Vidas breves

Anita Brookner · Capítulo 11 de 17

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Vidas breves

Once

 

Cosa rara en mí, cogí un virus, y cuando Charlie llamó por teléfono tuve que decirle que no viniese. Siempre me llamaba en algún momento del día y, si fallaba un día, incluso dos, daba señales muy poco después; nunca me dejaba demasiado tiempo sin saber algo de él. A mí ni se me pasaba por la cabeza llamarlo. Lo hice una vez y casi me muero de vergüenza y confusión cuando tuve que hablar con su secretaria. Entonces pensé, como otras veces en ocasiones posteriores, que lo que estaba haciendo me resultaba difícil. Creo que el encubrimiento es difícil para una mujer, incluso antinatural. Por lo general me sentía segura, animada, aunque cuando miro atrás me doy cuenta de que eso también era antinatural. Era como tomar una droga que produce euforia sin pararse a pensar en el posible síndrome de abstinencia. Esas mañanas de indecisión, esas tardes vacías formaban parte de mi aventura: con el tiempo dejé de percibir la soledad y me felicité por lo bien que había organizado las cosas. No tenía interrupciones ni visitas imprevistas ni llamadas de teléfono en momentos inoportunos, porque había sabido anticiparme y ahuyentar a los intrusos. La mayoría de la gente tomaba nota y me dejaba en paz. Hasta Julia, al parecer, se había vuelto más pasiva, menos exigente. Desde que me asignó la tarea de cambiarle los libros —¿y cómo iba yo a negarle la lectura?—, su famoso «¡Oye!» era relativamente raro. El compromiso con mi conciencia, siempre incómodo, se resolvía al menos en parte cuando pasaba a dejar los libros y se los daba a Maureen o a la señora Wheeler, con el pretexto de que tenía algo que hacer. Me pareció una buena estrategia, y en cierto modo me convencí de que sería una tarea temporal: estaba prestando un servicio al que podía renunciar en cualquier momento. Julia, que a esa hora estaba en su dormitorio, probándose pendientes con mucha parsimonia, oía mi voz alegre en la puerta, pero estaba demasiado ocupada para invitarme a entrar. En realidad nunca había manifestado gran interés por mi compañía.

Con la leve enfermedad que contraje la euforia se esfumó, y me di cuenta de lo mucho que me había aislado. El silencio de los días oscuros en el piso bochornoso me daba dolor de cabeza: me encontraba fatal y estaba bastante asustada. Hasta llamé al médico, algo que no había hecho nunca, y hacerlo me llenó de pánico y de alivio. Yo estaba muy locuaz cuando vino, le di las gracias y le pedí disculpas al mismo tiempo.

—Puede que solo sea un resfriado —dije. Y oí mentalmente la voz de Julia diciendo: «¡Qué mala suerte tiene Fay! ¿No os parece que Fay últimamente tiene muy mala suerte?».

—No, no es un resfriado —respondió el médico con una sonrisa—. Es uno de esos virus oportunistas. ¿Se ha descuidado usted un poco? —Echó un vistazo a la habitación, con los rincones en sombra a pesar de que solo era mediodía—. Vive usted sola, ¿verdad? ¿Qué come? ¿Cocina como es debido?

Aquello me horrorizó. Siempre había cocinado como es debido, pero me parecía absurdo comprar chuletas para mí sola y poco a poco fui dejando de comprarlas. Hacía empanadas para Vinnie y tartas, por puro hábito de antigua ama de casa, pero yo rara vez las probaba. También preparaba y comía otros platos, o puede que tomara un solo plato, como hace la gente cuando está sola. Iba a la compra con normalidad, incluso cocinaba con normalidad; a lo mejor lo que no hacía era comer con normalidad. Pero a mis ojos estaba lejísimos de ser ese tipo de paciente en el que piensan los médicos, la persona mayor que se ha abandonado, así que esquivé sus preguntas y decidí comprar un pollo en cuanto se marchara. Calculé que sería capaz de llegar hasta las tiendas, aunque me sentía floja. No quería parecer débil, al menos mientras el médico estuviera delante. Después, probablemente me tiraría en el sofá a dormir. Me daba miedo meterme en la cama, no fuera a ser que no volviera a levantarme.

