Vidas breves

Anita Brookner · Capítulo 6 de 17

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Vidas breves

Seis

 

Aquí me empieza a fallar la memoria, como si anticipara los tiempos más oscuros que estaban por venir.

Volvimos de vacaciones a Niza, aunque no con tanto éxito. Fuimos en Navidad, la Navidad del año de nuestra primera visita, pero esta vez Owen no consiguió que le prestaran una casa y nos alojamos en un hotel, el Negresco. Era ruinosamente caro y no demasiado bonito, y a pesar de que hacía buen tiempo no nos apetecía estar todo el día al aire libre. Los hoteles cohíben: dan ganas de no ofender, quizá con la esperanza de ser tratados en futuras ocasiones con más deferencia de la que se nos muestra la primera vez. La acogida nos resultó fría, o puede que me lo esté imaginando. Todas las mañanas tenía que aplacar con sonrisas a las camareras impacientes por limpiar las habitaciones, mientras Owen seguía durmiendo y Julia repasando su armario. Charlie, que tenía evidentemente los mismos escrúpulos que yo, a veces se sentaba conmigo en el vestíbulo. Al final dejábamos un recado para los otros dos y nos íbamos a dar un paseo. Me entristecía que Owen no diera muestras de querer estar a solas conmigo, como en nuestra milagrosa estancia anterior en aquel lugar del mundo, pero Charlie era muy agradable, muy amable, y hacía todo lo posible para que yo olvidara mi malestar. Porque eso era lo que yo sentía. Sabía que Charlie y yo éramos gente intachable aunque aburrida, que habíamos dejado atrás a nuestras parejas, mucho más interesantes que nosotros, o a lo mejor ellas no habían querido acompañarnos. Creo que Charlie siempre tuvo la sensación de que su individualidad no podía compararse con la de Julia y por eso generalmente se quedaba callado en su presencia y actuaba como su ayudante, su protector, su escolta perfecto. De todos modos era un hombre atractivo por derecho propio: en buena forma, amable, de buen carácter, sonrisa fácil y exquisitos modales. Era su silencio, o mejor dicho su silencio relativo, lo que le daba ese curioso aire de estar fuera de la competición, al margen, casi castrado, como si sus obligaciones como marido de Julia le impidieran participar nunca más en la actividad humana normal. Su manera de dirigirse a mí esas mañanas algo decepcionantes, cuando salíamos a pasear juntos, era: «¿Todo bien, querida? ¿Vamos a ver si encontramos algún periódico? Y luego podemos tomar un café». Nos sentábamos en la terraza de un café cercano, a veces una media hora, a leer la prensa, sin decir nada, hasta que el camarero venía a cobrarnos y nos mirábamos con una sonrisa, doblábamos el periódico y nos poníamos en pie. En el hotel nos encontrábamos con Julia y Owen en el bar, que ya tenían la primera copa del día en la mano, aunque solo eran poco más de las once.

—¿Dónde narices os habéis metido? —preguntaba Julia.

—Solo hemos ido a tomar el aire —decía yo—. Hace un sol precioso y una temperatura muy agradable. —Julia me miraba con los párpados caídos. Tras una pausa murmuraba:

—Qué cosa tan rara. —Nunca dejaba de expresar su sorpresa porque Charlie y yo pudiéramos alejarnos voluntariamente de su lado. Luego, porque perdía el interés o para reafirmar su posesión, o tal vez las dos cosas, decía—: Charlie, cariño, ¿me haces el favor de subir y traerme las gafas? ¿La llave? No, yo no he cogido la llave. Bueno, pídela en recepción. Tendrán una de repuesto. —Y así seguía.

