¡Vivir!

Hua Yu · Capítulo 9 de 10

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¡Vivir!

Parte 9

* * *

Cuando murió Jiazhen, sólo me quedaban Erxi y Kugen. Erxi pagó a alguien que le hiciera una mochila para poder llevar a Kugen todo el día a la espalda; con lo cual, Erxi se cansaba más en el trabajo. Era mozo de carga, y tiraba de un carretón lleno de cosas hasta arriba, y encima tenía que llevar a Kugen. Iba jadeando, casi sin poder respirar. Aparte, llevaba un paquete con los pañales de Kugen. A veces, cuando hacía mal tiempo, los pañales no se secaban y no tenía de recambio, no le quedaba más remedio que montar tres cañas sobre el carretón, dos verticales y una horizontal, para tender los pañales. En la ciudad se reían de él. El compañero de trabajo de Erxi sabía lo mal que lo pasaba y, al ver que la gente se burlaba de él, soltaba:

—¿De qué coño te ríes? ¡Como te sigas riendo, te haré llorar!

Cuando Kugen lloraba en la mochila, Erxi sabía por el llanto si el niño tenía hambre, o si se había meado.

—Si es largo, es que tiene hambre —me decía—. Si es corto, es que le escuece el culo.

Y era verdad. Cuando Kugen cagaba o meaba, lloraba «Mmh, mmh», y al principio hasta parecía que se estaba riendo. Un hombrecito tan pequeño, y ya sabía diferenciar llantos. Eso era porque quería a su padre, y le decía claramente lo que quería, y así Erxi no tenía que andar rompiéndose la cabeza.

Cuando Kugen tenía hambre, Erxi dejaba el carretón y buscaba a una mujer que estuviera criando. Le daba diez céntimos y le pedía a media voz:

—Dele un poco de mamar, por favor.

Erxi no era como otros padres, que miran cómo crecen sus hijos. Por el peso que sentía a su espalda, sabía si Kugen había crecido algo. Y él, como buen padre que era, se alegraba, claro.

—Kugen pesa más —me decía.

Cuando iba a verlos a la ciudad, a menudo veía a Erxi tirando del carretón, caminando por las calles, chorreando de sudor. Y Kugen iba en su mochila, moviendo la cabecita. Viendo que Erxi estaba tan cansado, le decía que me diera al niño, que me lo llevaría al pueblo. Erxi no quería.

—Padre —decía—, no me podría separar de Kugen.

Menos mal que Kugen creció rápido. Cuando supo andar, Erxi se quedó más relajado. Mientras cargaba, dejaba al niño a un lado, jugando. Y cuando tiraba del carretón, lo subía encima. Cuando fue un poco mayor, ya supo quién era yo. Como oía tantas veces a Erxi llamarme «padre», lo recordó. Y cada vez que iba yo a la ciudad a verlos, en cuanto me veía Kugen desde el carretón, se ponía a gritar con su vocecilla.

—¡Padre! —le decía a Erxi—. ¡Allí está tu padre!

Cuando el crío iba todavía en la mochila, ya sabía decir palabrotas y, si se enfadaba, empezaba con su boquita «blibli, blabla», con la cara toda colorada. Nadie sabía qué estaba diciendo, sólo veían la saliva que rociaba al hablar. El único que lo sabía era Erxi.

—Está diciendo palabrotas —me contó.

Cuando Kugen supo andar y decir cuatro cosas, se volvió todavía más despierto. En cuanto veía a otro niño con algo que le gustara en la mano, él le hacía señas como loco, todo risueño.

—¡Ven! ¡Ven! ¡Ven!

Y cuando el otro niño se le acercaba, él estiraba la mano para quitarle lo que llevara. Si el otro no se lo daba, Kugen ponía mala cara y, muy enfadado, lo echaba:

—¡Vete! ¡Vete! ¡Vete!

Al perder a Fengxia, Erxi ya no se recuperó. Si de por sí no era muy hablador, al morir Fengxia, habló todavía menos. Si alguien le decía algo, con un «hum» ya se daba por contestado. Sólo hablaba un poco más cuando me veía. Kugen se había convertido en el pilar de nuestra existencia. Cuanto más crecía, más se parecía a Fengxia. Y cuanto más se parecía a Fengxia, más tristeza nos entraba al verlo. A veces, a Erxi se le saltaban las lágrimas. Y yo, su suegro, trataba de animarlo.

