Volver a dónde

Antonio Muñoz Molina · Capítulo 4 de 25

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Capítulo 41

Los días idénticos nos desdibujaban la vida personal. El estado de ánimo se volvía neutro, en parte por la falta de estímulos variados. Toda la realidad consistía siempre en lo mismo. De un modo casi inconsciente uno aceptaba que no tenía derecho a la queja, y ni siquiera a la melancolía. Las cosas son como son. Toda la atención la volcábamos a cada momento hacia lo que sucedía fuera de nosotros, en la intemperie de la desgracia, de las agonías en soledad, de los hospitales. Nosotros no podíamos salir, pero nada de lo que nos ocurriera en nuestro encierro tenía un valor significativo frente al horror sin respiro de las noticias que llegaban. También la monotonía exacta de la vida diaria iba borrando poco a poco las oscilaciones del estado de ánimo. El paso de las horas estaba tan regulado para nosotros como en un monasterio. No era decente hacer demasiado caso de uno mismo. Por eso era importante mantener el orden del tiempo, la meticulosidad de las tareas cotidianas. Por la mañana, después del desayuno, cuando se iban asimilando las noticias del día, cuando era evidente que el encierro se prolongaría mucho más de lo previsto, había un impulso de claudicación, una tentación de no hacer nada, de dejar el periódico a un lado y quedarse en el sofá, rindiéndose al hipnotismo del salón ordenado y de ese otro orden igual de invariable que se veía por la ventana: las casas de enfrente, la luz tan triste como la del día anterior, el silencio tan raro que subía de la calle. Sería peligrosísimo ceder a esa claudicación, decirse que no hacía falta ponerse a hacer cosas todavía, que si algo sobraba era el tiempo. Levantarse del sofá en ese momento y no al cabo de diez minutos o de una hora era una cuestión de vida o muerte. Las tareas de la casa cobraban más que nunca un carácter de rituales de meditación, de espiritualidad práctica a la manera zen. «—¿Qué es la iluminación? —Cortar la leña, acarrear el agua.» Pasar la aspiradora. Hacer la cama. Cambiar las sábanas. Regar las plantas. Mezclar la carne picada con briznas de perejil, ajo en láminas, vino blanco, huevo batido, para preparar unas albóndigas. Pelar los tomates, cortarlos en trozos pequeños, machacarlos con una cuchara de palo para que se frían mejor en la sartén y lograr una salsa más trabada y sabrosa. Hasta sacar las cosas del lavavajillas y distribuirlas por cajones y estantes tenía su precisión, y su importancia decisiva. Y retirar los platos inmediatamente después de comer, limpiar de nuevo la cocina, dejarla en orden, cada cosa en su lugar y todas las superficies relucientes, y hacerlo con la misma determinación y pulcritud tres veces al día, cortar la leña, acarrear el agua. Otras veces estábamos tan sumergidos en la conversación que tardábamos en levantarnos de la mesa, como comensales muy entretenidos en un restaurante que va quedándose vacío. Los días de buen tiempo Antonio nos mandaba fotos y videos desde Granada. Leonor jugaba hacendosamente en el jardín de su abuela paterna. Los niños de esa edad habitan en el paraíso casi en cualquier circunstancia. A mí me daba un miedo un poco egoísta que con una separación tan larga la niña se olvidara de nosotros.

 

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31 de marzo . Leer es ahora mi dedicación más asidua, la que más me apetece, más que escuchar música. En estos días angustiosos me produce rechazo cualquier música en la que haya algo de desorden y estridencia. He terminado no sin alivio el primer tomo de la biografía de Hitler, y ahora estoy entregado sin reserva a El doctor Centeno, y pienso seguir con las otras dos novelas de la trilogía, Tormento y La de Bringas. Hablo con Elvira de los personajes como si fueran antiguos conocidos nuestros. Tendremos que aceptar de una vez por todas, con todas las consecuencias, que la literatura de verdad puede existir al margen de la moda, y de la actualidad, y de la celebridad pública, al margen de todos los indicadores oficiales, o académicos, o comerciales, que determinan el mérito. Y tendremos que adaptar nuestro trabajo y nuestra vida a esa aceptación. Eso quiere decir apartarse de manera tajante y sin énfasis de toda forma de mundanidad literaria, no dejarse llevar ni por el rechazo ni por el halago: escribir y leer tan apartados de todo como lo estamos ahora, en esta isla del encierro.

