Volver a dónde

Antonio Muñoz Molina · Capítulo 10 de 25

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Capítulo 81

Durante unos días, a la caída de la tarde, me he sentado en un balcón frente al mar. Está más o menos a la misma altura que mi balcón de Madrid. A la misma distancia que la acera del otro lado de la calle O’Donnell ahora está el mar. Por delante del hotel hay un modesto paseo marítimo, limitado por un muro bajo, y por una línea de bloques de piedra y de hormigón contra los que rompen las olas, levantando a veces llamaradas de espuma que ascienden como géiseres, más blancas de noche al recortarse en la negrura del mar. Los primeros días, aún aturdido por el viaje y el cambio de escenario después de tantos meses de sedentarismo riguroso, el espectáculo del mar delante de mis ojos ha sido menos real que el recuerdo del otro balcón sobre mi calle de Madrid. Estoy y no estoy. Al principio los dos estamos un poco perdidos. Me da en la cara la brisa húmeda y oigo el choque sordo y continuo de las olas contra el muro de rocas, y en lo que pienso, hasta con añoranza, es en mi balcón de Madrid y en mis macetas de tomates, a las que les puse abono antes de irme, con la esperanza de que prosperaran las flores amarillas. Me preocupa que el calor excesivo pueda agostarlas, o que la persona a la que he encargado que vaya a regarlas se olvide de hacerlo. Acodado en la baranda todavía caliente miro desfilar a la gente al atardecer por el paseo marítimo y pienso en la que ahora mismo estará pasando por la acera en O’Donnell. Aquí muchos vuelven a esta hora de la playa, todavía en bañador, con chanclas, con sombrillas plegadas, con la incongruencia obligatoria de las mascarillas, que malogran en parte la sensación de desahogo del verano. Hay gente, pero mucha menos que otros años, en estas fechas de mediados de julio, nos dicen con resignación en el hotel. Los acantilados de color tierra en los dos extremos de la bahía se tiñen de un oro rojizo en la puesta de sol. El último sol acentúa el blanco de las velas de los yates ligeros que vuelven al puerto. El mar tiene un azul puro de cobalto. Los bañistas tardíos que vuelven de la playa se cruzan con parejas que ya se han duchado y arreglado y salen temprano a cenar. Hombros bronceados y desnudos de mujeres, casi ninguna extranjera, vestidos ondeando en la brisa, y un aire a la vez de holganza y de expectativa, la placidez corporal del ejercicio al aire del mar, la ducha y la ropa limpia, la novedad del veraneo, la penumbra listada de las habitaciones donde se oye el romper de las olas; y también la moderada perspectiva del paseo junto a la orilla, y de la cena en una terraza, ahora que el calor cede y que la noche contiene una promesa de frescor.

Parece la vida de antes, pero no lo es, y no solo por las mascarillas. Algo hay apagado, en el paseo marítimo, en las tiendas, en los grupos de gente en las terrazas, en la alarma instintiva que nos provoca verlos tan numerosos y tan juntos.

 

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Yo miro aquí igual que en Madrid, observador y no participante, acodado en la baranda para recibir mejor la brisa, un alivio viniendo del aire seco como polvo de ladrillo de mi ciudad. En vez de sirenas de ambulancias llegan graznidos de gaviotas, y ruidos de copas y cubiertos en las terrazas. También, tristemente, el estruendo delictivo de una moto náutica que se basta ella sola para arruinar el sosiego de la bahía en esta hora del final de la tarde. Del azote de los adoradores del motor de explosión no hay escapatoria. Los veleros y las gaviotas se deslizan con el mismo sigilo admirable, aprovechando las corrientes del agua y del aire, que son la una y el otro el medio en que cada uno de los dos, veleros y gaviotas, han ido perfilando sus formas para conseguir un grado máximo de economía y eficiencia. El desalmado de la moto náutica no necesita más que la fuerza brutal del motor y el despilfarro de gasolina: disfrutará ahora mismo de una ebriedad bárbara y masculina de poder, pisando el acelerador para hacer todavía más ruido, perturbar más a las especies marinas, dejar un rastro más venenoso de gasolina quemada. Es un miembro de la misma tribu de delincuentes acústicos que atruenan impunemente a cualquier hora del día o de la noche mis calles de Madrid.

Yo me acojo cada vez más, en mi ética y en mi estética, al sigilo limpio de las bicicletas, de los veleros, de los molinos de viento, de las caminatas o las carreras tranquilas y enérgicas a primera hora de la mañana. Entre la gente del paseo marítimo también circulan ciclistas, con cautela y destreza para no molestar, hombres y mujeres, mujeres jóvenes como posando para un largo friso en bajorrelieve, como el que transcurre sin pausa delante de mi otro balcón, un desfile clásico no de jinetes como el del Partenón sino de ciclistas, también con paños ligeros dibujando los cuerpos al adherirse a ellos y vibrando en el viento de una velocidad a escala humana, no agresora ni destructiva.

 

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El sonido profundo y rítmico del mar no cesaba nunca. Cerrábamos el balcón y los postigos y el sonido se volvía más grave pero no perdía su fuerza. Lo seguíamos oyendo de fondo en el sueño. No era el rumor vago del tráfico nocturno que oímos en nuestro dormitorio de Madrid, ni el silencio sin fisuras que ocupó su lugar durante los días de máximo encierro. Me sentaba en el balcón delante del mar y me quedaba hechizado, sin perder nunca la sensación de irrealidad que habíamos tenido a la llegada, con aquel exceso mediterráneo de la luz, aquella inaudita impresión de calma, de espacio abierto, de tiempo de holganza. En nuestras caras pálidas de recién llegados traíamos toda la carga de la angustia de Madrid. Y la ciudad, su pesadumbre, su energía crispada, seguía dentro de nosotros, y no nos dejaba abandonarnos de verdad al descanso, ni estar plenamente donde estábamos. Había una disociación, un desajuste cognitivo, algo que nos apartaba de otros huéspedes del hotel que habían venido de lugares menos castigados, o que al llevar más tiempo junto al mar se habían recuperado, como el enfermo cuando ya está avanzada la convalecencia.

