¡Vivir!

Hua Yu · Capítulo 6 de 10 · parte 1/3

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¡Vivir!

Parte 6

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

* * *

La vida, después de mi vuelta a casa, era difícil, desde luego, pero bastante tranquila y estable. Fengxia y Youqing estaban cada día más grandes. Y yo, cada día más viejo. Yo no me daba cuenta, ni Jiazhen, sólo sentía que no tenía, ni de lejos, la fuerza de antaño. Hasta que un día llevé una palanca con canastos de verdura a la ciudad, para venderla y, al pasar delante de la tienda de sedas, un conocido me dijo al verme:

—Fugui, estás lleno de canas.

En realidad, él y yo llevábamos sólo medio año sin vernos. Cuando me dijo aquello, fue cuando me di cuenta de que había envejecido mucho. De vuelta a casa, miré y remiré a Jiazhen, tanto que ella no sabía qué pasaba. Se miró, luego miró hacia atrás.

—¿Qué miras?

—También tú tienes canas —le dije riendo.

Ese año, Fengxia cumplió diecisiete, se había convertido en una mujer. De no ser porque era sordomuda, habría sido fácil encontrarle marido. En el pueblo, todo el mundo decía que Fengxia era guapa, era más o menos como Jiazhen a la misma edad. Youqing tenía doce años; iba a la escuela en la ciudad.

Al principio, Jiazhen y yo estuvimos dudando si mandar a Youqing al colegio o no. Vamos, que no teníamos dinero. En esa época, Fengxia sólo tenía doce o trece años y, aunque pudiera ayudarme un poco en el trabajo del campo, o ayudar a Jiazhen en el de casa, el caso es que dependía de nosotros para vivir. Así que hablé con Jiazhen a ver si la dábamos a alguien y punto, y luego ahorrábamos el dinero necesario para mandar a Youqing a la escuela… Pero, aunque Fengxia no oía ni podía hablar, era muy inteligente. En cuanto empezamos a hablar del asunto, Fengxia se volvió hacia nosotros y nos miró parpadeando de tal manera que nos dolió el corazón y no volvimos a mencionarlo en varios días.

Pero teniendo en cuenta que se iba acercando el momento en que Youqing tendría que ir a la escuela, no tuvimos más remedio que ocuparnos del asunto. Así que encargué a alguien del pueblo que se informara, cuando le viniera bien, de si había quien quisiera criar a una niña de doce años.

—Si encontramos una buena familia —dije a Jiazhen—, Fengxia vivirá mejor que ahora.

Jiazhen asintió, pero se le saltaron las lágrimas. Las madres siempre son más tiernas. Traté de convencer a Jiazhen de que no se lo tomara tan mal: por lo visto, el destino de Fengxia era duro, y lo iba a ser toda su vida, hasta el final. Pero Youqing no podía pasarlo mal toda la vida; teníamos que mandarlo a la escuela, sólo así tendría algún futuro. No podíamos dejar que los dos se vieran atrapados en la pobreza, al menos uno tenía que vivir un poco mejor.

La persona que fue a informarse volvió diciendo que Fengxia era un poco mayor, que si hubiera sido algo más joven habría más familias dispuestas a tomarla. Así las cosas, renunciamos a nuestra idea. Quién iba a decir que, al cabo de un mes y pico, dos familias iban a mandar decirnos que querían a nuestra Fengxia: una quería adoptarla como hija, la otra la quería para servir a dos ancianos. Jiazhen y yo pensamos que la familia que no tenía descendencia sería mejor y que, si Fengxia se convertía en hija de ellos, siempre la querrían un poco más. Así que contestamos diciendo que vinieran a verla. Vinieron. Cuando vio a Fengxia, el matrimonio quedó muy satisfecho. Pero, al enterarse de que no podía hablar, cambiaron de idea.

—La chica tiene muy buen aspecto —dijo el hombre—, pero…

No dijo más. Se fueron con mucha cortesía. Jiazhen y yo no tuvimos más remedio que hacer venir a la otra familia. A esos no les importó que Fengxia hablara o no, mientras fuera trabajadora.

El día en que se llevaron a Fengxia, me había echado la azada al hombro para ir al campo a trabajar, y ella cogió inmediatamente su cesta y la hoz para ir conmigo. Desde hacía años, Fengxia me acompañaba y, mientras yo trabajaba la tierra, ella segaba hierba, yo ya estaba acostumbrado. Ese día, al ver que venía conmigo, la aparté y le dije que volviera a casa. Ella me miró con los ojos muy abiertos. Solté la azada y la llevé hasta casa, le quité la hoz y la cesta de las manos y las tiré a una esquina. Ella seguía mirándome fijamente. No sabía que la íbamos a entregar a otra familia. Cuando Jiazhen la cambió y le puso un vestido de color rosa, ella paró de mirarme y se dejó vestir, cabizbaja. Era el mismo vestido que había llevado Jiazhen años atrás, arreglado. Mientras Jiazhen le abrochaba los botones, sus lágrimas iban cayéndole en las rodillas. Fengxia sabía que tenía que irse. Cogí la azada y salí.

