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Capítulo 59
Mi abuela Leonor nació a principios del siglo XX. La niña que lleva su nombre podrá vivir hasta más allá del final del siglo XXI. Yo miro a un lado y a otro y vislumbro esas dos lejanías en el tiempo, la del pasado y la del porvenir. Mi abuela nació en la pobreza andaluza de los campesinos sin tierra. El mundo en el que mi nieta será adulta yo no puedo imaginarlo. De este tiempo que vive ahora le quedará si acaso alguna imagen fragmentaria, como rastros de un sueño, quizás algo luminoso, hecho de irrealidad y ternura, como los pocos recuerdos que tengo yo del cuarto alquilado en el que viví con mis padres hasta los tres años. Eran tan jóvenes que no sé imaginarlos. Quizás a Leonor le quede la imagen extraña de cuando todo el mundo llevaba una mascarilla.
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Me siento en el balcón después de la cena, con la copa de vino en la mano. El rojo del atardecer dura al fondo de la calle, pero los días son ya un poco más cortos. Viene un viento cálido que se vuelve tibio por momentos, según avanza la noche, y baja por O’Donnell hacia la calle de Alcalá, siguiendo la misma línea recta que las flechas del tráfico. No hay luna en el cielo, solo esa estrella sola y débil. Quizás debería comprarme un telescopio, o al menos un catalejo. Podría distinguir las caras de las personas que pasan por la calle, la expresión singular de cada una de ellas, no solo su silueta genérica, lo peculiar de cada uno en el anonimato. La acera de enfrente es un friso animado que no se detiene nunca, salvo a ciertas horas de la madrugada. En la tienda de 24 horas la gente entra y sale o se queda bebiendo en la puerta sin hacer cola y sin guardar ninguna precaución. El viento alborota por igual las copas de las acacias y las faldas y las melenas sueltas de las mujeres que pasan. Para refrescar algo el aire riego las plantas y las baldosas del balcón. He aprendido o estoy aprendiendo a dejarme llevar. No opongo resistencia a lo que se me ha vuelto necesario. Proust decía que cada vez daba menos importancia a la inteligencia. Yo le doy cada vez menos crédito a la voluntad. No elijo un orden para mis tareas ni para mis lecturas. Observo el orden que ha ido formándose, emergiendo, sin que yo me lo propusiera. Las gaviotas de aquella mañana lluviosa de abril no se habían propuesto volar en una escuadra perfecta. En ningún momento del encierro decidí que iba a leer la trilogía del doctor Centeno y luego la cuarta serie de los Episodios de Galdós. Dejaba a un lado lecturas más urgentes, novelas recién publicadas que parecía imprescindible leer, libros de historia que me atraían mucho. Leía un episodio, lo terminaba, empezaba otro, uno más. En otras épocas me sucede lo mismo con las novelas de Simenon. Los episodios son cortos, como las historias de Maigret, unas ciento cincuenta páginas, y se leen muy rápido. La rapidez con la que fueron escritos se traslada a la lectura. Están escritos con una ligereza, con una fertilidad inventiva de personaje y peripecias que contrasta mucho con la gravedad de las novelas mayores, las «novelas españolas contemporáneas», en las que Galdós ponía todo el peso de su ambición literaria. Con la ambición literaria, como con cualquier otra ambición, hay que tener mucho cuidado. Al final de cada episodio vienen el lugar y las fechas de su escritura. La mayor parte están escritos en dos o tres semanas.