 

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Mi familia materna era una multitud de manueles y leonores; la paterna, una de juanas, juanes, antonios. A cada lado se dilataba una red de tíos y primos con nombres repetidos. En la distancia de los años las figuras de los muertos conservan la precisión de sus nombres. Mi abuelo Antonio, un hombre muy callado, con el pelo blanco, translúcido, como hilachas de algodón sobre su frente cobriza; mi abuela Juana, menuda y dominante, la cara ancha que heredó mi padre. Mi abuelo caminaba muy cargado de espaldas y con las piernas arqueadas. Una sombra de ese gesto la heredó mi hermana, igual que heredó el nombre de esa abuela hacia la que ninguno de los dos sentimos nunca mucha simpatía. La hermana segunda de mi padre es mi tía Paula. Tiene la cara estrecha, la nariz afilada de mi abuelo Antonio, también el arco de las piernas. Misteriosas transmisiones genéticas. El menor de los tres hermanos es mi tío Juan. También él heredó la cara estrecha y la nariz larga y afilada de su padre. Mi tío Juan es una de esas personas que llevan impresa toda la vida la condición de hermanos menores: una actitud juvenil y un tanto desamparada, una devoción hacia el hermano mayor que no disminuye ni cuando ese hermano muere y que mantiene siempre al que la siente como en una cercanía de la infancia. Mi padre era un héroe casi adulto para ese hermano pequeño al que le llevaba doce años. Vivía a su amparo y a su sombra, también a su merced. Mi tío Juan es el depositario exclusivo de una memoria de mi padre que se habría borrado del mundo si él no existiera. Yo quiero preguntarle sobre él pero una especie de pudor me lo impide. Cómo era mi padre adolescente, o a sus veinte años, mucho antes de que yo naciera, antes de que él y mi madre fueran novios; cómo trataba él a su hermano pequeño, si lo cuidaba, si lo protegía, qué le contaba; cómo era mi padre fuera de mi memoria, en la parte de su vida ajena a la paternidad, en esa casa de la calle Chirinos en la que crecieron juntos, o en la huerta de mi abuelo Antonio, donde los dos trabajaron.

La memoria es egocéntrica. Esa huerta es para mí un recuerdo muy vago, un edén de veredas entre higueras y granados, con acequias de agua invisible y sonora, un camino ancho a lo largo de un torrente que discurre bajo espesuras de zarzamoras y mimbreras. Por ese camino yo bajaba solo con siete u ocho años para llevarle a mi padre su comida en una cesta, como un niño en un cuento. Bajaba desde nuestra casa en la calle Fuente de las Risas. Tras la última esquina de la calle empezaba el campo, los senderos blancos hacia las huertas, los olivares, las hazas de cereal, el valle azulado del Guadalquivir, la sierra de Mágina, con su monte más alto, como una estatua de la isla de la Pascua caída de lado. El nombre que venía en los mapas era Monte Aznaitín. Ellos le llamaban el Cerro Natín. Aquella huerta era fértil pero no daba para que vivieran de ella tres familias. Cuando mi padre compró la suya propia mi tío Juan se quedó en la de mi abuelo Antonio, que ya estaba haciéndose viejo y no podía mantenerla él solo. Un día sucedió lo inaudito. Mi tío Juan, que se había casado hacía poco, dejó solo a su padre en la huerta y se fue a trabajar en la Fundición, donde lloviera o no lloviera ganaría un salario fijo. Mi padre y mis abuelos renegaron de él. Dejaron de hablarle y de decir su nombre. Ahora le llamaban «ese». Mi abuelo viejo con su espalda cargada y sus piernas en arco tenía que trabajar solo en la huerta porque su hijo ingrato lo había traicionado. Al tío Juan, alegre y un poco infantil, yo ahora tenía que verlo como un enemigo: imaginarlo más bien, porque ya no lo veía, borrado de nuestras vidas, proscrito, despojado de nombre, «ese». Ya no lo felicitaríamos nunca en el día de su santo. Invisible y viviendo en la casa de al lado.

 

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2 de abril. En el confinamiento uno adquiere esa habilidad de los presos para andar muy rápido en espacios muy limitados: se acercan deprisa al muro del patio y al llegar a él se dan la vuelta en seco y no disminuyen la velocidad, y así apuran al máximo las posibilidades del espacio. Así doy yo mis paseos por el interior de la casa, o cuando salgo al barrio a hacer la compra o a pasear a Lolita, como quien lleva mucha prisa, dando pasos largos y veloces, girando en ángulo recto al llegar a cada esquina, añorando casi lo único que echo de menos del tiempo anterior, las caminatas de kilómetros. Salgo con Lolita por la tarde y aunque está prohibido alejarse del domicilio en los paseos con los perros voy caminando muy rápido por calles laterales hasta las verjas del Retiro. El olor de la savia es tan poderoso como el jaleo de los pájaros en las copas de los árboles. Los silbidos de los mirlos atraviesan limpiamente el silencio. Como no hay jardineros que sieguen las praderas y ha llovido mucho en los últimos tiempos la hierba y los arbustos han crecido selváticamente y todo está más verde que nunca, salpicado de manchas blancas de margaritas.

