Volver a dónde
Capítulo 10
Nadie previó lo que se avecinaba. A los pocos que sí lo hicieron nadie les prestó atención. Nadie, hasta unos días antes, fue capaz de prever el vuelco que todas las cosas iban a sufrir de un día para otro, la escalada de los muertos, los hospitales desbordados, los ancianos muertos y abandonados durante varios días en las residencias, la ciudad entera como en estado de sitio, la amplitud soviética de las avenidas sin tráfico, el silencio solo interrumpido por los pájaros y por las ambulancias. Yo mismo me negaba a ver la evidencia: por distracción, por miedo, por la jactancia de no seguir la corriente. Nadie, ni los más expertos, ni los que tenían la obligación y la responsabilidad de hacerlo, previó nada: pero a continuación ya no había figura intelectual que no se pusiera a improvisar dictámenes sobre el porvenir, a emitir juicios imperativos sobre el significado de lo que estaba pasando. Había una prisa por interpretar, por levantar teorías, por hacer nuevas predicciones que estarían sin duda tan equivocadas como las que se hicieron un poco antes, aunque ya nadie se acordaría de ellas. A mí se me acentuaba una aversión instintiva a las abstracciones, a las opiniones, a los vaticinios. Mi único deseo, mi inclinación exclusiva, era observar en silencio, tomar nota, concentrarme en la parte de la calle que se ve desde mi balcón, en el escaso territorio autorizado para hacer la compra o pasear perros. Mis herramientas eran el cuaderno, la pluma, el tintero, los lápices, las tijeras, la barra de pegamento. Quería observar lo cercano como un explorador en un país desconocido. Salir a Madrid era a veces como haber llegado por primera vez a una inmensidad como la de la gran plaza de Cracovia, una mañana invernal de cielo bajo y blanco y llovizna. Quería observarme a mí mismo desde fuera, con atención pero sin ensimismamiento, observar el modo en que el encierro en nuestra casa durante tanto tiempo nos afectaba a Elvira y a mí. Pensaba en la concepción de la escritura que tenía Primo Levi, como el informe meticuloso sobre un experimento químico. Me acordaba de otros maestros consumados de la observación. A V. S. Naipaul le preguntaron por qué había permitido a su biógrafo, Patrick French, consultar los diarios de su esposa difunta, Pat, que lo retratan de una manera tan desfavorable, y él contestó: «The record must be kept». Quería fijarme en lo específico de este tiempo nuevo, lo concreto, lo que se olvida porque nadie le da importancia, lo que no aparece en los libros de historia, lo que no puede recordar más que quien lo ha vivido. Una vez le pedí a mi amigo y traductor Philippe Bataillon que me contara pormenores sensoriales precisos de la Ocupación en París, que él vivió como un adolescente. Se quedó pensando, con un brillo de agudeza y de lejanía en sus ojos muy azules de anciano, y me dijo: «Me acuerdo del sonido de las chapas metálicas que los militares alemanes llevaban en los tacones de las botas. Uno los oía venir antes de verlos. Esos golpes metálicos resonaban muy fuerte en los pasillos del metro».
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Es muy raro haber tardado tanto en abrir los ojos, en cobrar conciencia del peligro, de lo que empezaba a suceder cada vez más cerca y sin embargo parecía que a nosotros no fuera a afectarnos. A mediados de febrero Elvira fue a Milán a dar unas conferencias y pasar unos días con su amiga Teresa. Teresa tenía una tos seca y constante pero decía que no era más que un catarro. Elvira me llamó por teléfono a medianoche y me dijo que oía a Teresa toser en la cama, en la habitación de al lado. En las noticias de la radio dijeron como de pasada que se habían registrado varios casos de coronavirus en Milán. Elvira estaba alarmada, impaciente por volver. Yo pensaba que era demasiado aprensiva. Cuando volviera a España tenía previstos varios viajes más, presentaciones de su novela recién publicada: Sevilla, Barcelona, Bilbao. Después iríamos juntos a Gante, para ver la gran exposición de Jan van Eyck. Los periódicos estaban llenos de fotos de gente con mascarilla, siempre en sitios remotos, en China, Corea, Taiwán, Hong Kong, donde la mascarilla parecía una prenda común, entre exótica y paranoica. Yo recortaba esas fotos y las pegaba en un cuaderno. Cuando Elvira volvió a Madrid, le extrañó que en el aeropuerto no hubiera controles de temperatura. Elvira se encontraba resfriada, con mareos, con la fatiga de los madrugones y los aeropuertos. Se echó a media mañana en el diván y tenía escalofríos. Yo pensaba que podía ser algo de autosugestión. Llamaba a un teléfono de urgencias que venía en la página web del Ministerio de Sanidad pero solo escuchaba un mensaje grabado. Al cabo de unos días ya estaba mejor.
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26 de febrero. Las cosas poco a poco se acercan. En España ya hay contagiados del virus que han venido del norte de Italia. El miedo de Elvira estaba más justificado de lo que yo creía. Esta mañana, a las 10, fue a la guardería a recoger a Leonor, y de pronto cayó en la cuenta de que al haber venido de Milán está en lo que llaman un grupo de riesgo. En la puerta de la guardería decidió no entrar. Las mascarillas se han agotado en las farmacias de Madrid. Sin que nos diéramos mucha cuenta las mascarillas se han vuelto omnipresentes en los periódicos y en las imágenes de la televisión. Yo lo veo todo como detrás de una pantalla empañada de indiferencia, como no queriendo o no sabiendo aceptar lo que ocurre por miedo, en el fondo, a que la realidad sea tan amenazadora que no haya forma posible de resistirse a ella, de ponerse a salvo.
Me ocurrió algo muy parecido en Nueva York, cuando el 11 de Septiembre. Elvira estaba obsesionada, angustiada, alerta a cualquier indicio nuevo de peligro, deseando marcharse cuanto antes de aquella ciudad amenazada, de aquella isla sin escapatoria. Yo tenía una tranquilidad que a ella la sacaba de quicio. Simplemente yo no podía aceptar la posibilidad de que las cosas fueran a peor. Me ensimismaba en mis trabajos y en mis aficiones, o en mis pesadumbres difusas, como hago estos días. Ahora, como entonces, es muy difícil para mí aceptar la idea de que todo pueda hundirse en cualquier momento, de que se va a acabar la comida en el supermercado, de que no habrá metro o autobuses, de que no se podrá salir de una ciudad, como pasa ahora mismo en Italia y en China.
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No llego a acostumbrarme a este Madrid de lo que llaman nueva normalidad, como el que no se adapta a su ciudad después de una estancia de cierto tiempo en otro país. Unas veces parece el Madrid de antes y otras me parece otro, más agrio, más desalentado, en el que todo el mundo lleva mascarilla y mira al suelo y habla por teléfono o mira y teclea en una pantalla, en línea recta, sin mirar al frente, en una trayectoria robótica. En el calor tórrido de la mañana hay vallas cortando el tráfico y un clamor de cláxones que no llegan a prevalecer sobre el estruendo de los martillos neumáticos y las excavadoras y el alarido de las ambulancias y los camiones de bomberos. El escaparate de una tienda de ropa está cruzado de letreros tan alarmantes como titulares de periódico o anuncios de un apocalipsis: ÚLTIMOS DÍAS, REMATE FINAL. En la esquina de Fernán González con Duque de Sesto, cerca de los contenedores de vidrio y de papel y cartón, un hombre duerme tirado en posición fetal en un colchón sucio y medio desgarrado. Por la puntera de un calcetín roto asoma una uña curva y negra. El hombre tiene la cabeza rapada, la cara roja de intemperie y alcohol. Bajo un brazo con tatuajes carcelarios sujeta un botín que ha debido de recoger de la basura de un supermercado: una bolsa de pan de molde, otra de magdalenas, un cartón de yogures. El colchón ocupa toda la esquina. El hombre duerme con una respiración agitada y profunda y el sol de la mañana que asciende sobre los aleros ha empezado a darle en la cara. Él se encoge más todavía en sueños, se protege sin éxito con la bolsa de pan y la de magdalenas. La gente se aparta sin mirarlo y sigue su camino, con esa urgencia matinal que también ha regresado, la prisa que durante un tiempo dejó de ser visible. En la persiana metálica de una peluquería de mujeres hay un letrero escrito a mano y pegado con cinta adhesiva: CERRADO DEFINITIVAMENTE.