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Galdós escribía los episodios casi tan rápidamente como escribía Simenon sus novelas del comisario Maigret. Para los dos, esas historias tenían algo de recreo de sus empeños mayores. En sus cartas Simenon dice que ha escrito «un Maigret» para relajarse. Muchas veces un escritor, un artista, un músico, es ingrato con la parte de su trabajo que le sale con menos dificultad, la que hace por puro capricho o por ganar un dinero rápido, la que le da más dinero, o más popularidad. Conan Doyle no tenía ningún aprecio por las aventuras de Sherlock Holmes, que brotaban de su pluma como pasatiempos sin esfuerzo. A él lo que le gustaba, lo que le permitía sentir admiración de sí mismo, eran esos novelones indigestos de caballeros medievales en los que ponía un esfuerzo enorme de documentación y de escritura, cuando no aquellos tratados de espiritismo que provocaban vergüenza ajena en sus amigos. La fuerza narrativa, la sutileza de la trama, la observación de los personajes, la poesía de las atmósferas de submundos delictivos: nada de eso habría sido tan admirable si Conan Doyle le hubiera puesto un empeño de gran literatura. Yo puedo leer una tras otra las intrigas de Maigret y las de Sherlock Holmes, igual que puedo escuchar canciones de Cole Porter escritas en un rato en una servilleta, ver capítulos de Seinfeld, mirar y leer historias de Harvey Pekar. Pero los Episodios de Galdós nunca hasta ahora los había leído con tanto ahínco, sin pausa, con tanto fervor. Galdós es siempre mejor de lo que uno recordaba. Más variado, más inventivo, más humorístico, más radical en sus convicciones políticas, en su sentido profundo de la libertad personal: la de los hombres, y también la de las mujeres. La cuarta serie es deslumbrante de furia y claridad política, de sabiduría constructiva en el hilado entre lo particular y lo histórico, de riqueza en la invención y la variedad de los personajes. También, y sobre todo, de máxima calidad de estilo. La frase corre desatada, abundante, con comparaciones aventuradas y adjetivos originales y reveladores. La prosa no es menos rica que la de Valle-Inclán, aunque sí menos barroca, menos exhibicionista. Los personajes tienen arrebatos de una elocuencia visionaria, sobre todo cuando denuncian la corrupción y la injusticia de la vida española. Dice uno de ellos, una mujer joven, inteligente y apasionada, Lucila Ansúrez:
«Yo quiero que haya cataclismo, padre, mucho cataclismo; que los injustos caigan y sean pisoteados por los sedientos de justicia; que los que cometieron tropelías sean hechos polvo, y que los buenos se alegren. Justicia quiero, y en habiendo justicia habrá paz».
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He ido a recoger a Leonor esta mañana y la he traído a casa en el metro. Era la primera vez en su vida. Las escaleras, los torniquetes, las voces grabadas y sus mensajes resonantes la intrigaban y a veces le daban miedo. Iba en mis brazos y lo miraba todo con los ojos muy abiertos, con su expresión inteligente y serena. Le impresiona mucho la llegada del tren, el estruendo que la precede en el túnel, la locomotora que avanza. Lo ve venir sentada junto a mí en un banco del andén. La subo al vuelo a mis brazos y entramos en el vagón, y ella mira con aprensión el espacio vacío que yo cruzo de una zancada, y luego el interior iluminado, las caras pálidas de la gente con sus mascarillas, el tren que oscila de un lado a otro, el reflejo fantasmal de las caras en la ventanilla. Hay demasiados viajeros y es imposible mantener las distancias. La sobresalta el silbido de aviso y la voz metálica que dice los nombres de las estaciones. Subir y bajar escaleras con la niña en brazos es más agotador de lo que yo imaginaba. Le gusta alzar la mano y tocar el techo muy bajo. Con gran asombro ha visto que emergíamos a la calle y a la luz del día al final de un largo itinerario de corredores y escaleras. También ha prestado una atención fascinada al hombrecillo verde intermitente del semáforo, y se ha divertido pasando las manos entre las ramas bajas de las acacias, las hojas diminutas de tacto suave y un verde tierno.
Hoy me ha tocado a mí ponerla a dormir la siesta. Bajo la persiana del dormitorio, hasta que todo está en penumbra. Me tiendo en la cama, y ella se tiende a mi lado, su cara en la almohada, a la altura de la mía. Le canto canciones, nanas de las que cantaba Paco Ibáñez en sus primeros discos: el Lobito bueno, la señorita del abanico, el lagarto y la lagarta; también Duerme negrito, y los Cochinitos. Hace falta mucho repertorio para lograr que se rinda al sueño. Da muchas vueltas en la cama, cambia de postura, se revuelca, disfrutando de la blandura elástica del colchón. Poco a poco se apacigua, y yo voy cantándole más bajo. Se queda dormida en una postura inverosímil. Yo acabo durmiéndome también. En un sueño ligero la oigo respirar a mi lado. Me despierto en seguida y salgo en silencio. Al cabo de dos horas entramos para despertarla. Subimos un poco la persiana. Vuelve muy despacio al estado de vigilia, con visible pereza. Se recrea risueñamente en la somnolencia de la siesta. Yo me pregunto qué imágenes o fragmentos de historias aparecerán ya en sus primeros sueños.
