Vida

Keith Richards · Capítulo 7 de 14 · parte 1/2

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Vida

Capítulo 6

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

Nos trinca la policía en Redlands. Huimos a Marruecos en mi Bentley.

Escapada con Anita Pallenberg. Primera aparición ante un juez; paso una

noche en la cárcel de Scrubs y el verano en Roma.

No hay grupo más caótico a la mesa que ellos, el panorama después de cada desayuno, con los manchurrones y restos de huevos revueltos, mermelada y miel por todas partes es impactante. La verdad es que puede decirse que reinventan el significado de la palabra desorden… El batería de los Stones, Keith [sic], lleva una casaca estilo siglo XVIII, un gabán negro de terciopelo por encima y los pantalones más ajustados que te puedas imaginar… Todo como de mala calidad, mal cortado, con las costuras a punto de reventar. Keith tiene unos pantalones rosa y lila donde él mismo ha cosido con pespuntes irregulares una franja de cuero para separar los dos colores. Brian hace su aparición vistiendo unos pantalones blancos con un cuadrado negro enorme remendado en la parte de atrás, muy elegante a pesar de que las costuras están a punto de ceder.

Cecil Beaton, Marruecos, 1967; fragmento de Self-Portrait with Friends: The Selected Diaries of Cecil Beaton, 1926-1974

1967 fue el año que marcó un antes y un después, el año en que las costuras cedieron. Flotaba en el aire una sensación de que se avecinaba la tormenta, cosa que ocurrió más tarde con todos aquellos disturbios, enfrentamientos en las calles y todo eso. Se palpaba la tensión en el ambiente, algo parecido a la interacción de iones positivos y negativos antes de una tempestad, se percibía ese desasosiego previo a que algo estalle. De hecho, algo se partió en dos.

Habíamos terminado una gira agotadora por Estados Unidos el verano anterior y no volveríamos en dos años. Durante todo ese tiempo los cuatro primeros años del grupo), creo que no tuvimos más de dos días seguidos de descanso entre actuaciones, viajes y grabaciones. Nos pasábamos la vida en la carretera.

Sentía que con Brian había llegado al final de un capítulo, por lo menos que las cosas no podían seguir como cuando estábamos de gira. Mick y yo acabamos poniéndonos muy desagradables con Brian cuando se convirtió en algo así como una broma, cuando realmente abandonó su puesto en la banda. Antes de eso ya había habido problemas, tensiones, mucho antes de que Brian empezara a comportarse como un auténtico gilipollas, pero a finales de 1966 yo todavía estaba intentando recomponer la situación. A pesar de todo, éramos una banda. Yo andaba suelto y libre como el viento después de haber roto con Linda Keith. Cuando Brian no trabajaba era más fácil y mi tendencia natural aún era pasar el tiempo con él (y con Anita) en Courtfield Road, cerca de Gloucester Road.

Nos lo pasábamos muy bien (haciéndonos amigos otra vez, pillando colocones juntos), fue maravilloso al principio, así que poco menos que me fui a vivir con ellos. Brian vio en mis intentos de llevarlo de vuelta al grupo una oportunidad para vengarse de Mick. Brian necesitaba tener un enemigo imaginario y en aquellos tiempos había decidido que era Mick Jagger quien lo había maltratado y ofendido terriblemente. Yo andaba por allí de invitado y por eso disfrutaba de un asiento de primera fila para asomarme al mundo que Anita generaba a su alrededor, que estaba formado por un grupo de gente excepcional; solía volver a casa a las seis de la mañana atravesando Hyde Park a pie hasta St. John’s Wood, sólo para pillar una camisa limpia y volver, y al final dejé de marcharme a casa.

En los días de Courtfield Road no tuve nada que ver con Anita en el sentido estricto; me fascinaba, sí, pero desde una distancia que me parecía prudencial. Desde luego que pensaba que Brian había tenido mucha suerte, nunca fui capaz de explicarme cómo había cazado semejante pieza. Mi primera impresión de Anita fue que era una mujer muy fuerte y en eso llevaba razón; también era increíblemente inteligente, una de las razones por las que se despertó en mí la atracción, y por supuesto era muy divertida y una belleza. Muy graciosa además de más cosmopolita que nadie que yo conociera. Hablaba tres idiomas, había estado aquí, allí y allá, a mí todo me resultaba muy exótico. Además me encantaba su espíritu, incluso a pesar de que le gustaba pincharte, siempre le daba otra vuelta de tuerca a todo y manipulaba a la gente. No te daba ni el más mínimo respiro; si yo decía «eso es bonito» me contestaba: «¿Bonito? Odio esa palabra. No seas tan burgués, coño». ¿Nos íbamos a pelear por la palabra «bonito»? ¡Quién lo hubiera dicho! Por aquel entonces su inglés todavía era un poco precario para según qué cosas, así que de repente soltaba una parrafada en alemán cuando quería que algo quedase bien claro. «¡Perdona pero tendré que pedir que me lo traduzcan y luego te contesto».

Anita, la muy sexy hija de puta. Una de las mujeres más increíbles del mundo. La cosa fue yendo a más poco a poco en Courtfield Road. En ocasiones a Brian se le apagaba la luz de pronto y se caía redondo, y Anita y yo nos mirábamos. Pero ése es Brian y ésta es su chica y ahí queda todo. No se toca. La idea de robar la tía a otro miembro del grupo no cabía en mi cabeza, así que los días iban pasando.

La verdad era que yo miraba a Anita, y miraba a Brian, y la miraba otra vez a ella y pensaba: no hay nada que pueda hacer para evitarlo, al final voy a tener que estar con esta tía. O doy yo el paso o lo da ella, pero de un modo o de otro, vamos a acabar juntos. Ese descubrimiento no contribuyó precisamente a mejorar las cosas. Durante meses hubo una conexión, una especie de electricidad entre nosotros, y Brian cada vez fue quedando más relegado a un segundo plano. Yo tuve que ejercitar la paciencia al máximo. Me quedaba por allí tres o cuatro días y luego, una vez a la semana, me iba a pie a St. John’s Wood: mejor que corra el aire un poco, lo que siento resulta demasiado obvio. Eso sí, había mucha más gente por allí, era una fiesta continua. Brian necesitaba ser el centro de atención de una forma desesperada, todo el tiempo, pero cuanta más atención recibía más quería todavía.

