Vidas breves

Anita Brookner · Capítulo 2 de 17

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Vidas breves

Dos

 

Mi padre, Jimmy Dodworth, era el gerente de una sala de cine en los tiempos en que los gerentes de cine aparecían todas las noches en el vestíbulo del local con esmoquin, camisa de gala y pajarita. Vivíamos en Camberwell, en una de esas estrechas casas de la época georgiana que ahora tanto gustan a los hijos y las hijas de los banqueros. A nosotros nos parecía una casa normal y corriente, bastante oscura, con demasiadas escaleras y un jardín no muy grande. A mi madre, que estaba muy delicada y se cansaba con facilidad, no le gustaba: soñaba con un piso moderno en un barrio como Ealing o Golders Green, con armarios empotrados en la cocina y calefacción central. A mí me encantaba aquella casa, porque era la única que había conocido. De pequeña era feliz jugando en los rellanos o en mi dormitorio, o lanzando la pelota contra la tapia en el jardín, donde también había un cobertizo y una carbonera. Al fondo crecía un saúco, en la parte que miraba a un callejón estrecho que desembocaba en la calle principal, y yo cogía una silla y me sentaba a los pies del árbol, haciendo como si estuviera en el campo. No tenía ni idea de cómo era el campo, porque creo que nunca habíamos ido de vacaciones. Mi padre siempre estaba de guardia, como él lo llamaba, y a mi madre le ponían nerviosa los viajes. A pesar de que era inquieta y tenía una imaginación desbordante, le convenía quedarse en casa y salir solo para lo imprescindible, como hacer la compra o ver una película. El cine colmaba sus aspiraciones de una vida mejor, le descubría un mundo de posibilidades, de lujo y extravagancia, en el que una mujer solo necesitaba unos pies que supieran bailar, una cara bonita o una voz para cautivar al hombre soñado y cumplir su mayor deseo. Mi madre creía en estas cosas, y yo también.

Nuestra vida estaba modelada por el cine, tanto física como moralmente. El encanto del cine en esos tiempos era su absoluta falta de clasismo. La heroína era por lo general una huérfana valiente, una modestísima bailarina o una dependienta con tirabuzones rubios y talento para la réplica. La convención dictaba que el héroe fuera de rango superior, que se dejara asombrar, seducir y finalmente perdiera la cabeza por una mujer llena de vida, humilde pero siempre impecablemente arreglada, con sus mangas de farol y sus medias de seda, cosa que en la vida real muy pocas chicas trabajadoras tenían ni la fuerza ni los recursos para conseguir. Prácticamente en todas las comedias de Hollywood había un infame coro cómico de mujeres esnobs que fumaban con boquilla y llevaban sombreros anticuados —normalmente la madre del héroe y un par de prometidas a las que él descartaba—, pero a todas las derrotaba el descaro de la heroína y la sinceridad del héroe. La proposición de matrimonio era inevitable, porque siempre eran historias morales. Una chica ganaba gracias a su encanto o su personalidad, no a su influencia, mientras que si el héroe alguna vez tenía la innoble idea de seducirla enseguida se reformaba por la virtud de la que hacía gala el objeto de su fascinación: nunca jamás había pasión hasta el momento en que se formalizaba el vínculo, con acompañamiento de números de baile y canciones a todo volumen.

Esas inocentes películas de los años treinta y principios de los cuarenta determinaron el aspecto y la conducta de un par de generaciones de hombres y mujeres jóvenes. Las chicas sin ninguna experiencia de la vida aprendían a ser provocadoras, y los chicos, con menos experiencia aún, a ser atrevidos. En el mundo real eran novatos que jugaban al deseo, y el juego les resultaba delicioso, posiblemente más que la versión auténtica, que aprendían mucho más tarde, a veces con amargura, a veces para siempre —porque el divorcio se consideraba una desgracia, algo que ni siquiera se podía contemplar— y sin rastro de canciones y bailes. Cuando era pequeña, las mujeres con hijos de mi edad a mí me parecían ya maduras, mientras que el cine era un mundo de eterna juventud. Al crecer aprendí que la eterna juventud es un espejismo demasiado valioso para renunciar a él: tiene que encontrar su sitio en alguna parte, consagrarse como un mito, un ideal, incluso una fantasía. En aquellos tiempos, antes de la guerra, vivíamos un sueño de inocencia que los años de la guerra no llegaron a destruir del todo, a pesar de que viéramos escenas que nadie tendría que ver jamás, ni hombres ni mujeres. Ahora, mirando atrás, me parece que las posibilidades de felicidad eran exclusivas de la juventud, que la gente procuraba aplazar la vida adulta lo máximo posible. La vida adulta llegaba de golpe con el matrimonio, y la mediana edad con los hijos. La gente rara vez parecía tan feliz como esperaba serlo antes de hacerse mayor.