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El doctor Bouza me regaló la pluma un día que vino con su mujer a casa. Lo invitamos a comer para agasajarlo en su jubilación. A Elvira también le trajo una de sus plumas restauradas. El regalo era más inesperado todavía porque yo ignoraba esa afición suya. También ignoraba que él y su mujer, Carmen, son dos aficionados tremendos a los toros, y que otra de las pasiones del doctor Bouza es la historia militar, particularmente la de los tercios de Flandes. Así que en el curso de una comida, en nuestra casa, «comida de matrimonios», como él mismo la había calificado, descubrí más cosas sobre él que en los más de veinte años que llevaba conociéndolo. A este científico atareado y sobrio, el servidor público que había dedicado su vida entera y todo su talento al bien común, a cambio de un sueldo mezquino, yo lo veía investido del peso de su conocimiento y su experiencia, y de la gravedad de su misión: siempre con la bata blanca flotando a un lado y a otro en sus caminatas por los pasillos del hospital, echado hacia adelante, el flequillo gris sobre la frente, la pajarita de científico educado en América. Ahora, no en su despacho sino en el comedor de nuestra casa, a mediodía, recién jubilado, contento, con la misma pajarita, aunque ahora con un traje claro de lino, el doctor Bouza ya no era el oráculo severo y cordial de la salud y la enfermedad, el que podía predecir la cercanía de la muerte, o la posibilidad de la curación. Se entusiasmaba mostrando con ademanes de prestidigitador los méritos de una estilográfica y las dificultades de su restauración, pero más todavía explayándose sobre las hazañas de los tercios españoles en las guerras de Europa en el siglo XVII, o rememorando las grandes faenas taurinas que él y Carmen, que asentía a su lado, habían tenido la suerte de presenciar en las mejores plazas de España, y también en Lima, en Bogotá, en la Ciudad de México. A veces iba como orador eminente a un congreso científico en aquellas capitales, y él y Carmen se escapaban durante unas horas sin dar explicaciones para asistir a alguna buena corrida.
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Me he sentado en el balcón y he llamado a mi madre. Mi hermana dice que cuando habla conmigo se le desatan los recuerdos. Su mundo verbal se vuelve tan vago como su memoria, pero yo sé descifrar de qué historia está acordándose cuando hace una alusión inconexa o pasajera, cuando dice un nombre o está a punto de decirlo y no puede. Los recuerdos de mi madre están inscritos en un idioma perdido y fragmentario que ya no entiende nadie más que yo: es ese núcleo de su vida, cuando ella era muy joven, antes de que mi hermana naciera, cuando tuvo su propia casa, por primera vez en su vida, no un cuarto alquilado, como cuando se casó: su casa pobre en la calle Fuente de las Risas, que era fea y vieja, dice, pero que ella arreglaba con lo que podía, cortinas que cosía ella misma, cenefas de papel calado en las estanterías de la loza —«el vedriao», decían ellas—, un pañito de croché encima de la radio, un jarro de flores en el centro de la mesa, sobre el mantel de hule con el mapa de España. Se acuerda de su vecina de la casa de al lado, que fue como su hermana, la mejor amiga que tuvo nunca. Ni siquiera en su juventud fue una mujer sociable. Ha vivido confinada siempre en el círculo de la familia inmediata, hermanos, cuñadas, tíos, sus primos que emigraron a Barcelona, los que mandaban por Navidad paquetes con regalos, una botella de champán, un kilo de café molido, un salchichón de Vic, regalos alimenticios como de la época del hambre. Se acuerda de que los domingos me vestía «como un hombrecillo achicao», y de que el día de mi comunión sirvieron tazones de chocolate y bollos de aceite. Se acuerda de que su dormitorio tenía unas cortinas rojas, y entonces yo recuerdo como un sueño o una visión de luz rojiza o rosada filtrándose mientras estoy acostado en la cama de mis padres, porque me he puesto enfermo: es roja o granate la colcha, y el tapizado del sillón bajo en el que se sienta para descalzarse mi padre, y esa especie de brocha de cordones que es la tapadera de un bote de perfume, sobre el tocador con espejo de marco torneado ante el que mi madre no se sienta nunca. El rosa atenuado tiñe el aire y las paredes blancas del dormitorio. «Tú te ponías malo y te gustaba tomarte la leche muy caliente. Yo tenía que poner una servilleta alrededor del vaso para que pudieras cogerlo.»