Yo no soportaba esos ratos o esas horas de tiempo perdido. Veía el sol fuera, desde el bar oscuro, y lo añoraba como solo quien ha pasado su juventud entre las alarmas y el peligro y la alegría desgarradora de los años de la guerra puede añorar la paz, la belleza, la luz y ese calor curativo. Mis ojos no se saciaban nunca de su resplandor, porque recordaba demasiado bien los bombardeos aéreos, las noches interrumpidas, las calles destrozadas y la oscuridad sin fin. Habría estado tan contenta pasando el día sola, sentada en el paseo marítimo o en el jardincito del museo, sin hacer nada, quizá leyendo una revista hasta que la luz empezara a menguar y, sin ganas, decidiera por fin reunirme con los otros. Las palmeras, los reflejos del sol en las piezas cromadas de los coches, las plantas con púas y la tierra crepitante me hacían olvidarme de la casa de Gertrude Street, con su absurda decoración, sus copas de vino de cristal tallado encargadas especialmente a un artista amigo de Hermione, su cama con tamaño suficiente para albergar un parto de la realeza y el delicioso fresco del cuarto de baño… Habría sacrificado todo por un frasco de perfume de mimosa barato de la herboristerie, o por un ramo de claveles azules maravillosamente vulgares del mercado. Empezaba a detectar también en mí las capas más profundas de superficialidad y mal gusto, y no me parecían del todo lamentables. La imagen de un simple plato de tomates cortados en rodajas, con aceitunas y aceite, espolvoreados de albahaca me hacía pensar, con algo parecido al desprecio, en las cenas que con tanto esmero preparaba para Owen y sus invitados. Empezaba a tener ganas de que me dejaran en paz para irme a comer pizza y bocadillos en los puestos de la calle. En vez de eso, aparte de mi paseo clandestino con Charlie a primera hora de la mañana, tenía la obligación de pasar la mitad del tiempo en bares, y luego en el restaurante, y solo después de comer ir a dar un paseo por la orilla del mar, hasta la hora de volver al bar para el aperitivo de la noche, que a mí me parecía cada vez más temprano. Me sorprendió la manera de beber de Owen. Nunca bebía así cuando estaba en casa.

Además de estar sola quería desesperadamente estar a solas con Owen, y eso parecía imposible, porque Julia se empeñaba en que hubiera quorum para ir a todas partes. Era evidente que la amabilidad de Charlie no le bastaba para satisfacer su ansia natural, pero la necesitaba para poner límites a su agresividad. A veces veía en los ojos de Charlie un gesto ausente, como si él también quisiera huir, pero enseguida lo cambiaba por otro de atención y buen humor: nadie supo jamás cuánto le costaba. Como Julia podía llamarlo al orden, y de hecho lo hacía con frecuencia, él tomó la costumbre de no hacer nada, por si acaso ella lo necesitaba. Para un hombre como él, un despacho es un refugio, por eso Charlie tenía fama de ser muy trabajador. Creo que era un profesional excelente. A veces pasaba el sábado en el bufete de Hanover Square, «repasando unos documentos urgentes», con gran disgusto de Julia. Parecía que su formidable paciencia se agotaba según se iba acercando el fin de semana, sobre todo porque sabía que a Julia le gustaba invitar a sus amistades los domingos; por eso el sábado era el día de fiesta para Charlie, como para mí lo era estar sola en el jardín del museo. Más adelante, Charlie me contó que se preparaba una solitaria y voluptuosa taza de té con el hervidor eléctrico de su secretaria, desconectaba el teléfono y se quedaba en silencio absoluto hasta que su conciencia le decía que el permiso tenía que terminar. Entonces, empujado por la misma conciencia, adelantaba algo de trabajo que podía dejar tranquilamente para el lunes, hasta que el oscurecimiento de la luz en las ventanas le obligaba a volver a casa. Cuando nos conocimos un poco mejor, los dos confesamos que éramos muy felices solos pero que, a cierta hora de la tarde, normalmente alrededor de las cinco, empezábamos a echar de menos la compañía. Ahora que tengo todo el tiempo para mí, me sigue pasando lo mismo; me duele más, a pesar de que ya no soy joven, o quizá porque ya no lo soy. Cuando oscurece y se cierran las cortinas, lo natural es tener al lado un compañero. Y si ese compañero ya no está, su ausencia resulta de lo más cruel.