Yo diría que ahora todo es diferente. La gente joven que conozco, las hijas y los hijos de mis amigos, tienen una experiencia increíble, incluso con esas caras todavía tan tiernas. Cuando veo a estos chicos y chicas que se esfuerzan tanto y le ponen tanto empeño, que tienen el listón tan alto y llegan tan lejos, y pienso en mi juventud, me doy cuenta de que yo a su edad vivía completamente en la inopia, y no solo en la inopia, sino protegida. Mi única noción del mundo era lo que veía en la pantalla o leía en la biblioteca de mi madre. El conocimiento del mundo era sencillamente para otros. La diferencia era que en el cine una veía sus deseos cumplidos (sin perder la cabeza, por supuesto) simplemente por tener los pies hechos para el baile o una voz bonita. Las ambiciones que mi madre tenía para mí nacieron en esa época, y aunque yo habría sido más feliz sentada debajo del saúco, soñando, o lanzando la pelota contra la fachada de la casa, me obligaron a tocar el piano y a ir a clases de baile, y luego, cuando para disgusto de mi madre resultó que yo no tenía ni la vanidad ni el espíritu que entonces se consideraban necesarios para ser bailarina, me llevaron a aprender canto bajo la dirección de madame Mojeska, una mujer polaca bastante distinguida que vivía de una modesta pensión de origen misterioso y de las clases que daba a un puñado de imperturbables niñas inglesas, y ese fue probablemente el mayor golpe de suerte de mi juventud. Madame Mojeska me enseñó a cantar, y no solo a cantar sino a respirar y a colocar la espalda como es debido: aprendí a caminar erguida y a fortalecer el pecho y el diafragma, que es quizá la razón por la que he conservado la figura tantos años.

Además de ser gerente de una sala de cine, mi padre era masón y jugador de póker, cosas que a mí me parecían elegantísimas. Mi padre fue el héroe de mi infancia: ¿no se vestía de etiqueta por las noches? Ahora veo que era un hombre de trato fácil, complaciente, alegre, probablemente mediocre. Tenía una especie de bonhomie que yo siempre he valorado en un hombre; esa capacidad para estar cómodo y que los demás también lo estén, de transmitir un sentimiento de entusiasmo y buena voluntad. Era amable: muy pocos hombres tienen ese don. Ahora comprendo que esta amabilidad compensaba cierta debilidad de carácter, y entonces tengo que recordar que también su debilidad era amable. En su vida nunca hubo otra mujer que no fuera mi madre; solo hubo partidas de cartas y cierta cantidad de alcohol. Mi madre se alteraba cuando lo veía sentado en mangas de camisa y tirantes, con un vaso de cerveza a mano y la chaqueta de esmoquin olvidada hasta la tarde del día siguiente. Ella siempre tuvo más ambición que él, más deseo, diría yo ahora, aunque fue un deseo nunca satisfecho. Mi padre era demasiado amable para desear: él quería una vida sencilla, sin desafíos ni sueños imposibles y con ciertas dosis de popularidad y diversión. Cuando estaba en el vestíbulo del cine, saludando a los clientes con una sonrisa digna y acogedora, era un personaje mucho más impresionante que el hombre que después se sentaba en tirantes y mangas de camisa y se limpiaba con la mano la espuma de la cerveza del bigote castaño. Mi madre le decía en voz baja que se pusiera la chaqueta, y él simplemente se servía otro vaso de cerveza. A veces ella se ponía de morros y salía de la habitación; a veces se le saltaban las lágrimas cuando veía alejarse la perspectiva del piso en Finchley o en Acton y a sí misma condenada para el resto de su vida a planchar en el lavadero oscuro los pantalones de etiqueta de su marido; y ni ascensor ni alfombras de colores chillones ni jardincito delantero que recompensaran su esfuerzo. Mi madre estaba demacrada desde que yo era pequeña. Pero siempre fue diligente, siempre obediente, una buena esposa. Esto era aún más chocante si tenemos en cuenta que mis padres no encajaban demasiado bien. Ella habría podido tener una vida con más glamur que el de las ingratas y latosas rutinas que repetía en nuestra casa. Era una mujer guapa, de ojos grandes y oscuros, pero perdió su belleza muy pronto, cuando aún era muy joven, cosa que a mí nunca me pareció. Era sencillamente mi madre, y necesitaba mi protección cuando iba al cine, por si alguien tenía la desfachatez de hablar con ella; era la mujer que reñía a mi padre, con quien yo, por supuesto, me aliaba; la mujer que me llevaba a las clases de canto y me esperaba a la salida para volver a casa. Esas clases apaciguaban algo en ella. Parecía más dulce, más tranquila, cuando volvíamos paseando por las calles modestas, mirando las tiendas modestas. «Espera un momento, Fay —decía—. Voy a comprar una hogaza de centeno para tu padre, que le gusta mucho el pan recién hecho.» Y yo en esos momentos la quería más que nunca.