Además yo estaba empezando a darme cuenta de lo que pasaba entre ellos, oía los golpes por las noches, y a la mañana siguiente aparecía Brian con un ojo morado. El era de los que pegan a las mujeres, pero si había una mujer en el mundo a la que mejor no pegar ésa era Anita Pallenberg; siempre que se peleaban Brian acababa vendado y lleno de moratones. Todo aquello no tenía nada que ver conmigo, ¿verdad? Yo sólo andaba por allí para pasar tiempo con Brian.

Anita venía de un mundo de artistas y la verdad es que ella misma tenía bastante talento, desde luego le encantaba el arte, era muy colega de sus principales representantes de por aquel entonces y se movía con total naturalidad en el mundo del arte pop. Su abuelo y su bisabuelo habían sido pintores, venía de una familia que por lo visto se había desmoronado víctima de la sífilis y la locura. Anita sabía pintar. Se crió en el caserón que tenía su abuelo en Roma, pero la adolescencia la había pasado en Munich, en un colegio para vástagos de la nobleza decadente del que la expulsaron por fumar, beber y (lo peor de todo) hacer autoestop. A los dieciséis años le habían dado una beca para estudiar en una escuela de diseño gráfico de Roma, cerca de la Piazza del Popolo, y fue entonces cuando empezó (a tan tierna edad) a frecuentar los cafés donde se reunía la intelectualidad romana del momento («Fellini y toda esa gente», como decía ella). Anita tenía mucho estilo, y también poseía una habilidad portentosa para generar, para conectar a la gente. Estamos hablando de la Roma de La dolce vita; conocía a todos los directores (Fellini, Visconti, Pasolini…), y en Nueva York había conectado con Andy Warhol, el mundo del arte pop y los poetas de la Generación Beat. Gracias a sus habilidades tenía unos contactos increíbles en muchísimos círculos y los grupos de gente más diversos, era un catalizador de mucho de lo que se movía en aquellos tiempos.

Si existiera un árbol genealógico de la escena enrollada de Londres, el ambiente por el que todavía hoy es famosa la ciudad, Anita y Robert Fraser (el galerista y marchante de arte) estarían al principio del todo, además de Christopher Gibbs (anticuario y bibliófilo empedernido) y algún que otro cortesano clave, y es sobre todo por las conexiones que tenían. Anita había conocido a Robert Fraser hacía mucho tiempo, en 1961, cuando entró en contacto con los primeros brotes del arte pop a través de su novio de por aquel entonces, Mario Schifano, uno de los principales pintores pop de Roma. Por Fraser conoció a Sir Mark Palmer, el auténtico y genuino Barón Gitano, y a Julian y Jane Ormsby-Gore y a Tara Browne (que inspiró la canción de los Beatles «A Day in the Life»), así que ya se habían sentado las bases para la conjunción de la música (que desempeñó un papel muy importante en el arte underground desde el principio) y todos aquellos aristócratas, aunque desde luego eran unos aristócratas atípicos: tres antiguos alumnos de Eaton (Fraser, Gibbs y Palmer), aunque resultaba que a dos de ellos (Fraser y Gibbs) los habían expulsado o se habían marchado prematuramente, y todos ellos poseían talentos especiales y excéntricos y una personalidad muy fuerte; desde luego no habían nacido para seguir al rebaño. Por ejemplo, Mick y Marianne harían peregrinaciones a Hertfordshire con John Michell (escritor y el mago Merlín del grupo) para avistar platillos volantes y campos magnéticos y toda esa movida. Anita tenía otra vida en París, donde se pasaba las noches bailando sin el menor reparo en Régine’s (entraba gratis), y tenía otra vida más, igualmente llena de glamur, en Roma. Trabajaba como modelo y también le daban papeles en películas. La gente con la que se codeaba era el núcleo duro de la vanguardia de aquellos tiempos, cuando el concepto de núcleo duro todavía casi ni existía.

Fue entonces cuando comenzaba el estallido de la cultura de las drogas: primero llegó el Mandrax con hierba, luego el ácido a finales del 66, después la coca en algún momento del 67 y el caballo siempre. Recuerdo a David Courts, el que hizo mi primer anillo de calavera y todavía un gran amigo, saliendo de un pub cerca de Redlands: se había tomado algo de Mandrax y unas cuantas copas y llevaba un colocón considerable; Mick lo llevó a cuestas hasta el coche. Ahora nunca haría nada parecido y, al recordarlo, me doy cuenta de lo mucho que ha cambiado. Pero ésa es otra historia.

Pululaba por allí gente fascinante. El capitán Fraser (que había pertenecido a un regimiento de los Fusileros Reales Africanos, una poderosa fuerza colonial acantonada en el este de África, y estuvo destinado a Uganda, donde Idi Amin fue su sargento) se había convertido en Strawberry Bob, y andaba por ahí flotando, en zapatillas y pantalones onda Rajastán por la noche, y con trajes de raya diplomática y ojo de perdiz como los de los gánsteres de día. La galería de Robert Fraser era la más vanguardista del momento, era la que traía las exposiciones de Jim Dine. Fraser representaba a Lichtenstein, también hizo la primera exposición de Andy Warhol en Londres…, exponía obra de Larry Rivers, de Rauschenberg… Robert se veía venir los cambios, estaba muy metido en el arte pop, se puede decir que estaba en la vanguardia de un modo hasta agresivo. A mí me gustaba la energía más que las obras necesariamente, me encantaba esa sensación que se palpaba en el ambiente de que todo era posible. Por lo demás, la sorprendente y descomunal presunción del mundo del arte me revolvía el estómago igual que si estuviera con el mono, y eso que todavía no me metía nada. Una vez, Allen Ginsberg se quedó unos días en Londres en casa de Mick y me pasé toda una noche oyendo a aquella cotorra pontificar sobre lo que no está escrito. Era la época en que Ginsberg iba por ahí tocando penosamente una concertina, diciendo «oooommmm» y fingiendo que le importaba un pito el entorno exclusivo en que se movía.

