Vidas breves
Quince
Yo aspiraba a la normalidad. Tenía la sensación de que era lo único a lo que había aspirado siempre, y mientras otros buscaban emoción y novedad, mi anhelo era la calma burguesa. Cada vez que miraba por la ventana y veía a un hombre camino del trabajo, con su maletín y su periódico, volvía a sentir la llamada de los encantos de la existencia corriente. Hasta intentaba imaginar al desconocido volviendo a casa al final del día y a su mujer recibiéndolo y lo que cenarían: la escena me daba escalofríos de añoranza. A todas las personas con las que me cruzaba les deseaba un orden benéfico, pero también yo quería formar parte de ese orden. En resumidas cuentas: estaba harta de mi existencia solitaria y tenía ganas de compartir nuevamente mi vida. Supe que había caído en un estado de ánimo peligroso, porque había perdido la objetividad y no disfrutaba con nada: estaba atrapada por la melancolía y también por una sensación de amenaza. Pasaba malas noches. Me decía que era tonta, que ya no tenía edad para el amor y el romanticismo, incluso me decía que no estaba enamorada, y eso era cierto. Aun así, seguía oyendo el reclamo de una vida ordenada, y con él me asaltaba esa aguda conciencia de inquietud, casi de angustia.
Lo que yo deseaba era un hombre que fuese bueno y que tuviera únicamente intenciones tradicionales u ortodoxas. Ese hombre no había aparecido, incluso podía tratarse de una especie rara. Pensé con sorpresa en mi marido, en Owen, que era un hombre así, y precisamente por eso yo había depositado en él mi lealtad por primera vez. Mi matrimonio empezó a adquirir una dignidad de la que nunca había sido consciente. Owen no había dejado ninguna huella en mi vida. Casi nunca me acordaba de él y, sin embargo, al encontrarme en ese estado de ánimo tan extraño, me sentí orgullosa y le agradecí los años que habíamos pasado juntos. Si no pude disfrutar plenamente de esos años fue porque me había dado cuenta de que no estábamos hechos el uno para el otro. Ahora ya no estaba tan segura. Owen no era un hombre expresivo, no solo no lo era sino que le molestaba la exhibición de sentimientos, como si eso pudiera revelar peligrosos abismos, abismos que los hombres decentes escondían. Yo tenía la esperanza de alcanzar esos abismos de Owen, pero no supe calcular la medida de su reticencia. Ahora me culpaba por no haber valorado lo suficiente la sencillez de sus intenciones al casarse conmigo. Su deseo de que nos casáramos siempre me había maravillado, y en este curioso último verano de mi vida yo empezaba a comprender que en ese sentido había demostrado ser mejor que cualquier hombre que yo hubiera conocido.
Pero Owen —con quien tuve muy pocas conversaciones profundas— se había ido, y empezaba a pensar que lo había decepcionado. O quizá yo simplemente deseaba una comunión que me diera confianza y me rescatara de aquella dolorosa inquietud, como si necesitara encontrar un refugio antes de que cayera la noche. Ahora veo que lo que estaba sintiendo era la cercanía de la vejez, aunque entonces solamente pensaba que sacrificaría de buen grado el resto de mi vida si estaba condenada a pasarla sola. No me había ido bien por mi cuenta y tenía la sensación de que no valía nada. Me sentía insignificante, arrepentida, a veces amargada. A pesar de todo anhelaba una especie de regalo, una dispensa de la fortuna que estaba dispuesta a pagar con gusto, costara lo que costara. Quería un verano más, y no me importaría morir cuando hubiera terminado si antes de que llegasen los días de oscuridad podía vivir unos meses como una persona normal, con un marido del que me despediría por las mañanas cuando se fuera al trabajo y al que recibiría al final del día con una sonrisa amorosa. Quería ejercitar esas facultades que había tenido antes, llenar mi cesta de la compra de cosas buenas, sentirme en pie de igualdad con todas las mujeres casadas de mi entorno y recibir a mis amigos antes de que fuera demasiado tarde para todo, antes de convertirme en una mujer vieja y triste en un piso solitario, sin nadie que me quisiera y con demasiado tiempo para dar vueltas a mi necesidad de compañía.
