Vida
Capítulo 10
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
Marlon se convierte en mi compañero de gira. Muere nuestro hijo Tara. Nos
vamos a vivir con John Phillips y su familia a Chelsea. Me trincan en Toronto
y me acusan de tráfico de drogas. Dejo la heroína con la ayuda de una caja
negra y el Jack Daniel’s. Los Stones graban Some Girls en París. Conozco a
Lil Wergilis, que me ayuda a desengancharme. Me conceden la condicional en
1978 a cambio de dar un concierto para ciegos. El novio de Anita se pega un
tiro jugando a la ruleta rusa; ella y yo finalmente nos separamos.
Hubo tantas ocasiones en que nos libramos por los pelos… El episodio de Fordyce durante la gira de 1975 había sido potencialmente el más letal. Ya había agotado mis siete vidas de gato. No valía la pena llevar la cuenta. Habría más situaciones límite, redadas y detenciones, balas perdidas y coches saliéndose de la carretera. En algunos casos escaparía gracias a cierta dosis de suerte. Pero una sombra se cernía sobre todo: se avecinaba tormenta. Vi otra vez a Uschi: se reunió conmigo durante la gira para pasar juntos una semana en San Francisco, y luego desapareció durante años. Ese otoño, los Rolling Stones pasaron una temporada en Suiza, ya que allí era donde yo vivía entonces, trabajando algo más en el álbum Black and Blue: el disco cuya publicidad (aparecía una mujer medio desnuda, llena de moratones y maniatada) provocó un llamamiento a boicotear a la Warner Communications. Trabajamos en canciones como «Cherry Oh Baby», «Fool to Cry» y «Hot Stuff». En Ginebra, en marzo de 1976, Anita dio a luz a nuestro tercer hijo, un niño al que llamamos Tara.
Apenas tenía un mes cuando dejé a Anita en casa para marcharme a una larga gira europea que iba a durar de abril a junio, y me llevé a Marlon, que entonces ya tenía siete años, como compañero de carretera. Anita y yo nos habíamos convertido en dos yonquis que vivían vidas separadas excepto en lo que tuviera que ver con nuestros hijos. Para mí no resultaba tan difícil porque pasaba mucho tiempo de gira, y entonces Marlon solía estar conmigo. Pero el ambiente no era agradable, es muy difícil convivir con tu mujer cuando ésta también es una yonqui, de hecho más que yo incluso. En aquella época, Anita sólo me dirigía la palabra para preguntar: «¿Ha llegado?». Lo único que le importaba en la vida era la droga y empezó a írsele la olla de verdad: ruido de cristales en mitad de la noche, y resultaba que había lanzado una botella de zumo o de vino contra la pared de la casa que acabábamos de alquilar: «¿Te hace falta un chute, cariño?». Yo lo entendía, pero no era necesario redecorar toda la puta casa. Por entonces ya no venía de gira con nosotros, ni a las sesiones de grabación; cada vez estaba más aislada.
Cuanto más se complicaba todo, más tenía yo al niño conmigo. Nunca antes había criado a un hijo, y me resultaba fascinante verlo crecer, decirle: «Necesito tu ayuda, chico». Así que Marlon y yo nos convertimos en un equipo. En 1976, Angela todavía era demasiado pequeña para venir de gira.
Marlon y yo íbamos a los conciertos en un coche inmenso, y él hacía de copiloto. En aquella época todavía había países, no existía la Europa sin fronteras. Yo le encargaba ese trabajo para que se entretuviera: aquí está el mapa, avísame cuando lleguemos a la frontera. Para ir de Suiza a Alemania pasábamos por Austria, así que era cruzar la frontera Suiza, bum, entrar en Austria, bang, treinta kilómetros por Austria y, bang, entramos en Alemania. Había que cruzar muchas fronteras para llegar a Múnich, no quedaba otra que ser muy meticuloso, sobre todo cuando había nieve o hielo en la carretera. A Marlon no se le escapaba una; si, por ejemplo, me decía «quince clics desde la frontera, papá», ése era el momento en que tocaba parar a meterse un poco y luego tirar el material o esconderlo en el equipaje. Otras veces me daba un codazo y me decía: «Papá, te toca parar. Te estás quedando dormido, se te cierran los ojos». Se comportaba como si fuera mucho mayor. Algo muy necesario cuando tienes a la policía detrás constantemente. «¡Eh, papá!». «¿Sí?». (Me está despertando, zarandeándome). «Los hombres de traje azul están abajo».
Yo no solía llegar tarde a los conciertos, y nunca me salté ni uno, pero cuando llegaba tarde, llegaba espectacularmente tarde. Y aun así el concierto solía ir de maravilla. Según mi experiencia, al público no le importa esperar siempre y cuando al final te presentes, des la talla. Aquella especie de nebulosa, de neblina jipi, lo envolvía todo. En los setenta, el concierto empezaba cuando me despertaba, que igual era tres horas tarde, pero no existía toque de queda para el final. Si ibas a un concierto era para estar allí toda la noche. Nadie había dicho que fuera a empezar a la hora. Si llegaba tarde, lo siento, pero era la hora justa para que empezase la actuación. Y nadie se marchaba. Pero no quería tentar demasiado la suerte, e intenté reducir al mínimo esos conciertos con retraso.
Por lo general, si llegaba tarde era porque me había quedado dormido como un tronco. Recuerdo a Marlon despertándome, de hecho se convirtió en una costumbre. Jim Callaghan y los de seguridad estaban enterados de que yo dormía con una pistola debajo de la almohada y no querían despertarme, así que media hora antes de salir al escenario metían a Marlon en mi habitación: «Papá…». El niño pilló el truco enseguida, sabía lo que debía decir: «Papá, de verdad que ya es la hora». «Eso son dos horas más, ¿no?». «Papá, ya les has hecho esperar…». Era un auxiliar excelente.
Yo era un tanto impredecible por aquel entonces, o eso pensaban los demás. Nunca le he disparado a nadie, pero siempre existía el miedo a que me despertara de un humor de perros y me diera por liarme a tiros pensando que me estaban intentando robar. Y no es que no haya alimentado un poco esa creencia: puede resultar muy útil. Nunca fue mi intención encañonar a nadie, pero el programa era de locos y yo viajaba con un niño y además andaba bastante jodido.
Por lo general salía al escenario recién levantado, y una cosa es levantarte de la cama y otra muy distinta estar despierto. Yo tardo entre tres y cuatro horas; y luego tengo que ponerme en marcha. Las veces en que pasó menos tiempo entre levantarme de la cama y estar en el escenario probablemente fueron ésas en las que debía estar allí hacía ya una hora.