El capitán Fraser adoraba sus discos de Otis Redding y Booker T y los MG’s. Algunas mañanas me dejaba caer por su piso de Mount Street (entonces el punto de encuentro para todo el mundo), después de haber estado toda la noche por ahí, con lo último de Otis Redding o Booker T. Y allí estaba Mohamed, el criado marroquí siempre con su chilaba: nos preparaba un par de pipas, y nos sentábamos a escuchar «Green Onions» o «Chinese Checkers» o «Chained and Bound». A Robert le gustaba el caballo. Tenía un ropero lleno de trajes de chaqueta de un corte impecable y telas carísimas, y camisas hechas a medida pero que siempre tenían los puños y el cuello raídos, era parte de la imagen. Y solía tener papelinas (aproximadamente un quinto o un sexto de gramo) por todos los bolsillos, así que siempre andaba yendo al armario a rebuscar por los bolsillos de los trajes a ver si encontraba alguna. El piso de Robert estaba lleno de objetos fantásticos (calaveras tibetanas bañadas en plata, huesos con los extremos de plata también, lámparas art nouveau de Tiffany y unas telas preciosas por todas partes). El revoloteaba de acá para allá con aquellas camisas vaporosas de seda que se traía de la India. A Robert le encantaba emporrarse («un hachís de primera, lo mejorcito de Afganistán»). Era un personaje singular, una mezcla extraña de vanguardia y vieja escuela.

La otra característica de Robert que me encantaba era que resultaba un tipo encantador: se podría haber escondido fácilmente tras todo el rollo de Eaton y el estilo patricio característico de los de su clase, pero en vez de eso miró a su alrededor y, deliberadamente, mostró obras de arte de gente que no había ido a la Royal Academy. Claro, luego también estaba su faceta de marica amanerado que también lo desmarcaba un poco. No hacía alardes pero desde luego tampoco escondía nada. Tenía muy buen ojo para todo y siempre admiré su coraje, y creo que muchos de esos rasgos de su personalidad se los debía a los fusileros, de verdad. Tenía la vista puesta en África, el capitán licenciado Robert Fraser, y, si quería, podía ejercer su autoridad. Ahora bien, con él yo tenía la sensación de que cada vez detestaba más la forma en que las clases poderosas seguían aferrándose a algo que evidentemente se desintegraba por momentos, y lo admiraba mucho por la actitud de «esto no puede seguir así» que adoptó. Creo que ése fue el motivo por el que gravitaba en torno a nosotros y los Beatles y los artistas de vanguardia.

Fraser y Christopher Gibbs habían estado juntos en Eaton. Cuando Anita conoció a Gibby, hacía mucho tiempo, éste acababa de salir de la cárcel por haber robado un libro de Sotheby’s a los dieciocho años más o menos (siempre fue un coleccionista apasionado y muy entendido). Retomamos el contacto con Gibbs a través de Robert cuando Mick decidió que quería vivir en el campo. A Robert no le iba ese rollo, así que sugirió: para esto mejor Gibby, con que Gibbs fue el que empezó a enseñarles Inglaterra a Mick y Marianne y estuvieron mirando varias propiedades y casas solariegas en distintos puntos del país. A mí siempre me ha parecido que Gibby era genial a su manera; solía quedarme en su apartamento del paseo Cheyne en la zona de Embankment donde tenía una biblioteca maravillosa: yo me sentaba a curiosear aquellas primeras ediciones preciosas y aquellos libros con ilustraciones y dibujos maravillosos y otras cosas en las que no había tenido tiempo de profundizar porque siempre estaba en la carretera. También le encantaban los muebles, tenía unas piezas impresionantes y no perdía oportunidad de hacerse promoción a sí mismo con ese tema: «Tengo un baúl delicioso, del siglo XVI». Siempre andaba intentando encajarte algo, siempre tenía algo disponible y, al mismo tiempo, estaba como una cabra, el bueno de Christopher. Es el único tipo que conozco que nada más despertarse se metía un popper (nitrito de amilo) por la nariz. Eso, hasta a mí me dejaba de una pieza. Siempre tenía uno en la mesita de noche y en cuanto abría un ojo se chutaba una ampollita, para ir despertándose. Lo vi con mis propios ojos: no me lo podía creer. No es que tuviera nada en contra de los poppers, pero me parecían más bien para la noche…

Lo que había en común entre Robert Fraser y Christopher Gibbs era que tanto el uno como el otro tenían más cara que espalda y no conocían el significado de la palabra miedo. Además los dos eran niños de mamá, los dos se achicaban con sus respectivas madres. Tal vez por eso eran maricas. Strawberry Bob le tenía pavor a su madre:

—¡Ay, que va a venir mi madre de visita!

—Bueno, ¿y qué?

No estoy queriendo decir que fueran blandos ni asustadizos, sino que el respeto que inspiraban en ellos sus madres era sobrecogedor. Obviamente, las madres de ambos tenían un carácter muy fuerte, porque estos tíos eran tíos muy fuertes también. Hace poco supe que la madre de Gibby fue reina de las girl scouts a nivel mundial, la representante internacional. No era un tema que saliera en aquellos días. En su momento no me di cuenta de la influencia que ejercieron estos dos, pero el hecho es que cambiaron el panorama y tuvieron un inmenso impacto en el estilo de aquellos tiempos.

Gibbs y Fraser no eran más que los cabezas de lista, luego también estaban los Lampson y los Lambton, los Sykes o Michael Rainey. Y cómo olvidar a Sir Mark Palmer, paje de la reina y nómada empedernido (¡gran persona!), con su diente de oro y los galgos atados a las balas de cáñamo con las que solía viajar por las posesiones de los amigos en su carromato: supongo que si te habían educado para llevar la cola de la reina, un carromato gitano seguramente acababa resultando una opción interesante al cabo de un tiempo, porque, mientras no te hubieran salido pelos en los huevos tenía un pase, pero después:

—¿A qué te dedicas?

—Llevo la cola del vestido a la reina.

De repente, la mitad de la aristocracia del país nos hacía la pelota (los vástagos más jóvenes), los herederos de inmensas fortunas con siglos de historia, los Ormsby-Gore, los Tennant, toda esa gente. Nunca me ha quedado claro si ellos jugaban a bajar al arroyo o si éramos nosotros los que nos entreteníamos haciéndonos los esnobs. En cualquier caso, eran una gente encantadora. Yo enseguida decidí que a mí, total, me daba lo mismo: si tenían interés en nosotros, pues bienvenidos; si querían pasar tiempo con nosotros, perfecto. Fue la primera ocasión de la que yo tengo conocimiento en la que la nobleza buscó de manera activa la compañía de tantos músicos populares. Tal vez se dieron cuenta de que había algo volando con el viento, como decía Bob Dylan. Yo creo que a los miembros de aquella panda con tanto pedigrí les daba vergüenza seguir encaramados a su pedestal, y además tenían la impresión de que si no se subían al carro iban a perderse algo gordo. Así que se produjo una extraña mezcla de aristócratas y gánsteres, típica historia de fascinación mutua entre los dos extremos de la escala social, el más exquisito y el más brutal. Ése era el caso de Robert Fraser en particular.