En términos prácticos, esto apuntaba al doctor Carter, cuyas ganas de volver a casarse eran inversamente proporcionales a las mías. Mientras que yo lo ansiaba, el doctor Carter huía. Disfrutaba siendo brusco y elegante y haciéndose de rogar; si veía algún valor en mí era por conveniencia, no por mi idoneidad. Conmigo siempre tendría garantizado cierto grado de hospitalidad. Yo me adaptaría inagotablemente a sus estados de ánimo, sin saber nunca si a él le daría por acercarse o por alejarse, sin que notara nunca mi tristeza, siendo siempre agradable, evasiva, enfadándome únicamente cuando él quisiera verme enfadada, siendo completamente razonable. Mi rabia le hacía reír, lo ratificaba en su decisión, seca y fría, de no comprometerse. Yo sabía que nunca podría querer a un hombre tan poco cariñoso, pero sabía también que él se sentía atraído por mí y que si alguno de los dos decidía abandonar la posición en que se había instalado y pasaba a comportarse con naturalidad podríamos llegar a un acuerdo que nos sorprendería a los dos.
Había mucha ansiedad en mi actitud hacia el doctor Carter. Yo quería que me quisiera para poder considerar si me permitía o no quererlo. Soñaba con ese lujo. Al mismo tiempo, tenía que vivir con la desilusión de que eso no ocurriría nunca. Cada momento de intimidad exigiría a cambio una mayor sensación de la distancia que nos separaba; por cada excursión al cementerio de Highgate o al Museo Soane —sus escapadas eran siempre baratas y saludables, con muchos kilómetros de caminata— tendría que aceptar una brusquedad para la que ya no estaba preparada. No venía a verme siempre que lo invitaba, pero le encantaba pasar sin avisar. Esto empezaba a ser tan desquiciante para una persona de carácter ordenado como yo que casi le estaba cogiendo miedo; no soportaba la tensión que creaba entre nosotros y envidiaba la libertad de la que evidentemente disfrutaba él. Pasé una temporada sin querer salir por las tardes, no fuera a perderme la oportunidad de verlo. Afortunadamente, se impuso el sentido común y me juré que nunca volvería a esperar a nadie. Pero cuando salía a pasear, esas preciosas tardes de verano, me invadía la melancolía de estar sola, y pensaba con añoranza si el teléfono estaría sonando en mi casa vacía o si un visitante decepcionado se estaría alejando de mi puerta. La sensación era tan desagradable, tan inútil, que a la mañana siguiente lo llamaba por teléfono y lo invitaba a cenar. Él no siempre venía, pero el contacto me hacía sentir más normal.
Era consciente de que mis preocupaciones empezaban a alterar demasiado el equilibrio para atraer al doctor Carter, que únicamente me valoraba por ser una persona independiente, de buena posición económica y bastante atractiva para mi edad. Dicho de otro modo, me consideraba tan egoísta como él, cuando lo cierto es que lo era aún más, porque esperaba que me diera algo que él no estaba en disposición de dar, que quizá fuera incapaz de dar. Él me tenía cariño y se habría quedado de piedra si le hubiera dicho que no quería volver a verlo, pero al mismo tiempo estaba blindado contra mí. Yo era parte de su vida de soltero, y a él eso le parecía suficiente, mientras que para mí su soltería era temporal y sospechaba que si alguna vez renunciaba a ella para casarse de nuevo, yo no formaría parte de esa existencia, porque nunca se casaría conmigo. Quien lo conquistara tenía que ser más valiente que yo, y él sucumbiría, como todos, porque los hombres se venden muy baratos en ese sentido. Yo veía todo esto muy claro. Veía que podíamos conservar esa amistad cauta y divertida hasta que alguien dijera o hiciera algo irreparable, y tenía que hacer un esfuerzo titánico para no reprimir ciertas palabras que le habrían revelado la cantidad de rabia y de tristeza que almacenaba en mi corazón, de las que él era el causante. Por otro lado él me intrigaba tanto como yo a él. Tenía presente que hacía solo unos meses que nos conocíamos y él era un hombre cauto por naturaleza, pero sabía que habíamos llegado a ese punto en que ya no éramos simples conocidos. Me decía a mí misma que no tenía motivos para la melancolía pero no conseguía quitármela de encima. Los niños que iban a la escuela, los ancianos que sacaban a sus perros a pasear, las señoras con sus bolsas de la compra, todos me parecían ciudadanos de un mundo del que yo estaba excluida. Intentaba, sin conseguirlo del todo, sonreír y aparentar serenidad ante cualquiera. Seguía cuidando mi manera de vestir y saliendo a la calle con alegría las mañanas de sol. Aun así sentía que tenía los días contados.
