¡Vivir!
Parte 4
* * *
Después de que se fuera Jiazhen, sorprendía a menudo a mi madre secándose furtivamente las lágrimas. Al principio, quise encontrar unas frases de consuelo que decirle, pero al verla así, ni siquiera me salían. Ella en cambio solía decirme:
—Jiazhen es tu mujer, no es de nadie más, nadie puede quitártela.
Al oírla sólo podía suspirar para mis adentros. ¿Qué podía decir yo? Una familia tan unida había quedado destrozada como un cántaro de barro hecho pedazos. A menudo, por las noches, tumbado en la cama, no podía dormir, lleno de resentimiento por esto o por aquello; pero al final con quien más resentido estaba era conmigo mismo. Como por las noches daba tantas vueltas a las cosas, por el día me dolía la cabeza. No tenía fuerzas para ir al huerto por hortalizas. Menos mal que tenía a Fengxia. Ella me cogía la mano y me preguntaba:
—Padre, una mesa tiene cuatro esquinas. Si le sierras una esquina, ¿cuántas quedan?
Yo no sabía de dónde había sacado eso Fengxia; pero, cuando le dije que quedaban tres esquinas, se echó a reír de buena gana.
—¡No, quedan cinco! —dijo.
Al oírlo, quise reír y no pude, pensando en nuestra familia de cuatro personas. Al irse Jiazhen quedó como la mesa a la que sierras una esquina. Y luego estaba el niño que llevaba dentro.
—Cuando vuelva tu madre, seremos cinco.
Después de vender todo lo valioso que había en casa, mi madre empezó a ir con Fengxia a arrancar plantas silvestres comestibles. Allá iba ella con su cesta, bamboleándose con sus pies torcidos, incapaz de andar tan rápido como la niña. Con el pelo ya completamente blanco, tenía que aprender a hacer un trabajo físico que nunca había hecho. Al ver a mi madre de la mano de Fengxia, mirando el suelo a cada paso que daba, cautelosa, se me hizo un nudo en la garganta.
Pensé que ya nunca volveríamos a llevar la vida de antes y que yo tendría que mantener a mi madre y a Fengxia. Hablé a mi madre de ir a la ciudad a pedir un dinero a parientes y amigos para abrir una tiendecita. Al oírlo, mi madre no dijo ni mu. No se hacía a la idea de abandonar ese pueblo. Cuando uno se hace mayor siempre pasa lo mismo, nadie quiere cambiar de sitio.
—Ahora la casa y las tierras son de Long Er —le dije entonces—. Qué más da vivir aquí o en otra parte.
Al oírlo, mi madre se quedó callada un buen rato.
—Aquí sigue estando la tumba de tu padre —dijo por fin.
Con esa sola frase, mi madre me quitó las ganas de buscar más ideas. Después de dar muchas vueltas al asunto, vi que sólo me quedaba ir a ver a Long Er.
Long Er se había convertido en el terrateniente local, y solía vestir ropa de seda y pasearse entre los cultivos con una tetera en la mano, con unos aires que para qué te voy a contar. Iba siempre sonriendo con la boca bien abierta, enseñando las dos muelas de oro que llevaba. A veces sonreía hasta para echar bronca a algún aparcero a quien tuviera atravesado. Yo al principio creía que lo que pasaba es que era amable con la gente, pero poco a poco me di cuenta de que lo hacía para que todo el mundo admirara sus dientes de oro.
Cuando me veía, era relativamente educado conmigo.
—Fugui —me decía con la mejor de sus sonrisas—, pásate por mi casa a tomar un té.
Si yo nunca había ido a casa de Long Er era por temor a que me entrara tristeza. Yo había vivido en esa casa desde que me habían traído al mundo, y ahora era la casa de Long Er, así que imagínate cómo me habría sentido.
Pero en realidad, cuando uno llega a la situación en que estábamos nosotros, tampoco puede andarse con esos reparos. Prácticamente, el dicho «La pobreza merma las ambiciones» me iba que ni pintado. El día en que fui a ver a Long Er, él estaba sentado en el sillón de madera del salón, con las piernas apoyadas en un reposapiés, la tetera en una mano y el abanico en la otra.
—¡Pero si es Fugui! —dijo al verme, con su sonrisa de oreja a oreja—. Coge un taburete y siéntate.
Él estaba arrellanado en su sillón, sin mover ni un pelo, así que yo no esperaba que se molestara en prepararme una tetera.
—Fugui —me dijo cuando me senté—, has venido a pedirme dinero prestado, ¿no es así?
Sin darme tiempo a contestar que no, prosiguió:
—En teoría, yo debería prestarte algún dinero. Pero sacar de un apuro no saca de la pobreza. Sólo puedo sacarte de un apuro, no de pobre.
—Quisiera arrendar unos mu de tierra —dije asintiendo.
—¿Cuántos? —preguntó risueño.
—Cinco —contesté.
—¿Cinco? —preguntó Long Er subiendo las cejas compasivo—. ¿Tendrás fuerzas para labrarlos?
—Es cuestión de práctica —dije.
Long Er se lo pensó un poco.
—Somos viejos conocidos. Te daré cinco mu de buena tierra.
Algún sentido de la amistad tenía Long Er, porque realmente me dio cinco mu de buena tierra. Casi muero de agotamiento al labrarla yo solo. Yo nunca había hecho labores agrícolas, así que me dedicaba a imitar a los aldeanos, imagínate lo lento que iba. Mientras hubiera suficiente luz para ver, allí estaba yo, de sol a sol. Y las noches de luna, también bajaba al campo a trabajar. Los cultivos hay que hacerlos a su debido tiempo. Si no, pierdes toda la cosecha. Y si eso ocurría, no sólo no iba a poder mantener a mi familia, sino que no iba a ser capaz ni de pagar a Long Er el grano del arriendo. Dice el refrán que «El pájaro torpe es el primero en volar»; pues en mi caso, además de volar más temprano, tenía que volar más.
Mi madre me quería muchísimo, así que iba conmigo a trabajar. Pero la pobre, a sus años, con los pies que le impedían moverse bien y la espalda tan anquilosada que, apenas se agachaba un rato, ya no podía volver a levantarse, a menudo se dejaba caer sentada en el suelo.
—Madre, vuelve ahora mismo a casa, por favor —le decía yo.
—Cuatro manos siempre son mejor que dos —contestaba ella moviendo la cabeza.
—Pues si acabas enferma de agotamiento, no tendremos ni una sola, porque tendré que cuidar de ti.
Sólo así se fue, lentamente, a sentarse en el sendero del bancal y esperarme con Fengxia. Fengxia venía a hacerme compañía todos los días. Recogía muchas flores, las ponía junto a ella y me las iba enseñando una a una, preguntándome cómo se llamaban. Qué iba yo a saber.
—Pregunta a tu abuela —le decía yo.
—¡Ten cuidado, no te lo vayas a clavar en un pie! —me decía mi madre, sentada en el sendero, al verme trabajar con el azadón.
Y cuando usaba la hoz, se preocupaba todavía más.
—¡Fugui, no vayas a llevarte una mano con eso! —me decía una y otra vez.
Tener a mi madre allí, poniéndome en guardia todo el rato, no servía para nada. Yo tenía que trabajar rápido, así que era inevitable que me clavara el azadón o me hiciera algún corte en la mano. En cuanto me sangraba una mano o un pie, mi madre se volvía loca de angustia.
Venía corriendo bamboleándose con sus pies vendados y me paraba la hemorragia con un pegote de barro. Mientras, me cantaba las cuarenta de un tirón. En cuanto se ponía a regañarme se tiraba horas, y yo no podía responderle porque, si lo hacía, se me echaba a llorar.
Mi madre solía decir que el barro era sanísimo. No sólo hacía crecer los cultivos, también curaba. Yo llevo un montón de años poniéndome pegotes de barro en las heridas que me hago. Mi madre tenía razón; no hay que despreciar los pegotes de barro, porque lo curan todo.
Cuando estás tan cansado que te pasas días enteros sin fuerza, lo bueno es que no te pones a pensar en cualquier cosa. A partir de cuando arrendé las tierras de Long Er, nada más tumbarme en la cama me quedaba como un tronco, ronquido va, ronquido viene, no tenía tiempo para pensar en nada. Cuando lo recuerdo ahora, llevaba una vida dura y cansada, pero por dentro estaba tranquilo. Pensaba que al menos los Xu teníamos un pollito y que, si seguía trabajando así, en pocos años el pollito se convertiría en oca, y algún día los Xu volveríamos a ser ricos.