—Voy al campo —dije a Jiazhen al llegar a la puerta—. Cuando vengan a buscarla, que se la lleven y ya está, que no venga a verme.

Ya en el bancal, trabajando con la azada, me parecía que no me llegaba la energía. Y es que estaba sin ánimo. Miré a mi alrededor, sin ver a Fengxia allí, segando hierba, y sentí un vacío dentro de mí. Al pensar que a partir de entonces ya no vería a Fengxia trabajando conmigo, me encontré tan mal que quedé sin pizca de fuerza. En ese momento, vi a Fengxia de pie, sobre el sendero del bancal, de la mano de un hombre de unos cincuenta años. Estaba anegada en lágrimas, y el llanto le sacudía el cuerpo, pero lloraba en silencio. De vez en cuando, levantaba un brazo para secarse los ojos, y yo sabía que lo hacía para ver mejor a su padre.

—No se preocupe —me dijo el hombre, sonriendo—, la trataré bien.

Luego tiró de la mano de Fengxia, y se fueron. Mientras se alejaba de la mano del hombre, Fengxia estuvo todo el rato volviéndose hacia mí, mirándome, cada vez más lejos, hasta que dejé de ver sus ojos y, al cabo de un rato, ya no vi ni siquiera su brazo levantarse para secarse las lágrimas. En ese momento, yo ya no pude aguantar más, bajé la cabeza y me eché a llorar. Cuando vino Jiazhen, le dije resentido:

—Te dije que no los dejaras venir, y tú vas y les dices que vengan a verme.

—No he sido yo —dijo ella—, ha sido Fengxia.

Cuando se fue Fengxia, Youqing dejó de trabajar. Al principio, cuando se la llevaron, el niño se quedó como pasmado, sin saber qué pasaba, hasta que Fengxia estuvo lejos. Sólo entonces se rascó la cabeza y volvió despacito a casa. Lo vi mirando hacia aquí varias veces, pero no vino a preguntarme nada. Cuando él estaba todavía en el vientre de Jiazhen ya recibió mis golpes, así que, cuando me veía, me tenía miedo.

A la hora de comer, al no ver a Fengxia en la mesa, Youqing apenas comía. Nos miraba a mí y a Jiazhen una y otra vez.

—Come, anda —le dijo una vez Jiazhen.

Él dijo que no con la cabecita.

—¿Y mi hermana?

—Que comas —le decía Jiazhen sin mirarlo.

Y el mocoso, así, sin más, soltó los palillos.

—¿Cuándo vuelve mi hermana? —preguntó a su madre.

Al irse Fengxia, yo ya estaba hecho un lío. Pero viendo cómo se ponía Youqing, di un manotazo en la mesa.

—¡Fengxia no va a volver!

Youqing dio un respingo del susto que se llevó. Pero, al ver que se me había pasado el enfado, hizo un mohín y bajó la cabeza.

—Quiero que venga mi hermana.

Entonces, Jiazhen le explicó que habíamos entregado Fengxia a otra familia para ahorrar dinero y mandarlo a la escuela. Al oírlo, Youqing se puso a llorar a lágrima viva.

—¡No quiero ir a la escuela! ¡Quiero a mi hermana! —decía entre sollozos.

No le hice caso. Pensé que era preferible dejarlo llorar todo lo que quisiera. No esperaba que volviera a repetir:

—¡No quiero ir a la escuela!

Se me nubló el entendimiento.

—¿Qué coño lloras? —le grité.

Youqing se calló del susto, encogiéndose hacia atrás. Pero, al ver que yo seguía comiendo, se bajó del taburete, se fue hasta el rincón y gritó:

—¡Quiero a mi hermana!

Supe que esa vez no me quedaría más remedio que darle un azote. Cogí la escoba de detrás de la puerta.

—¡Date la vuelta!

Youqing miró a Jiazhen y, obediente, se volvió y apoyó las manos contra la pared.

—¡Bájate los pantalones!

Youqing miró a Jiazhen y, después de bajarse los pantalones, la miró de nuevo. Viendo que su madre no venía a defenderlo, se puso nervioso.

—Padre, no me pegues —dijo encogiéndose cuando levanté la escoba.

Al oírlo, se me ablandó el corazón. Al fin y al cabo, Youqing no había hecho nada malo: lo había criado su hermana, la quería y la echaba de menos.

—Ve a comer, anda —le dije dándole unas palmadas en la cabeza.

Al cabo de dos meses, llegó el momento de mandarlo a la escuela. Cuando se llevaron a Fengxia, ella llevaba un buen vestido. En cambio, Youqing tuvo que ir a clase con sus harapos de siempre, y eso disgustaba mucho a su madre. Jiazhen se puso en cuclillas delante de él, tirando de aquí, alisando allá.