Ahora lo entiendo todo, por supuesto. Era cierto que tenía los días contados, sí, por el miedo que se apoderaba de mí de vez en cuando. Ese miedo tenía que ver con la soledad de Julia y mi curiosa obligación hacia ella, como si mi vida dependiera de su favor, como si pudiera citarme en cualquier momento. Si salía de casa tan temprano por la mañana y volvía tan tarde por la noche era en parte para no oír el teléfono y a Julia pidiéndome —¿o más bien ordenando?— que fuera a verla lo antes posible. Únicamente en ese contexto Alan Carter podía parecerme deseable, aunque mi falta de escrúpulos no llegaba al extremo de esconderme detrás de sus inexistentes invitaciones. Iba a Onslow Square, por desgracia, cuando la mala conciencia me obligaba a buscar lo único que podía saldar mi deuda provisionalmente, aunque esto nunca saliera del todo bien, porque siempre me castigaban por no haber ido antes, por ejemplo el día anterior, que, según me daba a entender Julia, le habría venido mejor. En realidad, el origen de su malestar era que yo le recordaba la existencia de un mundo que ella había olvidado por completo. En esos momentos me parecía que Julia viviría eternamente, pues no había cambios notables en su aspecto, más allá de la progresiva delgadez de las facciones. Su máscara seguía siendo impasible; el desafiante pelo de bronce, pulcramente peinado, presidía como siempre la frente alta, y sin embargo yo veía que los anillos no se ajustaban bien en los dedos, ahora ligeramente deformados, y un día me llevé un susto exagerado al fijarme en que solo llevaba un pendiente. Fue la primera señal de que Julia ya no tenía el mismo control.
—Vaya, Julia. Has perdido un pendiente —dije.
—Se me habrá caído por ahí —contestó con indiferencia. Esa mañana, poco después, vi algo que brillaba cerca de su estrecho pie izquierdo.
—Ahí está, al lado de tu pie. No lo pises. —Pero cuando me agaché para recogerlo, el pie se acercó despacio y lo aplastó. Este incidente me alarmó mucho. Julia no dijo nada, hizo como que no se daba cuenta. La señora Wheeler, que entró en ese momento con una bandeja de café, apretó los labios y me hizo un gesto elocuente desde detrás de la rígida espalda de Julia.
Julia no se alegraba nada con mis visitas; lo que la alegraba era ver lo incómodas que me resultaban a mí.
—¿Cómo está ese hombre tuyo? ¿Qué tal es en la cama? —decía.
Aparte de la curiosa angustia que me causaba esta pregunta, detectaba en su actitud un desprecio que solo se podía aplacar con detalles impúdicos. Se convirtió en un suplicio para mí, y en una perversa satisfacción para Julia, notar que me ponía colorada. Me avergonzaba mi ineptitud, mi incompetencia como mujer, el no ser capaz de responder a su pregunta confesando la verdad o riéndome. Era la primera vez que descubría auténtica maldad en una mujer, y no tenía la menor idea de cómo tratarla. Si esperaba inducir cierta indulgencia en ella, pagué muy cara mi ingenuidad al suponer que eso era posible.
—Es un hombre muy agradable —decía yo, con una sonrisa radiante y deseando que dejaran de arderme las mejillas—, pero no sé por qué das por sentado que hemos intimado tanto. Hace solo unos meses que nos conocemos.
—Debes de ser muy lenta. Yo no necesitaba tanto tiempo. Supongo que esa es la diferencia entre nosotras.
—Claro. Y ahora, compórtate. ¿Has tenido noticias de Maureen? — Pero este era otro asunto delicado, porque Maureen no había invitado a Julia a su boda. El pretexto fue que Julia no habría querido hacer el viaje hasta Devon, aunque yo creo que habría ido en un coche de alquiler. Incluso podría haberla llevado yo. Julia se quedó de piedra; y yo también, por ella. Cuando recibió un trozo de tarta de la boda hecho trizas, lo tiró a la papelera con un leve temblor en la mano y me pidió que le sirviera una copa.
Creo que su tristeza era tan grande como la mía, pero yo había perdido todo resto de compasión. Ella seguía disfrutando tratándome con grosería y yo tenía la sensación de que no le podía negar ese placer. ¿Qué más daba? Julia se había convertido en una carga tan dolorosa para mí que los ratos que pasaba con ella los vivía como una especie de martirio. ¿Qué más daba si un día era más grosera que otro? En la calle hacía un sol radiante y yo pronto podría escaparme y librarme de esa presencia obsesiva y cruel hasta la próxima prueba de mi fe. Si mis visitas eran una modalidad de expiación, ni a ella ni a mí nos servían de nada. Julia habría tolerado quejas, protestas o lamentos. Lo que no estaba dispuesta a tolerar era esa última y leve esperanza que detectaba en mi corazón.
Creo que aquellas visitas nos estaban haciendo daño a las dos, porque a mí me destrozaban y a ella no conseguían apaciguarla. Julia quería escándalo, y derrota a ser posible; quería que yo le ofreciese una historia apasionante de serial radiofónico, que le mostrara lo peor de mí.
