Vidas breves

Anita Brookner · Capítulo 10 de 17

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Vidas breves

Diez

 

Una intenta restar importancia a estas cosas, porque cualquier otra manera de tratarlas es en cierto modo impropio, dadas las circunstancias. Ahora recuerdo con humor, con sorpresa y solo a veces con desesperación mi aventura amorosa con Charlie, porque eso es lo que fue aunque nunca llegaran a pronunciarse las palabras fatídicas. Éramos un entretenimiento el uno para el otro, y eso volvía permisible el tiempo que pasábamos juntos. ¿Cómo iba a doler? ¿A quién podía dolerle? Solo había una víctima posible, y su nombre solo se pronunciaba con ligereza, con normalidad, en un contexto social. «Julia dice que ya no te ve nunca.» «Sí, tengo que pasar por allí.» Pero no me veía capaz. En vez de ir a verla, llamaba por teléfono y me interesaba por su salud y sus necesidades. «No estoy muerta del todo, ya lo sabes —decía Julia—. Aunque parece que me he vuelto demasiado aburrida para ti. Por eso no te veo nunca.» Esto me entristecía: el engaño necesario. De todos modos, era una parte inevitable de mi relación.

Charlie era un hombre guapo, alto y de buena constitución; puede que estuviera engordando un poco, como yo. Nos reconciliamos el uno al otro con el hecho de envejecer, porque eso era lo último que iba a ocurrirnos a los dos. Venía a verme los sábados por la tarde o pasaba un momento entre semana antes de volver a casa. La jubilación, que ya se acercaba para él, sería un problema en el que no queríamos pensar. Los dos suponíamos que la aventura terminaría cuando llegara ese momento, cuando él tuviera que ocupar su puesto como compañero de Julia a tiempo completo. Conmigo demostraba una frivolidad que yo nunca habría sospechado. En Onslow Square siempre estaba resignado, era amable y discreto. Creo que Charlie era por naturaleza reservado y tranquilo, poco dado a confesiones o quejas. Su enorme capacidad de control nos venía bien a los dos, y a mí me ayudaba a no traspasar los límites cuando tenía la tentación de hacer locuras. Él nunca hablaba de su matrimonio, y eso le honraba en cierto modo. Comprendí que su profesión le había inculcado discreción. En cuanto a mí, yo era el lujo que se permitía por todo lo que había aguantado en la vida. Creo que quería a Julia. Era su mujer y era inocente. Y Charlie respetaba los convencionalismos.

No conseguí un trabajo. Charlie era mi única ocupación. No saber cuándo podría venir a verme me obligaba a estar en guardia, presentable; el tiempo dejó de ser una carga. Me preparaba para él todos los días. Me daba un baño y me vestía después de preparar una taza de té, y en general me conformaba con sentarme en el cuarto de estar a oscuras y mirar por la ventana. Cuando oía la puerta de su coche —era una puerta que nunca confundía con ninguna otra—, cerraba las cortinas y encendía las lámparas. A veces me pasaba varios días en ese estado de distracción. La tensión de la espera me cansaba, y era casi un alivio darme cuenta de que tenía libertad para encender la radio o la televisión y luego irme a la cama. De vez en cuando me asaltaba una tristeza tremenda. No llegaba a entenderla del todo. Me quedaba sin aliento de asombro: ¿por qué estaba tan triste? Tenía algo a lo que muy pocas mujeres de mi edad podían aspirar: un hombre que no me molestaba y que jamás me hacía sufrir. Porque es cierto que jamás me hizo sufrir. Mi infelicidad, de la que yo era vagamente consciente, tenía que ver con cierto desencanto. Yo había sido una esposa convencional y ahora era una amante convencional, agradable y dócil, siempre preparada para ofrecer pequeños caprichos. Por otro lado sentía cierto orgullo, cierta osadía. No era patética. Podía llevar la cabeza alta. Envejecí medianamente bien, me negué a teñirme el pelo y escogía mi ropa con un cuidado nuevo. Intenté vestirme para Charlie hasta que me di cuenta de que eso era lo último que le interesaba. Yo le hacía sentirse más joven y él me lo agradecía. Charlie era divertido, complaciente y abrumadoramente cariñoso. La taza y el platito que me regaló se convirtieron en su taza y su plato. Le servía el café en esa taza.