Owen era mi compañero, y mientras los días se escapaban en trivialidades absurdas —buscar las gafas perdidas de Julia, esperar cortésmente con Charlie a que los otros dos se reunieran con nosotros—, yo pensaba con desesperación en cómo nos separaban aquellos obstáculos diminutos y en que eso solo era posible porque ya estábamos separados. Nunca llegué a conocer bien a Owen, aunque por aquel entonces era una mujer casada y con experiencia, una mujer que se casó tarde y porque así lo quiso, dispuesta a convertirse en una esposa tradicional y a ser posible honorable. Nunca llegué a conocer bien a Owen porque como estaba locamente enamorada de él nunca lo vi como a un amigo. Si acaso, era un enemigo, un adversario al que yo tenía que cautivar y contener, distraer y desarmar. Desarrollé esas habilidades muy poco a poco, pero pronto empezaron a cansarme. Aun así, seguía demasiado deslumbrada por Owen para no hacerle caso o atreverme a llevarle la contraria alguna vez. Nunca le pinché, nunca provoqué una discusión, y así se creó entre nosotros una distancia inmensa, que se llenaba con los formalismos de nuestra vida en común. Yo soportaba la casa y a los invitados de Owen y la firma de Hermione en todas partes porque pensaba, y estaba en lo cierto, que me había casado con todo eso. Pensaba que ese era el precio que debía pagar por la mano de Owen. Hasta ese punto lo quería yo al principio.

Pero un amor de este calibre no es fácil de sostener ni prolongar, en gran medida porque es irreal y, en cierto modo, falso. El amor no es el premio impresionante que yo creí en su momento, sino algo mucho más cotidiano, sin adornos ni colores. De todos modos, supongo que las mujeres de todos los tiempos han estado insatisfechas con lo que tenían, con otras variantes de amor más amistosas que son naturales en la especie humana, y que alguien les rompió el corazón y sufrieron lo indecible por relaciones que no les convenían, que nunca deberían haberse consumado. La mía no encajaba del todo en esa categoría, pero muchas veces me sentía incómoda y empezaba a parecerme una obligación más que un placer. Eso tendría que haberme indicado que algo no iba bien; de hecho, yo sabía que algo no iba bien, pero descargaba mis sospechas en la casa o en los viajes de Owen, incluso en lo largo que era el invierno. No puedo decir que siguiera queriéndolo tanto como antes, aunque seguía añorándolo como se añora una oportunidad perdida. Quería empezar de nuevo, esta vez diciendo la verdad, no sonriendo cuando se me hacía un regalo que estaba fuera de lugar ni siendo amable con mi suegra ni recibiendo a invitados odiosos como si me encantara tener la oportunidad de servirlos. Había llegado a esa fase peligrosa en la que era consciente de todos los errores que había cometido y quería tener una confrontación descomunal para arrasarlo todo y empezar de nuevo. Eso, por supuesto, es imposible. La falsa interpretación que una hace de su compromiso se complementa inevitablemente con la falsa interpretación que hacen los demás. Lo cierto es que no hay vuelta atrás.

Lloré la muerte de mi amor por mi marido tanto como creo que él lloró la muerte de su amor por mí. En eso nos fuimos fieles y nos acoplamos bien. Ninguno de los dos, estoy segura, buscó consuelo fuera de nuestro matrimonio; yo al menos no lo hice nunca, y creo que Owen también era inocente en ese aspecto. Eso a mí me parecía un gesto magnífico y una muestra de su excelencia original, porque Owen tenía oportunidades a montones y era un hombre muy guapo, que despertaba en las mujeres una atracción natural. A medida que iba pasando el tiempo, mientras la cara siempre bronceada de Owen cobraba un tono algo más colorado, y su cuerpo se volvía algo más gordo, yo a veces notaba una expresión de desconcierto en sus ojos azul oscuro, como si la edad lo hubiera cazado por sorpresa, como si se hubiera aprovechado de su distracción en otras cuestiones para instalarse insidiosamente en él. No le interesaban mis tiernos y tristes acercamientos, así que aprendí a reprimirlos. Creo que me quería todo lo que él era capaz de querer a una mujer, en condiciones de intimidad y para toda la vida. Estoy convencida de que confiaba en mí y de que el dinero que dejaba tan a la vista, en el cajón de los calcetines, donde yo seguro iba a encontrarlo, era su modo de confesarme lo que hacía con sus joviales y hospitalarios clientes. Yo no decía nada, no solo porque estuviera asustada y alienada, sino porque sabía que él no quería que dijese nada. Para entonces me había dado cuenta de que Owen no sabía expresar sus emociones —nunca había sabido—, que el personaje guapo y desenvuelto del que yo me había enamorado en realidad necesitaba mi aceptación y, aún más que eso, el cuidado y la protección que yo le ofrecía plena y generosamente.