En el escaparate de la agencia de viajes siguen funcionando las pantallas en las que se suceden en bucle videos de lugares lejanos. Las imágenes se proyectan hasta la medianoche en la acera desierta. En las tiendas de ropa los maniquíes visten risueñas faldas y blusas de verano que de repente ya son anacrónicas, como escaparates que permanecieron intactos en una ciudad abandonada hace tiempo.

 

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Cada tarde tengo que sentarme aquí aproximadamente a la misma hora: cuando ya se ha puesto el sol pero aún queda intacta la claridad del largo día de verano, cuando ha empezado a ser de noche. Vengo con mi copa mediada de vino. Riego las plantas, reviso el crecimiento de los tomates, las matas que ya me llegan al hombro cuando estoy sentado, aunque las flores no prosperan. «No cuajan», me dijo mi tío Juan cuando le consulté. Bebo de vez en cuando un sorbo de vino y miro a la calle, a la acera del otro lado, iluminada por los crudos fluorescentes del 24 horas. Miro los últimos vencejos y los insectos escasos en torno a la luz de las farolas. Tengo la copa en la mano como un fumador que se contenta con sostener el cigarro entre los dedos. Cada vez más soy cautivo de hábitos que no sé de dónde vienen y que no me apetece controlar. Soy un catálogo de adicciones benévolas pero muy poderosas. Abro al azar un libro en el que no tenía un interés particular y ya no puedo dejar de leerlo. Así leí durante el encierro los dos volúmenes enormes de la biografía de Hitler y un diario de Thomas Merton que era más seductor porque trataba de su vida de monje en el convento de Getsemaní, en un paisaje de colinas boscosas en el estado de Kentucky. La biografía de Hitler me angustiaba y me oprimía a cada página pero yo no podía romper el hábito diario de leerla. El tedio de los días de Thomas Merton en su monasterio se correspondía con el de nuestro encierro en los extraños días en suspenso de marzo y de abril. Estaba tan habituado a ese diario como un monje a su libro de horas. Cuando lo terminé volví al principio y lo leí entero otra vez. Dejé atrás el monasterio de Thomas Merton y la siguiente adicción fueron las novelas de Galdós y luego la cuarta serie de los Episodios. Galdós me hacía admirar con envidia la imaginación desatada de un novelista en su plenitud; Merton alimentaba mi afición a la vida retirada y contemplativa. Merton me apasionaba cuando escribía de la naturaleza y del silencio, de ese despojamiento del yo que fomentan las reglas monacales, y que se parece mucho a la disciplina budista. Cuando se enredaba en divagaciones teológicas o en fervores de catolicismo yo me saltaba los párrafos y me ponía a pensar en otra cosa. Pero una parte de lo que yo busco en la vida y lo que es más secretamente mío lo reconocía en esos diarios: la necesidad de huir del ruido del mundo, y del otro ruido no menos confuso y dañino que hay tantas veces dentro de uno mismo. Copiaba frases de Merton: «This is a wine without intoxication, a joy that has no poison».

 

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3 de abril. He terminado de leer El doctor Centeno. Es una novela cómica y una novela trágica. Trata sobre todo del desamparo al que están condenadas la generosidad y la inocencia en una sociedad devastada por la pobreza y sometida al poder del dinero. La clase media es mezquina, y los pobres tienden a ser mezquinos entre sí, y cualquier debilidad ensoñadora lo convierte a uno en víctima de depredadores que son más desalmados porque también a ellos los acosa la miseria. Otro hilo poderoso que discurre a lo largo de la novela es el de la educación: la enseñanza en las escuelas consiste en inocular nociones vacías a fuerza de repetición y de violencia física. Los que por su posición social llegan a la universidad se dedican a la marrullería y a la vagancia. La inteligencia natural de un niño nacido en la pobreza se malogra por la falta de oportunidades. Un hombre lleno de ideas educativas sensatas y avanzadas —la novela transcurre en 1863— es también un demente que se escribe cartas a sí mismo, hechas, sin embargo, de una lucidez pedagógica que les parece grotesca a los señoritos universitarios y haraganes que se burlan de él.

 

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Estoy cautivo de mis lecturas, de cada una de mis costumbres diarias, de la música que llevo meses escuchando, las sonatas para piano de Beethoven, todas ellas, en la grabación completa de Daniel Barenboim, aunque también escucho las cinco últimas en un disco de Igor Levit. Leo episodios de Galdós y escucho sonatas. En ninguno de los dos casos tengo la sensación de haberlo decidido. El orden de las sonatas es una especie de constelación matemática y también es el diario cifrado de la vida de Beethoven, y la de los pianistas que han debido dedicarle las suyas para poder interpretarlas dominando poco a poco sus dificultades. Me siento en el balcón con mi copa de vino y escucho a Beethoven en los auriculares. La música es la banda sonora de la noche que empieza y aunque se parezca mucho no es del todo idéntica a la de ayer. También el tránsito de cada día y cada noche es un sistema de repetición y variaciones. Esta música de una depuración formal tan extrema se ha ido empapando de los lugares y los estados de ánimo y la atmósfera privada y pública de este tiempo en el que no dejo de escucharla. Es Madrid, el barrio del Retiro, las noches en el balcón, el aire caliente del verano, las calles desiertas y la plaza en sombras de Felipe II después de medianoche, el pasado remoto de hace solo unos meses, el porvenir incierto, el sedentarismo recobrado al cabo de muchos años, la cercanía en el teléfono de las voces lejanas, las voces más lejanas todavía que ya se van extinguiendo en la memoria.

