Vidas breves
Cuatro
Owen pasaba mucho tiempo de viaje por asuntos del trabajo. Los socios mayoritarios del bufete de abogados en el que trabajaba le habían confiado a los clientes que querían comprar propiedades en el extranjero y no entendían —ni querían entender— las leyes de los países en los que buscaban su segunda residencia. Mónaco y el sur de España eran al parecer los lugares favoritos: son muy pocos los ingleses que han invadido de momento la Dordoña. Suiza era para los superricos, y Owen confiaba en ampliar ese mercado. Iba a España o al sur de Francia más o menos cada dos o tres semanas, y me dejaba una lista de tareas que hacer en su ausencia. Como tenía que entretener a sus clientes, o dejarse entretener por ellos, su armario, que era muy amplio, tenía que estar siempre a punto, y a Owen le gustaba que yo estuviera en casa para que su secretaria pudiera darme el parte telefónico de sus movimientos. A veces dependía de ella para saber que vuelo cogería Owen, que llamaba a la oficina todas las tardes a última hora y a mí solo a primera hora de la mañana.
Yo acepté esta rutina sin objeciones. No me indignaba que él diera prioridad a la oficina. No creo que a muchas mujeres en aquella época les pasara eso, al menos a las mujeres con unos orígenes como los míos, que, según empezaba a ver, eran demasiado sencillos para un hombre como Owen. Él estaba acostumbrado a la complejidad, las dificultades y la ambivalencia; creo que prefería que una mujer lo intrigase y no que lo desarmara con sus encantos. Le sacaban de quicio esos inevitables momentos de sinceridad que teníamos de vez en cuando. En realidad creo que odiaba el deseo. Owen quería una mujer que no le atosigara, y al mismo tiempo quería tenerla muy cerca. Nunca pareció darse cuenta de la incompatibilidad de estas dos necesidades —una de confianza, la otra de distancia, incluso de cierto formalismo—, y pronto aprendí a no llamar su atención sobre cosas que a mí me alarmaban un poco, como la brusca interrupción de la intimidad en cuanto la ocasión íntima había pasado. Mi defecto era precisamente ese: que intentaba prolongar los momentos de cercanía aun viendo que él ya estaba inquieto y con ganas de hacer otra cosa. Mi error fue querer quedarme en sus brazos, con los ojos humedecidos de ternura y gratitud, cuando lo más conveniente habría sido mostrar cierto desapego, un poco de ironía para darle a entender que tenía que quererme mucho más si pretendía convencerme de que me lo tomase en serio. Esa táctica me habría resultado odiosa, aunque ahora veo que a veces hay que responder a la retirada con retirada y al rechazo con rechazo. Entonces no lo sabía, y por todo lo que ha ocurrido desde entonces todavía sigo sin estar segura, aunque veo que si una mujer se propone meter en vereda a un hombre quizá tenga que interpretar un papel contrario a su instinto natural, a menos que su instinto sea el de agresión, y ese, por supuesto, no era mi caso.