—¿Cómo se llama? —me preguntaba continuamente. Y cuando por fin me rendí y se lo dije, me sentí vencida.
—Ah, Alan Carter. Sí, lo recuerdo. Su mujer lo abandonó. Algo raro tendrá. La verdad es que no me vendría mal otro médico porque ese Bannister es un inútil. Podrías pedirle que viniera. —Me fijé en que no me pedía que yo fuese con él. Lo peor de todo es que estaba segura de que Alan se divertiría muchísimo con Julia. Se caerían los dos de maravilla.
—Ya se lo diré —dije, con la mayor cautela posible—, pero creo que está muy ocupado.
—En ese caso tendrás que emplear tu influencia, ¿no? —Su sonrisa, al decir esto, era la sonrisa de un tigre.
Asustada y humillada, no pude disfrutar de aquellos días preciosos, que se volvieron más tranquilos cuando terminó el colegio y las familias empezaron a irse de vacaciones. Mi calle cobró la calma de un barrio residencial, y a mí me apetecía conservarla, disfrutar de ella sin prisa, con inocencia, cuando mi estado de ánimo cambiase, si es que en algún momento lo hacía.
—¿Te vas de vacaciones? —le pregunté tímidamente a Alan Carter.
—Tengo una casa en la isla de Wight —contestó—. Podríamos ir unos días.
Fue un avance tan grande que todos mis temores me abandonaron temporalmente. Y me llevé tal sorpresa y alegría que casi tuve ganas de quedarme sola para saborearlas. Alan Carter estaba sentado en mi cuarto de estar en ese momento, tomando una copa de vino blanco, antes de reanudar su camino hacia alguna cena. Le gustaba empezar así la velada, le gustaba tanto mi cálido recibimiento como la seguridad de que se marcharía pronto. Creo que temía la complicidad que fomenta la noche y que era supersticioso, lo bastante para creer que cuanto más tiempo se quedara más profundo sería su compromiso. A lo mejor tenía razón. A lo mejor se arrepintió de la invitación nada más hacerla. A mí entonces me preocupó muy poco. Mi reacción de alegría fue, por supuesto, excesiva, pues lo conocía demasiado bien para pensar que se proponía dar un significado especial a algo que en el mejor de los casos sería uno más de sus interludios fraternales. Para mí era un lujo, una excusa para ponerme vestidos de verano bonitos, estar acompañada, tener una respuesta contundente cuando la gente me preguntara si me iba a alguna parte; para mí esa invitación fue la promesa de la normalidad con la que soñaba.
—¿Cuándo iremos? —pregunté. Dijo que a primeros de septiembre sería un buen momento. Detecté cierto malhumor en su tono, como si le molestara mi entusiasmo repentino. Me di cuenta, pero no podía ocultar mi alegría por completo. Le serví otra copa de vino y añadí, con naturalidad—: Tienes que dejar que me ocupe de todas las tareas domésticas. ¿Por qué no vienes a cenar la semana que viene y lo organizamos? Ya está todo dicho: simplemente nos subimos al coche y nos vamos. —Esto era un exceso, pero ya me daba lo mismo. De repente me resultaba imposible seguir así, esforzándome tanto para vivir a duras penas, fingiendo que todo estaba bien, cuidando de una casa que ya no me gustaba demasiado, saliendo por las mañanas con una sonrisa. Quería recuperar mi vida o al menos lo que me quedara de ella. Estaba harta de moderación y de buenos modales. Hasta la promesa de pasar unos días en compañía de un hombre tan recalcitrante como él, casi inaguantable, me hacía una ilusión inmensa, y debió de notárseme en la cara, porque Alan Carter se inclinó, me dio un beso y luego, sin volverse a mirarme, se marchó. Quedamos en que vendría a cenar el jueves siguiente.
La semana intermedia fue indescriptiblemente agradable para mí. No había demasiado trabajo en la oficina, porque mucha gente estaba fuera, tenía tiempo de tomar una taza de té con la señora Harding y podía salir un poco antes. Examinaba la comida en las tiendas con la mirada de un experto y planeaba nuestra cena, que quería que fuese ligera y sencilla, y al mismo tiempo me permitía deleitarme en mis fantasías domésticas. Había alcanzado una edad en que las fantasías casi eran alimento suficiente, y ahí estaba yo, a mis sesenta y pocos años, haciendo planes para una cena íntima con un hombre atractivo de mi edad, cosa que llevaba años sin hacer. Pensé preparar una terrina de verduras, seguida de pollo asado con arroz y una macedonia de fruta para terminar. Caminaba con paso ligero y fuerzas renovadas. La señora Harding me dijo que tenía un aspecto estupendo.
