Volver a dónde

Antonio Muñoz Molina · Capítulo 1 de 25

Páginas del PDF

Volver a dónde

Capítulo 1

Junio, 2020. Ahora es cuando no tengo ganas de salir a la calle. El estado de alarma que acaba de ser abolido continúa vigente en mi espíritu. El mundo de después, sobre el que tanto se especulaba, ha resultado ser muy parecido al de antes, salvo por el incordio añadido de las mascarillas. A media mañana, en el calor seco y candente de Madrid —«un horno de ladrillo babilonio», decía Herman Melville del calor de Nueva York— el tráfico es el mismo de otros veranos, quizás con un grado mayor de encono, porque la temperatura sube cada año, y porque los conductores de coches y de motos parecen ansiosos por compensar el tiempo perdido, la gasolina no gastada, los cláxones no apretados con gustosa violencia durante meses de silencio. Este mundo de después, igual que el de antes, está habitado por adictos al ruido, al motor de explosión y a la quema de combustibles fósiles. El aire de esta calle en la que hace nada se oían los gorriones huele casi palpablemente a gasolina. En un atasco un conductor ofendido por algo se baja de su furgoneta, llega a zancadas al coche que tenía delante, intenta abrir la puerta y como no puede da puñetazos en la ventanilla. Por fin logra abrir la puerta: sujeta con las dos manos la camisa del conductor, que se defiende a puñetazos poco efectivos, porque el agresor es mucho más corpulento. Se dicen a gritos cosas terribles. Las dos caras enrojecidas de furia y de sudor y tapadas a medias por las mascarillas están muy cerca la una de la otra. En ese momento el tráfico empieza a moverse: ahora el conductor agresivo tiene que volver a toda prisa a su vehículo para eludir la furia de los que pitan contra él. Uno y otro sacan la cabeza por la ventanilla y continúan gritando y agitando los puños mientras conducen.

Aunque ahora pueda quedarme en la calle todo el tiempo que quiera procuro volver cuanto antes al refugio de mi casa, atronado por el ruido, por la violencia de la ciudad inhóspita. Sin la menor necesidad una brigada de operarios asistidos por excavadoras y por un camión cargado de alquitrán humeante están renovando el asfalto de un lado de la calle. Primero lo levantan con la pala dentada de la excavadora y después clavan en él las puntas de acero de los martillos neumáticos. En el calor ardiente los operarios llevan cascos de obra, guantes muy recios, gafas protectoras, mascarillas, pero no cascos para los oídos. El pavimento de la acera tiembla bajo las pisadas. Como han cortado el acceso de una calle lateral los coches atascados levantan un gran clamor de cláxones. Este es el mundo al que había tanta prisa por volver. Los pitidos del semáforo en verde se vuelven más cortos y más rápidos, pero el abuelo que cruza delante de mí arrastrando los pies no puede acelerar el paso. Los motores de los coches rugen de impaciencia en el mismo momento en que la luz verde y el diligente hombrecillo verde empiezan a parpadear. Miro hacia atrás desde la seguridad de la otra acera y el abuelo se ha quedado encallado en la mediana.

 

