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Antonio Muñoz Molina · Capítulo 13 de 25

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Capítulo 112

3 de mayo . El técnico que viene a reparar el televisor me cuenta su confinamiento. Todavía es muy raro que entre en la casa un extraño. Como este hombre, Pedro, es muy alto, parece que ocupa una cantidad alarmante de espacio. Lo conozco desde que vino a instalarme la pantalla de cine. De vez en cuando me saca de algún apuro tecnológico. Es rumano, joven, muy despierto, con un español magnífico. Ha estado encerrado en un piso muy pequeño con su mujer y sus tres hijos: una chica de diez años, otra de siete, un bebé de dos meses, que vino al mundo justo cuando todo esto empezaba. Y además han tenido con ellos durante todo este tiempo al hijo de unos vecinos, ella enfermera en el Marañón, él empleado en una funeraria. Teniendo esos trabajos no podían arriesgarse a vivir en casa con el niño, ni tampoco ocuparse de él. Pedro y su mujer lo acogieron sin vacilación, y lo han cuidado a la par de sus tres hijos. Los padres llegaban agotados al final de sus turnos inhumanos. Con el niño que estaba al otro lado del rellano hablaban por Skype. Dice Pedro que a él le contaban cada día cosas terribles, mucho peores que cualquier mala noticia de la televisión: los enfermos acostados en jergones por los pasillos, los cadáveres que no paraban de llegar a la funeraria. Dice Pedro que él o ella empezaban a contar algo y rompían a llorar. Me lo cuenta ahora a mí serio y tranquilo, muy alto en el salón, con las piernas separadas, mientras maneja el mando a distancia para configurar los canales del televisor. Él admira a sus dos vecinos y yo lo admiro a él y a su mujer por haberse hecho cargo de su hijo, teniendo ellos ya los tres suyos, el agobio de la cercanía excesiva, las clases y las tareas escolares por videoconferencia, el llanto del bebé recién nacido.

 