—¿Qué llevo puesto?
—El pijama, papá.
— ¡Bueno, deprisa!, ¿dónde están los putos pantalones?
De todas formas, casi siempre me acostaba con lo que iba a ponerme para tocar. Y al cabo de media hora: «Damas y caballeros, con ustedes, los Rolling Stones». Es una manera interesante de despertarse.
Que lo cuente Marlon.
Marlon: La gira del 76 fue por Europa. Me pasé con ellos todo el verano dando tumbos hasta el último concierto, que fue en Knebworth en agosto, cuando tocaron con los Zeppelin. Me pedían que despertara a Keith porque tenía muy mala leche y no le gustaba nada que lo despertaran. Así que Mick o algún otro venía y me decía: «Nos tenemos que marchar dentro de unas horas, ¿por qué no vas a despertar a tu padre?». Yo era el único que podía hacerlo sin recibir una bofetada. Le decía: «Papá, levántate, tienes que ponerte en marcha, ya es hora de irse, hay que coger el avión». Y él lo hacía. Mi padre era muy tierno. Íbamos a los conciertos y luego de vuelta al hotel, y no recuerdo que hubiera mucha bacanal, de verdad que no. El y yo compartíamos el cuarto, uno con dos camas, y yo lo despertaba y pedía el desayuno al servicio de habitaciones: helado o tarta para desayunar; muchas veces las camareras me hablaban en un tonito condescendiente («¡ay, pobre niño!») y yo les decía que se fueran a tomar por culo porque era algo que me molestaba mucho. Además aprendí muy rápido a tratar a los que se pegaban como lapas y a la gente que intentaba llegar hasta Keith a través de mí. Y también me acostumbré enseguida a quitármelos de encima diciendo: «Mira, no quiero verte por aquí, lárgate». Keith usaba la excusa de «tengo que acostar a Marlon» para librarse de la gente. Había algunas tías o tipos muy pesados a quienes decía: «Largo de aquí, mi padre está durmiendo, déjanos en paz». Y como era un niño, nadie se atrevía a decirme nada y obedecían sin rechistar.
Mick se portó muy bien conmigo durante esa gira. Una vez en Alemania, en Hamburgo, Keith estaba durmiendo y Mick me invitó a su habitación. Yo nunca había tomado una hamburguesa y me pidió una: «¿Nunca te has comido una hamburguesa, Marlon? Pues vas a comerte una hamburguesa en Hamburgo». Así que cenamos juntos. Por aquel entonces era muy cariñoso, encantador. Y cuidaba mucho de Keith, se ocupaba de todo, de que estuviera bien. Era algo que se veía. Y además por aquel entonces Keith estaba hecho polvo.
Keith siempre me leía cuentos. Nos encantaban los de Tintín y los de Astérix, pero él no sabe francés y eran ediciones francesas, así que se lo inventaba todo. Sólo al cabo de los años, cuando volví a leer un libro de Tintín, caí en la cuenta de que el muy cabrón no tenía ni idea de la historia y se la iba inventando sobre la marcha, algo que, teniendo en cuenta todo el caballo que se metía, las cabezadas aquí y allá y todo lo demás, no deja de ser impresionante. Me acuerdo de no tener más que un par de zapatos y unos pantalones, y que me pasé con ellos toda la gira.
Y luego estaban los guardaespaldas, Bob Bender y Bob Kowalski, los dos Bobs. Ambos medían casi dos metros y eran unos tíos inmensos, verdaderos armarios, unas moles. Uno era rubio y el otro moreno. Jugaba con ellos al ajedrez en el pasillo porque eso era lo que hacían, estar sentados en el pasillo jugando al ajedrez para pasar el rato. Yo me lo pasaba en grande. Todo aquello a mí no me parecía traumático, lo encontraba muy divertido, eso de ir cada noche a un concierto en una ciudad diferente, quedarme levantado hasta las cinco de la mañana y luego amanecer a las tres de la tarde. Seguía el horario de Keith.
Las drogas nunca me llamaron la atención. Toda aquella gente me parecía espantosamente ridícula, pensaba que no hacían más que auténticas estupideces. Anita dice que fumé muchos canutos cuando tenía unos cuatro años o así en Jamaica, pero no me lo creo en absoluto: suena al típico cuento de Anita. Las drogas me parecían repulsivas, pero aprendí a arreglar el desorden, a no tocarlas y a no dejarlas por ahí tiradas. Si veía algo, lo guardaba inmediatamente, y hubo unas pocas ocasiones en que al ir a coger una revista o un libro salieron volando unas cuantas rayas. Keith no se enfadaba demasiado por eso.
Al final de la gira tuvimos un accidente de coche volviendo de Knebworth. Fue cuando arrestaron a Keith. Se quedó dormido mientras conducía y chocamos contra un árbol. Íbamos siete y nadie se hizo nada serio porque, afortunadamente otra vez, era el Bentley. Ese coche se ha llevado unos cuantos golpes. Hasta hace cinco o seis años todavía se veía la marca de mi mano ensangrentada en el asiento de atrás, y en el salpicadero había una muesca donde me había golpeado con la nariz. Me parecía muy impresionante haber hecho una muesca, y me llevé una gran desilusión cuando la quitaron.
Soy buen conductor, pero nadie es perfecto, ¿verdad? En algún momento perdí el control, me quedé dormido y nos salimos de la carretera, y yo lo único que oía era a Freddie Sessler en el asiento de atrás gritando «¡me cago en la puta!», pero conseguí acabar en un campo que había junto a la carretera, lo cual, dadas las circunstancias, fue lo más sensato que podía hacer. Por lo menos no chocamos con nadie ni matamos a nadie, y nosotros tampoco nos hicimos nada. Pero luego los polis me encontraron ácido en la chaqueta. ¿Que cómo me libré de aquélla? Veníamos de una actuación. Las chaquetas que llevábamos eran algo así como el uniforme de concierto, de distintos colores pero todas iguales. Podía haber sido la chaqueta de Mick Jagger, o la de Charlie, la primera que había pillado. Podía ser la chaqueta de cualquiera. Esa fue mi defensa.