Nunca volví a cantar. ¿Quién quería oír a una mujer de cincuenta y cinco años cantando canciones de amor, que eran las únicas que yo conocía? Un día llamé por teléfono a Harry, el agente y amigo de mi padre. Lo había visto por última vez en el funeral de mi madre; sabía que se había jubilado, pero se pasaba la vida en la oficina de su hijo, incordiando, y fue él quien me consiguió el contrato para leer un cuento en «Woman’s Hour», cosa que estuve haciendo dos semanas. Me venía muy bien, porque podía estar en casa a la hora en que esperaba la visita de Charlie y porque era agradable volver a la BBC, que ahora parecía llena de chicas encantadoras en pantalones vaqueros. Me veían como una reliquia de los tiempos dorados y eran amabilísimas conmigo: me traían vasos de agua y me rogaban que me sentara cuando yo estaba tan a gusto de pie. Creo que les sorprendió que consiguiera aguantar el ritmo.

Julia me llamó un día.

—¡Oye! No me puedes abandonar así. Dices que estás ocupada pero no se me ocurre en qué. Lo mínimo que podrías hacer es reservarme un par de tardes. Me siento muy sola ahora que mi madre se ha ido a esa residencia, aunque allí vive como una reina. Estas dos son tontas de remate. No sé cómo las aguanto.

—He estado en la radio —dije, solo por decir algo.

—Ya lo sé. Oí un programa. Un episodio o como se llamen. Tu dicción me pareció muy buena, sorprendentemente buena, la verdad. Quería escucharte hoy, pero a Maureen se le olvidó encender la radio. Podías venir a contármelo todo cuando termines. Todas tus aventuras.

No pensé que estuviera insinuando nada. Pensé que se sentía sola. Julia llevaba aquella rigurosa vida monjil desde hacía tiempo y ahora ya no estaba en condiciones de vivir de otra manera. Con esta idea fui a verla, consciente de las cosas que ella no debía saber. La encontré sentada en su butaca amarilla, con un traje blanco inmaculado y una blusa naranja y negra. De repente me sentí gorda y torpe. La señora Chesney me diría más tarde que para Julia vestirse era el gran acontecimiento del día. Pasaba revista a los armarios abarrotados, se sentaba al tocador, se probaba varios pendientes y después se instalaba en el salón con un suspiro lánguido, como si acabara de realizar una tarea o una obligación agotadora. Julia seguía pensando en su público, en dar la talla, en no decepcionar jamás a la gente que había comprado unas entradas para ver la función. Parecía mayor, más delgada. Ahora tenía problemas de espalda y le costaba dominar la tendencia a inclinarse hacia delante. «¡Esa postura, Wilberforce! ¡Esa postura!», decía mientras se enderezaba. Seguía teniendo los mismos ojos, bonitos e impasibles. Me examinaron a fondo.

—Has engordado una barbaridad —señaló—. Y no deberías llevar el pelo así. Las reglas son muy importantes. —Pero a sus palabras les faltaba convencimiento. Yo, en cambio, solo pensaba en agradar, aunque como de costumbre la había decepcionado. Yo la aburría, la aburría tanto como Maureen y la señora Chesney. Cuando me levanté para escaparme, Julia no intentó impedirlo. Esto me hizo alegar un montón de obligaciones pendientes.

—Cualquiera diría que tienes un amante —dijo, provocando una obediente carcajada alrededor.

—Hoy he visto a Julia —le conté a Charlie esa noche.

—¿Sí? ¡Qué bien! —Se sacó de la manga un pañuelo de seda verde oscura para limpiarse una miga de la boca—. La tostada está riquísima. ¿Quedan más?

Cambiaban las estaciones, los años se iban fundiendo unos con otros. Ya no salía a pasear en verano. Lo cierto es que pasaba más tiempo en casa que fuera. Supongo que hacía calor y frío, pero mi principal recuerdo de esos años es la oscuridad, a finales de otoño, con la farola naranja de la calle envuelta en una neblina suave al otro lado de mi ventana. Salía por la mañana temprano a hacer la compra, no porque tuviera el tiempo limitado sino porque me gustaba ver a los niños cuando iban al colegio. A algunos los conocía por su nombre, y me habría gustado entretenerme a charlar con ellos, pero no me atrevía; aunque soy una persona respetable, era consciente de que eso no estaba del todo bien. También tenía miedo de estar enfermando, como me había recriminado Julia en una ocasión. De los niños pasé a fijarme en los chicos y chicas jóvenes que iban al trabajo. Algunos días tenía ganas de sumarme a ellos cuando los veía con esa cara tan fresca, tan elegantes, con sus maletines y sus periódicos. Me recordaban ciertas polkas de Strauss.