—Fengxia murió hace ya tiempo. Si puedes, olvídala.

Kugen tenía entonces tres años. El crío estaba sentado en un taburete, balanceando las piernas y esforzándose cuanto podía en oír lo que decíamos, con los ojos muy abiertos. Erxi se quedó pensando, con la cabeza ladeada.

—Pensar en Fengxia es el único momento de felicidad que me queda —dijo al cabo de un rato.

Luego tuve que volver al pueblo, y él a trabajar, así que salimos juntos. Una vez fuera, Erxi echó a andar, arrimado a la pared, con la cabeza torcida, a toda velocidad, como si temiera que alguien lo reconociera. Llevaba a Kugen de la mano, y el pobre niño iba a trompicones, casi casi a rastras. Yo tampoco me atrevía a reprocharle nada, sabía que Erxi estaba así desde que murió Fengxia.

—¡Ve más despacio! —le gritaban las vecinas al verlo—, ¡que vas a tirar a Kugen!

Erxi soltó un «hum» de los suyos, y siguió andando igual de rápido. Llevaba a Kugen casi en volandas, pero el crío iba mirándolo todo con los ojos muy vivos, como canicas.

—Erxi —dije cuando llegamos a la esquina—, me voy.

Sólo entonces se paró, y me miró levantando el hombro.

—Kugen, me voy —le dije al niño.

—Adiós —me decía Kugen con su vocecilla, agitando la mano.

Apenas tenía yo un momento, me iba a la ciudad. En casa no sabía estar y, como Kugen y Erxi estaban allí, me parecía que la ciudad era donde estaba realmente mi casa. Cuando volvía al pueblo, más solo que la una, me entraba angustia. Varias veces me llevé a Kugen al pueblo, a pasar unos días. Él nada, corría contentísimo por todo el pueblo y me pedía que le ayudara a atrapar gorriones en los árboles. Yo le decía que cómo iba a atraparlos.

—Sube al árbol —me decía el crío señalando hacia arriba.

—Si me caigo, me descalabro —le decía yo—. ¿Quieres que me muera?

—No quiero que te mueras. Quiero un gorrión.

En el pueblo, Kugen se lo pasaba en grande. El que lo pasaba mal era Erxi, que no soportaba estar un día entero sin ver a Kugen. Cada día, después del trabajo, cuando ya no podía ni con su alma, recorría los más de diez li para venir a ver a Kugen. Al día siguiente, apenas amanecía, volvía a la ciudad a trabajar. Pensé que así no podía ser, así que, a partir de entonces, antes de que anocheciera, llevaba a Kugen a su casa. Al morir Jiazhen, yo en casa ya no tenía ataduras, así que, cuando llegaba a la ciudad, Erxi me decía:

—Padre, quédate.

Y yo me quedaba allí varios días. A Erxi le habría parecido bien que me quedara más tiempo y todo. Decía que tres generaciones en una casa siempre eran mejor que dos. Pero yo tampoco podía vivir a su costa, todavía tenía buenos pies y buenas manos, podía ganarme la vida. Y, si ganábamos dinero Erxi y yo, Kugen también viviría con más holgura.

Así fuimos viviendo hasta que Kugen tuvo cuatro años, que fue cuando murió Erxi. Quedó aplastado entre dos hileras de placas de cemento. Los mozos de carga, al menor descuido, chocan y se hacen daño. Pero que pierdan la vida en eso yo sólo conozco a Erxi. Todos los Xu tenemos la vida dura. Ese día, Erxi y otros compañeros estaban cargando placas de cemento en el carretón. Erxi se había subido encima, y la grúa traía otras cuatro. Algo salió mal, no sé qué fue, y las placas fueron a parar adonde estaba Erxi. Nadie había visto que estaba allí. Sólo se oyó de repente un grito:

—¡Kugen!