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La epidemia se propagaba por los noticiarios y los periódicos y también empezaba a filtrarse a los sueños. El género más frecuente en los míos es el de las cadenas agotadoras de imposibilidades. Soñé que estaba en una ciudad francesa, en uno de esos hoteles confortables y anticuados que allí son tan comunes. No podía volver a España porque a causa del coronavirus se habían cerrado las fronteras. Que las fronteras se cerraran de golpe era entonces algo que parecía solo verosímil en los malos sueños. Había un último vuelo que yo podría tomar si me daba mucha prisa. Estaba por fin en el avión, con los motores en marcha, el cinturón ajustado, pero en el último momento el comandante avisaba por la megafonía de que el vuelo había sido cancelado. Desperté en la oscuridad y tardé en caer en la cuenta de que estaba en mi casa y en mi cama, no atrapado en Francia. En la vida diurna desaparecía mi clarividencia, más aún cuando me quedaba solo y podía perderme con más facilidad en mis lecturas y en mis imaginaciones y quimeras, en mi destreza para aislarme de la realidad. Iba por la calle y recibí un mensaje de Elvira desde Sevilla: «La gente se ha vuelto loca comprando en los supermercados». Pero un rato después pasé junto a un Carrefour y no vi nada anormal. Vi algo más allá a un hombre que empujaba un carrito lleno de cosas y llevaba en equilibrio sobre la cabeza un paquete gigante de papel higiénico. Entré por curiosidad en el OpenCor y había tal vez más gente de lo normal a esa hora, pero las estanterías estaban bien abastecidas, y ni siquiera se había formado cola en la caja. Un taxista me dijo que todo aquello lo habían organizado «los de arriba», para meternos en cintura. Bajó la voz para asegurarme en confianza que la culpa de todo la tenían los perros, que eran ellos los que transmitían el virus: el gobierno y las asociaciones animalistas querían ocultarlo para evitar una matanza general.
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14 de marzo. La sensación de retiro y encierro se acentúa: la súbita, chocante simplificación radical de la vida. Elvira ha vuelto de Sevilla con el gran alivio de que mañana no tendrá que viajar a Barcelona. Todos los viajes que tenía por delante se han suspendido. Todas las páginas futuras de la agenda se han quedado en blanco. De la noche a la mañana la palabrería y la gesticulación irresponsable de la clase política están sometidas al choque brutal con la realidad. Ahora nos damos cuenta de todas las cosas que parecían necesarias y urgentes y de pronto carecen de importancia; y nos damos cuenta al mismo tiempo de cuáles son las que importan de verdad, y del poco caso que se les ha hecho, y de los procesos de degradación, abandono, incluso liquidación, a los que llevan años sometidas: la sanidad pública, la primera de todas. Nadie sabe qué va a pasar.
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Ahora que parece que todo ha pasado, o casi, es cuando tengo miedo, cuando solo me siento seguro de verdad quedándome en mi casa, sentado en esta silla de jardín, a la caída de la noche, mirando desde una distancia segura a la gente que pasa por la calle, jóvenes en grupos a veces, sin mascarillas, muy cerca los unos de los otros, deportistas que bufan lanzando a su alrededor gotículas y aerosoles de saliva. Ahora hemos aprendido muchas palabras específicas. Al principio, en vísperas del confinamiento, el miedo me lo vedaba la pura inconsciencia, la parte que me correspondía de la ceguera colectiva. Después, ya encerrados, en ningún momento me sentí de verdad vulnerable. No tenía contacto físico con casi nadie. A las tiendas entraba con mascarilla y con guantes y en la puerta había siempre alguien que echaba gel hidroalcohólico en las manos. En el interior del supermercado el control estricto de la gente que entraba permitía mantener la distancia. Nos movíamos unos y otros entre los estantes con un aire de misantropía recelosa. Cuando salía a primera hora de la mañana o después de medianoche a pasear a mi perra no me cruzaba con nadie. Si veía a alguien acercarse al fondo de la calle uno de los dos cambiaba de acera.
Pero anoche doblé una esquina y me vi de golpe en medio de un grupo de gente joven que ocupaba la acera e invadía la calzada, sin mascarillas, sin precaución ninguna, bebiendo y dejando por el suelo un rastro de botellas vacías, vasos de plástico, bolsas de plástico con comida. Había un ensañamiento nervioso en las carcajadas, en la alegría de pisar ruidosamente un vaso de plástico o de tirar una botella contra una pared. A la mañana siguiente todo seguía lleno de basura. Olía a alcohol agrio, a meada y a vómito. El mundo de después es una mala copia del mundo de antes. En la televisión se ven imágenes de un botellón masivo en un parque de Barcelona, en el que hasta hace unos días habrá crecido sin estorbo la vegetación y habrán habitado los pájaros. En el periódico viene una foto de una calle de Londres la primera noche en la que han vuelto a abrirse los pubs. Un hombre joven, flaco, en calzoncillos, en medio de una multitud, alza una botella de ginebra en una mano y la vierte sobre su propia boca muy abierta, y la ginebra le empapa la cara y el pelo y le chorrea por el cuerpo.
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15 de marzo. He salido a dar un paseo más largo de lo permitido llevando como coartada a Lolita. Eran las seis, pero el día era tan gris que ya estaba anocheciendo. El color del cielo era tan neutro como el del asfalto. En la calle Máiquez los gorriones alborotaban más que nunca en los árboles de la acera, en los que ya brotan las hojas. Madrid es una gran amplitud deshabitada. Como está prohibido ir en compañía, oír de pronto una voz provoca un sobresalto. Las voces que se oyen son de personas solas que van hablando por teléfono. La gente habla tan alto por la calle como cuando tenía que sobreponerse al ruido del tráfico. Iba a volver a casa pero no he podido resistirme a seguir caminando. He bajado por Alcalá, viendo a lo lejos como las torres de una ciudad prohibida los edificios de Cibeles y del comienzo de la Gran Vía. He llegado a Menéndez Pelayo y he seguido la verja del Retiro. El Retiro clausurado y sin público tiene una espesura de bosque. Copas relucientes de hojas tiernas, retamas, castaños en flor. Del otro lado de la verja vienen oleadas de olores a tierra y a savia, y un gran alboroto de pájaros. Uno se pregunta si el Paraíso terrenal también estaría cercado por una verja muy alta después de la expulsión. Si Adán y Eva no se fueron desterrados muy lejos a veces se acercarían con temor y nostalgia, con el remordimiento de lo que habían perdido.