La gente joven era mi principal excusa para salir tan temprano. A las nueve ya había vuelto a casa y tenía por delante un día entero y vacío. Mis obligaciones domésticas eran mínimas: no tenía jardín ni familia que atender. Nunca eché de menos mi casa grande de antes, pero a veces no sabía qué hacer con el tiempo. Una vez a la semana iba a ver a Vinnie, a quien ahora cuidaba una estudiante de enfermería que estaba encantada de poder vivir en una habitación gratis cerca de su hospital. Vinnie podía pasar el día sola, pero ya no tenía la cabeza intacta y apenas hablaba. Yo le llevaba los mismos paquetitos de comida que a mi madre —salmón, lengua o tarta de fruta— y casi me alegraba de hacerlo: me sentía otra vez útil y con una obligación. Vinnie me reconocía, pero enseguida perdía todo interés por mí, y con el avance de su senilidad afloraron los viejos rencores. Me quedaba poco tiempo con ella. Veía que mi compañía no le agradaba. Me limitaba a llevarle provisiones, comprobaba si Sandra, la enfermera, me había dejado alguna nota y me marchaba.

Las personas que pasan todo el día en casa viven en un mundo de mujeres. Los únicos hombres que se quedan en casa son los que están jubilados. Se los ve ir a comprar el periódico, domesticados, sonrientes por su libertad, con una rebeca de punto en vez de una chaqueta. Las mujeres de la misma edad parecen más pensativas, como si soportaran el calor y el peso del día. Algunas todavía llevan guantes y sombreritos azul marino a juego con sus abrigos y el pañuelo de seda que su hijo o su hija les regaló por Navidad. Aquí la edad se puede detectar en el largo de una falda o en un cuello vuelto. Yo me sentía identificada con las personas que veía a última hora de la mañana, cuando salía por segunda vez a por flores, a por pan recién hecho o a lo mejor solo en busca de compañía, algo que en mayor o menor medida nos hacía falta a todos, aunque nuestras preocupaciones seguramente pesaban más que las de la gente joven con sus maletines. Sabíamos que teníamos el tiempo contado, a pesar de que aún estuviéramos sanos; todos teníamos las mismas ganas de ver y de oír a los jóvenes, en quienes percibíamos auténtica belleza. Nos tratábamos con cortesía. Las mujeres sonreían, los hombres saludaban levantando el periódico enrollado. Los días de sol cruzábamos unas palabras formalísimas. «¿Verdad que hace un tiempo estupendo? Por fin ha llegado la primavera. ¿Sigue usted bien?» Porque eso era lo esencial. Seguir bien.

Había en estos encuentros una cordialidad que me ayudaba a llegar a la tarde. Como las tardes podían ser largas, vacías, me acostumbré a tumbarme en el sofá, como hacía mi madre, a descansar, a veces a dormir. Tenía la sensación de parecerme cada vez más a ella, al menos en mi imaginación, porque me alegraba de que hubiera muerto sin saber nada de mi nueva vida. Yo siempre había sido su niña maravillosa, su prodigio. Ahora era una vieja llena de defectos. ¿Cuándo se había iniciado este proceso? No era del todo reciente. Puede que cuando me alejé de mi ambiente, me casé con un hombre de clase superior (y ahora sé que hice mal) y empecé a cuidar mis palabras, a censurar el recuerdo de parientes que no hacían daño a nadie pero eran poco agraciados y el de cómo me mimaban los chicos de la orquesta; también cuando empecé a cerrar la puerta a los recuerdos de los bombardeos, a las noches en el cine, a toda la parafernalia de la vida en las afueras. Me parecía que desde que abandoné ese mundo nadie me había querido. Hasta ahora, quizá. Pero para colmar esa laguna entre el entonces y el ahora ¡qué adulteración se había producido! Lo veía como una adulteración más que un adulterio: una adulteración de mi esencia original. Nadie crece en inocencia, pensaba: los cambios son inevitables. Me pasaba una hora en el sofá reflexionando sobre estas cosas, y luego daba el asunto por cerrado. Cancelaba la tarde, cancelaba las experiencias del día, me daba mi baño, me cambiaba de ropa y me sentaba a esperar a Charlie. Lo esperaba aun cuando sabía que era poco probable que viniera.