Los compañeros de Erxi me contaron que al oírlo se quedaron helados. No pensaban que Erxi pudiera tener ese vozarrón, parecía que se hubiera partido el pecho con ese grito. Cuando se dieron cuenta, mi yerno cabiztuerto ya estaba muerto, pegado a las placas de cemento. Aparte de los pies y la cabeza, el resto del cuerpo había quedado aplastado, no encontraron ni un solo hueso entero, todo era sangre y carne hecha papilla, incrustada como engrudo en las placas de cemento. Me contaron que, al morir, el cuello se le había enderezado, y tenía la boca muy abierta. Eso era de llamar a su hijo.

Kugen estaba junto a un estanque cercano, lanzando piedras al agua. Al oír la última llamada de su padre, se giró y preguntó:

—¿Qué quieres?

Esperó un momento y, como no oyó que su padre siguiera llamándolo, siguió lanzando piedras. Así hasta que llevaron a Erxi al hospital, se confirmó su muerte, y alguien fue a buscar a Kugen.

—¡Kugen! ¡Kugen! ¡Tu padre ha muerto!

Kugen no sabía qué era la muerte, así que se giró y contestó:

—Vale.

Y se volvió y siguió lanzando piedras al agua.

Yo estaba en el bancal. Los compañeros de trabajo de Erxi vinieron corriendo a avisarme.

—¡Erxi se está muriendo! ¡Está en el hospital! ¡Date prisa!

Nada más oír que Erxi había tenido un accidente y estaba hospitalizado, me eché a llorar.

—¡Sacadlo de allí ahora mismo! —les grité—. ¡No puede ir al hospital!

Se quedaron mirándome, pasmados, creyendo que me había vuelto loco.

—Si Erxi entra en ese hospital —les dije—, corre peligro de muerte.

Youqing y Fengxia habían muerto en ese hospital. ¿Quién me iba a decir a mí que al final Erxi también iba a acabar allí muerto? Imagínate, en esta vida habré visto tres veces esa habitacioncita donde ponían a los cadáveres, y las tres veces el muerto era familiar mío. Yo ya era viejo, no estaba para esas cosas. Cuando fui a recoger a Erxi, nada más ver esa habitación, caí al suelo. Me tuvieron que sacar del hospital igual que a Erxi, a cuestas.

Al morir Erxi, me traje a Kugen al pueblo a vivir conmigo. El día en que dejamos la ciudad, di los enseres que había en casa de mi yerno a los vecinos. Sólo me quedé unas cuantas cosas ligeras y fáciles de llevar. Cuando me fui de allí con Kugen de la mano, estaba a punto de anochecer. Todos los vecinos salieron a despedirme y me acompañaron hasta la bocacalle.

—Ven a vernos de vez en cuando —me dijeron.

Algunas mujeres lloraron y todo.

—¡Qué vida más dura tiene este pobre niño! —decían acariciándole la cabeza.

A Kugen le molestaba que se les cayeran las lágrimas en su cara, así que me tiraba de la mano sin parar.

—¡Vámonos! —decía—. ¡Vámonos!

En esa época ya hacía frío. Mientras iba por la calle con Kugen, silbaba un viento helado que se te metía por el cuello. Cuanto más andaba, más frío tenía. Pensando en lo alegre y animada que había sido mi familia, y que ahora ya sólo quedaban un viejo y un niño, me entraba tanta congoja que no podía ni suspirar. Pero me consolaba viendo a Kugen. Antes no lo tenía. Nada era mejor que tenerlo a mi lado ahora. Al fin y al cabo, Jiazhen y yo tendríamos descendencia, había que vivir y seguir adelante.

Llegamos delante de un restaurante de tallarines. De repente, Kugen gritó a todo pulmón:

—¡No quiero tallarines!

Yo iba pensando en mis cosas y no me fijé en lo que decía.

—¡No quiero tallarines! —volvió a gritar Kugen al llegar a la entrada.

Y, tirándome de la mano, se quedó allí plantado, sin querer avanzar más. Sólo entonces entendí que le apetecía comer tallarines. El crío no tenía padre ni madre. Si le apetecían tallarines, lo menos que podía hacer era invitarlo a un cuenco. Entramos y nos sentamos, y pedí un cuenco de tallarines de a nueve céntimos. Miré cómo se los comía, sorbiéndolos, con la cabeza cubierta de sudor. Cuando salimos, todavía se relamía.

—Mañana más, ¿vale? —me dijo.

—De acuerdo —le contesté asintiendo.