A Robert le encantaba mezclarse con la gente de los bajos fondos, tal vez como forma de rebelión en contra de las limitaciones asfixiantes del mundo del que venía y la represión de su homosexualidad. El hecho es que se sentía muy atraído por gente como David Litvinoff, que estaba ya en la frontera entre artista y villano, amigo de los hermanos Kray, los gánsteres del East End. Sí, también hay villanos en la historia, así fue como Tony Sánchez entró en escena, porque Tony Sánchez ayudó a Robert a salir de un par de situaciones complicadas relacionadas con deudas de juego, así se conocieron Tony y Robert, y Tony se convirtió en el enlace de Robert, su asistente personal en lo que a villanos se refiere, y su camello.

Tony tenía una casa de juego en Londres cuya clientela eran eminentemente camareros españoles, y además trapicheaba con drogas y era el típico gánster con un Jaguar Mark 10 de dos toneladas, con los típicos acabados de coche de proxeneta. Su padre era el encargado de un restaurante italiano de Mayfair. Tony el Español era un tipo duro. ¡Pim, pam, pum! Ese rollo… Era genial hasta que descarriló. Su problema, como el de tantos otros, fue que no puedes ir de eso y además ser yonqui, es incompatible: si vas a ser un tío duro, si vas a ser de los listos que no bajan la guardia jamás, que es lo que Tony podría haber sido y de hecho fue durante un tiempo, no te puedes permitir el lujo de meterte mierdas porque eso te ralentiza. Si la vas a vender, perfecto, es tu historia, pero no andes haciendo catas… Hay una gran diferencia entre un traficante y un consumidor y, para ser traficante, tienes que estar siempre alerta y en primera línea, si no, no duras mucho, que es lo que le pasó a Tony.

En alguna que otra ocasión me la jugó sin yo saberlo (me enteré después) y me usó como conductor para darse a la fuga una vez que atracó una joyería en el centro comercial Burlington Arcade. «¡Oye, Keith, ya sabes que cuando quieras te puedes ir a dar una vuelta en mi Jaguar!»: lo que querían era un coche y un conductor sin antecedentes, y obviamente Tony les había dicho a los otros tipos que se me daba bien conducir de noche, así que los esperé a la puerta de aquel sitio sin saber realmente lo que pasaba. Tony era buen amigo pero me solía enmerdar con cosas de este estilo.

Otro buen amigo con el que pasaba mucho tiempo era Michael Cooper, un fotógrafo estupendo. El tío podía pasarse las horas muertas charlando, divagando y pasando el rato, y se metía de todo. Es el único fotógrafo que he conocido que trabajaba con un pulso de mierda y aun así las fotos salían bien.

—¿Cómo te las arreglas con lo que te tiemblan las manos? Deberían salir todas las fotos borrosas.

—Sencillo: sé cuándo es el momento exacto de disparar.

Michael dejó un testimonio detallado de la vida de los Stones por aquel entonces porque no paraba de hacer fotos. Para él la fotografía era un estilo de vida, las imágenes lo cautivaban o, más bien, era cautivo de las imágenes.

Michael era hasta cierto punto una creación de Robert, que tenía un rollo un poco

Svengali[33] con él y al que además le encantaba Michael en todos los sentidos, pero sobre todo lo admiraba por sus dotes artísticas y por eso se dedicó a promocionarlo. Le puso por mote «El poeta de la lente». Michael era de los que saben hacerse una gran red de contactos, era un poco la masilla que nos mantenía a todos unidos, el aglutinante de todas aquellas piezas dispares venidas de las cuatro puntas de Londres, los aristócratas por un lado, los macarras por otro y luego el resto que no eran ni lo uno ni lo otro.

Si te metes todo lo que nos metíamos nosotros, siempre estás hablando de cualquier cosa menos del trabajo, lo que implicaba que Michael y yo nos pasábamos horas charlando, por ejemplo sobre la calidad de lo que fuese que nos habíamos chutado: dos colgados viendo a ver quién puede pillarse el colocón más grande sin que se les resintiera demasiado la salud, nada de hablar del «gran trabajo» que yo o tú o quien sea va a hacer. Eso era secundario. Ya sabía lo mucho que trabajaba Michael, era un adicto al trabajo, como yo, lo dabas por sentado.

Lo que pasaba con él era que podía entrar en una espiral descendente de depresión muy chunga: muchos fantasmas. El poeta de la lente era una criatura mucho más frágil de lo que cabía imaginar y fue poco a poco adentrándose en una selva de la que era imposible salir. Pero, por aquel entonces, todavía no éramos más que, básicamente, unos gánsteres. Y no es que hiciéramos ningún trabajito, pero sí pertenecíamos a una élite muy restringida, estrafalaria, escandalosa y, francamente, empeñada en atravesar todas las barreras porque había que hacerlo.

Realmente no hay mucho que decir sobre el ácido excepto «¡Dios, vaya viaje!». Adentrarse en ese terreno entrañaba mucha incertidumbre, era territorio desconocido. En el 67 y el 68 la percepción de lo que estaba ocurriendo era muy convulsa, había mucha confusión y mucha experimentación. Lo más increíble que recuerdo haber hecho yendo de ácido es observar a unos pájaros en pleno vuelo: pájaros que me pasaban volando por delante de la cara y que no eran reales, bandadas de aves del paraíso; y luego resultaba que en realidad era un árbol mecido por el viento; yo iba por un camino en mitad del campo, todo era muy verde y casi podía ver todas y cada una de las ramas moverse, todo iba a cámara tan lenta que estaba tentado de decir: «¡Joder, eso lo podría hacer yo!». Por eso entiendo que de vez en cuando a alguien se le ocurra saltar por una ventana, porque de repente el concepto de cómo se hace te parece de una claridad meridiana. Una bandada de pájaros tardó una media hora en pasar volando ante mí, fue una visión indescriptible de los suaves aleteos, podía ver cada pluma, y las aves me miraban mientras pasaban y era como si me dijeran «¿cómo lo ves, te animas?». ¡Coño…! Vale, vale, de acuerdo, hay cosas que no soy capaz de hacer.

