¡Vivir!
Parte 7
* * *
Esa tarde estuve todo el rato con el anciano. Cuando el buey y él, después de haber descansado lo suficiente, bajaron de nuevo al campo, ni se me pasó por la cabeza irme, y me quedé aguardándolo, debajo del árbol, como un centinela.
En ese momento, se oía a ratos las voces de los agricultores trabajando. Donde más animación había era en el sendero de un bancal cercano. Dos hombres fuertes y robustos levantaban el cubo de té, compitiendo a ver quién bebía más. Los jóvenes que los rodeaban iban gritando y jaleando, encantados de su papel de mirones y de no estar en el lugar de los contrincantes. Fugui, en comparación, parecía muy solo. En el arrozal que tenía al lado, dos mujeres con pañuelo en la cabeza trasplantaban arroz. Iban hablando de un hombre a quien yo no conocía de nada. Al parecer, se trataba de un hombre alto y fuerte, que debía de ganar más dinero que nadie en el pueblo. Por lo que iban diciendo, supe que trabajaba de mozo de carga allá en la ciudad. Una de las mujeres se enderezó y se masajeó la espalda con los puños.
—Del dinero que gana —la oí decir— dedica la mitad a su mujer y la mitad a otra.
—Uno siempre tiene que recordar cuatro cosas —interrumpió en ese momento Fugui, acercándose a ellas apoyado en el arado—: no equivocarse al hablar, no equivocarse de cama, no equivocarse de puerta, no equivocarse de bolsillo —una vez junto a ellas, ladeó la cabeza—. Y él ha olvidado la segunda: se ha equivocado de cama.
En cuanto las mujeres se echaron a reír, vi el semblante satisfecho de Fugui. Llamó al buey, y vio que yo también me reía.
—Son reglas que hay que seguir en la vida.
Luego volvimos a sentarnos los dos bajo el árbol. Le pedí que siguiera contándome su historia, y me miró con cierto agradecimiento, como si yo estuviera haciendo algo por él. Se mostraba feliz de que alguien diera esa importancia a su vida.
Yo creí que, muerto Youqing, Jiazhen no viviría mucho más. Y durante un tiempo estuvo fatal, tumbada en la cama, jadeando, con los ojos medio cerrados todo el día, sin querer comer. Teníamos que sostenerla Fengxia y yo cada vez, y meterle a la fuerza la sopa en la boca. No tenía más que la piel y los huesos, así que sostenerla era como sostener una brazada de leña.
El jefe de equipo vino un par de veces a casa. Al ver cómo estaba Jiazhen, no hacía más que mover la cabeza.
—Me temo que esto se acaba —dijo una vez llevándome aparte.
Al oírlo, se me cayó el alma a los pies. No hacía ni quince días de la muerte de Youqing, y ahora también se me iba a ir Jiazhen. Faltando de repente dos miembros de la familia, la vida iba a hacerse muy difícil. Es como si a una olla le quitaras la mitad: ya no es una olla, y la familia ya no es una familia.
El jefe de equipo dijo que iría al ambulatorio de la comuna a pedir que viniera un médico a visitarla. Y la verdad es que cumplió: fue a una reunión de la comuna y, a la vuelta, trajo a un médico. El médico era muy flaco y llevaba gafas. Me preguntó qué tenía Jiazhen.
—Raquitismo —le dije.
El médico asintió, se sentó al borde de la cama y tomó el pulso a Jiazhen. Vi que, mientras, iba hablando con ella. Al oír que alguien le hablaba, Jiazhen se limitó a abrir los ojos, sin contestar. A saber por qué, el médico no le encontró el pulso, y pareció asustado. Entonces le levantó los párpados. Luego le sujetó la muñeca con una mano, y con la otra le tomó el pulso, inclinando la cabeza como si tratara de oírlo.
—Tiene el pulso tan débil que casi no se siente —dijo levantándose al cabo de un rato—. Prepárese para lo peor —añadió.
Un médico es capaz de destrozarle a uno la vida con una sola frase. Estuve a punto de desplomarme.
—¿Cuánto puede vivir mi mujer? —le pregunté saliendo tras él.
—No llegará a un mes —dijo él—. Con esa enfermedad, en cuanto la parálisis se extiende a todo el cuerpo, poco puede durar.
Esa noche, cuando se quedaron dormidas Jiazhen y Fengxia, me quedé sentado yo solo en el quicio de la puerta, hasta que estuvo a punto de amanecer; primero llorando desconsolado, y luego pensando en el pasado. Pensando en eso se me volvieron a saltar las lágrimas. ¡Qué rápido había pasado el tiempo! Fue casarse conmigo, y Jiazhen ya no tuvo un solo día feliz. Y en un abrir y cerrar de ojos, ya le había llegado la hora de irse. Luego pensé que tanto llorar y tanto sufrir no servía para nada. En un momento como ése, no quedaba más remedio que pensar en cosas prácticas, tenía que preparar un funeral decente para Jiazhen.
El jefe de equipo era buena persona.
—Fugui —me dijo al verme así—, no te lo tomes tan mal. Todos tenemos que morir. Por ahora no pienses en nada, basta con que Jiazhen pase a gusto sus últimos días. Elige la tierra que quieras de este pueblo para su tumba.
En realidad, en ese momento yo ya estaba más sereno.
—Jiazhen quiere estar con Youqing. Tienen que estar enterrados en el mismo sitio.
Había enterrado al pobre Youqing envuelto en una chaqueta. A Jiazhen no podía enterrarla así. Por humildes que fuéramos, tenía que darle un ataúd. Si no, no podría con mi conciencia. Si Jiazhen se hubiera casado con otro, no habría sufrido conmigo, ni se habría cansado tanto, ni habría enfermado así. Fui por todo el pueblo, de casa en casa, pidiendo dinero prestado. No sé qué me pasaba, que en cuanto decía que era para el ataúd de Jiazhen se me saltaban las lágrimas. Todo el mundo era pobre, así que el dinero que recogí no bastaba para un ataúd. Al final, el jefe de equipo reunió algo de dinero de los fondos públicos y pude hacer venir al carpintero del pueblo de al lado.
Al principio, Fengxia no sabía que su madre estaba a punto de morir, pero vio que, en cuanto yo tenía un momento, me iba corriendo al antiguo cobertizo para ganado del pueblo, donde estaba trabajando el carpintero. Cuando iba allí, me quedaba un buen rato, hasta me olvidaba de comer. Fengxia venía a llamarme y, al cabo de varias veces, vio que la madera iba tomando forma de ataúd. Sólo entonces empezó a darse cuenta de algo. Me preguntó por señas qué era, con los ojos muy abiertos. Pensé que Fengxia tenía que enterarse, y se lo dije.
La cría se puso a mover la cabeza sin parar, yo sabía lo que quería decir, y le expliqué por señas que era para Jiazhen, para cuando Jiazhen muriera. Fengxia seguía moviendo la cabeza. Me tiró de la manga para volver a casa. Cuando llegamos, sin soltarme, Fengxia tocó en hombro a Jiazhen, y Jiazhen abrió los ojos. Entonces la niña me sacudió con fuerza el brazo, para que viera que su madre estaba vivita y coleando. Luego levantó el brazo derecho y lo dejó caer como dando un hachazo: quería que destrozara el ataúd.
A Fengxia ni se le había pasado por la cabeza siquiera que su madre fuera a morir. Ni aun explicándoselo como lo hice se lo creyó. Viéndola, sólo pude bajar la cabeza y dejar de hacerle señas.
Jiazhen estuvo veinte días en cama. A veces, parecía encontrarse un poco mejor, y a veces yo volvía a pensar que estaba a punto de írsenos. Al final, una noche, cuando me acosté a su lado y me disponía a apagar la luz, Jiazhen levantó de repente un brazo y me tiró de la manga para que no apagara. Tenía la voz tan débil como el zumbido de un mosquito. Quería que la colocara de lado. Esa noche, mi mujer estuvo mirándome y remirándome, y me llamó muchas veces:
—Fugui…
Luego sonrió y cerró los ojos. Al cabo de un rato, volvió a abrirlos.
—¿Está durmiendo bien Fengxia? —me preguntó.
Me incorporé a mirar.
—Está dormida.
Esa noche, Jiazhen estuvo diciendo muchas cosas sueltas, hasta que se durmió de puro cansancio. Yo, en cambio, no pude dormir de ninguna manera, estaba hecho un lío. Aparentemente, Jiazhen estaba mucho mejor, pero yo tenía miedo de que fueran los últimos coletazos de los que tanto había oído hablar. Yo iba acariciándola una y otra vez, y me tranquilizó un poco notar que estaba caliente.
Cuando me levanté al día siguiente, Jiazhen todavía dormía. Pensé que la noche anterior se había dormido tarde, y no la desperté. Fengxia y yo tomamos algo de sopa de arroz antes de salir a trabajar. Ese día acabamos temprano y, cuando volvimos a casa, me pegué un susto: ¡Jiazhen estaba sentada encima de la cama! ¡Se había sentado sola!
—Fugui —me dijo en voz baja al vernos entrar—, tengo hambre, hazme un poco de sopa de arroz.
Me quedé pasmado un buen rato, ¿cómo iba a pensar que Jiazhen se pondría bien? Volvió a llamarme, y sólo entonces reaccioné, llorando a lágrima viva.
—Es gracias a ti —dije a Fengxia olvidando que no me oía—. Es gracias a que piensas de corazón que tu madre no va a morir.
Cuando alguien tiene hambre, es buena señal. Al cabo de un tiempo, Jiazhen pudo hacer algunas labores de aguja sentada en la cama. Si seguía así, Jiazhen quizá podría levantarse algún día y andar. Por fin pude librarme de la preocupación. Pero en cuanto uno se queda tranquilo, viene la enfermedad. En realidad, la enfermedad me había encontrado hacía tiempo. Pero, al morir Youqing, Jiazhen también pareció estar a punto de irse, de modo que no pude ocuparme de mí, y no me di cuenta. Cuando Jiazhen, en contra de lo que había dicho el médico, empezó a mejorar poco a poco, yo fui teniendo cada vez más vértigos, hasta que un día estaba yo trasplantando brotes de arroz, me desmayé y me llevaron a casa. Sólo entonces me di cuenta de que estaba enfermo.