Un poco más allá, pasamos por una tienda de caramelos, y Kugen volvió a tirarme de la mano. Levantó la cabeza para mirarme, y me dijo muy formal:

—No me apetecía tomar caramelos. Pero como he comido tallarines, no los tomaré.

Vi que estaba inventando una manera de conseguir que le comprara caramelos, así que me llevé la mano al bolsillo y encontré dos céntimos. Pero me lo pensé mejor y busqué otra de cinco, para comprar a Kugen cinco céntimos de caramelos.

Al llegar a casa, dijo que le dolían los pies. Había andado mucho y estaba cansado. Le dije que se tumbara en la cama mientras yo iba a calentar agua para darle un baño de pies. Cuando volvía con el agua caliente, Kugen se había quedado dormido, con los pies apoyados en la pared, estaba como un tronco. Al verlo me eché a reír. Había puesto los pies en alto, apoyados en la pared, porque le dolían. ¡Tan pequeño, y ya sabía cuidar de sí mismo! Pero enseguida se me encogió el corazón. Kugen no sabía aún que su padre había muerto.

Esa noche, dormido, sentí opresión y congoja. Me desperté y vi que tenía el culete de Kugen apretándome en el pecho, y lo aparté. Al poco rato, justo cuando me estaba volviendo a dormir, el culete de Kugen fue moviéndose, moviéndose, hasta apoyárseme en el pecho. Estiré la mano a ver qué pasaba y comprendí que se había meado en la cama: debajo tenía toda una parte empapada, ¡por eso me ponía el culo en el pecho!, y pensé: «Bueno, pues que siga así.»

Al día siguiente, el crío echaba de menos a su padre. Mientras yo trabajaba en el campo, él se quedaba sentado en el sendero, jugando. Y así estaba, jugando tan tranquilo, cuando de repente me preguntó:

—¿Me vas a llevar tú, o me viene a buscar padre?

Los del pueblo, al verlo, movían la cabeza diciendo: «¡Pobrecito!»

—Ya no te irás —le dijo uno.

—Sí que me voy —dijo él muy serio.

Al atardecer, viendo que su padre todavía no había venido por él, se enfadó un poco, y empezó a decir cosas a toda velocidad, moviendo la boquita. Yo no entendía nada de lo que decía, y pensé que debía de estar soltando tacos. Al final, levantó la cabeza.

—Bueno. Si no viene, no pasa nada —dijo—. Como soy pequeño y no me sé el camino, acompáñame tú.

—Tu padre no vendrá por ti, y yo tampoco puedo llevarte. Tu padre está muerto.

—Ya sé que está muerto —contestó—. Ya es de noche y aún no ha venido a buscarme.

Esa noche, arropados los dos con el edredón, le expliqué lo que era la muerte. Le dije que, cuando alguien moría, había que enterrarlo, y que los vivos ya no volvían a verlo nunca más. El crío, al pronto, se puso a temblar de miedo. Luego, al pensar que ya no volvería a ver a Erxi, se echó a llorar a lágrima viva, con la carita apoyada en mi cuello y sus lágrimas calientes cayéndome por el pecho. Estuvo llorando y llorando hasta que se quedó dormido.

Al cabo de un par de días, pensé que tenía que enseñarle la tumba de Erxi, y me lo llevé a la parte oeste. Le dije qué tumba era la de su abuela materna, cuál era la de su madre, y luego la de su tío. Cuando aún no le había enseñado la de Erxi, Kugen la señaló llorando.

—Ésa es la de mi padre —dijo.

Cuando llevábamos juntos seis meses, en el pueblo empezó el sistema de cuota de

producción por familia,[18]con lo que la vida se volvió aún más difícil. A la nuestra le asignaron un mu y medio de tierra. Se acabó para mí lo del trabajo en común y lo de aprovechar para gandulear cuando me cansaba. El trabajo del campo me llamaba constantemente. Si no acudía, nadie lo iba a hacer por mí.