—Mira que no tener ropa decente… —me dijo.

De repente, Youqing volvió a decir:

—No voy a la escuela.

Habían pasado dos meses. Yo creía que el niño ya habría olvidado lo de Fengxia. Pero justo el día de ir a clase volvió con la misma canción. Esta vez no me enfadé. Le expliqué con buenas palabras que habíamos entregado a Fengxia a otra familia precisamente para que él pudiera ir a la escuela y que la única manera que tenía él de no defraudar a su hermana era estudiando como es debido. Pero él se obstinó.

—¡Que no voy a la escuela! —exclamó mirándome a la cara.

—¿Andas buscando una paliza otra vez?

Ni corto ni perezoso, dio media vuelta y se metió en casa pisando con fuerza.

—¡Aunque me mates a palos, no iré a la escuela!

Pensé que ese niño lo que quería era un buen azote, así que fui por la escoba. Jiazhen me detuvo.

—No le hagas daño —dijo en voz baja—, dale lo justo para asustarlo, no le des de verdad.

Cuando entré, Youqing ya estaba encima de la cama, con los pantalones por las rodillas y el culito al aire, esperando mis golpes. Pero al verlo así no tuve valor para pegarle y preferí amenazarlo de palabra.

—Todavía estás a tiempo de ir a la escuela.

—¡Quiero a mi hermana! —chilló.

Le di un primer azote en el culo.

—¡No me ha dolido! —dijo tapándose la cabeza con las manos.

Le di otro golpe.

—¡No duele!

El niño me estaba obligando a pegarle. Me sacó de mis casillas. Le di con fuerza y, esta vez, no lo aguantó y se echó a llorar. Yo no le hice ni caso y seguía golpeándolo con fuerza. Youqing era pequeño; al cabo de poco, ya no pudo soportar más.

—¡Padre, no me pegues! ¡Iré a la escuela!

Youqing era un buen niño. El primer día de escuela, cuando volvió a casa a mediodía, se estremeció al verme. Creí que era por el miedo que me había cogido esa mañana cuando le pegué, así que le pregunté muy cariñoso qué tal le había ido en clase. Él bajó la cabeza y masculló un «bien». Durante la comida, me estuvo mirando todo el rato con cara de espanto. Me sentí fatal, pensando que esa mañana me había pasado. Cuando ya faltaba poco para acabar la comida, volvió a hablar.

—Padre —me dijo—. El maestro me ha pedido que os lo diga yo. El maestro me ha regañado por moverme todo el rato en el banco y no estudiar bien.

Al oírlo, me llevaron los demonios: ¡habíamos dado a Fengxia a otra familia, y él no estudiaba! Di un golpe en la mesa con el cuenco, y él se puso a llorar.

—Padre —me dijo entre lágrimas—, es que me dolía tanto el culo que no podía sentarme quieto.

Inmediatamente le bajé los pantalones. Tenía el culo todo lleno de moratones de la paliza de la mañana, ¿cómo iba a quedarse sentado el pobre? Al ver a mi hijo así, tan tembloroso, se me hizo un nudo en la garganta y se me saltaron las lágrimas.

Apenas unos meses después de que se la llevaran, Fengxia volvió. Fue una noche, muy tarde. Estábamos Jiazhen y yo acostados, y oímos llamar a la puerta, primero un golpecito muy flojo, luego otros dos más fuertes. Pensé «¿Quién será, a estas horas?» y me levanté a abrir. Al ver que era Fengxia, olvidé que era sorda y le dije:

—¡Fengxia! Pasa, hija.

Al oírme, Jiazhen se levantó corriendo de la cama y vino descalza a la puerta. Hice entrar a Fengxia, y Jiazhen la abrazó con fuerza llorando a lágrima viva. Yo la aparté suavemente y le dije que no se pusiera así.

Fengxia tenía el pelo y la ropa empapados de rocío. La llevamos hasta la cama para que se sentara. Me agarró de la manga y a Jiazhen de la ropa, llorando y sollozando hasta quedar sin resuello. Jiazhen quiso ir por una toalla para secarle el pelo, pero Fengxia se negó a soltarla, de modo que la madre sólo pudo pasarle la mano por la cabeza. Sólo un buen rato después dejó de llorar y me soltó. Le cogí las dos manos para mirarlas bien, no fuera que en esa casa la hubieran obligado a trabajar como una mula. Pero por mucho que miré no vi nada especial, porque esos callos tan gruesos ya los tenía cuando vivía con nosotros. Le miré la cara y tampoco vi ninguna herida ni cicatriz. Eso me tranquilizó un poco.

Cuando Fengxia tuvo el pelo seco, Jiazhen la ayudó a desvestirse y la puso a dormir con Youqing. Una vez acostada, mi hija estuvo mirando a Youqing y sonrió furtivamente, antes de cerrar ella los ojos. Youqing se volvió en sueños y le puso una mano encima de la boca, como si le estuviera dando una bofetada. Cuando se quedó dormida, Fengxia parecía un gatito, tan buenecita y tranquila, sin movérsele ni un pelo.

