¡Vivir!
Parte 3
* * *
Cuando Fugui llegó a ese punto de su historia, me miró soltando una risita. El golfo de cuarenta años atrás estaba ahora sentado en la hierba con el torso desnudo. El sol penetraba entre las hojas destellando en sus ojos entornados. Tenía las piernas cubiertas de barro. En su cabeza afeitada despuntaban ralas algunas canas. Tenía la piel del torso completamente arrugada, y por sus surcos serpenteaba el sudor. En ese momento, el viejo buey se tumbó en el agua amarillenta de la laguna, dejando fuera sólo la cabeza y el largo lomo. Vi cómo el agua batía sobre su lustroso espinazo negro como si de la orilla se tratara.
Ese anciano fue la primera persona que encontré en mi camino. En aquella época yo acababa de iniciar mi vida bohemia, era joven y despreocupado, cada nuevo rostro me llenaba de entusiasmo y todo lo que yo desconociera me atraía vivamente. Fue en ese momento cuando conocí a Fugui y él me narró su historia de forma tan vívida y gráfica. Era la primera vez que alguien me contaba toda su vida sin reservas: mientras yo mostrara interés, él se abría a mí de buena gana.
El haber conocido a Fugui convirtió el tiempo que dediqué a recoger canciones populares en un período de plenitud y de felicidad. Creí que esa tierra fértil y exuberante estaba llena de gente como Fugui. Y efectivamente, después conocí a muchos ancianos como él, con la misma ropa, con la entrepierna de los pantalones colgando a la altura de las rodillas, las arrugas del rostro rebosantes de sol y de barro. Cuando me sonreían, se les veía la boca vacía con los cuatro dientes que les quedaban colgando. Con frecuencia se les saltaban turbios lagrimones, pero no necesariamente porque estuvieran tristes: cuando estaban contentos, o incluso cuando estaban tranquilos y sin ninguna preocupación, también les podían brotar las lágrimas; entonces alzaban sus manos, tan ásperas y agrietadas como los caminos rurales de barro reseco, para enjugarse los ojos, como quien se sacude de encima una paja de arroz.
En cambio, nunca volví a conocer a alguien que me resultara tan inolvidable como Fugui, alguien tan lúcido respecto a sus experiencias pasadas y que las contara con tanta brillantez. Era capaz de verse tal como era en el pasado, de ver con toda precisión sus andares de joven, incluso de ver cómo había ido envejeciendo.
Ancianos así no son fáciles de encontrar en el campo. Quizá las vicisitudes de la vida hayan mermado su memoria; al enfrentarse al pasado, normalmente, se mostraban sobrios y parcos en palabras, y por lo general se salían por la tangente con una sonrisa de perplejidad. No veían sus vidas con cariño. Sólo recordaban alguna anécdota suelta, como de oídas, y ni siquiera eran recuerdos de experiencias personales. Con un par de frases expresaban todo lo que tenían que decir al respecto. Aquí oigo a menudo a las generaciones posteriores reprocharles: «¡Parece mentira que hayas vivido tantos años! ¡Ni que fuera la vida de un perro!»
Fugui era completamente distinto. Le gustaba recordar, le gustaba contar su vida, como si de este modo pudiera revivirla una y otra vez. Su narración me atrapó con fuerza, como las garras de un ave aferran una rama.