Y cuando uno se hace viejo, todo son achaques. Todos los días me dolían los riñones, veía mal. Antes, cuando llevaba a la ciudad los canastos de verdura con la palanca, iba de una tirada. En cambio entonces, iba andando y descansaba; descansaba y seguía andando. Tenía que ponerme en camino dos horas antes de que amaneciera, porque, si llegaba tarde, ya no había manera de vender la verdura. Como dice el refrán, «El pájaro torpe es el primero en volar». Y el que pagó el pato fue Kugen. Cuando el crío estaba durmiendo profundamente, iba yo y lo sacaba de la cama, y él se venía conmigo andando, agarrado con las dos manos al canasto de detrás, con los ojos todavía medio cerrados. Kugen era un buen niño. Cuando se despertaba del todo y veía que la carga que llevaba pesaba demasiado para mí y que cada dos por tres tenía que pararme a descansar, él sacaba un par de coles de los canastos y las llevaba en brazos, andando delante de mí. De vez en cuando, se volvía y me preguntaba:

—¿Pesa menos?

Yo estaba contentísimo.

—¡Mucho menos! —le contestaba.

Ahora que lo pienso, Kugen, con cinco años recién cumplidos, ya se había convertido en un buen ayudante mío. Allá donde fuera yo, allá iba él detrás a trabajar conmigo. Hasta sabía segar el arroz. Encargué a un herrero de la ciudad que le hiciera una hoz pequeña. Ese día el crío se puso como loco de contento. Normalmente, cuando íbamos a la ciudad, al pasar por delante de la callejuela de la casa de Erxi, el crío iba para allá como una exhalación, a jugar con sus amiguitos. Ya podía llamarlo, ya, que no me hacía ni caso. Pero ese día, como le dije que le había encargado una hoz, me agarró de la ropa y no me soltó en ningún momento. Estuvimos esperando juntos un buen rato delante de la herrería. En cuanto entraba alguien, él le señalaba la hoz que le estaban haciendo.

—¡Es la hoz de Kugen! —decía.

Cuando vinieron a buscarlo sus amiguitos para jugar, él les dijo que no muy ufano.

—Ahora no tengo tiempo de hablar con vosotros.

Cuando tuvo su hoz, Kugen no quería soltarla ni para dormir, pero yo no le dejaba, así que dijo que la metería debajo de la cama. Y lo primero que hacía al despertarse por la mañana era buscarla con la mano. Le dije que la hoz, cuanto más se usa, más afilada está; y que el hombre, cuanto más trabajador es, más fuerte se vuelve. El crío se quedó un buen rato mirándome, parpadeando.

—Entonces —dijo de repente—, ¡cuanto más afilada esté la hoz, más fuerte seré yo!

De todos modos, Kugen era un niño, y segaba el arroz mucho más despacio que yo. Al ver que yo iba más rápido, se enfadaba.

—¡Fugui! —me gritaba—. ¡Ve más despacio!

Como la gente del pueblo me llamaba Fugui, él también me llamaba así, aunque también me llamaba abuelo.

—Esto lo ha segado Kugen —le decía, señalando el arroz que yo acababa de cortar.

Él se echaba a reír muy contento.

—Esto lo ha segado Fugui —decía él señalando lo suyo.

Al ser tan pequeño, también se cansaba pronto, así que iba cada dos por tres a tumbarse en el sendero del bancal y echar una siesta.

—Fugui —me decía—, la hoz ya no está afilada.

Lo que quería decir era que ya no tenía fuerza. Después de echarse un rato, se levantaba, me miraba trabajar y me decía muy chulo:

—¡Fugui, no pises mi arroz!

Los de los campos de al lado se reían al verlo. Hasta el jefe de equipo se reía. El jefe de equipo estaba igual de viejo que yo, y seguía siendo jefe de equipo. Como en su casa eran muchos, le tocaron cinco mu de tierra, justo pegada a mi campo.

—¡Menudo pico tiene el mocoso éste, me cago en la mar! —decía él.

—Habla todo lo que no pudo hablar Fengxia —decía yo.

La vida que llevábamos entonces era dura, desde luego, y cansada, pero estábamos contentos. Con Kugen a mi lado, yo vivía mucho más animado. Viéndolo cada día más grande, yo, como abuelo, también estaba cada día más tranquilo. Al atardecer, nos sentábamos los dos en el quicio de la puerta a mirar cómo se ponía el sol, brillando rojo, rojo, sobre los campos, a escuchar las llamadas a casa de los del pueblo, y las dos gallinas que teníamos iban y venían delante de nosotros. Kugen y yo nos queríamos mucho y, cuando estábamos los dos allí sentados, siempre teníamos miles de cosas que decirnos. Al ver a las dos gallinas, me acordaba de lo que decía mi padre en vida, y se lo contaba una y otra vez a Kugen.

