Vidas breves
Doce
«Claro que antiguamente era distinto —dijo Julia—. Cuando tenía
servicio. Entonces podía pedir que me trajeran una bandeja.» Una lágrima opaca, como una perla muy pequeña, resbaló por su mejilla sin dejar ningún rastro visible.
Estábamos en su dormitorio azul marino, Julia en la cama, con una bata de raso azul marino adornada con encajes color crema. Tenía el pelo más tieso de lo habitual y la mirada un poco asustada. Estas eran las únicas señales de su pena, que vivía como una enorme molestia. Había hablado más de la pérdida de su antigua cocinera y su criada que de la muerte de su marido. Al menos no habíamos tenido que soportar desahogos atormentados, aunque la decisión de no levantarse era un poco preocupante. No sé si ella sabría qué sentía, aparte de impotencia. Sus emociones estaban tan lejos de la superficie, tan enterradas, que no le ofrecían ninguna información. Esto le daba una dignidad innegable, porque Julia jamás perdía la compostura o, más exactamente, el dominio. Había también algo que impresionaba en la amplitud de los hombros y los brazos blancos expuestos a sus visitas: la carne parecía fría, protegida en su mármol fresco de sofocos inoportunos, atemporal, perfecta a su manera, extraordinaria desde cualquier punto de vista. Me asustó la intimidad que insinuaba veladamente, aunque para Julia era lo más natural aparecer en público de esa manera, como si recibiera a su audiencia en el camerino. A mí no me apetecía verla así, pero ella por lo visto ya se había arreglado para pasar el día en la cama grande con cabecero de mimbre, y se quedaría allí hasta que la última persona, hombre o mujer, que fuera a darle el pésame se hubiera marchado. Los restos de un desayuno —un plato pegajoso y una taza con su platito— seguían en una de las mesillas. Eran las once de la mañana y nadie había tenido tiempo de retirarlos, de ahí el lamento por el servicio doméstico. Hacía mucho calor en el dormitorio: en la ventana, un diminuto avión plateado formaba un punto de luz en el cielo despejado y azul. Pearl Chesney y Maureen estaban sentadas a ambos lados de la cama, procurando no soltar la mano de Julia. No había ninguna razón para hacer eso, porque Julia parecía muy tranquila. Pero estaba quejumbrosa y no paraba de dirigir la vista hacia la ventana, bajando los párpados de vez en cuando. Yo me había quedado a los pies de la cama, obligándome a mirarla.
Lo que yo sentía era tan imperceptible como el dolor de Julia. Mientras ella se lamentaba, indefensa, yo solo era consciente de un desorden inmenso, del caos de mis pensamientos, dominados por retazos de canciones populares y residuos de sueños horribles. La noche anterior había soñado que volvía a casa y lo encontraba todo inundado: los libros empapados y flotando en charcos de agua, los azulejos desprendidos de las paredes y hechos añicos en baños y lavabos, las estanterías dobladas y torcidas. Un equipo de hombres impasibles, que habían llegado antes que yo —incluso puede que hubieran estado allí siempre— inspeccionaba las paredes hinchadas y descoloridas. Yo me había ausentado misteriosamente y a mi vuelta el daño ya era irreparable. Harían falta meses para reconstruir y decorar, pero los hombres, que actuaban con creciente indiferencia, ni siquiera podían darme una fecha para empezar el trabajo, como si no se decidieran o no quisieran aceptarlo. Al principio yo no reconocía las habitaciones afectadas como parte de mi casa de Drayton Gardens, y eso me tranquilizó un poco, hasta que vi que era la casa de mis padres en Camberwell Grove la que había sufrido el asalto, la invasión de las aguas extrañas. Al darme cuenta sentí una tristeza inconmensurable. Me desperté presa del pánico y vi que solo había pasado una hora desde que apagué la luz. Tenía por delante toda la noche, y aunque después dormí con voracidad, ninguno de mis sueños se libró de su secuencia de imágenes extrañas y disruptivas.