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En la conciencia de mi madre el presente es una niebla neutra en la que surge a cualquier hora del día o de la noche el desfile de los muertos. Los muertos son más numerosos que los vivos y le hacen más compañía. Hablan con su mismo vocabulario, su mismo acento. No son tan indescifrables ni tienen tanta prisa como los vivos, ni ponen cara de incomprensión o de alarma cuando ella recuerda en voz alta algo que sucedió hace mucho tiempo, el nombre de alguien que murió cuando ella era joven, o una niña; o cuando ya era vieja pero no tanto como ahora, cuando no sospechaba todo lo viejo que uno puede llegar a ser. La conciencia de mi madre es una pantalla en una sala de cine en la que no hay más espectador que ella misma, en la que puede concentrarse a su gusto sin que la incomode nadie, sin que nadie venga a exigirle o a reprocharle nada; nadie, ni marido ni hijos ni padres ni hermanos ni vecinos intrusos. Está sola, en su cine, el cine de las sábanas blancas, me decía cuando yo era niño, delante de la pantalla, en ese momento excitante en que se apagaban por fin las luces y empezaba la música, cuando salía rugiendo el león de las películas en technicolor, en aquel cine de verano al que fui con ella tantas veces, de su mano, el olor de los dondiegos en el camino de entrada, la bóveda alta del cielo sobre nuestras cabezas, el haz de luz irisada del proyector atravesando la noche hasta llegar a la pantalla. El mundo exterior no le importa y no existe. Tal vez he heredado de ella la capacidad de sumergirme del todo en el tiempo imaginario de una película o de un libro. Los ruidos de la calle le llegan atenuados por los cristales de la ventana. En el cine de su memoria se suceden las imágenes en una sesión continua que no está hecha de películas enteras sino de pasajes como tráileres, fragmentos que se intercalan en un fluir desordenado, que se interrumpen de golpe y se reanudan un poco después, como cuando había un fallo en el proyector y se paraba la película. Hay saltos en el tiempo, espacios en blanco, episodios que se repiten una y otra vez, con la misma exactitud, con el mismo grado de emoción o de amargura. Su padre se inclina sobre ella con el uniforme azul de la Guardia de Asalto, la fila vertical de botones dorados que brillan igual que el correaje y las hebillas. Un hombre envuelto en harapos y encorvado como un mendigo viejo aparece al fondo de la calle. Ella lo mira venir muy despacio y antes de verle la cara amarilla de muerto en vida sabe que es su padre, regresado del campo de concentración donde lo encerraron al final de la guerra. La niña que es mi madre entra en el dormitorio de sus parientes viejos y tiene que hacer ella sola la cama de colchón enorme de lana y recoger entre las dos manos el alto bacín en el que han meado y tal vez cagado durante la noche. Ahora tiene dieciséis o diecisiete años y recibe unas cartas de amor escritas con una bella letra varonil pero sin firma ni remite. No sabe quién se las envía. Deja de recibirlas cuando mi padre la pretende y empieza a salir con ella. Piensa siempre en el otro, el autor de las cartas, el que permanece en su memoria como un misterio de película ahora que tiene noventa años. Ahora vive en Jaén, es una niña de nuevo, durante la guerra, sale corriendo hacia el refugio con uno de sus hermanos en brazos cuando suena la sirena de los bombardeos, espera asomada a la ventana a que vuelva su padre porque trae paquetes de comida y a veces hasta dulces y chocolate pero sobre todo porque le gusta verlo llegar con su uniforme y su gorra de plato ladeada. Su padre es alto y guapo, tiene los ojos azules y gusta mucho a las mujeres. Su padre ha recibido una carta con olor a perfume. La lee mientras su madre está en la cocina y nada más leerla la hace pedazos muy pequeños que tira por la ventana. Va al dormitorio a quitarse el uniforme y entonces su mujer, que ha estado vigilando, le pide a la niña que salga a la calle y recoja los pedazos de la carta, rápido, antes de que él vuelva a aparecer, o que el viento los disperse. Mi madre sale a la calle, siempre asustadiza y obediente. Recoge uno por uno los trozos de la carta. Entra en la casa. Su madre la urge a que los ordene sobre el hule de la mesa de la cocina, rápido, aunque ahora no hay temor de que él aparezca, porque después de cambiarse se ha ido al café. La niña va ordenando poco a poco el rompecabezas de la carta, vigilada por su madre. Cuando está completa, cada palabra bien visible, la madre cae en la cuenta de que no sabe leer, y su hija tampoco. La carta indescifrada acaba en el cubo de la basura, aunque la madre ha olido antes los pedazos, queriendo encontrar algún rastro de perfume.

 

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Ha amanecido un día atlántico, con un cielo de pizarra y una lluvia muy suave, tenue, inaudible, una lluvia que deja lunares de gotas sobre el polvo de los caminos del Retiro y desata todo el olor de la tierra mojándola apenas. Dentro del dormitorio estaba acumulado el calor de la noche, y el de los últimos días. Al abrir el balcón ha entrado de golpe una brisa fresca que despeja la casa y hasta la conciencia. Viene cargada de olores que estremecen la memoria, con la inmediatez y la pureza de un órgano sensorial que se alimenta en exclusiva de reacciones químicas. Está el olor del ozono en el aire, y el de ese polvo mojado pero no empapado que pisaré después cuando esté corriendo por los senderos del Retiro. El Retiro, esta mañana, es un parque de un país más al norte, de un país sosegado y lluvioso en el que la hierba crece con facilidad, los árboles alcanzan envergaduras como de catedrales botánicas y la política no es cainita ni corrupta, y los gobernantes no dicen «preveer» ni «preveyendo» en sus intervenciones públicas. He tenido que vencer la pereza de quedarme en la cama, y también el miedo a que arrecie la lluvia y me deje empapado en medio del parque. Pero he salido a la calle y los pulmones se ensanchaban para recibir bien hondo el aire limpio, y las piernas se movían con más ligereza, saltando sin esfuerzo sobre las suelas elásticas de las zapatillas, sobre la tierra de los senderos y de las avenidas flanqueadas de árboles, todo más desierto esta mañana, este lunes de agosto, en el que mucha gente que habría venido a pasear o correr se ha quedado en casa por miedo a la lluvia.