Cuando Youqing se despertó por la mañana y vio a su hermana, se frotó los ojos con fuerza, luego miró a ver si era ella de verdad y saltó de la cama sin vestirse ni nada, gritando:

—¡Hermana! ¡Hermana!

El crío estuvo toda la mañana riendo sin parar. Jiazhen le dijo que desayunara de una vez, que tenía que ir a la escuela. Entonces dejó de reír.

—¿Puedo no ir hoy a la escuela? —preguntó en voz baja a su madre mirándome de reojo.

—Ni hablar —dije yo.

No se atrevió a decir nada más. Cuando salió por la puerta con la mochila a la espalda, dio unas patadas al suelo de pura rabia. Pero enseguida tuvo miedo de que yo me enfadara y salió pitando. Cuando se fue Youqing, dije a Jiazhen que sacara ropa limpia para preparar a Fengxia y mandarla de vuelta a su nueva casa. Pero al volverme y descubrir a la niña esperándome en la puerta con la cesta en el brazo y la hoz en la mano, suplicándome con la mirada, no tuve valor para hacer que se fuera. Miré a Jiazhen, y ella también pareció suplicarme con la mirada.

—Que se quede un día más —le dije.

Acompañé a Fengxia después de cenar, y ella no lloró. Miró lastimera a su madre, miró a su hermanito, agarró mi manga y nos fuimos. Youqing se quedó llorando escandalosamente, pero, como Fengxia no lo oía, yo tampoco le hice caso.

Me sentí muy mal todo el camino. Iba andando, todo derecho, sin permitirme mirar a Fengxia. Poco a poco se hizo de noche. El viento me soplaba en la cara y se me metía por el cuello. Fengxia me agarraba la manga con las dos manos, sin decir ni mu. Al oscurecer, Fengxia tropezaba con las piedras del camino; andaba un trecho y daba un traspié. Así que me puse en cuclillas para friccionarle los tobillos. Ella se apoyó sobre mis hombros. Tenía las manos muy frías y quietas. El resto del camino, la llevé a cuestas.

Cuando llegamos a la ciudad, viendo que ya estábamos cerca de la casa, dejé a Fengxia en el suelo. A la luz de una farola, la miré y remiré. Fengxia era una buena niña, y no lloró, sólo me miró con los ojos muy abiertos. Levanté una mano para acariciarle la cara, y ella levantó la suya para acariciarme a mí. Cuando sentí su mano en mi cara, se me quitaron las ganas de llevarla a esa casa. Volví a cargarla sobre los hombros, y ella se agarró a mi cuello con sus bracitos. Después de desandar un trecho, sentí que me abrazaba con todas sus fuerzas: se había dado cuenta de que me la estaba llevando de vuelta a casa.

Cuando Jiazhen nos vio llegar, se quedó de piedra.

—No nos separaremos de Fengxia ni aunque nos muramos todos de hambre.

Jiazhen empezó a sonreír y, a medida que iba sonriendo se le fueron llenando los ojos de lágrimas.

Cuando Youqing llevaba dos años yendo a la escuela y tenía alrededor de diez, vivíamos algo mejor. En aquella época, Fengxia se venía con nosotros a trabajar, de modo que ya podía mantenerse a sí misma. Además teníamos dos corderos. Youqing era el que se encargaba de segar hierba para ellos. Cada día, al amanecer, Jiazhen despertaba a Youqing, y el crío cogía la hoz y la cesta con una mano, se frotaba los ojos con la otra y salía a trompicones a segar. Daba mucha pena verlo. A esa edad, a los niños les cuesta muchísimo despertarse. Pero ¿qué íbamos a hacer? Si Youqing no iba a segar, los corderos se nos morían de hambre. Cuando Youqing volvía con la cesta de hierba, ya tenía el tiempo justo de ir a la escuela, así que engullía un cuenco de arroz, y, masticando todavía, corría a la ciudad. Cuando volvía a casa a mediodía, tenía que volver a segar. Sólo comía después de haber alimentado los corderos y, claro, luego volvía a llegar tarde a la escuela. Con diez años, Youqing tenía que recorrer dos veces al día más de cincuenta li.

Con tanta carrera, los zapatos se le gastaron muy rápido. Jiazhen era de familia rica y le parecía que siendo Youqing todo un colegial, no podía ir por ahí descalzo, así que le hizo un par de zapatos de tela. A mí me parecía que, en eso de ir a la escuela, bastaba con estudiar como es debido y que lo de ir calzado o descalzo daba lo mismo. Llevaba Youqing dos meses con los zapatos nuevos cuando vi otra vez a su madre cosiendo unas suelas. Le pregunté para quién eran, y me dijo que para Youqing.