Cuando estaba despierta casi no sabía pensar o sentir. Lo único que tenía claro era mi obligación de mostrarle respeto a Julia, porque su pérdida era más grande que la mía, no solo a ojos de cualquiera que estuviese al corriente de la historia sino incluso a los míos. No hay ninguna actitud honrosa para la amante que ha perdido a su amado, aunque tiene la ventaja de librarse de los que acuden a consolar a la viuda. Lo mejor que puede hacer, o si no lo mejor, sí lo más conveniente, es mezclarse con los que van a consolar, a sabiendas de la hipocresía implícita, y encontrar cierta calma en la alienación brutal de sus sentimientos. La rabia es preferible a la pena, sobre todo cuando no hay posibilidad de expiación. Ver a Julia varada en su enorme cama me hizo agradecer profundamente que mi paso por su vida hubiera sido de tan poco interés para ella. Infidelidad parecía ahora una palabra demasiado pomposa para designar el comportamiento de Charlie: distracción parecía más exacta. Charlie había sido discreto, hábil. El caso es que sus sentimientos habían muerto con él: no quedaba ninguna prueba, al margen de los estribillos que yo no podía dejar de repetir en la cabeza. Just A-Wearying for You, una canción de una nostalgia atroz que siempre me había emocionado, estallaba ahora en todos mis pensamientos con tanta fuerza que casi me obligaba a volver la cabeza para escucharla. Esto me daba un aire distraído y me impedía pronunciar las consabidas palabras de pésame y ánimo.
—Estás muy callada —observó Julia, examinándome con los párpados entornados.
—Perdona, Julia. Es que no sé qué decir.
Eso no era ni más ni menos que la verdad, pero sonaba brusco. Sentía un cansancio tremendo, agravado al ver a Julia en la cama. Pensé que Julia era mayor, a pesar de su aire atemporal, y que lo que había empezado siendo una elección ahora sería una necesidad. Dudé que pudiera volver a salir de casa. Maureen se quedaría con ella, claro, y por lo visto ya nadie hablaba de que Pearl Chesney se fuera a ir de Londres. Las dos actuaban como plañideras oficiales, emocionadas y dispuestas a pronunciar las frases inútiles que se suelen decir en esas ocasiones. Julia y yo éramos las únicas que teníamos los ojos secos.
—La siguiente seré yo —dijo Julia—. No te imaginas las ganas que tengo.
—Mientras llega el momento —contesté—, espero sinceramente que te propongas salir de esa cama.
—Puede que sí. Aunque por otro lado puede que no.
—Vamos, Julia. Levántate, date un baño, vístete, come algo. He traído comida suficiente para un par de días. Todo ha terminado, Julia, ya no puedes hacer nada. Intenta retomar tu vida. Al fin y al cabo —añadí con brusquedad, odiándome en el acto—, no querrías que siguiera viviendo inválido. Esto es más decente.
Volvió la cabeza hacia mí, despacio, como si se enfrentara a un público de segunda, de la función matinal, quizá.
—Si no tienes nada mejor que decir o hacer, podrías cambiarme esos libros —dijo. Enmarcaba así la mayoría de sus peticiones. «Podrías tirar esas flores.» «Podrías cerrar las cortinas.» «Podrías llenarme el vaso.»
—Sí, los cambiaré. Pero si quieres comer algo tendrás que levantarte. Y si bebes en vez de comer, vas a empeorar de la artritis. No te estoy sermoneando. Te estoy diciendo la verdad. Si te quedas en la cama, pronto no podrás moverte. Y, tú misma acabas de decirlo, ya no tienes servicio que te atienda. —Por el contrario, si se levantaba podría arreglarse con Maureen y la señora Chesney, que, yo no lo dudaba, la acompañarían hasta el último momento.
Mi temor era que se declarara incapaz de moverse. Ese era mi único temor. Julia había dejado de aterrorizarme. Me inspiraba lástima y repugnancia: había ensombrecido mi vida y ahora la víctima era ella. No le di el pésame como es debido, porque de repente los veía a los dos, a Julia y a Charlie, como un par de saqueadores, ricos y ociosos, con una experiencia que yo jamás podría tener. Y es posible que el más culpable de los dos fuera Charlie. Era unos años más joven que Julia y seguro que había tenido sus líos discretos, entre los que yo había sido simplemente uno más. Ahora cuestionaba el valor de sus sentimientos, me parecían menos importantes que su discreción, de la que estaba convencida. Hasta se me ocurrió que quizá pensaba en mí en términos tan despectivos como los que tenía costumbre usar Julia, pero me quité esa idea de la cabeza. Había habido sentimientos entre nosotros, aunque ya no quedase ni rastro. Tendría que vivir con esa ausencia mientras lo recordara. Charlie había desaparecido, con su bonita sonrisa y su aire relajado. Ese aire que yo había confundido con una declaración de intenciones.
