Volver a dónde

Antonio Muñoz Molina · Capítulo 2 de 25

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Volver a dónde

Capítulo 6

Junto al portal de mi casa está la sede central de una agencia de viajes. La renovaron con gran lujo el año pasado. Antes había en el escaparate carteles de destinos turísticos. Ahora hay dos pantallas de alta definición en las que se proyectan videos de viajes a lugares lejanos, trineos tirados por perros corriendo sobre la nieve de Laponia, participantes en cruceros que danzan de noche alrededor de una hoguera en la plaza de una isla griega, geishas andando a pasitos cortos por un callejón de Kioto sombreado de almendros en flor. Cuando empezó el confinamiento la agencia de viajes quedó cerrada, como casi todo en Madrid, pero en las pantallas siguieron proyectándose sin pausa los videos de expediciones, de canoas avanzando al atardecer por bahías del sudeste asiático, de cruceros surcando el Caribe. Las pantallas estaban encendidas de día y de noche. Su claridad era tan poderosa que de noche se proyectaba hacia el otro lado de la calle, reflejándose como relámpagos dispersos en escaparates y ventanas. Las imágenes se sucedían a un ritmo hipnótico, siempre las mismas, aunque nadie las viera, grupos de jubilados en Disney World, una pareja de recién casados con albornoces blancos en la terraza de una cabaña de lujo, campesinos salvadoreños ofreciendo puñados de granos de café sostenible a turistas concienciados. El silencio de las imágenes es tan completo como el de la calle desierta. Las pantallas iluminan la acera con su claridad convulsa.

 

7

Ahora he adquirido la costumbre de sentarme a la caída de la noche en el balcón. No es algo que haya decidido hacer. Me da la impresión de que cada vez hace falta decidir menos cosas. Las costumbres ya están asentadas cuando uno se vuelve consciente de ellas. Salgo al balcón, recién terminada la cena, en el anochecer caliente, con una copa en la que todavía queda un poco de vino, el último trago tan sabroso. Vengo a regar mis plantas y a hacerles compañía. Vengo a observar la vista desde mi tercer piso. El mundo tiene ahora dimensiones abarcables. Veo la esquina de la calle O’Donnell con Fernán González. Veo un poco más allá la torre de Valencia, que tapa la vista del Retiro, y un horizonte que se extiende en dirección a la Puerta de Alcalá, Cibeles, la Gran Vía. Ese horizonte se vuelve rojo en los atardeceres. Se hace de noche pero el cielo no está oscuro del todo. Se nota en el espectáculo del mundo la fatiga de estos días que son los más largos del año. Hay como una extenuación de la luz. Todavía quedan vencejos volando muy alto sobre las terrazas. En torno a la claridad de las farolas se ven revoloteando unos pocos insectos. Los enjambres de otros tiempos no muy lejanos ya han desaparecido: una hecatombe está sucediendo sin que casi nadie repare en ella, un apocalipsis secreto. A los vencejos, a los murciélagos y a las salamanquesas les será muy difícil encontrar alimento.

Hasta hace unos días esta era una hora misteriosa, hasta que terminó el estado de alarma. Casi todo estaba todavía cerrado pero se permitía salir entre las ocho y las diez. Asomado al balcón yo miraba a la gente pasando por la calle, que estaba llena de voces, porque circulaban muy pocos coches. Voces y ladridos de perros, como en las lejanías de un pueblo. Paseaban de una manera muy antigua, como en otra época que vuelve por sorpresa a la memoria, cuando las personas, los sábados y los domingos a esta misma hora, paseaban por pasear, sin ir a ningún sitio en concreto, por el puro gusto de hacerlo, de ir charlando, de buscar con la mirada, de encontrarse por azar, sin haberse citado, mucha gente mezclada, cada pareja o cada grupo a lo suyo, a su ritmo, sin prisa, agotando el tiempo del paseo, que se terminaba a una cierta hora, y la calle se quedaba en silencio.