Aparentemente me olvidé de Julia, aunque había en mi actitud un punto ligeramente febril, quizá relacionado con el hecho de que, mientras yo la apartaba de mis pensamientos, ella se negaba a desaparecer definitivamente. En momentos de distracción su sonrisa escéptica se materializaba en el aire, delante de mí, y veía que estaba esperando, tomándose su tiempo. Pensé que tenía que ir a verla después de mi cena con Alan Carter. De hecho se lo dije, se lo garanticé, deseando por dentro no tener que hablar con ella nunca más; farfullé inútiles promesas a cambio de mi libertad temporal. Justo estaba dando los últimos toques a la terrina el jueves por la mañana cuando sonó el teléfono.
—Oye —dijo Julia, con voz baja y fría, no tanto la voz de una mujer mayor como la de un hombre mayor—. La señora Wheeler no ha venido. Dice que no se encuentra bien, aunque no me lo creo. Me ha jurado que viene mañana, pero necesito a alguien hoy. No tengo comida en casa… claro que para lo que como… Y tampoco he podido bañarme. —Y es que una de las funciones indispensables de la señora Wheeler era estar presente cuando Julia se daba su baño, porque corría peligro de caerse, con las manos y los pies tan débiles. Me miré las manos, pegajosas de gelatina.
—Lo siento, Julia. Hoy no puedo. ¿No puedes esperar hasta mañana?
—He pasado mala noche —explicó la voz—. Me siento sucia e incómoda. Si pudieras pasar esta tarde, al menos una hora, podría darme un baño e irme derecha a la cama. No soy capaz de comer mucho. A lo mejor puedes traer un poco de fruta o algo así.
Colgué el teléfono muy despacio, me lavé las manos con desmedido cuidado y metí la terrina en la nevera. Troceé la fruta para la macedonia y aparté un poco en un envase de plástico para Julia. Envolví dos panecillos en una servilleta y corté una cuña de un buen queso Stilton que había comprado para Alan Carter. Estaba muy tranquila, pero parte de mi tristeza había vuelto. Mi estado de efervescencia se esfumó para dar paso a cierta pesadez. Pensé que aún podía conseguirlo. Si me vestía primero, le pedía permiso a la señora Harding para salir más temprano, pasaba por Onslow Square y volvía a casa a terminar los preparativos, aún podía conseguirlo. Tendría tiempo. Y tampoco pasaba nada porque cenáramos a las ocho y media o las nueve. Me vestí despacio, con una blusa de seda azul y una falda estampada azul y negra, me fijé en que el cielo se estaba nublando y miré en el espejo mi cara de desconcierto. Luego cogí mi cesta y salí casi con impaciencia, con ganas de que el día pasara cuanto antes para estar de nuevo a solas, sin nadie, hombre o mujer, que me torturase.
El cielo encapotado, oscuro, amenazaba tormenta.
—¡Qué guapa te has puesto, Fay! —dijo la señora Harding—. Espero que Doggie no te estropee esa falda tan bonita.
Sonreí con tristeza, sin ningunas ganas de fiesta a esas alturas. Pasé la tarde como si no tuviera nada mejor que hacer, pues efectivamente ese era el caso; mi único deseo era ayudar a la gente que llamaba por teléfono, y como estaban lejos me resultaba mucho más fácil ayudarles. A las cuatro y media cerré la oficina, cogí mi cesta y me marché. Calculaba que si llegaba a Onslow Square poco después de las cinco, o lo antes posible pasadas las cinco, podía salir de allí a eso de las seis o seis y media como tarde y mi velada seguiría intacta. Alan llegaría a las siete y media. Nada tenía por qué salir mal.
Encontré a Julia sentada en el salón. Aunque se había vestido tenía un aspecto desarreglado.
—Vas muy elegante —dijo—. ¿A qué se debe?
Fui a la cocina a vaciar la cesta y a prepararle una taza de té.
—Alan Carter viene hoy a cenar. Por eso no puedo quedarme. En cuanto esté listo el té te voy a preparar el baño. —Fui al dormitorio, donde me vi en la obligación de hacer la cama. Empezaba a notar un leve dolor de cabeza; por el ambiente cargado, seguramente, y por la ansiedad, una ansiedad que no tenía ganas de prolongar. Abrí el grifo y me tomé dos aspirinas de un frasco que tenía Julia en la mesilla. Me invadió una especie de desesperación. Pensé en volver corriendo a casa a preparar el pollo. Y el arroz, que siempre era un plato delicado. Y aún tenía que poner la mesa.
—Ven, Julia —llamé—. El baño ya está listo.