 

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Cambió la hora a finales de marzo y por primera vez el aplauso de las ocho de la tarde fue en la plena luz del día. Era alentador distinguir bien a las personas que hasta entonces habían sido noche tras noche siluetas anónimas en las ventanas iluminadas. Nos saludábamos por primera vez de un lado a otro de la calle viéndonos las caras. La impaciencia del contacto humano reducía la distancia. Las tres chicas del balcón de enfrente salieron en pijama y en ropa de gimnasio y estuvieron haciéndose selfies y mandándonos besos. La señora sola del pelo blanco y la bata de casa nos saludaba con aire de formalidad agitando una mano. Aplaudíamos a los autobuses urbanos que pasaban, a las ambulancias, a los camiones de limpieza municipal, a los coches de la policía, en una especie de gratitud indiscriminada hacia los servidores públicos. Pasó un repartidor de comida en una bicicleta y alzó los brazos como si el aplauso fuera para él, y todos le aplaudimos más fuerte. Pasó volando bajo sobre los tejados un helicóptero de la policía y alzamos las miradas y las manos para incluirlo en el aplauso. Salieron médicos, enfermeras y limpiadoras a la puerta de la Maternidad, con una variedad festiva de colores en sus uniformes, verdes, azules, naranjas. Pasaban despacio los autobuses, haciendo sonar los cláxones, y hubo un desfile de ambulancias y de coches de policía con todas las luces encendidas. Los policías se bajaron de los coches y se alinearon frente a los sanitarios en un aplauso mutuo que resonaba muy fuerte en la anchura de la calle. Desde un balcón alguien lanzó un grito vigoroso de entusiasmo, que coreamos en todos los balcones: «¡Viva el Gregorio!». Llamar «el Gregorio» al hospital Gregorio Marañón era una vindicación vecinal y visceral de la sanidad pública. El Gregorio era el corazón de la tragedia y el heroísmo que estaban sucediendo no a nuestra vista pero sí muy cerca de nosotros. En su oficina del Gregorio mi amigo el doctor Bouza se encerraba en jornadas de doce o catorce horas llamando por teléfono a sanitarios enfermos y pasando consultas por videoconferencia. Y ahora los que se habían tomado un respiro para salir a la calle durante los cinco o los diez minutos del aplauso sacaban sus pancartas reivindicativas escritas a mano y las alzaban sobre sus cabezas mientras los policías nacionales y los guardias civiles les aplaudían alineados frente a ellos, junto a los coches en los que habían dejado las luces encendidas para añadir más colores a los de los uniformes. Alguien sacó un altavoz muy potente y los sanitarios se pusieron a bailar con una coreografía improvisada de reguetón. Y un momento después bajaron sus pancartas, dejaron el baile y volvieron rápido a sus trabajos y a sus urgencias en el interior del hospital. Viva el Gregorio. Los aplausos sonaban más fuertes y nítidos porque la humedad de una lluvia reciente había mojado la calle. Una hora después estaba anocheciendo y no quedaba nadie en las ventanas, ni pasaba nadie por la calle. Llegaba con claridad de muy lejos el ladrido de un perro.

 

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6 de abril . En el informativo de la radio se oye la voz anónima de una trabajadora en una residencia de ancianos. No dice su nombre porque tiene miedo de perder el trabajo. También tiene miedo de enfermar y morir. Dice que las condiciones son espantosas. Que los ancianos mueren y se quedan días en la cama porque nadie viene a recogerlos, a veces en una habitación donde hay otra cama que sigue ocupada. Dice que todos los trabajadores saben que están infectados porque no tienen medidas de protección, ni para ellos ni para los abuelos, a los que ven morir sin poder hacer nada. Los teléfonos no paran de sonar y ellos no tienen tiempo de cogerlos ni saben cómo enfrentarse al dolor o a la rabia de los familiares que llaman. Trabajan jornadas agotadoras y no tienen días de descanso, y además no pueden salir de la residencia. La voz suena más desesperada todavía porque carece de nombre y de cara.