Al enfermar yo, Fengxia llevó una vida muy dura. Con dos personas en cama, tenía que atendernos y, al mismo tiempo, ir al campo a ganar puntos de trabajo. Al cabo de unos días, viendo que Fengxia estaba realmente demasiado cansada, le dije a Jiazhen que me encontraba mucho mejor y fui a trabajar sin poder con el alma. Los del pueblo, al verme, se quedaron asustados.
—Fugui —dijeron—, se te ha puesto todo el pelo blanco.
—Ya lo estaba —dije yo riendo.
—Antes sólo lo estaba a medias —dijeron ellos—, pero en unos días se te ha puesto blanco del todo.
En esos pocos días, había envejecido mucho, y ya no volví a tener la fuerza de antes. Al trabajar me dolían los riñones, la espalda, y apenas me esforzaba un poco, ya estaba cubierto de sudor de pura debilidad.
Al mes y pico de morir Youqing, vino Chunsheng. Ya no se llamaba Chunsheng,
sino Liu Jiefang.[15] Los demás lo llamaban «jefe de distrito Liu», pero yo seguía llamándolo Chunsheng. Me contó que, cuando cayó prisionero, se enroló en el Ejército de Liberación, y estuvo luchando en sus filas hasta llegar a Fujian. Luego se fue a la guerra de Corea. Chunsheng tuvo suerte, fue de guerra en guerra y no lo mataron. Después de la guerra de Corea, cambió de oficio y fue destinado a un distrito cercano. El año en que murió Youqing, él acababa de llegar a nuestro distrito.
Cuando vino Chunsheng, estábamos todos en casa.
—¡Fugui! —venía anunciando el jefe de equipo desde el camino—. ¡El jefe de distrito Liu viene a hacerte una visita!
—Es Chunsheng —le dije a Jiazhen en cuanto entraron en casa—. Chunsheng está aquí.
Cómo iba a saber que, al oírlo, se echaría a llorar.
—¡Fuera de aquí! —gritó volviéndose bruscamente hacia él.
Al pronto me quedé helado.
—¿Cómo puedes hablar así al jefe de distrito Liu? —preguntó el jefe de equipo, irritado.
Pero a Jiazhen le importó bien poco.
—¡Devuélveme a mi Youqing! —le gritó entre lágrimas.
Chunsheng movió la cabeza disgustado.
—Acepta este pequeño detalle —dijo a Jiazhen, ofreciéndole un dinero.
Jiazhen ni lo miró siquiera.
—¡Vete! ¡Fuera de aquí! —le gritó con todas sus fuerzas.
El jefe de equipo corrió a ponerse entre ella y Chunsheng.
—Jiazhen —le dijo a ella—, estás confundida. Youqing murió por accidente, el jefe de distrito Liu no le hizo nada.
Viendo que Jiazhen no quería aceptar el dinero, me lo dio a mí.
—Fugui, quédatelo, te lo suplico.
Viendo cómo se había puesto Jiazhen ¿cómo iba a coger el dinero? Entonces Chunsheng me lo metió en la mano, y la furia de Jiazhen se volvió inmediatamente contra mí.
—¿Eso es lo que vale tu hijo? —me gritó—. ¿Doscientos yuanes?
Enseguida volví a poner el dinero en la mano de Chunsheng. Después de que Jiazhen lo echara esa vez, Chunsheng volvió dos veces más, pero Jiazhen no quiso saber nada de dejarlo entrar. Las mujeres son de ideas fijas, cuando se les mete en la cabeza que una cosa es así y no de otra manera, no hay forma de hacerlas cambiar de opinión. Acompañé a Chunsheng hasta la entrada del pueblo.
—Chunsheng —le dije—, no vuelvas más por aquí.
Él asintió y se fue. Pasaron años antes de que volviera a verlo. No vino más hasta la época de la Revolución Cultural.
Cuando estalló la Revolución Cultural en la ciudad, las calles estaban abarrotadas de gente, cada día había peleas, incluso muertes. En el pueblo no nos atrevíamos a ir a la ciudad. En comparación con la ciudad, el pueblo era mucho más tranquilo. Todo seguía igual que antes. Lo único es que por las noches no había quien durmiera de un tirón. Las últimas directivas supremas del presidente Mao siempre llegaban a las tantas, y el jefe de equipo salía a la era a tocar el silbato. Nada más oírlo, todo el mundo se levantaba a toda prisa y acudía a la era a oír la radio.
—¡Todo el mundo a la era! —ordenaba el jefe de equipo—. ¡El venerable presidente Mao va a darnos sus instrucciones!
Nosotros éramos gente del pueblo llano, los asuntos del Estado no es que no nos importaran, pero no los entendíamos. Nosotros obedecíamos al jefe de equipo, y el jefe de equipo obedecía a sus superiores. Lo que dijeran los superiores era lo que nosotros pensábamos y hacíamos. Lo que más nos preocupaba a Jiazhen y a mí era Fengxia. Ya no era una niña, había que buscarle marido. Fengxia se parecía mucho a Jiazhen de joven. De no ser por la enfermedad que había tenido de pequeña, hacía ya tiempo que la casamentera habría dejado la madera del umbral completamente desgastada. Yo tenía cada vez menos fuerza, y la enfermedad de Jiazhen no tenía pinta de ir a curarse nunca del todo. Habíamos vivido muchas cosas, y ya estábamos maduros, y algún día caeríamos, como cae del árbol la pera cuando llega el momento. Pero no dejábamos de inquietarnos por Fengxia. No era como las demás y, cuando envejeciera, ¿quién iba a cuidar de ella?
Fengxia era sorda y era muda, desde luego, pero era una mujer, y seguro que sabía que casarse es ley de vida. En el pueblo, cada año había casamientos, y todo el jaleo de gongs y tambores. En esos momentos, Fengxia se quedaba apoyada en la azada, mirando, embobada, y había mozos del pueblo que la señalaban y se reían de ella.
Cuando tomó esposa el tercer hijo de los Wang, todo el mundo decía que la novia era guapísima. El día de la boda, cuando la trajeron al pueblo, con su chaqueta acolchada escarlata, iba riéndose sin parar. Yo la estuve mirando desde el bancal, toda de rojo de pies a cabeza, con esas mejillas coloradas, estaba muy bonita.
Todos los que trabajábamos en los campos corrimos a verla llegar. El novio sacó un paquete de cigarrillos Caballo Volador para ofrecerlos a los mayores.
—¡Nosotros también! —gritaron unos cuantos jóvenes que estaban a un lado—. ¡Nosotros también!
El novio, con su mejor sonrisa, volvió a guardarse los cigarrillos en el bolsillo, pero los jóvenes se abalanzaron sobre él para quitárselos.
—Te llevas a una mujer a la cama —le gritaron—, ¡y no nos das ni un pitillo!
El novio se agarró el bolsillo con todas sus fuerzas, pero ellos le abrieron los dedos a la fuerza. Cuando le sacaron el paquete, se fueron corriendo, el que lo llevaba levantándolo al aire, y los demás tras él, hasta uno de los senderos.
Los jóvenes que quedaban rodearon a la novia y, entre risas y bromas, seguro que le dijeron más de una burrada, porque ella no hacía más que reírse bajando la cabeza. A las mujeres, el día en que se casan, todo les parece bien, vean lo que vean, oigan lo que oigan.
Fengxia estaba en el campo. Al ver todo eso, se quedó embobada, mirando sin pestañear siquiera, con la azada cogida contra el pecho, sin mover ni un pelo. Yo estaba a un lado, y me daba pena verla. Pensaba: «Si quiere mirarlo, que mire y disfrute.» Llevaba una vida dura, y los pocos momentos de felicidad que tenía la pobre eran ésos, cuando veía una novia casarse. De repente, después de tanto mirar y mirar, acabó yendo hacia allá. Se acercó a la novia, le sonrió como una boba y se fue con ella. Entonces sí que esos jóvenes se murieron de risa: mi Fengxia, con la ropa toda llena de parches y remiendos, andando junto a la novia, que iba tan bien vestida y arreglada, y encima era guapa. Comparada con ella, mi Fengxia tenía una pinta tan miserable que daba lástima. A pesar de no ir maquillada, estaba tan colorada como la novia, y la iba mirando sin parar.
—¡Fengxia quiere un hombre! —decían esos jóvenes a voces, riéndose.
Esos comentarios a la ligera los aguanté bien, pero al cabo de un rato, empecé a oír groserías.
—Fengxia le ha echado el ojo a tu cama —dijo uno a la novia.
Al ir Fengxia a su lado, la novia había dejado de sonreír: la despreciaba.
—¡Sí que te han salido bien las cuentas, puñetero! —dijo otro al novio—. ¡De una boda, dos mujeres! ¡Debajo te pones una, y encima la otra!
El novio se echó a reír, y la novia ya no aguantó más. Sin importarle saber que cuando una mujer se casa tiene que ser mínimamente tímida, se puso chula y le gritó al novio:
—¡De qué coño te ríes!
No pude soportar más lo que estaba pasando, así que me subí al sendero y les solté:
—¿Cómo podéis portaros así? ¡Si queréis meteros con alguien, no os metáis con Fengxia, meteos conmigo!
Agarré a mi hija por el brazo y me la llevé a casa. Fengxia era lista. Al ver la cara que llevaba yo, se dio cuenta de que allí había pasado algo, así que bajó la cabeza y me siguió sin rechistar, pero al llegar a casa estaba llorando.
Luego estuvimos hablando Jiazhen y yo de que teníamos que buscar un marido para Fengxia como fuera. Nosotros moriríamos antes que ella, y ella se encargaría de enterrarnos. Pero si las cosas seguían así, cuando muriera ella, no tendría ni quien la enterrara. Y ¿quién iba a querer casarse con ella?