Recuerdo haber soltado un discurso en plan «ésta es mi vida, así es como vivimos y estas cosas pasan; vosotros no vivís como yo; simplemente hago lo que tengo que hacer; si la he cagado, lo siento mucho; tengo una vida muy tranquila y pacífica; dejadme ir a la siguiente actuación». En otras palabras: ¡hey, es sólo rock and roll! Pero cuéntale eso a un puñado de fontaneros de Aylesbury. Quizá «engatusó al jurado», como escribió alguien de la prensa. Cuesta creerlo, porque mi actitud era más bien la de «necesito un jurado donde por lo menos la mitad de los miembros sean guitarristas de rock para que haya alguien que entienda de qué coño estoy hablando; un jurado de colegas como Jimmy Page, un conjunto de músicos, tíos que han estado en la carretera y saben cómo es la movida; mis colegas no son una doctora y un par de fontaneros; como parte del sistema legal británico, respeto muchísimo al jurado, pero por favor…». Y parece que, básicamente, lo entendieron. Por lo visto, en esta ocasión nadie estaba intentando darme una lección y me dejaron ir con una buena multa y un pequeño sermón.
Estaba de gira en París, con Marlon, cuando me dieron la noticia de la muerte de mi hijo Tara con solo dos meses, se lo habían encontrado muerto en la cuna. Me llamaron cuando estaba preparándome para salir para el concierto: «Siento mucho comunicarle que…». Es como si te pegaran un tiro. Y luego: «Evidentemente querrás que cancelemos el concierto». Me lo pensé unos instantes y contesté que por supuesto no íbamos a cancelar. Habría sido lo peor, porque no tenía ningún otro sitio adonde ir. ¿Qué iba a hacer, volver en coche a Suiza para averiguar lo que había pasado? Ya había ocurrido, ya no había nada que hacer. O quedarme en la habitación del hotel llorando y volviéndome loco pensando «¿cómo, por qué?». Por supuesto llamé a Anita, que estaba hecha un mar de lágrimas, y todos los detalles eran muy confusos. Se tenía que quedar en Suiza para ocuparse de la incineración y todo el papeleo antes de venir a París, y yo lo único que podía hacer era proteger a Marlon de todo aquello, intentar que lo afectara lo menos posible. Lo único que me hizo seguir adelante fue Marlon y el trabajo diario que suponía cuidar a un niño de siete años mientras estás de gira. No tengo tiempo para andar llorando por las esquinas, tengo que asegurarme de que el niño está bien. Doy gracias a Dios de que estuviera allí. Era demasiado pequeño para captar realmente lo que pasaba y lo único bueno de toda aquella historia fue que él y yo por lo menos nos libramos del primer impacto. Tenía que salir al escenario esa noche, y después fue cuestión de seguir como pude de gira con Marlon y mantener todo aquello al margen. Sirvió para unirnos a Marlon y a mí, pasara lo que pasara. Había perdido a mi segundo hijo: no iba a perder al primero.
¿Qué pasó? Sé muy poco sobre las circunstancias. Todo lo que sabía era que Tara era aquel bebé precioso al que dejé acostado en su cuna.
Pequeñajo, te veo cuando acabe la gira, ¿de acuerdo?». Parecía perfectamente sano, era como un Marlon en miniatura. Al pobre cabroncete nunca llegué a conocerlo, o apenas; debí de cambiarle el pañal dos veces como mucho, creo. Fue un fallo respiratorio, lo que llaman muerte súbita. Anita se lo encontró muerto por la mañana. Desde luego no me iba a poner a hacer preguntas en esos momentos. Sólo Anita sabe cómo fue. En cuanto a mí, nunca debería haberlo dejado. No creo que fuera culpa de Anita: fue simplemente una muerte súbita. Pero marcharme cuando todavía era un recién nacido es algo que nunca me perdonaré. Es como hubiera desertado de mi puesto.
Anita y yo no hemos hablado nunca de aquello. Yo lo dejé estar porque no quería reabrir las heridas. Si ella hubiera querido que nos sentáramos a hablarlo, seguramente habría estado dispuesto a hacerlo, pero yo no podía sacar el tema. Ninguno de los dos (estoy seguro de que también es su caso) lo hemos superado del todo. Esas cosas nunca se superan. Y aquello no hizo sino erosionar aún más nuestra relación y provocó que Anita se adentrara aún más en el abismo del miedo y la paranoia.
Sin lugar a dudas, perder a un hijo es lo peor que te puede pasar; por eso le escribí a Eric Clapton cuando murió su hijo, porque sabía lo que estaba pasando. Cuando te ocurre algo así, al principio te quedas totalmente embotado durante un tiempo. Sólo poco a poco van aflorando las posibilidades truncadas con ese niño. No puedes afrontarlo todo de golpe. Y es imposible perder a un hijo sin que eso te persiga durante el resto de tus días. Se supone que todo sigue un orden natural. Pero ver marcharse a tu bebé es algo totalmente distinto. Es algo que ya no te deja descansar. Ahora hay un vacío gélido y permanente en mi interior. Viéndolo desde una perspectiva egocéntrica, si tenía que pasar, me alegro de que por lo menos ocurriera entonces, cuando todavía era demasiado pequeño para haber entablado una relación con él. Ahora es algo que me golpea como una vez a la semana. He perdido un hijo. Podría haber aspirado a grandes cosas. Cuando estaba preparando este libro escribí en mi cuaderno esta frase: «De vez en cuando, Tara me invade. Mi rujo. .Ahora tendría treinta y pocos años». Tara vive dentro de mí, pero ni siquiera sé dónde está enterrado el pequeñajo, si es que está enterrado en alguna parte.
El mismo mes en que murió Tara miré a Anita y comprendí que sólo había un lugar adonde podíamos mandar a Angela mientras solucionábamos toda la situación: con mi madre. Y cuando empezamos a considerar la posibilidad de que volviera a casa, nuestra hija ya se había instalado cómodamente en Dartford con Doris. Así que pensé: «Bueno, mejor dejarla con mi madre. Tiene una vida estable, no toda esta locura alrededor, y podrá criarse como una niña normal». Así ha sido, y de forma genial. Doris andaba por los cincuenta y aún tenía energía para criar a otro niño, y cuando surgió la oportunidad y la necesidad, aceptó. Ella y Bill lo hicieron juntos. Yo sabía que me detendrían más veces, muchas más, ¿y qué sentido tenía criar a una hija así, sabiendo que teníamos a los polis en la puerta? Por lo menos me tranquilizaba saber que Angela estaba protegida, a salvo del mundo desquiciado en que vivía yo. Así que se fue a vivir con Doris y al final estuvo allí durante los veinte años siguientes. Marlon se quedó conmigo, en la carretera, hasta que terminó la gira en agosto.
***
Cuando ese año (1976) Ronnie Wood emigró a América por motivos fiscales, fui a recoger todas mis cosas a The Wick. A la casa de Cheyne Walk no podíamos volver porque estaba vigilada las veinticuatro horas y siempre te encontrabas con un «¡hola, Keith!». Si nos quedábamos allí tendría que ser con las ventanas cerradas y las cortinas echadas, una existencia hermética, un verdadero asedio, totalmente encerrados con nosotros mismos.