Estuve un par de días sin hacer nada más. Me sentía rara, mareada; más que nada estaba inquieta, como si no pudiera soportar las largas mañanas solitarias, tan largas y solitarias como lo eran antes las tardes. La enfermedad distorsiona, pero la distorsión puede ser ilustrativa. Por fin veía los días tal como eran: horas de simple espera de la noche. Y entonces tuve una desagradable revelación: aquello era intolerable. Y cuando me permití reconocerlo, la palabra reverberó en mi cabeza. ¡Intolerable! Era muy mayor, estaba muy cansada, estaba completamente fuera de lugar. Los niños, la gente joven a la que tanto admiraba por las mañanas: esa era la ocupación que le correspondía a una mujer de mi edad. A veces, en aquella época, me vestía provocativamente, como si buscara suscitar las críticas de posibles observadores desconocidos y ocultos. Coincidía con quienes afirmaban que una mujer tiene la edad que siente, pero esos días me sorprendió ver que me sentía mayor de lo que aparentaba. Todas mis esperanzas se habían esfumado. Pensaba en cómo había sido yo: ingenua, feliz y obediente. Aunque quizá me conformaba con ser obediente. En las películas que veía de joven, la historia terminaba cuando la heroína se casaba con el héroe, como si eso justificara y diera plenitud a la vida. Pero cuando la pareja sobrevive a ese final, la historia cambia. Y cuando uno de los dos sobrevive al otro, la historia vuelve a cambiar, y no a mejor. ¡A peor! De pronto lo veía. En la luz tenue de una tarde de febrero, con la moqueta gris como un lago de oscuridad, percibí con una claridad meridiana que hay que oponer resistencia a ciertos cambios. Yo creía estar oponiendo la debida resistencia, la única posible para una mujer que se está haciendo mayor. Confiaba en burlar los cambios, en desafiarlos, pero lo cierto era que había caído en una trampa, en una trampa que había estrechado mi vida, la había reducido a tal punto que ahora estaba varada en mi sofá sin saber cómo seguir adelante. Porque seguir adelante era lo único que podía hacer. No veía ninguna otra alternativa para mí.

«No, no vengas —le dije a Charlie por teléfono—. Estaré bien dentro de un par de días y no quiero contagiarte.»

El amor se paga demasiado caro. Entonces pensaba que podía prescindir del amor, pero ahora he cambiado de opinión. Ahora sé que hay que aceptarlo todo si queremos cosechar algo. A lo mejor por eso nos embarcamos tan a ciegas en cosas que salta a la vista que no son sensatas. En ese momento de tristeza me imaginé una vida libre del destino que yo misma había trazado para mí, y a mí libre de ir y venir a mi antojo. Porque, aunque el día era oscuro, supe que pronto llegaría la primavera y recuperaría mi ligereza de antes. Se lo diría a Charlie, eso pensé, y en ese mismo instante tomé la decisión. Cuando me hubiera recuperado y estuviera segura de no echarme a llorar, le diría que lo nuestro tenía que terminar, que no volviese nunca. Así me liberaría de los dos, porque Julia era una parte indisociable de la ecuación. Podría negarme a obligaciones que había aceptado por compasión, culpa o terror. Por el miedo que siempre le había tenido. Aunque me gustaba tan poco como yo a ella, siempre estaba presente en mis pensamientos de una manera que esperaba, confiaba, no estar yo en los suyos. Julia era impermeable a mí: lo que yo hiciera no tenía ningún interés para ella. Esa era la marca de su superioridad. Gracias a eso yo había podido guardar mi secreto tanto tiempo.

Con Charlie era distinto. Estaba tan educado en la discreción que nunca se le escapaba un detalle impertinente, y con eso se convencía de que su lealtad seguía intacta. A lo mejor era verdad. Al casarse con Julia se había casado con un modo de ser que quizá fuera el que más le convenía a su carácter. Comedido, sonriente, atento, para él era natural cuidar de ella. «Eres la mujer de mi vida —le había escrito—. No habrá otra.» Y entonces vi que eso era cierto, que lo que pudiera ocurrir cuando no estaba con ella no les afectaba a ninguno de los dos. Julia era tan ególatra que ni se le ocurría pensar qué hacía Charlie cuando no estaba con ella. Cuando él le pasaba el vaso de whisky en el salón de Onslow Square era el mismo de siempre: el esencial, el marido y el amante eterno. Yo me había fijado a menudo en la forma instintiva en que ella daba las órdenes y en la forma instintiva en que él las obedecía. Charlie nunca la abandonaría. Nunca la había abandonado. Yo era algo accesorio. Siempre lo había sido y nunca me había molestado, puede que no lo hubiera analizado como lo estaba analizando en ese momento. ¿Qué sentía él? Probablemente lo mismo que yo: placer y arrepentimiento.