A partir de entonces, nunca más volví a vestir túnica de seda. Mi madre tejía el algodón basto de la ropa que llevaba. Al principio, me pareció muy incómoda, raspaba por todo el cuerpo; pero con el tiempo la llevé más a gusto. Hace unos días murió Wang Xi, el antiguo aparcero de mi casa. Me llevaba dos años. Antes de morir, ordenó a su hijo que me regalara su antigua ropa de seda: nunca olvidó que yo había sido el joven amo. Quería que yo, antes de morir, pudiera darme el lujo de llevar ropa de seda. Pero yo, que no soy digno de la bondad de Wang Xi, nada más ponerme su ropa de seda me la tuve que quitar de lo desagradable que me resultó: era tan suave y resbaladiza que parecía hecha de moco.
Al cabo de unos tres meses, vino Changgen, el antiguo peón de casa. Ese día estaba yo trabajando en el bancal, y mi madre y Fengxia estaban sentadas en el sendero. Changgen iba apoyándose en una rama seca, con la ropa hecha jirones, un hatillo en una mano y un cuenco resquebrajado en la otra. Se había hecho mendigo. Fengxia fue la primera que lo vio. Se levantó y lo llamó:
—¡Changgen! ¡Changgen!
Al ver a ese hombre que desde niño se había criado en casa, mi madre corrió a su encuentro.
—Ama —dijo Changgen secándose las lágrimas—, echaba de menos al joven amo y a Fengxia, y he venido a verlos.
Changgen entró en el bancal y, al verme vestido de algodón basto y cubierto de barro, se echó a llorar a lágrima viva.
—¡Joven amo! Pero ¿qué le ha pasado?
Cuando perdí toda la fortuna de mi familia, el que salió peor parado fue Changgen. Changgen había trabajado toda la vida en nuestra casa, lo justo habría sido que yo lo hubiera mantenido en su vejez. Pero al arruinarnos nosotros, él no tuvo más remedio que irse y vivir de la mendicidad.
Al ver su aspecto, se me encogió el corazón. De niño se pasaba el día llevándome a cuestas de aquí para allá, y de mayor nunca me acordé de él. Ni se me había pasado por la cabeza que pudiera venir a vernos.
—¿Estás más o menos bien? —le pregunté.
—Sí, más o menos —contestó frotándose los ojos.
—¿No has encontrado casa donde colocarte? —le pregunté.
—A mis años —dijo él moviendo la cabeza—, ¿quién va a querer emplearme?
Al oírlo, por poco se me saltan las lágrimas. Sin embargo, Changgen no se lamentaba de su suerte; si lloraba era por mí.
—Joven señor, ¿cómo puede soportar vivir así? —preguntó.
Esa noche, Changgen la pasó en nuestro chamizo. Mi madre y yo estuvimos hablando de la posibilidad de que se quedara con nosotros, aunque entonces la vida sería todavía más difícil.
—Es igual —le dije a mi madre—, que se quede. Con que comamos dos bocados menos de arroz cada uno, será suficiente.
Ella asintió.
—Changgen es tan bueno… —dijo.
A la mañana siguiente, dije a Changgen:
—Changgen, es una suerte que hayas vuelto. Precisamente necesitaba ayuda. Quédate a vivir con nosotros.
Changgen me miró, echándose a reír. Se rió tanto que se le saltaron las lágrimas.
—Joven amo, no tengo fuerzas para serle de ayuda. Su buena intención me basta —dijo.
Se dispuso a marcharse. Ni mi madre ni yo pudimos hacer nada para detenerlo.
—Déjenme ir, ya volveré por aquí a hacerles una visita —dijo.
Después todavía vino una vez. Trajo a Fengxia una pieza de seda roja para que se adornara el pelo. La había encontrado por ahí; la lavó y la guardó especialmente para traérsela a Fengxia. Luego ya no volví a verlo más.
Al arrendar las tierras de Long Er, me había convertido en su aparcero, de modo que ya no podía llamarlo por su nombre como antes; tenía que llamarlo «amo Long». Al principio, cuando me oía, hacía un gesto con la mano y me decía:
—Fugui, entre nosotros no hace falta tanta ceremonia.
Pero con el tiempo se fue acostumbrando. Cuando yo estaba trabajando en el bancal, venía de vez en cuando a intercambiar unas frases conmigo. Un día, andaba yo segando el arroz, con Fengxia detrás recogiendo las espigas, y se acercó pavoneándose.
—Fugui —me dijo—, voy a reformarme. No volveré a jugar nunca más. No hay rival para mí en la casa de juego, así que me retiro mientras las cosas me van bien, no sea que un día me arruine y acabe como tú.
—Sí, amo Long —dije respetuosamente, con una reverencia.
—¿Esta mocosa es tuya? ¿Es tu cachorra?
—Sí, amo Long —volví a decirle con una reverencia.
Vi que Fengxia se había quedado como pasmada, con las espigas en la mano, mirando fijamente a Long Er.
—Fengxia —me apresuré a decirle—, saluda ahora mismo al amo Long.
Fengxia me imitó. Hizo una reverencia a Long Er y le dijo:
—Sí, amo Long.
A menudo me acordaba de Jiazhen y del hijo que llevaba dentro. Más de dos meses después de irse, mandó a un mensajero a decirme que había dado a luz, que era niño y que mi suegro le había puesto de nombre Youqing.
—¿Cómo se apellida Youqing? —le preguntó en voz baja mi madre.
—Xu —contestó el mensajero.
Yo estaba en el campo. Mi madre vino muy agitada, corriendo con los pies torcidos, a anunciármelo. Antes de que acabara de contármelo, tuve que enjugarme las lágrimas. Al oír que Jiazhen me había dado un hijo, tiré el azadón para correr a la ciudad. A los pocos metros me detuve, pensando que si iba así a la ciudad a verlos a ella y al niño, mi suegro seguramente no me dejaría ni pasar del umbral.
—Madre, prepara tus cosas deprisa y ve a ver a Jiazhen y al niño —dije.
Mi madre no paraba de decir que iba a ir a la ciudad a ver a su nieto; pero pasaron unos días y no se había movido de casa. Yo tampoco me atreví a insistir. Según la costumbre de aquí, a Jiazhen se la había llevado su familia, y era su familia la que tenía que volver a traerla.
—Si Youqing se apellida Xu, es que Jiazhen va a volver muy pronto —me dijo—. Jiazhen debe de estar muy débil todavía —añadió—, mejor que se quede un poco más en la ciudad. Tiene que recuperarse bien.
Jiazhen volvió cuando el niño cumplió seis meses. No vino en palanquín. Anduvo más de diez li con Youqing en una bolsa que llevaba a la espalda. Y así fue como Youqing, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la espalda de su madre, balanceándose, vino a conocer a su padre.
Jiazhen llevaba un vestido manchú de color rosa y un hatillo azul con flores blancas en la mano. Estaba preciosa. A cada lado del camino brillaban las flores de colza, doradas. Las abejas volaban zumbando de un lado a otro. Cuando Jiazhen llegó a la puerta del chamizo, no entró enseguida; se quedó allí, sonriendo a mi madre.
Mi madre estaba dentro, trenzando sandalias de esparto. Levantó la cabeza y vio a una mujer guapísima en la puerta. A contraluz, el cuerpo de Jiazhen resplandecía. Mi madre no la reconoció, ni vio a Youqing a su espalda.
—¿Quién es usted, señorita? ¿A quién busca? —le preguntó.
Jiazhen se echó a reír de buena gana.
—Soy yo, soy Jiazhen —dijo.
En ese momento, Fengxia y yo estábamos en el bancal, la niña sentada en el sendero mirándome trabajar. Oí que me llamaban. Por la voz, parecía mi madre; pero al mismo tiempo era distinta.
—¿Quién me llama? —pregunté a Fengxia.
La niña se volvió a mirar.
—Es la abuela —dijo.
Estiré el cuello y vi a mi madre, a la puerta del chamizo, inclinándose para gritar con fuerza mi nombre y, junto a ella, a Jiazhen, con su vestido rosa y Youqing en brazos.