 

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En los días de máximo rigor del encierro salir a la calle era una liberación. Era el gozo de respirar al aire libre, de ejercitar los músculos entumecidos por el sedentarismo, de cumplir tareas cotidianas que permitían un atisbo de normalidad: ir al supermercado, comprar el periódico, pasear a mi perra. Miraba de soslayo temiendo que apareciera un coche de la policía. Daba una vuelta a la manzana, y luego otra, a grandes zancadas. Me atrevía a alejarme un poco más, con la coartada de la perra que jadeaba a mi lado, con la de la bolsa de alimentos recién adquiridos, según podía demostrar el recibo que había tenido la precaución de guardar en la cartera. Cada mañana iba hacia el kiosco temiendo que lo hubieran cerrado: por un grado mayor de severidad en el confinamiento, o porque nadie más que yo se acercaba a comprar el periódico. Leía a todas horas noticias en internet o las escuchaba en la radio pero necesitaba esa caminata diaria, el kiosco abierto, el kiosquero con su cara de desolación detrás de la mascarilla, el despliegue de titulares de los diarios, el papel satinado y los colores vivos de las revistas. Entonces no era obligatoria la mascarilla al aire libre, pero se recomendaba el uso de guantes. Había una caja de guantes de un plástico muy liviano a la entrada de los supermercados, y un vigilante de seguridad que no permitía pasar a quien no se los pusiera, aunque llevara mascarilla. Si uno traía sus propios guantes tenía que ponerse encima los otros. Era difícil coger las cosas con dos pares de guantes superpuestos, y más todavía sacar el dinero o la tarjeta, o marcar el número de seguridad en la caja. Yo entraba al supermercado y el vaho de mi aliento me empañaba los cristales de las gafas, y no podía ver nada. Me quitaba las gafas para evitar la neblina de los cristales empañados y veía aún menos.

 

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Todo esto son recuerdos lejanos de hace solo unos meses. Paso las páginas de los cuadernos en los que apuntaba a diario todo lo que veía y en los que pegaba fotos, titulares, artículos, y me parece que estoy consultando un testimonio de otra época. Los primeros días de marzo, justo antes de que empezara el encierro, hacía un calor anticipado casi de verano. Las mujeres llevaban ya vestidos ligeros, sandalias, zapatillas de deporte, camisetas de tirantes. Las terrazas estaban abiertas hasta después de medianoche en la plaza de Felipe II, cerca de mi casa. De ellas ascendía un rumor antiguo de conversaciones en noches de verano. En la esquina de Fernán González abrió muy anticipadamente la heladería Alboraya. La víspera del comienzo del estado de alarma la terraza de Alboraya fue la última en apagar las luces cuando ya todos los demás bares de la plaza estaban clausurados. Vi a una pareja que terminaba de tomarse sus helados tan apaciblemente como si estuvieran en un paseo marítimo, mientras los camareros recogían mesas y sillas y plegaban toldos, en el silencio que llenaba la plaza.

Poco después, aquellos días, según fue quedándose en silencio todo —no de la noche a la mañana, al principio, sino gradualmente, con zonas de normalidad y otras de cautela—, el tiempo empezó a cambiar también, retrocediendo al invierno. Las calles estaban vacías bajo cielos encapotados, y el tiempo parecía que se quedaba inmóvil a media mañana, con una luz gris sin horas precisas, con algo de llovizna y frío regresados. Las pocas figuras que se veían de lejos daban una impresión mayor de soledad porque iban abrigadas y hoscas. Madrid tenía amplitudes desiertas y llenas de silencio como de ciudad báltica en invierno, de antigua capital austrohúngara en un país comunista de los años cincuenta. La sensación quedaba confirmada por las colas de gente delante de los supermercados: colas de personas solas, muy separadas entre sí, recelosas de cualquier cercanía, abrigadas contra el frío, con grandes bolsas de compra, mascarillas, guantes azules de goma. Era como haber hecho un viaje a un país de otra latitud mucho más al este y al norte, de gente retraída, habituada a la escasez y a la contrariedad, sometida al silencio. Con la grisura de la luz se hacía más opresivo el confinamiento, al que solo estábamos empezando a acostumbrarnos. Caía una llovizna helada cuando salí en mi paseo con la perra Lolita, una de las primeras noches. No había nadie. La lluvia participaba del silencio. Me sobresaltó la aparición de un repartidor de comida que salía de un portal, doblemente enmascarado con un pasamontañas y el casco de la moto. En aquella soledad oí una voz femenina que hablaba muy alto y una carcajada. Doblé la esquina para ver de quién procedía. Era una mujer que paseaba a un perro y hablaba a voces, reía y gesticulaba, con un teléfono de manos libres. Al fondo de la calle los autobuses iluminados y vacíos cruzaban como barcazas por los canales de Ámsterdam. En el escaparate de la agencia de viajes un foco iluminaba la maqueta gigante de un crucero. Más que nunca daba una impresión de desmesura inútil, como la que darían sus modelos reales ahora deshabitados y atracados en los puertos turísticos. Un hombre solo y muy abrigado venía por la acera, arrimándose a la pared para evitar la llovizna.