Walter Benjamin
Los primeros contactos (1915)
Antes de llegar a conocerle personalmente, pude ver a Benjamin por vez primera un día de otoño de 1913, durante la celebración de una reunión que tenía lugar en una sala del café Tiergarten, en Berlín, entre el grupo de jóvenes sionistas al que yo pertenecía, que bajo el nombre de «Jung-Juda» hacía proselitismo entre los alumnos de las clases superiores de los «Gimnasios» berlineses y otras instituciones afines, y, de otro lado, el grupo de la «Jugendbewegung», inspirado por Gustav Wyneken y vinculado al «Sprechsaal der Jugend», que actuaba en los mismos círculos. De hecho, este club de debates se hallaba igualmente integrado —cosa que ha sido, por lo que yo sé, una y otra vez silenciada en la literatura que posteriormente se ha publicado al respecto— por jóvenes que en su mayor parte eran asimismo judíos, si bien es cierto que lo eran a su modo, sin apenas ejercer como tales o no practicando en absoluto su judaísmo. Se hallaban reunidas cerca de ochenta personas con el propósito de debatir su relación con la herencia tanto judía como alemana. Hablaron, por cada lado, dos o tres oradores. De entre los seguidores de Wyneken, el principal orador, acerca del cual se rumoreaba que se trataba de la cabeza mejor dotada, era Walter Benjamin. Desarrolló un discurso bastante tortuoso que, sin rechazar de antemano el sionismo, parecía inclinarse a dejarlo de lado. No puedo ya recordar cuáles fueron el tenor y los detalles particulares de su disertación; lo que me sería imposible olvidar, por el contrario, es su manera de actuar ante el público: sin mirar a los allí presentes, hablaba con gran intensidad y contenida expresión hacia un rincón en lo alto de la sala, en el que mantenía su mirada permanentemente fija. Por lo demás, no recuerdo tampoco qué fue lo que los sionistas le replicaron.
En el «Sprechsaal» se congregaban escolares y estudiantes que, particularmente decepcionados por la enseñanza académica «superior», aspiraban sobre todo a una transformación espiritual más profunda. Uno de mis condiscípulos, Georg Strauss, quien más tarde se convertiría al sionismo, se esforzó en vano, durante la primavera de 1914, en animarse a ingresar en este grupo.
Cuando se considera la amarga aversión que Benjamin sentía respecto a su escuela, tal como se pone de manifiesto en la Berliner Chronik, resulta sorprendente enterarse de que la «Kaiser Friedrich-Schule» de Berlín era, según me han contado algunos de sus compañeros de clase, una institución declaradamente reformista. Se trataba de una combinación de «Gimnasio» clásico y escuela moderna, donde se enseñaba el francés a partir del sexto grado, el latín a partir del tercero y el griego a partir del segundo, y no por cierto mediante manuales de gramática, sino directamente sobre el texto de la Ilíada. El director de la escuela, el profesor Zernickel, era un reformador pedagógico. Entre los condiscípulos de Benjamin se hallaban, entre otros, Ernst Schoen, Alfred Cohn, Herbert Blumenthal (más tarde Belmore), Franz Sachs, Fritz Strauss, Alfred Steinfeld y Willy Wolfradt, que después se haría crítico de arte, quienes formaban un círculo que se reunía con regularidad para leer y discutir sobre literatura. Fritz Strauss me ha contado que este grupo consideraba a Benjamin como su guía espiritual: su superioridad intelectual era, en efecto, reconocida por todos.
En el «Sprechsaal» no solo se defendía la idea de una reforma radical de la escuela, sino que se luchaba también por una cultura autónoma de la juventud, cuyo texto clásico era la Jugendkultur de Gustav Wyneken, recientemente aparecida por aquel entonces. Tales ideas eran proclamadas con enfático pathos en la revista Der Anfang, editada por Georg Barbizon (seudónimo de Georg Gretor) y Siegfried Bernfeld. Pero nadie ignoraba que los artículos más significativos eran los debidos a estudiantes como Benjamin, quien a la sazón escribía bajo el seudónimo de «Ardor». Los sionistas, que poseían una viva conciencia histórica, apenas podían hacer nada contra la radical ahistoricidad preconizada por Der Anfang. El carácter predominantemente social y político de los afines movimientos revolucionarios de la juventud de nuestros días estaba, en efecto, por completo ausente en los grupos congregados en torno a Der Anfang, a los que su mera «juventud» parecía ya garantía suficiente en orden a un renacimiento creativo.
Yo ignoraba entonces que Benjamin había mantenido, durante los años 1912 y 1913, abundantes e intensas discusiones, tanto directamente como por correspondencia, acerca del sionismo; de entre ellas, han terminado por perderse las contenidas en sus cartas a Kurt Tuchter, pero no las que sostuvo con Ludwig Strauss en 1913, que se han conservado. Strauss era compañero de clase de Fritz Heinle, y desempeñó un papel central en la vida de Benjamin durante los quince meses que van desde abril de 1913, cuando llegó a Friburgo procedente de Gotinga, hasta el estallido de la guerra en 1914. Strauss y Heinle eran ambos originarios de Aachen, los dos poetas, y a lo largo de sus estudios se mantuvieron en contacto, estrecho a veces, con la Asociación de Estudiantes Libres.