Lo único que intentábamos era seguir a flote y mantenernos un paso por delante de la ley en todo momento, siempre viajando previa llamada para preguntar: «¿Puedes conseguir agujas allí?». El pan nuestro de cada día en la vida de un yonqui. Una prisión que yo mismo me había construido. Estuvimos una temporada en el Hotel Ritz de Londres hasta que nos obligaron a marcharnos debido a que la habitación necesitaba una redecoración completa, cortesía de Anita. Marlon empezó a ir al colegio en serio por primera vez, a Hill House, una escuela donde los alumnos llevan uniformes de color naranja y parecen pasarse la mitad del tiempo caminando en fila de a dos por las calles de Londres. Los niños de Hill House eran toda una institución en Londres, como los pensionistas de Chelsea. Para Marlon, obviamente, aquello fue un tremendo shock, o como él mismo lo calificaría después, «una puta pesadilla».
Por aquel entonces John Phillips, antiguo miembro de los ya disueltos The Mamas & The Papas, estaba viviendo en Londres. Él, su mujer y su bebé Tamerlane tenían una casa en Glebe Place, en Chelsea, y nos dieron asilo durante un tiempo. Así que nos mudamos con ellos. Ya habíamos hecho planes de trabajar juntos, de que Rolling Stones Records produjera un álbum en solitario de John donde colaboraríamos Ronnie, Mick, Mick Taylor y yo. Ahmet Ertegun lo financiaría con Atlantic Records. Muy buena idea todo… sobre el papel. John era un gran tipo, muy divertido, y trabajar con él era muy interesante (aunque estaba un poco chiflado). Prácticamente todas esas canciones de los Mamas que marcaron una época las había escrito él, algunas con su ex mujer Michelle: California Dreamin’», «Monday, Monday», «San Francisco (Be Sure to Wear Flowers in Your Hair)».
Phillips era increíble. Nunca he conocido a nadie que se enganchara a droga tan rápido como él, y me temo que yo tuve algo que ver. La noche en que Ronnie se marchaba de The Wick llamó John y dijo: «Tengo un frasco con una cosa de la marca Merck. ¿A alguien le interesa? A mí no me va ese rollo». Le contesté que me pasaría por allí cuando acabara en casa de Ronnie, y de ésta me fui derecho a casa de John. Nos pusimos a tocar y todo eso y luego me enseñó el frasco. Al cabo de dos o tres horas le pregunté si podía usar su baño para meterme algo. Entré y me chuté. No quería hacerlo delante de toda la familia ni nada de eso, pero cuando salí del baño John me preguntó:
—¿Qué estabas haciendo ahí dentro?
—John, se llama caballo.
Y entonces hice algo que nunca, o muy raramente, hago. En realidad creo que ésa fue la única vez, porque no vas por ahí reclutando a futuros heroinómanos. Es algo que guardas para ti. Pero acababa de regalarme un frasco de cocaína, y me dio por: «¿Quieres saber qué estaba haciendo? Esto es lo que estaba haciendo». Y le metí un pico. Justo en el músculo.
Siempre me he sentido responsable porque yo fui quien lo introdujo en la heroína. Al cabo de una semana, el tío ya tenía una farmacia en casa y se había convertido en camello. Nunca he visto a nadie volverse yonqui a tal velocidad. Por lo general la gente tarda meses, a veces incluso años, en estar completamente enganchada. John, en cambio, al cabo de diez días ya lo estaba. Aquello cambió su vida. Luego volvió a Nueva York, y yo también, al año siguiente, cuando ocurrieron cosas todavía más demenciales, pero de eso ya hablaré luego. La música que hicimos juntos, con Mick y otra gente, no salió a la luz hasta después de la muerte de John, en 2001, en un álbum titulado Pay Pack & Follow.
Anita, Marlon y yo íbamos de aquí para allá. Estuvimos una temporada en el Hotel Blakes, pero allí tampoco duramos mucho y nos mudamos a Old Church Street, en Chelsea, a una casa alquilada que acababa de dejar Donald Sutherland. Fue allí donde a Anita se desquició totalmente conmigo. Deliraba, se había vuelto completamente paranoica. Fue una de sus etapas más oscuras, y la droga no hizo más que contribuir. Allá donde fuéramos estaba convencida de que alguien se había dejado un alijo escondido antes de largarse corriendo, así que lo ponía todo patas arriba tratando de encontrarlo: el baño del Ritz, sofás, el papel o los paneles de madera de las paredes… Recuerdo una vez que me la llevé a pasear en el coche y le dije que se concentrara en las matrículas, algo de lo más prosaico para intentar calmarla, para conectarla de nuevo con la realidad. A petición suya hicimos el pacto de que nunca la ingresaría en un manicomio.
Me gustan las mujeres con carácter, y con Anita sabías que tenías contigo a toda una valquiria: la mujer que decide quién muere en la batalla. Pero acabó descarrilando por completo, se volvió letal. Anita estaba siempre furiosa, tanto si iba colocada como si no, pero si no había droga se volvía loca. Marlon y yo vivíamos con miedo, miedo de lo que podía llegar a hacerse, por no hablar de lo que podría hacernos a nosotros. Yo me llevaba al niño al piso de abajo, a la cocina, y nos quedábamos allí sentados en el suelo, diciendo «vamos a esperar a que a mamá se le pase» mientras ella arrojaba de todo contra las paredes. Podría haber lastimado al niño. A veces volvía a casa y me encontraba con las paredes cubiertas de sangre o de vino. Nunca sabías lo que iba a ocurrir al minuto siguiente. Y nosotros allí confiando en que siguiera dormida y no se despertara gritando con un ataque de ira, chillando en lo alto de la escalera como Bette Davis, arrojándote objetos de cristal. Era una hija de puta muy dura. No, no fue nada divertido estar con Anita a mediados de los setenta. Acabó volviéndose insoportable. Era una auténtica cabrona conmigo, con Marlon y con ella misma. Y ella lo sabe, y yo lo estoy diciendo en este libro. Básicamente, yo andaba dándole vueltas a cómo salir de todo aquello sin dañar a los niños. La quería mucho. No me implico tanto con una mujer si no la quiero de verdad. Siempre tengo la sensación de que si las cosas no funcionan, si no consigo que se arreglen y que todo vuelva a ir bien, la culpa es mía. Pero con Anita fui incapaz de arreglar nada. Se había vuelto autodestructiva de una manera imparable. Era como Hitler: quería que todo el mundo se desplomara con ella.