Yo quería que mis padres se quisieran, como supongo que les pasa a todos los niños, pero la verdad es que quería más a mi padre. Quería que saliera a divertirse, aunque mi madre protestara. Los masones eran en general buenas personas, pero mi madre solo sentía desprecio por los misterios que los hombres se traían entre manos. Creo que pensaba que los hombres no tenían derecho a excluir o a ignorar a las mujeres. Pero los masones hacían una buena labor social: financiaban escuelas y hospitales, y eso satisfacía en parte el sentido de la decencia que tenía mi madre. Lo que no soportaba eran las partidas de cartas que duraban toda la noche, y por eso nunca se celebraban en nuestra casa. Mi padre tenía unos cuantos amigotes aficionados al póker, y los sábados por la noche se cambiaba el esmoquin por unos pantalones de franela grises, una camisa limpia y un jersey, le daba un beso a mi madre y se iba al bar, donde, como uno de sus amigos era el dueño y como la mujer del dueño era una mujer que no ponía pegas, mi padre se juntaba con Harry, Joe y Paddy en la trastienda y se quedaban allí cuando el bar ya había cerrado, jugando al póker y bebiendo cerveza hasta eso de las tres de la madrugada. Los domingos rara vez se levantaba antes de mediodía. Aun así era un hombre cuidadoso; nunca lo vi sucio o mal vestido, y siempre estaba de buen humor. Mi padre quería a mi madre, aunque nunca llegó a comprenderla, y a mí me consideraba el mayor orgullo de su vida. Y al margen de lo que mi madre tuviera en contra de estos amigos del póker, fue gracias a los buenos oficios de uno de ellos, Harry, un agente teatral de poca monta, como conseguí mi primer trabajo. Pero todo esto es mirar hacia el futuro y los tiempos en que empezaba a hacerme mayor, cuando lo que quiero recordar son esos días dorados en los que éramos una familia y nos queríamos tanto a pesar de todo.

Crecí con la idea de que con unos buenos pies para bailar y una voz bonita para cantar era posible conquistar el mundo, y de que lo único que había que hacer era llevar los cuellos blancos siempre limpios y lavarse el pelo con frecuencia. Y para mí fue así. Pero eso llegó más tarde, como llegó también otro tipo de conocimiento menos agradable. Lo que recuerdo, y lo que me influyó durante tantos años, era el ritual que se practicaba los domingos por la tarde en nuestra casa estrecha, que ahora, supongo, será de gente mucho más rica de lo que mis padres soñaron con ser en la vida. Los domingos, al caer la tarde, estábamos en paz. Mi madre se ponía un vestido bonito —siempre iba bien vestida— y mi padre dejaba el periódico con un suspiro de satisfacción. «Mis chicas —decía—. Mis dos bellezas.» Mi madre sonreía un momento y olvidaba sus enfados. Cuando fui a París en mi luna de miel vi que mi madre era como las mujeres francesas, inquieta y activa, llena de aspiraciones sociales, con sentido de la elegancia, accesible e intimidante al mismo tiempo, y poco predispuesta a la relajación. Sin embargo, los domingos por la tarde los tres parecíamos fundirnos en un solo ser, componer una unidad soñadora mientras oscurecía en la calle y el fuego bailaba en la chimenea. Yo me sentaba en un taburete, a los pies de mi padre. Mi madre tejía. Otras veces leíamos los libros que mi madre traía de la biblioteca Boots, historias sencillas y llenas de buenas intenciones que eran para nosotros una fuente de placer inagotable, parte inseparable del domingo, historias que nunca hablaban de cosas inquietantes o duras y siempre tenían un final feliz. Hoy poca gente se conformaría con esas diversiones, pero ese intervalo, antes de que fuera demasiado oscuro para leer, para mí era —lo sigue siendo— mágico. Ahora no soy capaz de recrearlo, por más que lo intento, y parte de la desolación de mis últimos días vendrá de la certeza de que nunca he podido sustituirlo por nada que tuviera el mismo peso. Pero nunca fue mi destino tener un final feliz, aun habiendo partido de unos comienzos tan felices. Sigo sin entender cómo ha sido posible, aunque ahora tenga en mi mano toda la información.