Jiazhen dijo que pidiéramos ayuda al jefe de equipo, él conocía a mucha gente de fuera, que se informara, quién sabe, igual resultaba que había alguien que quisiera a nuestra Fengxia. Así que fui a hablar con el jefe de equipo.
—Pues tienes razón —dijo después de escucharme—, Fengxia debería casarse. Lo malo es que no es fácil encontrar a alguien que valga.
—Aunque sea un manco o un cojo. Mientras quiera casarse con Fengxia, nosotros se la damos.
Enseguida lamenté lo que había dicho. Fengxia no era inferior a las demás en nada, lo único es que no hablaba. Cuando volví a casa y se lo conté a Jiazhen, ella también lo lamentó. Estuvo un buen rato sentada en la cama, sin hablar.
—Tal como están las cosas —dijo al final con un suspiro—, no queda otra solución.
Al cabo de no mucho tiempo, el jefe de equipo encontró un hombre para Fengxia. Ese día estaba yo abonando el huerto.
—Fugui —dijo el jefe de equipo acercándose—, he encontrado marido para Fengxia. Es de la capital del distrito, es mozo de carga, y gana mucho dinero.
Las condiciones me parecieron demasiado buenas para ser verdad. Pensé que el jefe de equipo me estaba tomando el pelo.
—Jefe —le dije—, no bromee con esto.
—No es broma —dijo—, se llama Wan Erxi. Es cabiztuerto, lleva la cabeza apoyada en el hombro y no hay manera de que la levante.
A oír eso, ya me lo creí.
—Dígale cuanto antes que venga a ver a Fengxia —le dije enseguida.
En cuanto se fue, tiré al suelo el cacillo de abonar y corrí al chamizo.
—¡Jiazhen! —gritaba antes de llegar—, ¡Jiazhen!
Estaba sentada en la cama y creyó que había pasado algo malo, así que, cuando entré, me miró con ansiedad.
—¡Ya tenemos hombre para Fengxia! —le dije.
Jiazhen suspiró aliviada.
—¡Qué susto me has dado! —dijo.
—¡No es cojo ni manco, y es de la ciudad!
Y al decirlo me eché a llorar a lágrima viva. A Jiazhen, que al principio sonreía, al verme llorar, se le saltaron las lágrimas. Después de un rato de alegría, preguntó:
—Siendo de tan buena condición, ¿querrá a Fengxia?
—Ese hombre es cabiztuerto —le dije.
Entonces Jiazhen se quedó más tranquila. Esa noche, Jiazhen me pidió que sacara vestidos de años atrás, y con ellos hizo ropa para Fengxia.
—Fengxia tendrá que arreglarse un poco, que el hombre vendrá a ver a su futura esposa.
No pasaron ni tres días cuando vino Wan Erxi. Era realmente cabiztuerto. Al verme, levantó el hombro izquierdo y luego repitió el gesto para saludar a Fengxia y a Jiazhen. Nada más ver el aspecto que tenía, Fengxia sonrió de oreja a oreja.
Wan Erxi llevaba un traje Sun Yat-sen impecable. De no ser porque llevaba la cabeza ladeada sobre el hombro, tendría auténtica pinta de cargo oficial de la ciudad. Traía una botella de aguardiente y un trozo de tela estampada, y entró acompañado por el jefe de equipo. Jiazhen estaba sentada en la cama, muy bien peinada, con la ropa algo raída pero muy limpia. Yo le había puesto al pie de la cama un par de zapatos nuevos de tela. Fengxia llevaba un vestido rosa y estaba sentada, cabizbaja, junto a su madre. Jiazhen miraba risueña a su futuro yerno, muy ilusionada.
Wan Erxi dejó el aguardiente y la tela encima de la mesa, y dio una vuelta por la sala, levantando el hombro. Estaba examinando nuestra casa.
—Jefe de equipo, Erxi, siéntense —les dije.
Erxi murmuró un «hum» y se sentó en un taburete. El jefe de equipo agitó las manos.
—Yo no me quedo. Erxi, ésta es Fengxia, éstos son su padre y su madre.
Fengxia tenía las manos sobre las rodillas. Al ver que el jefe de equipo la señalaba, le sonrió. Cuando el jefe de equipo señaló a Jiazhen, Fengxia se volvió hacia ella y le sonrió.
—Jefe de equipo —dijo—, siéntese, por favor.
—No, gracias —dijo—, tengo cosas que hacer. Hablad vosotros.
El jefe de equipo dio media vuelta para irse, no hubo manera de retenerlo, así que lo acompañé afuera y volví a casa.
—Vaya gasto ha hecho, pero llevo años sin beber —dije a Erxi señalando el aguardiente que estaba encima de la mesa.
Erxi contestó con un «hum», sin decir nada, y siguió mirando y remirando la sala con el hombro levantado. Hasta me puso nervioso.
—Somos un poco pobres —dijo Jiazhen sonriendo.
Erxi soltó otro «hum» y miró a Jiazhen con el hombro levantado.
—Menos mal que aún tenemos una oveja y dos gallinas —siguió explicando Jiazhen—. Fugui y yo pensamos venderlas para el ajuar, cuando Fengxia se case.
Erxi volvió a soltar un «hum». Yo no tenía ni idea de qué estaría pensando. Al cabo de un rato, se levantó diciendo que se iba. Pensé que el asunto había fracasado. Ni siquiera había prestado mucha atención a Fengxia, sólo había estado examinando nuestra casa destartalada. Miré a Jiazhen, y ella se esforzó en sonreír.
—No tengo fuerza en las piernas —le dijo—, no puedo levantarme.
Erxi asintió y salió.
—¿No se lleva los regalos de compromiso? —le pregunté.
Él dijo «hum», levantó el hombro y miró el techo de paja. Luego saludó con la cabeza y se fue.
Volví a entrar y me senté en el taburete. Pensé en todo eso y me subió cierto cabreo.
—Resulta que no puede ni levantar la cabeza —dije—, y ¡hay que ver lo tiquismiquis que es!
—No se lo podemos reprochar —dijo Jiazhen con un suspiro.
Fengxia era lista. Al ver nuestras caras, se dio cuenta de que no había gustado al hombre. Se levantó y se fue al cuarto del fondo a cambiarse y ponerse la ropa vieja. Luego se puso la azada al hombro y fue a trabajar al campo.
—¿Qué? —me preguntó el jefe de equipo esa noche—. ¿Cómo ha ido la cosa?
—Demasiado pobres —dije moviendo la cabeza—, somos demasiado pobres.
A la mañana siguiente, estaba yo arando cuando alguien me llamó.
—Fugui, mira quién viene por el camino, parece el cabiztuerto que ha pedido la mano de tu hija.
Levanté la cabeza y vi a cinco o seis hombres que venían con mucha pompa, tirando de un carretón. El único que no se daba aires era el que iba delante. Con la cabeza ladeada, andaba a toda velocidad. Nada más verlo de lejos supe que era Erxi, y me sorprendí.
—Hay que cambiar la paja del techo —me dijo al verme—. También he traído un carretón de cal para blanquear las paredes.
Miré el carretón: había cal y escobas para enlucir. Encima había una mesita cuadrada y, sobre la mesa, una cabeza de cerdo. Además, Erxi traía dos botellas de aguardiente.
Entonces comprendí que, cuando Erxi miraba y remiraba cada esquina de mi casa, no era porque despreciara nuestra pobreza. Se había fijado en todo, hasta en el almiar de delante de casa. Yo mismo llevaba tiempo queriendo cambiar la paja del techo, pero esperaba a que acabara la temporada agrícola para pedir a alguien que me ayudara.
Erxi había traído consigo a cinco hombres, había comprado carne de cerdo, y hasta aguardiente. Estaba en todo. Cuando llegaron delante de nuestra puerta, dejaron el carretón en el suelo, y Erxi entró como en su casa, con la cabeza de cerdo en una mano y la mesita en la otra. Colocó la cabeza de cerdo encima de nuestra mesa, y la mesita sobre las piernas de Jiazhen.
—Será más cómodo para comer y para lo que sea —le dijo.
A Jiazhen se le saltaron las lágrimas y todo, de la emoción. A ella también le sorprendió que viniera Erxi, con gente para cambiarnos el techo, y que esa misma noche le hubiera hecho una mesita.
—Erxi —le dijo—, estás en todo.
Erxi y los demás sacaron la mesa de casa y los taburetes, y esparcieron paja de arroz debajo de un árbol. Entonces entró y fue hasta la cama para coger a Jiazhen a cuestas. Ella agitó las manos riendo.
—¡Fugui! —dijo—. ¿Qué haces ahí parado?
Enseguida fui a coger a Jiazhen.
—Es mi mujer, y la llevo yo —le dije riendo—. A partir de ahora, tendrás que llevar a Fengxia.
Jiazhen me dio una colleja, y Erxi se rió sin parar. Llevé a Jiazhen hasta el árbol para dejarla sentada sobre la paja de arroz, apoyada en el tronco. Vi a Erxi y los demás abrir el almiar y atar la paja manojo a manojo. Erxi y otro subieron hasta arriba del todo del tejado; los otros cuatro se quedaron abajo, y así fueron cambiando la paja del techo de mi casa. Nada más verlos, me di cuenta de que los hombres que había traído Erxi estaban acostumbrados a este trabajo y que lo hacían con mucha destreza. Los de abajo levantaban los manojos de paja con una palanca y los lanzaban arriba. Erxi y el otro los iban colocando. A pesar de tener la cabeza ladeada, Erxi trabajaba como el que más. A medida que le llegaban los manojos de paja, él los lanzaba hacia arriba con el pie y los atrapaba con la mano. En nuestro pueblo no había ni un solo hombre con esa habilidad.
Antes de mediodía, ya habían acabado el trabajo del techo. Les preparé un cubo de té. Fengxia se lo iba sirviendo, corriendo sin parar de aquí para allá, muy ajetreada. Ella también estaba contenta. Al ver que de repente habían venido a casa tantos hombres trabajadores, estuvo sonriendo sin cerrar la boca ni una vez.