Yo había intentado desengancharme un montón de veces, pero Anita no. De hecho, era más bien al contrario: si se lo sugerías, se ponía en plan rebelde y se metía todavía más. Las obligaciones familiares y domésticas, en ese punto, no eran algo que la entusiasmara precisamente. Y yo me decía: «¿Pero qué coño estoy haciendo? Muy bien, es la madre de mis hijos. Tienes que tragar con eso». Yo la quería y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa. «¿Tiene un problema? Yo me hago cargo. La ayudaré».
«Sin escrúpulos» no es una mala manera de describirla. No me importa echárselo en cara ahora, y ella lo sabe. Es algo con lo que tiene que vivir. Yo hice lo que debía hacer y Anita tendrá que seguir preguntándose cómo coño pudo cagarla tanto. ¡Todavía estaría con ella! Yo soy de los que no andan cambiando, sobre todo si hay niños por medio. Ahora Anita y yo podemos pasar un rato juntos en Navidades con los nietos e intercambiar sonrisas. «Hola cabra loca, ¿cómo lo llevas?». Anita está en plena forma, ahora es un espíritu benigno y una abuela maravillosa. Ha sobrevivido. Pero las cosas podrían haber ido mucho mejor, nena.
La mayor parte del tiempo me aislaba de Anita, o era ella la que no tenía el menor interés en juntarse con nosotros en el estudio del último piso de la casa. Casi siempre estaba metida en el dormitorio conmemorativo de Donald Suthferland, que tenía unas cadenas imponentes colgadas en la pared, puramente decorativas pero que contribuían a crear un cierto ambiente sadomaso. Venían a vernos los colegas de toda la vida: Stash, Robert Fraser… Y por aquel entonces también veía mucho a la gente de Monty Python, sobre todo a Eric Idle, que solía venir y quedarse.
Fue durante esa época en Church Street cuando batí mi récord personal de días sin dormir con la inestimable ayuda de los laboratorios Merck: nueve épicas jornadas sin pegar ojo. A la novena todavía me mantenía en pie. En todo ese tiempo había echado un par de cabezadas, pero de apenas veinte minutos. Estuve muy liado con mis sonidos, pasando esto de aquí allá, tomando notas, componiendo, y me había vuelto un maníaco, un auténtico ermitaño. Aunque durante esos nueve días fue mucha gente a visitarme a la cueva. Toda la gente que conocía en Londres por aquel entonces se fue pasando por allí un día u otro, pero para mí fue todo como un día muy largo. Ellos habían estado haciendo otras cosas, lo que fuera. Habían dormido y se habían cepillado los dientes y todo ese rollo, y yo mientras allí arriba escribiendo canciones, reorganizando los sonidos y haciendo copias dobles de todo. En aquella época se trabajaba con cintas y me dediqué a decorar artísticamente las etiquetas. La de reggae tenía dibujado un hermoso León de Judá.
Iba por el noveno día y, en mi opinión, seguía en plena forma. Estaba copiando una cinta en otra. Ya lo tenía todo, había anotado cada corte, ¡bum!, le di al play. Me aparté y de golpe me quedé dormido de pie durante tres décimas de segundo, entonces me caí hacia delante y me golpeé contra el altavoz JBL. Lo cual me despertó, pero no veía un carajo. Sólo una cortina de sangre delante de los ojos. Había tres escalones, todavía los recuerdo, y me las apañé para saltármelos todos y caer rodando escaleras abajo hasta acabar dormido en el suelo. Me desperté al cabo de un día más o menos, con la cara cubierta de sangre seca. Ocho días enteros, y al noveno cayó.
La banda me estaba esperando en Toronto a principios de 1977. Yo ya llevaba muchos días retrasando el viaje, y me enviaban telegramas: «¿Dónde estás?». Teníamos una actuación en El Mocambo de la que sacaríamos más material para Love You Live. Necesitábamos ensayar unos días, pero por lo visto yo era incapaz de abandonar mis rituales de Church Street. Y además tenía que sacar a Anita de casa y llevármela conmigo, lo cual era todavía más difícil. Al final tomamos un vuelo el 24 de febrero. Las actuaciones (dos noches en el club) estaban programadas para diez días más tarde. Me metí un chute en el avión y, no sé muy bien cómo, la cuchara acabó en el bolsillo de Anita. En el aeropuerto a mí no me encontraron nada, pero a ella le pillaron la cuchara y la detuvieron. Y entonces se tomaron su tiempo, se molestaron mucho en preparar a conciencia mi detención por todo lo alto en el Hotel Harbour Castle, convencidos de que me encontrarían algo: no tenemos más que seguir a los yonquis. Habían interceptado un paquete de droga que me había enviado a mí mismo para tenerlo allí cuando llegara. Alan Dunn, el hombre que más tiempo ha trabajado para los Stones, el gran jefe de transporte y logística, descubriría al cabo del tiempo que, aparte de los empleados habituales del hotel, de repente habían aparecido un montón de eventuales a los que se había contratado sobre todo como ingenieros de televisión y telefonía. La policía lo estaba preparando todo al milímetro: todo un despliegue de recursos para trincar a un guitarrista. Seguro que el director del hotel lo sabía, pero por supuesto nadie nos avisó de nada. Para ahorrar dinero, Peter Rudge, el director de la gira, había eliminado el personal de seguridad de los pasillos, así que los polis subieron directamente hasta la habitación. En circunstancias normales Marlon nunca le habría abierto la puerta a ningún policía, pero éstos venían vestidos de camareros. No conseguían despertarme y, por ley, tienes que estar consciente para que te arresten: tardaron cuarenta y cinco minutos, porque yo llevaba cinco días sin dormir y me acababa de meter un chute de los fuertes, así que estaba en otro mundo. Era el último día de ensayos y debía de llevar dos horas durmiendo. Lo que recuerdo es despertarme con aquellos tipos de la Montada dándome bofetadas, arrastrándome por toda la habitación a hostia limpia hasta conseguir que por fin estuviera «consciente». Bang bang bang bang bang. «¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿Sabes dónde estás y por qué hemos venido?». «Me llamo Keith Richards y estoy en el Hotel Harbour. No tengo ni idea de por qué habéis venido». Entretanto habían encontrado el material: más o menos treinta gramos: bastante, aunque no más de lo que uno necesita. Vamos, que no iba a dar precisamente para toda la ciudad. Pero, evidentemente, los tipos sabían lo que se hacían, igual que yo, y estaba claro que aquel caballo no era de Canadá. Había venido de Inglaterra, camuflado en una esas cajas negras de transporte.