Apagamos la radio y nos quedamos en silencio. La conversación, tan fluida siempre, ahora tarda en volver. Es un silencio hecho de congoja mutua. Le digo a Elvira que hoy ha sido un día oscuro para mí. Da pudor quejarse, en medio de tanto sufrimiento objetivo. Ella me confiesa que esta noche pasada se despertó en la oscuridad con un ataque de angustia.

Dejar que lo paralice a uno la monotonía o el desánimo es el gran peligro. Un momento difícil es la media mañana, sobre todo en estos días tan grises. Uno nota por igual la necesidad de moverse y de hacer algo y la tentación de quedarse en el sofá, en el hastío de los periódicos y la opresión del silencio que sube de la calle desierta. En mí se acentúa la antigua necesidad matinal de salir a toda costa, salir huyendo de la negrura insinuada, echar a andar hacia donde sea. Salgo a comprar alguna cosa necesaria, pero lo desierto de todo provoca cada día una pesadumbre mayor, que ni siquiera queda diluida por el ejercicio físico.

 

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He llamado a mi tío Juan en el día de su santo, 24 de junio. Ha sido oír mi voz y se ha puesto a llorar. Dice que llora de alegría. Llora con mucha facilidad desde que su mujer, mi tía Catalina, murió de cáncer hace cinco años. La última vez que la vi llevaba un turbante para cubrir la calva de la quimioterapia. Sin pelo y con el turbante y los años y todo el desgaste de la enfermedad seguía siendo una mujer bellísima. Tenía algo de Nefertiti de la provincia de Jaén, del barrio de la calle Chirinos, donde vivió toda su vida, donde murió en una bruma piadosa de ternura y morfina, con mi tío Juan al lado, sus hijos, sus nietos. Cuando lo he llamado mi tío estaba en esa casa, en la que ya no vive, o ya no duerme más bien, porque se pasa en ella el día entero, cuidando de su huerto. La última vez que la vi mi tía Catalina estaba sentada en el patio contiguo al huerto, a la sombra de una gran higuera que refrescaba con un murmullo de hojas el calor de un atardecer de verano. Mi tío quería cuidarla pero era ella quien se preocupaba de él y lo protegía, lo consolaba con su fortaleza de un desamparo contra el que él no sabía defenderse. Mi tío tenía una tristeza de viudo anticipado, de hombre mayor a punto de convertirse en huérfano sin consuelo de la mujer sin la que no sabe vivir. Él quería traer cosas de la cocina para que ella no se levantara. Pero tardaba en volver porque no las encontraba y era mi tía quien se ocupaba de servir las patatas fritas y las aceitunas y cervezas del aperitivo, risueña con esfuerzo, con un rastro de lentitud dolorida en los gestos, hasta en su sonrisa, que permanecía intacta y luminosa, como en las fotos de boda de medio siglo atrás, que aún están en los mismos lugares que cuando ella vivía. El patio con la gran higuera estaba a la sombra. En el huerto, unos pasos más allá, aún caía fuerte el sol de la tarde. Había un canario muy cantor en una jaula colgada de una rama, justo al lado del botijo, que se refrescaba en la brisa de la higuera. El canario se llamaba Pepito. Había un perrillo bodeguero que saltaba como un muelle al reclamo de una aceituna o una patata frita y que se llamaba Pirulo. Mi tío abrió un higo muy maduro y se lo puso al canario Pepito en el comedero. Detrás de una valla de alambre cacareaban gallos y gallinas. Mi tía Catalina seguía a su marido con una mirada de dulzura y piedad. Él nos había enseñado sus plantaciones de tomates, de berenjenas, de pimientos, las hileras de judías verdes montadas verticalmente sobre cañas cruzadas, su melocotonero, su ciruelo, su granado. Su acento y su voz me devolvían al pasado lejano con la misma fuerza que los olores y el tacto de las hortalizas, que la forma de los surcos por los que se deslizaría el agua cuando al atardecer llegara la hora del riego. De las ramas de los árboles y de tendedores de bramante y de hilos de plástico colgaban cedés que al moverse en la brisa emitían destellos constantes. Eran la contribución de la modernidad a los saberes hortelanos de mi tío: los destellos de los cedés asustaban a los pájaros. Había una pequeña alberca con las paredes exteriores encaladas, cubierta por la sombra de una parra. En torno a los racimos que ya empezaban a dorarse zumbaban las avispas. Mi tío Juan quería que nos lleváramos de todo: higos reventones, berenjenas moradas de manga de fraile, tomates rotundos de carne de doncella. Mientras hablaba parecía que lograba dominar la angustia, o distraerse de la negrura opresiva que a cada momento estaba sobre nosotros, flotando en el aire, en los ojos bellos y tristes y en la sonrisa de mi tía. Nos dábamos besos de adiós. No lográbamos sujetar en nuestras manos todas las bolsas con los regalos de mi tío. Mi tía salió a la puerta a decirnos adiós y ya no volvimos a verla nunca.