Cuando conocí a Benjamin, todo eso pertenecía ya al pasado. La Primera Guerra Mundial acababa de estallar y la «Jugendbewegung» se había dispersado. Era mi primer trimestre en la universidad, donde estudiaba filosofía y matemáticas, mientras por mi cuenta, pero con no menor intensidad, me consagraba al hebreo y a las fuentes de la literatura judía. A finales de junio de 1915 asistí a una conferencia de Kurt Hiller, del cual había leído su Die Weisheit der Langeweile. En pos, se diría, de las huellas de Nietzsche, el libro presentaba una vehemente denuncia de la historia como fuerza enemiga del espíritu y de la vida, tesis que a mí me parecía por completo errónea e insuficiente. ¿La historia?: ¡un sinsentido! Podemos vivir sin ella; ¿qué nos va a nosotros en ese chisme milenario? ¡Vivimos con la generación que ha nacido con nosotros! Así resumí entonces en mi diario lo más sustancial de la conferencia. A su término se anunció públicamente la celebración de un debate sobre la misma, que tendría lugar una semana más tarde en la sede de la Asociación de Estudiantes Libres, en Charlottenburg. Allí acudí, y tomé la palabra entre otros muchos participantes en la discusión; clamé, en una bastante desmañada intervención, contra la concepción de la historia de Hiller, cosa que me valió, sin embargo, la antipatía del presidente de la sesión, el doctor Rudolf Kayser, amigo de Hiller, que me retiró sin más la palabra en cuanto me detuve atascado unos instantes. También allí intervino Benjamin, quien de nuevo me sorprendió por su manera de hablar anteriormente descrita. Esta actitud se debía probablemente a su pronunciada miopía, que le hacía difícil percibir las reacciones del auditorio.
Algunos días más tarde, al entrar en la sala de catálogos de la biblioteca de la universidad, me tropecé de frente con Benjamin, que me observaba intensamente como tratando de recordar quién era yo. Luego salió, pero al poco tiempo volvió a entrar, hizo una ceremoniosa inclinación y me preguntó si era yo el que había intervenido la tarde del debate sobre Hiller. Asentí. Me dijo entonces que desearía hablar conmigo acerca de lo que había defendido, y me pidió mi dirección. El día 19 de julio recibí una invitación: «Estimado señor, le ruego tenga a bien visitarme el jueves próximo hacia las cinco y media». Más tarde, sin embargo, me telefoneó para adelantar un día la cita.
Así pues, le visité por vez primera el día 21 de julio de 1915. La casa, que pertenecía a sus padres, se hallaba en Grünewald, Delbrückstraße 23, esquina Jagowstraße (hoy Richard-Strauss-Strasse). Disponía allí de una gran habitación llena de libros, que me produjo la impresión de una celda para el retiro del filósofo. De inmediato se situó in media res. Se declaró enormemente interesado por la esencia del proceso histórico y me confió haber estado reflexionando acerca de los problemas de la filosofía de la historia. Tal era la razón por la que mi intervención le había interesado tanto, de modo que me pidió que le explicase lo que había querido decir en mi argumentación contra Hiller. Así entramos rápidamente a discutir los temas de los que por entonces me ocupaba especialmente, a saber, el socialismo y el sionismo. En aquella época hacía ya cuatro años que yo había optado por el sionismo, al que me había empujado la conciencia del autoengaño en que vivía mi círculo familiar y el ambiente que lo rodeaba, así como la lectura de algunas obras sobre la historia del pueblo judío, sobre todo la Geschichte der Juden, de Heinrich Grätz. Con el estallido de la guerra, a la que desde el primer momento opuse mi más completo rechazo, de manera que no me sentí en absoluto afectado por aquella ola de entusiasmo que a tan amplios círculos alcanzó, me encontré imprevisiblemente en la misma tesitura política que mi hermano Werner, algo mayor que yo, quien se había incorporado al partido socialdemócrata, pero que se hallaba entre la compacta minoría contraria a la guerra. Mucho leí entonces sobre socialismo, materialismo histórico y, sobre todo, acerca del anarquismo, hacia el que se dirigían mis mayores simpatías. La biografía de Bakunin, de Nettlau, y los escritos de Kropotkin y de Elisée Reclus habían dejado en mí una huella profunda, a la que cabe añadir la lectura, en 1915, de los escritos de Gustav Landauer, principalmente su Aufruf zum Sozialismus. Yo intentaba unificar ambos caminos, socialismo y sionismo, y así se lo dije a Benjamin, quien concedió que, en efecto, se trataba de dos vías practicables. Por supuesto, yo estaba igualmente influenciado, como todo sionista, por Martin Buber, cuyos Drei Reden über das Judentum (1911) desempeñaron un importante papel en el universo espiritual de la juventud sionista, cosa que hoy, sesenta años después, apenas soy capaz de comprender. Benjamin manifestaba ya entonces, desde nuestra primera conversación, fuertes reservas contra Buber, que hallaron en mí tanta resonancia cuanta indignación me había producido la positiva toma de postura de Buber y sus principales acólitos respecto de la guerra (lo que llamaban la «vivencia» de la guerra). De tal modo, Benjamin y yo nos vimos hablando muy pronto, inevitablemente, de nuestra posición ante el conflicto; a este propósito, le expliqué mi acuerdo con la postura de Karl Liebknecht, quien desde finales de 1914 había votado en el Reichstag contra la aprobación de los créditos bélicos. Al decirme Benjamin que también él compartía plenamente este punto