Mucha gente del pueblo vino a ver qué pasaba.
—¡Todavía no es tu yerno y ya os trabaja! —dijo una mujer a Jiazhen—. ¡Menuda suerte tienes!
—Erxi —le dije cuando bajó del techo—, descansa un poco.
—No estoy cansado —dijo secándose el sudor con la manga.
Levantando el hombro, volvió a mirar a su alrededor.
—¿Ese terreno es nuestro? —me preguntó al ver el huerto a la izquierda.
—Sí —le dije yo.
Entonces se metió en casa, sacó un cuchillo de cocina, fue al huerto a coger unas verduras frescas y volvió a entrar. Al poco rato, ya estaba cortando la cabeza de cerdo. Fui a impedírselo y decirle que dejara eso para Fengxia.
—No estoy cansado —volvió a decir secándose el sudor con la manga.
No me quedó más que salir a buscar a Fengxia, que estaba de pie junto a su madre. Cuando la empujé hacia casa, ella se volvía, intimidada, hacia Jiazhen. Sólo cuando Jiazhen le sonrió haciéndole señas de que entrara, se metió en el chamizo.
Jiazhen y yo estuvimos haciendo compañía a los hombres que había traído Erxi, charlando con ellos y tomando té. En un momento dado, entré en casa, y vi a Erxi y Fengxia como un matrimonio: ella encendiendo el fuego, él preparando la comida, ahora te miro yo a ti, ahora me miras tú a mí, y sonriendo de oreja a oreja después de esas miradas.
Cuando salí y se lo conté a Jiazhen, ella también sonrió. Al cabo de un rato más, no pude resistir la tentación de volver a echar una ojeada, pero apenas me levanté, Jiazhen me dijo en voz baja:
—No entres.
Después de comer, Erxi y los demás blanquearon las paredes. Al día siguiente, cuando ya estaba seca la cal, las paredes de mi casa estaban resplandecientes, como las mansiones de ladrillo y teja de la ciudad. Cuando acabaron de blanquear, todavía era temprano.
—Quedaos a cenar —dije a Erxi.
—No, gracias —dijo.
Luego levantó el hombro hacia Fengxia, y comprendí que la estaba mirando.
—Padre, madre —nos dijo en voz baja a Jiazhen y a mí—, ¿cuándo podré llevarme a Fengxia?
Al oír su pregunta y al oír que nos llamaba padre y madre, nos pusimos tan contentos que no paramos de sonreír.
—Cuando quieras tú —le dije después de mirar a Jiazhen—. Erxi —añadí en voz baja—, no es que quiera hacerte gastar dinero, pero es que Fengxia ha llevado una vida muy dura. Cuando vengas a buscarla, que sea con un buen cortejo, para que haya animación y que lo vean en el pueblo.
—De acuerdo, padre —dijo Erxi.
Esa noche, Fengxia estuvo acariciando la tela que había traído Erxi, mirándola y sonriendo, sonriendo y mirándola. De vez en cuando, levantaba la cabeza y nos veía a Jiazhen y a mí sonreír también, y se quedaba intimidada y le subían los colores. Saltaba a la vista que a Fengxia le gustaba Erxi. Jiazhen y yo estábamos encantados.
—Erxi es un hombre honesto y de buen corazón, me quedo muy tranquila.
Vendimos las gallinas y la oveja, llevé a Fengxia a la ciudad para que le hicieran dos vestidos nuevos y un edredón, comprarle una jofaina, etcétera: todo lo que tuvieran las demás chicas del pueblo lo tendría Fengxia. Como decía Jiazhen, Fengxia no podía ser menos que las demás.
El día en que Erxi vino a recoger a Fengxia, los gongs y los tambores resonaban desde muy lejos. Todo el mundo se arremolinó a la entrada del pueblo para mirar. Erxi trajo a veintitantos hombres, todos vestidos con traje Sun Yat-sen. De no ser porque el novio llevaba en el pecho una gran flor roja, parecía una comitiva de altos cargos de visita en el pueblo. Más de diez gongs tocaban al mismo tiempo, dos grandes tambores retumbaban, ¡patapum, patapum!, a todo el pueblo se le quedaron los oídos zumbando. Lo más llamativo era un carretón todo engalanado de verde y rojo, con una silla encima también decorada. Nada más entrar en el pueblo, Erxi abrió dos cartones de Puerta Grande y fue repartiendo cigarrillos a todos los hombres que veía.
—Muchas gracias por venir —iba diciendo a todos—, muchas gracias.
Cuando los demás del pueblo casaban a sus hijos, lo mejor que se fumaba era Caballo Volador, nada que ver con el estilo que derrochó Erxi regalando cajetillas de Puerta Grande a troche y moche. Los que conseguían los cigarrillos se los guardaban inmediatamente en el bolsillo, como si tuvieran miedo de que alguien se los fuera a quitar. Luego hurgaban con los dedos en el bolsillo, sacaban uno y se lo llevaban a los labios.
Los veintipico hombres que había traído Erxi también se desvivían, haciendo temblar el cielo con los gongs y los tambores y desgañitándose con sus gritos. Llevaban los bolsillos llenos a reventar de caramelos y los iban lanzando a las mujeres y niños que veían. Todo ese derroche hasta a mí me dejó de piedra, pensando que lo que lanzaban, al fin y al cabo, era dinero.
Cuando llegaron delante de casa, entraron uno tras otro a ver a Fengxia, dejando fuera los gongs y los tambores, y los jóvenes del pueblo se pusieron a tocarlos para que no decayera. Ese día, con su ropa nueva, Fengxia estaba preciosa. Ni yo, que soy su padre, imaginaba que pudiera ser tan guapa. Estaba sentada delante de la cama de Jiazhen, buscando a Erxi entre los que iban entrando. En cuanto lo vio, bajó la cabeza.
—¡Menuda suerte tiene el cabiztuerto! —dijeron todos los que habían venido de la ciudad acompañando a Erxi, al ver a Fengxia.
Durante muchos años después, cuando alguna familia del pueblo casaba a su hija, todo el mundo decía que la boda más estilosa había sido la de Fengxia. Ese día, cuando sacaron a Fengxia de casa, tenía las mejillas rojas como tomates. Nunca había visto a tanta gente mirándola. Bajaba la cabeza hasta el pecho, sin saber qué hacer. Erxi le cogió la mano y la llevó hasta el carretón. Ella, al ver la silla que había encima, tampoco supo qué hacer. Cuando Erxi, que era más bajo que Fengxia, la cogió en brazos y la subió al carretón, todo el mundo se echó a reír a carcajadas. Fengxia también se rió.
—Padre, madre —nos dijo Erxi—. Me llevo a Fengxia.
Dicho lo cual, él mismo levantó las varas del carretón y se puso en camino. Al moverse el carretón, Fengxia, que se reía muy tímida, se puso de repente a girar la cabeza mirando atrás una y otra vez con angustia. Yo sabía que estaba buscándonos a Jiazhen y a mí. En realidad, yo estaba a su lado, con Jiazhen a cuestas. En cuanto nos vio, se echó a llorar. Se volvía hacia nosotros y nos miraba entre lágrimas. De repente, la recordé con trece años, cuando se la llevaron. También nos miraba anegada en llanto. También a mí se me saltaron las lágrimas de pena. En ese momento, sentí la nuca húmeda y supe que Jiazhen también estaba llorando. Pero pensé que esta vez era diferente, que esta vez Fengxia se casaba, y sonreí.
—Jiazhen —dije a mi mujer—, hoy es un día feliz, tienes que sonreír.
Erxi era un buenazo. Mientras iba tirando del carretón, se giraba para mirar a su novia. Al ver que Fengxia se había vuelto hacia nosotros llorando, se paró y se quedó mirándonos también. Fengxia estaba cada vez más desconsolada, se le agitaban los hombros con los sollozos, y a mí se me encogía el corazón verla así.
—¡Erxi! —grité—. ¡Fengxia ya es tu mujer, llévatela de una vez!
Cuando Fengxia se fue a la ciudad, Jiazhen y yo parecía que hubiéramos perdido el alma, siempre aturdidos. Hasta entonces, cuando Fengxia entraba o salía de casa, casi no nos dábamos ni cuenta. Pero ahora que se había ido, sólo quedábamos en casa Jiazhen y yo. Mirábamos a nuestro alrededor esa casa que llevábamos tantos años viendo, como si no la hubiéramos visto bastante. Y yo, todavía, no podía quejarme: al trabajar en el campo, podía dejar de pensar en Fengxia. Pero Jiazhen lo tenía peor: todo el día en la cama, sin hacer nada; al no estar Fengxia, ¿cómo iba a sentirse la pobre madre? Antes, no se quejaba de quedarse en la cama, pero tal como estaban las cosas empezó a encontrarse mal, le dolían los riñones, la espalda, no estaba cómoda de ninguna de las maneras. Yo la comprendía: pasarse el día entero en la cama cansaba aún más que trabajar en el campo. No podía moverse siquiera. Así que al atardecer la llevaba a cuestas a dar un paseo por el pueblo. Al verla, todo el mundo se interesaba por ella con mucho cariño. Así, ella se sentía mucho más tranquila.
—No se burlarán de nosotros, ¿verdad? —me preguntaba al oído.
—¿Qué tiene de gracioso que lleve a mi mujer? —decía yo.
A Jiazhen empezó a gustarle recordar cosas del pasado. Llegábamos a un sitio, y ella se ponía a hablar de cosas que hacían Fengxia y Youqing, y al contarlas se echaba a reír. Un día, llegando a la entrada del pueblo, Jiazhen se puso a hablar del día en que volví a casa. Ella estaba trabajando en el campo y, al oír que alguien llamaba a voces a Fengxia y Youqing, levantó la cabeza y me vio. Al principio, no se atrevía a creer lo que estaba viendo. Al llegar a este punto de la historia, su risa se volvió llanto, y sus lágrimas fueron cayendo en mi nuca.
—Una vez que volviste, todo fue bien.