Pero a pesar de la rabia y la impotencia que sentí entonces tenía la certeza (¿o era la esperanza?) de que mis sentimientos no estaban afectados. Prefería analizarlos más adelante, a solas; mientras estuviera acompañada ni siquiera quería tenerlos en cuenta. Era consciente de que no resistirían la luz del día. Lo que quería más que nada en el mundo en aquel momento era salir del dormitorio de Julia. En realidad quería no tener que volver a mirarla a la cara nunca más, pero sabía que era imposible y que tendría que armarme de valor para lidiar con ella y actuar con ecuanimidad y eficacia, sin culpas ni favores inmerecidos. Una vez más me veía atrapada en una situación demasiado difícil para mí. A falta de consuelo quería estar sola, aunque solo fuese para escuchar las canciones que no paraban de sonar en mi cabeza.
Creo que pensaba sinceramente que Julia era una mujer horrible, en el mejor de los casos agotadora: entonces, ¿dónde estaba el problema? ¿Qué hacía yo, en un momento como aquel, planeando comprar espárragos y arándanos fuera de temporada para tentar el apetito de Julia? ¿Cuál era el origen de esa autoridad tan peculiar que ejercía sobre mí, casi sin necesidad de hacer ningún esfuerzo? ¿Por qué conseguía que todo el mundo se sintiera responsable, no solo yo, también Maureen y la señora Chesney, que casi habían abandonado los planes que pudieran tener en la vida por atender a Julia? ¿Por qué era imposible estar en su presencia sin ofrecerle su cuota completa de elogios, como si fuera un objeto de culto religioso? ¿Por qué ella, que no hacía nada por nadie, inspiraba tanta entrega mientras que personas más humildes, más torpes, como yo, parecían condenadas a vivir sin eso?
Yo no envidiaba su poder, nunca lo había envidiado: de hecho me parecía monstruoso, sobre todo considerando que su inteligencia era de lo más anodina. Era su personaje lo que tenía una fuerza arrolladora. Julia seguía siendo el centro de una trama de intriga absurda y chismorreos groseros, pero si alguien dejaba de prestar atención un solo instante ella adivinaba el motivo. Había sido una gran pérdida para el mundo del teatro, eso era incuestionable. Sus pausas, su ironía, su frialdad le daban una autoridad rotunda, mientras que sus inflexiones de voz introducían en sus diálogos una nota difamatoria de la que ella no parecía consciente. Pero por encima de todo —y creo sinceramente que no tenía corazón— Julia era un ser solitario, demasiado hermosa e incapaz de seguir las costumbres de este mundo vulgar. De ahí sus ganas de repartir culpas y poner en duda todo, incluso las buenas intenciones, como si no fuera capaz de distinguir el bien del mal y hubiera llegado así a la conclusión de que no había nada bueno en ninguna parte. Era un trofeo para cualquier hombre, aunque a la larga resultaba agotadora porque hasta en las circunstancias más rutinarias seguía siendo un objeto de culto y exigiendo veneración constante. Julia tenía una fortaleza fuera de lo común: nunca se resfriaba, nunca se cansaba más de lo normal, y sin embargo hablaba de sus costumbres y sus funciones con un lenguaje infantil, como si siguiera al cuidado de su niñera. Nunca la vi borracha, aunque la oí eructar muchas veces. «Mejor así», decía, con evidente placer. Contaba anécdotas de ocasiones en que le habían entrado unas ganas tremendas de ir al baño en sitios caros o exóticos, y ni una sola vez se advertía en su voz vergüenza o confusión. Más bien le entusiasmaban como a una colegiala los dilemas que normalmente solo son propios de colegialas, pero que Julia consideró normales a lo largo de su vida adulta. El estreñimiento era un tema de conversación muy habitual, seguido de las ventosidades. Por lo visto sentía cierto cariño por las dos cosas, tomaba ingentes cantidades de medicamentos, con whisky para tragarlos, no sabía lo que era un dolor de cabeza y casi no le afectaban el calor y el frío, aunque aseguraba padecer de todo lo demás. «Ni lo nombres —decía—. A mí me tiene martirizada. El dolor no me ha dejado dormir en toda la noche.» No soportaba que nadie reclamara la exclusiva. Una vez la oí regañar a Maureen, que se había hecho una buena torcedura de tobillo. «Si supieras lo que me duelen a mí las manos dejarías de quejarte de tu tobillo. Además, te ha pasado por pura torpeza.»