de vista, le relaté mi historia personal. En efecto, yo había firmado en febrero de 1915, junto con un grupo de camaradas simpatizantes de la «Jung-Juda», una carta de protesta contra ciertos artículos entusiastas de la guerra aparecidos en la Jüdische Rundschau, órgano de los sionistas alemanes, en la que precisábamos nuestra actitud antibelicista, sin que existiera, naturalmente, ni la menor posibilidad de que, bajo la imposición de la censura militar, lograse tal postura salir a la luz pública. La carta fue difundida, sin embargo, en un escrito que circuló entre algunos compañeros de clase, que acabaron denunciándome, a causa de lo cual tuve que abandonar el «Realgymnasium» de Luisenstadt un año antes de terminar el bachillerato. De hecho, si pude entonces matricularme en la universidad, ello se debió a la llamada «matrícula reducida», en virtud de la cual se permitía a los jóvenes poseedores del primer nivel («Prima-Reife») inscribirse plenamente durante cuatro semestres. Era este un privilegio creado sobre todo en favor de los hijos de los aristócratas y de los grandes propietarios prusianos, desconocido por mucha gente, del que tuve casualmente noticia tras mi expulsión y que me permitió proseguir mis estudios. Desde comienzos de 1915 había asistido también, con mi hermano, a las reuniones que los socialdemócratas hostiles a la guerra mantenían, sin permiso de la policía, en un restaurante de Neukölln; reuniones donde cada catorce días, por lo que recuerdo, los más importantes dirigentes de la oposición informaban acerca de la situación interior del Estado. Benjamin quedó extraordinariamente impresionado por mis confidencias, cuyo relato le interesó sobremanera. También él deseaba colaborar de algún modo con la oposición. Le invité a mi casa al día siguiente, donde le daría a leer los escritos publicados por aquel grupo, entre los cuales sobresalía, en particular, el primer y único número de la revista editada por Rosa Luxemburg y August Thalheimer, Die Internationale, en cuya difusión clandestina habíamos participado mi hermano y yo. Nuestra primera conversación se prolongó durante más de tres horas.
El primer rasgo de Benjamin que me llamó la atención, una peculiaridad que, en efecto, habría de caracterizarle a lo largo de toda su vida, era que durante la conversación jamás permanecía tranquilamente sentado, sino que enseguida comenzaba a pasearse por la habitación mientras formulaba sus frases, deteniéndose de pronto ante su interlocutor para, con una entonación singularmente intensa, manifestar su punto de vista o sugerir otras posibles posturas, por así decir, a título experimental. Fijaba entonces su mirada, los ojos muy abiertos, sobre el interlocutor, si se encontraba a solas con él; por el contrario, como ya he dicho, cuando hablaba ante un público más amplio, solía concentrar su mirada en el más extremo rincón del techo, lo que le confería un aspecto casi mágico. Esta rigidez de la mirada contrastaba fuertemente con la vivacidad de sus gestos.
Me acabo de referir a su aspecto. Benjamin no era eso que se pudiera llamar un hombre guapo, pero resultaba impresionante a causa de su frente extraordinariamente alta y plana, sobre la cual emergían unos cabellos densos y abundantes, de color castaño oscuro, ligeramente ondulados y difíciles de disciplinar, tal como se mantuvieron, progresivamente virados hacia el gris, hasta el último momento. El tono de su voz era hermoso, melódico y penetrante. Producía una fuerte impresión, cuando leía en voz alta, con su reposada y bien articulada dicción. Era de mediana estatura, muy delgado, tanto en aquella época como todavía muchos años después; vestía de un modo acentuadamente poco llamativo y se mantenía de ordinario ligeramente inclinado hacia delante. No creo haberle visto jamás erguido con la cabeza recta. Su modo de andar poseía una peculiaridad inconfundible: era lento y algo envarado, como tanteando cada paso, cosa que cabe atribuir tal vez a su miopía. No le gustaba andar deprisa, de modo que para mí, que era mucho más alto que él y daba grandes y rápidas zancadas con mis largas piernas, me resultaba difícil caminar a su lado asustándome a su paso. Muy a menudo se detenía mientras continuaba hablando. Resultaba fácil reconocerle de espaldas; y esta particularidad de su manera de andar habría de acentuarse con el transcurso de los años. Bajo la frente destacaban sus gafas, de gruesos cristales, que se quitaba con frecuencia mientras hablaba, descubriendo así sus impresionantes ojos azul oscuro. Su nariz era regular; la parte inferior de su rostro era todavía, en aquel entonces, moderadamente tierna; su boca, carnosa y sensible. En su aún incompleta conformación, la mitad inferior de su rostro contrastaba con la mitad superior, ya desarrollada, severa y llena de expresión. Su rostro cobraba, apenas hablaba, una expresión curiosamente cerrada, o más bien como vuelta hacia adentro. Nunca dejó de lucir un bigote bastante espeso, pero el resto de la cara lo llevaba siempre escrupulosamente afeitado. La piel de su cuerpo era de una acentuada blancura; la del rostro, sin embargo, tendía a enrojecer ligeramente. Las manos delgadas, bellas y muy expresivas. El aspecto general de su fisonomía tenía todo el aire judío, pero de un modo discreto, diríase que accesorio. Las mejores fotos que de él existen son las de Germaine Krull (1926) y las tomadas unos diez años más tarde por Gisèle Freund, todas ellas en París.