Afortunadamente, yo nunca le había hablado de mis sentimientos y de la sombra que a veces proyectaban. Sabía que si hacía eso él soltaría un suspiro y se pondría a la defensiva. La muralla de sus planes no se agrietaba nunca. Eso siempre había quedado claro, y de pronto estaba más claro aún. Por mi parte, había llegado al límite de mi capacidad de disimulo. Puede que en cierto modo pensara que el disimulo también era temporal, tan temporal como los servicios que le prestaba a Julia. Puede que nunca hubiera querido ninguna de las dos cosas. De todos modos, eso ya era irrelevante. Ahora que parecía haber llegado el final de la aventura, y tan deprisa, casi sin esfuerzo, yo estaba dispuesta a reconocer que Charlie casi me había querido, aunque lo que sintiera por mí fuese una mínima fracción de verdad, algo que él solamente podía manejar si lo retenía, si lo apartaba de mi alcance, no fuera a darme por cogerlo y hacerle daño. Me sequé las lágrimas, me levanté y me preparé una taza de té. Quería terminar del modo más agradable posible para que los dos guardáramos un recuerdo decente del otro. Y cuando hubiera terminado (aquí me eché a temblar), llamaría por teléfono a Harry y le pediría que me consiguiera más trabajo, o me iría a servir la merienda con un carrito a un hospital, o me dedicaría al voluntariado. Tenía que haber más cosas que una mujer pudiera hacer, aparte de pensar en el amor y el matrimonio. Las jóvenes de hoy lo saben, por supuesto, o eso parece. Mi generación era menos realista. Ahora tengo la sensación de que me pasé la juventud soñando y que cuando por fin vi cómo era el mundo ya era demasiado tarde.

Estaba a punto de hacer algo importante, algo que nunca había hecho, y sentí que recobraba ligeramente las fuerzas. El orgullo profesional nunca había significado nada para mí: cantar me resultaba tan natural como respirar. Nunca concebí el canto como una proeza, mientras que terminar una aventura amorosa exigía cierta heroicidad. Requería elegancia, y yo dudaba de si sabría estar a la altura de la ocasión. Mi miedo a Julia nacía de mi falta de elegancia. Seguía teniendo a Julia en la cabeza, nunca había dejado de tenerla. Nunca podríamos ser amigas: la idea era insultante, perversa. Conocidas tal vez, conocidas que se van distanciando. Además de despedirme de Charlie tenía que despedirme de ella. Era extraño que de pronto los dos me parecieran indivisibles, como si no pudiera conocer a uno sin que el otro fuera partícipe. Así había sido siempre, pero yo me había negado a verlo y había pagado el precio por negarme. Si fui discreta, si nunca me quejé, fue por vergüenza, además de por cierto sentido de la dignidad. Y en realidad no estaba cualificada para la tarea. Ahora creo que una amante es una especie de prodigio, que esa vocación particular no está al alcance de cualquiera. Las jóvenes saben bandearse, pero son tan inocentes que ni siquiera pronuncian la palabra, que es escabrosa y anticuada y viene acompañada de ciertas connotaciones: vestiditos negros, uñas pintadas de rojo, perversión. Las jóvenes siempre saben bandearse, y es posible que hagan bien: que sea su prerrogativa. Pero una mujer como yo, convencional, una viuda —cosa que en cierto modo empeora las cosas —, no tiene que meterse en esos líos. Sin embargo, decir adiós a alguien, a quien sea, es tremendo y no se puede hacer a la ligera. Lo irrevocable asusta, y a quien no le asusta es porque algo raro le pasa. La naturaleza nos lanza una advertencia (aunque la naturaleza también nos da cosas que no queremos: el cansancio, las arrugas). Estos son juicios muy duros sobre lo improcedente, lo inadecuado. Mi debilidad consistió en buscar consuelo cuando, hablando con propiedad, era imposible encontrarlo.

No estaba del todo preparada para materializar mi gran decisión, y entonces hice algo que llevaba mucho tiempo pensando: llamé a Millie y le pregunté si podía ir a pasar un par de días con ella. Le encantó la idea, y su alegría me emocionó, me hizo imaginar que vendrían días más fáciles, o al menos recordar los días más fáciles del pasado, cuando creía haber alcanzado la plenitud que ahora deseaba. Me alteró un poco ver que no era capaz de decirle a Charlie que me iba; era la primera vez que hacía eso: siempre había estado disponible para hablar con él, recibirlo o servirle un café. Pensé en el teléfono sonando en la casa vacía y sentí la desilusión de no estar allí. No sé por qué me acordé de cuando sonó el teléfono en Gertrude Street y yo no estaba allí para cogerlo porque prefería estar en la calle, al sol. En la excursión que planeaba ahora no había ninguna alegría ni sensación de huida, como sí había ocurrido esa otra vez. No había un verano que me alejaba de mis obligaciones porque ya no tenía obligaciones que abandonar. Me esperaba una tarea complicada: prepararme para una nueva vida, una que a bote pronto me apetecía más bien poco.