—Cuando crezcan —le decía—, se convertirán en ocas. Cuando crezcan las ocas, se convertirán en ovejas. Cuando crezcan las ovejas, se convertirán en bueyes. Y nosotros seremos cada vez más ricos.

Kugen, al oír eso, se reía de buena gana. Se lo sabía de memoria, y muchas veces, cuando salía del gallinero con los huevos, lo cantaba.

Si había muchos huevos, íbamos a la ciudad a venderlos.

—Cuando hayamos ahorrado lo suficiente —le dije una vez—, nos compraremos un buey, así podrás ir a jugar montado en su lomo.

Al oírlo, los ojos le brillaban de ilusión.

—¡Entonces las gallinas se convertirán en buey! —dijo él.

A partir de entonces, Kugen se pasaba los días deseando que llegara el momento de comprar el buey.

—¡Fugui! —me decía cada mañana con los ojos muy abiertos—. ¿Compraremos hoy el buey?

A veces, cuando íbamos a la ciudad a vender huevos, me daba pena Kugen y me entraban ganas de comprarle caramelos.

—Sólo uno —me decía él—, que todavía tenemos que comprar el buey.

En un abrir y cerrar de ojos, Kugen cumplió siete años y se puso mucho más fuerte. Ese año, cuando llegó la época de recoger el algodón, dijeron por la radio del pueblo que al día siguiente habría lluvias torrenciales. Me entró una angustia tremenda. El mu y medio que tenía de algodón ya estaba maduro. Si la lluvia lo mojaba, se iba todo al garete. Nada más amanecer, llevé a Kugen al algodonal y le dije que teníamos que recogerlo todo en ese día. Kugen levantó la cara y me dijo:

—Fugui, estoy mareado.

—Date prisa —le dije yo—. Cuando hayamos acabado irás a jugar.

Entonces Kugen se puso a recoger algodón, pero, cuando llevaba un rato, corrió al sendero del bancal a tumbarse. Yo lo llamé, le dije que volviera. Pero él me dijo:

—Estoy mareado.

Pensé: «Bueno, pues que se quede un ratito tumbado.» Pero Kugen no se levantaba, y yo al final me enfadé un poco.

—¡Kugen, como no recojamos hoy todo el algodón, no podremos comprar el buey!

Sólo entonces se levantó.

—Es que estoy muy mareado —dijo.

Estuvimos trabajando sin parar hasta mediodía. Al ver que habíamos recogido buena parte del algodón, me quedé mucho más tranquilo y llevé a Kugen a casa a comer. Fue cogerle la mano y entrarme pánico. Le toqué la frente: abrasaba. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba enfermo, ¡qué estúpido había sido obligándolo a trabajar! Cuando llegamos a casa, le dije que se acostara. En el pueblo decían que el jengibre fresco lo curaba todo, así que le preparé una decocción de jengibre. Pero en casa no había azúcar, y pensé que echarle un poco de sal era hacerle una faena a Kugen, así que fui a casa de unos vecinos a pedir algo de azúcar.

—Os lo devolveré pronto, cuando venda el arroz —les dije.

—Déjalo, Fugui —me dijeron.

Después de darle la decocción a Kugen, le preparé sopa de arroz y miré cómo se la tomaba. Comí yo también. Nada más comer, tuve que volver al campo.

—Duerme, y ya verás cómo se te pasa —le dije.

Salí de casa, pero no me podía quitar a Kugen de la cabeza, de modo que fui a recoger media olla de judías frescas y volví a casa a preparárselas, con un poco de sal. Puse un taburete junto a la cama, y la olla encima del taburete, y dije a Kugen que comiera. Viendo que había judías, Kugen se rió de contento.

—¿Por qué no comes tú? —oí que me preguntaba mientras salía.

Volví a casa al atardecer. Había recogido todo el algodón, y estaba que no podía con mis huesos. En el pequeño trayecto desde el campo hasta la puerta de casa, me temblaron las piernas.