 

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8 de abril . Elvira cocina igual que escribe, o que se peina o se maquilla, o elige una blusa antes de salir: rápida, resuelta, inventiva, infalible. Anoche, después de cenar, la vi que se quedaba trajinando en la cocina, y al cabo de un rato salió anunciándome que acababa de hacer un bizcocho de limón. El bizcocho estaba dorado y oloroso en una bandeja y la cocina resplandecía como si acabaran de instalarla. Lo hemos probado en el desayuno y era un regalo para los sentidos, impregnado del zumo y la corteza del limón, a la vez sustancioso y ligero. Esta noche hemos cenado unas croquetas deliciosas que hizo ella con la carne del cocido que había hecho yo. Es una suma perfecta de austeridad y sensualidad, el aprovechamiento máximo de la comida popular. Con una olla de cocido, con los ingredientes más baratos que existen, hemos comido los dos durante varios días, con pleno disfrute, y hemos podido hacer esas croquetas tan sofisticadas, la mayor parte de las cuales vamos a congelar, y nos darán de cenar más veces. Con lo que gastábamos en una comida o una cena poco o nada memorables en un restaurante ahora podemos alimentarnos con deleite saludable y variedad una semana entera. Es esa idea japonesa de la «refinada pobreza». Hay algo sacramental en un plato de garbanzos cocidos en su punto, con un chorreón de aceite, que se deshacen en la boca. Mientras tanto en la radio no dan tregua las noticias siniestras.

 

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Igual que estoy cautivo de las sonatas de Beethoven, de los Episodios Nacionales, del diario de Thomas Merton, de los anocheceres en la silla de jardín en el balcón y de la media copa de vino en la mano, también lo estoy de la pluma con la que escribo, de su forma adictiva, que se ajusta con tanta precisión a mi manera de sujetarla, a la delicadeza con que el plumín se mueve sobre el papel dibujando las palabras. Me la regaló mi amigo el doctor Bouza, y ya solo puedo escribir con ella. Es la pluma misma la que me lleva a escribir, a que la ponga en uso, como esos puñales que en un cuento de Borges inducen a dos personas pacíficas a empuñarlos y enfrentarse en un duelo, a fin de que cumplan el destino homicida que estaba contenido en ellos. Hay unos parásitos que modifican los cerebros de los ratones y los vuelven temerarios, a fin de que se conviertan en presas fáciles de los gatos en cuyos intestinos esos parásitos gozarán de las condiciones necesarias para su reproducción. El doctor Bouza es una eminencia mundial en el VIH y en toda la microbiología de las enfermedades infecciosas. También es un coleccionista avezado de estilográficas antiguas, plumas averiadas que la gente olvida o desecha, que pasan años o décadas en la triste sepultura del escritorio de un muerto, o que alguien ha rescatado no de un cajón sino de la chaqueta del difunto, que habría sido uno de aquellos hombres del tiempo de mis abuelos y mis padres que llevaban la pluma bien visible en el bolsillo superior. Herederos desconsiderados, impacientes por librarse de las cosas en apariencia sin valor que pertenecieron a los muertos, le regalan al doctor Bouza plumas viejas con las que no saben qué hacer, aunque les dé reparo tirarlas. Otras las encuentra en los puestos de chamarileros y anticuarios, y con su ojo clínico, nunca mejor dicho, entrenado para distinguir en el microscopio las peculiaridades de los virus y las bacterias, el doctor Bouza distingue a primera vista la categoría de una pluma, la marca y el modelo, hasta las fechas de su producción. En un cuarto de su casa ha montado algo como un taller de relojería o joyería. El tiempo que antes pasaba absorto en la investigación de microorganismos pavorosos ahora lo dedica a componer y restaurar plumas antiguas, cubiertas a veces, cuando llegan a él, de una capa endurecida de polvo y mugre, utilizando una lente que se incrusta en el hueco de un ojo como un relojero. Endereza plumines, los afila de nuevo, raspándoles los restos secos de tinta; arregla los delicados mecanismos de carga y bombeo, tan diferentes en cada tipo de pluma, sin descender nunca a la vulgaridad de los cartuchos de plástico.