Me sentía débil, incapaz de llegar a Paddington, así que pedí un taxi para que me llevara hasta casa de Millie, o al menos hasta Moreton-in-Marsh, donde ella iría a buscarme. Desde el asiento trasero del coche, Londres me asustó como jamás me había asustado cuando iba andando por la calle: tuve la sensación de sumergirme en un mundo de tráfico del que no había escapatoria, donde solo veía fealdad, camiones que pasaban zumbando, pasos elevados, casas humildes, hoteles de mala muerte, fábricas aparentemente construidas en solares vacíos, y en todas partes ruido, confusión, urgencia. Inglaterra parecía haberse convertido en una gigantesca red de carreteras mientras yo dormía en vez de vivir. Vi pasar Reading por delante de mí en un instante, y luego Oxford, y luego el ruido empezó a disminuir y llegamos al campo. Charlbury, Kingham, Moreton. Le pedí al taxista que me dejara en la puerta de la estación, donde Millie iría a recogerme. Llegué una hora antes de lo previsto. Con las piernas flojas, di un paseo por la agradable calle principal y entré en una cafetería. Me senté a una mesa, al lado de la ventana, y me tomé un estupendo café caliente. Pensé cómo sería vivir allí. No podía existir una vida más reducida que la que yo me había creado, y quizá me sentara bien un cambio, o mejor dicho provocarlo. Las tiendas vendían los mismos productos, los mismos periódicos. Y era un sitio agradable. Los edificios de color claro se miraban desde ambos lados de una calle hecha para los coches de caballos; había un hotel porticado, un par de agencias inmobiliarias y un edificio especialmente bonito que era la sede de un banco. Había tiendas de souvenirs para los turistas y bares discretos, con un aire reservado. Nada me impedía vivir allí, cerca de Millie, y sin embargo ya empezaba a sentir el dolor del urbanita desplazado en un ambiente que nunca llegará a resultarle familiar. Nunca me sentiría de aquel lugar, nunca lo aceptaría como mío ni me vería como parte de él. De todos modos era precioso. Cuando volvía a la estación noté la ligereza del aire, una especie de bruma semejante al polvo con un color entre el gris y el rubio, un temblor de hojas que quieren emerger, una liviandad líquida en las nubes, un blanco resplandor refrenado. La primavera era mucho más perceptible que en Londres, donde lo único que cambiaba era la variedad de flores cortadas y donde uno tenía que desviarse adrede para ver los árboles florecidos. La primavera en Londres también resultaba decepcionante: mañanas pálidas que daban paso a días pálidos en los que no ocurría nada y el canto desolado de los pájaros en los largos crepúsculos. En el campo, la primavera me pareció más recia, más cosa de hombres y de cultivos que de mujeres y de chicas con sus fantasías. Observé distraídamente la agradable calle hasta que por fin vi a Millie saludándome con la mano. Le devolví el saludo y corrí a su encuentro lo más deprisa que mi nuevo estado me permitía, como un polluelo que aprende a volar.

Millie también había envejecido. Ahora tenía arrugas en la piel brillante y el pelo, recogido de cualquier manera con un lazo de terciopelo, salpicado de canas. Lo llevaba igual cuando era joven, cuando las dos éramos jóvenes y delgadas y nos poníamos esos vestidos de algodón de la época, tan monos y entallados. Millie llevaba ahora un anorak verde oliva y una falda de tweed, medias gruesas y zapatos planos. Había tenido unas piernas magníficas que aún seguían siendo bonitas, lo mismo que sus manos, blancas, finas, sin carne fofa. El cuerpo que se apoyaba sobre aquellas piernas bonitas había sido el mayor atractivo de Millie, e incluso ahora que se encorvaba un poco hacia delante yo la seguía viendo como era de joven. Nunca nos peleamos, nunca nos escandalizamos ni molestamos la una a la otra con confesiones inoportunas o acusaciones imprudentes. Cierto instinto nos había empujado a seguir siendo amigas de verdad. Siempre nos habíamos cuidado mutuamente de no ofender el pudor de la otra. Gracias a eso aquel día pudimos saludarnos con una intensa oleada de emoción, sabiendo que ninguna de las dos guardaba malos recuerdos. Cada una veía en la otra, perfectamente conservada, una imagen de su juventud, y con ella toda la sencillez edénica de una vida que es imposible prolongar o repetir. Crecer significa alejarse, y todo el mundo está impaciente por emprender el viaje. Solo a mitad del camino empezamos a mirar atrás, y entonces ya es demasiado tarde.