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En el supermercado, en aquellos días de marzo, el ambiente era silencioso y tranquilo y todos los anaqueles estaban bien abastecidos. Las cajeras llevaban mascarillas o pantallas faciales, y además estaban separadas de los clientes por mamparas de plástico. Hasta el contacto con la tarjeta de crédito estaba suprimido: la cajera extendía el datáfono con su mano enguantada y era uno mismo quien aproximaba la tarjeta. Parecía mentira acordarse del roce antiguo de las manos al entregar y recibir el cambio. Un empleado ofrecía el cesto de la compra al recién llegado pasándole antes un desinfectante por el asa. Las cajeras se dirigían a uno con especial amabilidad, sin levantar nunca la voz. En muchos casos hasta la música ambiental había desaparecido. Era admirable que se mantuviera el funcionamiento previo de todo lo necesario para la vida: alguien seguía recogiendo la fruta y la verdura que comprábamos, mataba los animales y troceaba la carne en los mataderos, transportaba las cosas en largos viajes solitarios en camión. En los mataderos y en las plantas gigantes de procesado de carne en Estados Unidos estaban algunos de los focos más activos del virus. En España los conductores de los camiones no podían detenerse a descansar o a comer porque los restaurantes de las carreteras estaban cerrados. Nadie podía saber qué ocurriría si la excepcionalidad se prolongaba hasta el punto de que los canales de distribución empezaran a romperse. Pero viendo a la gente en el supermercado se confirmaba en mí la idea de que el común de la gente en España es más racional y templada que la mayor parte de la clase política. Un fascista de Vox, contagiado y en trance de curarse, había dicho que sus anticuerpos españoles estaban combatiendo al maldito virus chino. Un patriota independentista catalán decía que España era muerte y Cataluña era vida. Cuando empezó a multiplicarse el número de muertos en Madrid, otro patriota catalán célebre hizo en Twitter una broma que fue muy celebrada por los suyos: De Madrid al cielo.
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17 de marzo. Cada mañana me despierto con angustia. La oscuridad y el silencio en el dormitorio me producen una opresión física, como de haber despertado en un espacio muy cerrado, una cripta, una de esas cámaras acústicas que suprimen cualquier sonido. De la calle no llega ningún rumor de tráfico, solo sirenas de ambulancias. Da miedo pensar qué habrá ocurrido durante la noche, qué van a contar los locutores de noticias cuando pongamos la radio con el desayuno. Salgo a la calle y el silencio es igual de absoluto. Ya va aceptando uno sin extrañeza esta normalidad de calles vacías, tiendas cerradas, personas solas. En las puertas de las farmacias hay carteles que avisan de que no quedan mascarillas. Ayer por la tarde encontré una donde anunciaban que sí las vendían. Compré dos, a un precio de estafa, diez euros. Me puse una y era muy raro llevarla. No estaba seguro de habérmela puesto bien. Era muy fatigoso respirar. En un escaparate vi a un transeúnte enmascarado y anónimo y era yo. Me la quité de inmediato. El aire limpio y sin humo de tráfico era una súbita felicidad.
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Por el barrio pululan ahora más que nunca los pedigüeños, los mendigos vergonzantes, los que rebuscan cosas en las papeleras y en los contenedores de basura y de escombros. Durante el encierro desaparecieron los mendigos rumanos organizados y los negros apostados en las esquinas y a las puertas de los supermercados, ofreciendo pañuelos de papel, o agitando vasos de plástico con monedas. Una de las señales de que poco a poco regresaba la normalidad fue que los africanos volvieron a aparecer en los mismos lugares, ahora con mascarillas, quizás con un aire mayor de desamparo y urgencia. Ahora algunos piden comida, galletas, leche. Los que no han vuelto a aparecer son los mendigos profesionales rumanos, los tullidos y cojos que exhiben deformidades o muñones con una desvergüenza de miseria inmemorial. Ahora quienes piden y quienes rebuscan por las papeleras son personas comunes. Hay un hombre joven, de buen aspecto, en bermudas, que se instala cada día delante de un puesto de venta de pollos asados, del que emana siempre un olor suculento a salsa y carne tostada. La gente hace cola a la puerta, y este hombre, con una mezcla de timidez y de insistencia, pide algo de comer, unas monedas, un pollo asado para que coman sus hijos, dice, mirándolo a uno a los ojos. En la esquina soleada de Fernán González y Duque de Sesto, me llama la atención una mujer gorda, de buen aspecto, madura, con aire de cansancio, parada en la acera. Hay algo inusual en ella. Uno aprende a fijarse en estos detalles. Podría ser una vecina del barrio, pero es rara esa inmovilidad, a esa hora de la mañana, ese no hacer nada, no dar indicio de ir a alguna parte, a alguna tarea. Tiene aspecto, más o menos, de clase media, no lleva unos zapatos desastrados, no viste mal. Lleva pantalones anchos, una blusa holgada, gafas. Cuando me voy acercando a ella me dice en voz baja que si puedo darle algo. Baja tanto la voz que casi no la entiendo bien. No hace ningún gesto de pedir, no extiende la mano. Busco en los bolsillos y encuentro una moneda de un euro. La mujer la aprieta en una mano pequeña y carnosa y me da las gracias en un murmullo. Por pudor no la miro a los ojos. Unos días más tarde la he vuelto a ver, a la entrada del Corte Inglés, en Goya. Sigue produciendo el mismo efecto engañoso. Es una señora mayor, que no hace nada, que está como esperando, mirando pasar a la gente. Se aproxima educadamente a alguien. Esa ruptura de la distancia establecida ya provoca un reflejo de alerta. La señora se aproxima y la otra persona al principio escucha sin recelo, como se hace con quien va a preguntarnos una dirección. La señora que no parece una mendiga murmura en voz baja y extiende apenas la mano, o ni siquiera eso, y el rechazo es inmediato, el reflejo de sumir en la invisibilidad a quien está delante de los ojos.
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18 de marzo . Geografía dispersa del confinamiento: mi madre en su habitación, delante de un ventanal y de una araucaria, en el Puerto de Santa María; nuestros hijos aquí y allá: Elena con Damien en Dublín, en un barrio de las afueras, con un horizonte brumoso de edificios bajos y parques muy verdes; Miguel con Lara en Carabanchel, con una vista vecinal sobre los tejados rojizos de Madrid; Arturo y Olalla en su casa de Granada, él tocando la guitarra para distraerse cuando lleva muchas horas traduciendo, y ella pedaleando en la bici estática para compensar el sedentarismo forzoso, los dos disfrutando de una terraza providencial que da a Sierra Nevada, al lomo nevado del Veleta; Antonio en casa de su madre, en Granada también, con Violeta y la niña Leonor, que sale a jugar al jardín y vive en su paraíso ajeno a la pandemia y al mundo exterior. Las voces en el teléfono ayudan a mitigar la lejanía.
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Como si el confinamiento domiciliario no fuera suficiente yo vivía confinado también en la lectura del primer tomo de una biografía inmensa de Hitler, escrita por Volker Ullrich. Me embarqué en ella sin mucha convicción y al cabo de unas pocas páginas ya me tenía atrapado, por su atención a los matices menores y significativos, y al modo en que las cosas eran percibidas mientras sucedían. En la mirada retrospectiva del historiador hay trampa: en diarios, en cartas, en noticias de periódicos, está la vibración del presente, la dificultad humana de ver lo que se tiene delante. Todos los que lo conocieron coinciden en la fuerza extraña de los ojos de Hitler: grandes, muy azules, muy fijos. Hasta 1928 no empezó a usar megafonía en sus actos públicos. Llevaba siempre una fusta, y cuando se enfadaba en una reunión la golpeaba contra la mesa. Tarareaba con muy buen oído, con un vibrato raro, largos pasajes de óperas de Wagner. Era vegetariano y no bebía alcohol, pero echaba varias cucharadillas de azúcar al té, que luego sorbía con mucho ruido, y devoraba pasteles de nata. Klaus Mann lo observó una vez de cerca en un café de Múnich, comiéndose un pastel a grandes bocados. Por culpa de la afición al azúcar tenía los dientes en mal estado. En los últimos tiempos, en el búnker de Berlín, su halitosis se volvió insufrible para los que se le acercaban. La gente se fijaba en la belleza de sus manos, largas y suaves, que muchos calificaban de manos de artista, de pianista. El sórdido filósofo Heidegger sentía gran admiración por las manos de Hitler. Contaba historias de batallas en la Gran Guerra europea haciendo todo tipo de ruidos onomatopéyicos: disparos, bombas, explosiones, motores, relinchos de caballos. Se le daba muy bien imitar a la gente para ridiculizarla. Podía doblarse de risa, pero solo reía a costa de otros. No veía la hora de ir a acostarse por las noches. No le gustaba quedarse solo. En sus paseos por los jardines de la Cancillería llevaba siempre un puñado de frutos secos en un bolsillo para alimentar a las ardillas que se le acercaban.