En cuanto vio a su madre, Fengxia se puso en pie y salió corriendo. Yo me quedé en el arrozal, mirando a mi madre llamarme a voz en grito, con todas sus fuerzas, las manos apoyadas en las piernas para no caerse hacia delante. Fengxia corría demasiado deprisa, dando tumbos por el camino, hasta que por fin se precipitó sobre las piernas de Jiazhen, y ella, con Youqing en brazos, se agachó para abrazarla. Sólo entonces salí del arrozal. Mi madre seguía llamándome. A medida que me acertaba a ellas, la cabeza me iba dando más vueltas. Fui hasta Jiazhen, le sonreí. Ella se levantó y me miró fijamente un momento. Al ver mi aspecto miserable, bajó la cabeza y lloró en silencio.
A un lado, mi madre sollozaba.
—Ya te dije que Jiazhen era tu mujer, que nadie podría quitártela —decía.
Al volver Jiazhen, la familia estuvo al completo, y yo tuve ayuda en el campo. Empecé a querer de verdad a mi mujer. Eso me lo dijo Jiazhen, porque yo no me di cuenta.
—Siéntate en el sendero y descansa un rato —le decía.
Jiazhen era una señorita de la ciudad, de piel fina y carnes suaves. Verla hacer ese trabajo tan duro, como es natural, me enternecía. Cuando le decía que descansara, se echaba a reír, muy alegre.
—No estoy cansada —decía.
Mi madre decía que cuando uno vive contento no teme ni a la pobreza. Jiazhen se quitó el vestido manchú y empezó a vestir como yo, ropa de algodón basto. Cada día acababa tan cansada que apenas podía respirar, pero aun así siempre estaba risueña.
Fengxia era una buena niña. Habíamos pasado de vivir en una casa de ladrillo y teja a vivir en un chamizo, pero ella seguía igual de alegre que siempre, y tampoco hacía ascos al grano basto que comíamos. Al volver a casa su hermanito, se puso todavía más contenta. Ya no iba al campo a hacerme compañía, sólo pensaba en coger en brazos a su hermano.
¡Pobre Youqing! Su hermana, todavía, había podido tener cuatro o cinco años de buena vida. En cambio, él había pasado apenas seis meses en la ciudad antes de venir a sufrir conmigo. De quien menos digno he sido es de mi hijo.
Llevábamos viviendo así un año, cuando enfermó mi madre. Al principio sólo tenía vértigos; decía que cuando nos miraba nos veía borrosos. Yo no le di mucha importancia; pensé que era la edad, que era normal que perdiera vista. Pero un día, mi madre estaba encendiendo el fuego y, de repente, agachó la cabeza y se apoyó en la pared, como si se hubiera quedado dormida. Cuando Jiazhen y yo volvimos del campo, ella seguía así. Jiazhen la llamaba, pero ella no contestaba. Al sacudirla un poco con la mano, se deslizó por la pared y cayó al suelo. Asustada, Jiazhen me llamó a gritos. Cuando llegué a la cocina, mi madre volvió en sí. Nos miró fijamente un rato. Le preguntamos qué le había pasado, pero ella no contestó. Al cabo de un momento, sintió que algo olía a quemado y se dio cuenta de que era el arroz.
—¡Ay! —exclamó por fin—. ¿Cómo he podido quedarme dormida?
Mi madre, toda agitada, quiso levantarse. Pero en cuanto empezó a incorporarse, las piernas le fallaron, y volvió a caer al suelo. Me apresuré a llevarla en brazos hasta la cama. Ella iba diciendo sin parar que se había quedado dormida, tenía miedo de que no la creyéramos.
—Ve a la ciudad a buscar un médico —me dijo Jiazhen.
Pero para hacer venir un médico se necesitaba dinero, así que no me moví. Jiazhen sacó de debajo del colchón dos yuanes de plata envueltos en un pañuelo. Al verlos se me encogió el corazón. Era dinero que había traído mi mujer de la ciudad, sólo quedaban esas dos monedas. Pero me preocupaba más la salud de mi madre, así que cogí el dinero. Jiazhen volvió a doblar cuidadosamente el pañuelo y lo guardó de nuevo debajo del colchón, antes de darme ropa limpia para que me cambiara.
—Me voy —dije a Jiazhen.
Ella no dijo nada. Me acompañó hasta la puerta. Di unos pasos y me volví a mirarla. Ella se retiró el pelo hacia atrás y me hizo una seña con la cabeza. Era la primera vez que me separaba de ella desde que había vuelto a casa. Me puse en camino hacia la ciudad, con mi ropa raída pero impecable, calzando sandalias de esparto hechas por mi madre. Fengxia estaba sentada en el suelo, junto a la puerta, con Youqing dormido en brazos. Al ver mi ropa tan limpia, me dijo:
—Padre, ¿no vas al campo?
Me fui a muy buen paso. En menos de una hora, ya estaba en la ciudad. Llevaba más de un año sin ir. Al entrar, sentí cierta zozobra. Temía encontrarme con algún conocido. Al verme con esa ropa raída, a saber qué dirían. Con quien más temía encontrarme era con mi suegro, no me atreví a pasar por la calle de su tienda y preferí dar un rodeo.
Conocía las habilidades de los pocos médicos que había en la ciudad. También sabía cuáles se ganaban la vida con malas artes y cuáles eran honrados. Bien pensado, lo mejor era ir a ver al doctor Lin, el de al lado de la tienda de sedas. Ese viejo era amigo de mi suegro y, por consideración hacia Jiazhen, seguramente nos haría un precio.
Cuando pasé delante de la mansión del gobernador del distrito, vi a un niño de puntillas, vestido de seda, tratando de alcanzar el picaporte. Tenía aproximadamente la edad de mi Fengxia, y pensé que podía ser hijo del gobernador, así que me acerqué a él.
—Espera, que te ayudo —le dije.
El niño asintió, sonriendo. Empuñé el picaporte y di varios golpes con fuerza.
—¡Ya va! —dijo alguien de dentro.
Entonces, el niño me dijo:
—¡Corre, vámonos!
Antes de que yo llegara a entender algo, el niño se había escapado, pegado a la pared. Un hombre vestido de sirviente abrió la puerta y, en cuanto vio mi ropa, me echó de un empujón sin decir ni una palabra. Como no me lo esperaba, di un traspié y caí del escalón. Mientras trataba de levantarme, pensé: «Vamos a dejarlo», pero el tipo bajó y me dio una patada.
—¡Mira que andar pidiendo sin fijarse ni en dónde llama!
Me puse hecho un basilisco y lo insulté.
—¡Antes roería los huesos podridos de tus muertos que pedirte a ti nada, cabrón!
Se abalanzó sobre mí y me empezó a pegar. Recibí un puñetazo en la cara, y él una patada. Estuvimos peleándonos en medio de la calle. El puñetero era un cobarde. Viendo que no podría conmigo a puñetazos, intentó darme patadas en la entrepierna. Yo, por mi parte, me lié a dárselas en el culo. Ninguno de los dos sabía pelear, y cuando llevábamos un rato, oímos una voz exclamar:
—¡Menudo espectáculo! ¡Estos animales peleándose, qué cosa más grotesca!
Paramos de golpearnos y nos giramos: había allí una tropa de soldados del Guomindang, con el uniforme ocre y unos diez cañones en carros tirados por caballos. El que acababa de hablar llevaba una pistola al cinto, era un oficial. El sirviente era un zorro y, nada más ver al oficial, se puso a hacerle reverencias.
—Señor oficial, je, je, je, señor oficial…
—¡Menudo par de burros! ¡Ni siquiera sabéis pelear! ¡A tirar de los cañones! — dijo haciéndonos señas con la mano.
Al oírlo, se me pusieron los pelos de punta. El hombre iba a reclutarme a la fuerza. El sirviente también se puso nervioso.
—Señor oficial —dijo adelantándose unos pasos—. Soy de la casa del gobernador de este distrito.
—Un hijo de gobernador con más razón tiene el deber de luchar por la patria.
—No, no —dijo el sirviente asustado—. No soy el hijo. Ni muerto me atrevería. Mi capitán, soy sirviente del gobernador.
—¡Me cago en la puta! ¡Soy comandante!
—¡Sí, mi comandante! Soy sirviente del gobernador.
Todo lo que dijera era inútil. Es más, irritaba al comandante, que le cruzó la cara de un tortazo.