Así que me detuvieron y me llevaron a una comisaría de la Policía Montada, y encima no era mi mejor momento del día precisamente. Se pusieron manos a la obra con todo el papeleo y, dada la cantidad que me habían pillado, decidieron presentar cargos por tráfico, lo que en Canadá equivalía a una condena automática de bastante tiempo. Yo les dije: —Muy bien, lo que digáis, pero devolvedme un gramo.
—Ah, no podemos hacer eso.
—¿Y qué vais a hacer entonces? Sabéis de sobra que lo necesito y que lo voy a conseguir de un modo u otro. ¿Y qué vais a hacer, seguirme trincarme otra vez? ¿Vais de eso? A ver, ¿cómo os lo vais a montar? Devolvedme un poco hasta que piense cómo manejar esta situación.
—Ah, no, no.
Y ahí fue cuando Bill Wyman me echó un cable. Fue el primero en venir a preguntarme «¿qué puedo hacer?». Le contesté, francamente, que mi problema era la falta de droga y que la necesitaba. Y, por supuesto, ése no es un tema que Bill controlara lo más mínimo, pero me dijo que vería qué podía hacer. Y encontró a alguien. Habíamos estado trabajando en El Mocambo, así que teníamos contactos locales. Bill se portó y me consiguió algo de material para ir tirando y pasar el bache por lo menos. Y tuvo que correr un gran riesgo, teniendo en cuenta lo vigilado que yo estaba. Debió de ser el momento de mayor conexión emocional que jamás hemos tenido Bill y yo.
Los de la Montada no volvieron a intentar arrestarme nunca más. Se me cita diciendo algo así como: «Aquí se juzga lo que siempre se ha juzgado, la vieja historia de “ellos y nosotros”. Empiezo a estar un poco harto de todo esto. Ya he hecho todas las horas que me correspondían en el banquillo. ¿Por qué no vais a por los Sex Pistols?». Pero, una vez más, alguien se había empeñado seriamente en darme por culo, y la situación se complicó aún más cuando Margaret Trudeau, la mujer del primer ministro Pierre Trudeau, se mudó al hotel como un apéndice de los Stones, sirviéndole en bandeja a la prensa sensacionalista otra vuelta de tuerca en la historia: la joven esposa del primer ministro con los Stones, y si a eso le añades el ingrediente de las drogas, tienes para tres meses de titulares. Al final, aquello podría haber jugado a mi favor, pero en ese momento resultó ser la peor combinación posible. Cuando se casaron, Margaret Trudeau tenía veintidós años y Trudeau cincuenta y uno, un poco como Sinatra y Mia Farrow: el poderoso y la muchacha de las flores en el pelo. Y ahora la mujer de Trudeau (se cumplía justamente su sexto aniversario de boda) andaba en albornoz por los pasillos del hotel de los Stones. Así que la historia era que había dejado a su marido. De hecho, se había mudado a una habitación contigua a la de Ronnie y se lo estaban pasando en grande, o como lo describe Ronnie con gran delicadeza en sus memorias: «Durante aquel breve tiempo compartimos algo muy especial». Ella se marchó a Nueva York para huir del escándalo, pero Mick también se fue para allá, de modo que se dio por hecho que allí pasaba algo. La cosa cada vez se ponía peor. Era una groupie, pura y simplemente, nada más. Y eso no tiene nada de malo. Pero si quieres ser una groupie no puedes estar casada con un primer ministro.
Yo estoy fuera tras pagar una fianza de muchos dólares, pero se han quedado con mi pasaporte y tengo prohibido salir del hotel. Estoy atrapado. Y sigo esperando a ver si acaban metiéndome en la cárcel. Para ellos sería como coser y cantar. En otra audiencia ante el juez añadieron el cargo de posesión de cocaína y revocaron la libertad bajo fianza, pero esa vez me libré gracias a un tecnicismo. Me hubiera encantado retarlos a que me metieran entre rejas. Era todo puto humo, no tenían huevos para hacerlo, les faltaba confianza en lo que estaban haciendo. El resto de la banda se marchó de Canadá, por precaución, y desde luego fue lo más sensato. Yo fui el primero en decirles: «Tíos, largaos inmediatamente porque si no os acabarán implicando a vosotros también. Tengo que aguantar el chaparrón yo solo. Es mi movida».
Lo más probable era que acabara en prisión. Seguramente me caerían un par de años, según mis abogados. Fue Stu el que sugirió que aprovechara la espera para grabar algunas canciones mías: dejar algo para la posteridad. Alquiló un estudio con un magnífico piano y un micrófono. El resultado de todo aquello lleva ya un tiempo dando vueltas por ahí: KR’s Toronto Bootleg. Hicimos canciones country, nada distinto de lo que estaba tocando cualquier otra noche, pero rezumaban un cierto patetismo porque las cosas estaban verdaderamente mal. Interpreté las canciones de George Jones, Hoagy Carmichael y Fats Domino que tocaba con Gram. «Sing Me Back Home» de Merle Haggard es bastante desgarrada en cualquier caso: el carcelero acompaña al reo por el corredor de la muerte.
Sing me back home with a song I used to hear…
Sing me back home before I die[60]
Una vez más fue Bill Carter quien acudió al rescate. Su problema era que en 1975 había prometido a las autoridades que no había ningún problema de drogas. Y ahora me habían detenido en Toronto acusado de tráfico. Carter voló directamente a Washington, pero no para visitar a sus colegas del Departamento de Estado o de Inmigración, quienes ya le habían dicho que jamás se me volvería a permitir la entrada en el país. Fue derecho a la Casa Blanca. Primero, cuando envió el pago de mi fianza, le había asegurado al juez canadiense que yo tenía problemas médicos y que necesitaba curarme de mi adicción a la heroína. Luego les contó la misma historia a sus contactos en la Casa Blanca (Jimmy Carter era el presidente) sirviéndose de toda la influencia política a su alcance. Habló con uno de los asesores sobre drogas de Carter, al que por suerte, por aquel entonces, se le había encomendado la tarea de encontrar soluciones más eficaces que el castigo. Bill les contó que su cliente había recaído, que tenía problemas médicos, y les pidió que tuvieran piedad y me concedieran un visado especial para viajar a Estados Unidos. ¿Por qué a Estados Unidos y no a Borneo? Bueno, porque solo había una mujer capaz de curarme, se llamaba Meg Patterson y hacia una «terapia de caja negra» con vibraciones eléctricas. Ella estaba en Hong Kong y necesitaba un doctor que la avalara en Estados Unidos. Hasta esos extremos llegó Bill Carter. Y funcionó. Milagrosamente, sus contactos en la Casa Blanca dieron orden a Inmigración de que me concedieran un visado y Carter consiguió el permiso del tribunal canadiense para que me dejaran marcharme a Estados Unidos. Se nos permitió alquilar una casa en Filadelfia, donde Meg Patterson me trataría a diario durante tres semanas. De allí, una vez realizada la cura, nos trasladamos a Cherry Hill, en Nueva Jersey. Yo tenía prohibido salir de Filadelfia en un perímetro de cincuenta kilómetros a la redonda, dentro del cual estaba Cherry Hill. Los abogados, los médicos y el Departamento de Inmigración llegaron a un acuerdo. Ahora bien, para Marlon no fue todo tan bien.