Tenías que estar con la gente adecuada cuando te tomabas un ácido, si no… ¡mucho cuidado! Por ejemplo, Brian de ácido era imprevisible: o estaba completamente relajado y divertido o se convertía en uno de esos tíos que te podía arrastrar por el ramal equivocado cuando el bueno se cierra de repente y para cuando te quieres dar cuenta te has metido en la Calle Paranoia. Y el hecho es que, si estás de ácido, realmente no controlas. ¿Por qué me estoy metiendo en este agujero negro? Pero si no quiero ir ahí… Volvamos a la encrucijada a ver si se abre el ramal bueno, quiero ver esa bandada de pájaros otra vez, y tengo unas cuantas ideas geniales para la guitarra, sobre cómo encontrar el «acorde perdido», el santo grial de la música (muy de moda por aquel entonces). Había un montón de prerrafaelitas por ahí con sus pañuelos de terciopelo alrededor del cuello, como los Ormsby-Gore, buscando el santo grial, la corte perdida del Rey Arturo, ovnis y campos de energía.

En el caso de Christopher Gibbs, la verdad es que costaba distinguir si iba o no de ácido porque él era así. Tal vez nunca conocí a un Christopher que no fuera de ácido, pero debo decir que era un tipo con un gran espíritu aventurero, siempre listo para dar un paso hacia lo desconocido, a adentrarse en el valle de la muerte; estaba dispuesto a enfrentarse a lo que fuera, había que hacerlo. Nunca vi a Gibbs descolocado por culpa del ácido, nunca detecté el menor signo de que estuviera teniendo un mal viaje. Mis recuerdos de Christopher son de un tipo que se las ingeniaba de algún modo para mantenerse flotando a un metro del suelo igual que un querubín. Tal vez todos estábamos en ésa.

Nadie sabía demasiado sobre el tema, estábamos jugando con lo desconocido. A mí me resultó muy interesante pero al mismo tiempo vi a otra gente pasarlo bastante mal y eso es lo último que te hace falta si estás colocado: tener que lidiar con alguien que está teniendo un mal viaje. La gente a veces cambiaba y se volvía muy paranoica, o muy tensa, o muy asustada. Sobre todo Brian. Le podía pasar a cualquiera, pero en cualquier caso, si ocurría, el resto también podía acabar yéndose por el mismo camino. Con el ácido nunca se sabía, no tenías ni idea de si volverías o no. Yo personalmente tuve un par de viajes terribles. Recuerdo a Christopher tratando de calmarme («eh, eh, no pasa nada, todo va bien, todo va bien»), el tipo era como una enfermera del turno de noche. Ya ni siquiera recuerdo el infierno por el que estaba pasando, sólo sé que no resultaba agradable. Igual era paranoia, puede ser, a mucha gente también le daba paranoia con la marihuana. En definitiva es miedo, pero no sabes de qué y por tanto no tienes manera de defenderte, y cuanto más avanzas por ese camino peor se pone la cosa. Hay veces en que te tienes que dar una bofetada a ver si sales.

En cualquier caso, nada de todo eso impidió que yo siguiera con los viajes, era la idea de una barrera que había que franquear lo que me movía (y también un cierto componente de estupidez): ¿no te fue demasiado bien la última vez?, pues insiste; ¿de qué tienes miedo? Aquello era la prueba de fuego, puto rollo Ken Kesey (me refiero a que parecía que si no habías flipado con el ácido no habías hecho nada en la vida, lo cual era una actitud verdaderamente estúpida). Mucha gente se sentía obligada a comerse un ácido incluso si no quería, sólo para quedarse y seguir pasando el rato con el resto del grupo. Era una dinámica de bandas, y si no tenías cuidado te podía desquiciar mucho. Aunque sólo te hayas comido uno en una ocasión aislada, puedes padecer las consecuencias. Es demasiado volátil.

Una historia verdaderamente épica de aquellos tiempos es una excursión con John Lennon, todos ciegos de ácido, un episodio tan estrambótico que casi ni puedo recomponer las piezas. Me parece que anduvimos por la costa, por Torquay y Lyme Regis, durante lo que me parecieron dos o tres días; nos llevaba un chófer. Johnny y yo estábamos tan pasados de vueltas que, al cabo de los años, ya en Nueva York, a veces me preguntaba todavía: «¿Qué pasó en ese viaje?». Iba con nosotros Kari Ann Moller, ahora señora de Chris Jagger (me parece que los Hollies escribieron una canción sobre ella): una chica muy dulce que vivía en Portland Square, la zona donde viví también durante unos dos años cuando estaba en Londres. Sus recuerdos (le pedí recientemente que los rescatara para poder incluirlos en este libro) son muy distintos de los míos, pero por lo menos para Kari Ann no se reducen a (más que nada) un montón de horas en blanco, como es mi caso.

Lo que veo muy claramente ahora es que nunca se nos ocurrió que estuviéramos trabajando demasiado, pero, si lo piensas después con detenimiento, no nos dábamos ni el más mínimo respiro. Así que cuando de repente teníamos tres días libres perdíamos la cabeza. Yo me recuerdo en un coche con chófer, pero Kari Ann dice que no llevábamos chófer. Era un dos puertas, y nos apretujamos dentro nosotros tres y un cuarto pasajero a quien no recuerdo, así que tal vez íbamos con chófer. Según Kari Ann, el recorrido empezó en la discoteca Dolly, precursora de Tramp, y estuvimos un rato dando vueltas por Hyde Park Corner mientras decidíamos qué íbamos a hacer. Al final pusimos rumbo a la casa que John tenía en el campo (eso dice ella), pasamos a saludar a Cynthia, y luego Kari Ann decidió que podíamos seguir ruta y visitar a su madre, que vivía en Lyme Regis: menuda visita para la buena señora, recibir a su hija y dos tíos puestos de ácido que llevaban un par de noches sin dormir… Llegamos alrededor del amanecer, eso es lo que recuerda ella. No nos queríamos meter en el típico café mugriento de fritanga, y además a John lo reconocieron y Kari Ann se dio cuenta de que no podíamos ir a ver a su madre porque estábamos con un ciego impresionante. Después de eso tengo una laguna de unas cuantas horas, porque a casa de John no volvimos hasta la noche. Recuerdo unas palmeras, así que seguramente nos quedamos sentados en la explanada de las palmeras de Torquay durante un montón de tiempo, absortos en nuestro mundo. Llegamos de vuelta a casa y todos tan contentos. Fue una situación de ésas en las que John quería meterse más que yo. Tenía una bolsa enorme de hierba, una piedra de costo y ácidos. Yo por lo general elijo con cuidado el escenario si se trata de comerse un ácido y lo de ir de acá para allá es mejor evitarlo, al menos en mi opinión.