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19 de marzo . Ahora mismo, a mediodía, el número total de muertos en España es de 767, pero es seguro que a cada hora serán más, y también que hay más muertos de los que quedan registrados. No somos capaces de darnos cuenta de la magnitud de lo que está pasando. Cada vez se ve más clara la fragilidad de España y de Italia. Aquí al lado, en el Gregorio Marañón, la situación debe de estar aproximándose al colapso. Desde el balcón veo llegar y salir ambulancias con las sirenas en marcha a cada momento. En los periódicos, en la radio, en la TV, en las redes, también hay una pandemia desbocada de kitsch, de lirismo de resiliencia y autoayuda. Poetas galardonados publican versos de urgencia bochornosos. Es un colectivismo de la tontería «positiva».
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En el balcón, a las once de la noche, hay una brisa cálida que estremece a mi lado las matas de tomates. Compré tierra fértil y abono, trasplanté en macetas separadas cada una de las matas todavía diminutas pero ya muy erguidas y las he regado cada noche. En poco tiempo han crecido mucho. En alguna apunta una flor amarilla. Si toco las hojas de los tomates y me llevo los dedos a la nariz me traspasa una felicidad que no se parece a ninguna otra. Es la felicidad en estado puro de los veranos en la huerta de mi padre, las noches calientes de junio y julio en la plaza de San Lorenzo, cuando vivían y estaban activos mis abuelos y mis padres eran jóvenes, y yo no había salido del edén de la infancia. Me siento en el balcón cada noche, esperando algo que no sé lo que es, disfrutando algo muy concreto, muy limitado, en el mejor sentido de la palabra: algo muy definido de forma, autosuficiente, abarcable, cerrado sobre sí mismo y al mismo tiempo abierto al mundo, como este balcón. El balcón es mi reino, con las plantas que ahora no me olvido de regar cada noche, cuando el calor extremo da un respiro, los tomates, los geranios, el jazmín, la glicinia, la abelia, la gardenia. El reino breve está delimitado por una baranda pintada de blanco, a tres pisos de altura sobre la calle O’Donnell, y sobre las copas de las acacias del Japón que están empezando a florecer. Al otro lado de la calle veo ventanas iluminadas a las que ya no se asoma nadie, y muy arriba el perfil de las terrazas, que tienen algo de quintas secretas en el campo, con toldos verdes y plantas, hasta siluetas de árboles, una palmera, un magnolio, un jazminero. Siguiendo hacia el oeste la línea de las terrazas y los tejados la mirada llega a la torre de Valencia, que tapa el horizonte del Retiro. El cielo era entre blanco y gris hasta hace un rato: dentro de poco, si tengo paciencia o pereza para seguir observando, lo veré convertirse en azul marino. Ahora mismo es un azul un poco sucio, tal vez por culpa de la contaminación que vuelve, y por el polvo que está disuelto en el aire: polvo del desierto del Sahara, traído por los vientos áridos del sur, y también de los secanos españoles que atraviesan las corrientes de aire hasta llegar a Madrid. En Nueva York tuve amistad con un físico español muy brillante, joven, especialista en la difusión de aerosoles, en las micropartículas naturales o artificiales que se mantienen en suspensión en el aire. Me contó que en el polvo africano que se respira en los veranos en España hay microfósiles de conchas de animales marinos que se depositaron en el fondo del mar donde luego estuvo el desierto del Sahara. Los pulmones humanos están adaptados a las partículas vegetales o minerales de la naturaleza, el polen, el polvo. Las partículas del monóxido de carbono y el dióxido de nitrógeno que expulsan los motores de los coches son tan pequeñas que nuestros pulmones no las filtran. Se incrustan en los tejidos pulmonares, en el interior de las células.
En este azul todavía indefinido y turbio solo distingo el brillo débil de una estrella. En el cine de verano de Úbeda yo levantaba la cabeza hacia más allá del cañón irisado de polvo luminoso del proyector y veía la Vía Láctea. El cielo era una bóveda resplandeciente que abarcaba de noche toda la amplitud del valle del Guadalquivir, desde el mirador de San Lorenzo hasta las laderas y las cumbres de la sierra de Mágina. La Vía Láctea cruzaba de un lado a otro el cielo sobre la calle Fuente de las Risas. Mi padre me llevaba en brazos y a mí se me cerraban los ojos de sueño. Me quedaba dormido apoyándome en la firmeza de su hombro. Aquellos cielos tenían una negrura de tinta, con un brillo de espejo, como el que se veía al asomarse a un pozo. Ahora esta estrella única es tan incierta como una vela a punto de apagarse al fondo de una capilla. La luna también ha desaparecido del cielo, o la tapan los edificios de enfrente. La vi hace unas cuantas noches, emergiendo como una monstruosa bola amarilla por detrás de los árboles del Retiro, reflejándose luego con relumbres de charol sobre el agua del estanque, justo cuando se levantaba sobre ella una brisa fresca que aliviaba el calor de la noche.
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En el metro se ve claro que este ya es otro mundo, que el de antes no ha vuelto. El metro tiene ahora una atmósfera espectral con las mascarillas y el miedo al contagio, con los avisos de voces severas y alarmantes por la megafonía. Hay mucha gente callada y metida en sí misma en los andenes. En los coches no es posible mantener la distancia. El anonimato de las mascarillas hace más visible la uniformidad de los viajeros, la repetición exacta de una misma actitud: hoscos, absortos en los móviles, tecleando en ellos, los oídos sellados al exterior por los auriculares. Una respiración cercana es una amenaza. Un golpe de tos acentúa el silencio y la alarma de un vagón entero. Entro en un vagón y yo soy la única persona que lleva en las manos un libro y no un teléfono. Es mi primer viaje en el metro después del encierro. Pero de una estación a otra empieza a formarse una pequeña comunidad lectora: un hombre joven y barbudo se sienta frente a mí leyendo un tomo muy grueso, más atento aún porque estaba llegando a las últimas páginas. No consigo ver el título. Y en la siguiente parada entra una chica muy joven, moderna, con coletas tiesas, camiseta, zapatillas blancas de lona, calcetines cortos. Es una lectora tan formal que lleva un lápiz en la mano y de vez en cuando subraya algo. Tiene las uñas pintadas de azul. Esta vez sí llego a ver el título, aunque no me suena de nada, ni consigo fijarme en el nombre del autor. El libro se titula, no sin truculencia, El contorno del abismo. El que yo llevo es uno de esos libros fragmentarios que van muy bien para los viajes en metro, Slight Exaggeration, de Adam Zagajewski. Entre la lectura y la observación de los otros estoy a punto de pasarme de estación. Dice Zagajewski: «Books should be as portable as thoughts» —tan portátiles como poemas que uno se sabe de memoria.