—¡Basta de idioteces, me cago en la puta! ¡A tirar de los cañones! ¡Y tú también! —añadió al verme.
No tuve más remedio que obedecer, así que agarré las riendas de un caballo y me puse a seguirlos, pensando que tarde o temprano tendría ocasión de escapar. El sirviente seguía suplicando al comandante. Al cabo de un rato, el comandante cedió.
—Está bien, está bien. Vete, anda, que me tienes hasta las narices.
El sirviente se llevó una alegría tremenda, parecía a punto de echarse al suelo para postrarse ante el comandante, pero no, se limitó a frotarse las manos delante del comandante.
—¡Que te largues de una puta vez! —gritó el comandante.
—Me largo, me largo. Me largo ahora mismo —dijo el sirviente.
El sirviente dio media vuelta y se alejó. En ese momento, el comandante se sacó la pistola del cinto, levantó el brazo y apuntó hacia el sirviente cerrando un ojo. El sirviente dio unos diez pasos y se volvió a mirar. Al ver lo que pasaba, se quedó allí pasmado de miedo, sin moverse, como un gorrión de noche, dejando que el comandante apuntara.
—¡Camina, camina! —le dijo el comandante.
El sirviente cayó —pumba— de rodillas al suelo.
—¡Comandante! ¡Comandante! ¡Comandante! —gritó gimoteando.
El comandante disparó. No le dio, pero la bala hizo saltar una piedrecita que le hirió en la mano, y sangró.
—¡Levántate! ¡Levántate! —le ordenó el comandante haciéndole señas con la pistola.
El sirviente se levantó.
—¡Camina! ¡Camina! —repitió el comandante.
El sirviente se echó a llorar desconsolado.
—¡Mi comandante, tiraré del cañón! —dijo tartamudeando.
El comandante volvió a levantar el brazo y apuntó de nuevo hacia él.
—¡Camina! ¡Camina!
Como si lo hubiera entendido de repente, el sirviente dio media vuelta y puso pies en polvorosa. Cuando el comandante hizo el segundo disparo, él acababa de meterse en una callejuela. El comandante se puso a echar pestes mirando la pistola.
—¡Me cago en la puta! Me he equivocado de ojo.
El comandante dio media vuelta y me vio ahí atrás parado. Fue hacia mí pistola en mano y me puso el cañón en el pecho.
—Vete tú también.
Me temblaban las piernas como a un condenado, pensando que esta vez, aunque
cerrara los ojos, me mandaría al Cielo del Oeste[11] de un balazo.
—Tiraré del cañón, tiraré del cañón —dije de un tirón.
Con la mano derecha tirando de la cuerda y aferrando con la izquierda los dos yuanes de plata de Jiazhen que llevaba en el bolsillo, salí de la ciudad. Al ver en el campo otros chamizos parecidos al mío, agaché la cabeza y lloré.
Seguí a esa división de artillería, cada vez más lejos. Al cabo de un mes y pico llegamos a Anhui. Los primeros días, sólo pensaba en huir. Pero no era yo el único que quería huir. Cada dos días, en la división había un par de caras conocidas menos. Yo pensaba que igual habían conseguido escapar, y se lo pregunté a un viejo soldado llamado Lao Quan.
—De aquí no se escapa nadie —me dijo.
Me preguntó si de noche, cuando todo el mundo dormía, no había oído algún disparo, y le dije que sí.
—Eso era que disparaban a los desertores. Los que tienen mucha suerte y no mueren, los acaba atrapando otra división.
Lo que dijo Lao Quan me heló el corazón. Lao Quan me contó que, en la guerra de resistencia contra Japón, había sido reclutado a la fuerza. Durante el traslado hacia Jiangxi, se escapó. Pero a los pocos días se lo llevó la unidad que iba hacia Fujian. Estuvo de soldado más de seis años, pero no luchó ni una sola vez contra los japoneses, sólo contra la guerrilla comunista. Durante todo ese tiempo, trató de huir siete veces, y siempre caía en manos de otra unidad. La última vez que lo intentó, cuando ya sólo le quedaban algo más de cien li para llegar a su casa, se topó con esa división de artillería. Lao Quan dijo que ya no pensaba escapar.
—Acabé harto de huir —explicó.
Después de cruzar el Changjiang, también desistí de escapar. Cuanto más me alejaba de casa, menos valor tenía para huir. En nuestra división había una decena de soldados de unos quince o dieciséis años. Había un chaval que se llamaba Chunsheng y era de Jiangsu. No paraba de preguntarme si íbamos hacia el norte para luchar en el frente. Yo le decía que sí. En realidad, yo tampoco lo sabía, pero pensaba que cuando se es soldado no hay tu tía, hay que luchar. Chunsheng y yo nos tomamos cariño. Siempre estaba a mi lado.
—¿Nos matarán? —me preguntaba cogiéndome el brazo.
—No lo sé —decía yo.
Al decirlo, a mí también me venía congoja. Una vez que cruzamos el Changjiang, empezamos a oír disparos y cañonazos. Al principio, lejanos. Pero cuando llevábamos un par de días avanzando, los disparos se fueron oyendo cada vez más cerca. Entonces llegamos a un pueblo. No se veía ni un solo animal, y no digamos personas. El comandante de la división nos ordenó montar los cañones, y supe que esta vez sí que íbamos a luchar. Alguien fue a preguntar al comandante:
—Mi comandante, ¿dónde estamos?
—¿A mí me preguntas? ¿Y a quién coño pregunto yo?
Ni el comandante sabía dónde estábamos; el pueblo estaba totalmente desierto; miré a mi alrededor y, aparte de los árboles pelados y de unos cuantos chamizos, no había nada. Al cabo de dos días, fue habiendo cada vez más militares de uniforme ocre. Por todas partes iban yendo y viniendo tropas, una tras otra. Todas acamparon cerca de nosotros. Pasaron un par de días más, y aún no habíamos disparado un solo cañonazo.
—Estamos rodeados —anunció el comandante.
Los rodeados no sólo éramos nosotros, los de nuestra división. Había más de cien mil hombres del ejército nacional rodeados en un espacio de sólo veintipico li a la redonda. Estaba todo lleno de uniformes ocres, parecía una feria.
En esos momentos, Lao Quan estuvo muy animado. Se pasaba el rato sentado sobre un montón de tierra junto a un túnel, fumando, mirando a esos soldados de piel curtida yendo y viniendo, saludando de vez en cuando a alguno de ellos. Conocía a muchísima gente. Había estado por todas partes, viviendo al día en siete unidades distintas. Él y unos cuantos viejos conocidos suyos se contaban chistes verdes y se desternillaban de risa; preguntaban por otros, y yo los oía decir que habían muerto, o que los habían visto hacía poco. Lao Quan nos dijo a Chunsheng y a mí que esos hombres, en su momento, se habían fugado con él. Mientras nos contaba eso, alguien lo llamó.
—¡Lao Quan! ¿Aún no estás muerto?
Era otro viejo conocido suyo.
—¿Y a ti, cabrón, cuándo te cogieron? —preguntó riendo.
Antes de que el hombre contestara, otro llamó a Lao Quan. Él se volvió y se puso en pie de un salto.
—¡Eh! —gritó—. ¿Sabes dónde está Lao Liang?
—Muerto —le contestó el otro a voces, riendo.
Lao Quan volvió a sentarse, decepcionado.
—¡Me cago en la leche, me debía un yuan de plata! —renegó—. ¿Lo veis? Nadie consiguió escapar —añadió ufano dirigiéndose a Chunsheng y a mí.
Al principio, sólo nos habían rodeado. Los soldados del Ejército de Liberación no nos atacaron inmediatamente, así que no teníamos demasiado miedo. Tampoco lo tenía el comandante de la división; decía que el presidente del consejo Chiang Kai-shek enviaría unos tanques a salvarnos. Después, cuando ya los disparos y cañonazos iban acercándose, tampoco teníamos mucho miedo; sólo estábamos ahí de brazos cruzados, sin tener nada que hacer, puesto que el comandante de la división no nos había ordenado que abriéramos fuego. Un soldado veterano pensó que el que nuestros hermanos que estaban en el frente tuvieran que derramar su sangre y perder la vida mientras nosotros nos tocábamos las narices no era plan.
—¿No vamos a disparar también nosotros unos cañonazos? —preguntó al comandante.
El comandante estaba escondido en el túnel, jugando.