John me caía muy bien: en muchos sentidos era un tontorrón, y yo solía criticarlo por ponerse la guitarra demasiado arriba. Había quien se la sujetaba a la altura del pecho, lo que verdaderamente limita muchísimo los movimientos, es un poco como tocar esposado. «Llevas la puta guitarra justo debajo de la barbilla, ¡joder! ¡No es un violín…!». Debía de parecerles que estaba muy en la onda ponérsela tan arriba. Gerry y los Peacemakers, todas las bandas de Liverpool, se la ponían así. Nosotros le tomábamos el pelo a John: «Tío, póntela un poco más abajo, prueba con una banda más larga; cuanto más larga, mejor tocas». Lo recuerdo asintiendo con la cabeza y pensándoselo, y la siguiente vez que nos lo encontrábamos tenía la guitarra un poco más abajo. Yo bromeaba con cosas como: «¡No me extraña que no te muevas, ¿sabes? No me extraña que sólo seas capaz de balancearte un poco, ¡cómo vas a poder con eso ahí!».

John podía ser muy franco y directo, pero el único comentario poco educado que recuerdo que me haya hecho jamás fue sobre mi solo en «It’s All Over Now». El día que lo oyó, a él le pareció una mierda. Igual es que se había levantado con el pie izquierdo, aunque desde luego yo podría haber tocado mejor, pero lo desarmabas si le respondías algo como: «Ya, sí, podía haber estado mucho mejor, John. Lo siento, siento mucho que haya chirriado, tío. Tú tócalo como te dé la puta gana». Ahora bien, el que se molestara en escuchar ya indicaba que tenía verdadero interés, que era abierto. De haberse tratado de otra persona podría haber sido una situación bastante embarazosa, pero John tenía una honestidad en la mirada que hacía que te cayera bien desde el primer minuto, y también era una mirada muy intensa. Era único, como yo, y experimentamos desde el principio una extraña atracción mutua que desde luego, en un primer momento, fue más bien un choque de machos alfa.

Una fría mañana de febrero de 1967, el ambiente en Redlands podía describirse como de descenso paulatino después de haber ido de ácido. Un ambiente postácido consiste eminentemente en que todo el mundo vuelve a la realidad y te has pasado todo el día con esa gente haciendo todo tipo de estupideces y riéndote como un loco, te has ido de paseo a la playa donde te has pelado de frío (además ibas descalzo) y ahora te preguntas por qué te han salido sabañones. El aterrizaje es distinto para cada persona, hay gente que ya está pensando en volver a meterse mientras que otros dicen basta. Y además te puedes volver a ir de viaje repentinamente en cualquier momento, sin previo aviso.

Se oye alguien llamando a la puerta, me asomo por la ventana a ver quién es y veo una panda de enanos en el jardín, ¡todos con la misma ropa! En realidad eran policías pero yo en ese momento no lo sabía, a mí me parecían gente muy bajita vestida con trajes azules con chapas resplandecientes y casco. «¡Vaya atuendo más guapo! ¿Os estaba esperando? Pues no me acuerdo, bueno, da igual pasad, pasad, que en la calle hace fresco —estaban intentando leerme la orden de detención—. ¡Qué interesante! Hace un poco de frío ahí fuera, ¿no? Entrad y me leéis ese papel que traéis delante de la chimenea». A mí nunca me había venido la policía a casa a hacer un registro y además seguía puesto de ácido, así que todo era amor, hacer amigos, y desde luego nunca se me hubiera ocurrido salir con «no pueden entrar hasta que no hable con mi abogado» sino que más bien era todo «¡venga, pasad!». Y lo que siguió puede resumirse como un brutal desengaño.

Mientras nosotros estamos aterrizando poco a poco después del viaje de ácido, ellos andan por toda la casa a lo suyo, y ninguno les estamos prestando demasiada atención, la verdad. A los habituales nos recorrió un escalofrío momentáneo, pero no parecía que pudiéramos hacer gran cosa, así que dejamos que camparan a sus anchas mirando en los ceniceros. Sorprendentemente, no encontraron nada digno de mención aparte de las colillas de unos cuantos porros y lo que Mick y Robert llevaban en los bolsillos, que era una cantidad mínima de anfetaminas, compradas legalmente por Mick en Italia, y, en el caso de Robert, unas pepas de heroína. Por lo demás, seguimos a lo nuestro.

Claro, luego estuvo el episodio de Marianne: después de un día de ácido, se fue al piso de arriba a darse un baño, había terminado hacía un minuto y yo tenía una alfombra (o una colcha) inmensa hecha con pieles de conejo, creo, y a ella no se le ocurrió otra cosa que envolverse con eso. Me parece que también llevaba una toalla y estaba echada en el sofá tranquilamente después de haberse dado el baño. Cómo acabó la chocolatina Mars formando parte de la historia, eso ya no lo sé: había una en la mesa, un par de hecho, porque normalmente con el ácido te entran ganas de tomar azúcar. De ahí surgió todo el rollo sobre dónde había encontrado el policía la chocolatina Mars que la ha perseguido desde entonces, y hay que reconocerle que lo lleva con mucha deportividad. En cualquier caso, de dónde vino aquella connotación y cómo la prensa se las apañó para convertir al Mars y a Marianne envuelta en pieles en una especie de leyenda urbana ha pasado a ser poco menos que un clásico de los misterios sin resolver. Es más, la verdad es que, por una vez, Marianne iba bastante recatada, porque por lo general era de las que llevan tal escote que te cuesta trabajo saludarlas mirándolas a la cara, y ella siempre fue muy consciente de que iba provocando: una dama muy dada a las travesuras, Marianne, ¡y tan buena onda! En esos momentos iba más tapada con aquella colcha de pelo de lo que lo había estado en todo el día. Total, que una policía se la llevó al piso de arriba, hizo que se quitara las pieles («¿qué más queréis ver?») y a partir de ahí el resto ya no es más que una constatación de lo que discurre por la cabeza de la gente… Los titulares de los periódicos de la tarde iban en la línea de «muchacha desnuda en una fiesta de los Stones (según información obtenida directamente de la policía)». ¿Pero una chocolatina Mars haciendo las veces de consolador? Eso ya es sacar las cosas de quicio. Lo curioso con estos mitos es que a la gente no se le olvidan a pesar de que se ve claramente que no son ciertos, tal vez porque la idea es tan descabellada o cruda o lasciva que parece inconcebible como invención. Imagínate a un grupo de policías examinando las pruebas, exhibiéndola como prueba del delito: «Disculpe, agente, creo que se le ha pasado algo por alto, mire».