En contra de los pronósticos de Millie, Owen sentó la cabeza, pero de un modo que a mí me sorprendió. Su profesión pasó de aburrirle, o al menos de resultarle indiferente, a despertarle una ambición desmedida. Como se relacionaba con gente de dinero, obscenamente rica en algunos casos, también él empezó a tener aspiraciones: el joven reacio del pasado se dejó fascinar de repente por la ostentosidad, incluso la ordinariez de algunos de sus clientes. Los hombres aún no llevaban el pecho lleno de medallas de oro, pero sí empezaban a comprarlas. Las medallas, eso lo aprendí después, no eran un adorno sino una buena inversión para momentos de apuro. Lo que atraía a Owen no eran las piscinas ni las chicas, tampoco las comidas en terrazas que duraban toda la tarde y a las que se invitaba a actrices de cine que estaban de paso: no era nada de eso. Era más bien una especie de entusiasmo y de bienestar irreflexivo, una falta de consideración mezclada con un enorme afán de lucro y especulación, de efectos sin causas, como si la conversación entre dos hombres con pantalón de raya diplomática que se fuman un puro después de comer al sol del Mediterráneo con una copa de champán en la mano pudiera abarcar la vida entera. Mi marido, que siempre me había parecido complicado —y yo me había prometido a mí misma estudiar y comprender sus complejidades— ahora no solo ambicionaba la sencillez, sino ese tipo de sencillez que únicamente pueden exigir los muy ricos. Los negocios directos se mezclaban con una diversión fabulosa, hasta el punto de que lo uno era indistinguible de lo otro: eso era lo que le gustaba a Owen. Conocí a algunos de sus clientes, porque me tocaba distraerlos cuando estaban en Londres, aunque Owen en realidad prefería tratar con ellos en sus países de origen. Y entendía por qué: la casa de Gertrude Street, aunque cómoda, en realidad no era elegante, como iba a serlo pronto, y aquellos horribles colores de Hermione, tan inquietantes, distaban mucho de ser acogedores. Hasta en verano la casa era oscura, y mi salmón, al que había dedicado toda la tarde, decorándolo con rodajas de pepino en forma de escamas, resultaba frío incluso en el mes de junio, mientras que el vino blanco servido en las copas de cristal tallado de Hermione me abrasaba la boca. Los invitados — invitados de Owen— comían bien, aunque parecían algo distraídos, fumaban entre plato y plato y, después de saludarme a su llegada, se olvidaban de mí por completo. No se habían hecho ricos siendo encantadores con gente sin importancia como yo.
Yo era una extraña para los invitados en mi propia casa —para los Harrison, los Smith, sir Victor y lady Eberlin y los Sandford-Roche—, y ellos fueron eternamente extraños para mí. Ser rico aún no estaba bien visto, y el volumen y las carcajadas de los hombres, y las caras bronceadas y las uñas largas y rojas de las mujeres, a mí me hacían sentir un poco incómoda. No sabía cómo pasaría el tiempo aquella gente, y tampoco me imaginaba pasando el tiempo con ellos. Me fastidiaba que tuvieran tanta influencia en mi marido y sospechaba que le regalaban un dinero del que los socios no sabían nada. Owen era su hombre de negocios y por tanto su séquito oficial: tenía que estar disponible cuando lo necesitaban y coger el teléfono a media noche si hacía falta. Cuando insinué con delicadeza, como corresponde a una mujer respetuosa, que algunas de aquellas personas a lo mejor no eran muy agradables, Owen se rio de mí y me llamó mojigata. «No creerás que me los tomo en serio, ¿verdad? Aunque no son tan malos cuando los conoces mejor. Jack es un personaje muy divertido. Y Molly en realidad es un cielo. Congeniaste muy bien con Molly, ¿no?» Jack era uno de los primeros magnates inmobiliarios y Molly, su tercera mujer, tenía veintiséis años menos que él. La primera vez que Owen los llevó a casa me pareció que ella estaba bastante bebida, y tuve que acompañarla al piso de arriba —así me lo pidió ella misma— para que se aseara un poco. Cuando entramos en mi dormitorio se echó a llorar y me dijo que su vida no era tan fácil como parecía. De vuelta en el salón, puso una mano cargada de anillos en el muslo de Jack, se lo estrujó y, refiriéndose a mí, dijo: «Tiene una cama que es una monada —como si fuera una cuna—. Tienes que echarle un vistazo antes de irte. Es que a Jack le encantan las camas —nos explicó con una sonrisa teatral, aunque todavía llorosa—. De todo tipo. A todas horas.» Jack, dicho sea en su honor, escuchó todo este parlamento sin inmutarse. Y no me pareció que Molly fuese a durarle mucho.