—¡Disparar unos cañonazos! —contestó irritado—. ¿Y adonde los disparamos?
Y no le faltaba razón: si disparábamos nuestros pocos cañones hacia nuestros hermanos del ejército nacional y les dábamos, los soldados nacionales del frente, en un arrebato, se volverían contra nosotros y nos ajustarían las cuentas. No era cosa de andarse con bromas.
El comandante nos ordenó que esperáramos metidos en el túnel y que nos dedicáramos a lo que nos diera la gana, mientras no saliéramos a pegar cañonazos.
Cuando quedamos rodeados, para los víveres y las municiones empezamos a depender por completo del suministro aéreo. En cuanto arriba aparecía un avión, los nacionales de abajo iban y venían en tropel, apiñados como hormigas. Las cajas de municiones que caían no las quería nadie, todos se abalanzaban sobre los sacos de arroz. En cuanto se alejaban los aviones, los hermanos del ejército nacional que habían conseguido hacerse con algo de arroz se lo llevaban, dos hombres por saco, protegidos por otro que iba blandiendo el fusil. Y así, grupo a grupo, iban dispersándose y volvían a sus túneles respectivos.
No pasó mucho tiempo antes de que los soldados nacionales se precipitaran por cuadrillas hacia las casas y los árboles pelados. En todas las techumbres de paja había hombres subidos, desmontando los chamizos, cortando los árboles. Ya me dirás si eso parecía una guerra. El guirigay que armábamos casi tapaba el ruido de los disparos del frente. En apenas medio día, ya no quedó una sola casa ni un solo árbol de los que se veían. En el campo arrasado ya sólo había soldados cargando vigas y árboles en el hombro, llevando tablas y banquetas. Cuando todos volvieron a sus túneles, empezaron a alzarse en el cielo columnas de humo de cocer el arroz.
En esos tiempos, lo que más abundaba eran las balas. Dondequiera que te tumbaras, se te clavaban y hacían daño. Al no quedar ya una sola casa ni un solo árbol, por todas partes se veían soldados nacionales yendo a cortar hierba seca con sus bayonetas. Realmente, parecía la recolección del arroz en plena temporada agrícola. Algunos, sudando la gota gorda, escarbaban para sacar las raíces de los árboles. Otros empezaron a profanar tumbas y a desguazar ataúdes para leña. Cuando desenterraban las cajas, los huesos que hubiera dentro los dejaban ahí tirados, fuera del túnel, ni siquiera los volvían a enterrar. En esa situación a nadie le impresionaban los huesos de los muertos. Por las noches podías dormir al lado sin tener ni una pesadilla. Pero la leña fue escaseando, y el arroz aumentando. Ya nadie se peleaba por los sacos de arroz. Nosotros tres fuimos a buscar unos cuantos para usarlos de colchón en el túnel, así ya no nos molestarían las balas del suelo.
Cuando ya no quedó absolutamente nada que usar de leña para cocinar, el presidente del consejo Chiang Kai-shek todavía seguía sin venir a salvarnos. Menos mal que para entonces los aviones del suministro dejaron de lanzar arroz y empezaron a lanzar tortas. En cuanto caía un paquete de tortas, los compañeros se abalanzaban a pelear por ellas como animales. Se amontonaban unos sobre otros a capas, como las suelas de los zapatos que hacía mi madre, aullando lo mismito que los lobos.
—Vamos por separado a intentar hacernos con linas —dijo Lao Quan.
En esa situación, no quedaba más remedio que separarnos, era la única posibilidad de conseguir unas pocas tortas. Salimos arrastrándonos del túnel, y cada cual eligió una dirección. En ese momento, los tiroteos estaban muy cerca de allí, y a menudo te pasaba alguna que otra bala silbando.
Una vez, estaba yo corriendo, corriendo, y uno que tenía al lado cayó al suelo. Creí que se había desmayado de hambre, pero, al volverle la cabeza vi que le habían volado la tapa de los sesos. Del susto que me llevé, se me aflojaron tanto las piernas que casi caigo yo también.
Hacerse con tortas era todavía más difícil que hacerse con arroz. Decían que en el ejército nacional morían cada día como moscas; pero cuando pasaba un avión, salían hombres de la tierra como setas. Parecía que había crecido mata a mata todo un pastizal, corriendo tras el avión y, en cuanto lanzaban las tortas, se dispersaban, precipitándose cada cual hacia el paracaídas que había localizado. Además, las tortas estaban mal empaquetadas y, al caer, se desparramaban. Varias decenas o un centenar de hombres se abalanzaban sobre ellas. Algunos, antes de llegar, chocaban con otro y se desmayaban.
Cada vez que iba por tortas quedaba maltrecho y dolorido como si me hubieran colgado y me hubieran azotado con un cinturón. Total, para conseguir unas pocas tortas de nada. Cuando volvía al túnel, Lao Quan ya estaba allí sentado, con la cara llena de moratones y golpes, y tampoco había conseguido más tortas que yo. Lao Quan llevaba ocho años de soldado, pero seguía teniendo corazón. Ponía sus tortas sobre las mías y decía que, cuando volviera Chunsheng, las comeríamos juntos. Nos quedábamos los dos en cuclillas en el túnel, asomándonos a ver si venía Chunsheng.
Al cabo de un rato, veíamos a Chunsheng venir corriendo, encorvando la espalda, con un montón de zapatillas de goma en los brazos. El niño, todo colorado de ilusión, entró como un vendaval.
—¿Qué, son muchos o no? —dijo señalando las zapatillas de goma.
—¿Esto se come? —le preguntó Lao Quan después de lanzarme una mirada.
—¡Pueden servir para cocer el arroz! —contestó Chunsheng.
Y bien pensado, tenía razón. Al ver que Chunsheng no llevaba una sola magulladura en la cara, me dijo Lao Quan:
—Este mocoso es más listo que el hambre.
A partir de entonces, ya no volvimos a ir por tortas y usamos el método de Chunsheng. Cuando los hombres estaban apiñados peleándose por las tortas, íbamos nosotros a quitarles las zapatillas de los pies. Había pies que no reaccionaban, y otros que soltaban coces a diestro y siniestro. Así que nosotros cogíamos un casco de acero cualquiera, y golpeábamos con saña los pies que no se portaban bien. Los pies que recibían nuestros golpes se crispaban unas cuantas veces y luego se quedaban rígidos, como entumecidos de frío. Volvíamos al túnel con las zapatillas de goma y hacíamos fuego. Al fin y al cabo, había arroz a patadas, y así nos ahorrábamos un mal trago para el cuerpo. Mientras se iba cociendo el arroz, mirábamos a esos hombres descalzos en pleno invierno, dando respingos a cada paso, y nos caíamos de risa.
Se iban intensificando los tiroteos en el frente, tanto de día como de noche. Nosotros, en el túnel, acabamos acostumbrándonos. Con frecuencia estallaban bombas bastante cerca, y acabaron destrozando los cañones de nuestra división. Esos cañones que no habían disparado ni una sola vez se convirtieron en chatarra, así que nosotros quedamos todavía más ociosos.
Al cabo de unos días, Chunsheng tampoco tenía ya mucho miedo; en esa situación, de nada servía tener miedo. Los tiros iban acercándose, pero a nosotros seguía pareciéndonos que estaban lejos. Lo peor era que hacía cada vez más frío: te quedabas dormido, y a los pocos minutos te despertabas helado. Cuando estallaba alguna bomba allá fuera, la vibración nos zumbaba en los oídos. Chunsheng no dejaba de ser un crío. Un día se quedó dormido, y una bomba que estalló cerca lo despertó con un gran sobresalto. Se puso hecho una furia. Se subió encima del túnel y echó una bronca a los cañonazos del frente:
—¡A ver si os calláis un poco, coño! ¡Con este ruido no hay quien duerma!
Corrí a hacerlo bajar de allí, porque las balas ya silbaban por encima del túnel.