El polvo mojado y el olor de la tierra actúan como reactivos sobre la memoria. El polvo mojado es el del camino que yo bajaba cada mañana de verano hacia la huerta de mi padre. El olor a una materia vegetal muy seca que acaba de ser mojada es el de los barbechos de las hazas de trigo que fueron segadas en los primeros días del verano, en los que quedaban tallos secos y restos de espigas y de paja sobre la tierra; es el olor de los rastrojos el que viene hacia mí no desde un lugar cercano sino desde una lejanía de medio siglo mientras corro por el Retiro, el olor y la palabra misma, rastrojos, áspera como la realidad que nombra, los tallos secos que quedaban después de que se segaran con hoces los campos de cebada o de trigo. Unos años la tierra se dejaba en barbecho, y otros se cavaba a mano y con azadas para preparar una nueva siembra. Las mismas filas de hombres con camisas blancas y sombreros de paja que habían avanzado cortando los tallos con las hoces y atando las gavillas avanzaban ahora alzando las azadas sobre sus cabezas y abatiéndolas para abrir la tierra muy dura con los filos de acero. Las máquinas segadoras o cavadoras tardaron mucho en llegar. Tengo recuerdos que parecen más antiguos que mi propia vida: las cuadrillas de hombres segando o cavando desde el amanecer, los sombreros anchos de paja, las camisas blancas, los pantalones de pana, las abarcas con suelas de goma de neumático, el silbido de las hoces cortando el aire, el ruido del roce de la pana, los golpes secos de las azadas rompiendo la costra dura de la tierra. Segar y cavar eran los trabajos más duros que había; tanto como arrancar garbanzos. Mi padre me contaba que en los años del hambre, que fueron los de su adolescencia, los primeros cuarenta, algunas veces tuvo que dejar la huerta de mi abuelo y ganar un jornal cavando para otros amos. Por trabajar de sol a sol en los largos días del verano el jornal que le pagaban era de once pesetas. Pero el pan entero que llevaba consigo y que era su único alimento en todo el día costaba quince pesetas.

 

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4 de mayo. Los vilanos flotan en el viento cálido, más visibles en el contraluz del final de la tarde. El chino de la esquina de Máiquez ha abierto por primera vez desde hace dos meses. Fue el primer negocio que cerró en todo el barrio, anticipándose con una prudencia inusual al estado de alarma. Ese cierre de una tienda que estaba abierta todos los días hasta medianoche fue el primer signo de lo que se avecinaba. En las copas de los aligustres de la calle Máiquez los gorriones pían con una entrega unánime. Veo venir por la acera a una madre y a un niño que van muy concentrados comiéndose cada uno un helado. Tengo una corazonada que confirmo un momento después, al llegar a la esquina de Felipe II: también está abierta la heladería Alboraya. Es un indicio del cambio de estación tan seguro y tan alentador como el vuelo de los vilanos en el aire templado y la duración de la luz solar en las fachadas de los edificios.

Es muy difícil asimilar lo que estamos viviendo. No digo comprender, sino algo más primario y más hondo, percibir en su plenitud lo que ve uno y lo que vive y siente a lo largo del día, los cambios bruscos y los más sutiles, el oro puro de experiencia que puede extraerse de la confusión, el miedo, la repetición de los días, la pesadumbre sin respiro de la bronca y la farsa política. Aún falta mucho para que termine este tiempo y ya lo estamos recordando, incluso intuyendo las cosas que vamos a añorar, los trances de irresponsable felicidad que también hemos conocido. A media tarde me viene una congoja súbita sin aviso y sin explicación, una opresión en el pecho que se ha acentuado durante el paseo con Lolita. La señora del pelo blanco ya está apostada en su ventana. Sin que me diera cuenta han llegado las ocho. La fachada entera del edificio de enfrente está llena de sol. Dentro de poco llegará una tarde que será la primera en la que no salgamos a aplaudir. Con tanto sol y tanta gente que se echa a esta hora a la calle para tomar el aire y hacer ejercicio nuestro aplauso obstinado parece cada día más irrelevante.

