¡Vivir!
Parte 10
* * *
Mientras hablaba, el anciano se puso en pie, se sacudió la tierra del culo y llamó al buey, que seguía en la orilla de la laguna. El animal acudió y, al llegar junto al anciano, bajó el testuz. El anciano se echó el arado al hombro y se alejó lentamente, tirando del buey.
Los dos Fugui tenían los zapatos y pezuñas llenos de barro, y se bamboleaban ligeramente al andar. Oí al anciano decirle al buey:
Hoy, Youqing y Erxi han arado un mu; Jiazhen y Fengxia han arado casi un bancal entero. Kugen, como es pequeño, sólo ha arado medio mu. En cuanto a ti, no pienso decirte cuánto has arado hoy, porque si te lo digo creerás que quiero avergonzarte. También hay que decir que ya eres viejo y que para poder arar ese poquito habrás puesto toda el alma y toda tu fuerza.
El anciano y el buey fueron alejándose lentamente. Hasta mí llegaba la voz cascada y conmovedora del viejo. Su canción flotaba como la brisa en el cielo despejado del atardecer:
De joven, disipado,
de adulto afortunado,
de viejo abandonado.
El humo de las chimeneas se elevaba en volutas sobre las techumbres de las casas, disipándose y desvaneciéndose en el cielo resplandeciente de arreboles.
Las llamadas de las madres a sus hijos se sucedían ininterrumpidamente. Un hombre pasó delante de mí llevando cubos de estiércol con la palanca, que iba crujiendo con su trote. Poco a poco, los campos fueron tendiendo a la quietud, los contornos se desdibujaron, el arrebol de las nubes fue extinguiéndose.
Yo sabía que el crepúsculo estaba a punto de pasar, y la noche a punto de caer. Vi la tierra espaciosa mostrar su pecho sólido, en actitud de llamada. Al igual que una mujer llamando a su hija, la tierra convocaba a las tinieblas de la noche.
Terminaste ¡Vivir!
Hua Yu
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