Sus maneras fueron, desde el primer momento, de una extremada cortesía, que establecía una distancia natural al tiempo que parecía solicitar del otro su análogo comportamiento. Esto resultaba, en mi caso, particularmente difícil, puesto que no me sentía en absoluto inclinado espontáneamente a la urbanidad, e incluso llegué a ganarme una cierta mala reputación a causa de mis provocativos modales juveniles. Benjamin, carente por completo de esa rudeza en el trato y esa fría indiferencia, tan berlinesas, que había yo tenido sobrada ocasión de experimentar en mis relaciones con los amigos de mi juventud, fue acaso la única persona ante la cual he guardado casi siempre las formas. Por cierto que había un punto en el que me podía resarcir de mi desventaja con él: Benjamin, cuando hablaba, utilizaba un lenguaje selecto pero con naturalidad, sin ostentación, salpicado de vez en cuando, sin insistencia y en un tono más bien imitativo, de expresiones en dialecto berlinés, en el que no se hallaba, empero, demasiado cómodo. Había nacido y crecido en los viejos barrios del oeste, donde el berlinés se encontraba ya en estado de deterioro, en tanto que yo, por mi parte, provenía del Viejo Berlín y me resultaban mucho más naturales el dialecto y las costumbres de Friedrichsgracht y del Märkisches Viertel. Así pues, cuando la conversación no trataba de filosofía o teología, yo me complacía en mostrar mi superioridad hablándole en puro dialecto berlinés, cosa que acogía, de manera sorprendente, divertido y lleno de interés. En cuanto a lo que al alemán literario se refiere, era él, decididamente, quien me superaba. Con el paso de los años, su forma de hablar habría de dejar en mí una profunda huella, hasta el punto de que terminé por adoptar alguno de sus manierismos, como, por ejemplo, la enfática posición del «sich» en los verbos reflexivos. La suprema expresión de reconocimiento era en aquel tiempo la palabra «extraordinario», que Benjamin pronunciaba siempre con una particular entonación de la voz. Entre los términos críticos que utilizaba con mayor frecuencia se hallaba el de «mendacidad objetiva». En aquel entonces no empleaba jamás expresiones judías, cosa que no empezó a hacer sino algo más tarde, bajo mi influencia y la de Dora. Debo confesar, para mi vergüenza, que me dejé inducir a la supresión de una de tales expresiones en un pasaje de una de sus cartas, y a sustituirla por puntos suspensivos (Briefe, I, p. 381).
Cuando conocí a Benjamin, él acababa de cumplir los veintitrés años, en tanto que yo, por mi parte, contaba diecisiete y medio. Su «perfil» estaba, pues, naturalmente, más formado que el mío, si bien yo me había decantado ya por una línea definida, al tiempo que él había abandonado la suya tras el fracaso de la «Jugendbewegung», que tanto había significado para él, y aún no había adoptado ninguna otra. Todavía no teníamos claro nuestro futuro. Nuestro trasfondo social, pese a todas sus características comunes, era muy diferente. Él provenía de una familia de la gran burguesía, incluso bastante rica en cierta época; en cuanto a mí, yo procedía de la pequeña burguesía judía, entonces en plena ascensión, en ningún caso opulenta, pero sí acomodada. Nuestra trayectoria vital era, sin que llegásemos tal vez a percatarnos plenamente de ello, poco menos que dramáticamente diferente. Que los hijos de las familias asimiladas se consagrasen al movimiento de los Estudiantes Libres o a la «Jugendbewegung», o que abrigasen ambiciones literarias, era algo que sucedía a diario. Pero que un joven judío, pese a no pertenecer a una familia ortodoxa, se entregase con pasión al estudio del Talmud y profundizase en el camino de la esencia judía y su desarrollo histórico, eso era, incluso entre los no pocos sionistas que en aquella época había, algo bastante inhabitual. En los días en que Benjamin se dedicaba a la «Jugendbewegung», yo había comenzado ya tales estudios. La semana en que le visité por vez primera había decidido, junto a mi antiguo amigo Erich Brauer, a la sazón dibujante, editar una revista, Die blauweisse Brille (de la que llegaron a aparecer tres números), que debía representar la oposición de la juventud sionista radical a la guerra y situarse frente a los círculos sionistas que se habían dejado persuadir por la psicosis belicista. Benjamin me había entregado el día de mi visita los nueve primeros números de Der Anfang, que yo volví a leer con atención — había hojeado alguno en casa de un compañero de clase—, sin que me llegaran a impresionar. Ni siquiera los artículos del propio Benjamin de esa época me parecieron significativos.