Ellos querían que yo fuera feliz y admirada, que triunfase. Y supongo que querían que me casara, aunque contaban con que eso ocurriría en un futuro lejano. Nunca hablaron de tener nietos: yo les bastaba. Y fueron buenísimos conmigo. No protestaron cuando me mudé a Foubert’s Place, a un pisito que compartía con una chica a la que conocí trabajando con la orquesta. La retransmisión se hacía a las once de la mañana. Millie era la mezzo y yo la soprano lírica, y cantábamos en programas alternos. He seguido en contacto con ella, aunque nos vemos muy de vez en cuando; ella ahora vive en el campo y está viuda, como yo. Cuando viene a la ciudad a hacer las compras navideñas, comemos juntas. Ha engordado mucho, pero sigue siendo muy cariñosa y sonriente. Era una chica encantadora, mayor que yo y con más experiencia, y muy buena. Creo que la bondad de Millie prolongó mi inocencia mucho más tiempo de lo natural, a pesar de que a mí me pareciese natural. Millie salía casi todas las noches, y a mí me gustaba despertarla a la mañana siguiente con una taza de té. Mi madre se alegró por mí: tenía la sensación de que sus ambiciones se habían cumplido ahora que su hija vivía en el West End, compartiendo piso como supuestamente hacían las chicas solteras, y siempre atareada, guapa y llena de esperanzas. No se perdía un solo programa. Y mi padre hasta estuvo dispuesto a madrugar un domingo para llevarme un conjunto de porcelana buena que mi madre no usaba nunca y varias cazuelas y sartenes nuevas. Fue una tontería, ahora que lo pienso, porque yo siempre iba a casa los domingos por la tarde y podría haber recogido esas cosas. Mi padre lo hizo porque quería ver cómo vivíamos y si teníamos el piso limpio y ordenado. Mi madre también vino, pero no el mismo día. El viaje era una aventura para ella, que odiaba salir. Trajo un bizcocho y yo le preparé un té, y después le enseñé las tiendas de Regent Street y la acompañé a la parada del autobús. «Espera un momento, Fay —me dijo—. ¿Hay alguna tienda donde pueda comprarle algo a tu padre? ¿Una hogaza, quizá?»

Mi padre se desplomó en el vestíbulo del cine una noche, a primeros de diciembre. Llamaron a una ambulancia, aunque saltaba a la vista que estaba muerto: por nada del mundo podían dejarlo allí. Mi madre pidió que lo llevaran a casa y me avisó al día siguiente. Recuerdo que yo estaba en la ventana, mirando los esqueletos negros de los árboles y sin saber cómo iba a soportar tanta pena. Mi tristeza era literalmente dolorosa: casi no podía respirar. He sufrido otras veces desde entonces, y puede que la vejez tenga la virtud de hacer que uno se vuelva más estoico, de que acepte la carga de la vida, sabiendo que la alternativa es, sencillamente, la muerte, el no existir, el no sentir. Y como el deseo de durar todo lo posible, incluso para siempre, es inherente al organismo, nos avenimos a aceptar todos los contratiempos, todas las tragedias, si ese es el precio que hay que pagar. Pero esto no lo aprendí hasta mucho más tarde, y todavía hoy sigo aprendiendo la lección a diario. Entonces, mirando por la ventana los árboles desnudos y espectrales, simplemente me pregunté si la vida podría volver a ser la misma. Y nunca lo fue: ha pasado el tiempo y el cambio se ha instaurado como norma.

Ahora me río de la gente que me dice que la vida nunca volverá a ser igual: es posible que trate a las viudas con demasiada alegría. Y, como digo, he sufrido otras veces desde entonces. Pero la vida no volvió a ser la misma. Yo era joven; me recuperé. Mi madre no pudo. Inmediatamente después del funeral perdió las ganas de vivir. Había vivido siempre intermitentemente enfadada con mi padre, así la recordaba yo, pero ahora que veía la butaca de mi padre vacía, su inquietud desapareció y se pasaba las horas sentada, sin ganas de moverse, con los ojos llenos de miedo. Incluso conmigo tenía miedo. Su única reacción valiente fue decirme que volviera a mi casa, con Millie, a pesar de que yo quería quedarme con ella. «No me sirve de nada tenerte aquí —dijo—. Me las arreglaré. No hay mucho que hacer. Y no voy a consentir que destroces tu vida por mí. Me las arreglaré —repitió—. Tu padre está conmigo todo el tiempo, Fay. Lo siento a mi lado. Vete, cariño. Mi sitio está aquí. El tuyo no.» Esto me pareció un gesto magnífico de su parte, pero me fui únicamente porque me sentí excluida, porque en aquel entonces yo no sabía nada de la naturaleza del amor conyugal. Me fui y cogí un taxi para volver a Foubert’s Place, donde Millie me estaba esperando con un té caliente. Viendo que Millie era una amiga estupenda, y que mi madre había estado impresionante, magnífica, me sentí muy afortunada y pronto volví a ser la misma de siempre. Eso me parece ahora. Entonces todo fue muy distinto, en los días largos y oscuros de aquel invierno. En mi corazón había un vacío que nada podía llenar, y ese dolor me acompañó durante años, años en los que aparentemente llevé una vida feliz y de éxito, años en los que mi corazón se fue marchitando poco a poco, hasta que por fin algo le devolvió la vida.

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