Ya con el trabajo del campo, Jiazhen estaba tan cansada que apenas tenía fuerzas ni para hablar, ¡y ese niño tenía que matarla de agotamiento! Miré los zapatos que Youqing llevaba desde hacía dos meses, pero ya no eran zapatos ni eran nada: aparte de la suela agujereada, a uno le faltaba la mitad de la pala. Cuando Youqing volvió con su cesta de hierba, le lancé un zapato y le estiré la oreja para que lo viera.

—¿Qué haces con los zapatos? ¿Te los calzas o te los comes?

Youqing se frotó la oreja, con una mueca de dolor, pero sin atreverse a llorar.

—¡Como sigas gastándolos, te corto los pies!

En realidad, yo no tenía razón; Youqing era el único encargado de alimentar los corderos. Después de ese trabajo tan duro, siempre tenía que salir corriendo para no llegar tarde a clase. A mediodía trataba de volver lo antes posible para ir a segar, así que otra vez tenía que correr. Ni con todo el dinero de la venta de la lana cuando las esquilaba una vez al año, sin contar el abono que daban, estaba seguro de poder dar a Youqing tantos pares de zapatos. A partir de esa bronca, Youqing fue a la escuela descalzo, y sólo se ponía los zapatos al llegar. Una vez hasta nevó, y allá iba él descalzo, corriendo a la escuela, plis plas, plis plas, por el camino nevado. Al verlo, se me encogió el corazón.

—¿Qué llevas en las manos? —le grité.

El crío se paró en seco, allí, en medio de la nieve, mirando los zapatos que llevaba en las manos. Igual de aturdido, el caso es que no supo qué contestarme.

—Son zapatos, no guantes —le dije—. Hazme el favor de ponértelos.

Sólo entonces se los puso y se quedó cabizbajo, esperando órdenes.

—Anda, anda, vete —le dije haciéndole una seña con la mano.

Youqing dio media vuelta y salió disparado hacia la ciudad. Pero un poco más allá, lo vi quitarse de nuevo los zapatos. Ese crío, es que no tenía remedio.

En el cincuenta y ocho se instauraron las comunas populares. Nuestros cinco mu de tierra fueron trasferidos a la comuna, sólo nos quedó un huerto pequeño, delante de casa, para nuestro uso personal. El alcalde del pueblo también dejó de llamarse alcalde y se llamó jefe de equipo.

El jefe de equipo tocaba el pito cada mañana, bajo los olmos de la entrada del pueblo, y todos los hombres y mujeres se echaban los aperos de labranza al hombro y se reunían allí. Era igual que en el ejército. El jefe distribuía el trabajo del día, y cada cual se iba a lo que le había tocado. En el pueblo, nadie estaba acostumbrado y, cuando íbamos en fila a trabajar a los campos, nos reíamos los unos de los otros. Jiazhen, yo y Fengxia, todavía, formábamos una fila bastante armónica. Pero había familias con adultos muy viejos o niños pequeños, entre otras una vieja bamboleándose con sus pies vendados; las filas que formaban eran espantosas.

—¡Esta familia vuestra, se mire como se mire, siempre es todo un poema! —dijo el jefe de equipo al verlos.

A Jiazhen, naturalmente, no le sentó bien tener que entregar los cinco mu a la comuna popular. Llevábamos los últimos diez y pico años viviendo de esas tierras y, en un abrir y cerrar de ojos, habían pasado a pertenecer a todo el mundo.

—Si alguna vez vuelven a distribuir las tierras —decía ella—, quiero que nos devuelvan las mismas.

Quién iba a decir que, al poco tiempo, hasta la olla de casa pasó a ser de la comuna: dijeron que era para fundirla y hacer acero. Ese día, el jefe de equipo y unos cuantos más fueron de casa en casa destrozando ollas.

—Fugui —dijo todo risueño cuando llegaron a casa—, ¿la sacas tú, o entramos nosotros por ella?

Pensé que, de todos modos, todas las familias tenían que entregar su olla como chatarra, así que la nuestra no iba a escapar.

—Ya la traigo yo —dije—, ya la traigo yo.

Saqué la olla y la puse en el suelo. Dos jóvenes levantaron sus azadas y la destrozaron. En apenas tres o cuatro golpes, una olla en muy buen uso quedó hecha añicos. Jiazhen estaba a un lado, mirando, y le dio tanta lástima que se le saltaron las lágrimas.

—Ahora que la habéis roto —le dijo al jefe de equipo—, ¿cómo comeremos?

—En la cantina —contestó él señalando con la mano—. Hemos hecho una en el pueblo. Rotas las ollas, ya nadie tiene necesidad de cocinar en casa. Así ahorramos fuerzas para avanzar hacia el comunismo. El que tenga hambre, sólo tiene que desplazarse hasta la puerta de la cantina. Allí tenéis pescado y carne hasta reventar.

