Vidas breves

Anita Brookner · Capítulo 1 de 17

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Vidas breves

Uno

 

Julia ha muerto. Lo leí en The Times esta mañana. El obituario era bastante largo, pero lo que me llamó la atención desde el principio fue la fotografía, el clásico retrato de estudio de finales de los años treinta o principios de los cuarenta: los ojos enormes y casi transparentes, el pelo liso y los labios pintados de oscuro. Nunca me cayó bien, ni yo a ella. Por eso es extraño que tuviéramos cierta amistad durante tanto tiempo. De no haber sido porque nuestros maridos eran socios, no creo que hubiéramos cruzado más de cuatro palabras o nos hubiéramos visto más que en contadas ocasiones formales, a pesar de que tuvimos profesiones similares muchos años. El caso es que nuestra relación fue muy estrecha, y hasta pasamos un par de vacaciones juntas después de la guerra. Ahora mismo nos veo caminando por el paseo marítimo de Niza, con una falda blanca plisada y nuestros maridos charlando detrás. ¡La de años que habrán pasado desde la última vez que estuve en la Costa Azul! No guardo buenos recuerdos de aquello. Julia era mayor que yo, me sacaba casi once años, y aunque nunca había aparentado la edad que tenía, poco después de cumplir los sesenta empezó a desarrollar una artritis muy fuerte. La artritis es una enfermedad que yo relaciono con esa belleza aquilina particular de Julia, como si tuviera muy poca carne con la que proteger los huesos. Después de la muerte de Charlie no se dejaba ver mucho: se quedaba en casa, en aquel piso espacioso pero frío de Onslow Square, al que yo iba a visitarla de vez en cuando, puede que menos de lo debido. Nunca se alegraba de verme: ¿por qué se iba a alegrar? Al final intenté alejarme de ella, pero sin éxito, como me pasaba con todo. La llamaba de tarde en tarde, empujada por una sensación de compromiso y también por algo más complicado y timorato que la compasión, quizá lástima. Ahora caigo en la cuenta de que llevaba por lo menos cinco años sin verla. Por eso me impresionó tanto la fotografía.

Julia había sido muy famosa de joven, cuando supuestamente se hizo esa foto. Se ganó cierta fama como actriz de cabaret y aparecía con regularidad en espectáculos de variedades de tono picante, hasta que esas cosas pasaron de moda. A la gente le hacía gracia que una aristócrata como ella condescendiera a distraer al público de ese modo. Ese elemento de condescendencia en sus actuaciones despertaba respeto, aunque no en todas partes: cuando quiso actuar para las trabajadoras de las fábricas en los años de la guerra su estilo resultó demasiado esnob para el gusto popular. Julia parecía anacrónica con esos vestidos largos y el pañuelo de chiffon anudado en el meñique de la mano izquierda, una afectación suya que no gustaba allí donde la moda consistía en meterse los rizos gordos como salchichas debajo de un turbante y llevar un mono anudado en la cintura. A pesar de que tuvo varios amantes —algunos de ellos hombres de prestigio, otros bastante turbios—, Julia nunca alcanzó esa informalidad que la habría situado en el mismo plano de las demás mujeres y que invitaba a ese tipo de confidencias que tanto le gustaban cuando se cruzaban en su camino. Más adelante se dejó atender por la incondicional Maureen, una mujer de aspecto enfermizo a la que conoció cuando fue a entrevistarla para el diario local. Julia nunca dijo que no a una entrevista: las entrevistas eran su estilo de comunicación natural. En el piso había sitio de sobra: ningún problema por ese lado. Y seguramente a Julia le venía muy bien que Maureen se ocupara de la compra y las tareas domésticas. Creo que gracias a eso no tuve que visitarla más a menudo. Aun así nos veíamos mucho. Al final, Julia se desentendió de todo y trataba a Maureen como a una esclava. Trataba así a la mayoría de la gente.