 

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Y así una pluma que no ha escrito nada en cuarenta o cincuenta años o más cobra vida y vuelve a moverse y trazar signos sobre una hoja de papel, como esta que el doctor Bouza restauró y eligió para regalarme, y con la que yo escribo ahora mismo, y no he parado de hacerlo cada día desde el principio del confinamiento. La miro y me pregunto a quién pudo pertenecer, cómo eran las manos que la sujetaron antes que las mías, tal vez generaciones de manos, manos de gente muerta hace mucho tiempo, notarios o médicos o funcionarios de cierta posición, que rubricarían con ella sus escritos oficiales, y le pondrían luego escrupulosamente el capuchón, y la deslizarían en el bolsillo superior de la chaqueta, asegurándola con esa pinza dorada en forma de flecha, que añadiría un rango de distinción administrativa a su traje. De pronto me dan ganas de llamar al doctor Bouza y preguntarle todo lo que no sé sobre mi pluma, de qué está hecha exactamente, quizás baquelita negra y acero, con un baño de oro en el capuchón, en qué año se comercializó, dónde la encontró él, a quién pudo haber pertenecido. En este momento yo no soy el dueño incondicional de la pluma, sino uno más entre los que la han tenido hasta ahora, no exactamente poseído. Posesión es una palabra demasiado severa para un instrumento que tiene algo volátil como de pájaro o varilla de ilusionista o batuta de músico. Y me imagino el hilo, el nilo y el amazonas y el mississipi de tinta de todas las palabras que se han escrito con ella desde que su primer dueño empezó a usarla, un río secreto que enhebra las vidas y los años, las sombras sucesivas de las manos que la han usado.

 

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9 de abril. Hoy es el día más gris desde que comenzó el encierro; fuera de la ventana, en el interior de la casa y dentro de mi alma. La soledad en la calle a las diez de la mañana era opresiva. Lloviznaba en silencio. Las dos o tres personas con las que me crucé llevaban abrigos y mascarillas. Todos nos apartamos desde lejos del itinerario de los otros. Eso parece que agranda el espacio vacío. En el periódico no hay titulares que no sean amenazadores. Las reuniones de los dirigentes europeos para hacer frente a la crisis duran catorce o quince horas y terminan sin acuerdo. La bronca política en España es de una agresividad autodestructiva. Ni siquiera en medio de una desgracia colectiva como esta existe la menor posibilidad de concordia. Cada día está más claro que las cifras de muertos son muy superiores a las que dicen las autoridades, y que la descoordinación y la incompetencia de las administraciones —también la simple voluntad de engañar— hace imposible un cálculo preciso de lo que está pasando. Lo que se sabe con seguridad es que la epidemia se está cebando en las residencias de ancianos, agujeros negros de contagio y de muerte. La Guardia Civil y el ejército montan hospitales de urgencia en Cataluña y el gobierno secesionista los sabotea para que no puedan usarse.

Esta gangrena política es una desgracia española, un maleficio que se ceba en nosotros más que en cualquier otro país de Europa: una afrenta a tantas personas inocentes y desvalidas que están muriendo en una espantosa soledad, y a tanta gente heroica que se deja la vida trabajando en los hospitales, o que pone en práctica cada día su talento y su coraje personal para que se mantenga el funcionamiento de todas las cosas. Millones de personas actúan con responsabilidad y disciplina y jugándose la vida, y mientras tanto esa chusma de políticos venenosos que tanto se odian entre sí se confabula sin embargo en una sola cosa: hacer imposible que nuestro país tenga un sistema de convivencia y de buen gobierno que nos proteja a todos y que pueda ayudarnos a salir del foso en el que nos vemos ahora, y a investigar y corregir en lo posible todos los muchos errores por culpa de los cuales hemos llegado a este desastre. El cainismo político prevalece sobre el sentido común y el acuerdo, ni tregua ni respeto para el sufrimiento de las víctimas, igual que después de los atentados del 11 de marzo en Madrid y del 17 de agosto en Cataluña. A cada cual le corresponde su parte de culpa. La derecha españolista que clama por la unidad de la patria es tan destructiva como los independentistas que no paran de conspirar para romperla. Con saña impúdica la derecha se ha lanzado a competir con la extrema derecha.

 

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El uno de julio siempre me trae el recuerdo feliz del santo de mi abuela Leonor. En nuestro calendario familiar era el comienzo verdadero del verano. Venían todos mis tíos y mis primos, vecinas del barrio, vagos parientes de mi abuela a los que solo veíamos ese día, hijos e hijas de sus hermanos, que habían muerto. A mi abuela mi tía Juani le peinaba su luminoso pelo blanco, y ella se ponía un vestido sobrio, de manga corta, que descubría los bellos brazos de los que estaba orgullosa, con una rara coquetería en su vida tan austera. Se complacía en sus brazos bien formados y sin vello, igual que sus piernas, sin medias en verano. Era una mujer alta, muy erguida, de pómulos anchos, de huesos fuertes. En la foto de su boda lleva un corte de pelo de los años veinte y sobre él, un velo negro translúcido, una falda recta, unos zapatos de tacón con hebilla. Es una flapper severa y morena del interior de Andalucía. Mi abuelo es rubio y muy alto, con los ojos claros. En la foto a ninguno de los dos se les nota lo pobres que eran. Resplandecen contra un fondo pintado como estrellas de cine mudo.

