo que habían pasado.
Mick y yo nos conocimos pura y simplemente porque vivíamos muy cerca, a la vuelta de la esquina, e íbamos a la misma escuela. Pero entonces me mudé lejos de esa escuela, a la otra punta de la ciudad, y me convertí en «uno que vive al otro lado de las vías»: ya no ves a nadie, ya no estás allí. Mick también se mudó de Denver Street a Wilmington, un barrio muy bonito, mientras que yo acabé en el otro extremo de la ciudad, al otro lado de las vías. Las vías del tren atraviesan literalmente el centro de la ciudad.
Temple Hill [10] suena algo pomposo. El hecho es que nunca vi ningún templo; eso sí, la colina estaba y era el único atractivo que podía ofrecer aquel lugar a un muchacho como yo. Era un cerro con mucha pendiente: es increíble lo que puedes llegar a hacer de crío con una cuesta si estás dispuesto a jugarte el pellejo. Recuerdo que solía poner un libro enorme de Buffalo Bill que tenía encima del monopatín, a lo ancho, me sentaba y bajaba zumbado por Temple Hill. Si se me cruzaba algo, mala suerte porque no tenía frenos. Al llegar abajo del todo había una calle que tenías que cruzar, vamos, que no te quedaba otra que jugar al corre que te pillo con los coches, aunque tampoco es que hubiera muchos… En cualquier caso, se me ponen los pelos de punta de pensar en aquellas bajadas increíbles, sentado a escasos centímetros del suelo encima de mi libro, ¡y que Dios se apiadara de la señora con el cochecito de bebé! Yo gritaba desde lejos: ¡Cuidado! ¡Apártese!». Nunca me metí en ningún lío por mis bajadas a tumba abierta; en aquellos tiempos todavía te librabas de alguna.
Me ha quedado una cicatriz inmensa de aquella época. Había unas losas de piedra enormes a los lados de la carretera, sueltas, esperando a que las colocaran definitivamente con cemento; y claro, yo, que me creía Superman, y una amiga quisimos apartar una porque nos molestaba para jugar al fútbol. Los recuerdos no dejan de ser ficción y la versión ficticia de lo que pasó se la debo a lo que recuerda mi amiga y compañera de juegos Sandra Hull después de tantos años. Según ella, me ofrecí galantemente a moverla yo porque había un hueco demasiado grande entre una losa y otra y ella no llegaba saltando; también se acuerda de que hubo mucha sangre cuando la losa se me cayó encima de un dedo aplastándomelo, de que me fui a la carrera a lavarme la herida y de que la sangre no paraba. Luego vinieron los puntos. Con el tiempo, el resultado de todo aquello (sin ánimo de exagerar tampoco) puede haber tenido algo que ver con mi manera de tocar la guitarra, porque se me quedó el dedo plano y eso afecta a los punteos. Podría estar relacionado con el sonido; tengo más tracción, por así decirlo, y en los punteos engancho mejor las cuerdas porque me quedé sin un cacho de dedo. Total, que lo tengo plano y afilado, lo que resulta muy útil de vez en cuando. La uña tampoco me volvió a salir nunca como antes, está un poco torcida.
La escuela estaba lejos y, para evitar la imponente cuesta de Temple Hill, siempre me iba por detrás, bordeando la colina, por un camino llano que llamaban el sendero de la carbonilla» y pasaba por la parte de atrás de todas las fábricas, la planta de Burroughs Wellcome y la fábrica de papel de Bowaters, junto a un arroyo maloliente donde burbujeaba una pasta pegajosa de color verde y amarillo. Era como si hubieran venido a tirar toda la mierda química del planeta a aquel arroyo que borboteaba, igual que un pozo de azufre hirviendo. Yo contenía la respiración y apretaba el paso. De verdad que parecía la típica imagen del infierno. En cambio, por la parte delantera había un jardín y un estanque precioso con cisnes, así que no había mejor manera de
aprender lo que significa la expresión más fachada que Harrods»[11].
Durante la última gira que hemos hecho he ido apuntando letras e ideas en un cuaderno, también cosas que se me ocurrían para estas memorias. Y hay una nota que dice así: «He sacado del baúl de los recuerdos una instantánea de Bert y Doris haciendo chuminadas por ahí en los años treinta. Lágrimas en los ojos». De hecho había unas cuantas fotos de ellos dos haciendo eso que antes se llamaba calistenia: Bert haciendo el pino sobre la espalda de Doris, los dos haciendo volteretas laterales y también como en una especie de representación en otras, Bert en particular presumiendo de forma física. En esas fotografías de sus primeros tiempos juntos, Bert y Doris parecían estar pasándoselo muy bien juntos: se iban de acampada o a la playa, tenían un montón de amigos. El era un verdadero atleta, y un águila de los scouts, que es la mayor graduación posible; también boxeaba, al estilo irlandés. Mi padre era mucho de moverse y hacer actividades físicas. En ese sentido, creo que he heredado esa actitud de «¡anda, venga ya, ;qué quieres decir con que no te encuentras bien?»: el cuerpo es algo que ha de funcionar, le hagas lo que le hagas, das por sentado que va a seguir funcionando. Olvídate de andar cuidándolo. Tenemos esa constitución de familia, nos parece imperdonable que el cuerpo deje de funcionar. Y yo he seguido en esa línea de «¡va, no es más que un balazo, una simple herida!».