Julia no era una mujer simpática, pero tampoco yo lo soy. Si conseguimos llevarnos bien fue porque teníamos algunas cosas en común, principalmente nuestros maridos, mientras vivieron, y nuestra experiencia en la profesión, ámbito en el que yo siempre le mostraba respeto. Julia esperaba cierta deferencia. Además, a las dos se nos daba bien catalogar a la gente: nos animábamos mucho hablando de nuestros conocidos, y Julia era una imitadora excelente. En resumidas cuentas, ella a mí me asustaba y yo a ella la aburría, pero en nuestra época de apogeo, mientras las dos estuvimos sanas y casadas, lo normal era que hablásemos por teléfono dos o tres veces a la semana. Nuestras conversaciones eran completamente intrascendentes, y con el tiempo se fueron espaciando. Ninguna de las dos tenía ganas de enterarse de los achaques y los dolores de la otra, y la viudez no contribuye precisamente a ampliar el número de temas de los que una puede hablar. A Julia le encantaba divertirse, aunque no tenía ni una pizca de sentido del humor: quería que la divirtiesen a todas horas. Su jerarquía de temas divertidos era ante todo conyugal o sexual: quién tenía un lío con quién, quién se estaba divorciando y por qué; cosas así. Siempre se le ocurría alguna insidia para todas las partes implicadas: esa era su idea de diversión. A mí me disgustaban ese tipo de conversaciones y por eso ella me consideraba aburrida. Para Julia, la mayoría de la gente era público al que ella se dignaba entretener por una especie de noblesse oblige, pero la gente tenía la misma obligación de entretenerla. Siempre decía: «Vamos a debatir», con lo que quería decir: «Vamos a pelearnos», porque normalmente era implacable. Y le gustaba el peligro, por eso a mí me alarmaba. Aun conociéndola desde hacía tanto tiempo, siempre me acobardaba un poco, nunca me encontraba cómoda en su compañía. Y al final resultó que me sobraban motivos para sentirme así.

Julia era muy guapa pero no tenía dulzura. Su belleza era del tipo inmaculado y seco que nunca se deteriora. Siempre llamó la atención por lo alta y lo delgada. Tenía unos pies tan finos que le hacían los zapatos a medida. Con los párpados caídos que enmarcaban sus ojos azul pálido era capaz de transmitir numerosas insinuaciones de índole invariablemente despectiva. Esos párpados destacaban en sus actuaciones y eran el centro de todas las caricaturas. Creo —tengo razones para creerlo— que Julia no era nada sensual por naturaleza, aunque tenía su repertorio de gestos sexis duros: los párpados, por supuesto, y las palabrotas que salían continuamente de sus labios bien cincelados. Siempre tuve la sensación de que, en lo más recóndito de su ser, muy por debajo de los párpados y de la mano llena de anillos con la que sujetaba un vaso de whisky, Julia siempre fue una niña, pero una niña perdida: soñadora, ingenua, despreocupada, casi pura. Dos pistas de esto: una la vivacidad que desplegaba en presencia de su madre (las dos bebiendo whisky y riéndose como colegialas) sumada a la devoción que sentía por su hermano, que se había descuidado en algunos aspectos, «pobrecillo», y había acabado vendiendo coches; y otra la costumbre de dejar la ropa interior en una silla del dormitorio, cubierta con un paño de seda ex profeso. ¿De dónde le venía una costumbre tan arcaica? En la generación de mi madre era común, pero hoy en día casi ha desaparecido, porque las mujeres de hoy utilizan el cuarto de baño como tocador, y en todo caso no dejan la ropa en medio.

Por otro lado, Julia era una mujer muy anticuada. Incluso cuando estaba en la cúspide de la fama, a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, a mí me parecía una mujer madura, con experiencia, hasta perversa, y eso que para la mentalidad de hoy seguía siendo muy joven. Vestía como una señora de mediana edad, ropa bonita y sobria de Lelong y Patou. Para su regreso a los escenarios, con un éxito enorme, escogió un turbante y un vestido blanco de Madame Grès. Tanta elegancia infundía respeto en aquellos tiempos de escasez, antes de que el país volviera a levantarse: solamente se veían mujeres bien vestidas en el escenario, y por eso tanta gente iba al teatro. Aun así Julia resultaba anticuada incluso a sus más fieles seguidores, a los hombres solitarios recién llegados de la guerra y a los peluqueros jóvenes. En eso residía en parte su encanto, en que encarnaba un estilo que había dejado de existir. Lo cierto es que Julia siempre estuvo desfasada. Culpaba a todo el mundo menos a sí misma, pero la única vez que me dio pena fue un día que la vi bajar esos párpados preciosos y supe —la certeza llegó como un fogonazo— que lo que sentía no era desdén, como ella pensaba, sino incomprensión. Al momento se fue a su dormitorio, abrió sus muchos armarios de par en par y nos exigió que le dijéramos qué ponerse. En realidad ya había tomado una decisión, y ella nunca se equivocaba, pero le gustaba quejarse del mal gusto de quien tuviera la osadía de hacerle una sugerencia ridícula. Este tipo de situaciones, que se repetían con frecuencia, eran uno de los ritos con los que Julia fortalecía su dominio. Era famosa por eso, como era famosa por casi todo. «Ah, Julia —se reían sus amigas—. ¿Por qué no pierdes la cabeza por una vez y cometes un error?» Pero nunca hizo eso. Nunca jamás lo hizo.