Marlon: Lo dejaron entrar en el país para hacer una terapia, que es cuando nos fuimos a Nueva Jersey. A mí me mandaron a vivir con la familia de un médico, una familia muy religiosa. De hecho, eso fue lo más traumático, tener que marcharme del hotel donde estaban los Stones y todo el mundo para meterme en casa de una familia de cristianos fundamentalistas de Nueva Jersey, con su valla blanca de madera, los monopatines y todo lo demás. Hasta me mandaron a un colegio donde tenías que rezar todos los días. Para mí fue todo un shock. Iba a ver a Keith y Anita al hotel, que estaba a tiro de piedra, cada tres o cuatro días y, francamente, siempre estaba deseando salir de aquella casa un rato. Creo que me comporté como un mocoso insoportable y la familia pensó que era un salvaje: llevaba el pelo largo, no me ponía zapatos, apenas llevaba ropa encima y usaba el lenguaje más soez que se pueda imaginar en un niño de siete años. Creo que les daba pena. Era todo un poco patético. Esa familia no me gustaba lo más mínimo, estaban intentando convertirme en el típico niño americano modosito. Y además era la primera vez que estaba en América y todavía pensaba que aquello estaba lleno de indios y búfalos vagando por las praderas. De repente aterricé en Nueva Jersey y pensé: «Dios mío, si salgo ahí fuera me cortarán la cabellera».
Aunque me estaba desenganchando con la terapia de Meg Patterson, una cura impuesta por las autoridades no es capaz de imbuir mucha convicción íntima. Supuestamente el método de Meg era una salida indolora: electrodos colocados en la oreja que transmitían endorfinas, las cuales, en teoría, neutralizaban el dolor. Meg también creía en el alcohol (en mi caso Jack Daniel’s, que es una bebida muy fuerte) como sustituto, como distracción por así decirlo. Así que bebía a mansalva bajo la maternal supervisión de Meg. A decir verdad, el método de Patterson me interesaba bastante y desde luego me ayudó, pero aun así no fue precisamente divertido. Cuando terminé la terapia, en cuestión de un par de semanas más o menos, Inmigración anunció que tendrían que hacer un seguimiento durante un mes. «Me he desenganchado, ¿no?». Y además estaba cada vez más nervioso encerrado en aquel agradable barrio residencial de las afueras. Me sentía como si estuviera en la cárcel y al final me harté. Meg Patterson hizo un informe donde comunicaba a los departamentos de Estado e Inmigración que estaba siguiendo el tratamiento médico y, en resumen, el tema acabó en que me dieron por rehabilitado: a efectos oficiales, para Inmigración era como empezar de cero, mi historial quedaba limpio y no había constancia de ningún delito. Eran otros tiempos, se tenía más fe que ahora en la rehabilitación. El visado que sustituyó al primero, que era únicamente para recibir atención médica, invalidó todas las restricciones anteriores. Se me amplió de tres a seis meses, de una a múltiples entradas, con permisos para salir de gira y trabajar, basándose en la confirmación de que me había rehabilitado y me estaba curando. Seguir un tratamiento de desintoxicación era como subir un nivel, y luego otro, y así sucesivamente hasta que se te declaraba plenamente rehabilitado, si es que lo entendí bien. Y he de decir que siempre le he estado muy agradecido al Gobierno de Estados Unidos por haberme dejado entrar en el país a fin de conseguir ayuda para desengancharme.
Liberamos a Marlon y nos mudamos de Nueva Jersey a una casa de alquiler en South Salem, Nueva York, que se llamaba Frog Hollow: el típico edificio de estilo colonial que estaba embrujado (según una Anita cada vez más embrujada ella misma que veía fantasmas de indios mohicanos patrullando por la colina). Estaba en la calle donde vivía George C. Scott. quien tenía la mala costumbre de chocar contra nuestra valla blanca de manera regular, borracho como una cuba y conduciendo a ciento ochenta por hora. El caso es que allí fue donde acabamos, cerca del monte Kisco, en el condado de Westchester.
También fue más o menos por aquella época cuando Jane Rose empezó a llevar mis asuntos de manera extraoficial. Jane trabajaba sobre todo para Mick, pero éste le pidió que se quedara en Toronto y me echara una mano cuando todos los demás se largaron. Y aún sigue conmigo, al cabo de treinta años continúa siendo mi arma secreta. Debo decir que durante todo el jaleo en Toronto, de hecho siempre que me trincaba la poli, Mick me cuidó con mucho cariño y nunca se quejó de nada. El era quien pasaba a encargarse de todo, hacía todo el trabajo y organizaba a las fuerzas para rescatarme. Mick se ocupó de mí como lo habría hecho un hermano.
Por aquel entonces, Jane se describía a sí misma como la loncha del sandwich: estaba entre Mick y yo. Fue testigo de los primeros roces entre nosotros cuando salí de la bruma estupefaciente, cuando se despejó mi neblina mental y quise ocuparme otra vez de las cosas, por lo menos en el terreno musical. Mick venía a verme a Cherry Hill para escuchar mi selección de temas para Love You Live, temas en los que ya habíamos estado trabajando durante ese tiempo de manera esporádica, y luego iba a ver a Jane y se cagaba en todo. De la colaboración habíamos pasado al forcejeo y el desacuerdo. Es un álbum doble, lo que en definitiva significa que un disco es de Mick y el otro mío. Yo empezaba a hablar de asuntos de trabajo otra vez, de temas que había que solventar, y supongo que a Mick le resultó extraño, chocante. Era como si yo hubiese resucitado de entre los muertos después de leído el testamento. Pero aquello no fue más que una escaramuza en comparación con lo que habría de venir al cabo de unos años.