Aunque estas personas fueran desconocidas para mí, y aunque el aprecio que Owen les mostraba me pareciese fuera de lugar, lo que de verdad me asustaba era que su trabajo se hubiera convertido en el centro de sus afectos. Toda su vida emocional giraba, al parecer, en torno al entusiasmo por gente, sitios, incluso actividades siempre alejados del hogar que yo había intentado construir para él, y alejados también de mis expectativas. En esto se adelantó a su tiempo. Yo, que he vivido mucho más de lo que él pudo, veo ahora a hombres jóvenes, y también a mujeres, que cifran todas sus aspiraciones, incluso sus deseos, en su vida laboral. He leído que en Nueva York el trabajo ha sustituido al amor como prioridad máxima. También he leído que las mujeres que tienen lo que llaman un compromiso con su carrera profesional reconocen sentirse solas y decepcionadas, y lamentan la escasez de hombres. Ahora bien, los hombres que se encuentran en la misma situación por supuesto que no lamentan la escasez de mujeres, pero tienden a tratarlas de un modo distinto. El comportamiento de Owen conmigo se volvió mecánico, como supongo que ocurre siempre que el trabajo de un hombre es más importante que la paz interior de su mujer. Me daba órdenes para las diversiones de la semana, hacía y recibía llamadas de teléfono a todas horas, mientras comíamos y muchas veces cuando estábamos en la cama, y el amor pasó a ser puramente funcional. Lo más raro era que él estaba tan contento. La casa funcionaba de maravilla, yo no ponía ningún reparo a su modo de vida y seguía siendo dócil y maleable pero, lo mejor de todo, desde su punto de vista, era que ya no había verdadera intimidad entre nosotros. La intimidad, ahora lo sé, era lo que Owen más temía; la intimidad le incomodaba, como si hubiera empeñado o perdido una parte de sí mismo en el proceso; como si eso le volviera vulnerable a la crítica y al ataque. Yo había visto la cara que puso una vez, al principio, después de convencerle para hacer el amor: de queja, de dolor, de resentimiento. Lo vi todo en un instante aterrador, mientras él se apartaba de mí. Se sentó en el borde de la cama, desnudo, con las manos entrelazadas entre las rodillas. El pobre tiene frío, pensé. Me asusté tanto que prometí guardar las distancias. Porque eso era lo que él quería, y por entonces mi amor todavía me empujaba a intentar agradarlo.
Vinnie aparecía de vez en cuando diciendo: «¿Cómo está mi niño travieso?». A mí casi nunca me hacía la misma pregunta. Recuerdo que un día yo había dejado un guiso de pollo a la pimienta en la mesa de la cocina para que se enfriara, y ella empezó a meter una cucharilla. La cucharilla supuestamente era para indicar que en realidad no tenía interés en comérselo, que solo había venido a la cocina para hacerme compañía, viendo que a mí, inexplicablemente, me daba por pasar el rato allí. Recuerdo que reaccioné con indignación. «¡Por favor, Vinnie! ¡El guiso es para esta noche!» Me miró con sorpresa, porque yo nunca le había reprochado nada. «Solo lo estaba probando», protestó. Yo noté que se me llenaban los ojos de lágrimas, de rabia y de impotencia, cogí la cucharilla y la tiré al fregadero. Ella encendió un cigarro inmediatamente y dijo: «Mal momento del mes, ¿verdad? A mí me pasaba lo mismo. Anda, dame un cenicero, por favor». Aparté rápidamente de la vista la mousse de limón, no fuese a caerle la ceniza encima. Quería que se marchara; hartarme de llorar. Cuando saqué la cabeza del frigorífico, vi de reojo que se estaba retocando la cara con ayuda de un espejo de mano y un pañuelo manchado de carmín que llevaba en el bolso para perfilarse las comisuras de los labios. A mí me repugnaba esa costumbre suya, me parecía asquerosa, pero justo en ese momento le vi los ojos, unos ojos sin censura que siempre parecían más tristes que el resto de sus facciones. «Perdona, Vinnie —me disculpé—. Deja que te prepare un café. ¿Viene alguien a recogerte?» Me miró con una sonrisa gélida. «Como habrás notado, hoy estoy sola. Hazme el favor de pedir un taxi.» Normalmente había un taxi aparcado en la esquina, pero eso me obligaba a salir a la calle. Apagué el horno, pensando que apagándolo probablemente iba a estropear la bandeja de tejas de coco con las que pensaba acompañar la mousse, y salí a la calle sin quitarme el delantal. Justo en ese momento un taxi se alejaba. «Va a tardar un poquito —le dije, de nuevo en la cocina—. Mejor te preparo ese café mientras tanto.» Sabía que tenía que aplacarla, pero ella decidió tomarse el incidente en serio. «¿Serías tan amable de llamar a Godfrey Burton de mi parte?», me pidió. Godfrey era un vecino de Swan Court, muy cotizado como escudero o abanderado por varias señoras del edificio. «Seguro que no le importa acercarse con el coche», añadió, con una majestuosidad repugnante. Vinnie estaba en perfectas condiciones de coger un autobús, por supuesto, pero le gustaba presumir de que no había subido a un autobús en la vida.