Yo me debatía entre la lucidez y la confusión, consciente de que eran muchas las cosas de las que no podía darme por enterada. No había ido al entierro de Charlie, que se celebró en Hampshire, donde vivía su hermana. No sabía que tuviera una hermana. «Catherine y yo nunca nos hemos llevado bien», dijo Julia, como si eso lo explicara todo. A continuación se celebró un funeral, y a eso tampoco fui. Era consciente de lo complicados que son los afectos humanos, como si después de la infancia nada pudiera considerarse puro. No había en mí ningún sentimiento de culpa, pero tampoco había compasión. Por el bien de las dos, eso me parecía, era mejor que guardáramos discretamente nuestros sentimientos, nuestros sufrimientos. Yo no quería saber cómo era el dolor de Julia, porque era dolor lo que ella afirmaba sentir, y seguramente decía la verdad. Era evidente que las manos le estaban dando problemas, y esa parecía ser su principal preocupación. Todos estábamos acostumbrados a eso, pero por una vez vi que Julia tomaba conciencia de la situación. Acostada con su bata de cortesana parecía satisfecha de estar interpretando bien su papel, aunque de vez en cuando volvía los ojos grandes hacia la ventana, con la mirada perdida. Yo asentí, casi con tristeza, al detectar cierto estado de aflicción. Supongo que también yo me encontraba en ese estado. La diferencia era que yo podía salir a pasear al sol y era libre. Esa libertad me horrorizaba, pero sabía que era mía. Charlie, con su muerte, había eliminado un obstáculo. Podía irme de viaje, hacer un crucero, dar la vuelta al mundo en barco. Todo eso me horrorizaba, pero era cierto. Era una mujer rica, sin nadie a mi cargo. Mi única responsabilidad era Vinnie.
¡Porque Vinnie seguía viva! Tenía ochenta y ocho años y estaba casi inconsciente: no hablaba, apenas comía y nunca se levantaba de la cama. Tuve que contratar a una persona todo el día, a pesar de que Sandra seguía pasando las noches con ella. Por suerte eran noches tranquilas; en realidad apenas había diferencia entre el sueño y la vigilia. Cuando iba a verla, Vinnie abría los ojillos opacos y me miraba con un gesto acusador. Por lo visto yo tenía la culpa de algo. Tenía la culpa de todo: de la muerte de Owen y de su decrepitud. Todo esto estaba muy lejos de mis pensamientos y al mismo tiempo no me dejaba en paz. Mis visitas no alegraban a Vinnie, pero cuando no iba se alteraba. «Ayer la echó de menos —me decía la señora Arnold, la mujer que cuidada de ella—. Pensamos que le había pasado algo.» A mí me daba pánico que la señora Arnold me dejara plantada, así que seguía yendo con mi cesta llena de comida, cosa que ella me agradecía mucho. Era una mujer de cierta edad, con una cadera rota que no le habían arreglado bien, y le gustaba pasarse el día sentada, leyendo o escuchando la radio. Se movía dando unos bandazos que dolían solo de verlos. A pesar de todo tenía que trabajar, porque su marido, que era unos años mayor que ella, ya se había jubilado. Yo le pagaba bien. Ella me sonreía con amabilidad, suspiraba al final del día, recogía su labor de punto y se iba de mala gana. Su trabajo era engorroso y cansado, porque aunque Vinnie pesaba ya tan poco como una muñeca, a la señora Arnold le costaba levantarla. Yo tenía la sensación de que Vinnie estaba un poco sucia, como siempre. Pensé que estaría mejor en su cama, a pesar de esa higiene dudosa, que en una residencia, aunque ese día terminaría por llegar. Afortunadamente había dinero para atenderla hasta el último momento.