 

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El ruido de las motosierras no ha cesado desde primera hora de la mañana, acompañado por otro todavía más invasor, el de esos émbolos o mecanismos de trituración que llevan algunos camiones de basura. Una brigada municipal implacable avanza desde el fondo de la calle podando a rajatabla y sin ningún miramiento las acacias japonesas de la acera, justo ahora que están en plena floración. Son las acacias que permanecieron negras y desnudas casi hasta el final del confinamiento, porque la primavera inhóspita retrasó mucho la llegada de las hojas. Son árboles espléndidos, de copas anchas y altas, que llegan a los pisos terceros de los edificios y dan a la calle una sombra muy tupida. Habían empezado a florecer justo en estos días, en el calor de finales de julio y principios de agosto, racimos numerosos de flores amarillentas que en esta atmósfera de horno se mustian muy pronto y dejan sobre la acera una alfombra de pétalos. Pero ha llegado la brigada vandálica justo en la época en la que más daño puede hacer la poda a los árboles, cuando están más colmados de savia. Con sus cascos de seguridad, sus uniformes de amarillo reflectante, sus sierras mecánicas, sus tijeras muy largas para alcanzar las ramas, los operarios se lanzan contra las acacias inermes, una por una, y van dejando a su paso sobre la acera montañas de ramas cortadas que luego una pala como de excavadora carga en los camiones, donde son trituradas con un estrépito de masticación aterradora. España es un país arboricida, más cruel todavía con los árboles que con los animales. En una cesta colgada de una grúa los podadores cortan las ramas que sobresalen lateralmente y atacan sin compasión las cimas de las copas. No es una poda: es una tala, una mutilación, una masacre. El olor a madera fresca llena la calle. Los operarios tienden alrededor de cada árbol cintas de plástico como las que aseguran el perímetro de la escena de un crimen. Ramas enteras caen de golpe con un gran estrépito de desgarramiento. En el suelo los otros operarios proceden a la tarea del descuartizamiento usando esas sierras que atruenan la calle y excitan tanto a los aficionados a las películas de asesinos en serie. Hay acacias que por algún motivo salen mejor paradas, y otras que sufren un ensañamiento que las deja tan desfiguradas como si pertenecieran a otra especie: lo que fue un árbol de copa suntuosa que acogía a los pájaros y extendía su sombra sobre la acera refrescando el aire y embelleciendo la perspectiva de la calle ahora es un largo tronco desnudo y torcido del que sobresalen muñones terribles. Al mismo tiempo que se extendía por la calle el ruido del arboricidio municipal se dilataba en el aire el olor de la madera fresca recién cortada, las hojas fragantes, la savia. He leído que los árboles se transmiten señales de alarma ante los peligros que los acechan a través de descargas químicas que comunican las raíces entre sí. Así se habrá extendido el terror entre las acacias de nuestro lado de la calle, que están todavía intactas, con sus hojas menudas y sus racimos de flores blancas moviéndose oceánicamente en el viento.

 

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Me acuerdo de los álamos que había en la plaza de San Lorenzo, tan altos que llegaban al balcón de mi cuarto en el último piso. Me acuerdo de las calles por las que íbamos a la escuela, sombreadas por dobles filas de moreras ingentes, a las que acudíamos los niños en busca de las hojas con las que alimentábamos a los gusanos de seda, y también de las moras que nos llenaban la boca de un dulzor suculento. En todas las salidas de Úbeda y en las carreteras que las prolongaban había hileras de olmos severos y solemnes como columnas de templos, aliviando siempre con su sombra la fatiga de la gente que volvía del campo bajo el sol. Cuando llegué a Granada, en octubre de 1974, estaban terminando la tala de los castaños enormes en el bulevar central de la avenida de Calvo Sotelo, que fue sacrificado entero al tráfico. Los álamos de la plaza de San Lorenzo los talaron hacia esa misma época y desde entonces la plaza es un horno sin respiro en los mediodías y las tardes de verano. Taladas las moreras, esas calles sobre las que se habían extendido sus copas protectoras quedaron sometidas a un calor de desierto, convertidas en aparcamientos de coches con las chapas candentes bajo el sol. Una tarde de verano, recién llegado de uno de mis primeros viajes, subí por la calle Nueva hacia lo que llamaban la Fuente del León, de donde arrancaba la carretera de Baeza, y de golpe el esplendor verde de los olmos había sido abolido, como por una guadaña que los hubiera talado a todos, y lo que había sido un paseo de penumbra rumorosa se había convertido en un descampado horizontal de asfalto, tan árido como los cerros del horizonte. Nadie reparó en lo que estaba sucediendo. Nadie protestó. En Granada unas pocas mujeres valerosas se ataban a los árboles de Calvo Sotelo queriendo salvarlos de la tala y todo el mundo se burlaba de ellas, viejas locas y cursis, hostiles al progreso.

