Walter Benjamin
Prólogo
De entre aquellos que hubieran podido conservar recuerdos de alguna exactitud e intimidad acerca de Walter Benjamin, son ya muy pocos los que aún viven. Benjamin mantuvo con muchos hombres un trato superficial, pero solo a unos cuantos les entreabrió y permitió atisbar el interior de su persona. Es ciertamente lamentable que quienes fueron sus allegados apenas hayan dejado constancia de su memoria. Seis meses después de la muerte de Benjamin me esforcé en estimular a Dora, su esposa, que fue quien tuvo a lo largo de quince años la mejor oportunidad de conocerlo, a escribir lo que sabía y podía atestiguar acerca de su vida y de su auténtica personalidad; pero no obtuve, por desgracia, el menor éxito. Por el contrario, Asia Lacis, quien mantuvo con él una estrecha amistad durante los años veinte, sobre todo entre 1924 y 1930, sí ha publicado algunos recuerdos sobre Benjamin en su libro Revolutionär im Beruf (1971). En la medida en que yo he podido verificarlos, no se distinguen precisamente por su fidelidad, tanto en lo que se refiere a su contenido como al aspecto cronológico. A la autora, que pasó muchos años en los campos de concentración de Stalin y ya no poseía, por esta razón, ningún documento, se le han distorsionado un tanto algunos recuerdos en la memoria.
Lo que estoy personalmente en condiciones de ofrecer aquí es la historia de nuestra amistad y mi testimonio sobre el hombre Walter Benjamin, tal como yo lo he conocido. La propia naturaleza del asunto exige que en algún que otro lugar, particularmente al comienzo y, en general, a propósito de algunas cartas y diversos apuntes míos, tenga que hablar también de mí mismo en tanto ello se haga necesario para la comprensión de nuestra amistad.
Quien se decide a escribir sus recuerdos, y sobre todo quien lo hace a propósito de un amigo muerto treinta y cinco años antes, ha de tener bien presente lo sucedido a nuestra generación con las Conversaciones con Kafka, de Gustav Janouch, cuya autenticidad enormemente dudosa no impidió que fuesen devoradas por un mundo ávido, sin el menor espíritu crítico, al ser publicadas (¿o fabricadas?), tras la Segunda Guerra Mundial, cuando ya Kafka había alcanzado celebridad universal, sin que el autor ofreciese, por cierto, una fehaciente explicación de tan considerable demora. Hay que aprestarse igualmente a afrontar la cuestión —y ello sobre todo en un caso como el de Walter Benjamin, particularmente surcado por la polémica— de con qué derecho el autor refiere, describe e interpreta unos hechos que no siempre van acompañados del apoyo seguro de pruebas objetivas. Con todo, gran parte de lo que aquí se relata está basado en anotaciones extraídas de diarios personales, de diferentes apuntes y numerosas cartas que han sido incluso directamente utilizadas, o aprovechadas como instancias de verificación. En cuanto a lo demás, sin embargo, la naturaleza misma de las cosas no permite al autor solicitar otra credencial que la de su —ha de creerlo así— probada fidelidad e integridad personales. A quien le discuta esas cualidades nada le dirán estas memorias, aun cuando reposen en una muy estrecha relación que se prolongó durante largos años —o acaso justamente por ello —, de modo que por este solo hecho entrañan, como ahora gusta decir, un «prejuicio», del cual se hallarían por completo exentos, como es notorio, los jóvenes que se lanzan, eufóricos y desenvueltos, a toda clase de interpretaciones.
Las cartas de Benjamin dirigidas a mí y publicadas en la edición de su correspondencia —Briefe (1966)— contienen algunos momentos esenciales de nuestra relación. Muchos de ellos se encuentran, en los apuntes que siguen, tratados con mayor amplitud; pero igualmente serán referidos otros tantos aspectos que allí no se mencionaban, o apenas alusivamente. En bastantes pasajes he reproducido asimismo, en parte o en su integridad, algunas cartas inéditas, tanto de Benjamin como dirigidas a él, relacionadas con el tema de la narración. Salvo algunas pocas excepciones, inevitables en este contexto, las citas de las cartas aducidas proceden, por tanto, de la correspondencia no publicada. De las aproximadamente trescientas cartas que Benjamin me dirigió no se han incluido en la citada colección, enteramente o en extracto, sino unas ciento treinta. En las ahora presentadas de nuevo he respetado la ortografía y la puntuación originales, en particular en lo que se refiere a su muy personal manera de hacer uso de las comas.
En consecuencia, el presente libro habrá de resultar enormemente útil de cara a la eventual redacción de una biografía de Benjamin, empresa esta que, en el estado actual de las cosas, resulta imposible.
A lo largo de los ocho años de relación personal durante los cuales tuvimos la oportunidad de frecuentarnos, mantuvimos, como es natural, numerosas conversaciones cuyo contenido se ha borrado de mi memoria; pero muchas cosas, pese a todo, han quedado profundamente grabadas en ella, ya fuese debido al carácter especialmente significativo del tema, o bien a causa de apreciaciones o formulaciones particulares. Así, la imagen que aquí se ofrece de Benjamin es, sin duda, una imagen muy personal, determinada por las experiencias y opciones de mi propia vida, pero es todavía, así confío, una imagen auténtica.
Jerusalén, febrero de 1975