Pocos días después, entrada la tarde, fue Benjamin quien me visitó, y mantuvimos una larga charla en la que nos aproximamos considerablemente. Le planteé mis objeciones contra Der Anfang, y me confesó que ya había dejado atrás ese mundo, que se había venido abajo con el desencadenamiento de la guerra, tanto más cuanto que su figura más importante, su amigo Heinle —al que más tarde llamaría siempre, sencillamente, «mi amigo»—, se había quitado la vida en compañía de su amante pocos días después del estallido bélico. Le hablé de los dos grupos de oposición que por entonces me interesaban, la «Jung-Juda» sionista y la extrema izquierda socialdemócrata. Me propuso asistir a una de las reuniones de la «Jung-Juda», el día en que yo hubiese de tomar la palabra. Se declaró muy interesado por los asuntos judíos, si bien reconoció no saber propiamente nada de todo ello. Pero yo tenía la sensación de que él no se iba a encontrar demasiado a gusto en ese ambiente y no respondí a su sugerencia. Por mi parte, ya era en aquel tiempo un fanático de los libros y poseía una considerable biblioteca, en la que Benjamin pudo hallar cosas que captaron su atención. En particular, se interesó por la monografía de Gustav Landauer, Die Revolution, que a la sazón me entusiasmaba. Le regalé un ejemplar del primer número de Die Internationale y le presté algunos fascículos de la revista editada por Julian Borchardt, Lichtstrahlen, en aquellos días único órgano no clandestino de la izquierda «zimmerwaldiana» de la Internacional Socialista, que sostenía una política resueltamente contraria a la guerra. Muy pronto nos pusimos a hablar largamente acerca de Kant, cuya Crítica de la razón pura estaba yo entonces leyendo con Max Dessoir. Benjamin declaró que debía confesar humildemente no haber pasado jamás de la «deducción trascendental», que no había comprendido. Hablamos sobre la teoría kantiana de los juicios sintéticos a priori, así como de la matemática de Henri Poincaré y de su crítica de aquella teoría, crítica que justamente me había impresionado mucho y cuyo planteamiento general —para mi sorpresa, dado que Benjamin no poseía grandes conocimientos matemáticos— le era también conocido, sin que, por lo demás, le hubiese parecido convincente. Me explicó, por su parte, la solución que había dado Schelling a este problema, de la que yo no tenía noticia alguna.
Más tarde le acompañé a una cita que tenía en Unter den Linden, y me estuvo contando cómo a finales de 1914 había conseguido librarse del servicio militar alegando temblores nerviosos. Así lo hice constar en mi diario, aunque sin consignar detalles, cosa que nunca hacía lógicamente a propósito de semejantes asuntos, como tampoco cuando se trataba de mis propias experiencias y relaciones con el estamento militar. No fue sino algo más tarde cuando me contó que en los primeros días de agosto de 1914 se había presentado voluntario en Berlín, junto a otros muchos camaradas de la «Jugendbewegung», y no por entusiasmo bélico, sino con la intención de afrontar cuanto antes la inevitable llamada de la patria, de manera que le fuese posible permanecer al lado de sus amigos y compañeros, tal como el propio Benjamin relataría luego en su Berliner Chronik. Finalmente, empero, fue rechazado, y muy pronto la muerte de Heinle habría de alterar por completo su situación. Cuando su quinta fue reclutada, cosa que debió de suceder hacia septiembre u octubre de 1914, alegó, tras haber ensayado previamente, una afección nerviosa. Gracias a ello fue provisionalmente dado de baja durante un año. Mucho después habría de divulgar entre sus conocidos una versión remozada y legendaria de este episodio, cuyo fondo de verdad me refirió entonces todavía sin distorsionar.
Fue por aquellas fechas cuando me presentó a su prometida, Grete Radt, a la que en el transcurso de nuestros siguientes encuentros se referiría a menudo como «mi mujer», cosa que me llamó poderosamente la atención. Llevaba, ya antes me había percatado de ello, un anillo de compromiso. Nos despedimos inmediatamente después de nuestra presentación, y no volví a ver jamás a Grete Radt en vida de Benjamin. Pero cincuenta años más tarde, en París, ella me contó la extraña manera en que había sido establecido este noviazgo, como consecuencia de un malentendido. En julio de 1915 se encontraba Benjamin con Grete Radt, con la que mantenía desde 1913 una estrecha amistad, pasando unos días en los Alpes bávaros. A finales de julio le remitió su padre un telegrama con una llamada de atención: «sapienti sat», probablemente para instarle a dirigirse hacia Suiza. Pero Benjamin entendió mal el mensaje y le comunicó formalmente que, en efecto, se había comprometido con Grete Radt.