Una vez se llevó a Julia a tomar el sol, a Mallorca, creo. Vino a verme en misión oficial, con las llaves, y me pidió que le echara un ojo a la casa. Aunque no había nadie en Onslow Square, porque Maureen también estaba fuera, se me hacía odioso pasar por allí. El salón amarillo y blanco parecía tan impregnado del perfume de Julia —ácido, cruel, virginal— que tenía la sensación de que me acusaba. Por nada del mundo habría entrado en su dormitorio. Ventilaba la casa, abría las ventanas, las cerraba y me iba con la prisa y el sigilo de un ladrón. La víspera de su regreso les dejé algo de comida —un pollo y ensalada de patata— y puse flores frescas en los jarrones. Eso se me daba de maravilla. Era en mi calidad de criada como más le gustaba yo a Julia. De esa quincena al sol volvió tan blanca e inmaculada como siempre. Charlie me contó luego que apenas se había movido del hotel. Él, en cambio, estaba bronceado, expansivo. Hacían buena pareja.

—Tenemos que verte más a menudo —dijo Julia—. Prométeme que vendrás pronto.

—Sí, claro. En cuanto vuelva.

—¿Volver? ¿Es que te marchas?

—Sí. Voy a tomarme unas pequeñas vacaciones. —Se me acababa de ocurrir, pero me pareció una idea tan buena como cualquiera. A veces me veía al borde del pánico cuando alguien, no solamente Julia, me preguntaba por mis cosas. Unas vacaciones me parecieron la única opción medianamente respetable y con la ventaja añadida de que luego podría hablar de ellas. Hablaría de ellas sin parar si hacía falta.

El caso es que me fui una semana a Saint Paul de Vence y fue un desastre. Fue un desastre rodeado de misterio, porque no sé cómo había conseguido dar la impresión de que iba a estar fuera mucho más tiempo. Nada más llegar ya quería volver a casa. Estábamos a finales de septiembre y los mosquitos seguían en plena actividad. Me picaron al instante. El calor podía soportarlo, pero la luz me molestaba: aquel cielo duro, sin una sola nube y con un resplandor que me impedía orientarme. Cuando quise darme cuenta el sol me había quemado y me vi deslumbrada, asustada y sin nada que hacer. En la planta baja de mi hotel, modesto, había una cafetería. Desayunaba allí, procurando alargar el momento. Después hacía la excursión a comprar el International Herald Tribune. Luego daba un paseo, arrollada por las olas de turistas que bajaban de los autobuses y entraban en las tiendas de souvenirs a comprar el típico frasco de esencia de lavanda o la típica pastilla de jabón oscuro para llevarse a casa. Después tomaba otro café. Y luego iba hasta el final del paseo marítimo, donde se oían los coches que pasaban a toda velocidad por la carretera de la costa, un poco más adelante, y hacía un gran esfuerzo para soportar el ruido y los destellos del sol en todas partes. Tenía una sensación de exceso; todo lo encontraba excesivo y me resultaba imposible adaptarme ni al aceite de oliva en la comida ni a esos olores profundamente sensuales, a loción solar y a caramelos, que salían de las tiendas para los turistas, ni, por supuesto, a aquel sol despiadado, que no perdía ni un ápice de fuerza en todo el día, hasta que declinaba unos momentos y oscurecía de golpe. Echaba de menos mi apartamento, por el que en realidad no sentía tanto cariño, y las vistas desde mi ventana, con el cine en la esquina. En la vida me había sentido tan sola.