2

Inconfesablemente, hay cosas de las que siento nostalgia. A la caída de la tarde salgo al balcón y miro uno por uno los balcones y las ventanas a los que se asomaban a diario esos vecinos a los que nos unió durante más de dos meses la fraternidad del aplauso. Algunas de esas ventanas ya están tapadas por las copas de las acacias en las que por entonces aún no habían brotado las hojas. Las miro y me acuerdo bien de cada una de las personas que se asomaba a ellas: la anchura de la calle marca una distancia en la que no llegan a distinguirse bien los rasgos, pero sí los tipos humanos, la edad, hasta el carácter. Detrás de las figuras se atisbaba la intimidad distinta de cada vivienda. Si alguien no aparecía una tarde ya nos preocupábamos. Quien abría su ventana o se apoyaba en la baranda de su balcón saludaba con la mano, uno por uno, a los vecinos del otro lado de la calle: la señora mayor de pelo blanco que era la primera en aparecer, siempre uno o dos minutos antes de las ocho; las tres chicas con aspecto de compartir un piso de estudiantes, que se hacían selfies, ponían música y bailaban; el hombre de la barba y el pelo canosos y su mujer, los dos con un aire de progresistas veteranos, de haber sido jóvenes en los últimos setenta; la pareja más joven que a veces sacaba a la ventana un altavoz y ponía música, ella con el pelo muy corto, rubio pálido, siempre con una sudadera de capucha; la otra señora mayor que salía al balcón con un abrigo y unos incongruentes leotardos rojos; las dos hermanas de cierta edad que se asomaban perfectamente peinadas y vestidas, como arregladas para salir, con pañuelos estampados al cuello. Según pasaba el tiempo, seguir saliendo a aplaudir era una señal de vehemencia en la defensa de la sanidad pública: también indicaba que uno pertenecía al grupo de los aplausos de las ocho, no al de las cacerolas de una hora más tarde. Las ventanas que se abrían a las nueve estaban bien cerradas a las ocho, y de ellas colgaban banderas españolas con crespones negros. Pero para un oído musical también había una belleza en el sonido de las cacerolas: era, sobre todo con una cierta lejanía, un clamor metálico como de música gamelán indonesia. También, esa hora del atardecer, a mí me despertaba asociaciones acústicas: era a esa hora cuando volvían del campo los rebaños de ovejas y cabras en los atardeceres de verano de mi infancia, levantando nubes de polvo por los caminos. En el primero de todos los atardeceres de Don Quijote de la Mancha suena el cuerno de un pastor que lleva de recogida una piara de cerdos. Hasta el balcón de mi casa de Madrid llegaba certeramente una memoria de veranos remotos. Al final había algo de tristeza en las fuerzas cada día más menguadas de los que seguíamos saliendo a aplaudir. Ya estaba permitido salir a dar paseos, y mientras nosotros aplaudíamos mucha gente iba descuidadamente a lo suyo por la calle, impacientes por adoptar cuanto antes una normalidad que aún no existía. Nuestros aplausos se escuchaban menos porque éramos muy pocos y porque ya había mucho más tráfico.

 

3

Como es 13 de junio, San Antonio de Padua, he llamado a mi madre para felicitarla por su santo, pero no estoy seguro de que se acordara. Ahora se le nota a veces que finge entender lo que se le está diciendo, pero que tiene una idea muy vaga, si acaso, o que estaba muy sumergida en sí misma, o tenía la mente en blanco, y tarda en volver, en despertar a lo que está delante de ella. Hasta hace unos pocos años era ella quien me llamaba a mí bien temprano, para felicitarme antes que nadie. El confinamiento no varió en casi nada su vida. Tampoco ahora cambia nada, porque ya no sale a la calle, ni siquiera los miércoles, que era cuando iba antes a la peluquería. Iba caminando despacio, del brazo de mi hermana o de la chica que la cuida. Después empezaron a llevarla en la silla de ruedas. Pero las aceras en el Puerto de Santa María son estrechas y con muchos desniveles, y con frecuencia están bloqueadas por los coches. La he llamado y por el tono de su voz me doy cuenta de lo ausente que estaba. Desde hace meses mi trato con las personas cercanas es solo a través de sus voces. El teléfono me permite una sensación de intimidad mucho mayor que las videoconferencias. La voz sola favorece la cercanía más que la voz y las imágenes.

Mi madre tuvo una voz joven hasta hace no muchos años. La llamaba por teléfono y al escuchar su voz regresaba a otro tiempo. Ahora es ya sin remedio la voz de una anciana. Le pregunto quién la ha llamado ya para felicitarla, y dice: «mucha gente», pero sospecho que si le preguntara nombres no sabría decírmelos. Hasta hace nada enumeraba con orgullo todas las personas que la habían llamado: sus hermanos, sus primos de Barcelona, sus nietos, vecinas de San Lorenzo que la echan de menos. Estará sentada delante de su mesa con el atril de lectura, en la habitación que mi hermana ha preparado para ella en su casa, con libros, una cesta de costura que ya casi no usa, un televisor, una ventana que da a terrazas y tapias de jardines. Me cuenta que ha estado resfriada, pero que ya se encuentra mejor, y que no tiene miedo. Con la voz del todo lúcida ahora me dice: «Yo ya sé que no soy eterna. Cuando me tenga que ir me iré, tan a gusto. Con eso yo estoy conforme. Lo que no quiero es que sufráis por mí. Quiero que os quedéis con un buen recuerdo».