Estaba acodado en el balcón, mirando al mar y a la gente que pasaba. Cada ola iba alzándose según se aproximaba, creciendo, y al llegar al punto más alto de pronto se abatía con un golpe seco contra el muro de roca, como un puño que alguien levanta y aprieta despacio sobre su cabeza y por fin lo deja caer con un vigor fulminante sobre un adversario al que derriba. El ruido del mar me ensordecía y me aislaba de la habitación a mi espalda, detrás de la cortina que la brisa agitaba. Estaba tan absorto que cuando me sonó el teléfono fue como si lo oyera en un sueño, y tardara en despertar. Era mi tío Juan. Desde que lo llamé el día de su santo disfruta manteniendo el contacto conmigo. Escuchado a la orilla del mar, el acento de mi tío Juan suena todavía más a interior y a secano, al modo en que hablaba la gente campesina cuando yo era niño. La voz y el acento de mi tío Juan me recordaban antes mucho a mi padre. Pero con el paso de los años ya no consigo evocar su voz. En los sueños lo veo con mucha claridad, pero su voz no la oigo.

 

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Mi tío Juan tiene un acento muy pronunciado de Úbeda porque ha pasado allí su vida entera, los ochenta y un años que el otro día me dijo que acaba de cumplir. Nació justo al final de la guerra. Su infancia la pasó en los peores años del hambre. «Con siete años Juan Muñoz tenía las manos más ásperas que la lija de tanto trabajar en la huerta», me dice. Es un narrador inagotable que tiene el amaneramiento de estilo de saltar a veces a la tercera persona cuando habla de sí mismo, diciendo su nombre y apellido. Juan Muñoz fue seis meses a una escuela de pobres y dejó de ir porque su padre lo necesitaba en la huerta y porque la maestra le dio una vez un tirón de oreja tan fuerte y se la retorció tanto que llegó a desgarrársele. Volvió a su casa conteniendo con la mano el hilo de sangre. Ya no fue más a la escuela. La gente pasaba entonces tanta necesidad que se alimentaba de algarrobas, de bellotas, de pan negro, de pan de higo. Tiene el acento de Úbeda y el habla de ese barrio de labradores y hortelanos en el que siempre ha vivido, salvo el año y medio que pasó en Madrid, haciendo la mili, feliz como un pájaro, libre temporalmente del castigo de trabajar sin descanso en el campo. Aparte de eso, su único cambio de domicilio consistió en pasar del número 67 de la calle Chirinos al número 65 cuando se casó. Desde allí me llamaba, para contarme que había salido al huerto y que la higuera, con estos calores fuertes de mediados de julio, estaba dando los primeros higos maduros del verano: «Negros y rayados, nene, de los que a ti te gustan, con el pezón tierno y la carne colorá cuando los abres». En su vocabulario campesino el color rojo es colorao, igual que una nube es un nublo, y la palabra nube significa tormenta, y las plantas se crían, no se cultivan, y un niño es un nene, y un burro un borrico, y el olivo se llama siempre la oliva, por el mismo principio de feminizar aquello a lo que se debe la subsistencia que hace que la gente marinera diga la mar y no el mar. Ir de una mata a otra recogiendo los tomates, los pimientos, las berenjenas, se dice «andar», y es transitivo: «andar los tomates». Todos estos usos verbales desaparecerán cuando termine de extinguirse la generación de mis tíos, los que todavía quedan, mi tío Juan, mi tío Pedro, mi tío Luis, tan jóvenes en la memoria que no me acostumbro a que sean octogenarios. Cuando me encuentro con ellos veo sus caras jóvenes transparentándose bajo la máscara de sus facciones de viejos, veo las sonrisas, el brillo en los ojos, su austera juventud de supervivientes en una tierra castigada, en la duradera devastación de la guerra, bajo la brutalidad y la codicia de los vencedores. Es la generación de los hermanos menores de mi padre y mi madre.

 

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Los higos en sazón hay que cogerlos con mucho cuidado. Se toman entre los dedos, se desprenden de la rama con un giro suave, presionando lo justo pero sin apretar, para que no se dañen. En el pezón recién desprendido queda una gota blanca de savia. La piel se empieza a desprender hincando la uña debajo del pezón, y si se hace con destreza y el higo está en su punto justo no se quedarán trozos de pulpa adheridos ella. La carne es de un rojo cremoso y brillante, punteado de pepitas, tan jugosa que con el primer mordisco se deshace en la boca. «Como la higuera está a la sombra por la tarde los higos no se han puesto blandos. Tú ya sabes que no es bueno comérselos calientes». Según avanzaba la conversación yo me aislaba del atardecer junto al mar y del fragor de las olas rompiendo debajo del balcón y estaba en ese huerto, en casa de mi tío Juan, bajo la sombra de la higuera, a la hora en que aún quedaba algo de sol en las bardas pero el aire ya se volvía respirable. Le dije que se me estaba haciendo la boca agua, de tanto oírle hablar de sus higos, lo cual era verdad, y que se comiera uno a mi salud, pelándolo con cuidado para que no se deshiciera, comiéndoselo de un solo bocado. «Yo higos ya no puedo comer», me dijo, no sin tristeza. «Esas pepitas que tienen se me meten por la dentadura postiza y es como si me hincaran clavos en la boca».