Según la costumbre, Fengxia tenía que venir a vernos al cabo de un mes, y nosotros teníamos que esperar otro mes más para poder ir a visitarla. Quién iba a pensar que volvió a casa apenas diez días después de la boda. Anochecía, y acabábamos de cenar.
—¡Fugui! —gritó alguien fuera—. ¡Ve a la entrada del pueblo, que creo que viene tu yerno cabiztuerto!
Yo no me lo creía. En el pueblo todo el mundo sabía que Jiazhen y yo echábamos muchísimo de menos a Fengxia, y pensé que nos estaban tomando el pelo.
—No puede ser —dije a Jiazhen—, sólo han pasado diez días.
—Corre a ver —dijo Jiazhen impaciente.
Corrí hasta la entrada del pueblo y sí, era Erxi, que venía levantando el hombro, llevando un pastel. Fengxia iba a su lado. Venían los dos de la mano, muy sonrientes. La gente del pueblo, al verlos, se echó a reír, porque en aquella época no se veían hombres y mujeres cogidos de la mano.
—Erxi es de la ciudad —les dije—, allí están occidentalizados.
Al venir Fengxia y Erxi, Jiazhen se llevó una alegría enorme. Apenas se sentó Fengxia al borde de la cama, Jiazhen le cogió la mano y estuvo acariciándosela sin parar, diciendo una y otra vez que Fengxia había engordado. En realidad, ya me dirás las carnes que se pueden criar en diez días.
—No pensé que vendríais —dije a Erxi—, no he preparado nada.
Erxi se rió. Dijo que él tampoco sabía que vendrían, que fue Fengxia la que lo trajo, y que él se dejó llevar sin enterarse de nada.
Al habernos visitado Fengxia diez días después de la boda, ya mandamos a paseo la vieja costumbre, y yo iba a verla a la ciudad cada dos por tres. Ahora que lo pienso, era más bien Jiazhen la que me pedía que fuera, pero a mí también me apetecía ir a verlos a menudo. Iba a la ciudad tan dispuesto como cuando iba de joven, sólo que no al mismo sitio.
Cuando iba, pasaba primero por el huerto y cogía unas cuantas verduras, las metía en la cesta y las llevaba, calzado con los zapatos nuevos que me había hecho Jiazhen. En el huerto se me manchaban de barro. Jiazhen me llamaba justo cuando iba a salir y me decía que me los cepillara.
—Ya soy viejo, ¿qué más da que lleve barro en los zapatos?
—No digas eso —contestaba ella—. Por viejo que seas, sigues siendo un hombre, y un hombre tiene que ir limpio.
Y no le faltaba razón. Ella llevaba tantos años enferma, en cama y sin poder levantarse, y aun así se peinaba con esmero todas las mañanas, así que yo salía relimpio del pueblo.
—¿Qué? —decía la gente al verme con la cesta de verdura—. ¿Otra vez a ver a Fengxia?
—Sí —contestaba yo.
—Y de tanto ir, ¿no te echa el yerno?
—Erxi nunca haría una cosa así.
A los vecinos de Erxi les caía muy bien Fengxia. Cuando iba yo, me la alababan diciendo lo trabajadora que era y lo lista. Cuando barría, barría también delante de las casas de los demás, barría media calle. Al verla sudar, los vecinos iban a llamarla, a decirle que dejara de barrer, sólo entonces volvía a su casa toda risueña.
Fengxia no había aprendido a hacer punto. En casa éramos pobres, y nunca habíamos llevado jersey. Al ver que las mujeres del vecindario se sentaban en la puerta de casa a hacer punto, que si uno al derecho uno al revés, le gustó; así que se traía un taburete, se sentaba junto a ellas a mirar, y allí se estaba mirando un buen rato, embobada. Las mujeres, al ver que a Fengxia le interesaba tanto el punto, decidieron enseñarle paso a paso. Pero se quedaron asustadas al ver que Fengxia aprendía a la primera. En tres o cuatro días, ya hacía punto igual de rápido que ellas.
—¡Qué lástima que Fengxia sea sorda y muda! —me decían al verme.
La compadecían de corazón. A partir de entonces, en cuanto acababa el trabajo de casa, se sentaba fuera a hacer punto para las demás. En toda la calle, Fengxia pasaba por ser la que tejía el punto más prieto y tupido, así que les vino de perlas: ellas le pasaban la lana y Fengxia les hacía los jerseys. Se cansaba, claro, pero estaba contenta. Cuando los acababa, los entregaba, y las vecinas le mostraban el pulgar levantado, y Fengxia se pasaba el resto del día sonriendo de satisfacción.
Cuando iba yo a verla, todas las vecinas venían, una tras otra, a contarme esas cosas, lo bien que hacía Fengxia esto, lo otro, lo de más allá. Todo lo que decían era bueno, y a mí me emocionaba.
—La gente de la ciudad es buena —decía yo—. En el pueblo, lo difícil es oír que hablen bien de mi Fengxia.
Al ver que a todo el mundo le caía bien Fengxia, Erxi también la tenía en palmitas, y eso a mí me gustaba. Cuando volvía a casa, Jiazhen siempre me reprochaba que había pasado demasiado tiempo allí. Y era verdad: Jiazhen se quedaba en casa esperando ansiosa que volviera y le contara cosas de su hija. Esperaba y esperaba, y yo no venía, así que ella, como es natural, se impacientaba.
—Es que es ver a Fengxia y perder la noción del tiempo —le decía yo.
Cada vez que volvía a casa, me quedaba un buen rato sentado al borde de la cama contándole las cosas que hacía Fengxia dentro y fuera de su casa; de qué color llevaba la ropa, si los zapatos que le había hecho Jiazhen ya estaban gastados o no… Eran cosas que Jiazhen sabía, pero me las preguntaba una y otra vez, y yo se las contaba una y otra vez, hasta que me quedaba sin saliva; y aun así no me dejaba.
—¿Qué más hay que no me hayas contado? —me preguntaba.
Y nos quedábamos hablando hasta que anochecía. Casi todo el mundo en el pueblo ya estaba en la cama, y nosotros aún no habíamos ni cenado.
—Tengo que hacer algo de cena —decía yo.
—Cuéntame más cosas de Fengxia —me suplicaba ella sin dejarme ir.
En realidad, yo se las contaba de muy buena gana y, una vez contadas, todavía me parecía poco. Así que, cuando iba a trabajar al campo, las volvía a contar a los del pueblo, les decía lo lista y hacendosa que era mi Fengxia, lo bien que estaba allá en la ciudad, lo querida que era por todos, lo bien que hacía punto, más rápido que nadie. Pero a algunos les parecía mal.
—Fugui —me decían—, estás chocheando. Los de la ciudad son mala gente, y si Fengxia se pasa el día trabajando para los demás, a ver si no va a acabar muerta de cansancio.
—Eso tampoco es así —contestaba yo.
—Si Fengxia les teje jerseys, ellas deberían darle alguna cosa a cambio. ¿Se la dan?
Si es que la gente de pueblo es mezquina, sólo piensan en sacar pequeñas ganancias de todo. Las mujeres de la ciudad no eran en absoluto tan malas como ellos decían. Dos veces las oí decir a Erxi:
—Erxi, ve a comprar dos jin de lana, que Fengxia tenga también su jersey.
Erxi se rió, sin decir nada. Era un hombre de buena fe. Cuando se casó con Fengxia, por cumplir con lo que yo le había pedido, se había gastado mucho dinero, y había dejado a deber.
—Padre —me dijo en voz baja en un momento en que estábamos solos—, en cuanto devuelva el dinero que debo, le compro un jersey a Fengxia.
En la ciudad, la Revolución Cultural iba arreciando. Había [16] dazibao por todas partes. Los que los pegaban en las paredes eran unos gandules: pegaban los carteles nuevos sin arrancar los viejos, y se formaban capas cada vez más gruesas, como si a los muros les hubieran salido bolsillos llenos a reventar por todas partes. Hasta pegaron uno en la puerta de la casa de Fengxia y Erxi. Dentro, hasta la jofaina llevaba impresas consignas del venerable presidente Mao. En la funda de la almohada ponía: «Nunca olvidéis la lucha de clases»; en la sábana: «Avancemos contra viento y marea.» Erxi y Fengxia dormían todos los días encima de las palabras del presidente Mao.
Cada vez que iba a la ciudad y veía alguna muchedumbre, yo la evitaba. Allí había peleas todos los días. Varias veces vi cómo pegaban a alguien hasta dejarlo tendido en el suelo sin poder levantarse. No me extraña que el jefe de equipo ya no acudiera a las reuniones. A menudo la comuna enviaba a alguien a anunciar alguna asamblea de cargos de tercera categoría, pero él no iba nunca.
—En la ciudad muere gente todos los días —me dijo una vez en privado—, estoy acojonado. Hoy por hoy, ir a la ciudad a una reunión es meterse en el ataúd.
El jefe de equipo se quedaba en el pueblo sin ir a ninguna parte, pero sólo pudo pasar así unos cuantos meses de tranquilidad. Él no iba, pero vinieron a buscarlo. Ese día, estábamos trabajando en el campo, y vimos venir desde muy lejos una bandera roja ondeando al viento. Era un grupo de jóvenes guardias rojos. El jefe de equipo también estaba en el campo.
—No vendrán por mí, ¿no? —me dijo todo encogido, con el corazón en vilo, al verlos venir.
Una chica encabezaba la comitiva de guardias rojos.
—¿Por qué aquí no hay consignas ni dazibao? —preguntó a gritos—. ¿Y el jefe de equipo? ¿Quién es el jefe de equipo?
El jefe de equipo se apresuró a dejar la azada y presentarse.
—¡Camarada general! —la saludó con reverencias.
La joven sacudió el brazo con fastidio.
—¿Por qué no hay consignas ni dazibao? —repitió.
—Sí que hay consignas —dijo el jefe de equipo—, hay dos. Están pintadas en la pared trasera de aquella casa.
La chica no tenía pinta de tener más de dieciséis o diecisiete años, pero trataba a nuestro jefe de equipo con mucha arrogancia, mirándolo apenas de reojo.