La zona de despliegue de las tropas nacionales iba menguando día a día, de modo que no nos atrevíamos a salir del túnel así como así, salvo cuando apretaba el hambre y teníamos que ir a buscar algo de comer. Cada día evacuaban a miles de heridos. Como estábamos en la retaguardia, nuestra zona se convirtió en territorio de heridos. Durante unos días, Lao Quan, Chunsheng y yo nos tumbábamos encima del túnel y asomábamos las cabezas para ver cómo traían los camilleros a esos heridos, unos sin brazos, otros sin piernas. Al cabo de poco tiempo, vino otra larga fila de camillas. Los que las llevaban corrían, agachados, hasta donde estábamos, en busca de algún espacio libre. Cuando lo encontraban, gritaban: «¡Un, dos, tres!», y a la de tres volcaban las camillas dejando caer a los heridos al suelo como si fueran basura, y se marchaban dejándolos allí tirados. Los heridos sufrían tanto que no paraban de lanzar quejidos. Las letanías de sus llantos y lamentos llegaban a nuestros oídos una tras otra. Al ver cómo se iban los camilleros, Lao Quan los insultó: «¡Pero serán animales!»
Había cada vez más heridos. Mientras hubo disparos, fueron llegando camillas y, al grito de «¡Un, dos, tres!», las vaciaban en el suelo. Al principio había montones dispersos de heridos, pero al poco tiempo, todo el suelo quedó cubierto. Sufrían y gemían sin parar. Nunca olvidaré esos gritos. A Chunsheng y a mí se nos helaba el corazón de verlos, y hasta Lao Quan fruncía el ceño. «¿Pero qué clase de guerra es ésta?», me preguntaba.
Apenas anocheció, se puso a nevar. Durante un tiempo largo dejaron de sonar los disparos. Sólo oíamos los lamentos de los miles de heridos que aún no habían muerto. Parecían llantos, pero también parecían risas: eran las voces del dolor insoportable. Nunca en mi vida he vuelto a oír una cosa así, tan sobrecogedora. Como a oleadas, parecía una marea que nos anegara. Nevaba, pero era tal la oscuridad que no veíamos los copos, sólo sentíamos el frío y la humedad; blandos y suaves, se derretían lentamente en la mano, pero no tardó en formarse una gruesa capa de nieve.
Dormíamos los tres juntos, muy apretados. Pasábamos hambre y frío. Esos días, venían menos aviones, y resultaba muy difícil encontrar comida. Ya nadie tenía esperanzas de que el presidente del consejo Chang Kai-shek nos sacara de ésa. Quién sabía si íbamos a morir o a sobrevivir.
—Fugui —me dijo Chunsheng tocándome el hombro—, ¿estás durmiendo?
—No —contesté.
Entonces tocó el hombro a Lao Quan, que no contestó. Chunsheng dio un par de hipidos.
—Esta vez no nos vamos a salvar.
Al oírlo, a mí también se me hizo un nudo en la garganta. Entonces habló Lao Quan.
—No seas tan pesimista —dijo estirando los brazos—. Yo he estado en varias decenas de batallas desde mis años mozos —añadió sentándose—. En cada una de ellas me decía a mí mismo: «Yo no me muero ni muerto.» Me han rozado balas por todo el cuerpo, pero nunca me han herido. Chunsheng, si piensas que no vas a morir, no morirás.
Luego, ya no dijimos nada más. Cada cual se puso a pensar en sus cosas. Yo me acordaba una y otra vez de mi familia, de Fengxia con Youqing en brazos sentada en el umbral de casa, de mi madre y Jiazhen… De tanto pensar, me quedé como taponado por dentro, no podía ni respirar, como si alguien me hubiera tapado la nariz y la boca.
Durante la segunda mitad de la noche, los lamentos de los heridos de fuera del túnel fueron disminuyendo. Pensé que seguramente se habrían quedado casi todos dormidos. Sólo unos pocos seguían gimiendo, sus quejidos iban y venían, a intervalos. A ratos, parecía que estuvieran hablando, uno preguntando una cosa, otro contestando algo, y sus voces eran tan desoladoras que ni parecían de vivos.
Al cabo de un rato, sólo quedó un lamento, tenue como el zumbido de un mosquito que volara por encima de mi cara. Estuve escuchando, y ya no parecía que estuviera gimiendo; más bien parecía que estaba canturreando alguna cancioncilla. Alrededor, reinaba un silencio absoluto, sólo se oía esa voz, yendo y viniendo sin parar. Al oírla, me eché a llorar. Las lágrimas derritieron la nieve que me había caído en la cara, y las gotas se me metieron por el cuello, lo mismo que el viento helado.
Cuando amaneció, ya no se oía nada. Nos asomamos a mirar: los miles de heridos que el día anterior todavía gemían y gritaban estaban todos muertos, allí tirados de cualquier manera, completamente inmóviles, cubiertos por una fina capa de nieve. Los pocos que estábamos vivos en los túneles nos quedamos un buen rato pasmados, mirándolos. Nadie dijo nada. Hasta Lao Quan, que había visto a saber cuántos muertos en su vida de soldado, se quedó anonadado, mirándolos no sé cuánto tiempo. Al final, lanzó un suspiro.
—¡Qué tragedia! —dijo, mientras salía del túnel. Fue hasta ese gran campo de cadáveres. Volviendo a unos, sacudiendo a otros, Lao Quan fue desplazándose inclinado entre los muertos, poniéndose a veces en cuclillas para frotar con nieve la cara de alguno. Entonces sonaron de nuevo los disparos, y unas cuantas balas pasaron por allí. Chunsheng y yo recobramos de golpe el sentido y gritamos inmediatamente a Lao Quan:
—¡Vuelve! ¡Deprisa!
Lao Quan no nos hizo caso. Siguió mirando aquí y allí. Al cabo de un rato, se detuvo. Miró a un lado y a otro, y volvió hacia nosotros. Al acercarse nos enseñó cuatro dedos.
—Hay cuatro —dijo sacudiendo la cabeza—. Cuatro que conozco.
Apenas acabó de decirlo, Lao Quan se quedó mirándonos con los ojos desorbitados, las piernas repentinamente tiesas. Luego cayó de rodillas al suelo. No sabíamos por qué hacía eso, sólo veíamos las balas pasar silbando, así que le gritamos con todas nuestras fuerzas:
—¡Lao Quan, date prisa!
A pesar de nuestras llamadas, Lao Quan seguía sin moverse. Sólo entonces caí en la cuenta de que a Lao Quan le pasaba algo. Salí a toda prisa del túnel, corrí hacia Lao Quan y, al llegar junto a él vi una mancha de sangre en su espalda. Se me nubló la vista y entre sollozos llamé a Chunsheng. Cuando llegó el niño, entre los dos llevamos a Lao Quan al túnel. Las balas silbaban a nuestro alrededor y pasaban rozándonos.
Tumbamos a Lao Quan. Traté de parar la hemorragia de la espalda con la mano. El lugar de la herida estaba húmedo, abrasaba, y la sangre seguía saliendo, escurriéndoseme entre los dedos. Los ojos de Lao Quan parpadearon lentamente, como si nos hubiera mirado. Luego se movieron sus labios.
—¿Dónde estamos? —preguntó con voz ronca.
Chunsheng y yo levantamos la cabeza y miramos a nuestro alrededor. ¿Cómo íbamos a saber dónde estábamos? No pudimos más que volver la vista hacia Lao Quan. Cerró los ojos con fuerza y luego los volvió a abrir lentamente, cada vez más grandes, torciendo la boca, como en un rictus de amargura.
—Tiene narices que me muera sin saber ni dónde —lo oí decir con voz cascada.
Poco después de decir esto, murió. Cuando dejó caer la cabeza hacia un lado, Chunsheng y yo supimos que estaba muerto y nos miramos un buen rato. Chunsheng fue el primero en llorar. Al verlo no pude reprimirme más y lloré con él.
Luego vimos al comandante de la división, vestido de paisano, con fajos de billetes de banco en los bolsillos y un hatillo en la mano, dirigiéndose hacia el oeste. Supimos que quería huir del peligro. Los fajos de billetes que llevaba forrando su ropa le daban andares bamboleantes de vieja gordinflona.
—¡Mi comandante! ¿Vendrá a salvarnos el presidente del consejo Chiang Kai-shek? —le preguntaron a voces dos niños soldados.
—¡Seréis panolis! —contestó el comandante volviéndose hacia ellos—. ¡Tal como está la cosa, aquí no vienen a salvaros ni vuestras madres! ¡Mejor sálvese quien pueda!
Un viejo soldado le pegó un disparo, pero no le dio. Al oír la bala que pasó silbando a su lado, el comandante, echando por los suelos toda su marcialidad de antes, abrió de repente las piernas y puso pies en polvorosa. Mucha gente empuñó el fusil y se puso a dispararle. Berreando como un niño, dando saltos y brincos para esquivar las balas, el comandante se alejó corriendo por la nieve.