Nos volvimos a encontrar diez días más tarde, y de nuevo durante varias horas. Había aparecido entonces el primer número de la revista editada por Ernst Joël, Der Aufbruch, que pronto fue prohibida a causa de su posición antibelicista. Joël fue expulsado de la universidad, vil proceder que provocó cierto escándalo. Benjamin me contó que Joël había sido uno de los líderes de la oposición cuando él mismo fue elegido presidente de la Asociación de Estudiantes Libres. Joël era el cabecilla del grupo que preconizaba una orientación hacia tareas sociopolíticas, en tanto que Benjamin no veía en ello sino una salida errada y, como confirma su artículo «Das Leben der Studenten» (basado en parte en su discurso de entrada como presidente), abogaba por una «renovación» procedente del ámbito espiritual. Benjamin contaba que había sido requerido por Joël como colaborador en su revista y había declinado la oferta, no sin explicar sus razones detalladamente. No me dijo, sin embargo, en qué consistían tales razones. El número contenía, entre otros, artículos de Gustav Landauer y de Kurt Hiller, cuya desigual naturaleza no los hacía fácilmente compatibles, pero que aparecían reunidos, no obstante, en una revista que a nosotros nos parecía atacada de tisis galopante y, pese a su oposición a la guerra, carente de una orientación precisa. Benjamin hizo un brillante análisis del artículo de Landauer, que yo defendía hasta cierto punto. Al contrario que en el caso de Aufbruch, Benjamin ensalzó mucho el número de Die Internationale, de la que le imponía en particular la rigurosa objetividad de los artículos. Esto nos llevó a conversar acerca del socialismo, el marxismo y la filosofía de la historia, y nos preguntamos qué aspecto tendría una obra de tema histórico cuyo contenido estuviese realmente constituido por historia. Benjamin concedía que no era posible establecer leyes en la historia, pero se atenía no obstante a su propia definición, según la cual la historia sería el ámbito de «lo objetivo en el tiempo, un elemento objetivo reconocible». En ello veía la salida de cara a la posibilidad de una verificación científica de dicho elemento objetivo; sin embargo, confesaba que hasta el momento tampoco lo había conseguido, en tanto que yo me esforzaba más bien en demostrar la imposibilidad de tal empresa. Finalmente ambos terminamos diciéndonos: ya verá usted cómo al final acaba dándome la razón. Benjamin se mostraba crítico acerca de la concepción psicológica de la historia propugnada por Lamprecht, de la que yo le había hablado; ello fue pretexto para retornar de nuevo sobre Buber, al que objetaba su filosofía de la historia esquemáticamente psicologista, cosa que yo, que en aquella época concedía un gran valor al pensamiento de Buber, rechacé. En nada estimaba su Daniel (1913), en torno al cual, me contó, había mantenido una larga discusión con Buber en la Asociación de Estudiantes Libres. Este libro me había impresionado, pero mucho menos, sin duda, que su Epílogo a los Reden und Gleichnissen des Tschuang-Tse, un maravilloso libro que Benjamin no conocía y que prometí prestarle. Me contó que en ese preciso momento se estaba ocupando de unas traducciones de Baudelaire. En efecto, sobre su imponente escritorio junto al que nos sentamos por primera vez frente a frente, antes de que nos pusiéramos a argumentar paseando por la habitación, había un ejemplar de la edición de Rowohlt de Les fleurs du mal, aparecida en París en 1909 o 1910, un libro de una impresión particularmente hermosa, así como varios tomos de la edición de Hölderlin de Insel Verlag —no la publicada al cuidado de Norbert von Hellingrath en la editorial Georg Müller, que sería la única que más tarde utilizaría— y la Grafología de Crépieux-Jamin, prueba del vivo interés de Benjamin por esas cuestiones. Junto a todo esto, había numerosos cuadernos de notas de distintos formatos, uno de ellos llamativamente minúsculo.
Un viernes por la tarde, el día 15 de agosto, me invitó a una merienda familiar en la que me presentó a sus padres y a su hermana Dora, que en aquella época tenía unos quince o dieciséis años. Previamente me había advertido que sus relaciones con la familia no eran demasiado satisfactorias. A su hermano Georg, que más tarde habría de convertirse en un activo médico comunista, no me lo presentó sino en una oportunidad posterior. Por lo demás, nunca he intercambiado con él otra cosa que frases de formal cortesía. Me recitó cuatro poemas de las Fleurs du mal en su propia traducción y en la de George. En los cuatro casos tomé su versión por la de George, y respecto a dos de los poemas estaba seguro de que la de Benjamin era la mejor. Yo le hablé de mi traducción del Cantar de los Cantares, en cuya primera versión trabajaba por entonces. Él opinó que eso era notablemente más difícil y que su trabajo, en comparación, no pasaba de ser un entretenimiento. Así llegamos a hablar de la Biblia y me mostró la traducción realizada por Leopold Zunz hacia los años treinta del siglo pasado, cuyo estilo apreciaba mucho y que, según me dijo, solía leer con bastante frecuencia. Le revelé que antes de visitarle había estado asistiendo al oficio del viernes en la Antigua Sinagoga, cuyo ritos tradicionales y liturgia estrictamente ortodoxa me atraían fuertemente. Le comenté que había aprendido hebreo y que aún me ocupaba intensamente en ello. «¿Cuántas horas —preguntó— dedicaba usted por semana al estudio del hebreo?». Le contesté