A pesar de que no recuperamos la extraña cercanía —una cercanía casi inusitada— que Niza nos regaló en el primer viaje, conseguimos dar un par de paseos por la tarde en los que Owen me cogía de la mano o me pasaba el brazo por los hombros, y en esos ratos los años intermedios se esfumaban y teníamos la sensación de que al fin y al cabo no lo habíamos hecho tan mal. Ahora que soy mayor me gusta acordarme de eso, y me siento orgullosa de hacerlo.

Las vacaciones fueron para Julia una decepción confesada en voz alta y sin tapujos, y Charlie estaba disgustado por ella. Se quejaba del dinero que estábamos gastando, a pesar de que nunca era suyo y de que Charlie, que parecía rico, habría estado dispuesto a gastar lo que fuera, sin reservas, para hacerla feliz. Julia, ahora lo veo —y entonces también lo veía—, estaba en esa fase angustiosa de la madurez tardía que únicamente por delicadeza puede llamarse madurez, y temía la llegada del momento en que no tendría más remedio que aceptar que era una mujer mayor. Yo veía que eso podía desencadenar una crisis en una mujer tan guapa y prestigiosa como ella, una mujer, además, que había tenido tantos pretendientes, pero como era diez años más joven, simplemente me parecía que estaba armando un lío de mil demonios y me inspiraba poca compasión auténtica. Me fijaba en su irascibilidad y me prometía hacerlo mejor cuando llegara mi declive. Julia se enfadaba por todo, pero expresar su enfado con sinceridad no era propio de su naturaleza lánguida. Si acaso se ponía más en guardia, era más perspicaz, más peligrosa. Hablaba más de sus antiguos amantes, sabiendo que a Charlie le sentaba fatal. Nos hacía alusiones muy vulgares a Owen y a mí cuando anunciábamos que íbamos a dar un paseo. Nuestra cercanía nostálgica, casi elegíaca —una cercanía consciente de su falta de comprensión mutua—, la ofendía de un modo especial. No veía lo delicado y frágil que era nuestro contacto, o no creía en ningún tipo de proximidad que no fuera de naturaleza sexual. Creo que era una mujer lasciva, y fría. Al mismo tiempo, no soportaba estar sola y solo se tranquilizaba cuando estábamos los cuatro juntos en el bar del hotel, que se había convertido en su salón. Pero hasta en esos ratos manifestaba su amargura y su desilusión. Se ponía a dar manotazos delante de la cara, como si ahuyentara moscas. Hay pocas moscas en Niza en diciembre, pero Julia conseguía hacernos creer que una colonia la estaba asediando. No en vano era actriz. Y sus interpretaciones especiales, con tanto énfasis en la pausa y la insinuación, eran un instrumento excelente para cualquier juego social que quisiera jugar.

Yo veía que estaba triste, incómoda, incluso que sufría, pero mi creciente impaciencia con los límites que se le habían impuesto a mi vida me volvía menos complaciente. En realidad, por dentro estaba llena de desprecio, convencida de que me merecía algo mejor. Sus escenas de angustia de clase alta me producían una sensación que únicamente puedo describir como urticaria. Había leído el cuento de la princesa y el guisante de pequeña y nunca sentí ninguna simpatía por la princesa. «¿Por qué no deshace la cama y la vuelve a hacer?», le pregunté a mi madre. «Porque es demasiado importante y no sabe hacerla», contestaba mi madre. Esto se convirtió en una lección para hacer mi cama, una tarea que aprendí muy deprisa, como todas las demás tareas domésticas: en nuestra casa no había criada. En cambio, Julia, que nunca había tenido que hacer nada, que ni siquiera entraba en una habitación a menos que hubiera alguien para atenderla, empezó a parecerme impertinente, inmadura y pusilánime. Sentía un desprecio creciente no solo por ella, sino por Charlie, siempre tan complaciente y tan amable, y hasta por mi marido y sus principios tan chapuceros, que se habían convertido en los principios de nuestra vida… Pensé en darles esquinazo un par de días; solo necesitaba un poco de valor. Me pondría los zapatos de caminar, me ataría un pañuelo en la cabeza y me iría a las montañas, donde Owen y yo habíamos sido felices. Naturalmente, esto era una fantasía que nunca llegó a hacerse realidad, pero conservó su fuerza y me sirvió durante muchos años.