 

4

Fue hace nada, y es como si hiciera mucho tiempo. Ayer mismo, de pronto, es nunca jamás. Adquiríamos costumbres que se volvían invariables de un día para otro, y que dotaban de una forma pautada al curso de las horas del encierro. El aplauso de las ocho era una de ellas. También, para mí, el cuidado y el riego de las plantas del balcón, a las que hasta entonces no había hecho ningún caso. El riego automático se había estropeado y en medio del encierro nadie iba a venir a arreglarlo. Empecé a regar yo a mano, cada dos o tres días, ya de noche, cuando había menos peligro de que el agua cayera sobre algún viandante. Casi nadie pasaba entonces por la acera. Como había muy poco tráfico, por primera vez desde que nos mudamos a esta casa era agradable salir al balcón. Yo solo conocía los nombres de algunas plantas. No saber el nombre de una planta es no verla del todo. Conocía los geranios, la abelia, el jazmín, la glicinia, la albahaca, la hierbabuena, la menta, la parra virgen que desde el principio de mayo empezó a trepar de nuevo por la pared, la camelia, la fucsia, la gardenia. Al no venir la señora que trabaja en casa yo ya no tenía excusa para no cuidarlas. Hacía una ronda periódica de las plantas del balcón y las del interior. Lo que al principio me había parecido un fastidio poco a poco se convirtió en uno de esos hábitos que nos fueron ordenando la vida. La jardinería y la huerta son oficios de gente sedentaria. A quien va de un lado a otro y de aeropuerto en aeropuerto las plantas se le mueren de negligencia y soledad. Todos los días del año mi padre bajaba a su huerta, incluso el Domingo de Ramos y el Viernes Santo. De lunes a sábado volvía del mercado a la hora de comer y se cambiaba los pantalones de tela por los de pana, la chaqueta blanca inmaculada de vendedor por la camisa y la chaqueta viejas de hortelano. El pantalón de ir a vender lo dejaba bien doblado sobre la butaca de su dormitorio, los zapatos lustrosos al pie de la cama. Mi padre era tan joven entonces como lo son ahora cualquiera de mis hijos o de sus amigos. El pelo se le puso blanco muy pronto, pero tenía una cara ancha y cordial que lo rejuvenecía. Cuando estaba en su puesto del mercado, rodeado de parroquianas habladoras, sonreía mucho y hacía bromas con ellas, con un talento natural de vendedor. En la huerta era serio y se concentraba mucho en el trabajo. Era en casa donde muchas veces se volvía callado y sombrío. Ponía mucha paciencia y esmero en enseñarme cosas de la huerta que yo no tenía ningún interés en aprender. Su perfeccionismo me irritaba, su amor meticuloso al trabajo, su convicción de que las cosas debían hacerse lo mejor posible aunque no fuera a sacarse ninguna recompensa. No haber hecho caso hasta ahora de las plantas del balcón me provocaba de pronto un remordimiento que tenía mucho que ver con la sombra tutelar de mi padre. Una tarde de finales de mayo, después del aplauso de las ocho, descubrí que en la tierra de una jardinera habían nacido quién sabe por qué tres plantas de tomates.

 

5

A principios de febrero parecía aún que lo propio de las calamidades era que les sucedieran a otros, que fueran muy lejanas. Ese era entonces el orden natural del mundo. En otros continentes había epidemias mortales, huracanes, tsunamis, terremotos. El virus se extendía por una ciudad china con nombre exótico que la hacía aún más remota, Wuhan. Era como una fantasía de futurismo asiático que se hubiera podido clausurar una ciudad de diez millones de habitantes. En el Cuerno de África, en Kenia, en Somalia, en Etiopía, oscurecían el cielo y arrasaban luego la tierra nubes de miles de millones de langostas como no se habían visto nunca antes, favorecidas por los trastornos del clima. Todo tenía una resonancia de plaga bíblica: primero una sequía devastadora, después inundaciones causadas por ciclones tropicales. Las variaciones climáticas extremas creaban las condiciones necesarias para la reproducción explosiva de los insectos. Con viento favorable las nubes de langostas podían avanzar más de ciento cincuenta kilómetros al día. El calentamiento global acentuaba la evaporación del agua del mar y por lo tanto la formación de tormentas. En diciembre había tres ciclones girando simultáneamente sobre el Índico. Las lluvias torrenciales sobre los desiertos de la península arábiga permitieron una reproducción excepcional de las langostas. Sus enjambres cruzaban luego el golfo de Adén hacia el Cuerno de África impulsadas por los vientos. En Kenia no se habían visto nubes así desde hacía 75 años. Un enjambre con un frente de un kilómetro de ancho puede comer en un día lo mismo que 35 000 personas. Comparativamente no hay ningún animal tan voraz como este insecto que no pesa ni dos gramos. En el periódico se veía la foto de un hombre corriendo despavorido y agitando los brazos para apartar los torbellinos de langostas que volaban zumbando a su alrededor. Recorté la foto y la pegué en mi cuaderno.