Al montar la cantina, también nos requisaron todo el arroz, la sal, la leña, etcétera, que teníamos en casa. Lo peor fueron esos dos corderos. Youqing los había criado gordos y fuertes, pero también nos los confiscaron. Ese día, por la mañana, cuando fuimos toda la familia con el arroz y la sal a la cantina, Youqing llevó los corderos a la era, cabizbajo. De peor gana no podía hacerlo: los ha criado él solo; todas esas carreras que había hecho de casa a la escuela y de la escuela a casa habían sido por los corderos de la familia. Cuando llegó a la era, otras familias del pueblo traían sus bueyes y corderos y los entregaban al criador Wang Xi. Los demás iban comentando lo que les disgustaba separarse de sus bestias, pero las entregaban y se iban. Sólo Youqing se quedó allí parado, sin moverse, mordiéndose los labios.

—¿Puedo venir cada día a abrazarlos? —preguntó al final con voz lastimera.

Cuando abrió la cantina del pueblo, a la hora de comer valía la pena verla: cada familia mandaba a dos personas a buscar la comida, formaban una cola larguísima, parecida a la que hacíamos, cuando éramos prisioneros, para la distribución de panecillos. Todas las casas mandaban mujeres, y su cháchara sonaba como cuando se ponen a secar las mieses y vienen bandadas y bandadas de gorriones.

El jefe de equipo tenía razón: la cantina ahorraba trabajo. Si tenías hambre, sólo tenías que ponerte a la cola, y allí te daban de comer y de beber. Y te lo daban sin restricciones: tanto comías, tanto te daban. Todos los días había carne. Los primeros días, el jefe de equipo iba de puerta en puerta, muy sonriente, preguntando a todo el mundo:

—¿Qué? Se ahorra trabajo, ¿eh? ¿Qué os parece la comuna popular?

Todo el mundo estaba contento y hablaba bien de la comuna.

—¡Estos días estamos viviendo todavía mejor que los mangantes!

Jiazhen también estaba contenta. Cada vez que volvía con Fengxia de la cantina trayendo la comida, decía:

—Otra vez carne.

Dejaba los platos encima de la mesa y salía a llamar a Youqing. Sólo después de llamarlo un buen rato «¡Youqing! ¡Youqing!» lo veíamos pasar con una cesta llena de hierba, corriendo por los senderos que separaban los bancales. El crío iba a dar de comer a sus dos corderos. Los tres bueyes y los veintitantos corderos que había en el pueblo los metieron todos en el mismo cobertizo. Al ir a parar a manos de la comuna popular les tocó la negra, porque pasaban hambre, así que, cuando Youqing entraba allí, quedaba rodeado de bestias.

—¡Eh! ¡Eh! ¿Dónde estáis? —las llamaba.

Cuando los dos corderos se abrían paso con el hocico y salían del rebaño, Youqing les echaba la hierba al suelo y se dedicaba a apartar con todas sus fuerzas a los demás animales. Se quedaba hasta que sus corderos hubieran terminado de comer y sólo entonces volvía corriendo a casa, sin resuello y cubierto de sudor. Como ya tenía el tiempo muy justo para ir a la escuela, engullía el arroz como quien se bebe un cuenco de agua, cogía sus libros y salía corriendo otra vez.

Verlo así correr de aquí para allá me sacaba de mis casillas, lo que pasa es que no me atrevía a decirle nada por miedo a que alguien me oyera y dijera que yo era un retrógrado. Pero una vez no aguanté más.

—Si caga otro, ¿qué haces tú limpiándole el culo? —le dije.

Youqing no me entendió. Se quedó mirándome, y luego se echó a reír. Eso a mí me enfureció tanto que estuve a punto de largarle un bofetón.

—Esos corderos son de la comuna desde hace tiempo, ¿qué coño haces ocupándote de ellos?

Youqing iba tres veces al día a llevarles. Cuando estaba a punto de anochecer, iba otra vez a abrazarlos. Al ver que quería tanto a sus corderos, Wang Xi le dijo:

—Youqing, llévatelos esta noche. Mañana al amanecer me los traes y listo.

Youqing sabía que yo no le dejaría hacer eso.

—Mi padre me regañará —dijo moviendo la cabeza—. Ya vengo yo a verlos.

Con el tiempo, iba habiendo cada vez menos corderos en el cobertizo, porque mataban uno cada pocos días. Al final, Youqing era el único que iba a llevarles hierba.

—Youqing es el único que se acuerda de ellos todos los días —me decía Wang Xi cuando me veía—, los demás sólo se acuerdan cuando les apetece comer carne.

Dos días después de que abrieran la cantina en el pueblo, el jefe de equipo mandó a dos chavales a la ciudad a comprar un caldero para la fundición.

—Hay que fundir todo eso ahora mismo —dijo señalando las ollas rotas y las chapas de hierro amontonadas en la era—, no va a quedarse ahí muerto de risa.