Se me ocurrió pensar hasta qué punto las buenas acciones compensaban la falta de auténtica virtud. Yo siempre había querido ser buena y resultó que tenía muchos defectos. Julia, siendo imposible, en cierto modo nunca se había visto en una situación comprometida. Casi me apetecía invertir los papeles. A lo largo de toda mi —¿cómo llamarlo?, ¿relación, aventura?— con Charlie, yo había sido consciente de que me encontraba en una posición falsa, y aun así el giro inesperado de los acontecimientos me pareció estimulante, divertido. Las mujeres sentimos esa peligrosa sensación de diversión cuando se acerca un amante: facilita el camino hacia una emoción que no tiene nada de divertida, que en realidad es melancólica, incierta y casi siempre incómoda. Periódicamente una intenta cancelarlo todo, pasar página, recuperar un mínimo de buena conciencia, aunque la inocencia ya nunca esté al alcance. A lo máximo que se puede aspirar es a ser respetable: y no hay mujer más respetable que la que ha vuelto a descubrir la virtud. Con ese espíritu, y profundamente agotada, traté de enmendarme. Me alejé de mis sentimientos casi con rabia, consciente de que, cuando me quedara sola, una especie de nostalgia se apoderaría de mí, la nostalgia de esa presencia que de una manera tan intermitente había sido mía, de ahí que la hubiera magnificado tanto. A veces pensaba que los hombres y las mujeres que vivían juntos disfrutaban de menos intimidad de la que yo conseguía a escondidas; la pura monotonía de la conversación de Julia, su maldad, esas referencias regresivas a las funciones corporales yo las había tomado por una prueba de aburrimiento. Ahora ya no estaba segura, y la revelación no me gustó. Me fastidiaba ver los accesorios de aquel dormitorio en el que era posible llevar una vida normal, fumar cigarrillos, comentar los incidentes del día, coger o dejar libros, tomar pastillas, alimentar especulaciones inútiles y finalmente apagar la luz. Sin prisa, sin compulsión. La prisa y la compulsión eran las que volvían culpable a una mujer, no menos —incluso más— que a un hombre.
En ese intento de reconstruir mi vida en ruinas me obligué a mirar alrededor. Había, por decirlo suavemente, gente menos afortunada que yo. Aunque estaba segura de que Charlie se había cuidado de hacer testamento y de dejar un seguro de vida, dudaba de la capacidad de Julia para gestionar nada. La tarea recaería sobre Maureen, porque Julia se declararía incapaz de inmediato —ya lo había hecho—, y la pobre Pearl Chesney podría irse por fin a su pisito de Surrey, en Kingston, si no me equivoco, aunque la idea ya no le hacía ilusión. La postración de Julia le había brindado la oportunidad de recuperar su antigua influencia: tenía un aire más resuelto, como quien desempeña un trabajo remunerado, mientras se secaba las lágrimas fáciles de las mejillas bronceadas, se afanaba por servir vasos de agua, ofrecía a Julia un negligé recargadísimo, lo dejaba con reverencia a los pies de la cama y hasta ahuecaba las almohadas. Se me hacía raro que con tantas atenciones como se desplegaban nadie hubiera podido retirar la taza y el plato sucios, con sus restos de mermelada, que ahora se estaba utilizando como cenicero. Cierto grado de incertidumbre era uno de los principios de la organización doméstica de Julia: no saber por dónde empezar o cómo terminar, de tal suerte que una intención siempre colisionaba con la otra. Yo estaba allí una tarde en la que discutieron si preparar una taza de té y al final no llegaron a hacerlo.
—Ya no vale la pena —dijo Julia—. También podemos tomar una copa. Ah, que tú no bebes, ¿verdad? Bueno, si hubieras llegado antes podríamos haber tomado un té juntas. Me apetece mucho una taza de té. Da igual, otra vez será.
—No hay ningún problema —dijo Maureen, apareciendo en el pasillo con un paño de cocina en la mano—. No me cuesta nada preparar una taza de té si Fay quiere.
—No, Maureen, ven a sentarte. Ya has hecho bastante —insistió Julia —. Además, ya es demasiado tarde.
Y a esto le siguió el lamento habitual por la falta de servicio doméstico, la afirmación de que ya no valía para nada y la protesta por los cambios del mundo. Todo eso era predecible. La comida parecía un bien especialmente incierto por la incompetencia extrema con que se dirigía aquella casa. Era frecuente hablar de comida o recordar comidas pasadas como un sucedáneo parcial de la comida en sí. «La verdad es que no tengo hambre —decía Julia —. ¿No hay sobras?». Porque se comía sin ningún reparo la carne preparada varios días antes, unas sardinas congeladas, un budín de arroz frío o un trozo de queso verdoso, y nada de esto le afectaba en absoluto. «Si hay algo que no soporto es desperdiciar», decía. Tenía la digestión de hierro de una adolescente en un internado, mientas que yo me ponía mala con solo ver esa comida. «Se dicen muchas tonterías sobre la cocina —decía—. Yo la verdad es que no la saboreo.»