Al santo de mi abuela venían, como invitados de más rango, el tío Luis y la tía Juana, hermana mayor de mi abuelo Manuel. Se les ponían las sillas más cómodas que hubiera, porque estaban mayores y se fatigaban pronto, y porque se les reconocía la autoridad de su opulencia. El tío Luis era un hombre sordo y bronco que había hecho dinero y acumulado hazas, huertas y olivares durante los años de postguerra, en el estraperlo, en los negocios dudosos de entonces, todos ellos facilitados por el miedo y el hambre. Vivían en una casa enorme, de habitaciones oscuras y confusas, con retratos de santos y fotografías de muertos en las paredes, con cuadras de animales, graneros colmados, puertas que se abrían de golpe a una huerta grande y feraz que descendía en anchas terrazas por la ladera de la antigua muralla. El tío Luis y la tía Juana no tenían hijos. En los tiempos más duros del hambre mi abuelo les había cedido a su primogénito, mi tío Nicolás, para que viviera un tiempo con ellos y les ayudara en el campo y en la huerta: una boca menos en la familia menesterosa de mis abuelos, que tenían seis hijos. También recogieron un tiempo a mi madre, pero ella, a diferencia de su hermano mayor, volvió a casa de sus padres al cabo de unos meses. Los añoraba tanto que no podía estar lejos de ellos, aunque entre una casa y otra no hubiera más de unos centenares de pasos. A la tía Juana y al tío Luis les sorprendió, y hasta llegó a ofenderles, que prefiriera el puchero pobre de su madre a los manjares que ellos le ofrecían a diario en su mesa, jamón y lomo en orza y embutidos de la matanza, pollos de plumaje suntuoso del corral de la huerta, natillas y dulces traídos del obrador de unas monjas. Pero a la niña le remordía la conciencia acordarse de su madre sola en la otra casa, con cuatro hijos, casi todos pequeños, sin la ayuda de nadie, teniendo que arreglarse con lo poco que ganaba su marido, un campesino sin tierra, aparcero de las fincas de otros, sin más capital que la fuerza de sus brazos y un mulo que tampoco era suyo, porque lo había comprado con un préstamo de su cuñado, el tío Luis. Cada mes tenía que pagarle un plazo, pero los plazos parecía que nunca se acababan.

Yo oía siempre de fondo esas historias antiguas y me intrigaban pero también me aburría de ellas, porque estaban repitiéndose siempre, tan llenas de sobreentendidos y de zonas de silencio que no podían comprenderse, un caudal secreto que fluía por debajo de lo visible y lo evidente de la vida. Cuando en mi casa hablaban del tío Luis y la tía Juana, y del hijo que se fue con ellos a los doce años y ya no volvió, las voces se ensombrecían y sonaban cautelosas o amargas. Pero esa noche del primer día de julio, Santa Leonor, el tío Luis y la tía Juana presidían benévolamente el barullo de los familiares que al llegar les ofrecían sus respetos, después de haber felicitado a mi abuela. Sus dos figuras tan antiguas eran como las de esas fotos de antepasados en color sepia que colgaban en las habitaciones de su casa. Mis tíos habían comprado cajas de cervezas y gaseosas y garrafas de vino y las habían puesto a enfriar en el agua del pozo. Habían traído tableros y montado mesas en el patio y en los portales, y abierto de par en par la puerta de la calle y todas las de la planta baja para que circulara el aire en el anochecer caliente. Tendían hileras de bombillas bajo el emparrado del patio. Repartían botellas de cerveza y de refrescos mojadas por el frío del pozo, jarras de sangría. Mi madre, mi tía y sus cuñadas servían platos de aperitivos abundantes y modestos, patatas fritas, cacahuetes tostados, aceitunas, boquerones en vinagre, tazas de pequeños caracoles en caldo picante. Una nube de primos bullía bajo las mesas, corría por los portales, desembocaba en el espacio abierto de la plazuela, convertida esa noche en una extensión del patio de la casa. Si apretaba el calor se sacaban sillas a la calle. Los gritos festivos de primos y primas se perdían en el clamor de las conversaciones, voces graves y secas de hombres y voces claras de mujeres, todas alzándose hacia un grado de estridencia, extendiéndose por la plaza hasta después de medianoche, igual que las luces de las ventanas y de la entrada abierta de par en par. En medio de todo aquel agasajo organizado para ella, mi abuela Leonor mantenía su cara serena y su sonrisa irónica. Yo me daba cuenta de que me seguía con la mirada mientras jugaba con mis primos. No la llamábamos abuela. Ese apelativo era tan ajeno a nosotros como decir rojo en vez de colorado, o decir lluvia y no agua, o llamar olivo al árbol de la aceituna, o como celebrar el cumpleaños, o decir papá y mamá, en vez de papa y mama. A mi abuela la llamábamos madre Leonor.