También estaban en Redlands ese día Christopher Gibbs y Nicky Kramer, un aristócrata pasado de rosca de esos que van dando tumbos por la vida y se llevaba bien con todo el mundo, un ser inofensivo y completamente inocente de habernos traicionado, aunque David Litvinoff lo sacó por una ventana sujetándolo por los tobillos para asegurarse. Y por supuesto, estaba también el señor X, como luego se lo llamaría durante el juicio, David Schneiderman. Schneiderman había traído un ácido de una calidad buenísima, hecho por Owsley, el famoso Rey del Ácido, creador de variedades como Strawberry Fields, Sunshine y Purple Haze. ¿De dónde creéis que Jimi lo había sacado? Aquello eran unas mezclas increíbles, así fue como Schneiderman entró en el grupo, porque traía ácido de puta madre. En aquellos días en los que todavía prevalecía la inocencia (que ahora habían llegado a su fin de forma tan abrupta) y nadie se preocupó por el tipo aquel tan guay, el camello de turno, aquello era una pura fiesta. De hecho el tipo guay resultó ser un agente de policía que venía siempre con las alforjas llenas de rollos de primera que incluían un montón de DMT (que no habíamos probado nunca), la dimetiltriptamina, uno de los ingredientes de la ayahuasca, que es un alucinógeno muy potente. El tío estuvo en todas las fiestas durante un par de semanas y luego desapareció misteriosamente sin dejar rastro y nunca lo volvimos a ver.

La redada fue algo preparado conjuntamente por los del periódico News of the World y los polis, pero el punto hasta el que todo había sido en parte un montaje no se vio claramente hasta meses después, durante el juicio. Poco antes, Mick había amenazado con demandar a los del periodicucho sensacionalista por haberlo equiparado con Brian Jones y publicar que había sido visto consumiendo drogas en una discoteca. Ellos por su parte necesitaban pruebas para poder defenderse en los juzgados si la cosa llegaba hasta allí. Fue Patrick, mi chófer belga, el que nos vendió a News of the World, que a su vez informaron a la policía, que envió a Schneiderman. Yo a este tío le estaba pagando su buen sueldo, y la movida iba así: tú el pico cerrado. Pero los del News of the World se lo llevaron al huerto, cosa que a la larga no lo benefició en absoluto. Al cabo de un tiempo oí que por lo visto nunca volvió a caminar igual que antes, pero todo esto llevó meses ir descubriéndolo. Lo que recuerdo es que el ambiente era bastante relajado aquella mañana (¡coño, cualquier cosa que hubiéramos hecho, no era la primera vez!) y sólo después, al día siguiente, cuando empezaron a llegar las citaciones legales y las comunicaciones oficiales del Gobierno de Su Majestad y bla bla bla pensamos: «¡Joder, esto es serio!».

 

***

 

Decidimos que había que salir de Inglaterra y no volver hasta que se celebrara el juicio, y que mejor nos íbamos buscando un sitio donde pudiéramos conseguir droga legalmente. Lo decidimos en un momento: «¡Nos subimos en el Bentley y nos largamos a Marruecos!». Así que nos fuimos a principios de marzo. Teníamos tiempo y el coche ideal para hacerlo: con el nombre de Blue Lena había bautizado yo a mi Bentley azul, un S3 Continental, modelo conocido como Flying Spur [espuela voladora], un coche curioso, de una serie limitada de ochenta y siete unidades; le había puesto el nombre en honor a Lena Horne, hasta le mandé una foto a ella. Un coche así ya era un reclamo para meterse en líos porque, de entrada, rompía las reglas de los poderosos (yo, claramente, no pertenecía a la clase social que solía ir por ahí en ese tipo de vehículo). Con Blue Lena habíamos hecho ya más de un viaje puestos de ácido y la carrocería incluía modificaciones especiales como un compartimento secreto para esconder sustancias ilegales. Además tenía un capó inmenso y para tomar las curvas tenías que llevarlo casi como un camión. Blue Lena requería cierto arte y conocimientos especializados que tuvieran en consideración sus dimensiones y características especiales (también era quince centímetros más ancho por la parte de atrás). Uno tiene que conocer su propio coche, eso desde luego. Tres toneladas de vehículo; un automóvil hecho para conducir de noche a toda velocidad.

Brian y Anita habían estado en Marruecos el año anterior, en 1966; se habían quedado en la casa que poseía allí Christopher Gibbs, quien había tenido que llevar a Brian al hospital porque se rompió una muñeca cuando le lanzó un puñetazo a Anita que acabó en el marco de metal de la ventana de una habitación del Hotel El Minzah de Tánger. A Brian nunca se le dio bien lo de conectar con Anita. Yo me enteraría después de lo violento que se había vuelto con ella a medida que las cosas entre ellos fueron de mal en peor: además de los puñetazos le había empezado a lanzar cuchillos, botellas y cosas así, obligándola a atrincherarse detrás de los sofás. Seguramente no todo el mundo sabe que Anita había hecho mucho deporte de niña (vela, natación, esquí, toda clase de deportes al aire libre). Brian no era rival para ella, ni en lo físico ni en términos de ingenio. Ella siempre tuvo el control de la situación y él siempre fue el segundón. Al principio al menos, las pataletas de Brian le parecían a Anita bastante divertidas, pero habían ido perdiendo la gracia a medida que se volvían peligrosas. Anita me contó después que en Torremolinos, camino de Tánger el año anterior, habían tenido unas broncas monumentales por las que Brian había acabado en la cárcel (ella también, una vez, por robar un coche a la salida de una discoteca). Se pasaba la vida sacándolo de las comisarías, chillándoles a los agentes: «No lo pueden retener aquí, ¡suéltenlo!». Durante todo el tiempo que llevaban juntos habían ido mimetizándose hasta el punto de parecerse como dos gotas de agua, era como si se hubieran fundido en uno solo, por lo menos en lo que al aspecto exterior se refiere.