Ahora sí es claro y preciso el recuerdo. Lo es más porque está fijado como una imagen sobre papel fotográfico. Ella está viendo ese dormitorio, los muebles formales que compraban con tanto esfuerzo los pobres para no usarlos nunca, la mesa de comedor a la que nunca se sentaban, las sillas de respaldo alto, el aparador enorme en el que guardaban una mantelería intacta al cabo de los años, una vajilla de porcelana en la que nunca se sirvió ninguna comida, un juego de café igual de intacto que el día que se lo regalaron. De niño yo me colaba como un gato por debajo de la mesa y las sillas de aquel comedor fantasma, abría puertas labradas y cajones profundos que olían a cosas antiguas y no usadas. Sobre la mesa, con su brillo y su olor de barniz, había un perro de porcelana, echado, con la lengua fuera, con los ojos brillantes. El niño es un primitivo animista que encuentra una vitalidad mágica en las figuras talladas o pintadas, igual que establece una fraternidad igualitaria con los animales. En el comedor fantasma el perro de porcelana era una presencia viviente. Te acuerdas del perro, le digo a mi madre, y ella, que ha olvidado tantas cosas, me dice con firmeza que sí, con la felicidad de haber encontrado algo indudable, ese perro, con su lengua fuera, el comedor, el juego de café, su casa entera en la calle Fuente de las Risas, más real ahora mismo que la habitación desde la que me habla, igual que es mucho más real ese tiempo tan lejano que el presente confuso y desenfocado de ahora. Sentado en el balcón, en la noche cálida de julio, me doy cuenta de que ahora mismo estoy habitando en la memoria de mi madre, en la casa de la infancia en la que se confunden mi memoria y la suya, en la que solo vivimos ella y yo.
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No ha cambiado de tono pero sospecho que ahora está internándose por otra región del tiempo. Será como en esos sueños en los que uno se encuentra sin explicación en lugares que le resultan familiares pero que son desconocidos. Ahora no es la madre joven en esa casa pobre que es únicamente suya sino alguien a quien tardo unos instantes en identificar. Es la niña que un día tiene fiebre y piojos y decide sonámbulamente no acostarse en la cama que le ofrece su pariente adinerada, la señora que oculta una dureza cruel de corazón debajo de una especie de obsequiosa blandura. Yo no quería ponerme mala en esa casa, dice, y yo sé de inmediato a qué casa se refiere. Es la casa grande y hostil de sus parientes prósperos, la casa con la huerta feraz, las cuadras bien surtidas de cerdos lustrosos, las tinajas grandes llenas de aceite, las cámaras que rebosan de trigo, maíz, cebada, los techos de los que cuelgan embutidos reventones, los sobrados en los que se alinean orzas de lomo en manteca y jamones sepultados en sal gorda, las habitaciones sombrías con brillos de dorados, con fotografías de muertos. Ellos se hartaban de comer y a mí me dejaban las sobras, dice mi madre, y yo sé exactamente lo que dirá a continuación: que para ella dejaban el pescado que ya olía y la carne medio podrida, los garbanzos endurecidos y sin carne ni tocino. «Con nosotros vas a estar más a gusto que con tus padres», aseguraba su parienta, con su bondad embustera, su papada floja, su boca colgante. Mi madre pone voz de falsete al imitar su habla, con un rencor inextinguible, al cabo de ochenta años: «Antonia, hija mía, con nosotros vas a estar más atendida, y ya no serás una carga para tu pobre madre, ya verás que no te va a faltar nada». La pusieron a dormir en un cuarto con un jergón y sin ventana en el que pululaban los ratones. La hacían levantarse antes del amanecer para hacer las camas y fregar arrodillada toda la casa. No tenía dónde lavarse y el pelo tan bonito y rizado se le llenó de piojos. Y por las mañanas, lo que más asco le daba, le da todavía, es que tenía que vaciar los bacines de barro que había en el dormitorio de los señores de la casa: los bacines en los que