Se llamaba Margaret Julia Wilberforce y siempre se refería a sí misma como Wilberforce, aunque para su madre era Meg. En el escenario, por supuesto, era simplemente Julia. Sin embargo para ella tenía casi tanta importancia ser una Wilberforce como ser Julia, y a mí se me dio a entender que ser un Wilberforce significaba tener acceso a cierto esplendor. Esto nunca se decía explícitamente. La única razón por la que lamentaba no haber tenido hijos era que se perdiera su apellido, pues parecía poco probable que su pobre hermano se casara, siendo tan dado a todo tipo de excesos menos a los relacionados con el amor y la responsabilidad. El esplendor de los Wilberforce, reducido ahora al de la propia Julia, residía en aquellos bisabuelos, abuelos y tíos militares, así como en la querida memoria de su padre, también militar, cuya fotografía, en un marco de plata, ocupaba un puesto de honor tanto en el salón de Julia como en su mesilla de noche. A ninguno de sus dos maridos se le concedió el mismo honor. Ni a Simon Hodges, al que siempre llamaban Hodge, ni a Charlie Morton. Cuando se hablaba del padre de Julia, tanto a ella como a su madre se les humedecían los ojos de lágrimas, y luego, con la mano temblorosa, volvían a llenar el vaso de whisky. Hodge, a quien nunca llegué a conocer, también había sido militar, pero en todo lo demás no estaba a la altura y fue condenado a un divorcio sumario. «Éramos demasiado jóvenes», decía Julia con una sonrisa compungida y complaciente: y, en cierto modo, cabía deducir que el interludio —pues se trató de un interludio más que de un matrimonio en toda regla— había significado muy poco para ella.

Charlie era diferente. «Charlie es mi puntal, es mi sostén», decía Julia. Y no era ni más ni menos que la verdad. De voz suave y andar suave, corpulento, despistado y encantador, Charlie era el marido ideal para una mujer como Julia, aunque, no siendo un Wilberforce, se quedaba un poco al margen cuando Julia y su madre estaban juntas. Yo tenía la sospecha de que Charlie mantenía a su suegra en un apartahotel de la zona de Sloane Avenue: desde luego era él quien costeaba todos los servicios domésticos de la casa de Onslow Square, porque si Julia entraba alguna vez en una tienda, cosa bastante rara, era para que le reparasen un reloj de pared sin arreglo («¡Tiene que arreglarlo! ¡Era de mi abuela! Prométame que lo intentará»); y si iba a la peluquería, muy de vez en cuando, era porque su peluquero habitual, que la atendía en casa, se había ido de vacaciones. Siempre decía que sus necesidades eran inmateriales, por eso era Charlie quien llamaba por teléfono a Harrods o Selfridges y hacía un pedido considerable, o se quitaba la chaqueta por la noche para preparar una tortilla. Julia vivía a base tortillas y de whisky —por más que asegurase que no le gustaba ninguna de las dos cosas— y no parecía que eso le afectara a la salud.