—Kugen —llamé al entrar—. Kugen…

Kugen no me contestó. Creí que se había quedado dormido. Fui a ver a la cama. Kugen estaba de través. En su boca entreabierta, se veían dos judías a medio masticar. Al verle la boca, me empezó a zumbar la cabeza: tenía los labios morados. Lo sacudí con fuerza, lo llamé a gritos: su cuerpo tambaleó, sin contestarme. Me quedé espantado, sentado en la cama, pensando. Llegué a pensar si no se habría muerto, y la idea me hizo llorar. Lo sacudí de nuevo, y él siguió sin contestarme. Pensé que igual se había muerto. Entonces salí de casa.

—Ve a ver a Kugen, por favor —pedí a un joven del pueblo que me encontré—, creo que está muerto.

El joven se quedó mirándome un rato, y luego echó a correr hacia mi casa. Él también sacudió a Kugen. Luego le puso la oreja en el pecho, y estuvo así mucho tiempo.

—No se oye el corazón —acabó diciendo.

Vino mucha gente del pueblo. A todos les rogué que fueran a ver a Kugen. Todos fueron a sacudirlo, a ponerle el oído en el pecho, y todos acabaron diciéndome:

—Está muerto.

Kugen había muerto de comer tantas judías, no porque el crío fuera demasiado glotón, sino porque éramos pobres. En el pueblo, cualquier niño vivía mejor que Kugen y, aun así, para ellos era un lujo comer judías. A mí me fallaba ya la cabeza, por eso le había hecho tantas judías: me había vuelto idiota de puro viejo, y había matado a mi Kugen.

A partir de entonces, no me quedó más que vivir solo. Pensé que, al fin y al cabo, tampoco me quedaba mucho tiempo. ¿Cómo iba a imaginar que viviría tantos años? Sigo igual: me siguen doliendo los riñones, se me sigue nublando la vista, pero en cambio oigo muy bien. Cuando habla la gente de por aquí, podría decirte quién es sin verlo. Es verdad que a veces, pensando, me entra tristeza, pero a veces también me entra paz. Yo enterré a toda mi familia, con mis propias manos. Cuando estire la pata, no tendré que preocuparme por nadie. Ya me he hecho a la idea. Cuando me muera, me moriré tranquilo y ya está, no hará falta que ande pensando en quién se ocupará de mi cadáver. Seguro que en el pueblo habrá alguien para enterrarme. Y, si no, cuando empiece a apestar, lo harán para no aguantar el olor. Y no me enterrarán por nada: tengo diez yuanes metidos debajo de la almohada. No pienso tocarlos ni aunque me muera de hambre. Todo el mundo en el pueblo sabe que son para el que me sepulte, y que quiero que me entierren al lado de Jiazhen y mis hijos.

La vida, bien pensado, ha pasado muy rápido, y ha sido tranquila. Mi padre contaba conmigo para traer honor a mis antepasados, pero se equivocó. Éste es el destino que he tenido. De joven, me di la gran vida a costa del dinero de mi familia, y luego, pasé cada vez más miseria. Pero está bien así. Cuando pienso en los demás, por ejemplo en Long Er y Chunsheng, ellos también vivieron bien un tiempo, y al final se les fastidió todo. Lo mejor es llevar una vida normal. Cuando uno lucha por esto o por lo otro, de tanto luchar acaba pagando con la vida. En cambio yo, si lo pienso, he ido tirando y, con el tiempo, yendo cada vez a peor. Pero tengo una vida larga. Todas las personas que he conocido han ido muriendo, y yo sigo vivo.

Al año siguiente de la muerte de Kugen, ya había reunido suficiente dinero para comprar el buey. Viendo que aún me quedaban unos años por vivir, pensé que valía la pena comprarlo a pesar de todo. Un buey es media persona: puede trabajar por mí; cuando no hay trabajo, me hace compañía; cuando estoy decaído le cuento mis penas… Cuando lo llevo a pastar en la orilla, tirando de la cuerda, es como si llevara a un niño de la mano.