—¿Va a cenar contigo? —preguntó, entrando muy despacio en el dormitorio. Se desnudó con la misma lentitud, descubriendo la lencería de una cocotte y unas extremidades que empezaban a parecer atrofiadas. Me impresionó la blancura de su cuerpo: pensé que no debería estar mirándola. La ayudé a entrar en el agua con olor dulce y le di la espalda. Para entonces yo estaba temblando, aunque no sabía por qué.
—Ese hombre —dijo Julia, detrás de mí—. ¿Vas a casarte con él?
—Pues claro que no —contesté, con la mayor tranquilidad posible—. Vamos, Julia, deja que te ayude a salir.
—Pero tienes una aventura con él, ¿no? —Se levantó con dificultad, y el agua chocó contra el costado de la bañera y salpicó un poco el suelo y mi falda.
—No tengo una aventura con él —dije con repugnancia.
—Pero vas a tenerla, ¿verdad?
—Ni hablar. Puede que nos vayamos unos días fuera, nada más.
Creo que esas palabras fueron mi mayor error. Julia se me colgó del cuello con el brazo húmedo y me despeinó.
—¿Os vais? Bien hecho. —Fingió que se caía, o es posible que resbalara (ya no lo sé), y al intentar agarrarse a mí me rompió la costura del hombro de la blusa. Noté cómo se me soltaba el pelo poco a poco y me cubría la espalda. Julia descargó todo el peso de su cuerpo en mis hombros mientras yo me tambaleaba hacia atrás; o renunció completamente a hacerse responsable de sus movimientos o estaba más incapacitada de lo que yo creía. Horrorizada, conseguí llevarla al dormitorio. Se acercó despacio al tocador y se miró la cara, volviéndola a un lado y a otro. Sus ojos, cuando me miraron en el espejo, eran viejos y tenían un brillo divertido. Me imagino las pintas que tendría yo en ese momento, con el pelo suelto y la blusa mojada y rota. Solo pensaba en llegar a casa y reparar los daños. La lluvia golpeaba en la ventana como una ráfaga de balas. Julia se extendió la crema en la cara como si se acariciara.
—A Charlie le encantaba verme hacer esto. Me adoraba. Eres la mujer de mi vida, decía. Nunca habrá otra. ¿Te ha dicho eso alguien alguna vez?
Me fui de allí sin mirar atrás.
Estaba lloviendo mucho, lo suficiente para que no hubiera ni un taxi a la vista y los demás vehículos hubieran formado un atasco. Fui corriendo sin parar, como pude, hasta Drayton Gardens. Debía de parecer una loca. Una vez en casa, me temblaban tanto las manos que prendí un montón de cerillas antes de acertar a encender el horno. De milagro conseguí poner el arroz, el caldo y las hierbas en una fuente. Mientras el pollo hervía a fuego lento con la otra parte del caldo, puse la mesa y luego volví corriendo a la cocina para meter la fuente en el horno. Cuando terminara de prepararlo todo tendría el tiempo justo de darme un baño. Saqué el vino, desmoldé la terrina y entonces sonó el timbre. Lo cierto es que dudé antes de abrir la puerta, casi con la esperanza de que quien llamaba diese media vuelta, aunque fuera Alan Carter. Me fijé en la blusa rota que se iba secando por partes.
—Buenas noches, señora —me saludaron los dos jóvenes pálidos que estaban en mi puerta—. ¿Le interesa tener más información sobre la Biblia?
Justo en ese momento sonó el teléfono. Di con la puerta en las narices a los jóvenes y fui corriendo al cuarto de estar.
—Hola, Fay —era Peral Chesney—. Espero no molestarte.
Vi por la ventana a Alan Carter, que se acercaba a buen paso. Le prometí a Pearl que la llamaría después y fui corriendo a la cocina para apagar el horno. Al darme la vuelta, rocé con la falda el plato de la terrina, que había dejado demasiado cerca del borde de la mesa. El plato cayó al suelo, se hizo añicos y me roció los zapatos de mousse de zanahoria.
—¿Qué demonios te pasa? —preguntó Alan Carter, siguiéndome a la cocina. Parecía más enfadado que preocupado. Era de esos hombres que no soporta que les estropeen la noche. Supongo que es una característica de los hombres sin pareja, o a lo mejor es que veía a tantas mujeres desesperadas a lo largo del día que pasadas las horas de trabajo ya no le quedaba ni una gota de paciencia. Alan quería para sí rutina, orden y distancia.
—Se ha estropeado todo —dije con desesperación. Y me eché a llorar.
—Eso ya lo veo —respondió, con una nota de fastidio—. Si te cambias de ropa te invito a cenar.