De repente se me vino todo encima: la hipocresía, el aguante. Hasta dudé de mi capacidad para hacer el viaje de vuelta. Supongo que me impresionó esta revelación de mi soledad, que yo creía desterrada para siempre por las nuevas circunstancias de mi vida, aunque fueran irregulares. Pensé en Charlie y en Julia, tan juntos, y en mí, tan aislada. Y no solo aislada, sino desprotegida y expuesta al sol implacable y la falta de ocupación. Al final dejé de fingir que estaba de vacaciones y seguí haciendo mi ronda diaria con cinismo y rebeldía, desafiando a aquel lugar tan encantador a que me sedujera. Me sentó bien ese momento de rebelión: hizo que los días perdieran importancia. Pero también me demostró lo vulnerable que era, tanto que me sorprendí comprando esencias —las modestas aguas de colonia floral que hacen allí— para Julia, para Vinnie, para Sandra, hasta para Maureen y la señora Chesney, como si la suya fuera la única amistad a la que podía aspirar. Cuando por fin volví a casa me quedé en el pasillo y cerré los ojos con agradecimiento. Juré que nunca volvería a viajar sola. Me iría con Millie, pensé, o la llevaría conmigo. Con una amiga al lado sería impermeable a la compasión o la curiosidad de los demás. Incluso a su indiferencia. Entonces caí en la cuenta de que mi vida estaba diseñada de tal modo, con mi plena colaboración, que no podía contársela a nadie, ni siquiera a una amiga querida. Mi vida era mi secreto, y así tenía que seguir guardándolo. A Millie no le parecería bien, me miraría con pena y con sorpresa si me confiaba a ella. Prefería ahorrarnos el mal trago a las dos. Me acostumbré otra vez a mi rutina y me obligué simplemente a quitarme de la cabeza ciertas fantasías, ciertos anhelos. Por suerte, Charlie vino esa misma tarde. Yo había cogido un avión más temprano de lo previsto con la esperanza de verlo. Él también me había echado de menos.

Repartí todos mis frascos de colonia al día siguiente. Puse unas gotas en el pañuelo de Vinnie, que me miró con arrogancia y lo tiró al suelo. Vi en sus ojos de anciana un gesto de indignación, de rechazo. Esa tarde pasé por Onslow Square, donde Pearl Chesney y Maureen me agradecieron el detalle y Julia dijo:

—Vas a tener que abrirlo tú. Tengo las manos fatal. Por eso utilizo siempre el atomizador. Charlie me tiene bien surtida. —Al instante me vi disculpándome—. Pero hay algo que puedes hacer por mí —añadió—. Traerme algo para leer. Vives cerca de la biblioteca, ¿no? —No vivía especialmente cerca—. Si pudieras cambiarme los libros un par de veces a la semana sería estupendo. Sería estupendo de verdad.

—Pero, Julia —contesté—, no sé lo que te gusta.

Por desgracia sí lo sabía. Le gustaban las novelas de crímenes especialmente malas y violentas, esas que se reconocen por el color de la cubierta. Sé que le gustaban porque elogiaba sus méritos y trataba de explicar las tramas, que parecían todas intercambiables. Su antiguo talento no le servía de nada en esas ocasiones. Se liaba y liaba a los demás irremediablemente; no tenía la menor idea de por qué un libro era bueno o malo, sino que lo juzgaba por la acción del primer y el último capítulo. Le gustaban las historias de timadores, granujas de poca monta, jóvenes débiles que explotaban a mujeres mayores más débiles aún. Le gustaban los convictos en el escenario de un pueblecito inglés. Le gustaban los detectives rurales y los policías aristocráticos, pero prefería infinitamente a los delincuentes. Le gustaba que se distinguiera a las clases sociales por los nombres de los personajes, graciosos o con apellidos compuestos. Sentía debilidad por los canallas adorables que cometían un asesinato, se libraban y volvían a intentarlo en otra novela del mismo tipo. Por desgracia había muchas que aún no había leído, o eso decía ella, y Maureen se las llevaba de la biblioteca de ocho en ocho. Julia gastaba los tickets de Charlie además de los suyos.

Este aspecto de la limitada vida de Julia me resultaba patético, insoportable. Que una mujer de su nivel perdiera el tiempo con aquellos folletines, que se los tomara en serio y los comentara, me hacía ver lo vacíos que eran sus días. Puede que me equivocara o que mi mala conciencia me hubiera vuelto más susceptible. Para Julia, una novela era como un vaso de whisky o un cigarrillo: algo que se consumía y se renovaba sin parar. Se las leía en un día, o mejor dicho, en una noche, porque nunca estaba cansada y seguía con la luz encendida mucho después de que todo el mundo se hubiera dormido. Tenía en la mesa un montón de novelas manoseadas y forradas de plástico.