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Una mañana, en la segunda o la tercera semana del encierro, llamé a mi amigo el doctor Bouza. Acabábamos de oír en la radio que el día antes había muerto un enfermo en Madrid cada dieciséis minutos. Pero no daba la impresión de que las cifras fueran muy fiables. El número de muertos podía ser mayor. Morían sin auxilio los ancianos en las residencias y los médicos y los enfermeros en los hospitales se contagiaban por falta de equipos de protección. El doctor Bouza lleva un año jubilado pero ha vuelto al Gregorio Marañón para unirse a sus compañeros sanitarios. Le dejé un mensaje y me llamó al cabo de dos horas, con la voz tranquila y hasta risueña que ha tenido siempre. Nos conocemos desde hace más de veinte años. Me ha cuidado cuando he estado enfermo y me ha dado ánimos de una manera sobria y efectiva cuando me faltaba la esperanza. Es una eminencia internacional en su campo y ha pasado gran parte de su carrera en una oficinilla del Gregorio Marañón con una ventana que daba a un patio interior. Llevaba siempre una corbata de lazo y una estilográfica en el bolsillo superior de la bata blanca. Andaba muy rápido por los pasillos del hospital, inclinado hacia adelante, como queriendo llegar antes que sus propios pasos. Me dijo que había vuelto al hospital, aunque con precauciones, porque ya tiene setenta años. «Así que soy población de riesgo», dijo, como enunciando un contratiempo, una de tantas adversidades mayores o menores a las que tiene que hacer frente quien trabaja en la sanidad pública. Se quedaba aislado en un despacho, y pasaba consultas por videoconferencia. Llamaba por teléfono a los colegas que estaban de baja: comprobaba síntomas, daba ánimos a los que vivían solos, a los que empezaban a recuperarse y estaban impacientes por volver ya al hospital. Me dijo: «Yo nunca he conocido nada como esto, ni en los peores tiempos en que la gente se nos moría de sida y no podíamos hacer nada más que verlos morirse. Esto es como una guerra. Es como si cada día se estrellara en Barajas un avión lleno de gente. Hay camas por todos los pasillos. Ahora mismo hay en el Gregorio Marañón doscientos enfermos esperando camas. Imagínate cuántos habrá en todos los hospitales de Madrid. O lo que estará pasando ahora mismo en las residencias de ancianos. Esto es una guerra, y como en una guerra tendremos que asumir que habrá bajas». A pesar de todos los pesares, me dijo con orgullo, el personal de los hospitales estaba trabajando con una eficacia y una entrega como él no había visto nunca. «Cada uno haciendo a conciencia lo que tiene que hacer, como soldados españoles en los tercios de Flandes». El doctor Bouza es un gran científico que tiene una visión épica a la antigua de la historia de España. «No hay que desesperarse. Las cosas empezarán dentro de poco a ir a mejor. Los efectos del confinamiento tienen que empezar a notarse. No mañana ni pasado, pero sí en unas semanas.» Y a continuación me mostró su rabia por toda la incompetencia, toda la irresponsabilidad de la gente que nos gobierna, los que durante tantos años han abandonado y desmantelado y privatizado la sanidad pública, los que vieron acercarse la pandemia y recibieron avisos urgentes desde China y luego Italia y no hicieron nada. Ni los años ni la jubilación han mellado su ánimo, su entusiasmo práctico por remediar en lo posible el sufrimiento y mejor todavía por prevenirlo, su austera fortaleza mezclada siempre de compasión y de un fondo de ironía. Lo llamaban por otra línea y tuvo que colgar. Me dijo que tenía ganas de que acabara todo para hacer de nuevo el Camino de Santiago en bicicleta.
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En cuanto fue posible salir para hacer ejercicio, a principios de mayo, yo adquirí la costumbre de echarme a la calle a las nueve de la mañana. En ese tiempo encuentro algo del frescor y la quietud arcádica que ya ha desaparecido en el resto del día, y que solo vuelve de verdad en las primeras horas matinales del fin de semana. Hemos visto con nuestros propios ojos una ciudad posible que está siendo abolida antes de llegar a existir. Yo la veo también, en parte, cuando salgo al balcón después de cenar, hacia las nueve y media de la noche, cuando todavía hay una gran claridad en el cielo pero ya se ha puesto el sol, cuando empieza a levantarse una brisa que alivia de todas las horas de calor sostenido del día, del horno babilonio. Es otra costumbre. Hasta hace muy poco, había mucha gente caminando a esa hora, la de los paseos permitidos, cuando aún no estaban abiertos los bares.
Había mucha gente, y pocos coches todavía. Hoy, esta noche, me he sentado en el balcón, en una silla de jardín, y he puesto el portátil en otra frente a mí, para no perderme mi espectáculo diario mientras escribía. Hay paréntesis de antiguo silencio cuando se cierran los semáforos. Hay gente que pasa en bici, por uno de los pocos carriles decentes de la ciudad, y corredores enérgicos que van hacia el Retiro, y otros que vuelven, fatigados y absueltos. Mientras escribo el cielo ha pasado del azul suave a un azul profundo en el que se recorta con precisión la luna en cuarto creciente. A esta hora los vencejos han desaparecido ya del cielo. Algo que hemos vislumbrado en los meses de encierro es la feracidad asombrosa que recobra la vida natural en cuanto cede en algo el castigo de la codicia humana contra ella. En mi calle ha parado un momento el tráfico y he vuelto a oír voces de gente que charla caminando, el ladrido de un perro contra un fondo de calma. Otra forma de vivir sería posible.
28
En estas calles laterales arboladas sonaba sin descanso en aquellos primeros días el escándalo de los gorriones. Como llovía tanto y no había quien pisara el pavimento, la hierba empezó a brotar por todas partes, en los alcorques de los árboles, en las medianas de tráfico, hasta en las grietas del asfalto, briznas heroicas de hierba que anunciaban la pujanza del mundo natural en cuanto los seres humanos dejan de castigarlo. Yo nunca había oído tantos gorriones en el centro de Madrid. Identifiqué a uno que estaba cantando a solas todas las mañanas en la copa de la acacia que hay delante de mi casa. Era infatigable, obsesivo, tenaz. Una mañana de lunes en la que se hizo aún más estricto el confinamiento, porque las cifras de contagiados y de muertos no paraban de crecer, el silencio era tan grande en esta calle habitualmente dominada por el tráfico que en toda su anchura solo se oía el piar obstinado de ese gorrión: un poco más lejos, el ladrido ronco de un perro sonaba como si uno lo oyera durante un paseo por el campo. Hasta la lluvia parecía caer con sigilo, acentuando el silencio en vez de perturbarlo.
29
Con la llegada del calor y el final del confinamiento vuelven las obligaciones enojosas, las que quedaron en suspenso cuando todo se detuvo de golpe, ofreciendo una coartada perfecta para la dilación, una holganza sin culpa. Ahora de nuevo hay que tomar taxis a media mañana, para ir de un lado a otro de Madrid, con las mascarillas, las mamparas de plástico, el apuro de llegar tarde a una cita por culpa del tráfico. Primero al banco, y luego al notario. La notaría está en un barrio más opulento, de aceras anchurosas sombreadas de árboles. El notario tiene en su escritorio gigante una escultura en bronce de un soldado de la División Azul. Sobre un atril como de colegiata barroca hay abierto un facsímil de manuscrito iluminado medieval con ilustraciones del Apocalipsis. Hemos venido a firmar nuestros testamentos. Hay una gran sensación de irrealidad y congoja. El notario usa con naturalidad la palabra premoriencia, que yo no había escuchado nunca. Uno de los dos sobrevivirá al otro. Lo más probable es que yo muera antes. Hablar de la muerte en prosa jurídica, en el despacho de un notario, junto a una puerta entornada por la que entran ruidos de oficina, parece que vuelve neutra la desgracia, que morir es un acto jurídico como cualquier otro, que el notario certifica con su garabato distraído. Ahora miro esta casa que hemos empapado tanto de nuestra presencia a lo largo de estos meses, y pienso en cómo será cuando el último de nosotros dos haya muerto. Miro la silla de hierro en la que me siento cada noche en el balcón. Habrá una fecha futura en la que yo no vuelva a ocuparla. Habrá otra en la que nadie asocie esa silla y ese balcón a mi presencia, y esta casa a la vida que nosotros tenemos en ella. Pienso en el hombre y la mujer que la habitaron durante medio siglo. Cuando nosotros llegamos, de ellos quedaba una lámpara lujosa y polvorienta en el techo, un cuadro en relieve de latón oxidado de la Virgen de las Angustias y un uniforme azul con botones dorados de oficial de Marina colgado como un fantasma al fondo de un armario. En el fondo de sí mismo uno no cree de verdad que todas las cosas sean tan fugaces.