—¡Id a pintar consignas! —ordenó a unos guardias rojos que llevaban cubos de pintura.
Los guardias rojos corrieron hacia las casas del pueblo a pintar consignas.
—Reúne a todo el pueblo —ordenó la chica al jefe de equipo.
El jefe de equipo se apresuró a sacar el silbato del bolsillo y a pitar con todas sus fuerzas. La gente que estaba trabajando en otros campos acudió corriendo.
—¿Quién es el terrateniente de aquí? —preguntó a voces la chica cuando estuvo prácticamente todo el mundo reunido.
Todo el mundo me miró, y me temblaron las piernas. Menos mal que el jefe de equipo dijo:
—Al terrateniente lo ejecutaron al principio de la Liberación.
—¿Tenéis campesinos ricos? —preguntó ella.
—Había uno —dijo el jefe de equipo—, pero hace dos años que murió.
—Entonces ¿tenéis algún dirigente seguidor del capitalismo?
—Esto es un pueblo pequeño —dijo el jefe de equipo componiendo una sonrisa —, ¿cómo va a haber dirigentes seguidores del capitalismo?
La chica señaló al jefe de equipo, tocándole casi la nariz.
—¿Y tú qué eres?
—Soy jefe de equipo, soy jefe de equipo —repitió él espantado.
—¡Tú eres el dirigente que ha tomado la vía capitalista! —gritó ella de repente.
—No lo soy, no lo soy, no la he tomado… —dijo el jefe de equipo agitando las manos aterrorizado.
La chica no le hizo caso.
—¡Os está imponiendo un régimen reaccionario! ¡Os atropella y oprime! ¡Debéis alzaros y rebelaros! ¡Debéis aplastar a este lacayo!
La gente del pueblo se quedó de piedra. Normalmente, el jefe de equipo tenía autoridad, y lo obedecíamos en todo, nunca se nos ocurrió pensar que pudiera estar equivocado. Y ahora estaba todo abatido, atormentado por esa banda de crios venidos de la ciudad, pidiendo clemencia, algo que ni siquiera fuimos capaces de pedir los demás.
—¡Decid algo! —nos gritó después de suplicar un rato— ¡Yo no os he oprimido!
Todo el mundo miró al jefe de equipo, y luego a la guardia roja.
—El jefe de equipo no nos ha oprimido —dijimos cuatro gatos—, es buena persona.
—No tenéis nada que hacer.
Hizo una seña a unos guardias rojos.
—Lleváoslo.
Dos jóvenes vinieron y agarraron al jefe de equipo por los brazos.
—¡No voy a la ciudad! —gritó el jefe de equipo, desafiante—. ¡Paisanos míos, ayudadme! ¡No dejéis que vaya a la ciudad! ¡Ir a la ciudad es meterse en el ataúd!
No le sirvió de nada gritar. Le retorcieron los brazos hacia atrás y se lo llevaron con la espalda doblada. Todo el mundo los vio llevárselo con cara amenazante, gritando eslóganes, sin que ninguno de nosotros tratara de impedírselo. Nadie tuvo ese valor.
La marcha del jefe de equipo nos pareció a todos de mal agüero. Allí reinaba el caos y, aunque el jefe de equipo saliera de ésa con vida, seguro que perdería un brazo o una pierna. Lo que no esperábamos era que lo viéramos venir por el camino al cabo de un par de días, eso sí, tambaleándose, con la cara toda hinchada y amoratada. Los que estábamos en el campo corrimos hacia él.
—¡Jefe de equipo! —lo llamaban.
El hombre abrió los párpados, nos miró y, sin decir nada, siguió andando hacia su casa, donde durmió como un tronco dos días seguidos. Al tercer día, el jefe de equipo bajó al campo a trabajar, con la azada al hombro. Le había bajado mucho la hinchazón de la cara. Todo el mundo lo rodeó, preguntándole esto, lo otro y lo de más allá, preguntándole si le dolía.
—El dolor no es nada —dijo moviendo la cabeza—. No me dejaban dormir, ¡me cago en la puta!, y eso es mucho peor que el dolor. Lo he visto muy claro —añadió con lágrimas en los ojos—. He cuidado siempre de vosotros como de mis propios hijos y, cuando me ha tocado sufrir, nadie ha intentado ayudarme.
Al oírlo, ninguno de nosotros se atrevió a mirarlo. El jefe de equipo, al fin y al cabo, había tenido suerte: se lo habían llevado a la ciudad y sólo pasó tres días recibiendo palizas. En cambio Chunsheng, que vivía allí, las pasó canutas. Yo ni me había enterado de que había caído en desgracia. Ese día iba yo a la ciudad a ver a Fengxia y, por la calle, vi que iban exhibiendo a un grupo con cucuruchos de papel en la cabeza y carteles colgados en el pecho. Al principio no les presté mucha atención, pero cuando pasaron a mi altura, ¡menudo susto me llevé! El que iba primero era Chunsheng. Iba con la cabeza gacha y no me vio. Cuando pasó, de repente, levantó la cabeza y gritó:
—¡Viva el presidente Mao!
Unos tipos con brazal rojo se abalanzaron sobre él a darle puñetazos y patadas, insultándolo.
—¿Y eso lo dices tú, cabrón seguidor del capitalismo?
De la paliza que le dieron, Chunsheng se cayó encima del cartel de madera que llevaba colgado. Uno le dio una patada en la cabeza, que sonó ¡cloc! como si le hubieran hecho un agujero, y Chunsheng se quedó despatarrado en el suelo, sin soltar ni un gemido. En mi vida había visto pegar a alguien así. Chunsheng parecía un trozo de carne en el suelo, al que iban arreando patadas. Si seguían así, era seguro que lo iban a matar, así que cogí a uno del brazo y le dije:
—No le peguéis más, os lo suplico.
El otro me dio un empujón con todas sus fuerzas, casi me caigo al suelo.
—¿Y tú quién eres? —me preguntaron.
—No le peguéis más —les dije.
—¿No sabes quién es éste? —dijo uno señalándolo—. ¡El antiguo jefe del distrito! ¡Un dirigente seguidor del capitalismo!
—Yo no sé nada de eso —dije—, sólo sé que es Chunsheng.
Al ponerse a hablar, dejaron de pegar a Chunsheng. Le ordenaron a gritos que se levantara. Pero ¿cómo se iba a levantar con la tunda que le habían dado? Así que fui a ayudarle, y él me reconoció.
—Fugui, apártate ahora mismo.
Ese día, cuando volví a casa, me senté al borde de la cama y conté la historia de Chunsheng, Jiazhen bajó la cabeza.
—No tenías que haberlo echado de casa —le dije.
Ella no dijo nada, pero en realidad pensaba lo mismo que yo.
Al cabo de mes y pico, Chunsheng vino a casa a escondidas. Eran las tantas de la noche, Jiazhen y yo ya estábamos durmiendo, y él estuvo llamando a la puerta hasta que nos despertó. Abrí y, a la luz de la luna, vi que era Chunsheng, que traía toda la cara hinchada como un globo.
—¡Chunsheng! Pasa, corre.
Él se quedó en la puerta sin entrar.
—¿Y tu mujer? —me preguntó.
—Jiazhen —le dije a ella—, es Chunsheng.
Jiazhen se sentó en la cama sin contestar. Le dije a Chunsheng que pasara, pero, si ella no decía nada, él no entraba.
—Fugui —dijo—, sal un momento.
—Jiazhen —dije volviéndome hacia ella—, está aquí Chunsheng.
Ella no me hizo caso, así que no tuve más remedio que ponerme algo sobre los hombros y salir. Chunsheng fue hasta el árbol que había delante de casa.
—Fugui —dijo—, vengo a despedirme de ti.
—¿Adonde vas? —le pregunté.
—No quiero seguir viviendo —dijo apretando los dientes con fuerza.
Me quedé horrorizado.
—Chunsheng —le dije enseguida, agarrándole el brazo—, no digas tonterías, que tienes a tu mujer y a tu hijo.
Al oírme, Chunsheng se echó a llorar.
—Fugui, cada día me atan y me pegan. Tócame las manos —dijo enseñándomelas.
Las tenía como si se las hubieran cocido, abrasaban.
—¿Duele? —le pregunté.
—Ya no las siento —dijo él moviendo la cabeza.
Le puse la mano en el hombro y presioné hacia abajo.
—Chunsheng, siéntate —le dije—. Ni se te ocurra hacer ninguna tontería. Todos los muertos quieren seguir vivos, así que tú, que estás vivo y coleando, no tienes que morirte. Tu vida te la dieron tus padres —añadí—. Si no la quieres, antes deberías pedirles permiso a ellos.
—Mis padres murieron hace tiempo —dijo él secándose las lágrimas.
—Pues razón de más para seguir vivo —le dije—. Piensa un poco, tú que has corrido tanto mundo y has estado en tantas guerras, ¿fue fácil sobrevivir?
Estuve diciéndole muchas cosas, y Jiazhen lo oyó todo desde la cama. Cuando faltaba poco para que amaneciera, parecía que Chunsheng se había dejado convencer más o menos. Se puso de pie y dijo que se iba. En ese momento, Jiazhen le llamó desde dentro.
—Chunsheng.
Nos quedamos los dos parados. Sólo cuando Jiazhen volvió a llamarle, Chunsheng contestó. Nos acercamos hasta la puerta.
—Chunsheng —dijo Jiazhen desde la cama—, tienes que vivir.
Chunsheng asintió.
—Todavía nos debes una vida —dijo Jiazhen echándose a llorar—. Páganosla con la tuya.
—De acuerdo —dijo Chunsheng al cabo de un rato.
Lo acompañé hasta la entrada del pueblo. Chunsheng me dijo que me quedara allí, que no lo acompañara más, y allí me quedé, a la entrada del pueblo, mirando cómo se iba, cabizbajo. Lo habían dejado cojo con las palizas y le costaba mucho andar. Yo no me quedé tranquilo y le grité:
—¡Chunsheng! ¡Prométeme que vivirás!