La casa de Millie era pequeña y oscura y olía a manzanas almacenadas para el invierno. Las ventanas del cuarto de estar alargado daban a la única calle del pueblecito. Me alegró ver que aún conservaba su piano. Cruzamos la cocina a trompicones con mi bolso de viaje y salimos a un jardín que tenía a un lado una casita en miniatura, no más que una habitación sobre otra, en la que Millie alojaba a sus invitados. «Los chicos se quedan aquí con su familia», presumió, aunque a mí me parecía un espacio demasiado pequeño, acostumbrada como estaba a dar vueltas descalza por mi casa, de noche, si el sueño me abandonaba. Me senté en la cama y miré por la ventana el cielo blanco. Hacía más frío y había más silencio, pero no me molestaba demasiado. Más bien estaba desconcertada, a la expectativa. Eso es lo que vi al mirarme en el espejo plateado del tocador. Una cara cautelosa y pálida, agotada y sin vida, me observaba con un gesto entre aturdido y vigilante, como si acabara de recibir malas noticias.

En la comida, Millie me hizo mil preguntas, pero una especie de respeto, tanto hacia ella como hacia mí, me impidió contarle lo que tantas ganas tenía de confesar. Cuando dijo: «Supongo que echarás mucho menos a Owen», me sobresalté y contesté atropelladamente que no, que eso había sido un error en muchos sentidos: no el hecho de casarme con él, sino el de imaginar que él podría ser feliz con una mujer como yo.

—Soy muy sosa —expliqué con una sonrisa.

—¿Sosa? —dijo Millie con indignación—. La mayor tontería que he oído en la vida. Podrías volver a casarte mañana mismo si quisieras.

—No —me agaché para acariciar a un gatito blanco—. No volveré a casarme.

—Fay. No me hace ninguna gracia que estés sola. Tenías mucho talento, estabas llena de alegría. ¿Cantas alguna vez?

—Nunca —sonreí.

—Pues ahora mismo vas a cantar —afirmó, acercándose al piano, que estaba abierto.

—No puedo —dije, sintiendo un dolor escondido en la garganta.

—Empezaré yo. —Tocó unos compases, tarareó unas notas, empezó a cantar y se detuvo—. ¿Ves? —Tenía la voz más fina y susurrante, como una grabación antigua—. La he perdido. Del todo. Por suerte soy tan feliz con otras cosas que no me preocupa. Todavía puedo seguir una melodía, pero me falta el aire. Además, Donald sigue presumiendo de mí como si estuviera en pleno apogeo. Mi mujer es la música de la casa. Eso dice cuando alguien le pide que toque… Y es un buen pianista, ¿sabes? Y su mujer ya no es capaz de acertar una sola nota. Pero estoy segura de que tú sí puedes, Fay. ¿Por qué no lo intentas? Hazlo por mí.

Así que canté. Canté Only Make-Believe y You Are My Heart’s Delight y I’ll Be Loving You Always y Arcady, ¿cómo no? A veces se me quebraba la voz en un agudo, pero seguía cantando, porque aquellas canciones expresaban mucho mejor que yo el vacío y la nostalgia de mi vida. Cantar me trajo recuerdos, debilitó mi determinación. ¿Por qué acabar con lo que tenía, por qué borrarlo? ¿Con qué derecho pensaba que ese era el mejor rumbo? Por alguna razón, aquellas canciones me desbordaron. De joven nunca me emocionaron tanto. Entonces las cantaba sin sentir ni el dolor ni la sombra del conocimiento. Ahora, hasta la letra me resultaba insoportable. Pero las canté todas, como si estuviera ofreciendo mi último recital, como si fuera imprescindible completar el programa y luego decir adiós. Seguía teniendo una buena respiración y la voz sonaba bastante bien, incluso para mí, que a esas alturas tenía los ojos llenos de lágrimas.

Millie cerró el piano de golpe.