30
El encierro y la repetición de las tareas cotidianas y de las noticias desalentadoras borraban la diferencia entre los días. Era como si se confundieran en una sustancia única y monótona que perturbaba el sentido del tiempo. El cómputo de los días transcurridos desde el principio del confinamiento no significaba nada para la memoria. El tiempo anterior había quedado en una lejanía que no era posible calibrar: era una frontera sumergida en la bruma, una distancia en blanco. También se volvía difícil el recuerdo de lo que sucedió antes, justo hasta entonces, en las semanas y los días finales de la vida anterior. Esa vida pasada provocaba desapego más que nostalgia. Era como cuando la gente mayor hablaba de «antes de la guerra», para referirse a un mundo completo que de un día para otro era una época perdida, ajena, todavía familiar y sin embargo abolida, preservada tan solo en fotografías o en objetos o prendas de ropa de repente anacrónicos. Ese tiempo cancelado nos separaba más todavía de los que se quedaron en él, los que murieron un poco antes. Hay una forma de piedad hacia los muertos que consiste en alegrarse de que no llegaran a ver lo que les habría causado demasiado dolor. Uno de aquellos días de grisura, silencio, espanto, cifras exponenciales de muertos, sirenas de ambulancias en las calles sin nadie, Elvira me dijo que se alegraba de que su padre no hubiera vivido para ver esta epidemia. En las noticias dijeron que el ejército había encontrado en las residencias de Madrid cadáveres de ancianos que llevaban muertos varios días en las camas, algunos en la misma habitación que seguía ocupando un paciente vivo.
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Las mañanas frescas y despejadas del sábado y el domingo las aprovecho para salir en bicicleta sin el peligro del tráfico. Esa hora temprana es tan favorable para los ciclistas como para las golondrinas. Las calles laterales del barrio de Salamanca se prolongan hacia la lejanía como túneles de verdor y de sombra bajo las copas redondas de los aligustres y las acacias. Dando vueltas por la ciudad llegué a nuestro antiguo barrio de Alfonso XIII, y fui a saludar a nuestros amigos de la frutería donde comprábamos siempre. Tienen el género dispuesto de una manera resplandeciente: los tomates gordos muy rojos, los cuartos de sandía, las pilas de cerezas reventonas, los melocotones, las fresas, las coliflores de un blanco de espuma, la piel brillante de los pimientos rojos y verdes, los melones y las papayas tentadoras, partidas por la mitad. Los dueños, Neno y Laura, son jóvenes y muy competentes, alegres y enérgicos en su trabajo, con el don de gentes que requiere el trato con el público, los parroquianos, como decía mi padre. Ese don él lo tenía en grado máximo: en su puesto del mercado, con su chaqueta blanca impoluta, bromeando con las clientas habladoras que le compraban solo a él, ya no era el hombre serio y reservado que me daba órdenes y me encargaba tareas en la huerta.
Laura tiene el pelo largo y muy rizado. Neno lleva gafas de pasta de intelectual y una pequeña coleta. Han levantado con mucho esfuerzo esta frutería prodigiosa. Mientras hablan con los clientes van despachando los pedidos a toda velocidad. Me cuentan que durante el encierro organizaron los repartos por internet y por teléfono y que no han parado de trabajar. Hay destreza y sentido estético en todo lo que hacen. A mí me gusta ver cómo Neno va organizando las cosas que le pido en la caja en la que me lo llevarán a casa, asegurándose de aprovechar al máximo el espacio y de no dañar nada. Culminándolo todo añade un manojo de perejil tan fresco y oloroso que parece recién cortado. En la huerta de mi padre segábamos el perejil por la base del tallo y al poco tiempo había vuelto a brotar. Charlando de una cosa y otra les enseño una foto de la niña Leonor, el otro día, sentada en el sofá con Elvira. «Es mi nieta», les digo con orgullo. Entonces a Laura se le pone una sonrisa triste mientras mira la foto en mi teléfono. Me dice que pasó por una operación en el útero y no puede tener hijos. «Pero casi más que por mí y por Neno me da pena por mis padres. Tenían más ilusión por ser abuelos que yo por ser madre.» Es como haber tocado por descuido una zona de dolor. Pero Laura sigue con su tarea con gran agitación de la melena rizada, y en seguida vuelve a sonreír. Me pone delante como una ofrenda un albaricoque que acaba de lavar para mí, y que yo me como golosamente en dos bocados, antes de continuar mi travesía en bicicleta por Madrid, en la mañana fresca de principios de verano.
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26 de marzo. La situación es tan extrema que un descenso mínimo, no en el número diario de muertos sino en el ritmo de su aumento, nos concede un atisbo de esperanza. Ayer los muertos crecieron un 24 %; hoy, solo un 14 %. Las pruebas que compró el gobierno para diagnóstico rápido resulta que no sirven. La impresión que da el gobierno en todo esto es de incompetencia y también de impotencia. El Estado central se fue desmantelando atolondradamente, de acuerdo con los trapicheos políticos de cada momento, y ahora no es capaz de hacer frente a una calamidad que necesitaría una acción ejecutiva enérgica y una coordinación que ya son imposibles. Los nacionalistas periféricos y sus aliados y sus imitadores en cada comunidad — el propio Partido Socialista entre ellos— han desguazado la estructura administrativa del Estado. Cada gobierno autónomo anda por ahí queriendo comprar por su cuenta material sanitario en un mercado internacional controlado ahora por especuladores. El ministro de Sanidad, que parece un hombre honesto y serio, pero que no tenía ninguna cualificación para el cargo, aparece pasmado, perdido, murmurando sin aplomo en las ruedas de prensa. El estado de alarma le confiere unos poderes teóricos que no puede ejercer porque su ministerio está desmantelado. Un país de tan poco poderío económico como España se permite el lujo de sostener 17 sistemas de salud distintos, con 17 marañas distintas de cargos políticos, con 17 redes informáticas distintas e incompatibles entre sí, lo cual hace casi imposible la cuantificación rápida y fehaciente de datos. No hay manera de que médicos y enfermeros de las comunidades menos afectadas se trasladen como refuerzo a las que más están sufriendo. Los hospitales privados, de los que se dijo que iban a ser intervenidos, cierran por falta de actividad y dan vacaciones a sus médicos. La derecha corrupta y desleal que ha hecho todo lo posible por socavar la sanidad pública ahora se lanza sin ningún escrúpulo a desgastar al gobierno. Los separatistas están alerta para aprovechar este nuevo momento de debilidad del Estado.
Y mientras tanto toda esa gente capacitada y heroica, que llevaba años denunciando y sufriendo el deterioro de la sanidad pública sin que se le hiciera ningún caso, sigue jugándose la vida en los hospitales, sin el material que necesitan y les prometen y no llega nunca, haciéndose guantes y batas con bolsas de basura.
No sé si se va a aprender alguna lección política de este tiempo. Las divisiones son demasiado profundas, no porque la gente común se haya vuelto más sectaria, sino porque la parte nociva de la clase política se ha dedicado a alimentarlas y ahondarlas, y hasta a inventarlas cuando no existían. Ahora nos damos cuenta del daño que hemos sufrido por pasar varios años sin tener un gobierno estable, firme, resolutivo, por culpa del extremismo y la frivolidad de unos y otros.