El día en que compré el buey, me metí el dinero en la ropa y me puse en camino hacia Xinfeng, porque allí hay una feria de ganado muy importante. Al pasar por el pueblo de al lado, viendo que había un corro de gente en la era, fui a ver qué pasaba, y vi este buey. Estaba tumbado en el suelo, con la cabeza ladeada, y le iban cayendo lagrimones de los ojos, plas, plas. Un hombre desnudo de cintura para arriba estaba afilando un cuchillo de carnicero, ris ras, ris ras, mientras los mirones iban discutiendo sobre cuál era el mejor sitio para meterle la primera cuchillada. Viendo al viejo buey llorar, tan triste, se me encogió el corazón. Pensé que ser buey tenía que ser muy duro: después de haberse deslomado trabajando toda la vida para el hombre, cuando se hacía viejo y perdía fuerza, el hombre lo mataba para comérselo.

No tuve corazón para quedarme en la era viendo cómo lo sacrificaban, así que seguí mi camino hacia Xinfeng. Pero andando, andando, no conseguía quitarme ese buey de la cabeza. Él sabía que iba a morir, tenía un charco de lágrimas debajo de la cabeza.

Cuanto más avanzaba, peor me sentía. Y al final pensé: «Lo compro, y no se hable más.» Volví a toda prisa a la era. Ya le habían atado las patas. Me abrí paso a empujones hasta el hombre del cuchillo.

—Ten piedad, véndeme este buey —le dije.

El hombre del torso desnudo estaba probando el filo con los dedos. Se quedó un buen rato mirándome.

—¿Qué has dicho? —preguntó al fin.

—Que quiero comprar este buey —dije yo.

Se rió a carcajada limpia, y todos los del corro estallaron a risotadas con él. Yo sabía que se estaban riendo de mí. Me saqué el dinero que llevaba encima y se lo puse en la mano.

—Cuéntalo.

El hombre del torso desnudo se quedó patidifuso, mirándome y remirándome, rascándose la nuca.

—¿De verdad lo quiere comprar? —me preguntó.

No dije nada. Me puse en cuclillas para desatar las patas del buey. Luego, en pie, le di unas palmadas en la cabeza. El animal resultó ser muy listo, se dio cuenta de que ya no iba a morir, y se levantó de golpe, dejando de llorar.

—Cuenta el dinero —dije al hombre mientras agarraba la cuerda.

El tipo se puso el fajo de billetes delante de los ojos, como si comprobara el grosor.

—No lo cuento. Llévate el buey.

Y me lo llevé. Oí detrás de mí las risotadas de la gente.

—Hoy sí que he hecho buen negocio —decía el hombre—, hoy sí que he hecho buen negocio.

Los bueyes entienden al hombre: cuando me lo llevaba, él sabía que yo le había salvado la vida, y se arrimaba a mí, cariñosísimo.

—Anda, anda —le decía yo—, no estés tan contento, que si te llevo conmigo es para que trabajes, no para criarte como si fuera tu padre.

Cuando llegamos al pueblo, todo el mundo se acercó a curiosear, diciendo que yo estaba ya mal de la cabeza por haber comprado un buey tan viejo.

—¡Fugui! —dijo uno—. ¡Este buey es más viejo que tu padre!

Los que entendían de bueyes me dijeron que, como mucho, me viviría dos o tres años. Pensé que ya estaba bien, que seguramente yo tampoco viviría tanto tiempo. Quién nos iba a decir que hoy seguiríamos vivos. En el pueblo, todo el mundo se extraña y se sorprende al vernos. Anteayer mismo, sin ir más lejos, alguien dijo que éramos «un par de vejestorios».

Una vez el buey en casa, se convirtió en un miembro de mi familia, así que tuve que ponerle nombre. Estuve dándole vueltas y vueltas, y al final pensé: «Lo mejor será llamarlo Fugui.» Una vez que decidí llamarlo Fugui, lo mirara como lo mirara, siempre le encontraba parecidos conmigo, así que me quedé muy satisfecho de mí mismo. Más tarde, la gente del pueblo también empezó a decir que nos parecíamos mucho, y me reía pensando que eso ya lo sabía yo desde el principio.

Fugui es un buen tipo. A veces, él también remolonea cuando no lo veo. Pero si yo mismo lo hago cada dos por tres, ¡cómo no lo va a hacer el buey! Sé muy bien cuándo tengo que hacerlo trabajar y cuándo tengo que dejarlo descansar: cuando estoy cansado, sé que él también lo está, y lo dejo descansar. Cuando ya he descansado lo suficiente y me encuentro con más fuerza, él también tiene que ponerse a trabajar.