Esta incompetencia y esta inutilidad se debían principalmente al carácter de Maureen, la misteriosa acólita de aspecto intemporal que veinte años antes había ido a entrevistar a Julia para el periódico local y se había quedado con ella para siempre. La devoción de Maureen no se había agotado, si acaso incluso había crecido en un sentido general. Si antes vivía exclusivamente concentrada en Julia, su buena voluntad ahora abarcaba todo el universo: era incansable en sus servicios a la iglesia, aunque seguía estando poco claro qué hacía exactamente allí, quizá porque nadie se molestaba en preguntárselo. Se presentaba puntualmente en San Lucas dos veces al día, una vez para el culto y otra para participar en el acalorado debate sobre los asuntos parroquiales, entre los que figuraba la revista y otra cosa que Maureen llamaba «los turnos». En mi opinión, dejar a Maureen a cargo de algo era buscarse complicaciones, pero como les ocurre a algunos cristianos ella consideraba su atolondramiento un don de Dios, se reía sin perder la paciencia ante un imposible montón de papeles que otra persona tendría que haber revisado y bruñía todavía más la sonrisa fácil y bastante chiflada con que obsequiaba al mundo entero.
—¡Oye! —dijo Julia—. Esa historia de amor que tienes tú con Dios… —Para decir esto adoptó la inequívoca pose de la inglesa que señala las tonterías sin tapujos: creo que incluso se inclinó hacia delante y se agarró las rodillas con las manos—. Me parece muy bien, cariño, pero ¿de qué te sirve? Ya sabes que yo siempre he sido religiosa —(Puede que fuera cierto, aunque uno se inclinaba a no creerlo.)—, pero siempre he buscado a Dios fuera de la iglesia. En la naturaleza —explicó, trazando con las manos una curva poética—. Tú en cambio te encierras en ese edificio espantoso, con esa gente espantosa y dejas que la vida pase de largo. Porque ya no eres una niña. —Maureen tendría alrededor de cuarenta y cinco años; cuando apareció por primera vez era una reportera novata—. Si dejaras que Bobby te hiciera algo en el pelo, al menos estarías más presentable. Tal como vas no tienes ninguna posibilidad de conocer a nadie. Supongo que no tiene nada de malo, pero recuerda, Maureen, que Dios está fuera además de dentro. En el sol —añadió vagamente—. En los árboles. Mira —subió el tono—. Mira a tu alrededor. Eso es lo que yo he hecho siempre. Y no creo que nadie pueda decir que he sido una mala persona —señaló, con una sonrisa encantadora—. Desde luego nadie lo ha dicho. —«Seguro que delante de ti, no», pensé. Nadie se atrevería.
Yo sufría por Maureen, a pesar de que no conseguía que me cayese bien. En pleno apogeo de la mediana edad aún parecía una niña, desarreglada, torpe, conmovedora y desquiciante. La impresión general de palidez que irradiaba se acentuaba con aquella sonrisa servil y la costumbre de subirse las gafas cuando le resbalaban por la nariz. Tenía unos dientes bonitos y unos rasgos anodinos rematados por una permanente mal hecha: el pelo, demasiado abundante, se juntaba con las gafas, y a veces se le metía por debajo. Llevaba chándales de color rosa y azul bebé, con zapatillas de deporte y calcetines blancos. Debajo de aquella ropa se escondía un cuerpo sano y sin exigencias, porque Maureen era esencialmente virginal. Se parecía a esos mártires de la Antigüedad que abrazaban su destino en el Coliseo con alegría, sin probar jamás la alternativa. El destino de Maureen era Julia, y sus sonrisas se volvían aún más radiantes, su risa más potente cuando menos razonable se mostraba Julia. Se fortaleció en mí la sospecha de que Maureen pensaba que Julia era su cruz, y se la ofrecía personalmente al Todopoderoso cada vez que recibía un reproche o se rompían platos por su culpa. También se me ocurrió que a Julia no le haría gracia verse usurpada de ese modo, pero no tenía la más remota idea de que ese fuera el caso, porque lo que Maureen pudiera sentir le traía completamente sin cuidado. Determinados actos necesitan una justificación en este valle de lágrimas: Maureen había perfeccionado una euforia que la volvía inmune a las indirectas de Julia y disculpaba la curiosa acusación de parasitismo que se le hacía.