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El día del Corpus, el de San Antonio y el de San Juan configuraban el comienzo sacramental y campesino del verano. San Antonio es uno de esos santos populares de la tradición medieval que hacían todo tipo de milagros prácticos. En Lisboa san Antonio se encarga de aproximar a la ciudad los grandes bancos de sardinas, que son el alimento barato y delicioso de los barrios pobres en los que se celebra tan festivamente su procesión, con farolillos y banderolas en las calles estrechas de Alfama y la Mouraria. San Antonio era un santo adecuado para mí porque también era hijo de hortelano. Uno de sus milagros consistió en predicar a los pájaros, a la manera de san Francisco de Asís, para persuadirlos de que no picotearan los frutales ni se comieran las semillas que su padre acababa de sembrar. El verano empezaba con San Antonio y San Juan y la siega de los cereales y terminaba con San Miguel y San Francisco de Asís y la vendimia. Los trabajos y las cosechas eran más variados porque aún no se había impuesto el monocultivo del olivar, que iba a convertir todo aquel oleaje de colinas en un desierto cuadriculado de olivos idénticos. Como el repertorio de nombres propios era muy limitado, el día del santo lo compartía mucha gente. Todos nos llamábamos más o menos igual, en masculino o femenino. Nos llamábamos Francisco, Manuel, Carmen, Pedro, Juan, Asunción, Miguel, Andrés, Antonio, Paula, Teresa. Una vez llegó a mi escuela un niño forastero que se llamaba Hipólito y yo imaginé que sería rico. El nombre de mi abuela Leonor era más raro, pero se multiplicaba sin pausa en mi familia. Los días de santos muy populares había muchas peticiones en los programas de discos dedicados de la radio. «Para Carmen, en el día de su onomástica.» «Para José, de parte de la que él ya sabe.» La palabra onomástica solo se escuchaba en esos programas. Era tan ajena a nosotros como el acento o la entonación con que hablaban los locutores, sus voces vibrantes que pronunciaban todas las eses y todas las des intervocálicas. Como en cada familia se repetían mucho los nombres, el día del santo era una celebración colectiva, aunque casi siempre muy modesta. Un vecino nuestro que había acumulado muchos olivares y se llamaba Bartolomé celebraba el día de su santo contratando camareros que servían mesas largas cubiertas con manteles y hasta una orquestina de baile. Por esa razón yo sé que el día de San Bartolomé es el 24 de agosto.
Cada día de San Antonio llamo pronto a mi madre y luego llamo a mi hijo Antonio. Voces familiares que no he escuchado en todo el año me llaman para felicitarme por mi santo: mi tía Juani, mi prima Cati, mi tío Juan. En el teléfono las voces suenan con los acentos y las entonaciones del pasado. El día 13 de junio es, además, el de mi hijo mayor, el de mi tío Antonio, el de varios primos Antonios, el de mi abuelo paterno, que murió hace 34 años. Ahora incluyo en esta lista a la madre de Elvira, que murió en 1978, y a la que yo nunca conocí, pero que ha llegado a ser una presencia querida y fantasmal en mi vida, Antonia Garrido.
34
El 14 de marzo, el primer día del confinamiento, fue sábado. Parecía uno de esos sábados anchurosos de fin de semana largo o de Semana Santa en los que ha habido una gran diáspora de coches y de gente y la ciudad tan hostil adquiere una quietud apaciguadora, como un espejismo o una visión inusitada de otra ciudad posible. Uno tenía irreflexivamente la sensación profunda de estar de vacaciones. A la caída de esa tarde, en la pureza del silencio, hubo una particular delicadeza en la luz y en el aire: templado, limpio, por la ausencia de tráfico, con olor a savia y no a gasolina, un hondo perfume vegetal insólito en estas calles. El tiempo se había despejado de tareas obligatorias y citas. Los gorriones volaban bajo de un lado a otro de la calle O’Donnell. Picoteaban cosas en la acera por la que no pasaba nadie. Se posaban sin apuro en el asfalto de la calzada por la que no venía ningún coche.
En el interior de la calma había una médula de congoja. Después de un día más prolongado aún por su rareza, porque no podíamos imaginar cómo íbamos a adaptarnos a la nueva vida recién empezada, llegó la noche del primer aplauso. Toda la tensión y el miedo y el vértigo de lo inaudito que de pronto era cotidiano se desbordaban en el pecho, en la garganta, en las lágrimas. A las diez de la noche por primera vez se iluminaron uno por uno los balcones y las ventanas de toda la calle. La gente salía, salíamos, para aplaudir al heroísmo cívico y verdadero de los trabajadores de la sanidad pública. El aislamiento temeroso de cada uno se volcaba en la emoción común: las calles a oscuras, el asfalto sin tráfico, las ventanas iluminadas, las siluetas de las personas que aplaudían, un gran rumor de oleaje que atravesaba toda la ciudad y rompía la claustrofobia del primer día del estado de alarma.
35
Era el día del santo cuando se daban regalos, no en el cumpleaños. En el día de mi santo de mis once años mi padre me regaló el primer reloj que tuve en mi vida. Era un reloj dorado, impresionante, con correa de cuero, de la marca Radiant, con una esfera que pesaba como si estuviera hecha de un metal noble y macizo. Las manecillas de las horas y los minutos brillaban como agujas de oro. Seguir la aguja del segundero en su esferilla diminuta daba algo de vértigo. En aquel mundo nada sucedía tan rápido como para medir una duración en segundos. Tener un reloj era ser alguien en la vida, casi un adulto. Era un privilegio y también una responsabilidad. «Ahora a ver si no tienes cuidado y vas a perderlo.» Yo me puse el reloj en la muñeca izquierda porque llevarlo en la derecha era cosa de mujeres y de mariquitas, como fumar con la mano derecha. El reloj era tan avanzado que aseguraban que uno podía bañarse con él. Ni yo me bañaba entonces —no había bañeras, ni piscinas— ni iba a arriesgarme a comprobarlo. No hacía falta darle cuerda porque decían que se activaba automáticamente con el pulso. Si te morías el reloj se paraba en el momento en que dejaba de latirte el corazón. En el reverso de la esfera había una indicación misteriosa: Automatic Incabloc. Pero lo más asombroso de todo era el rectángulo diminuto recortado en la superficie de la esfera en el que aparecía la fecha del mes. El cambio se producía con un breve chasquido a las doce en punto de la noche, como las transformaciones de los cuentos. En cuanto la aguja de la hora y la del minutero coincidían en su posición vertical, el número visible en la esfera empezaba a moverse y de pronto cambiaba con ese chasquido de puntualidad y precisión. La primera noche todos nos quedamos alerta alrededor de la mesa camilla, esperando a que se produjera el cambio, en un silencio religioso. Mi corazón latía más rápido que el tic-tac del reloj en mi muñeca. Parecía que tardaba en llegar, pero lo inesperado sucedía, justo a medianoche, ni un segundo antes ni después. Lo mejor de todo era acostarse y poner el reloj entre la oreja y la almohada para escuchar con más exactitud su mecanismo. En la habitación a oscuras, con la ventana abierta a los tejados y a la noche azul marino del verano, yo escuchaba ese tiempo tan rápido y seguro que ya parecía el de otra vida futura, más adulta, no campesina ni infantil, la vida de alguien que sabe adelantar con desenvoltura la muñeca en medio de la calle para consultar la hora, para que el sol relumbre en la esfera dorada, indicándole la urgencia de sus obligaciones. El día de San Antonio de mis quince años mi padre me regaló una máquina de escribir.
36
El comienzo de la primavera parecía otra de las cosas canceladas por el estado de alarma. El 21 de marzo había un gris invariable en el cielo y caía una llovizna intermitente y helada. El contagio y la mortandad seguían acelerándose. Había algo malsano y también superfluo en estar a cada momento pendientes de las noticias: los boletines horarios en la radio, el telediario, las páginas web de los periódicos. Todas las noticias eran malas. Todas eran peores al cabo de una hora, en el siguiente informativo. El aire fantasmal de la calle se transmitía al interior de la casa, y al estado de ánimo, a las sensaciones más íntimas, a las palabras conversadas. Hablábamos mucho entre nosotros sin levantar la voz. En el aislamiento y el silencio, en el tiempo sin obligaciones exteriores, las conversaciones duraban más y llegaban más hondo. Seguíamos viviendo con la secreta certeza irracional de que es siempre a otros a quienes les suceden las cosas peores.