Cuando llegó Godfrey Burton tuve que ofrecerle un café, que aceptó con entusiasmo. «Dile a Owen que me llame, por favor», fueron las distantes palabras que Vinnie me dirigió cuando ya se marchaba del brazo de Godfrey. Era evidente que se quejaría. Eso no me preocupaba demasiado —a fin de cuentas, había sido un incidente insignificante—, pero el hecho de que Vinnie me odiara, de que probablemente siempre me hubiera odiado, de pronto me dolió. Era como si le hubiera transmitido a su hijo la misma propensión, la decisión de prescindir de las emociones una vez cumplido su propósito. Vinnie había sido bastante amable hasta el momento en que yo reaccioné con verdadera irritación —cuando metió la cuchara en el guiso—, y ella, con razón, interpretó aquello como una especie de momento crítico. Mi irritación fue tan evidente, tan explosiva, que era imposible ocultar su carga emocional. Eso a Vinnie le resultó desagradable, como toda emoción, y por tanto decidió castigarme. Y en ese momento empecé a preguntarme si Owen haría lo mismo alguna vez.
Tendría que haberme dado cuenta de que en mi matrimonio había muchas cosas que no funcionaban, pero una solo se da cuenta de esas cosas cuando ya no tienen remedio. Era una cuestión de orgullo para mí no reconocer que algo fallaba o que no era totalmente feliz. Owen en apariencia era un marido estupendo: más guapo que nunca, bronceado por sus frecuentes viajes de negocios al Mediterráneo, un hombre trabajador y de éxito que despertaba simpatías en todas partes. Mirándolo, estando con él, cualquiera habría dicho que estaba enamorado de la vida, pero en realidad solo estaba enamorado de cierto tipo de vida —la vida del magnate —, y era una vida en la que a mí se me había reservado un papel muy pequeño. Empecé a sentirme como la chica pobre que había sido antes de ganarme mi propio sueldo. Ahora ya no contaba con ese recurso y, a pesar de que Owen me daba una buena asignación para los gastos de la casa, teníamos tantos invitados y él me pedía menús tan elaborados que apenas sobraba nada al final de la semana. Yo estaba deseando ir al centro, invitar a Millie a comer y luego ir de compras por la tarde, pero la verdad es que no quería someterme a su escrutinio. Y sabía que mi ropa, para la que también se asignaba una partida especial en el presupuesto, era mucho más cara de lo que lo sería nunca la de Millie, aunque por otro lado yo me sentía demasiado mayor con aquellas prendas y tenía ganas de comprar algo bonito y barato. Lo triste era que, por eso, a veces ponía excusas cuando ella me llamaba o la llamaba yo —siempre estaba teóricamente preparando una cena— y cuando Millie me preguntaba qué pensaba ponerme, porque siempre lo preguntaba, y yo le decía: «El de seda verde», ella contestaba, con voz sorprendida: «Ese no lo conozco, ¿verdad? Ahora no conozco la mitad de la ropa que tienes. Tenemos que vernos pronto. Pasaré a verte, con un bizcocho, y hablaremos largo y tendido.» Yo decía: «Estupendo», pero cuando nos veíamos había cierta tensión entre nosotras. «¿Eres feliz? —me preguntaba—. Eso es lo único que cuenta.» «Pues claro», respondía yo. Pero había en mi actitud demasiado entusiasmo, demasiada ligereza, demasiada frivolidad para el gusto de Millie. Ella notaba algo, y nunca se equivocó. Lo supo antes que yo.