A mí me indignaba que tuviese a Charlie de criado, pero él lo aceptaba como una obligación natural. Creo que siempre supo que se había casado con una belleza, que como la había retirado de la circulación, por así decirlo, en cierto modo estaba obligado a ponerse a su servicio. Ella lo trataba como a un pretendiente, recordaba continuamente cómo la esperaba en la puerta del teatro y le enviaba flores todas las noches, hasta que por fin le escribió una carta para que se la entregasen en el camerino en la que le decía: «Eres la mujer de mi vida. Nunca habrá otra.» Esto se rememoró en varias ocasiones estando yo presente. A mí me parecía exagerado, indigno de un hombre como Charlie, que al fin y al cabo era un abogado de cierto prestigio y estaba muy solicitado en Londres, que tenía su bufete en Hanover Square, del que mi marido, Owen Langdon, era asociado. A pesar de todo, Charlie aceptaba sin protestar estas pequeñas representaciones de Julia, como si fuera consciente de que en cierto modo él no llegaba a dar la talla, y a veces pasaba discretamente con un trapo para quitar el polvo de algún sitio, aunque se suponía que la señora Wheeler limpiaba a fondo todas las mañanas. Era un hombre atractivo, alto, grande, puede que un poco rellenito, con unos ojos castaños que irradiaban calidez y una expresión alegre, siempre a punto de estallar en una sonrisa. A veces se le perdía la mirada, como si le apeteciera cambiar de tema, pero tenía demasiado buen corazón para enfadarse y era más natural en él, incluso más agradable, sonreír y acatar que salirse con la suya. Alguna vez me planteé si se sentiría solo o si sería una carga para él no ser un Wilberforce. Nunca me pareció que Julia tuviese demasiada vida interior. Era autosuficiente en todo y eso le daba una autoridad natural. No dependía de nadie, ni siquiera de Charlie, por más que fuera su puntal y su sostén. Julia, pensaba yo a veces, quizá tuviera un cerebro más agudo que Charlie, y eso que él era un hombre muy inteligente y, desde luego, más sutil que ella. Hacían buena pareja. Él siempre se quedaba un poco al margen para que ella destacara. Las canas de Charlie eran el contrapunto natural para que Julia luciera su melena caoba. Ese pelo lacio, oscuro y cortado a lo paje (también anticuado, ahora que lo pienso), arreglado con ingenio y objeto de intensos debates con Bobby, su peluquero, fue un rasgo exterior que Julia nunca cambió, que conservó hasta el final de su vida.

Charlie era un encanto. Cuando murió, Julia no perdió el control: estaba triste, claro, pero nunca derramó las mismas lágrimas que le arrancaba el recuerdo de su padre. No se le humedecieron los ojos, aunque debió de sufrir o al menos acusar el golpe, porque después de eso apenas salía de casa. En realidad no lo necesitaba, pues para entonces Maureen ya se había instalado con ella, pero a mí me extrañaba de todos modos. Julia no estaba enferma; es verdad que estaba muy agarrotada, aunque tenía poco más de sesenta años. Simplemente se sentía más segura en Onslow Square que en la calle, donde solo habría sido una viuda más.

Nos juntamos todas para ayudar. A mí me pidió bastantes cosas en aquella época, pero nunca estaba satisfecha con cómo las hacía. «Da igual —decía—. Seguramente he puesto el listón demasiado alto.» Maureen y la antigua ayudante de camerino de Julia, Pearl Chesney, se reían y se compadecían de mí, porque casi siempre estaban allí ayudando a Julia, con su madre, que increíblemente tenía ya ochenta y cuatro años. Parecía que Julia también iba a ser longeva, que su reclusión y su determinación de acero la protegían de las múltiples tensiones de la vida. Ahora mismo la estoy viendo, sentada en su salón blanco y amarillo ácido de Onslow Square con un whisky en la mano. Yo tenía la sensación de que Julia no cambiaba con los años, de que seguía siendo esbelta, elegante, irónica, hierática y cruel. «He oído que Nigel ha vuelto a salir corriendo —decía—. Bueno, no es culpa suya. Esa mujer que tiene… ¿Has conocido alguna vez a una mujer tan aburrida?» Nunca se ponía de parte de la mujer en esos casos. Creo que había algo masculino en su solidaridad con los hombres que se portaban mal. Había que ser muy fuerte para ganarse el respeto de Julia o al menos su atención. Por eso tenía tan poco tiempo para una persona como yo, a pesar de que el destino nos hubiera unido de una manera que a mí por naturaleza me costaba aceptar o soportar.