Él siguió andando, y luego se volvió hacia mí.
—¡Te lo prometo!
Pero al final no cumplió. Al cabo de un mes y pico, oí decir que el jefe de distrito Liu se había ahorcado en la ciudad. Por larga que tenga uno la vida que le ha tocado, si se empeña en morirse, no hay manera de que la viva entera. Cuando se lo dije a Jiazhen, ella estuvo muy triste todo el día.
—En realidad —me dijo esa noche—, Chunsheng no tuvo la culpa de que muriera Youqing.
Al llegar la temporada de más trabajo en el campo, ya no pude ir tan a menudo a la ciudad a ver a Fengxia. Menos mal que en aquella época estaba la comuna popular: trabajábamos todos los del pueblo juntos, y ya no tenía que preocuparme de nada. Lo malo es que Jiazhen seguía sin poder levantarse, así que yo trabajaba de sol a sol. Por una parte, no podía faltar al trabajo del campo; por otra, tampoco podía dejar a Jiazhen sin comer. Estaba agotado. Y yo ya era mayor; que si tienes veinte años, duermes y te levantas como nuevo. Pero, cuando entras en años, ya puedes dormir todo lo que quieras que no recuperas y, a la hora de trabajar, no puedes con el alma. Allí, en medio de los demás del pueblo, más que trabajar hacía como que trabajaba. Pero, como todos sabían las penalidades que pasaba yo, nadie me reprochaba nada.
En la temporada agrícola, Fengxia vino a pasar unos días en casa. Hacía la comida, hervía el agua, cuidaba de Jiazhen, así que yo estaba mucho más relajado. Pero entonces pensé en el dicho de que casar a una hija es como derramar agua en el suelo: perderla y no recuperarla. Hacía tiempo que Fengxia ya era de Erxi, y no podía ser que pasara tanto tiempo en nuestra casa. Lo hablé con Jiazhen, le dije que teníamos que hacer que volviera a su casa como fuera, y eché a Fengxia. Fui dándole empujoncitos hasta la entrada del pueblo. La gente, al verme, se reía de mí, decía que nunca habían visto un padre así. Yo, al oírlos, pensaba que en el pueblo no había una sola hija que fuera tan buena con sus padres como Fengxia.
—Fengxia es una sola persona. Si se ocupa de Jiazhen y de mí, no podrá ocuparse de mi yerno cabiztuerto.
No pasó mucho tiempo desde que mandé a Fengxia de vuelta a la ciudad, cuando vino de nuevo a casa. Esta vez, hasta se trajo al yerno cabiztuerto. Por allá venían los dos de la mano, los vi de muy lejos. No necesitaba ni ver la cabeza ladeada de Erxi: con ver que iban de la mano ya sabía quiénes eran. Erxi llevaba en la mano una botella de vino de arroz, y venía sonriendo de oreja a oreja. Fengxia traía un cesto de bambú colgado del brazo, sonriendo igual que él. Pensé: «¿Qué les habrá pasado para que vengan tan contentos?»
Cuando llegamos a casa, Erxi cerró la puerta.
—Padre, madre, Fengxia está preñada.
¡Fengxia iba a tener un hijo! Jiazhen y yo reímos de felicidad. Estuvimos riendo los cuatro un buen rato, antes de que Erxi recordara el vino de arroz que había traído. Fue hasta la cama y dejó la botella en la mesita de Jiazhen. Fengxia sacó un cuenco de judías del cesto.
—Vamos todos a la cama —dije—, todos a la cama.
Fengxia se sentó al lado de Jiazhen, yo fui por cuatro cuencos y me senté en un extremo con Erxi. Erxi me llenó el cuenco de vino hasta arriba, sirvió a Jiazhen, luego quiso servir a Fengxia, pero ella le apartó la botella moviendo la cabeza una y otra vez.
—Hoy también tú vas a beber.
Fengxia pareció entender lo que le había dicho Erxi, y cedió. Levantamos los cuencos, Fengxia tomó un sorbo y frunció las cejas. Miró a Jiazhen, que también fruncía las cejas, y le sonrió con los labios apretados. Erxi y yo nos los bebimos de un solo trago, mandando directo al estómago un cuenco entero de vino.
—Padre, madre —dijo Erxi con lágrimas en los ojos—, ni en sueños pensé nunca que llegaría este día.
Nada más oírlo, a Jiazhen se le humedecieron los ojos y, al verla, se me empañaron a mí también.
—Yo tampoco —dije—. Antes, lo que más nos preocupaba era qué sería de Fengxia cuando muriéramos yo y Jiazhen. Al casarte tú con ella, nos quedamos tranquilos. Pero si hay hijos mucho mejor. Así, cuando muera Fengxia, tendrá quien la entierre.
Al vernos llorar, a Fengxia también le cayeron las lágrimas.
—Ojalá viviera Youqing —dijo Jiazhen entre sollozos—. Lo había criado Fengxia, la quería mucho. Youqing no verá este día.
—Ojalá vivieran mis padres —dijo Erxi llorando todavía más—. Cuando murió mi madre, me tenía la mano cogida y no la soltó.
Los cuatro llorábamos cada vez más desconsolados. Al cabo de un rato, Erxi volvió a reír.
—Padre, madre —dijo señalando el cuenco de judías—, comed esto, que lo ha hecho Fengxia.
—Ya como, ya —dije—. Jiazhen, come tú también.
Jiazhen y yo nos estuvimos mirando, y los dos nos echamos a reír. ¡Pronto íbamos a tener un nieto! Estuvimos los cuatro llorando y riendo hasta que anocheció, cuando se fueron Erxi y Fengxia.
Estando embarazada Fengxia, Erxi la trataba con más cariño todavía. En verano, como había muchos mosquitos y no tenían mosquitera, cuando anochecía, Erxi se acostaba solo, para alimentar a los mosquitos, y mandaba a Fengxia a sentarse fuera a tomar el fresco. Cuando los mosquitos de la casa ya estaban hartos y dejaban de picar, la llamaba para que fuera a dormir. Más de una vez entró Fengxia a ver qué pasaba, y él se impacientaba y la echaba. Todo esto me lo contaron las vecinas de Erxi.
—Cómprate una mosquitera —le decían.
Él sonreía y no contestaba.
—Mientras no haya saldado la deuda —me dijo en cuanto tuvo ocasión—, no me quedaré tranquilo.
Me daba lástima verlo lleno de picaduras de mosquito por todo el cuerpo.
—No hagas esto —le dije.
—Yo estoy solo —me dijo Erxi—, no pasa nada porque me piquen un poco más o menos los mosquitos. Pero es que Fengxia es dos personas.
Fengxia dio a luz un día de invierno. Caía tanta nieve que apenas se veía por la ventana. Fengxia ingresó en la sala de partos y no salió en toda la noche. Erxi y yo esperábamos fuera, cada vez con más miedo de lo que pudiera pasar. En cuanto salió un médico, fui a preguntarle. Así supimos que seguía el parto, y nos tranquilizamos un poco.
—Padre —me dijo Erxi cuando ya estaba a punto de amanecer—, ve a dormir un rato.
—Con esta preocupación no podría dormir —dije moviendo la cabeza.
—No podemos quedarnos así los dos —insistió él—. Cuando Fengxia haya dado a luz, alguien tendrá que cuidar de ella.
Pensándolo bien, tenía razón.
—Erxi —le dije—, ve tú a dormir.
Estuvimos así, dale que te pego, y al final no dormimos ninguno de los dos. Se hizo de día, y Fengxia aún no había salido, así que volvimos a angustiarnos. Todas las mujeres que habían entrado después de Fengxia habían dado a luz y ya habían salido. Erxi y yo no aguantábamos quietos. Nos acercamos a la puerta a ver si oíamos algo de lo que pasaba dentro. Al oír gritos de mujer, nos quedamos más tranquilos.
—¡Lo que estará sufriendo la pobre Fengxia! —dijo Erxi.
Pero al poco pensé que era imposible: Fengxia era muda, no podía gritar. Se lo dije a Erxi, que se puso pálido de golpe. Corrió hasta la puerta de la sala de partos y se puso a gritar con todas sus fuerzas.
—¡Fengxia! ¡Fengxia!
Salió un médico y le dijo de mala manera:
—¿Qué hace gritando? ¡Fuera de aquí!
—¿Cómo es que aún no ha salido mi mujer? —preguntó él llorando a lágrima viva.
—Hay niños que vienen rápido —dijo alguien—, y otros que tardan.
Miré a Erxi, Erxi me miró a mí, y pensamos que quizá fuera verdad. Nos sentamos a seguir esperando, con el corazón latiéndonos con fuerza. Al poco rato, salió una médica.
—¿A quién prefieren? —nos preguntó—. ¿A la madre o al pequeño?
Su pregunta nos dejó de piedra.
—¡Eh, que les estoy hablando! —insistió.
Erxi cayó de rodillas a sus pies.
—¡Doctora! —gritó llorando—. ¡Salve a Fengxia! ¡Prefiero a Fengxia!
Erxi se quedó llorando desconsoladamente en el suelo. Le ayudé a levantarse, diciéndole que se calmara, que eso no era bueno para la salud.
—Mientras Fengxia esté bien, no hay problema —le dije—. Ya lo dice el refrán: «Mientras queden montes verdes, no hay que preocuparse por la leña.»
—¡He perdido a mi hijo!
Si era así, yo había perdido a mi nieto. Bajé la cabeza y me eché a llorar yo también. Así estuvimos hasta mediodía, cuando salió una médica.
—Ya está —dijo—. Es niño.
A Erxi le entró angustia.
—No le pedí que salvara al pequeño —vociferó levantándose de un salto.
—La madre también se encuentra bien.
¡Fengxia estaba bien! Se me nubló la vista, ya no tenía edad para esos tormentos. Erxi estaba loco de contento. Se sentó a mi lado, sin parar de temblar, de tanto reír.
—Ahora que ya estoy más tranquilo, puedo ir a dormir —le dije—. Vengo a relevarte dentro de un rato.