—Todavía puedes cantar —dijo, pero me miró con tristeza, viendo que me pasaba algo y no se lo contaba—. Ojalá vinieras más a menudo — añadió, llevándome a la cocina con un brazo en mi cintura—. Podría presentarte a muchos hombres agradables. Nunca estarías sola. Y ¿quién sabe? A lo mejor hasta te enamorabas otra vez. Nunca es demasiado tarde.

Negué con la cabeza, sonriendo. Cuando éramos jóvenes nos presentábamos mutuamente a hombres agradables; entonces había muchos. Nunca hubo celos entre nosotras.

Donald vino a cenar. Había venido especialmente por mí, porque tenía que volver a Londres al día siguiente. Era un hombre sencillo y feliz, muy corriente, grandote, satisfecho con su vida y encantador con los demás, aunque todo el mundo quedaba al margen de la estrecha comunión que tenía con Millie. Pasamos la velada muy a gusto. Yo me tomé un par de copas de vino y de golpe me asaltaron el cansancio y las ganas de irme a la cama. A las diez y media Millie dijo:

—¿Quieres que ponga el hervidor al fuego, Fay? —Porque siempre tomábamos una taza de té a última hora.

—Yo lo pongo —me ofrecí, como hacía siempre. Y nos reímos. Donald nos observó con benevolencia mientras tomábamos el té; después los dejé solos, me fui a la cama y me dormí.

Me desperté temprano, demasiado temprano. Sin nada que hacer hasta que los demás amanecieran, asomé la cabeza por la ventana. Seguía habiendo la misma luz blanca, la misma impresión de esplendor refrenado, inmanente. Una mañana brumosa con repentinos intervalos de sol, como si la primavera pudiera estallar de verdad si uno fuera capaz de aguantar la respiración y no impedírselo. Era atención lo que aparentemente se exigía, una extraña modalidad de cautela. Pero la espera se me hizo de pronto insoportable y, en un arranque, metí la ropa en la bolsa de cualquier manera y decidí que le preguntaría a Donald si podía volver con él a Londres. Tenía tantísimas ganas de estar en casa que casi no pensé en lo grosera que estaba siendo con Millie. Casi, no del todo: sabía que le dolería. Pero me sentía incapaz de recibir ayuda o un gesto de cortesía, incapaz de mantener una conversación normal. Solo quería volver al lugar donde había pasado los seis últimos años, donde —por más que me equivocara— me sentía en casa. Sentirse en casa es un estado de ánimo, no tiene que ver con la posesión.

Me dio vergüenza, pero me dejé llevar. Ahora, cuando miro atrás, siento lo mismo. Le fallé a Millie y me fallé a mí misma: mi libertad había resultado ser una ilusión. Al mismo tiempo, sabía que no era allí donde tenía que estar. No sé si habría tenido la misma sensación de no haberme encontrado mal, triste y tristemente consciente de lo que se acercaba. En cierto modo tenía una desgarradora sensación de desencanto, sin saber exactamente por qué. Buscaba una especie de plenitud que no había encontrado. No parecía existir en la vida corriente, en la vida real, a pesar de que Millie seguía siendo mi amiga más querida, su marido el hombre más bueno del mundo y su hospitalidad la mejor que se pudiera pedir. Quizá yo estuviera enferma de verdad, como al parecer creyó Millie. Al menos aceptó mis excusas, pero se la veía preocupada. Había cantado para ella, a sabiendas de que me faltaba la voz, o quizá lo que me faltaban eran palabras propias. Creía que tenía algo que decir, o más bien que algo se había quedado sin decir, aunque no sabía exactamente qué. La imagen de aquel cielo vacío y blanco permanece conmigo, y la del jardín mudo a sus pies, donde nada se movía. Era consciente de que los días pronto serían más largos y de la necesidad de llenarlos antes de perder definitivamente la poca identidad que me quedaba. Presentía algún peligro, y eso que tengo muy poca imaginación. En el coche fui charlando con Donald con una voz que a mí misma me sonaba muy alta, consciente de mi ansiedad desmedida y de la urgencia por llegar a casa.