—Creo que no puedo. —Me senté y me sequé las lágrimas con un paño de cocina.
Alan se sirvió un vaso de vino.
—No me había dado cuenta de que fueras tan temperamental.
—Claro que no te has dado cuenta —estallé—. Bueno, no es culpa tuya. Te gusta la vida ordenada. A mí también. Soy una persona muy ordenada. Pero las cosas salen mal incluso si uno lleva una vida ordenada. Parece que nunca te has parado a pensar en eso. Nunca me has preguntado qué me gusta, qué quiero.
—¿Por qué iba a preguntártelo? —contestó, de mal humor—. No es mi responsabilidad ordenar tus asuntos.
—¿Por qué no? —pregunté despacio—. ¿Por qué no? ¿Por qué no puedes preguntarme qué quiero? ¿Es porque no quieres que quiera nada?
—No hace falta que te pongas histérica —dijo—. En cuanto a lo que quieres: no quieres ni una cosa ni la otra. Me invitas a cenar. Te ofrezco cenar fuera, al ver que la comida está en el suelo.
—Me duele mucho la cabeza. Si no te importa, prefiero irme a la cama.
—Me parece la mejor idea. Buenas noches. Llámame por la mañana y dime cómo estás. Ya nos veremos en otro momento.
Muy despacio, con el eco de un brusco portazo en los oídos, limpié el suelo, tiré la comida, me quité la ropa destrozada y la dejé en el cesto de la colada. No debería volver a ponérmela nunca. Me acosté en la cama con los ojos ardiendo mientras la luz se iba apagando poco a poco. Era todo una nimiedad, pensé. Un plato roto y una noche estropeada. A mi edad no debería dar importancia a esas cosas. Pero había sido importante, en realidad, crucial. Le había mostrado a Alan Carter una faceta desagradable, lamentable, desquiciada. Me había visto con el pelo suelto, la blusa rota y los ojos enrojecidos: no lo superaríamos. Probablemente había perdido a ese hombre quisquilloso y tan felizmente desparejado: así pierden las mujeres frente a los hombres, por no prestar demasiada atención. Le había pedido, de la peor forma posible, socorro, apoyo, indulgencia. En realidad le había pedido amor, y él lo sabía. Eso era un problema grave para él, porque no estaba preparado para darlo. Sus deseos o sus intenciones, fueran las que fueran, no incluían a una mujer trastornada y con aquel aspecto desastroso. En sus pensamientos yo tenía que ser siempre majestuosa y agradable, una posibilidad: nada más. Las preocupaciones que pudiera tener eran cosa mía, no suya. Yo era viuda y él divorciado; el matrimonio estaba fuera de lugar. En ese momento por fin lo vi, demasiado tarde.
También vi que no toda la culpa era de Alan. No comprendemos lo suficiente a los hombres cuando se ha herido sus sentimientos. Yo le había decepcionado. Una mujer más hábil habría sabido evitarlo. Pero yo siempre he sido impaciente, susceptible. Quería felicidad. Quería una vida plena. Esta que tengo no siempre es capaz de procurarme lo necesario. Quería la cooperación de Alan Carter y creía haber perdido el derecho a eso. Habría dado cualquier cosa por retroceder en el tiempo, cerrar la puerta de la cocina y olvidarme del desastre, presentarme con una sonrisa y decir: «Siéntate. No tardo ni un minuto. Voy a cambiarme. Me temo que solo vamos a cenar una tortilla. He tenido un día ajetreado. ¿Por qué no te sirves una copa de vino y te relajas hasta que te avise?». Todo esto tendría que haber sido posible. Pero yo no fui capaz de conseguirlo.
Detrás de mi ruina estaba Julia. Lo sabía; lo había sabido incluso antes de que se escenificara el fiasco. Era como si ella lo hubiera dispuesto todo. Aunque parezca ridículo, yo sabía que eso era verdad. Por rencor pasado o frustración presente, Julia había provocado mi derrota. Era importante para mí creer que había actuado así al ver que yo tenía una oportunidad —¡tan endeble!— de felicidad. No lo hizo por venganza. La venganza de Julia habría sido más dura, más inmediata. Podría haberme torturado mucho más de habérselo propuesto, podía haber desplegado sus formidables recursos para humillarme y condenarme al ostracismo. Pero es que Julia no tenía buen ojo para el carácter de los demás. Solamente era capaz de verse a sí misma. Si hubiera tenido más sutileza, creo que se habría encargado de hacerme sufrir de una manera que no me atrevo ni a imaginar.