Lo que me condenaba a la inacción eran las ganas de gustar, o a ser posible de ser amada —esto me ha pasado toda la vida, pero hasta entonces no me había causado ningún problema—, y la atención que quería prestarle a Owen, a quien me sentía atada de un modo totalmente nuevo. Era como si hubiera apartado mis sentimientos anteriores, como si hubieran caducado, como si fueran juveniles, hasta vagamente reprobables. El caso es que llevaban muertos mucho tiempo. Ahora tenía el propósito de ser más práctica, que era lo que Owen siempre había preferido. Acepté el hecho de que rara vez, por no decir nunca, me haría el amor en los años venideros, y de que lo máximo que podía esperar sería que su mano, en un momento de descuido, cogiera la mía, o que me pasara el brazo por los hombros. Lo extraño es que darme cuenta de eso no me asustó, ni siquiera llegó a indignarme, porque lo que se estaba gestando era una especie de compasión. Owen me parecía digno de lástima, no absuelto en confesión. Pensaba, por incongruente que pueda parecer, en los campesinos medievales, pecadores llorosos, que esperaban eternamente el juicio de Dios. Owen, completamente ajeno a este dilema, se me aparecía sin embargo como un hombre necesitado de refugio, de perdón. Esa mirada de sorpresa que tenía a veces, como si necesitara ayuda de una fuente desconocida, me recordaba un cuadro que había visto en el museo del mismo jardín al que iba a pasear todos los días: gente desnuda, cogida de la mano, de nariz grande y con la misma expresión de malestar, que se alejaba poco a poco del alcance de Dios y de sus ángeles hacia las llamas del infierno. La imagen me pareció ingenua, representativa únicamente del siglo en el que se pintó; ahora ya no estaba tan segura. Volví a contemplar el cuadro un día tras otro, aunque después de la primera vez fue como si me refutara. Intenté recabar más información, pero hasta el texto del rótulo parecía deliberadamente escueto, como si no estuviera al alcance de alguien con tan poca fe. École française, XVe siècle, decía. Y eso era Owen para mí, algo que se deslizaba del bien al mal, y el único papel que yo iba a interpretar en lo sucesivo sería el de guardián, el de conservador. Con esta diferencia a partir de ahora: que veía la necesidad de cuidado. Hasta de vigilancia. Sería su cuidadora. Me encargaría de que no lo expulsaran.

La pena y la tristeza que sentía por mi marido me llevaron a un distanciamiento de él que quizá tendría que haber llegado mucho antes. Nuestra frágil cercanía fue una especie de adiós: una conmemoración, una despedida. Y hubo en ella compasión por los dos. Mi misión, así lo veía yo, era aferrarme a Owen para el resto de mi vida, o de la suya, reconociendo al mismo tiempo que ya no lo quería como me habría gustado quererlo. De ese modo, el destino que me había negado hijos se ocuparía de que mi instinto maternal no quedara sin usar del todo. Capté la ironía y no me gustó. No tenía la menor duda de que sería capaz de cumplir la tarea que tenía por delante, pero sentí que una especie de frialdad invadía mi espíritu, la frialdad que señala el reconocimiento de que nunca se alcanzará la igualdad en el amor. Sabía que me estaba haciendo mayor, aunque tenía poco más de cuarenta años —cuarenta y cinco, para ser exacta—, y recuerdo que cuando me asaltó la idea de la edad me levanté para mirarme en el espejo. Para mí no había cambiado nada, solo estaba un poquito más gorda, pero a la luz cruel del cuarto de baño del hotel vi que tenía el pelo más apagado, que en mis ojos había un gesto de cansancio y preocupación. No aprecié grandes cambios hasta que me miré las manos, que empezaban a cubrirse de esos lunares conocidos como manchas de la edad; parecían más grandes y más feas, como si hubieran envejecido mientras yo estaba distraída. Seguía activa, con buena salud, y parecía absurdo pensar en el climaterio, pero sabía que eso llegaría sin remedio, y me quedé horrorizada un momento pesando que el amor se había ido para siempre. Y es que no estaba tan dispuesta a sacrificarme como me imaginaba, o mejor dicho, conscientemente lo estaba, pero instintivamente no: el cuerpo seguía teniendo sus anhelos, y vi que, incluso con toda la voluntad del mundo, se avecinaban tiempos tristes.