orinaban durante la noche y en los que también cagaban, si les daba por ahí, y los tapaban con lo que fuera, una toalla o unos pantalones doblados. Cada mañana, cuando los dos ya se habían levantado, ella tenía que entrar en el dormitorio pestilente, con olor a cuerpos viejos y a ropa sudada, y recoger los orines y la mierda, y tirarlo todo al agujero inmundo del retrete al fondo del corral, y sacar cubos de agua del pozo, y subirlos con sus brazos de niña por las escaleras para hacer la limpieza, para avanzar de rodillas frotando las baldosas con un trapo empapado, enjuagarlo en el agua, seguir fregando con la cabeza abatida sobre el suelo y los huesos doloridos, las rodillas que ya iban a seguir atormentándola toda la vida, la columna vertebral que se le torció por cargar grandes pesos siendo todavía una niña. Y él se me arrimaba cuando me veía sola, dice, el viejo venía donde yo estaba y me palpaba el pecho, le decía al oído que estaba desarrollándose muy pronto, la buscaba por las habitaciones mientras ella limpiaba, mientras se daba prisa para que no le alcanzaran aquellos pasos que oía acercarse, los pasos y el olor, el olor masculino y a cuadra. Un día tuvo que acostarse porque le dio mucha fiebre. Se había enfriado lavando con agua fría en la pila del corral, las manos de niña ateridas por el frío y rojas por la aspereza del jabón. Ella no dice fiebre, sino calentura. Y mareada por la fiebre, como sonámbula, se levantó de la cama y sin decir nada a nadie atravesó la casa temiendo que el viejo apareciera con sus manos codiciosas. Salió a la claridad de la calle. Cruzó el barrio sin saber a dónde la llevaban sus pasos. Llamó a una puerta y su madre le abrió, y ella se juró que aunque su padre la matara a palos no volvería nunca a aquella otra casa, no diría nunca por qué se había ido.
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14 de abril . Desde ayer por la tarde hay una dulzura tibia en el aire, una perfección tan delicada que lo sumerge a uno en una casi felicidad agradecida. Los árboles jóvenes del barrio, que siempre parecen algo desmedrados, ahora tienen en las hojas un brillo fresco de savia: los arces en los márgenes de la plaza de Felipe II, los robles que parecían enfermizos y frágiles en la acera estrecha de Jorge Juan, hasta las acacias de nuestra calle, que van a ser las últimas en brotar, con sus troncos ennegrecidos por el humo del tráfico. En cada alcorque, al pie de cada árbol, ha crecido un modesto jardín botánico, con una variedad de especies como la de las aceras y los empedrados de Lisboa, o como en las calles en las que yo jugaba de niño, observando bichos en la hierba, hormigas, mariquitas, curianas, escarabajos. Eso es lo que miro ahora, cuando salgo a la calle, la feracidad de la hierba, de esas simientes esparcidas por el viento que aprovechan cada grieta en las losas de las aceras, ahora que tan poca gente las pisa, en las rejillas de los respiraderos del metro, hasta en el mismo asfalto, en huecos mínimos donde ha bastado un poco de tierra para que se afirmen las raíces. Me recreo identificando por las aceras especies de plantas silvestres que mi padre me enseñó a distinguir cuando era niño: las malvas, las ortigas tan peligrosas, la corregüela, la juncia, los cerrajones que yo arrancaba en los márgenes de las acequias para alimentar a los conejos. En estos días la belleza del mundo natural tiene un efecto tan hondo como la belleza de la música: es inexplicable y milagrosa, porque surge en medio del desastre; da consuelo y al mismo tiempo tristeza, porque existe al margen del dolor humano, con una indiferencia que puede ser hiriente para quien sufre, y para quien mantiene los ojos abiertos al sufrimiento de otros. En el periódico vienen hoy historias de trabajadores de la construcción y camareros que no tenían contrato y cobraban en efectivo y a diario. Ahora no tienen nada. Están encerrados con sus familias en espacios mínimos. Algunos han empezado a pasar hambre.