Brian, Anita y yo volamos a París, donde nos esperaba Deborah Nixon, una vieja amiga de Anita, en el Hotel George V. Deborah era todo un personaje, una belleza tejana que había salido en las portadas de todas las revistas en los sesenta. Brian y Anita se habían conocido durante la gira de los Stones, pero fue en la casa de Deborah en París donde habían empezado su historia. El chófer que había contratado para sustituir al chivato de Patrick, Tom Keylock (un tipo duro del norte de Londres que pronto acabaría convirtiéndose en el conseguidor de los Stones), llevó a Blue Lena hasta París y emprendimos viaje hacia el horizonte lejano.

Le envié una postal a mi madre: «Querida mamá: perdona que no te llamara antes de marcharme, pero seguro que tengo los teléfonos pinchados. Ya verás como todo sale bien al final, no te preocupes. Por aquí todo es genial, te mando una carta cuando lleguemos a destino. Un beso grande. Tu hijo Keef el Fugitivo».

Brian, Deborah y Anita iban en el asiento de atrás y yo iba delante al lado de Tom Keylock, cambiando los vinilos de 45 en el tocadiscos Philips que llevaba el coche instalado. No es fácil explicar cómo fue aumentando la tensión a lo largo del viaje del modo como lo hizo, pero desde luego algo tuvo que ver el que Brian estuviera más pelma e infantil de lo ya habitual en él. Tom es un soldado curtido en mil batallas, estuvo en la de Arnhem y todo eso, pero incluso él era incapaz de ignorar la tensión que se respiraba en aquel coche. La relación de Brian con Anita había llegado a un callejón sin salida por culpa de los celos cuando ella se negó a renunciar a sus trabajos como actriz para dedicarse a estar en casa haciéndole de geisha a tiempo completo, aduladora, saco de las hostias y cualquier otra cosa que se le fuera ocurriendo a Brian, incluida la participación en orgías, cosa a la que Anita siempre se negó rotundamente. Durante este viaje, él no paró de quejarse y lloriquear ni un minuto sobre lo mal que se encontraba, insistiendo en que no podía respirar. Nadie se lo tomó en serio. Era verdad que Brian tenía asma, pero también era un hipocondríaco. Mientras tanto, yo seguía haciendo de DJ, alimentando constantemente el Philips con putos discos de 45, pinchando lo que me gustaba, sobre todo Motown por aquel entonces. Anita dice que claramente estaba escogiendo las canciones para comunicarme con ella; era lo que sonaba en esa época, cosas como «Chantilly Lace» y «Hey joe». Pasa con todas las canciones: puedes darles el significado que te convenga.

La primera noche de viaje por Francia dormimos los cinco en la misma habitación, una especie de dormitorio de internado en el piso de arriba de una casa (no encontramos otra cosa). Al día siguiente fuimos a Cordes-sur-Ciel porque Deborah quería conocerlo (un pueblo muy bonito en la cima de una colina); cuando nos estábamos acercando, emergió de las murallas medievales una ambulancia y Brian insistió en que debíamos seguirla hasta el hospital más cercano, que estaba en Albi. A Brian le diagnosticaron una neumonía. Bueno, con Brian nunca sabías lo que era real y lo que no… El caso es que lo trasladaron al hospital de Toulouse donde tendría que quedarse ingresado unos cuantos días y allí lo dejamos. Mucho tiempo después me enteré de que le había dado instrucciones a Deborah de no dejarnos a Anita y a mí solos, así que lo tenía bastante claro. En fin, le dijimos: «Bueno, tío, en cosa de unos días estarás bien. Nosotros bajamos con el coche por España y luego tú te pillas un vuelo a Tánger directamente».

Así que Anita, Deborah y yo cruzamos la frontera española y cuando llegamos a Barcelona nos fuimos a un tablao flamenco muy famoso que había en las Ramblas. Por aquel entonces esa parte de la ciudad era un poco áspera y cuando salimos a eso de las tres de la mañana nos encontramos con que se había montado una buena bronca: había gente lanzando cosas al Bentley, y la cosa fue a más cuando nos vieron llegar. Igual era un rollo en contra de los ricos o en contra de nosotros, o puede que fuera porque llevábamos la bandera del papa ese día (yo solía ponerle al coche el típico mástil para llevar banderita, como un vehículo oficial, y se la iba cambiando). Apareció la policía y cuando me quise dar cuenta estaba metido en un juicio de charanga y pandereta en plena noche. La sala tenía el techo bajo y azulejos en las paredes, había un juez de guardia y enfrente de él un banco larguísimo con por lo menos cien tíos en fila (yo era el último). Entonces aparecieron unos policías porra en mano que empezaron a arrearles en la cabeza a todos los que estaban en la fila, a todos sin excepción. Y se veía que los tipos se lo esperaban, me dio la sensación de que era el procedimiento habitual. Yo era el último. Tom se había ido a por mi pasaporte y tardó horas en volver; cuando por fin apareció se lo restregué por las narices a su señoría («su majestad la reina exige»), pero ellos siguieron a lo suyo y le dieron unos mamporros al tipo que tenía justo al lado. Al cabo de unas noventa y nueve cabezas rotas, supuse que a mí me iban a dar también pero no fue así: el juez quería que identificara a los culpables entre los que ellos habían escogido, un puñado de sospechosos habituales, para presentar cargos contra ellos por haber destrozado el coche y provocado los disturbios, pero yo me negué, así que al final la cosa quedó en una multa de aparcamiento, un papel que había que firmar, dinero que cambió de manos e incluso así me tuvieron toda la noche retenido.

Al día siguiente fuimos a que nos arreglaran el parabrisas y salimos de allí con esperanzas renovadas pero sin Deborah, que ya había tenido bastante tensión y bastante encierro y quería volver a París. Así que, sin nadie que nos vigilara, seguimos hacia Valencia: Anita y yo descubrimos por el camino que estábamos verdaderamente interesados el uno en el otro.

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