Estuvimos en Francia quince días, aunque pareció más tiempo. Las navidades llegaron y se fueron, y pasamos la noche de Fin de Año en una habitación extraña, con un baile de luces extrañas en el techo y el claxon de los coches en la calle. La mañana del día de Año Nuevo, el bar del hotel olía a tabaco y a whisky, y los porteros estaban retirando serpentinas del vestíbulo, de donde hubo que echar a un grupo de juerguistas que entró de la calle. El cielo tenía un color azul pálido y brillaba el sol, pero por fin hacía más frío, y tomé conciencia del inmenso e insoportable anhelo de gratificación, de plenitud, de abundancia que aún sentía. La perspectiva de volver a casa, a Gertrude Street, me asustaba tanto que estuve a punto de preguntarle a Owen si no podíamos quedarnos un poco más. No dije nada, porque si Charlie volvía Owen también tenía que volver, y Julia, que se quejaba cada vez más, insistió en que nos fuéramos casi inmediatamente. Así, la mañana del día de nuestra partida —el avión salía a las cuatro y media de la tarde—, les di esquinazo y me fui por mi cuenta, sin preocuparme por no haber dicho a nadie adónde iba ni cuándo pensaba volver. Lo cierto es que no habría podido responder a ninguna de estas preguntas. Tenía ganas de compañía sencilla, y de repente le había cogido una manía tremenda a la falsedad y la condescendencia que habían sido nuestro lenguaje común a lo largo de las dos últimas semanas, a la necesidad de esquivar las críticas de Julia, a la delicadeza con que se toleraban sus berrinches, a mis ganas brutales de que Charlie mostrara un poco menos de fortaleza y de paciencia, y al deseo de que Owen me cogiera del brazo y les dijera: «¿Verdad que no os molesta si Fay y yo nos escapamos un rato? Nos vemos el día ocho en el aeropuerto. O podríamos cenar juntos la última noche aquí.» No sucedió nada de esto. Lo que hubo fue una falta de rumbo total que alteraba mi naturaleza práctica, y yo quería, con todas las fuerzas de la chica que había sido, disfrutar al menos una vez para no quedarme con la sensación de que había desperdiciado la quincena entera.

Mis deseos eran muy sencillos y pude satisfacerlos tranquilamente. Me senté al aire libre, cerca de los puestos del mercado, a tomar una taza de café mientras oía cómo se saludaban las mujeres. ¡Qué felices, qué atareadas parecían y cuánto las envidiaba yo! Poco a poco mi infelicidad fue cobrando mayor relieve al compararme con aquellas mujeres que tenían las manos rojas, el pelo fosco y unos dientes espléndidos. Yo iba de punta en blanco, con mi traje azul claro, mis elegantes zapatos de piel y el bolso y los guantes, que reposaban en la mesa de madera tosca junto a mi taza de café vacía. Cuando me pareció que el tiempo se acababa, me levanté con un suspiro y volví al hotel deambulando sin prisa por las calles. Compré unas esencias florales para mi madre y unos bulbos de jacintos azules para mí. Era demasiado pronto o demasiado tarde para los bulbos, claro, pero quería plantarlos de todos modos. Me recordarían al sur, donde tenía intención de volver algún día. No veía cómo, pero me pasaba lo mismo que con los bulbos: la promesa me reconfortaba.

En el avión, de vuelta a casa, Owen me cogió la mano, y eso no era habitual. Lo miré a la cara, que tenía un gesto completamente ensimismado, como si no guardara ninguna relación con la mano que sostenía la mía. Parecía nostálgico o tenso, como si esperase malas noticias, o como un paciente en un hospital. Me sonrió un momento al darse cuenta de que lo estaba observando y volvió la cabeza hacia la ventanilla. Cuando la luz le iluminó la cara, vi en sus ojos una expresión vacía. Duró solo un instante, pero la vi y me impresionó. Comprendí que nada de lo que habíamos hecho en los últimos días había servido para tranquilizarlo o animarlo, y le apreté la mano con más fuerza. La oscuridad llenó el espacio que se veía por la ventanilla; cuando se volvió casi absoluta supe que estábamos cerca de casa.

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