En esta contemplación estética que ni un parado, ni un enfermo, ni un sanitario pueden permitirse, hay también una raíz política, una confirmación de que el mundo no puede seguir basando su prosperidad, poca o mucha, en un sistema económico que destruye la naturaleza y envenena el aire. Yo quiero que pare esto, que acaben los muertos, que los enfermos se curen y la gente pueda volver a ganarse la vida —pero también quiero que haya silencio y sosiego en las ciudades, y que la vida conserve algo de esta fraternidad que nos exalta a todos cuando salimos al balcón cada tarde a las ocho.
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Hoy, 9 de julio, mi padre habría cumplido noventa y dos años. Con frecuencia hago cálculos comparando su edad y la mía. Cuando mi padre tenía la que yo tengo ahora, ¿cuántos años tenía yo? ¿Cómo lo veía yo entonces? Mi padre nació en 1928. A los ocho años dejó la escuela para trabajar en la huerta porque a su padre se lo llevaron a la guerra. Cumplió sesenta y cuatro años en 1992. Entonces yo lo veía mayor de lo que me veo a mí mismo ahora. El año 88 o el 89, cuando yo aún vivía en Granada, instalé un contestador automático. Mi madre había venido a pasar unos días con nosotros. Mi padre no había podido acompañarla, por atender su puesto en el mercado. Unos días después de que mi madre se fuera, al poner en marcha el contestador para escuchar los mensajes, me sorprendió oír la voz grabada de mi padre, que hablaba con ella. Mi padre la había llamado y ella, sin darse cuenta, había pulsado el mando de la grabación. En la voz de mi padre había un tono de insinuación y dulzura que yo no le había oído nunca. Le decía cosas pícaras a ella. Le decía que la echaba de menos, le contaba las cosas que pensaba hacer con ella cuando estuvieran juntos. Era procaz y apasionado. A ella se le notaba entre halagada e incómoda. «Pero Paco, qué cosas me dices.» Yo no había visto nunca a mis padres dándose muestras de cariño, y menos de deseo, decirse palabras dulces. Los adultos no hacían esas cosas entonces. La austeridad de sus vidas era equivalente a la de sus gestos y sus palabras. Lo que hicieran o dijeran en privado no se traslucía ante los demás, menos aún delante de los hijos. A los niños se les daban besos, se les apretaba, se les daban regalos, aunque fueran muy modestos. Entre adultos las muestras de afecto eran solo formales. Entre mis padres había reinado con frecuencia el silencio. Tenían enconos secretos, quejas o rencores que no estaban adiestrados para traducir en palabras. Mi madre recuerda amargamente que él podía pasarse semanas sin hablarle, sin darle ninguna explicación del silencio.
Y ahora yo le escuchaba esa voz casi susurrada, inverosímil en él, con inflexiones de broma y deseo, cuánto te echo de menos, por qué tardas tanto en volver. Pero la incomodidad que la voz me producía, el pudor puritano de los hijos hacia la sexualidad de los padres, la condescendencia de los jóvenes hacia quienes ven como viejos, me indujo a la burla: llamé a mi mujer y le puse la grabación, y los dos nos reímos, de la procacidad pintoresca de dos abuelos, y también se rio mi hermana cuando se lo conté, y su marido cuando se lo contó ella. Y ahora hago uno de esos cálculos en los que me distraigo cada vez más, y caigo en la cuenta de que cuando se grabó aquella conversación mi padre era varios años más joven de lo que yo soy ahora, y mi madre tenía la misma edad que Elvira. ¿Merecemos nosotros la condescendencia burlona que les dediqué yo hace treinta y tantos años a mis padres? No imaginamos que alguien más joven pueda negarnos nuestro derecho al deseo: que alguien por detrás de nosotros vea ridículos nuestros gestos de ternura, que no imagine posible en nosotros la plenitud sexual.