 

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En esta somnolencia relativa de agosto parece que el desastre vuelve y que todo el mundo lo ve crecer y acercarse de nuevo y nadie hace nada por remediarlo. El crecimiento diario de los contagios ha vuelto a ser exponencial. La curva se alza en todos los gráficos que publica el periódico. Es como estar en una playa mirando el horizonte del mar y ver que se va alzando como a cámara lenta en la lejanía la cresta de un tsunami, y ver que se acerca, y que se hace más alta, y gritar que viene, y nadie hace caso, y ni siquiera la voz de alarma puede salir de la garganta, como en esos sueños en los que uno quiere gritar y no puede. Dentro de dos semanas empieza septiembre y la gente volverá masivamente a las ciudades y a los trabajos, y será preciso abrir las escuelas. Pero los responsables políticos o han desaparecido o están de vacaciones o distraídos en sus intrigas y disputas y no hay ninguna autoridad que hable claro y tajante de lo que está pasando y de lo que habrá que hacer con urgencia en apenas quince días. El Ministerio de Educación no dice nada sobre los preparativos para la apertura de las escuelas: los profesores nuevos que ya deberían estar contratados, porque tendrán que ocuparse de aulas con menos alumnos, el personal de limpieza y sanitario que hará falta para mantener seguras las clases. Nada. Mi hermana me dice que a su colegio no han llegado directivas ni medios. Parece que los que mandan están mudos, hechizados, indiferentes a la aproximación del desastre que ellos mismos agravan una vez más con su pasividad y su incompetencia. En febrero y marzo tuvieron la disculpa de que lo que ocurría era tan inusitado que no había manera humana de preverlo. No era verdad, pero hasta cierto punto es comprensible que nada estuviera preparado, a pesar de los avisos que ya entonces pudieron oírse y no se oyeron. Es la incapacidad humana de cobrar conciencia plena de lo que nos desborda. Es la inercia suicida de una ficción de normalidad a la que todo el mundo quiere aferrarse incluso cuando se está desmoronando. Yo mismo no vi y no quise ver. Yo me obstiné en no aceptar la gravedad de lo que estaba pasando. La alarma de Elvira me parecía excesiva. Estrechábamos manos, dábamos abrazos, íbamos a reuniones y comidas, asistíamos a conciertos. El 9 de marzo, unos días antes de la declaración del estado de alarma, yo fui al estreno del concierto de trompa de mi amigo Benet Casablancas. Cuando nos vimos Benet me dio uno de sus abrazos atropellados y fraternales. Abracé también esa tarde a otro amigo músico, Ángel Gil-Ordóñez, más cálidamente aún porque él acababa de llegar de Washington y llevábamos más de un año sin vernos. Nos llamó la atención que la sala no estuviera llena. Lo atribuimos distraídamente al miedo al contagio, a la cautela excesiva, la psicosis, decían. A día siguiente me reuní con un club de lectores ciegos. Al menos treinta personas muy juntas en el comedor de un restaurante, en un sótano poco ventilado en el que hacía calor: hombres y mujeres, lectores pasionales, elocuentes, de extrema agudeza, algunos acompañados de sus perros guías, todos cordiales y tocones, buscando a través de las manos el conocimiento que no les daban los ojos. El espacio era muy reducido y todos nos acercábamos mucho los unos a los otros. Los bastones, las sillas, los perros debajo de las mesas, complicaban el espacio y favorecían más el contacto físico. Cualquier cautela habría sido una grosería. Una mujer ciega me dijo: «Déjame que te toque para que sepa lo alto que eres».