que, para que la cosa valiera la pena, eran precisas entre diez y quince horas. Le conté que un par de tardes por semana reservaba de dos a tres horas al estudio del Talmud, cosa que le interesó extraordinariamente. Quería saber qué era eso, de modo que me esforcé en explicarle lo que tanto me fascinaba en mis lecturas de las interminables discusiones talmúdicas. Yo formaba parte entonces de un círculo, compuesto por unas seis a ocho personas, en el que estudiábamos el tratado sobre la redacción de cartas de divorcio; así, le expliqué cuál era la estructura de una de tales discusiones haláquicas, donde los maestros de la doctrina abordaban su objeto desde todos los lados posibles, a menudo sobre la base de diferentes interpretaciones de un versículo de la Biblia. Para mi sorpresa, Benjamin dijo: «Entonces es casi como en Simmel». Yo apenas conocía en aquella época a Georg Simmel, quien, por lo demás, ya había dejado Berlín, y la observación de Benjamin me indujo a leer algunas de sus obras, que ni por asomo me agradaron tanto como el Talmud, pero que presentaban, en efecto, cierta afinidad remota con este. Hice a Benjamin una alabanza de mi maestro el doctor Isaac Bleichrode, un rabino muy piadoso, de vida modesta y en absoluto retiro, de una pequeña asociación de sinagogas privadas de nuestro distrito. Bisnieto de uno de los grandes talmudistas de Alemania, de comienzos del siglo XIX, este rabino sabía explicar portentosamente una página del Talmud, así como transmitir, en general, la tradición judía. Benjamin suspiró y dijo: «¡Ah, ojalá hubiera gente así en filosofía!». «Sin embargo —repuse yo—, usted ha estudiado con Rickert», considerado, a la sazón, como uno de los más agudos y brillantes de entre los profesores de filosofía. Benjamin me dijo que había quedado decepcionado de Rickert, que era muy perspicaz, en efecto, pero carente de profundidad. Luego pasó a mostrarme algunas costosas adquisiciones de su biblioteca: el Ugolino de Gerstenberg —un drama que ensalzó muchísimo y del que me prestaría una posterior edición— y la primera edición de las Odas de Klopstock, del que me recitó, con una hermosa entonación, el breve poema «A Cidli» («Cidli, du weinest, und ich schlummere sicher…»), que consideraba como uno de los mejores de la lengua alemana. Como consecuencia, me compré la edición Reclam de las Odas, que todavía hoy conservo en recuerdo de aquellas horas con Benjamin. En general le complacía mucho recitar poemas. Recuerdo haberle oído leer, aparte de Baudelaire, poemas de Píndaro, Hölderlin y Mörike. Más tarde, a lo largo de nuestras veladas en Suiza, me leería también los sonetos que había compuesto con ocasión de la muerte de Heinle; me dijo que pretendía escribir cincuenta sonetos de este género, a propósito de lo cual le hablé de las cincuenta puertas del conocimiento que, salvo la última, según se decía en el Talmud, se habrían abierto ante Moisés. Esto, curiosamente, agradó sobremanera a Benjamin.
En el transcurso de una de aquellas veladas, cuando una vez más nos encontrábamos hablando del Aufbruch de Joël, prohibido entretanto, Benjamin me mostró con la mayor indignación una tarjeta postal de Kurt Hiller, el «activista», que en la sección destinada a consignar el domicilio llevaba un post scriptum que todavía creo tener ante los ojos: «Acabo de enterarme de que Jöel se ha bautizado. ¿Tal vez usted se ha bautizado también? He descubierto que el bautismo y el espíritu sombrío van de la mano». «¡Y esto —me dijo Benjamin— en una postal abierta!». Le pregunté por qué entonces se relacionaba con un hombre tan desprovisto de tacto. Me contestó que conocía a Hiller desde hacía algunos años, de la época del Cabaret Neopatético (una de las células germinales del expresionismo), y lo valoraba como un hombre en el fondo muy honesto —una estimación que, por lo demás, no era de ningún modo correspondida por Hiller, a quien Benjamin le resultaba particularmente odioso, cosa que manifestó con violencia aún en 1944, cuando se enteró de la muerte de Benjamin, en una carta dirigida a Erwin Loewenson que obra en mi poder—. En la época en que mantuvimos esta conversación, Benjamin había accedido a publicar, en Das Ziel, una selección de textos que Hiller se hallaba entonces preparando, su artículo «Das Leben der Studenten». Cuando más tarde apareció el libro y yo, encantado de la abierta hostilidad a la guerra que allí transpiraba, escribí a Benjamin una relativamente entusiasta carta al respecto, mostrando, eso sí, mi extrañeza de que una llamada abierta a la revolución hubiese podido franquear la barrera de la censura, recibí una ducha fría. En una carta del 2 de marzo de 1916 me escribió: «A propósito de Das Ziel soy de una opinión por completo diferente de la suya: solo me parecen válidos mi propio artículo, el de Werfel, y ningún otro. Espero tener en Berlín la ocasión de exponerle mis razones». El artículo de Werfel, un tanto irónicamente titulado «Gespräch mit einem Staatsmann», apuntaba contra la filosofía política de Kurt Hiller, el activismo. Más tarde, Benjamin me explicó de viva voz su profunda aversión ante el racionalismo de la mayor parte de los artículos de Das Ziel, y en especial los de Hiller, Ludwig Rubiner —en aquel entonces un resuelto anarquista— y Alfred Wolfenstein. Discutimos, sin resultado, sobre el artículo de Heinrich Mann, «Geist und Tat», muy hermoso en mi opinión, pero que Benjamin rechazaba por razones incomprensibles para mí.