Los cañonazos y tiros llegaron hasta delante de nuestras narices, hasta veíamos las siluetas de los que disparaban, tambalearse en la humareda de pólvora y desplomarse. Calculé que no llegaría vivo a mediodía, que en algún momento hasta entonces me tocaría a mí morir. Llevábamos más de un mes malviviendo en medio de tiros y cañonazos, así que la muerte ya no me daba mucho miedo. Sólo me parecía que morir así, sin que nadie se enterara, era una auténtica lástima; mi madre y Jiazhen no sabrían siquiera dónde habría muerto.
Miré a Chunsheng. Tenía una mano puesta sobre el cuerpo de Lao Quan y me miró también con abatimiento. Llevábamos varios días comiendo arroz crudo, y a Chunsheng se le había hinchado la cara.
—Quiero comer tortas —dijo pasándose la lengua por los labios.
En esa situación, ya no importaba vivir o morir. Si antes de morir lograbas comer una torta, podías darte con un canto en los dientes. Chunsheng se levantó. Yo ya no me molesté en decirle que tuviera cuidado con las balas.
—Igual fuera queda alguna torta —dijo mirándome—. Voy a ver.
Chunsheng salió del túnel sin que yo hiciera nada por impedirlo. Al fin y al cabo, íbamos a morir antes de mediodía, de modo que, si el chaval conseguía comer una torta antes, mejor para él. Lo vi alejarse, abatido, pasando sobre los cuerpos. Dio unos pasos y me miró.
—No te vayas —me dijo—. En cuanto encuentre tortas, vuelvo.
Cabizbajo y con los brazos colgando, entró en la espesa humareda que teníamos delante. El aire estaba saturado de olor a quemado y a pólvora. Cuando te entraba en la garganta o en los ojos, era como si tuvieras grava ahí metida.
Antes de mediodía, todos los supervivientes que había en los túneles fuimos hechos prisioneros. Cuando llegaron corriendo los del Ejército de Liberación, uno de ellos, un viejo soldado, nos hizo poner las manos en alto. Estaba tan nervioso que tenía la cara morada al ordenarnos que no tocáramos las armas que teníamos a nuestro lado, por miedo a que, si se daba el caso, acabara él tan muerto como nosotros. Un soldado comunista no mucho mayor que Chunsheng me apuntó con el cañón negrísimo de su fusil. El corazón me dio un vuelco. Pensé que esta vez iba a morir de verdad. Pero no disparó. Me estaba ordenando algo. Cuando oí que me decía que saliera, el corazón se puso a palpitarme con fuerza: volvía a tener alguna esperanza de vida.
—Baja las manos —me dijo.
Obedecí, y mi alma en vilo se relajó. Toda una fila de más de veinte prisioneros emprendimos bajo su única custodia el camino hacia el sur. Al poco rato nos incorporamos a un grupo mayor de prisioneros. Por todas partes se elevaban densas humaredas hacia el cielo. Todas iban dirigiéndose hacia un mismo sitio. El suelo estaba lleno de baches y charcos, cubierto de cadáveres y de restos de cañones y armas destrozados por las bombas. Los camiones militares, carbonizados, seguían crepitando. Después de andar un rato, vimos venir del norte una veintena de soldados comunistas en fila india, cargando con palancas cuévanos de panecillos blancos, cocidos al vapor, calientes y humeantes, que nos hicieron salivar.
—Poneos en fila —dijo un oficial que nos vigilaba.
¡Quién iba a decir que nos traían comida! ¡Qué bien si hubiera estado allí Chunsheng! Miré a lo lejos, sin saber si el crío seguía vivo o había muerto. Formamos una veintena de filas y, uno tras otro, recibimos dos panecillos cada uno. Nunca había oído a tanta gente comiendo junta. Hacíamos más ruido que varios centenares de cerdos masticando. Todos comíamos demasiado deprisa, algunos se pusieron a toser como locos, cada vez más fuerte. Uno que estaba a mi lado tosía más que ninguno, con las manos en el vientre y lágrimas de dolor corriéndole por la cara. Otros, los más, se atragantaban. Levantaban la cabeza mirando al cielo fijamente, sin moverse.
A la mañana siguiente, nos reunieron en un terreno y nos hicieron sentarnos ordenadamente en el suelo. Teníamos delante dos mesas y un tipo con pinta de oficial que nos habló. Primero nos explicó el cómo y el porqué de la liberación de todo el país. Luego nos anunció que los que quisiéramos unirnos al Ejército de Liberación, que nos quedáramos sentados; y que los que quisiéramos volver a casa, nos pusiéramos en pie y fuéramos a recoger el dinero para el viaje.
Al oír que podíamos volver a casa, me empezó a latir el corazón —pupum, pupum, pupum—. Pero, al ver que el oficial llevaba una pistola en el cinto, me entró miedo. Pensé: «¿Cómo va a ser verdad?» Muchos se quedaron sentados sin moverse. Algunos se levantaron y fueron realmente hasta la mesa a recoger dinero para el viaje de vuelta. El oficial los estuvo mirando todo el rato. Después de recoger el dinero, recibieron un salvoconducto. Luego se pusieron en camino. Yo tenía el corazón en un puño, estaba seguro de que el oficial ese iba a desenfundar la pistola y se los iba a cargar, igual que nuestro comandante de división. Pero, cuando ya estaban lejos, el oficial siguió sin sacar la pistola. Entonces me entró una agitación tremenda: veía que el Ejército de Liberación nos dejaba de verdad volver a casa. Con todo lo que había vivido, ya sabía lo que era la guerra. Me dije a mí mismo que nunca más iría a la guerra, que volvería a casa. Así que me puse en pie, fui hasta el oficial y, después de caer de rodillas ante él, me eché a llorar a lágrima viva. Pensaba decirle que quería volver a casa, pero las palabras se transformaban según me llegaban a la boca.
—¡Mi comandante! ¡Mi comandante! ¡Mi comandante…! —grité una y otra vez.
No fui capaz de decir nada más. El oficial me ayudó a levantarme y me preguntó qué quería decirle. Yo seguí llamándolo «mi comandante», llorando.
—Es coronel —me sopló un soldado.
Eso me dejó helado de espanto. Pensé: «Estás perdido.» Pero oí a los prisioneros que estaban sentados estallar a carcajadas, y luego vi al coronel riendo también.
—¿Qué quieres decirme? —repitió.
Sólo entonces me calmé.
—Quiero volver a casa —le dije.
El Ejército de Liberación me dejó volver a casa, y encima me dio dinero. Me encaminé a toda prisa hacia el sur. Cuando tenía hambre, compraba una torta de sésamo con el dinero que me había dado el Ejército de Liberación. Si me entraba sueño, buscaba algún sitio más o menos llano y me tumbaba a dormir. Echaba muchísimo de menos a mi familia. Sólo de pensar que en esta vida iba a volver a ver a mi madre y Jiazhen, y a mis hijos, que íbamos a poder estar todos juntos, lloraba y reía mientras corría como un loco hacia el sur.
Cuando llegué al Changjiang, la orilla sur aún no había sido liberada, y el Ejército de Liberación se disponía a cruzar el río. No pude pasar, y me demoré allí varios meses. En vista de eso, me puse a buscar por todas partes algún trabajo que hacer, para no morir de hambre. Yo sabía que en el Ejército de Liberación necesitaban remeros. Como, cuando era rico, remar me parecía divertido, había aprendido. Más de una vez pensé en enrolarme en el Ejército de Liberación como remero, para ayudarles a cruzar el Changjiang. Ellos se habían portado bien conmigo, y tenía ganas de agradecérselo. Pero me daba terror ir a la guerra y no volver a ver a los míos. Por Jiazhen y los demás, me dije a mí mismo: «Pues no lo agradeceré. Me limitaré a recordar lo que hicieron por mí.»
Volví a mi casa pegado al culo del Ejército de Liberación en su avance hacia el sur. Así, echando cuentas, llevaba fuera casi dos años. Me había ido a finales de otoño, y volvía a principios de primavera. Llegué al camino que llevaba a mi casa completamente cubierto de barro. Entonces vi mi pueblo. No había cambiado nada, lo reconocí enseguida, y fui para allá a toda prisa. Vi la casa de ladrillo que había sido de mi familia, y luego nuestro chamizo, y entonces no aguanté más y eché a correr hacia allí.