Mi incomodidad con Maureen venía de la sospecha de que era muy excitable, y si no buscaba a Dios en la naturaleza era porque tenía una relación con la naturaleza más bien furtiva y a veces abrumadora, lo que le provocaba dolores de cabeza y fuertes sofocos que la dejaban todavía más pálida, más llena de alborozo y más devota que nunca. El consejo de Julia era cruel, aunque no intencionadamente. En realidad, a Maureen la atormentaba la naturaleza, o, mejor dicho, la Naturaleza con mayúsculas, y su instinto siempre estaba en guardia. Tendría que haberse casado joven y pasarse cuatro años teniendo hijos. Por no hacerlo, su fecundidad había perdido su carácter original y ahora se manifestaba como histeria. Por aquel entonces la risa de Maureen era casi constante, mientras tiraba y rompía cosas, o también mientras elogiaba y mimaba a Julia. Julia la consideraba boba, pero creo que en realidad no comprendía la tragedia de Maureen, forzada a conformarse con aquel simulacro de vida cuando en verdad tenía las cualidades de la madre tierra. Yo la había visto, con lástima y horror, exclamar de alegría por alguna cosilla de comer que les llevaba, había observado el placer con que cerraba los dientes y se llevaba el bocado a la garganta rendida. La clave de Maureen era su hambre voraz y la afectación con que intentaba disimularla.
Maureen nunca se preocupó por mí, pero su amor por la humanidad era tan universal que no sé si ella se daba cuenta. Las pasiones normales y puede que más limitadas se subsumían en su buena voluntad, indiscriminada y gigantesca. Yo me preguntaba si Maureen seguiría siendo capaz de saber si alguien le gustaba o no le gustaba: aceptaba a todo el mundo por principios. Aunque este sea un rasgo admirable, qué duda cabe, a mí me deprimía y me cohibía, porque excluía la verdad; era imposible evaluar la personalidad o el estado de ánimo de Maureen, porque con aquella risa defensiva se protegía de cualquier crítica. De todos modos, un par de veces vi que me estaba observando y, al devolverle la mirada, cambió inmediatamente de expresión, como si le diera vergüenza. No supe si la vergüenza era por mí o por lo que estuviera pensando. Parecía sexualmente nula, pues estaba visto que no dedicaba ni un segundo a pensar en su pelo o su ropa, pero yo tenía la sensación de que sufría muchísimo para dominar la energía que no utilizaba y que cuando estaba a solas en su habitación ejecutaba un montón de ejercicios espirituales antes de entregarse a la soledad de la noche venidera. Yo no soportaba verla vivir la vida que se había construido, pero es cierto que Maureen era una mujer inocente, bien dispuesta y sin duda generosa. Sus buenas cualidades se veían cuestionadas de inmediato por el hecho de que, a pesar de su buena voluntad, su ayuda casi siempre resultaba inútil. Esta torpeza moral era un rasgo tan imposible de erradicar como la falta de oído o el daltonismo.
A mí me asombraba que Julia consintiera en confiar en los cuidados de Maureen, hasta que pensé que sus días eran tan largos y triviales que enzarzarse en acaloradas discusiones sobre la conveniencia de preparar o no una taza de té habían llegado a parecerle lo más normal, e incluso puede que respondieran a algún rasgo sinceramente innato en la personalidad de Julia. Como una mezcla entre el convento y el tocador, para mí el ambiente de Onslow Square estaba excesivamente cargado de compañía femenina. Si hubieran sido hombres, Maureen habría sido el fámulo de Julia. Pero lo que siempre me había coartado era verlas tan contentas en su exclusiva compañía femenina. Pearl Chesney, creo, sentía el mismo reparo que yo, y por eso en realidad no era miembro del clan. Yo era una renegada, claro, no tenía otra opción. Lo que yo quería y apreciaba era la tranquilidad del cariño de un hombre, su indulgencia, su compañía. Había conocido eso de niña, e incluso a lo largo de mi breve carrera cuando los chicos de la orquesta me cuidaban como a una hermana pequeña. En la vida adulta, por desgracia, ese afecto había sido irregular, limitado, obtenido en situaciones impredecibles. Aun así, para mí era el mayor premio, mucho más grande que la intimidad de las mujeres. Puede que esto sea una señal de mi inferioridad. Para Julia, principalmente para ella, aunque creo que también para Maureen, la compañía femenina era ley de vida, y solamente se abandonaba por estupidez. Julia citaba mucho a su primer marido, Hodge, como ejemplo de esta deserción. «No tendría que haberme separado de mamá nunca», decía, en un tono que a mí me sonaba a pura inocencia. Los amantes no contaban a la hora de juzgar la fidelidad de Julia con su familia. De hecho, tanto para la madre como para la hija tener un amante era una maldad permitida. «Me temo que he sido muy mala —decía Julia cuando hablaba de sus diversos amantes—. Pero es que era un hombre muy guapo.»