Me escapaba de aquella casa, que odiaba, a dar largos paseos, pero Gertrude Street, que es una calle bonita, llena de casas bonitas, desemboca en otras calles idénticas a ella. Además, no tiene árboles, y apenas tráfico, porque está cerrada a un lado por un edificio bajo y alargado que nunca he llegado a saber qué función tiene. Cada vez que salía de casa, ya con poco ánimo, la soledad y el silencio de la calle me desanimaban todavía más, y corría hasta la vuelta de la esquina, donde paraban los autobuses para hacer el cambio de turno, a mirar con nostalgia el cafetín con las ventanas empañadas donde comían los conductores. En mis recuerdos veo esos paseos siempre en días nublados, bajo un cielo blanco. La luz tenue y el gemido esporádico de un coche camino de algún lugar más interesante me agobiaban casi tanto como la casa, y después de una desganada excursión a las tiendas para comprar algo que en realidad no necesitaba, oía el eco de mis pasos de vuelta hacia Gertrude Street. Esas eternas tardes de invierno, mientras Owen estaba de viaje y al sol, se extendían ante mí como una progresión interminable. Había algo implacable en su inmutabilidad y en mi desesperanza. Yo siempre había sido muy alegre, pero en aquella época me pasaba el día suspirando y hasta me encontraba mal. Los dolores de cabeza, que se presentaron por primera vez dramáticamente en casa de Vinnie, cuando la conocí, se habían convertido en algo habitual, y a menudo me veía en la mesa, mientras cenábamos, teniendo que apartar discretamente la comida del plato y sonriendo a Jack o a Molly o sus homólogos con un latido detrás de los ojos y una arcada en la garganta.
Cuando mi madre, a la que seguía visitando con regularidad, me preguntaba si era feliz, yo le decía al instante, muy animada, que por supuesto. Ella sabía la verdad, igual que Millie. Yo no. Eso era otra cosa extraña. Yo seguía queriendo a mi marido, y creo, incluso ahora que ha pasado tanto tiempo, que lo quería sinceramente. Owen no me falló nunca, a su manera y con sus limitaciones, pero sus exigencias eran demasiado formales, demasiado impersonales para colmar mis esperanzas. Él quería que yo siguiera siendo la chica humilde y entregada con la que se casó, y en el fondo lo era. Pero me había hecho mayor, tenía edad suficiente para estar cansada, y mientras yo cumplía años y me cansaba cada vez más (yo, que no sabía lo que era el cansancio), el mundo rejuvenecía. Nos decían que las cosas iban mejor que nunca, y la mayoría del país por lo visto creía que eso era cierto. Pero a mí me parecía que esa música nueva, frenética, había terminado con las canciones tan bonitas que yo cantaba y de las que ahora solamente se acordaba la gente mayor. Supongo que siempre canté para un público serio y formal, gente humilde para quien escuchar la radio al final de un día de trabajo era un lujo, o madres y amas de casa. Aquellas canciones hablaban de amor y añoranza siempre desde una perspectiva decorosa y proporcionada. Yo no entendía el griterío y la euforia de la música nueva ni su falta de encanto. No tenía piano en Gertrude Street, y cuando intentaba hacer unas escalas sin acompañamiento me daba cuenta de que mi voz se había oscurecido. La voz se vuelve más grave con el paso de los años. El cambio era infinitesimal para quien no fuera un experto, pero yo sabía, cuando practicaba esas escalas, que mis días de cantante habían terminado. «Arcady», cantaba con temor en la cruel sala de estar de color índigo. «Arcady, Arcady is always young.» Se me quebraba levemente la voz en el agudo y me invadía un rubor intenso que se disolvía muy despacio y me dejaba sin fuerzas.
En la última época Owen había pasado mucho tiempo en el extranjero, y algunos asociados del despacho querían que dedicara más tiempo a la oficina. Su reacción fue decirme que iba a invitar a cenar a los socios mayoritarios y a sus mujeres. Eso significaba tres cenas independientes, porque la maniobra resultaría demasiado obvia si los invitaba a todos juntos. Su tío Bernard y lady Frances no eran un problema, y tampoco había ninguna complicación con George y Claire Gascoigne, que eran mayores. Pero el día que esperábamos a Charlie y Julia Morton —la famosa Julia—, a mí me dolía la cabeza y estaba especialmente desanimada. Me fallaban los dedos mientras ponía la mesa, y habría dado cualquier cosa por meterme en la cama. De hecho me acosté media hora y me quedé dormida. A Owen le sentó mal, y me despertó cuando subió a vestirse. «Por favor, no te estoy pidiendo que hagas nada difícil —dijo—. Ni siquiera tienes que salir de casa. Solo te pido que pongas buena cara. —Y añadió—: Y más vale que vayas al médico mañana, si de verdad te encuentras tan mal. ¿No será que…?» Le dije que no, porque nunca me había quedado embarazada y entonces ya sabía que eso no iba a pasar nunca. Puede que una parte de mí se resistiera a tener aún más cargas, y aunque entonces no lo lamenté demasiado, ahora sí lo lamento. Hacerse mayor es absurdo cuando no hay gente joven a la que cuidar.