Tardé diecinueve meses en ir a juicio, desde que me detuvieron en marzo de 1977 hasta octubre de 1978, pero por lo menos entonces vivía a tiro de piedra de Nueva York. Los visados, claro está, se me habían concedido con ciertas condiciones: tenía que presentarme en Toronto para varias audiencias, debía demostrar que me había desenganchado y que mi rehabilitación seguía con paso firme. Y me obligaron a ir al psiquiatra en Nueva York para que me hicieran una evaluación y luego someterme a una terapia. Me asignaron una doctora que me solía recibir diciendo:
—Gracias a Dios que has venido. Llevo todo el día peleando con los cerebros de otra gente —y abría un cajón del que sacaba una botella de vodka—. Vamos a sentarnos aquí media horita y a bebemos esto. Tienes pinta de estar bien.
—Me encuentro bastante bien.
Pero el hecho es que me ayudó. Hizo su trabajo y se aseguró de que el programa funcionara.
Mientras estaba en South Salem, un día me llamó John Phillips: «Tengo uno. Ven para aquí cagando leches y te lo enseño, confirmado, ¡tengo uno!». Con la coca alucinaba y creía que tenía bichos. Pensé: «Tendré que echarle una mano a mi amigo, ya que tiene uno». Todo el mundo llevaba semanas llamándolo loco porque se había convencido de que estaba infestado de bichos. Así que fui para allá, y John me sacó una servilleta, un Kleenex con un agujerito en medio: «¿Lo ves? Tengo uno». «John, ¿me lo estás diciendo en serio? Vas a tenerte que replanteártelo, chico». Y yo que había conducido durante hora y media para ver eso… Estaba hecho trizas; me refiero a que tenía todo el cuerpo lleno de costras. Pero esa vez estaba convencido de que tenía uno. Miró el Kleenex y dijo: «¡Joder, se ha escapado!». John era una farmacia ambulante. ¿Y quién no en aquellos tiempos? Freddie Sessler era propietario de unas cuantas farmacias. Y John estaba en una situación lamentable. Se había hecho instalar una cama de hospital en el dormitorio, una de esas que suben y bajan, pero sólo funcionaba la mitad de las posiciones. El espejo del cuarto de baño estaba pegado a la pared con cinta de embalar y hecho añicos, lo miraras por donde lo miraras. Había agujas clavadas en las paredes, de cuando se entretenía jugando a los dardos con ellas. Aun así estuvimos tocando juntos; nunca empezábamos antes de la medianoche, a veces a las dos de la mañana incluso, y venían también otros músicos. Y conseguí sobrevivir a aquello sin meterme ni un gramo de caballo. John tenía un proyecto de disco en solitario, pero, dadas sus condiciones, Ahmet Ertegun optó por cancelarlo.
En las sesiones de estudio para Some Girls siempre tuvimos viento de cola, desde el primer día en que nos pusimos a ensayar en aquella sala de forma tan extraña de los estudios Pathé Marconi de París. Fue como si rejuveneciéramos, lo cual no dejaba de ser sorprendente teniendo en encuenta el momento tan crítico por el que pasábamos, porque cabía la posibilidad de que yo acabara en la cárcel y los Stones se separasen. Claro que tal vez eso también influyó: hagamos algo como es debido antes de que ocurra. Se podía distinguir un cierto eco de Beggars Banquet: un largo periodo de silencio para luego volver con todo el empuje, con un sonido nuevo. Siete millones de discos vendidos y dos canciones en el Top Ten,
Miss You» y «Beast of Burden», hablan por sí solos.
No llevábamos nada preparado antes de entrar en el estudio. Todo lo íbamos componiendo allí día a día, así que fue como en los primeros tiempos con RCA en Los Angeles a mediados de los sesenta: las canciones brotaban sin cesar. Otra gran diferencia en relación con los últimos álbumes era que no había ningún músico más tocando con nosotros: ni viento, ni Billy Preston. Las otras pistas se metieron después. Tanta acumulación de colaboradores nos había llevado por otro camino en los años setenta, y en ocasiones nos había alejado de nuestros mejores instintos. Así que aquel disco dependía única y exclusivamente de nosotros y como era el primero que grabábamos con Ronnie, dependía del wearing. el cruce de las dos guitarras en canciones como «Beast of Burden». Estábamos más centrados y tuvimos que trabajar muy duro.
El sonido que sacamos se debió en gran medida a Chris Kimsey, el ingeniero de sonido y productor con quien trabajábamos por primera vez. Aunque lo conocíamos de cuando era todavía un aprendiz en los Olimpic Studios, y el tipo conocía nuestra música desde el principio. A raíz de aquella experiencia ejercería como ingeniero o coproductor de ocho álbumes más para nosotros. Teníamos que sacar algo distinto, no otro disco de los Rolling Stones metidos todavía en el bache. Él quería que volviera el sonido real en vivo, apartarse de las grabaciones limpias y asépticas por las que nos habíamos decantado en los últimos tiempos. Estábamos en los estudios Pathé Marconi porque eran propiedad de EMI, con quien acabábamos de firmar un gran contrato. Quedaban a las afueras de París, cerca de la fábrica Renault en Boulogne-Billancourt, y por allí no había nada ni remotamente parecido a un bar o un restaurante Estaban a una buena distancia en coche desde el centro, y recuerdo que oía mucho el Running on Empty de Jackson Browne durante los viales diarios de ida y vuelta. Al principio alquilamos una sala de ensayos inmensa, una especie de plato con un cuarto de control diminuto donde apenas cabían dos personas, equipada con una primitiva consola de dieciséis pistas de los años sesenta. La forma también era rara porque la consola ocupaba toda la esquina entre la ventana y una de las paredes, que era donde estaban colocados los altavoces, pero la pared en cuestión no formaba un ángulo recto, con lo que siempre tenías más lejos uno de los altavoces cuando entrabas a escuchar lo que se había grabado. El estudio de al lado tenía una mesa de mezclas mucho mayor y un equipo mucho más sofisticado, pero de momento nos quedamos tocando en aquel almacén, sentados en semicírculo por el suelo, separando distintos espacios con paneles. Al cuarto de control apenas entramos durante esos primeros días: no cabíamos.
Kimsey se dio cuenta inmediatamente de que aquel estudio tenía muchas posibilidades sonoras. Como era una sala de ensayos, el alquiler nos salía barato, lo que fue una suerte porque ese disco nos llevó mucho tiempo y nunca nos cambiamos al estudio más convencional de al lado. La primitiva mesa de mezclas resultó ser del mismo tipo que la que había diseñado EMI para los Abbey Road Studios: muy sencilla y modesta, con poco más que un botón de trémolo y otro de bajo, pero también con un sonido magnífico del que Kimsey se enamoró. Por lo visto algunas reliquias salidas de aquella mesa se han convertido en piezas de coleccionista. El sonido era muy claro pero al mismo tiempo un tanto sucio, con un toque turbio de música de club que encajaba a la perfección con lo que estábamos haciendo.