Estos fueron mis pensamientos a media noche. Por la mañana, todavía con dolor de cabeza, pensé que lo había exagerado todo. Lo más probable era que Julia nunca hubiera sabido nada, que nunca hubiera visto nada más que una mirada especulativa de Charlie hacia mí. Eso era suficiente para ella. Y quizá todo eso hubiera ocurrido hacía mucho tiempo, antes de que yo me diera cuenta. A lo mejor todo venía de aquellas vacaciones en Niza, cuando Charlie y yo nos sentábamos en un café a leer inocentemente los periódicos mientras esperábamos a que Julia terminara su toilette. Lo que reavivó ese antiguo rencor fue la perspectiva de que me fuera de vacaciones con Alan Carter, con quien pensaba que yo podía ser feliz, como de hecho lo había sido. No debería volver a verla nunca, aun cuando no pudiera ofrecerle lo que ella quería oír: la divertida historia de cómo había perdido mi última oportunidad. No me veía capaz de eso. Por lo tanto tenía que abandonarla, como siempre había querido hacer. Curiosamente, la idea me resultaba muy difícil.
Hacía un tiempo fresco y gris, decepcionante en comparación con los espléndidos días anteriores. Me acordé de una vez que llovía y yo estaba delante de la casa de Gertrude Street, después de aquellos días abrasadores que precedieron a la muerte de Owen. Había llegado la hora de la verdad. Me quedé sentada, con las manos en las rodillas, sabiendo que ese verano no me iría de vacaciones. Mis vacaciones habían terminado. Llamé a la clínica y fue Alan quien cogió el teléfono.
—Siento mucho lo de anoche —dije, quitándole importancia, porque eso era lo principal—. Tengo unos dolores de cabeza terribles de vez en cuando. ¿Me dejas que vuelva a invitarte a cenar? ¿La semana que viene, tal vez?
—Estoy muy ocupado —fue su respuesta—. Me alegro de que estés mejor. —(Yo no había dicho eso)—. Ya te llamaré.
Colgué con sumo cuidado, sabiendo que pasaría mucho tiempo antes de que volviera a saber nada de él.
Después me quedé muy tranquila. Al final de la mañana, cuando ya estaba a punto de irme a la oficina, me acordé de Pearl Chesney y le devolví la llamada. Se alegró mucho de oír mi voz. Por lo visto venía a Londres al día siguiente.
—Esto es muy bonito, desde luego, y me encanta estar tan cerca de Colin y los chicos, pero ¡echo de menos mi ciudad!
La invité a tomar café conmigo.
—Y supongo que irás a ver a Julia —dije.
—Sí, hija. La echo de menos. Tiene gracia, ¿verdad? Ahora que por fin tengo una vida propia no paro de pensar en Julia a todas horas.
—Bueno —contesté despacio—. Supongo que es una mujer memorable.
—Eso es. Memorable. Tú siempre has tenido el don de la palabra. Hemos pasado buenos ratos, ¿no?
Me puse una rebeca para ir a la oficina. Al fin y al cabo era una mujer mayor y tenía la obligación de cuidarme. Creo que fue ese día cuando empezó mi vejez, aunque en conjunto no me ha ido tan mal. Me senté en la oficina, a gusto con mi chaqueta azul claro, con Doggie a mi lado, y me puse a razonar conmigo misma. Estaba libre; libre de obstáculos y libre de esperanza, que es el mayor de todos los obstáculos. La idea no era tan terrible. Me sorprendió lo poco que sentía. Solo cuando ya estaba preparándome para cerrar y volver a casa, un rayo de sol tardío atravesó las nubes y noté un leve dolor. Pensé en una casa en la isla de Wight que jamás llegaría a ver.
—No me voy de vacaciones —le anuncié a la señora Harding—. Puedo seguir viniendo si confía usted en mí.
—En ese caso le diré a mi hermana que voy a verla —dijo—. Es usted un tesoro, Fay. Que pase un buen fin de semana.
Tiempos pasados, tiempos tristes. Me siento mejor ahora que entonces. Entonces me sentía como una niña, perpleja, aunque ya no tenía edad para eso. Mi infantilismo, que persistía a pesar de las pruebas de envejecimiento de mi cuerpo, resultó ser mi enemigo hasta el final. Porque había llegado el final de algo, y yo lo sabía. No más ilusión, no más expectativas, no más poder. Los viejos no tienen poder. Me vi reflejada en un escaparate cuando volvía despacio, más despacio que de costumbre, a Drayton Gardens. Mi imagen me recordó a alguien, pero a alguien a quien llevaba mucho tiempo sin ver. No me reconocí hasta que llegué a casa, cuando me estaba cepillando el pelo delante del espejo. Me parecía a mi madre.
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