Salí de la cama, me di un baño y me vestí. Me estallaba la cabeza, pero pensé que todo iría bien si no comía: tuve que apartarme del olor de la ternera asada al abrir el horno, momentáneamente mareada. Owen estaba de mal humor y parecía que la velada iba a ser un desastre. Los Morton nunca habían estado en casa, porque Julia seguía trabajando en el teatro y no salía por las noches, o al menos no con los compañeros de negocios de su marido, que ella siempre criticaba, como si él tuviera el extraño capricho de trabajar en vez de pasar más tiempo en casa. Pero era evidente que los cambios en la moda habían alcanzado también a Julia, que condenaba rotundamente la nueva corriente del gusto popular que ya empezaba a volverse contra ella y la particular impresión que transmitía. Desde que entró en nuestro comedor esa noche, con un magnífico vestido de seda negra y un turbante a juego, resultó evidente que se había metido en cuerpo y alma en el personaje de la sencilla mujer casada que vive en los barrios residenciales las afueras.
—¡Queridos! —anunció, sacándose del bolso un pañuelo de chiffon negro para anudárselo al cuello—. Quiero que me tratéis como a una más. Olvidaos de Julia. Julia ya no existe. Hay que dar a la gente lo que quiere. Si quieren rufianes, los hay a montones. Mi tiempo ha terminado.
Se llevó una mano a la garganta, y juro que tenía los ojos llenos de lágrimas. Charlie, que había elevado la discreción a la categoría de obra de arte, le quitó el fular de chiffon negro del cuello y se lo guardó en el bolsillo.
—¿Qué pasa? —preguntó Julia—. ¿No es eso lo que llevan las amas de casa de clase media? Porque me imagino que ahora somos todos de clase media —añadió, entornando los párpados.
—¿Qué es eso de los rufianes? —preguntó Owen, riéndose. Julia subió los párpados muy despacio, de un modo insinuante.
—Yo diría que están disponibles si uno sabe dónde buscarlos.
Me hizo gracia, y mis dudas sobre la velada se disiparon un poco. Aunque Julia y yo no teníamos mucho que contarnos («Ah, enséñame lo que estás cocinando. Me interesa muchísimo»), con Owen parecía encantada. Al fin y al cabo era un anfitrión guapo y atento. La cena salió tan buena como esperaba, aunque yo apenas pude probarla. Charlie y Julia comieron con ganas; ella en concreto hizo una exagerada pantomima de aprobación. Mientras recogía la mesa para preparar el café, Charlie me abrió la puerta y me preguntó, en voz muy baja: «¿Te encuentras bien?». Asentí, emocionada, y noté que una leve oleada de rubor me cubría la cara medio entumecida.
Fue así como empezó nuestra amistad, «porque no os vamos a dejar escapar», dijo Julia, que evidentemente estaba preocupada por quedarse sin público. Tenía cincuenta años, una edad difícil para tirar la toalla: todavía era joven para albergar ambiciones y deseos, pero cada vez tenía menos oportunidades de satisfacerlos. A Owen le encantó la velada, y Charlie parecía feliz con tal de que su mujer lo fuera. Pensé que debía de ser un hombre excepcionalmente bueno para complementarse con ella hasta ese punto: qué galante, pensé, cuando por fin me preparé para acostarme. Me desmaquillé sin mirarme siquiera la cara, y eso en mí era una señal de cansancio. Pero cuando me estaba deslizando hacia ese estado delicioso que anuncia la llegada del sueño me di cuenta de que el dolor de cabeza se me había quitado por completo.
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