Los dos chavales se fueron a la ciudad con cuerda y palanca de carga, y el jefe de equipo acompañó al maestro de fengshui que había hecho venir de la ciudad a dar un paseo por el pueblo. Decía que era para buscar un sitio favorable para la fundición. El maestro de fengshui iba y venía, muy sonriente, con su túnica larga. Se paró delante de una casa, y seguro que la familia que vivía allí debió de pasar un mal trago: una seña de ese anciano encorvado, y esa casa se iba a hacer puñetas.

El jefe de equipo acompañó al maestro de fengshui hasta nuestra puerta. Yo estaba delante, con el corazón batiéndome como un tambor.

—Fugui —me dijo el jefe de equipo—, éste es el señor Wang, que viene a echar un vistazo a tu casa.

—Muy bien, muy bien —repetí inclinando una y otra vez la cabeza.

El maestro de fengshui estuvo mirando a diestro y siniestro, con las manos a la espalda.

—Buen sitio, sí señor —dijo—, tiene buen fengshui.

Al oírlo, se me nubló la vista. Pensé que estábamos perdidos. Menos mal que Jiazhen salió en ese momento y, al ver que era el señor Wang que ella conocía, lo saludó.

—¡Pero si eres Jiazhen! —exclamó el señor Wang.

—Pase y tómese un té —le dijo Jiazhen sonriendo.

—Otro día, otro día —contestó el señor Wang agitando la mano.

—Dice mi padre que estos últimos tiempos está usted ocupadísimo —dijo Jiazhen.

—Sí, sí que lo estoy —dijo el señor Wang asintiendo—. Hasta hacen cola para pedirme que vaya a ver el fengshui —explicó—. ¿Quién es él? —preguntó mirándome.

—Es Fugui —dijo Jiazhen.

El señor Wang sonrió, y los ojos se le encogieron en una sola rendija.

—Ya veo, ya veo.

Por la cara del señor Wang, supe que recordaba cuando perdí en el juego toda la fortuna de mi familia. Le sonreí, y él me saludó juntando las manos.

—Hasta otra.

Luego se volvió hacia el jefe de equipo.

—Vamos a ver otros sitios.

Cuando se fueron los dos, solté un suspiro de alivio de los de verdad. Mi viejo chamizo se salvó, pero la casa de Lao Sun no corrió la misma suerte. El maestro de fengshui le echó el ojo. El jefe de equipo ordenó a Lao Sun que vaciara la casa, pero el viejo se puso en cuclillas en un rincón, llorando a lágrima viva, y se negó a mudarse.

—¿Por qué lloras? —le preguntó el jefe de equipo—. La comuna popular te construirá una casa nueva.

Lao Sun siguió llorando, con la cabeza entre las manos, sin decir nada. Pero al atardecer, viendo que no había manera de convencerlo, el jefe de equipo mandó llamar a unos cuantos mozos para que desalojaran al viejo con sus pertenencias. Cuando lo sacaron a rastras, Lao Sun se abrazó a un árbol y se negó a soltarlo. Los dos mozos que lo habían sacado miraron al jefe de equipo.

—Jefe, no podemos moverlo —le dijeron.

—Bueno —dijo el jefe de equipo volviéndose hacia ellos—, vosotros venid a encender el fuego.

Cerillas en mano, los mozos se subieron a un banco y trataron de prender fuego en la paja del techo. Pero estaba llena de moho, y además había llovido el día anterior, de modo que no pudieron prenderlo de ninguna de las maneras.

—¡La madre que lo parió! —exclamó el jefe de equipo—. No puedo creer que el fuego de la comuna popular no pueda con este chamizo de mierda.

El jefe de equipo se remangó, preparándose para intervenir.

—Echadle aceite —propuso alguien—, ya veréis cómo arde en menos que canta un gallo.

—¡Claro! —dijo el jefe de equipo después de pensárselo—. Me cago en la mar, ¿cómo no se me había ocurrido? Corre a la cantina por aceite.

Hasta entonces pensaba que yo era un inútil, ¿quién iba a decir que el jefe de equipo también lo era? Por mi parte, me quedé a unos cien pasos de allí, mirando cómo el jefe y los demás derramaban ese aceite tan bueno en el techo. Todo ese aceite nos lo estaban quitando de la boca para hacerlo desaparecer en las llamas. El techo prendió gracias al aceite de nuestra comida, y las llamas salieron disparadas hacia arriba, silbando; el humo negro iba rodando de aquí para allá por el techo.

Vi que Lao Sun seguía abrazado al árbol, mirando con ojos desorbitados cómo desaparecía su hogar. Sólo cuando el techo quedó hecho cenizas y las cuatro paredes carbonizadas, el pobre viejo se alejó secándose las lágrimas.

—La olla rota, la casa quemada —le oyó decir un vecino—. Parece que yo también voy a tener que morir.