—Creía que te los traía Maureen —dije.

—Me temo que Maureen es una inútil. Además, se pasa el día en esa iglesia suya. Sabe Dios qué hará allí.

—Puede que Dios lo sepa —señaló Maureen chistosamente.

Julia cerró los ojos, como si le doliera algo.

—O en Peter Jones —añadió Julia, como si fuera lo mismo, como si tanto lo uno como lo otro la ofendiese.

—De todos modos —insistí—, Maureen está más al día que yo.

—Eso es culpa tuya —me soltó Julia.

—Yo me he aficionado a la revista de la parroquia —dijo Maureen, que por lo visto estaba de un humor espléndido. Yo siempre había tenido mis dudas con Maureen: no encontraba ningún motivo para que no me cayera bien, pero no había manera de evitarlo.

—Y a Pearl no puedo ni pedírselo —continuó Julia—. No ha leído un libro en la vida.

Pearl Chesney se puso colorada. Era consciente de la incierta posición que ocupaba en aquel grupo, consciente de sus años previos como ayudante de camerino de Julia, de su devoción por ella, que quizá nunca había visto correspondida. Iba por allí con regularidad y fidelidad, aunque yo sospechaba que lo hacía por la taza de té y la copita de jerez, por el toque de glamur que le daba la soberbia presencia de Julia y el orgullo profesional de verla tan guapa. Sé que de vez en cuando se llevaba a casa algunos vestidos de Julia para lavarlos y plancharlos, y que también se ocupaba de soltar dobladillos. Charlie, seguro, le pagaba generosamente.

Pearl era una mujer feúcha, exageradamente maquillada —colorete y labios cereza, al estilo de los años cuarenta— y unos ojos del color de la concha de una ostra que observaban con humildad un mundo que había cambiado demasiado para ella. Tenía más de setenta años y seguía riendo con ganas todas las ocurrencias de Julia, y siempre salía al paso con algún recuerdo elogioso y leal. Creo que adoraba a Julia, que se contentaba con serle útil mientras viviese. Julia estaba harta de ella, aunque no de sus habilidades costureras, y la trataba cada vez con mayor crueldad, con una indiferencia calculada que aparentemente no escondía ninguna maldad. A Pearl Chesney no se le escapaba nada de esto, como tampoco se le escapaba su poco garbo, la creciente rotundidad de su cuerpo y la falta de todos los atributos que Julia admiraba. Aun así de vez en cuando se llevaba una maleta llena de ropa y la devolvía pulcramente arreglada en la siguiente visita. Se empeñaba en coger el autobús para ir a casa, en Fulham, en St Maur Road, a pesar de que Julia le decía con hartazgo: «No tienes por qué. Charlie te ha dejado dinero para un taxi.» Yo veía que a la señora Chesney le daba apuro cogerlo, y pensé que esas situaciones se podían manejar con más delicadeza.

Creo que la señora Chesney era una buena persona, que estaba muy sola y era más sensible de lo que todo el mundo suponía.

—Yo me encargo de eso, Fay —dijo, guardando cuatro libros en su cesto. Se había puesto colorada de tristeza. Fueron sus ganas de marcharse las que debilitaron mi determinación de no intervenir para nada en el asunto de los dichosos libros.

—Yo los cambiaré, Julia. Pero será la primera y última vez. El próximo día te traeré unos cuantos libros. Tengo docenas en casa.

—No te molestes —contestó—. Con estas manos ni siquiera los puedo sujetar. —Despreció mis libros lo mismo que mi frasco de colonia—. Creo que en la sucursal de Kensington tienen una selección mejor. También está la de Brompton Road, si te queda más cerca. No quiero que tengas que salir por mí.

Me fui de allí enfadada y con una sensación de impotencia, y comprendí perfectamente a la pobre Pearl Chesney, que venía trotando a mi lado con valentía, aunque sus jadeos deberían haberme indicado que iba demasiado deprisa para ella. Mi enfado no me permitía aflojar el paso, pero cuando llegamos a Drayton Gardens con nuestros cuatro libros por barba la invité a pasar, cosa que tendría que haber hecho mucho antes. Nunca invitaba a nadie a casa si podía evitarlo. La veía como el escenario de turbios encuentros que no era oportuno exponer a la luz del día. Cuando lo recuerdo se me escapa un quejido de fastidio: ahora veo que esa era una de las trampas en las que caen las mujeres con tanta facilidad. Lo cierto es que me había alejado de mis amistades por el bien de mi aventura amorosa. Si me hubiera puesto enferma no habría sabido a quién llamar. Al médico, supongo. Afortunadamente nunca estoy enferma.