Cuando entraba en su salón con flores —o cualquier cosita, siempre le llevaba un detalle—, ella me las quitaba de las manos con un gesto de palpitante gratitud y luego se detenía a observarlas. «Ah», decía, con una nota de menguante entusiasmo, fingiendo que las examinaba más a fondo. «Ah. Qué bonitas.» Marcaba la pausa, ponía los párpados a media asta y, entonces, quien estuviera delante —su manicura, Maureen, Pearl Chesney, la señora Wilberforce— rompía a reír. «Muy bonitas —repetía, perdiendo el interés—. Déjalas ahí, por favor. Ya me ocuparé luego.» Todas las flores que le llevaba, y fueron muchas, acababan siempre en una mesita, donde unas veces se quedaban hasta que las ponían en un jarrón, mucho más tarde, y otras hasta que las tiraban a la papelera.

De todo esto hace mucho tiempo. Julia ha muerto con casi ochenta años, y yo ya estoy cerca de los setenta. Nunca aceptó la vejez: en cierto modo no lo necesitaba, porque nunca perdió su poder. Para mí las cosas han sido muy distintas. Yo siempre he sufrido y he sido insegura. Los años me han tratado con amabilidad por ahora. Me encuentro bien; es verdad que he engordado unos kilos, pero todavía me conservo bastante esbelta. Me cuido todo lo posible, sigo la moda y me ciño a la regla de mi madre: marrón en otoño y azul marino en primavera. Algunos todavía me recuerdan de los tiempos en los que cantaba en la radio. Era Fay Dodworth, una de las favoritas de la época. Cantaba baladas románticas y me ofrecieron un par de papeles importantes en diversas comedias antes de que todo se volviera tan complicado. Tenía una voz bonita. Algunos decían que era guapa, aunque el listón estaba más bajo entonces: a una mujer se la admiraba por tener el pelo ondulado, los pómulos altos, la cintura fina, hasta la espalda recta. No sentí dejar mi trabajo. Nunca tuve temperamento de actriz. Volví brevemente a la radio para leer el serial de «Woman’s Hour»: mi voz seguía siendo melodiosa y siempre había tenido una buena dicción. Recibí unas cuantas cartas de gente que me escuchaba cuando era joven. Me animaron mucho. Desde entonces no me ha ocurrido nada reseñable, aunque sigo activa y contenta. Me han felicitado por mi alto nivel y procuro conservarlo.

Naturalmente, soy consciente del aspecto físico que tengo de noche, con el pelo suelto. He observado, casi objetivamente, la aparición de este cuerpo asexual, un cuerpo al que hay que tratar con cuidado hasta que finalmente le llegue el relevo. Cuando mi figura perdió definición, cuando empezó a acusar los efectos de la gravedad, supe que el amor se había acabado para siempre. Pero a todo el mundo le pasa lo mismo, pensé; todo el mundo está sujeto a la ley del cambio. Recuerdo que una noche me miré con asombro el pelo largo, casi sin color, y me palpé la carne en la cintura. Lloré un poco. De todos modos, esa noche dormí bien, como siempre, y a la mañana siguiente me desperté pensando en lo tonta que había sido. Por la mañana siempre estoy de buen humor. La tarde es la hora mala para mí. En esos momentos me siento irremediablemente como mi madre, que esperaba en la ventana hasta que me veía llegar a casa y yo la saludaba con la mano en la penumbra. Pero al cabo de un rato me levanto, me preparo una taza de café y pongo las noticias. No tiene ningún sentido dejarse llevar por la melancolía. Siempre hay otro día, o eso me gusta pensar.

Mi canción era Arcady. «Arcady, Arcady is always young.» A veces la cantaba al final del programa, como bis. ¡Qué canción tan bonita! Y también cantaba Only Make-Believe y You Are My Heart’s Delight y I’ll Be Loving You Always. Canciones preciosas todas. A veces aún me vienen a la cabeza las letras, aunque procuro no acordarme de la melodía, porque desde que me estoy haciendo mayor me resultan insoportables: tristes, lastimeras, vulgares, nostálgicas, cargadas de desengaños cotidianos, incluso de tragedias. Procuro no pensar demasiado, aunque supongo que tengo tanto que pensar como cualquiera. En todo lo que ya no está. En todo lo que he perdido. Pero después me recupero, de una forma u otra. La verdad es que he sido afortunada: nada me ha hecho perder el equilibrio, tan importante para quien al menos intenta conservar la dignidad. En conjunto he tenido una vida muy fácil, muy agradable. Fui una chica guapa, me casé bien… ¡Qué lejano parece todo! Y una vez tuve eso a lo que aspiran la mayoría de las mujeres. Procuro no olvidarlo.

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