Cerca de la entrada del pueblo vi a una niña de siete u ocho años segando hierba con un niño de tres. Nada más verla, toda vestida de harapos, la reconocí: era mi Fengxia. Llevaba de la mano a Youqing, que andaba todavía dando tumbos.
—¡Fengxia! ¡Youqing! —les grité.
Fengxia no pareció oírme, fue Youqing el que se dio la vuelta y me vio. Siguió andando, de la mano de Fengxia, volviendo la cabeza hacia mí.
—¡Fengxia! ¡Youqing! —volví a gritar.
Entonces, Youqing paró a su hermana. Fengxia se volvió hacia mí. Yo corrí hacia ellos y me puse en cuclillas.
—Fengxia, ¿me reconoces? —pregunté a mi hija.
Ella me miró con los ojos como platos. Se le movieron los labios, pero no dijo nada.
—Soy vuestro padre —le dije.
Fengxia sonrió de oreja a oreja, pero sin decir ni mu. Ya en ese momento me pareció que pasaba algo raro, pero tampoco me paré a pensar. Sabía que Fengxia me había reconocido, me sonreía abiertamente. Se le habían caído los dientes de delante. Le acaricié la cara. Le brillaron los ojos y pegó su cara a mi mano. Luego miré a Youqing. Como es normal, no me reconoció. Se acurrucó asustado contra su hermana. Cuando intenté acercarlo a mí, él se apartó.
—Hijo, que soy tu padre —le dije.
Youqing se escondió detrás de su hermana.
—Corre, vámonos —le dijo, empujándola.
En ese momento, vino corriendo una mujer, gritando mi nombre entre sollozos. Reconocí a Jiazhen, corriendo a trompicones.
—¡Fugui! —exclamó al llegar ante mí.
Se sentó en el suelo hecha un mar de lágrimas.
—No llores, no llores —le dije, y diciéndolo también me eché a llorar.
Por fin había vuelto a casa. Al ver a Jiazhen y mis dos hijos sanos y salvos, me quedé más tranquilo. Abrazándome, me llevaron hacia casa.
—¡Madre! ¡Madre! —llamé al acercarnos.
Mientras la llamaba, eché a correr hacia el chamizo. Pero al entrar no la vi. Al pronto, se me nubló la vista.
—¿Y mi madre? —pregunté volviéndome a Jiazhen.
Jiazhen no dijo nada, sólo me miró con los ojos llenos de lágrimas. Supe entonces adonde había ido mi madre. Me quedé en la entrada, abatido, llorando a lágrima viva.
Mi madre había muerto cuando yo llevaba algo más de dos meses fuera de casa. Jiazhen me contó que, antes de morir, mi madre no paraba de decir:
—Fugui no se ha ido a jugar, eso seguro.
Jiazhen había ido no sé cuántas veces a la ciudad a preguntar por mí, pero nadie le dijo que me habían enrolado a la fuerza. Y, por mucho que dijera mi madre, la pobre, al morir no sabía adonde había ido yo a parar.
Fengxia también lo pasó mal, la pobrecita: un año antes de mi vuelta, tuvo una fiebre altísima que la dejó muda. Cuando Jiazhen me contaba todo esto llorando, la niña estaba sentada delante de nosotros. Sabía que hablábamos de ella y me sonreía. Al verla, sentí el corazón como si me clavaran agujas.
Youqing acabó admitiéndome como padre, a pesar de todo, aunque seguía teniéndome un poco de miedo. En cuanto lo abrazaba, él se revolvía y miraba a Jiazhen y a Fengxia.
En fin, el caso es que había vuelto a casa. La primera noche no conseguí dormir. Jiazhen, yo y los niños, apretujados, oíamos el viento soplar en la paja del techo y mirábamos cómo entraba por el resquicio de la puerta la luz de la luna que relucía fuera. Me sentía seguro y arropado. Al poco me puse a acariciar a Jiazhen, a acariciar a los niños, repitiéndome: «Ya estás en casa.»
Cuando volví, en el pueblo se empezó con la reforma agraria. Me tocaron cinco mu de tierra, los mismos que tiempo atrás había arrendado a Long Er. Él tuvo muy mala suerte. Había logrado convertirse en terrateniente, pero no le duró el postín ni cuatro años, y con la Liberación se le fue todo al carajo. El Partido Comunista confiscó sus tierras y las distribuyó entre los antiguos aparceros. Él, que no quería resignarse ni muerto, fue a amenazar a los aparceros. No todos se dejaron intimidar, y él se lió a puñetazos con ellos. La verdad es que Long Er se lo buscó. El Gobierno Popular lo mandó arrestar y lo acusó de «terrateniente tiránico». Ni siquiera cuando lo mandaron a la prisión de la ciudad quiso ver qué tiempos corrían ni lo que estaba pasando. Tenía el pico más duro que las piedras. Al final se lo cargaron.
Yo asistí a la ejecución de Long Er. Sólo se le bajaron los humos en el momento de morir. Al parecer, cuando ya se lo llevaban de la ciudad, llorando a moco tendido y cayéndosele la saliva, dijo a un conocido suyo:
—¡Ni en sueños pensé que me fueran a ejecutar!
Hay que decir que Long Er fue tonto. Creyó que lo tendrían encerrado unos días y lo soltarían, ni se le ocurrió que pudieran ajusticiarlo. Fue por la tarde. Lo mataron en un pueblo de por aquí cerca. Alguien había cavado ya el hoyo. Vino mucha gente de los pueblos de alrededor. Trajeron a Long Er completamente atado, casi a rastras, con la boca medio abierta, jadeando. Cuando pasó a mi lado, me echó una mirada. Me dio la impresión de que no me había reconocido, pero cuando se alejó unos pasos, se giró con esfuerzo hacia mí.
—¡Fugui! ¡Voy a morir en tu lugar! —me gritó lloriqueando.
Al oírlo, me entró pánico. Pensé que era mejor que me fuera, que no mirara cómo lo mataban. Me abrí paso en la muchedumbre y salí solo. Mientras me alejaba, oí «¡pum!», un disparo, y pensé que Long Er ya había palmado. Pero enseguida, «¡pum!», sonó otro disparo, y luego otros tres, cinco en total. Pensé que igual habían ejecutado a más gente.
—¿A cuántos han matado? —pregunté a un paisano mío.
—Sólo a Long Er —contestó.
Desde luego, Long Er diñó a base de bien. Recibió cinco balazos; aunque hubiera tenido cinco vidas, las habría pagado todas.
Después de la ejecución de Long Er, durante el camino a casa, me iban dando escalofríos en la nuca. Cuanto más lo pensaba, más peligro veía que había pasado: de no ser por mi padre y por mí, los dos hijos pródigos, podría haber sido yo el ajusticiado. Me toqué la cara, me toqué los brazos, todo estaba en su sitio. Pensé que tenía que haber muerto y, sin embargo, seguía vivo; que ya había salido con vida por los pelos del campo de batalla; que luego, al volver a casa, Long Er se había convertido en mi chivo expiatorio y que las tumbas de mis antepasados debían de estar bien situadas. «Esta vez, tengo que vivir como es debido», me dije a mí mismo.
Cuando llegué a casa, Jiazhen estaba cosiéndome suelas de zapatos. Al ver la cara que traía, se asustó, creyó que estaba enfermo. Pero, cuando le conté lo que había estado pensando, palideció de espanto, se puso lívida.
—¡Qué peligro! —dijo con un hilo de voz.
Luego dejé de tomármelo tan a pecho. Me pareció que no hacía falta asustarme a mí mismo de esa manera, que todo era cosa del destino. Dicen que «quien sale vivo de una desgracia, luego tiene buena suerte». Pensé que la segunda mitad de mi vida tenía que ser cada vez mejor. Se lo dije a Jiazhen.
—Yo no necesito esa buena suerte —dijo mirándome después de cortar el hilo con los dientes—. Me conformo con poder hacerte un par de zapatos nuevos al año.
Yo sabía lo que quería decir. Mi mujer lo que deseaba era que no volviéramos a separarnos nunca más. Viendo su cara, tan envejecida, se me encogió el corazón. Jiazhen tenía razón: mientras la familia estuviera unida, ¿qué importaba la buena suerte?