—¡Ay, Fay! —exclamó la señora Chesney—. ¡Qué piso tan precioso! ¡Qué feliz debes de ser aquí! Aunque te sentirás muy sola sin tu marido.

—Siéntate, Pearl —le dije, avergonzada—. Vamos a tomarnos otra copa de jerez. Y tengo unas galletitas que combinan de maravilla.

—Eres muy amable, hija. Y me alegro de tener la oportunidad de cruzar unas palabras contigo. Hace tiempo que quería decirte algo.

Estuve a punto de pararme en seco, pero conseguí llegar a ofrecerle su copa.

—La verdad es que no volveré a verte. Creo que mis visitas a Onslow Square se han terminado.

—¿No estarás enferma, Pearl?

—No, estoy bien. Aparte del pecho. Julia no me quiere allí, y eso es lo principal. Sé que le soy útil, pero me estoy haciendo mayor. Las mujeres de mi edad ya están retiradas. No lo aguanto más, Fay. Seré una vieja carca, pero a veces creo que Julia se olvida del tiempo que llevamos juntas. La aburro —concluyó con sencillez, aunque se le humedecieron los ojos.

—Yo creo que todo el mundo la aburre. Me sorprende la capacidad de aburrimiento que tiene esa mujer.

—Y a veces puede que sea un poquito egoísta —añadió la señora Chesney, guardándose el pañuelo.

—Puede.

Me di cuenta de que Pearl estaba muy dolida desde hacía años, quizá desde siempre, y no contaba con los recursos necesarios para enfrentarse a lo que otros habrían llamado desprecio. Estaba cansada y vestía fatal: la gabardina de nailon con el cuello y los puños de borreguillo artificial y los inútiles ribetes de cuero sintético expresaban con mucha más elocuencia que sus palabras los incomprensibles desaires recibidos.

—Me voy a vivir cerca de mi hijo —continuó—. Me ha encontrado un pisito. Es un buen chico. Dice que ya es hora de que cuiden de mí. Está camino de Surrey. Me duele mucho irme de Londres, pero supongo que me acostumbraré.

—No sabía que tuvieras un hijo.

—Bueno, es que no hablo de él. Lo crio mi madre. Yo no estaba casada, y por eso seguí trabajando. Quería darle lo mejor. Fue a la universidad, ¿sabes? Y consiguió una beca para estudiar en el Queen Mary College. Es ingeniero. Trabaja para el servicio ferroviario desde entonces, en la parte administrativa, claro.

—Te vamos a echar de menos. Julia te va a echar de menos.

—Ella tiene a su marido, ¿no? Eso ya es más de lo que yo he tenido nunca. Y él se lo consiente todo. Bueno, a mí siempre me ha tratado muy bien, así que no puedo decir una mala palabra de él. Pero la verdad es que no se enteran de la misa la media ninguno de los dos. De cómo vive el resto de la gente. —Hubo un breve silencio, y a mí no se me ocurría nada que decir—. Tengo que irme, hija. Has sido muy amable, y espero que no hagas mucho caso a lo que digo. Todos tenemos nuestros sentimientos, ¿no?

Se abrochó la gabardina chirriante, se puso los guantes y cogió su cesto. No le sugerí que pidiera un taxi, pensando que en aquel momento su independencia era su mayor motivo de orgullo. Le anoté mi número de teléfono, le di un beso y le dije adiós desde la ventana. Por primera vez en muchas tardes, que yo recordara, tenía ganas de estar sola. Dentro de mí, en alguna parte, notaba un nudo de incertidumbre, incluso de amargura, y si Charlie hubiera venido ese día, es posible que yo hubiera cometido una imprudencia, que lo hubiera decepcionado. Quizá le habría pedido garantías que no podía darme, y me alegré de que no se presentara la oportunidad. Quien suplica nunca despierta simpatía.

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