Estas conversaciones se habían tenido en presencia de Charlie, aunque sus días de picaflor ya habían terminado cuando lo conoció y se casó con él. Mi impresión era que Julia no echaba de menos a sus amantes, sino que les otorgaba exactamente la misma consideración que a sus diversos papeles teatrales, los observaba con distancia y una actitud semiprofesional. No me cabe la menor duda de que se lo habría contado todo a quien quisiera escribir su biografía, si ese alguien se hubiera presentado. Y es que la esencia de Julia era una conciencia libre de cargas, una conciencia tan impía que una mala acción, censurable en otros, en ella siempre tenía excusa. Esto le daba un toque de infantilismo que combinado con la autoridad de su belleza la convertía en una mujer enigmática e irresistible para los hombres. Pero yo no sabía si en la vida diaria Julia era una buena compañera. En mi opinión, el exceso de caprichos empaña el cariño. Para Charlie, yo me daba cuenta, Julia seguía siendo un trofeo. La respetaba, la temía y, por supuesto, la quería, y es posible que apenas reparara en su modesto papel de admirador y protector. Julia aceptaba sus tributos, lo valoraba por la calidad de vida que le había permitido llevar y hasta es posible que lo hubiese querido, pero lo que esperaba principalmente de él era su amor. En este reclamo no había ninguna presunción, como si fuera natural que la gente la quisiera. Por lo que yo sabía, siempre había sido así.
El caso es que a las dos nos habían mimado un poco, a Julia por su talento teatral y a mí por mis tiempos de cantante. La diferencia estaba en que yo habría querido prolongarlo, y reconocía y lloraba su pérdida; Julia, en cambio, daba por sentado que la fuente y el suministro no se agotarían nunca. Mientras yo, siempre anhelando, siempre amando, me había conformado con una porción mucho más pequeña para mi sustento, Julia era capaz de mostrarse siempre indiferente a las circunstancias, con la certeza de que viviría eternamente protegida. Su falta de interés por la comida hasta me parecía una prueba de su plena confianza en que tarde o temprano alguien la alimentaría, de que podía aguantar el día con uno de esos aperitivos repugnantes y un par de vasos de whisky, segura de que cuando Charlie llegara a casa le prepararía una tortilla y cuidaría de ella.
Julia creía en los derechos de las mujeres, según nos decía, pero en lo que creía de verdad era en el derecho de las mujeres a obrar a su capricho. Tenía un lado claramente masculino que se manifestaba en su negativa a albergar falsos miedos y esperanzas, en la imparcialidad con que evaluaba sus talentos y atributos, en su objetividad y su competencia profesional y en su egoísmo recalcitrante. Era una mezcla inestable de cálculo y estupidez. Yo, en comparación, me sentía idiota, torpe, vulnerable y ahora también mortalmente cansada. Veía en perspectiva menguante la naturaleza de los sentimientos de Charlie por mí. Pensé que era un oportunista, y es posible que estuviera en lo cierto. Había llegado a aceptar cualquier faceta suya, y a él le alegraba indiscutiblemente la magnitud de mi aceptación. ¿Hubo algo más? ¿Lamentó alguna vez su papel de marido complaciente? Eso nunca podría saberlo, porque nunca se lo había preguntado. Ahora tampoco tenía ya demasiada importancia. A mí me parecía lamentable, siempre me lo pareció. Únicamente la monstruosa vanidad de Julia facilitaba una justificación parcial y mitigaba mi papel en la aventura. Yo la miraba con frialdad: nada iba a alterar eso. Me fastidió que me diera pena verla en aquella cama, fumando un cigarrillo detrás de otro. Su expresión ligeramente demacrada me dio que pensar. Sin embargo, viendo lo poco que quedaba de Charlie en esa casa, la facilidad con que se había borrado su huella, lo absoluta que era la presencia de Julia, mi corazón se volvió a endurecer. Muerto, Charlie era tan discreto como en vida. Tampoco en mi casa quedaba huella de él. Había guardado la taza y el platito victoriano con la intención de no volver a usarlos nunca más. No tenía nada para recordarlo. Tal vez hubiera llegado el momento de marcharme, ya que nada me ataba a aquella casa donde no había sabido ni distraer a nadie ni ser comprendida.
—Me voy —le dije a Julia, sin esperar a que protestara.
Me miró, levantando los párpados.
—¿Has dicho que habías traído algo de comer?
—Una ensalada de arroz riquísima —contestó Maureen.
—¡Ah! No es un plato que me guste normalmente, pero da igual. Por una vez no me hará daño. Podrías servir un poco y traérmelo.
OceanofPDF.com