Cada noche, a las ocho en punto, los aplausos estallaban en la calle como una copiosa lluvia súbita, que arreciaba durante varios minutos y luego menguaba despacio, y cesaba, y volvía el silencio, las aceras oscuras y desiertas bajo nuestros balcones, las ramas de las acacias invernalmente desnudas. Madrid deshabitada a medianoche era una maqueta a tamaño natural de Madrid. Por la calle no había nadie salvo algún que otro solitario con un perro, y en las ventanas iluminadas la vida era invisible.
Se quedó quieto y en silencio el mundo que no paraba nunca.
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27 de marzo. Hoy me he despertado sintiendo mucho miedo. De madrugada empecé a gritar por una pesadilla de la que ahora no me acuerdo. Elvira, como otras veces, me rescató hablándome para que despertara. Ya no pudo volver a dormirse. He pensado que la vida anterior no va a volver, y que este confinamiento no es un paréntesis, sino el umbral hacia algo que será desconocido. No volveremos con más o menos ajustes a lo que antes existía. Cuando regresemos al mundo ya no encontraremos intacto y esperándonos lo que dejamos atrás. Los desplazados por una invasión o una catástrofe no encuentran al volver su casa tal como la dejaron. Han presenciado cosas que modifican por completo el modo en que ahora ven el mundo. Han aprendido, los supervivientes, o han quedado trastornados, y ya no saben comprender la nueva realidad, ni adaptarse a ella.
La línea oficial de consuelo es que resistiremos bien a esto y saldremos fortalecidos. Yo tengo cada día más dudas. El daño al tejido económico y social va a ser inmenso, porque todo era ya más frágil de lo que parecía. ¿De qué hemos vivido nosotros? De lo más volátil, lo más inestable, el turismo de masas, el consumo, los servicios, bares y restaurantes, fiestas y puentes, desplazamientos multitudinarios en coche para semanas santas y ferias. Yo miraba a veces esa calle de restaurantes pijos y tiendas caras de Madrid, Jorge Juan, y me preguntaba cómo se sostenía todo eso, de dónde salía la prosperidad necesaria para pagar esas comidas tan caras, los platos tan rebuscados de todos esos restaurantes, la decoración lujosa, los relojes magníficos en las muñecas con gemelos dorados, los deportivos y todoterrenos aparcados ilegalmente junto a las aceras.
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Jorgito, el hijo de nuestros sobrinos Jorge y Patricia, cumplió tres años en una de aquellas primeras semanas espectrales del confinamiento. Patricia nos contó por teléfono que estaba pálido y tenía ratos de silencio y tristeza. Jorgito es un niño muy activo al que le gusta estar siempre corriendo y que disfruta mucho en la guardería y en el parque. Antes de saber andar reptaba velozmente por el suelo con una técnica como de soldado en acción de comando, propulsándose alternativamente con los codos y las rodillas, la cabeza erguida, el chupete en la boca. Desaparecía por debajo de las mesas y detrás de los sofás. Es un niño alegre, expansivo, atolondrado, sociable, con una sonrisa muy dulce. Nació con don de gentes. Nos dijo Patricia que jugaba a llamar a sus amigos de la guardería con un telefonillo de juguete. Un día fingió que llamaba a una niña y se dio a conocer con mucha formalidad: «Soy Jorge Ortega». De pronto el niño que hasta entonces solo había tenido nombre propio y en diminutivo se identificaba por primera vez con su nombre y su apellido. Estaba saliendo del cogollo íntimo de la familia para tener un esbozo de vida social. Colgó su telefonillo de plástico y se quedó callado, con un aire precoz de ensimismamiento, de nostalgia.
39
El cumpleaños era un hecho individual. Señalaba el avance en línea recta del tiempo. El día del santo pertenecía a un tiempo no lineal, sino circular, como el del tránsito de las estaciones, los trabajos y los dones del campo, con los que tantas veces estaba asociado. No era la fecha numérica, sino el santo del día, lo que a ellos les ayudaba a situarse en el tiempo. Las primeras brevas maduraban en las higueras con los calores de San Juan. Las uvas apuntaban entre Santiago y Santa Ana y se vendimiaban para San Miguel. El cumpleaños no se repetía igual, porque cada año lo hacía a uno más viejo el tiempo sin vuelta. El día del santo volvía como las golondrinas a principios de mayo, o como la matanza del cerdo por San Martín, en noviembre, o la cosecha de aceituna con los primeros fríos de diciembre. Mi nombre no era solo mío, ni mis padres lo habían escogido libremente para mí. Había un protocolo riguroso en la transmisión de los nombres según los hijos iban naciendo. A nadie se le hubiera ocurrido que el nombre de un hijo fuera una elección personal. Elecciones personales había muy pocas. Yo tenía que llamarme Antonio porque al primer hijo varón le correspondía heredar el nombre del abuelo paterno. Si a mis padres les hubiera nacido otro varón después de mí se habría llamado Manuel. A mi hermana, por ser niña, le tocaba llamarse como la abuela paterna. Otra niña que hubiera nacido se habría llamado Leonor. Que no se respetara esa sucesión era inimaginable. Si ocurría, desataba uno de aquellos agravios sordos que se prolongaban durante toda la vida.
Habían pasado bastantes años de la muerte de mi padre. Mi hijo mayor era abogado, y estaba a punto de ser padre también, cuando mi madre me dijo como al azar, hablando por teléfono, algo que no me había contado nunca antes, y que yo no habría imaginado. «Hay que ver cómo se enfadó tu padre cuando tuvisteis el primer hijo y le pusisteis tu nombre, y no el suyo, con la ilusión que le hacía.» Entonces me dolió esa herida lejana que yo había provocado sin darme cuenta, sin pensar siquiera en que a mi padre hubiera podido importarle que su primer nieto varón no se llamara como él. Y me entristecí todavía más por haberlo sabido tantos años después.
40
Hoy es el día en el que uno se da cuenta de hasta qué punto era y es monstruosa la normalidad que todo el mundo tenía tanta prisa por recuperar. El tráfico vuelve a invadir sin resquicios la ciudad en la mañana del primer lunes después del estado de alarma. El calor extremo de finales de junio reverbera en las chapas de los coches y espesa más todavía el humo de la gasolina. Nada más salir a la calle con la bici me he dado cuenta del error. Subo pedaleando por Jorge Juan al costado de la Biblioteca Nacional y me pasan al lado a una velocidad de autopista los coches que han venido de Génova y atravesado la plaza de Colón. En el semáforo de Serrano me paro en el carril del centro, que tiene una flecha en línea recta. Pero cuando intento continuar Jorge Juan arriba el coche que tengo a mi izquierda arranca muy fuerte y hace un giro prohibido hacia la derecha, cortándome el paso. Ha estado a punto de derribarme. Los coches que aceleraban por detrás me habrían arrollado. Tengo reflejos y mantengo el equilibrio, aunque he de apoyar los pies en el suelo un momento. Oigo pitidos y frenazos. Estoy parado en medio de la calle Serrano. Alguien me insulta y acelera muy cerca. Logro ponerme en marcha y seguir por Jorge Juan, pero el peligro continúa, porque el carril derecho está interrumpido cada pocos metros por coches aparcados en doble fila: coches lujosos en correspondencia con los restaurantes de la zona. Para eludirlos he de desplazarme al carril izquierdo, por el que los coches suben muy rápido. Es la brutalidad del tráfico en Madrid, la agresividad constante de los conductores, que se excita más todavía frente a los ciclistas. Mi sueño socialdemócrata de una ciudad caminada, respirable y hospitalaria para las bicicletas no tiene mucho porvenir en esta donde vivo. Creo que los irritamos todavía más porque nos ven tan vulnerables.