Benjamin abrigaba en aquella época la intención de pasar dos semanas en Bad Arendsee, donde me había prometido leer el Tschuang-Tse de Buber, que yo le había proporcionado. Este viaje, sin embargo, no lo habría de llevar a cabo sino algún tiempo después, entre el 8 y el 22 de septiembre de 1915, demorado por otros asuntos. A su vuelta le vi todavía tres veces antes de su partida hacia Munich, donde se proponía estudiar durante los siguientes semestres, y pudimos charlar largamente. El 1 de octubre me habló de Hölderlin y me entregó, gesto que solo más tarde comprendí que constituía un signo de suma confianza, una copia mecanografiada de su trabajo Zwei Geschichte von Friedrich Hölderlin; se trataba de un análisis, parcialmente teñido de profundas derivaciones de orden metafísico, de las poesías «Dichtermut» y «Blödigkeit», escrito por Benjamin durante el primer invierno de la guerra, entre 1914 y 1915. Bajo el influjo de su descubrimiento en la escuela de George, Hölderlin se había convertido en una de las más altas figuras poéticas en los ambientes que Benjamin frecuentaba entre 1911 y 1915. Para él, además, su malogrado amigo Heinle, un «puro poeta lírico» según lo definiría más tarde Ludwig Strauss, era un caso afín al de Hölderlin. La muerte lo había deslizado en la esfera de lo intangible, y esto se hacía patente cada vez que Benjamin hablaba de él. En la vida de ambos amigos no habían faltado, por lo demás, fuertes tensiones, incluso poco antes de la muerte de Heinle, tal como se manifiesta con claridad en las referencias de Benjamin en la Berliner Chronik. Fue en esta conversación sobre Hölderlin cuando le oí mencionar por vez primera la edición de Norbert von Hellingradth, así como su trabajo sobre las traducciones de Píndaro por Hölderlin, que le habían producido una honda impresión. Sin embargo, apenas comprendí entonces nada de todo esto.
Otra tarde nos pusimos a jugar al ajedrez, tras haber descubierto que, aunque sin una excesiva formación teórica, a los dos nos divertía mucho este juego. Y todavía con mayor frecuencia habríamos de jugar a lo largo de los años siguientes, particularmente en Suiza.
Recuerdo vivamente la noche del 20 al 21 de octubre, la víspera de la comparecencia de Benjamin ante la comisión de reclutamiento. A petición suya, estuve con él hasta la mañana siguiente; primero pasamos largas horas conversando en el Nuevo Café del Oeste, en Kurfürstendamm, y después jugando al ajedrez y a las cartas (al «sesenta y seis a mil», una variante del entonces muy extendido «sesenta y seis») en su habitación de la Delbrückstraße, mientras ingería considerables cantidades de café negro, al igual que entonces hacían muchos jóvenes en análoga situación que él. Permanecimos sentados juntos desde las nueve de la noche hasta las seis de la mañana. En el Café del Oeste llegó incluso a contarme algunas cosas acerca de sí mismo y de su época de la «Jugendbewegung», asunto del que solo muy raramente hablaba. Fue entonces cuando por primera vez le oí pronunciar el nombre de Simon Guttmann, quien había desempeñado un relevante papel tanto en el Cabaret Neopatético como en el círculo que giraba en torno al Anfang, un personaje al que Benjamin, tras su ruptura con el movimiento, solo se referiría, mediante oscuras alusiones, como a una figura demoníaca. Guttmann había tomado parte de manera decisiva en las escisiones y disputas en el «Sprechsaal» de la juventud cuando, en una especie de golpe de estado, intentó colocar a Benjamin y Heinle en los puestos de Barbizon y Bernfeld. Benjamin me contó asimismo que su abuela materna, Brunelle Meyer, todavía con vida en aquellos años, provenía de la familia Van Geldern, que también lo fue de la madre de Heinrich Heine. Más tarde descubrí que el nombre de Brunella, empleado con frecuencia en las familias judías como sustituto, oficialmente cuando menos, del femenino judío Braine o Bräunle, se transmitía hereditariamente en la familia Van Geldern a partir de los inicios del siglo XVIII. Benjamin tenía todavía en ese momento algunos parientes de esta familia en Renania, me parece que en Mühlheim, cerca de Colonia. Me contó también que su madre era hermana del entonces conocido matemático Arthur Scölfliess, que más tarde se convertiría en profesor titular en Frankfurt del Main. Del círculo de la «Jugendbewegung» no me habló, sin embargo, sino de un modo harto sumario, sin explicitar detalles acerca de las fricciones y las tensiones reinantes, que solo alusivamente evocaba. Poseo, por cierto, algunos documentos relativos a todo ello, sobre todo de Barbizon. Sí me habló, empero, del culto al genio que había prevalecido en ese círculo.
El día siguiente a la noche anteriormente relatada, en efecto, Benjamin fue eximido de sus deberes militares durante un año, en tanto que yo, recién obtenido el título de bachiller tras haberme examinado como alumno libre, no tenía más remedio que contar con mi llamada a filas. A finales de octubre, tal como había previsto, Benjamin partió hacia Munich, donde también estudiaba Grete Radt. No supe nada de él durante bastante tiempo; fue solo a comienzos de diciembre, poco después de ser declarado médicamente no apto para el servicio tras el reclutamiento temporal en Verden del Aller, al comunicarle mi licenciamiento del ejército y mi retorno a los estudios, cuando Benjamin me escribió de nuevo. Se mostraba, con todo, angustiado ante la idea de que las cartas fuesen abiertas por la censura, y temía que yo me pudiese dejar llevar por alusiones políticas demasiado capciosas. «Entre Berlín y Munich no hay Z [“Zensur”]», me escribió, «pero, aun así, toda [¡doblemente subrayado!] prudentia es poca. Le ruego encarecidamente que lo tenga muy en cuenta».