Volver a dónde
Capítulo 56
12 de abril. Esta mañana Madrid no era una ciudad silenciosa o tranquila, ni siquiera una ciudad deshabitada por las vacaciones. Esta mañana, a las 10, Madrid era una ciudad muerta, en la que a veces se distinguían a lo lejos siluetas de supervivientes aislados, perdidos en la irrealidad de un cataclismo que hubiera dejado intactos los edificios, los árboles, hasta los semáforos, y hubiera eliminado por completo a los seres humanos. Así contaban que actuarían las bombas de neutrones. Ha estado lloviendo toda la noche. Alzo los ojos y sobre el horizonte ancho de la calle Narváez veo una bandada de gaviotas en perfecta formación, la geometría infalible y sin embargo espontánea de la naturaleza. En la puerta del Corte Inglés había un mendigo con aire de leñador o de marinero nórdico, muy rapado, fornido, con los ojos muy claros, la cara roja de borrachín de clima muy frío. Sentado contra la pared, abrigado con un chaquetón viejo, lo miraba todo con una sonrisa ecuánime, la plaza fea y desierta, con su amplitud de aparcamiento y esa escultura lamentable de Dalí que es uno de tantos dalís falsificados por él mismo, la cola espaciada de gente que aguarda, los bares cerrados. En el trozo de cartón que tiene junto al platillo de las limosnas solo hay una línea escrita: «Psalm 70, verse 5». Le doy un euro y cuando me sonríe para darme las gracias tiene un brillo turbio y burlón en los ojos clarísimos y muestra una boca con dos o tres dientes. Al volver a casa voy a la Biblia y busco ese salmo, en el castellano incomparable de Casiodoro de Reina: «Yo estoy afligido y menesteroso; apresúrate a mí, oh Dios; ayuda mía y mi libertador eres tú; oh Jehová, no te detengas».
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He llamado a Antonio para recordarle que hoy, uno de julio, es el santo de la niña Leonor. Él y Violeta ya nacieron en el mundo de los cumpleaños. Desde que me dijeron que iba a ser una niña y que pensaban llamarla Leonor, la memoria de mi abuela, su tatarabuela, se ha vuelto aún más presente y más viva para mí. Antonio se acuerda bien de ella, porque cuando murió él tenía siete años. Cuando era niño yo pasaba largas temporadas con mi abuela, los dos solos, en la casa de la plaza de San Lorenzo, casi el invierno entero. Mi madre estaba en la aceituna con la cuadrilla de mi abuelo Manuel. Mi padre, entre el mercado y la huerta, ni podía ni habría sabido ocuparse de mí. La aceituna duraba al menos dos meses, y mi madre ganaba un jornal como granillera. Se levantaba mucho antes del amanecer para arreglar la casa y dejar preparada la ropa y la comida de mi padre, y la que ella iba a llevarse al campo. A mí me gustaba irme durante ese tiempo de nuestra casa en la calle Fuente de las Risas y quedarme a vivir con mis abuelos y mis tíos en la de la plaza de San Lorenzo. Era como hacer un viaje, como tener otra vida. Tenía que seguir otro camino hacia la escuela. Había otros niños con los que jugar a juegos que no eran del todo los mismos que los de la Fuente de las Risas. Hasta los tebeos que nos intercambiábamos eran distintos. Muy temprano, todavía de noche, me despertaban los ruidos y las voces del comienzo de la jornada, los relinchos y las pisadas de los cascos de los mulos, las voces de los aceituneros que se congregaban en el portal. Preparaban las varas de varear los olivos, las espuertas y los sacos para recoger la aceituna, la comida que iban a llevar a los olivares. Las mujeres se levantaban antes que los hombres para encender el fuego y hacer la comida. Decían la lumbre, no el fuego. Fuego era otra de las palabras de las películas y de los libros, y de la gente que no trabajaba en el campo. Entre toda esa gente que salía de noche caminando hacia los olivares iba mi madre. Yo solo la vería cuando volviera, otra vez de noche, muy cansada, con las uñas rotas y padrastros en las manos, después de pasarse el día entero arrodillada recogiendo aceitunas de la tierra áspera, endurecida por el frío, hecha barro después de la lluvia. Antes del amanecer me despertaba el ruido del comienzo del largo día de trabajo. Luego toda la casa se quedaba en un gran silencio, cuando la cuadrilla se había marchado, cuando se había perdido el estrépito de los cascos de los animales y de las ruedas de los carros sobre los adoquines de la calle del Pozo. El silencio en el interior de la casa se extendía a la calle por donde ya no pasaba nadie, porque todo el mundo estaba en el campo. En ese silencio yo dejaba mi cama de niño e iba a acostarme en la cama grande y todavía caliente de mis abuelos. A veces mi abuela venía y se acostaba en ella, ahora que ya no tenía nada más que hacer y no quedaba nadie, y que podía recuperarse del madrugón inhumano. El día entero lo pasábamos los dos solos en la casa tranquila, en la penumbra de los días breves y nublados de invierno. Yo iba tras ella mientras hacía las camas, atizaba la lumbre, preparaba la comida, planchaba la ropa, jugando a ayudarle. En torno a mi madre había a veces un velo de cansancio y tristeza que actuaba como un límite disuasorio sobre mi intuición de niño. El niño intuye la ausencia en las personas que tiene cerca, igual que intuye la simulación y la maldad. Mi abuela era pura presencia jubilosa, dulzura franca e ironía. Nos sentábamos delante de la lumbre, y yo le pedía que me leyera algo, un cuento, un tebeo, un libro. Ella lo abría y protestaba: «Pero hijo mío, si yo casi no sé leer». Cuando ya era un adulto, tenía una familia, hijos, y volvía de un viaje, me sentaba a su lado en una silla baja, en la mesa camilla, y me apretaba la mano. «Cuánto mundo vas a ver, y yo no he visto nada.» Pero también me examinaba con una capacidad fulminante de adivinación que comprobé muchas veces, y que no se equivocaba nunca: «De dónde vendrás tú».
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13 de abril. Me llama Arturo, desde su retiro en el Albaicín, su casa en la calle del Agua, tan silenciosa desde que no la invaden las multitudes de turistas. Le parece mentira no oír a cada momento el ruido de las ruedas de las maletas sobre los adoquines. Pero en el silencio de ahora resuenan más otros sonidos alarmantes: dice Arturo que en la casa de enfrente vivía un traficante de drogas, que desde el principio del confinamiento ha desaparecido. Los adictos llegan a comprarle, golpean la puerta, lo llaman a gritos, cada uno en la impaciencia o la desesperación de su necesidad. Golpean la puerta y gritan a cualquier hora del día o de la noche. A veces se equivocan de puerta y llaman a la de Arturo, y los golpes los despiertan a Olalla y a él de madrugada. Me cuenta Arturo que uno de los visitantes más asiduos, y más obstinados, es una mujer joven con una gran barriga de embarazada.