Pero cuando llegué a Drayton Gardens todo estaba normal. Metí la llave en la cerradura, entré, deshice la bolsa y me preparé un café. También aquí la luz me parecía distinta. Mi casa era más oscura que la de Millie, claro, pero yo seguía teniendo una extraña conciencia de esa blancura, de esa ausencia que ya había notado antes. El azafrán de primavera ya había florecido en el parque. Se lo señalé a Donald, muy consciente de que le estaba desviando de su camino, retrasándole, fastidiando. Pero los azafranes hicieron que el rodeo que le estaba obligando a dar resultara menos latoso: fueron mi ofrenda. Hacía una mañana bonita y el sol luchaba por atravesar la niebla: seguiría intentándolo hasta eso de las tres y luego se debilitaría poco a poco. Ese debilitamiento era la parte más característica del día. Ahora, cuando lo recuerdo, la primavera inglesa me parece tristísima. La temo todos los años, a pesar de que ya no puede pasarme nada más. La asocio todavía con cierto pánico, como si los acontecimientos siguieran su propio ritmo, no el mío. Me parece la estación más insensible de todas. No despierta en mí ninguna respuesta: simplemente agacho la cabeza y espero a que termine, espero a que me traiga el verano, que es cuando puedo relajarme un poco.

No tenía nada que hacer, nadie a quien llamar. Estaba tan nerviosa que me faltó muy poco para telefonear a Julia, pero pensándolo bien me pareció una falta de honestidad. En realidad estaba esperando la llamada de Charlie, impaciente por explicarle el motivo de mi ausencia y por decirle que había vuelto para siempre. Tenía tantas ganas que la idea de renunciar a él se me olvidó por completo, o mejor dicho la pospuse. No podía dejarlo sin tener su atención plena, necesitaba su presencia, y más que su presencia necesitaba que se concentrara en mi situación, cosa que dudo que hubiera hecho nunca. Quería oírle decir que me echaba mortalmente de menos cuando me iba; necesitaba que me suplicara, porque eso tampoco lo había hecho nunca, nunca había tenido necesidad de hacerlo. Las quejas de las mujeres sobre sus amantes son en realidad la expresión del deseo de que se las tome en serio y la sospecha de haber pasado a formar parte de las cosas cotidianas, en las que nadie se para demasiado a pensar. El drama turbulento de una mujer que está a punto de poner fin a su relación podría no ser más que el deseo de que la convenzan con la misma solemnidad de que no lo haga. Este deseo muy rara vez se ve satisfecho, y puede que haya que resistirlo a toda costa. Yo necesitaba ver a Charlie con urgencia para decirle unas cuantas cosas desagradables. Ya no se trataba de hacer lo que quería sino de obedecer a una especie de obligación. Que me escuchase era mi mayor preocupación; en cierto modo, lo que tenía que decirle era menos importante. En realidad casi ni yo lo sabía.

Por eso me frustró que no llamara esa tarde. Cuando calculé que había pasado la hora de llamar, me puse el abrigo y salí a pasear por las calles todavía claras, a mirar los escaparates y a comprar un periódico vespertino. Me quedaban algunas pastillas para dormir de las pocas que me había dejado el médico, y pensé tomarme una para que al día siguiente no hubiera en mi cara la más mínima señal de cansancio. Seguí paseando con la intención de cansarme un poco más, consciente todavía de un temblor en los nervios. Finalmente dormí mal. Lo achaqué a la espera.

No estaba preparada para que Charlie no llamase al día siguiente, viernes. Y más que preocuparme me enfadó, porque seguramente vendría a verme el sábado, y pensé que sería un buen momento para abordar lo que teníamos que discutir. Con la idea de asegurarme de eso, hice algo que había jurado que no volvería a hacer nunca: le llamé a la oficina. Cuando Gaynor, su secretaria, me dijo: «Lo siento, ahora mismo no está aquí. ¿Quiere dejar un recado?», con la mayor naturalidad posible le contesté: «No, gracias», pensando que no había ningún motivo para que ella reconociera mi voz. Me quedé un momento oyendo el zumbido del teléfono y después colgué con mucho cuidado. Otra pastilla para dormir me ayudaría a llegar hasta el sábado, pero decidí no pronunciar mi gran discurso hasta que hubiéramos restablecido cierta continuidad en nuestra relación. De repente me fallaron las fuerzas, y como les ocurre a tantas personas cuando están a punto de comprometerse, lo único que quería era no hacerlo. Tenía la sensación de que el tiempo quedaba en suspenso hasta que Charlie apareciera. Renuncié a la idea de procurar distraerme y me rendí a la tarea de esperarlo. Era algo que había aprendido a hacer muy bien.