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También él hacía sus cálculos comparativos, sumas y restas de años vividos. Tenía la práctica de las cuentas rápidas hechas con una tiza o con un cabo de lápiz en su puesto del mercado. «Si vivo tanto como mi papa me quedan todavía diez años»; «Si muero a la edad de mi mama me quedan quince». Murió antes que cualquiera de los dos. Le faltaban unos meses para cumplir setenta y seis años. Uno debería irse como se fue él, todavía fuerte, lúcido, activo, sociable, con ganas de vivir, disfrutando de la comida y del vino, de los paseos largos que daba, levantándose al amanecer dondequiera que estuviese para visitar el mercado, haciéndose amigo de los vendedores. Si me acuerdo hoy de su cumpleaños es porque sus nietos establecieron la costumbre de felicitarlo. Me acuerdo más de los cumpleaños de mi padre ahora que está muerto que cuando vivía. A él lo que le hacía feliz era el día de su santo, el día grande de la feria de Úbeda, el último, el de la buena corrida de toros. Los cumpleaños lo entristecían porque atestiguaban el paso del tiempo y el acercarse de la muerte, o el de la decrepitud de la vejez, que le daba más miedo. Me cuesta imaginarlo con los noventa y dos años que habría cumplido hoy. Me fijo en los ancianos de boca abierta y cabeza caída a los que empujan en sillas de ruedas emigrantes latinos. Pienso en los que morían solos y aterrados en las residencias, en el espantoso mes de abril, los que agonizaban con tubos incrustados en las bocas abiertas, rodeados de desconocidos que les parecerían fantasmas o invasores de otro mundo, envueltos en uniformes de plástico, con mascarillas, con gafas protectoras.
Cómo habría sido él a esta edad, qué grado de deterioro habría sufrido. El padre de mi amigo Antonio Madrid, que había sido un hombre conversador y cordial, pasó los últimos años de su vida devastado por el alzhéimer. Antonio me dijo que yo tenía mucha suerte porque podía recordar a mi padre tal como había sido. Los recuerdos del suyo se le borraron por culpa de la enfermedad que lo convirtió en un desconocido intratable. Es verdad que mi padre permanece intacto en mi memoria; mejor aún: en los sueños en los que viene a visitarme de vez en cuando, y en los que veo, con una claridad inaccesible para los recuerdos conscientes, su pelo blanco y su cara morena, su gran sonrisa, la risa que le llenaba los ojos de lágrimas cuando se ponía muy contento. Así lo recuerdan Elvira y nuestros hijos, que le dieron, ella y ellos, el amor incondicional que merecía, y tal vez no recibió en el grado necesario, sin reserva y sin condescendencia, de sus propios hijos, mi hermana y yo, y menos aún de su mujer. Él era expansivo y tosco; ella es retraída, muy vulnerable, de una sensibilidad extrema, enfermiza en su capacidad de ser herida. Ahora ella lo ha ido borrando de su pasado. De los agravios que le hizo conserva una memoria infalible.
Si muero a la edad de mi padre me quedan once años de vida.
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15 de abril. A las cinco de la tarde el cielo es tan oscuro como si anocheciera. Salgo al balcón y el viento húmedo está inundado de olor a savia. Parece que de un momento a otro va a estallar una tormenta. Hay un retumbar de truenos en la lejanía. El viento agita las copas de los árboles con una ondulación de plantas submarinas y levanta y vuelve los paraguas que van empezando a abrirse. El viento está salpicado de gotas de agua, como si viniera del mar. Por la acera de enfrente pasa una pareja de enfermeras o médicas, con uniformes de un blanco reluciente, gorros blancos, mascarillas blancas: desde lejos los uniformes dan una impresión de ascetismo religioso, y las enfermeras o doctoras parece entonces que pertenecieran a una secta musulmana muy estricta. Entre las dos llevan una gran bolsa roja. El blanco de los uniformes y el rojo de la bolsa dan un fogonazo alegre de color a la calle tan gris. El aire limpio me ha despejado después de la siesta y la lectura de Thomas Merton. Y es esa lectura la que aviva mis percepciones sensoriales. Observo con más precisión y gratitud porque he leído las páginas de Merton sobre sus paseos por el bosque que rodeaba su monasterio. La embriaguez de la naturaleza él la convierte en experiencia religiosa. Que Merton crea y yo no crea en Dios no hace diferente nuestra emoción por las cosas, por el puro hecho de su existencia. Huelo la savia en el aire y veo el verde de las hojas que están brotando en las ramas oscuras de las acacias. Y también disfruto del color azul de los autobuses que pasan casi vacíos, y el amarillo fuerte de las ambulancias, las luces giratorias en los coches de la policía. Es una belleza universal, indiscriminada, común. La cercanía de la tormenta le da a todo un aire de inminencia que luego no llega a cumplirse. Los truenos se alejan y se extinguen, el cielo se aclara. Hace un rato anochecía y ahora ha vuelto una media tarde soleada.