Esa noche, Jiazhen y yo dormimos mal. De no ser porque Jiazhen conocía a ese señor Wang que venía de la ciudad a ver el fengshui, a saber adónde habría ido a parar nuestra familia. Estuvimos dando vueltas al asunto, y pensamos que había sido cosa del destino. Lo malo es que lo había pagado Lao Sun. A Jiazhen le parecía que la desgracia que el hombre había sufrido la habíamos provocado nosotros, y yo pensaba lo mismo, pero no lo dije.

—Es la desgracia la que lo encontró a él —dije—, no nosotros los que la provocamos.

Así, se había hecho sitio para la fundición, y los que habían ido a la ciudad a comprar el caldero también volvieron. Traían un bidón de gasolina vacío. En el pueblo, mucha gente no había visto nunca un bidón de gasolina y, como les parecía muy curioso, preguntaron qué era. Yo los había visto en la guerra.

—Es un bidón de gasolina —les expliqué—, es el cuenco para el arroz que se da de comer a los coches.

El jefe de equipo dio unas pataditas al cuenco de arroz para coches.

—¡Menuda birria! —dijo.

—No lo había más grande —dijo el que lo había comprado—. Tendremos que fundir el hierro por tandas.

El jefe de equipo era un hombre a quien le gustaba oír argumentos razonables. No importaba de quién vinieran; si le parecían razonables los daba por buenos.

—Pues tienes razón —dijo—. Grano a grano llena la gallina el buche. Lo haremos por tandas.

Youqing, ¡qué crío ése!, con su cesta de hierba en la mano, al ver a tanta gente alrededor del bidón de gasolina, vino a ver qué pasaba antes de ir a dar de comer a los corderos. Se abrió paso y trató de asomarse por detrás de mí. Yo, al notar su cabeza, pensé: «Pero ¿quién será?» Miré hacia abajo y vi que era mi hijo.

—Para fundir el hierro —le dijo a voces al jefe de equipo—, habrá que echar agua en el bidón.

Todo el mundo se echó a reír.

—¿Que habrá que echar agua? ¡Este mocoso lo que quiere es estofado!

Youqing también le rió la gracia.

—Es que, si no —explicó—, antes de que se funda el hierro se habrá roto el fondo del bidón.

Resulta que, al oírlo, el jefe de equipo arqueó las cejas y me miró.

—Fugui, ¿sabes que este niño tiene toda la razón? Tenéis un científico en casa.

Yo, por supuesto, estaba muy contento de que el jefe de equipo alabara a Youqing, pero en realidad lo que proponía Youqing era una tontería. Colocaron el bidón de gasolina donde antes estaba la casa de Lao Sun y metieron en él ollas rotas y chapas de hierro, etcétera, luego añadieron agua y lo cubrieron con una tapa de madera. Y así empezaron con la fundición. En cuanto rompió a hervir el agua, la tapa de madera se puso a saltar, plop plop, y empezó a salir vapor a bocanadas. O sea que al final sí, parecía que estuvieran cociendo carne.

El jefe de equipo iba varias veces al día a echar una ojeada. Cada vez que levantaba la tapa, salía como una oleada de vapor, y él se apartaba de un salto, asustado.

—¡Que me abraso! —gritaba.

Cuando quedó un poco menos de vapor, metió una palanca de las de carga para ver cómo iba la cosa.

—¡Me cago en la mar! ¡Todavía está como una piedra!

En esos días de fundición, Jiazhen se puso enferma. Enferma de debilidad. Al principio, creí que era la vejez. Un día, en el pueblo había que abonar los campos con estiércol de oveja. En esa época, había muchas varas de bambú clavadas en el suelo. Al principio, llevaban unas banderitas de papel rojo pegadas. Pero, después de varias lluvias, las banderas desaparecieron, y sólo quedaron trocitos de papel rojo pegados. Jiazhen también tenía que abonar los campos. Iba ella andando y, de repente, le fallaron las piernas y cayó sentada al suelo. Al verla, dijo uno del pueblo, riéndose:

—Esta noche, Fugui la ha dejado para el arrastre.

Jiazhen también se rió. Se levantó, intentó cargar de nuevo con la palanca, pero las piernas no hacían más que temblarle, hasta el pantalón le temblaba, como si estuviera soplando viento. Pensé que estaba cansada.

—Descansa un rato —le dije.

Pero, nada más decirlo, ella volvió a caer sentada al suelo. Los cubos de estiércol se le volcaron encima de las piernas. Se puso toda colorada.

—No sé qué me pasa —me dijo.

Yo creía que sólo necesitaba dormir bien y que, al día siguiente, volvería a tener fuerzas. Quién iba a decir que en los días siguientes no fue capaz de cargar con la palanca, sólo pudo hacer trabajos fáciles. Menos mal que en aquella época había la comuna popular, porque si no la vida se nos iba a poner difícil otra vez. Jiazhen, claro, sufría de verse enferma.

—Fugui —me decía en voz baja por la noche—, ¿voy a ser una carga para vosotros?

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