Cuando lo miro desde mi perspectiva actual, siento lástima y malestar. Lo que sienten por sus orígenes humildes algunos personajes que han triunfado a base de esfuerzo es lo que yo siento por esos años prósperos y secretos de mi madurez. Me niego a culpar a nadie: la culpa es solo mía. Si algo he ganado con eso no alcanzo a ver cómo ha sido. La opinión de mis amigos (porque ahora los tengo) y de las mujeres del voluntariado es que soy muy compasiva: me niego a creerlo. No siento compasión por las mujeres que se ponen en ridículo, que presumen de sus proezas sexuales y preguntan a las demás por las suyas. El sexo es ahora para mí un libro tan cerrado a cal y canto que creo que me toman por una viuda fiel. «Es una pena —le oí decir a una señora cuando hablaba con otra—. Seguro que podría haber vuelto a casarse, pero parece que no tiene ganas.» Acepto todo esto como parte de mi castigo, porque es justo que pague un precio. Por no haber recibido suficiente amor, quizá. Por saberlo. Pero ¿cómo se cierra la puerta a los sentimientos, cuando todavía se está a tiempo de emplearlos? Ahora puedo, claro que sí, pero entonces me era sinceramente imposible. Y aunque ahora miro atrás con pena, lo cierto es que no tuve reparos, no tuve escrúpulos. Me comporté, creo, con naturalidad, y para engañar a la naturaleza hace falta un carácter más fuerte que el mío. Nunca pretendí ser nada especial.

Cuando sonó el teléfono di un respingo en la butaca, con una sensación de alarma y perplejidad: ¿cómo iba a actuar con naturalidad en ese estado de alteración? Me llevé un chasco al oír una voz de mujer y me puse una mano sobre el corazón desbocado.

—¿Fay? ¿Eres tú, Fay? Soy Pearl, Pearl Chesney.

—Hola, Pearl —contesté, sin alterarme—. ¿Cómo estás?

—No del todo mal, querida. Terminando de embalar las últimas cosillas. ¿Y tú?

—Yo bien.

—Siento llamarte así, pero es que no sé si has estado en contacto con Julia.

—Pues no. He estado unos días fuera. —Como de costumbre, alargaba mis ausencias el tiempo que se consideraba conveniente.

—Entonces no te has enterado de la noticia.

—¿Qué noticia?

—Charlie. Le ha dado un infarto. El miércoles por la mañana, en la oficina. Tuvieron que pedir una ambulancia. Consiguieron llevarlo a la clínica de Harley Street.

—Entiendo —dije, con los labios entumecidos.

—¿Sabes dónde está? Supongo que querrás escaparte a verlo, ¿no?

Que empleara el verbo «escapar» me indicó que Pearl Chesney lo sabía, que siempre había sabido exactamente qué estaba pasando. Era una buena mujer, incapaz de juzgar y quizá con demasiada experiencia para escandalizarse. El hecho de saberlo la ponía seguramente en una situación delicada. Puede que incluso tuviera algo que ver en su decisión de marcharse. O no, que también podía ser el caso. En ese momento no me importaba nadie que no fuese Charlie.

—¿Está muy mal? —dije.

—No está bien —respondió con inquietud, suspirando.

—¿Cuándo va Julia al hospital? —pregunté, porque ya sobraban los disimulos.

—Bueno, estuvo el miércoles, pero dice que no tiene sentido que vaya porque él no la reconoce. Dice que está esperando a que vuelva en sí. Dice que tiene toda la esperanza. He estado haciéndole compañía estos días. — Hizo una pausa—. Creo que dijo que iba mañana.

—¿Dices que no la reconoce?

—Bueno, sí, pero los médicos tienen muchas esperanzas. Es increíble lo que son capaces de hacer hoy en día, ¿verdad? Espero que llames a Julia. Necesita mucho apoyo en este momento.

—¿Cómo está?

—Es muy valiente. Siempre ha sido valiente, mucho, la verdad. No le puedo fallar a Charlie. Eso dice. Me tendrá a su lado cuando esté en condiciones de verme. Siempre estaré a su lado. Las enfermeras la adoran. Pero, claro, es que Julia sabe cómo hablarle a la gente.

—Sí. Muchísimas gracias por avisarme, Pearl. Ya hablaremos.

—O nos veremos en casa de Julia —dijo, porque le parecía inconcebible que yo no estuviera con ella. Pero yo sabía que Charlie se iba a morir, lo sabía desde que vi el mensaje en el cielo blanco; lo había sentido en el temblor de los nervios. Tan grande era mi certeza que me parecía inútil pedir más noticias. Sin ánimo, llamé a la clínica de Harley Street, donde se negaron a darme información. «¿Es usted de la familia?», me preguntaron. «Soy una amiga», contesté, y colgué el auricular antes de darles tiempo a decir que estaba tranquilo y descansando.

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