Quién iba a pensar que, nada más irme yo, Fengxia tuvo problemas. Llevaba yo fuera apenas unos minutos, cuando un montón de médicos entraron corriendo en la sala de partos, arrastrando una bombona de oxígeno.
Después del parto, Fengxia tuvo una hemorragia tremenda y, antes del anochecer, dejó de respirar. Mis dos hijos habían muerto de parto: Youqing del parto de otra mujer, y Fengxia de su propio parto.
Ese día nevaba muchísimo. Al morir Fengxia, la pusieron en aquella habitacioncita. Cuando fui a verla y me di cuenta de dónde estaba, no pude ni entrar: era la habitación donde vi muerto a Youqing más de diez años atrás. Esperé en la nieve, oyendo a Erxi llamar una y otra vez a Fengxia, tan destrozado que se quedó en cuclillas. Los copos caían flotando, yo casi ni veía la puerta de esa habitación, sólo oía a Erxi, que dentro lloraba y gritaba. Llamé a Erxi, lo llamé muchas veces antes de que contestara y se asomara a la puerta.
—Yo quería a la mayor —me dijo—, y me han dado al pequeño.
—Volvamos a casa —dije—. Algo habremos hecho en nuestra vida anterior para que este hospital nos trate así. Aquí murió Youqing, aquí ha muerto Fengxia. Erxi, volvamos a casa.
Entonces Erxi se puso a Fengxia a la espalda, y así volvimos los tres.
Para entonces ya era de noche, las calles estaban cubiertas de nieve, no se veía a nadie, silbaba el nordeste, y la nieve iba azotándonos la cara como una tormenta de arena. Erxi estaba ya ronco de tanto llorar.
—Padre —dijo al cabo de un trecho—, no puedo más.
Le dije que me pasara a Fengxia, pero él no quiso. Seguimos unos pasos, y se puso en cuclillas.
—Padre —dijo—, me duele muchísimo la cintura.
Eso era de llorar, había llorado tanto que le dolía. Cuando llegamos a casa, Erxi puso a Fengxia sobre la cama y se sentó a su lado a mirarla fijamente, tan encogido que estaba hecho un ovillo. Incluso sin mirarlo, sólo de ver su sombra y la de Fengxia en la pared, se me partía el alma. Dos sombras grandes y negras, una estirada, otra que parecía arrodillada, completamente quietas, sólo las lágrimas de Erxi se movían, y yo veía los puntos negros deslizarse uno a uno entre las dos sombras. Corrí a la cocina a poner agua en el fuego, para que Erxi pudiera tomar algo caliente. Cuando el agua rompió a hervir y fui a llevarle un cuenco, la luz se había apagado. Erxi y Fengxia dormían.
Pasé la noche sentado en la cocina hasta el amanecer. Fuera, el viento aullaba. Durante un rato estuvo cayendo granizo menudo, que iba dando en las ventanas, ¡cshh! ¡cshhh! Erxi y Fengxia dormían en la habitación de dentro, en un silencio total. El viento helado se colaba por las rendijas de la puerta, dejándome las rodillas frías y doloridas. Tenía el corazón entumecido como si se hubiera congelado. Mis dos hijos se habían ido así, sin más. En un momento como ése, aunque quisiera llorar, ya no tenía ni lágrimas. Pensé en Jiazhen, que a esas horas estaría despierta, esperando noticias. Cuando salí de casa, ella me pidió una y otra vez que, en cuanto diera a luz Fengxia, corriera a casa a decirle si era niño o niña. Pero al morir Fengxia, ¿cómo podía ir a decírselo?
Cuando murió Youqing, Jiazhen estuvo a punto de irse también. Ahora que Fengxia también había muerto antes que ella, ¿cómo iba a soportarlo la pobre madre? Al día siguiente, Erxi volvió conmigo a casa, llevando a Fengxia a la espalda. Seguía nevando, y Fengxia parecía cubierta de algodón, casi toda blanca. Nada más entrar, viendo a Jiazhen sentada en la cama, toda despeinada, con la cabeza apoyada en la pared, me di cuenta de que sabía que Fengxia había fallecido: yo llevaba dos días seguidos y sus noches sin volver a casa. Me empezaron a caer las lágrimas, y Erxi, que ya había dejado de llorar, al ver a Jiazhen volvió a sollozar.
—Madre… —farfullaba—. Madre…
Jiazhen movió ligeramente la cabeza, la separó de la pared, y miró fijamente el cuerpo de Fengxia en la espalda de Erxi. Ayudé a mi yerno a dejar a Fengxia sobre la cama. Jiazhen bajó entonces la mirada hacia su hija, con los ojos fijos, como a punto de salírsele de las órbitas. Yo no me esperaba en absoluto que Jiazhen reaccionara así, sin derramar ni una lágrima, sólo mirando a Fengxia, acariciándole la cara y el pelo. Erxi, llorando, se puso en cuclillas y apoyó la cabeza en el borde de la cama. Yo estaba a un lado, mirando a Jiazhen, sin saber qué iba a hacer mi mujer. Ese día, Jiazhen no lloró ni gritó, sólo, de vez en cuando, movía la cabeza. La nieve que Fengxia traía encima se fue derritiendo poco a poco, y la cama acabó empapada.
Enterramos a Fengxia con Youqing. En ese momento había dejado de nevar, y el sol brillaba en el cielo; el nordeste silbaba todavía con más fuerza, cubriendo casi el rumor de las hojas de los árboles. Después de enterrar a Fengxia, Erxi y yo nos quedamos allí, abrazando la pala de la azada, con el viento a punto de tirarnos. Todo el suelo estaba cubierto de nieve, que deslumbraba brillando al sol. Sólo la tumba de Fengxia estaba sin nieve. Erxi y yo mirábamos ese montón de tierra húmeda, incapaces de alejarnos de allí.
—Padre —dijo Erxi señalando un trozo de tierra pegado a la tumba de Fengxia—, cuando yo me muera, que me entierren aquí.
—Déjamelo a mí —le dije con un suspiro—, seguro que moriré antes que tú.
Una vez enterrada Fengxia, ya pudimos ir a buscar el niño al hospital. Erxi recorrió los más de diez li que había hasta nuestra casa con el niño en brazos, lo dejó encima de la cama. El crío, cuando abría los ojos, fruncía las cejas y miraba hacia aquí, hacia allá, a saber qué miraría. Al verlo así, Erxi y yo nos echamos a reír. Jiazhen no se rió en absoluto. Lo miró fijamente, tocándole las mejillas con los dedos. Al principio, su actitud era la misma que ante el cadáver de Fengxia. Yo estaba con el alma en vilo; me asustaba verla así, no sabía qué le pasaba. Luego, Erxi levantó la mirada y, al ver a Jiazhen, dejó inmediatamente de reír. Se quedó allí con los brazos colgando, sin saber qué hacer. Pasó un buen rato antes de que Erxi me hablara en voz baja.
—Padre, ponle un nombre al niño.
Sólo entonces habló Jiazhen, con voz ronca.
—Este niño se ha quedado sin madre al nacer. Se llamará Kugen.[17]
No pasaron ni tres meses de la muerte de Fengxia cuando también murió Jiazhen.
—Fugui —me decía unos días antes—, tú enterraste a Youqing y Fengxia. Pensar que me vas a enterrar tú con tus propias manos me tranquiliza.
Eso es que ya sabía que le faltaba poco, pero parecía muy serena. Ya no tenía ni fuerzas para sentarse, se quedaba tendida en la cama, con los ojos cerrados. Pero oía muy bien y, cuando yo volvía del trabajo y abría la puerta, ella abría los ojos y movía los labios. Yo sabía que me estaba diciendo algo —en esos días estaba muy habladora —, así que me sentaba en la cama y acercaba la cara a la suya para escuchar su voz, tan débil como un latido de corazón. Por mucho que haya sufrido uno en la vida, cuando está a punto de morir, todavía piensa en algo que le sirva de consuelo. Jiazhen también lo encontró.
—Esta vida ya casi se me ha terminado —decía una y otra vez—. Tú has sido muy bueno conmigo, y estoy muy satisfecha de eso. Yo te he dado una hija y un hijo, que ha sido mi manera de recompensarte por ello, así que en la próxima vida volveremos a estar juntos.
Cuando decía que en la vida futura quería volver a ser mi mujer, se me saltaban las lágrimas, me caían hasta su cara. Ella parpadeaba un par de veces y sonreía un poquito.
—Fengxia y Youqing murieron antes que yo, así que estoy tranquila, ya no tengo que preocuparme por ellos. Al fin y al cabo, sigo siendo una madre, y nuestros niños fueron muy buenos hijos conmigo. Tengo que estar satisfecha de haber conseguido algo así en la vida. Tú tienes que seguir viviendo —añadió—. Todavía tienes a Kugen y a Erxi. Erxi, en realidad, también es hijo tuyo. Cuando Kugen sea mayor, será tan cariñoso contigo como lo fue Youqing, será un buen hijo.
Jiazhen murió a mediodía. Al volver yo del trabajo, ella abrió los ojos, me acerqué a escuchar sus palabras y fui a la cocina a prepararle un cuenco de sopa. Cuando fui a llevárselo y me senté en la cama, Jiazhen, con los ojos cerrados, me agarró la mano de repente. Me sorprendió que pudiera tener tanta fuerza todavía, y me asusté. Traté de soltarme con suavidad, pero no pude. Enseguida dejé el cuenco de sopa en un taburete y le puse la mano en la frente. Todavía estaba tibia, y me quedé más tranquilo. Jiazhen parecía dormida, con la expresión tranquila y serena, sin rastro de sufrimiento. Pero al cabo de un rato, la mano que sujetaba la mía ya se había quedado fría. Le toqué los brazos: iban enfriándose por partes. Para entonces, sus piernas ya estaban frías, como todo su cuerpo. Sólo quedaba un trocito tibio en el pecho; le puse la mano encima, pero el calor del pecho pareció escapárseme poco a poco entre los dedos. Al final, me soltó la mano, y la suya quedó inerte sobre mi brazo.